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Biografía: Sigmund Freud

Biografia: Osvaldo A. Quijada

 

 

 

Nací en Santiago, Irarrázaval frente a la calle Condell, el 14 de enero de 1907. Era un camino no pavimentado, pues la casona arrendada estaba en los límites de la ciudad. La enfrentaban zarzamoras y una acequia grande que bajaba hacia el poniente. La recuerdo caudalosa pero no debe haber sido tanto ya que tempranamente fue entubada. Un puente de madera daba entrada a Condell donde, creo, a cuadras de distancia estaba la antigua Escuela de Caballería.

A una infancia feliz se agregan algunos recuerdos penosos. Mi padre, hijo de campesinos analfabetos, comenzó a culturizarse en el servicio militar y continuó en el Ejército hasta ser oficial, formado veterinario en esa Escuela de Caballería. En ésta conoció y se estimaron con el que sería General y Presidente Carlos Ibañez. El Ejército le dio una rígida honradez y una franca admiración por un prusianismo conductual. No fue bien aceptado por la familia de mi madre. Mi abuela Jara Silva viuda de Cerda no lo trataba con afecto: se dirigía siempre a él con un “mire Quijada” que marcaba distancia. De ahí, tal vez, que sin planificarlo conscientemente, me alejase de quienes se consideran “de apellido”.

Diferentemente, un tío, Moisés Cerda, que tenía aires señoriales, comportándose en todas partes con aristocrática seguridad de dueño, se ganó la amistad de mi padre y mi cariño. Gustaba del juego y de las mujeres, sin tener con ellas sentido alguno de responsabilidad. Más de una vez, siendo adolescente, le serví de correo cuando llegaba el momento de avisarles que no las vería más. Cuando podía, era dispendioso.

Una vez al mes, a media tarde, llegaba hasta nuestro hogar de Avenida Irarrázaval, un médico de apellido Morales. El típico coche con su auriga quedaba esperándolo frente a la puerta de calle mientras a él se le servía una taza de té. Su visita era para que concurriésemos todos, familiares y servidumbre, a que nos echara un vistazo y resolviese si necesitábamos exámenes o medicamentos. Con un hijo de la cocinera, de mi edad aproximada, jugábamos a hacer visitas médicas. Con los extremos de un cordel amarrándole cada brazo, corría él adelante y yo manejaba dicha rienda para detenernos en algunos sitios y pasar a preguntar por la salud de los presentes.

Mi madre murió de neumonía antes de que yo cumpliese cinco años de edad. Conservo de ella un único recuerdo vívido. La veo sentada ante su máquina de coser, iluminada por un sol tibio en un corredor de la casa-quinta; terminaba y me probaba un cinturón y vaina para un sable de madera que me había hecho mi padre. La familia, sustentada por él, no tuvo grandes cambios: en lo femenino continuaron mi abuela y una tía y en los patrones masculinos mi padre, trabajador incansable y formal y mi tío Moisés, simpático vividor. Me seguía un hermano que también fue médico y una hermana que falleció en su pubertad. Unos años después mi padre se casó con esa tía, muerta también después de darme otro hermano y otra hermana.

Para entonces vivíamos en el barrio de Avenida Matta, calle Maestranza hoy llamada Portugal donde asistí a la Escuela Primaria. A ésta iba también desde frente a nuestra casa una niñita de rizos y por la cual me trencé a golpes con otro chico que pretendió llevarle los libros. Una vez la profesora me reprendió porque presenté dibujos de una pareja de perros firmemente unida, dejándome dudas sobre comportamientos que demoraría en comprender. Un almacenero me pagaba con dulces unos afiches de propaganda que me encargaba y, como estaban pavimentando nuestra calle, nos servían de trincheras los montones alineados de adoquines. Combatíamos entre pandillas infantiles por el dominio de las cuadras vecinas. Al acercarse la pubertad varonil los sueños son napoleónicos, con entrenamiento para llegar a ser grandes comandantes militares.

A comienzos de 1916 di examen en el Instituto Nacional para ingresar al curso superior de preparatorias y salí bien, pero quedé fuera por faltarme recomendaciones. Entré entonces al único establecimiento en que ellas no eran necesarias. Por el contrario, el Rector del Liceo José Victorino Lastarria, don Tomás Ladrón de Guevara, estudioso araucanista, estaba empeñado en hacerlo crecer. Visitaba a los alumnos expulsados de otros colegios y, diciendo a sus familias que eran niños incomprendidos, los matriculaba. Entre este tipo de muchachos fui el de menor edad y con mejores notas. Por este conjunto de precoces rebeldes, que no pude menos que imitar, nuestro pequeño Lastarria fue por esos años campeón en box, atletismo y fútbol, venciendo hasta al propio gran Instituto Nacional.

De mis compañeros aprendí quizá demasiado. Eran indisciplinados y poco estudiosos, pero agudos y de fuerte personalidad. Impusieron un espíritu de cuerpo y batallador por curso, en que nadie podía ser desleal o revelar secretos; unión que imponía respeto. Vi que entre hombres los problemas se zanjan directamente. Toda vez que surgían dificultades, los mayores evitaban la pelea dentro del liceo. A la salida de clases llevaban a los enemistados a las riberas del Mapocho para echarlos a uno de los huecos que dejaban los areneros. En esos rings de dos por dos y de algo más de un metro de profundidad, debía finiquitarse el asunto.

El río estaba canalizado hasta Providencia con Condell, estando cerrada la avenida en su lado norte por lo que quedaba del Tajamar; ancho muro que iba desde la actual Plaza Italia hasta frente a Román Díaz. De una altura inferior a dos metros, con su vereda superior de más de uno de amplitud, nos permitía marchar por ella conversando y mirando el río. Vivía en Vicuña Mackenna 250, una casa de gran terreno, cuyo fondo daba a la pasada del ferrocarril, la actual Avenida Bustamante. Mi padre poseía caballos que le servían para sus visitas profesionales a fundos cercanos. Tan amplia era la quinta que en su interior se practicó equitación acrobática, volteo, por ejemplo. En ella tomé cariño a los caballos y bajo sus parrones y árboles frutales parodiábamos las aventuras de las seriales cinematográficas de ese tiempo.

Al mes de ingresado al “Lastarria” el Rector quiso tener un segundo primer año de Humanidades, de las cuales sólo contaba con el primer ciclo. Para ello invitó al alumnado de preparatorias a dar examen en mayo. Yo tenía facilidades naturales para matemáticas y buena memoria por lo que me presenté y salí promovido. No le conté en mi casa, dando en diciembre la sorpresa de entregar certificados de primero de humanidades rendido satisfactoriamente. Mi padre me felicitó por el éxito y porque había sido capaz de guardar el secreto. Me dijo que eso era de hombre y que en adelante confiaría totalmente en mi capacidad de automanejarme. Buena y perniciosa resultó esa completa libertad pues continué por el camino más fácil, sin empeños mayores, tomándolo todo como simples juegos; ni en los estudios ni en los deportes o entretenimientos encontré desafíos para mi orgullo subestimulado. En su significado más positivo facilitó algunos de mis éxitos de adulto, porque pude trabajar sin celos dirigiendo a individuos de capacidades superiores a las mías.

Por mi mentalidad lógica, desconfié pronto de las explicaciones no objetivas. Cuando se habló de confeccionarme el traje de primera comunión, me espantó la idea de quedar fotografiado con una cinta blanca en el brazo y una vela en la mano, tal cual se acostumbraba. Comulgué calladamente para que no se pensara más en la ceremonia y, escéptico, discutiendo desesperé a los profesores de religión y también al párroco de la iglesia de La Asunción, ubicada en Vicuña Mackenna con Marcoleta. Lo hice con la laudable intención de emular a los santos héroes; aspiración mística que se combinaba bien con mis ilusiones y juegos guerreros.

A los 11 ó 12 de edad el autoerotismo me hacía sentir un gran pecador, llevándome cerca del suicidio las publicitadas figuras de hombres manchados por signos de sífilis secundaria. La propaganda contra las enfermedades venéreas las presentaba como castigo para la sexualidad. Un día que en el liceo me descubrí pápulas en el rostro y brazos sufrí una de las mayores angustias de mi vida, estando horas sin atreverme a llegar a la casa. Sentía tal vergüenza que si el Canal San Carlos hubiese pasado cerca posiblemente me habría arrojado a él. Por fortuna estaba lejos y el tranvía llegaba apenas hasta la esquina de Manuel Montt. Cuando el hambre me hizo regresar a mi familia se me dijo que tenía “peste cristal”. ¡Cuántos otros, niños y adultos, debieron padecer parecidos temores por esa alucinante educación sexual!.

Nunca me sentí presionado para competir por notas máximas ni salí mal en un examen. Nadie me estimuló en matemáticas, divirtiéndome con ellas en hacer tareas a los compañeros y hasta a alumnos de cursos superiores. El término de las humanidades -se habían completado en el liceo- llegó sin que aprendiese castellano ni las otras materias más allá del calentamiento para rendir las pruebas. Capté desde pequeño, sí, el poder del hombre sobre los animales. Para sujetar los caballos en las intervenciones quirúrgicas, mi padre, pasando una mano por un aro de cordel firme fijo al extremo de un palo, tomábales la nariz y torciendo el madero la dejaba aprisionada. Yo niño tomaba el palo, llamado puro, y con él era capaz de mantener quietos a esos inmensos pacientes mientras se les operaba, vaciándoles abscesos, etc. También aprendí a calmar con palabras serenas a perros amenazantes. Últimamente he sabido que con agujas clavadas en la región nasal se obtienen anestesias.

Di bachillerato en enero de 1922 y en marzo, dos meses después de cumplir 15 de edad, entré a la Escuela de Medicina estrenando mis primeros pantalones largos. Ese nuevo ambiente me deslumbró. Muy inmaduro, tenía esa superficialidad segura del éxito adquirida en el liceo y una gran ignorancia en lo sexual. En el “Lastarria” me habían mostrado naipes pornográficos y había pedido consejos a mis compañeros sobre cómo y dónde lograr mi “avistamiento”, pero no podía competir relatando aventuras. Con aire reservado y duro impedí que se me sorprendiera en esa minusvalía.

Ese año 1922 se continuaba comentando la “guerra de don Ladislao”, con el asalto que por ella hizo una poblada a la Federación de Estudiantes, se discutían las ideas americanistas de Haya de la Torre, conocimos a Neruda con su capa y sombrero negros, de sus versos recitábamos especialmente Farewell y, contagiados por la inquietud estudiantil argentina, incubábamos sentimientos pro representatividad del alumnado en los consejos universitarios. Los primeros seis meses en medicina, por mi infantilismo no superado, hice sólo deporte, ajedrez, aprendizaje de bohemia y leí novelas. Estaban de moda los literatos rusos: el Sanín de Arzybacheff exacerbaba la conducta anarco-individualistas de la juventud. A comienzos de septiembre, por casualidad, aclaré una duda matemática en un grupo de compañeros muy estudiosos. Me prohijaron, los oí repetir toda la materia y terminé sacándome tan buenas notas como ellos. Fue definitivo porque de más de 400 ingresados, ese diciembre pasamos 50. La selección se hacía realmente en el primer año pues no había pruebas de pre-ingreso. Me hice mejor estudiante sin llegar a ser un “mateo” de esos que no se levantan de la silla para aprender por las nalgas, según un dicho alemán. Por mi constitución y por el medio infantil en que me desarrollé, me inclinaba más a la acción que a rumiar intelectualmente. Admiré sin emularlos a los buenos oradores, algunos de los cuales debieron continuar sus estudios en Uruguay o Ecuador. El 1924 hubo una segunda protesta del alumnado porque un profesor se negó a desprenderse de uno de sus ayudantes que trataba de abusar de compañeras.

El 1926 tuvo importancia para mí. Era secretario del Centro de Estudiantes de Medicina, participé como dirigente del más extenso y prolongado movimiento estudiantil universitario chileno, me fui de la casa paterna e ingresé como interno de hospital. Ese movimiento reivindicatorio se apagó y renació durante meses, terminando con un Congreso de Reforma que me cupo clausurar y con una entrevista a la que fuimos invitados por el Ministro de Educación. Nos satisfacía todas las demandas menos la de pedir la renuncia al Rector, que lo era el dignísimo Claudio Matte. A los tres dirigentes nos dejó solos para que resolviéramos y nos dimos cuenta que no teníamos preparación para discutir en los Consejos de las Facultades; optamos por la intransigencia para ser derrotados y no desprestigiar con el ridículo un ideal estudiantil. La moraleja es que las peleas pueden ganarse y no aprovechar la victoria por falta de capacidad para hacerlo.

Dejé a mi padre porque ya era tiempo que no respondiese por mí. Aunque apasionado trabajador, yo nunca he sido bueno para ganar dinero, por lo que, no teniendo donde cobijarme pagando, por un tiempo dormí prácticamente en el suelo de una policlínica del Centro de Estudiantes de Medicina. Pronto conseguí ser interno en el Hospital Arriarán, con pieza, comida y un pequeño emolumento mensual. Debido a que allí también había internado de una escuela de enfermeras, las monjas mantenían estricta disciplina. Durante las noches nos tenían bajo llave y, si nos necesitaban para atenciones de urgencia, iban a sacarnos del encierro acompañándonos todo el tiempo. Terminó esta agradable etapa pasado el año, al saberse la existencia de una llave extra y de coloquios amorosos nocturnos en el hermoso parque interior del establecimiento. Pasé en similares condiciones al antiguo San Juan de Dios, de Alameda entre San Francisco y Santa Rosa. Aquí había internos crónicos que habían terminado su licenciatura en medicina pero que no hacían su memoria de prueba para optar al examen de grado. Me incorporé a esa desinhibida alegría, pues yo tampoco tenía apuro en adquirir situación socioeconómica de titulado. Nos satisfacía la actividad médica de nuestros puestos que era intensa. En las salas de cirugía debíamos comenzar las curaciones a las 8 de la mañana, las que eran muchas porque entonces las infecciones abundaban.

Mi vocación ya estaba definida como quirúrgica. Había sido ayudante de anatomía y fisiología, en que había mucho que ejecutar. El año que fui interno del entonces joven Félix De Amesti, hoy fallecido, lo ayudé a disecar en cadáveres desde las 7 de la mañana para entrar a las 8 a los quirófanos a operar varias horas ininterrumpidas. A pesar de todo quedaban energías para jolgorios. Dos anécdotas humano médicas de ese tiempo vienen a mi mente. Un mediodía llegó con un fuerte dolor de cabeza un importante personaje. Se le hizo una junta de cuatro profesores de medicina, en la que yo fui el mandadero para reunirlos y para otros menesteres menores. Después de una hora de exámenes y deliberaciones, esos maestros acordaron que hiciese la receta el catedrático Oscar Fontecilla. Este internista y psiquiatra, conocido por su espíritu irónico cáustico, se sentó a escribir con lenta prosopopeya y, ante varios familiares expectantes, puso con letra clara en el recetario: aspirina 0.50. Sin siquiera disimular con el nombre de la droga, ácido acetil salicílico, coronó ese previo despliegue tecnológico con esa efectista ironía. Otra vez, una noche, vi llegar a la Asistencia Pública un varón que causó revuelo. Un carabinero lo había observado, cerca de la Estación Alameda, sentado por más de una hora en la cuenta, mojándose cada minuto la frente con el agua que corría a sus pies. A la tercera vez que sin levantarse lo vio llamar a un pequenero para comprarle y comerse una empanada, se le acercó y lo conminó a levantar el poncho que lo cubría hasta el suelo: de su abdomen colgaban sangrantes los intestinos. El hombre sólo dijo que un desconocido “lo había alcanzado” y que, como demoraba en morirse, en el intertanto necesitaba calmar su apetito. Su estoicismo fue muy celebrado, se le lavó el “tripal” con abundante agua hervida con sal y se le suturó. A pesar de que no había antibióticos mejoró dejándome hasta hoy la enseñanza de que mientras llega la muerte nada mejor cabe hacer que calmar las hambres y que ojalá éstas sean intensas para dar placer y hacer olvidar cualquier angustia.

Por añadidura trabajaba en el Policlínico del Centro de Estudiantes de Medicina ubicado en Bascuñan algo al sur de Blanco Encalada. El entusiasmo con que gratuitamente veía pacientes, así como mi fealdad y desaliño en el vestir, me hicieron merecer el apodo de Fray Andresito. Un grabado que retrataba a este poco agraciado santo popular chileno, colocado en amplio marco y con el subtítulo Dr. Quijada, colgó largo tiempo en la sala de espera del consultorio. Lo trajo un compañero chistoso y nadie se interesó por retirarlo. Teníamos trabajo que con frecuencia no daba para comer. Una tarde de estas, en que el hambre agudizaba el entendimiento, ese mismo ocurrente compañero salió con un gran canasto a regodearse en los negocios de los alrededores diciendo que andaba de compras para el cumpleaños de Fray Andresito. La cesta le fue colmada de regalos. Estábamos comiéndolos y bebiéndolos cuando llegaron vecinos con guitarras y vinos para celebrar una verdadera fiesta. Todo estuvo bien pero al año siguiente, cuando habíamos olvidado la fecha, sorpresivamente llegaron de nuevo esos amigos al inexistente cumpleaños.

Nada tengo de poeta. Puedo describir la rosa pero no hacerla florecer en poemas. La mitad izquierda de mi cerebro funciona mejor que la derecha. Mis vivencias artísticas, felizmente abundantes e intensas, se ven grandemente anegadas de racionalizaciones. Sería un desagradable antipoetas si les tuviese odio en vez de envidia agradecida. Ese escaso atractivo físico adolescente fue un débil pie forzado en mi destino. No puedo decir como De Rokha respecto de mi juventud: “cuando yo era hermoso como un toro negro y tenía todas las mujeres que quería y un revólver de hombre a la cintura”. En las tardes bailables de los domingos en la terraza del Santa Lucía, las niñas que invitaba se manifestaban cansadas y, luego, acompañaban a un buenmozo. No me di por vencido. Sin tener oído musical lo poseía del ritmo, me hice buen bailarín hasta emular en charlestón a los negros que llegaron con las primeras orquestas de jazz, y logré compañeras. Muchos años después esta habilidad siguió ayudándome, especialmente en los Estados Unidos. Fui entusiasta participante y dirigente de las fiestas de la primavera. Organizadas por la Federación de Estudiantes, ofrecían desahogo a una buena proporción del erotismo reprimido y acumulado por los jóvenes y también por los adultos. Al mantenerse los pololeos bajo control visual de los padres de las niñas, no se desperdiciaban las oportunidades que las fiestas ofrecían. Los ensayos de murgas, la preparación de carruajes para los corsos, los bailes en las plazas o en centros filarmónicos, el Circo Universitario, la Gran Velada Bufa en el Municipal y el grandioso Baile de Gala en el Club Hípico, al que habrían asistido 10.000 personas de ambos sexos disfrazadas, condensaban para muchos los más gratos recuerdos de cada año. Invitado por el piloto civil Federico Helfmann, volé por primera vez para tirar volantes de propaganda de una de estas fiestas. Hice mi Servicio Militar en caballería de la Compañía Sanitaria del Tren el 1928 y el 1929.

Ese último año fui contratado unos meses por la Braden. Al llegar a Sewell tuve una reacción patriótico-médica. El médico director norteamericano del hospital me recalcó que era el mejor de Chile, a lo que yo respondí calificándole de peor. Lo expliqué basado en que por cálculos estrictamente financieros estaba muy bien equipado para atender empleados y obreros, a quienes convenía acortales sus enfermedades y minimizarles las indemnizaciones, pero nada había para cuidar de mujeres y de niños. Informada la gerencia, sin enojo alguno, resolvió dar esos servicios. Los cuatro meses acumulé el sueldo porque tuve ganancias en el póker, aprovechando mi aparente indefensión ante jugadores maduros y de mucha experiencia con los naipes. De haber jugado centavos o porotos en el San Juan de Dios había pasado a apostar miles de pesos. Para mi mente algebraica unos y otros eran símbolos simples. Recibí impresionantes enseñanzas de caballerosidad de esos gringos que jugaban con estricta sujeción a lo que correspondía, perdiendo sin un gesto, a veces, meses completos de sueldo. Las ganancias bajé a gastarlas con mis compañeros de internado, aprendiendo que los varones responden a los más distintos desafíos. Al hacer uso del permiso, concurrieron a despedirme al autocarril varios importantes jefes. Extrañado pregunté, respondiéndome que también me esperarían al regreso. Su razón era que en esa zona seca únicamente a los médicos no se les revisaba su equipaje. Hube de comprar en Santiago una maleta amplia y llenarla con botellas de pisco, coñac y gin. Todas fueron consumidas en la noche de mi arribo por esos respetables personajes. Solícitos me recibieron el pesado bulto en la estación y lo cargaron hasta el “staff house” para el alcohólico reto. Antes de dejar definitivamente el mineral, en una última mesa de póker, perdí hasta el último peso. Volví tal cual había partido en cuanto a dinero pero con experiencias interesantes y portador de un smoking que no demoré en empeñar dada su ahora inutilidad.

En Sewell, ayudado por ingenieros, inventé un aparato para tratar fracturas del muslo y con él inicié mi memoria de prueba. La tenía avanzada cuando encontré en una revista japonesa de años antes anunciado un aparato similar. Hube de abordar otro tema. En la Asistencia Pública de la calle San Francisco y en laboratorios de fisiología y de patología, pude completar un trabajo sobre Anemia Aguda que, impreso en la Editorial Nascimento, me permitió titularme. Fue bien calificado a pesar de que en su prólogo rendí homenaje a la inquietud universitaria y a los castigados por ideales. Diplomado en octubre de 1930 hice luego un reemplazo en Coelemu. Cada semana debí salir a otros dos consultorios en los que el tren me dejaba y me recogía con un poco más de una hora de intervalo. Breve tiempo en que debía ver unos treinta pacientes. Formados en fila los miraba, interrogaba y prescribía, separando a unos pocos que necesitaban un examen más detenido.

Mi segundo nombramiento fue a la Casa de Socorros de Cabrero. No demoré en dejar el sur para ir de médico de Carabineros a Chañaral, con las obligaciones anexas de sanidad y de examinar escolares. Mi padre, veterinario del Cuerpo, me había inculcado cariño a la institución. Corría el año 1931 y en todos los círculos se leía literatura política. Cuando niño, cerca de Avenida Matta, escuché a modestos trabajadores a quienes respeté. Estudiaban a Bakunin y a otros anarquistas, trabajando sólo de zapateros remendones para no ser empleados ellos ni tener subalternos. Marcaron mi personalidad como para que, con explicables diferencias, me haya mantenido en mucho como artesano médico. En un pueblo chico como Chañaral pronto se me conoció como gran consumidor de libros y, sin que hubiese tomado línea política alguna, fui motejado. Al ser criticado respecto a lecturas, renuncié para seguir independiente.

Mientras se tramitaba mi renuncia viajé a Potrerillos para aprender de sus buenos cirujanos y examinar escolares como justificación. En el mineral me esperaban unos jóvenes para jugar ajedrez. A la salida del club el teniente y jefe del retén de Carabineros me notificó que estaba bajo arresto. Sin poder decirme por qué, me agregó que si le daba mi palabra de no escapar me alojaría en su casa. Se la di porque nada temía, pasando una semana confortable de lecturas, pero sin acceso a la prensa o radio. Ya libre supe del movimiento de la marinería en Coquimbo coincidente con mi partida a Potrerillos y que unos mineros habían esperado que les llevaría información. Todo por el prestigio de los libros que leía. Me trasladé a Copiapó para ejercer libre y practicar adhonorem en su hospital, acompañado por una fama inmerecida.

Esta impulsó al luego famoso practicante Meneses a buscarme el atardecer del 24 de diciembre. En su automóvil abierto, yo no tenía, me llevó a ver tres pacientes en barrios distintos y a su casa. En el salón había unas diez personas que, lo supe después, era gente resentida porque en la tierra de los Matta y de los Gallo, por pasión regional, hubo excesiva presión a favor de un candidato a Presidente. Se me preguntó si colaboraría en la propaganda de un nuevo gobierno a partir de las 10 del día siguiente. Acepté pensando que tendría la oportunidad de discutir mis ideas. Sorpresa grande tuve a las 12 de esa noche con un intenso tiroteo que duró hasta las 6 de la madrugada. En mi casa, a cuadras del cuartel, retumbaban fuertes los disparos. Como a las 2 llegó llorando un muchacho a pedirme que fuera a atender a su madre que, al asomarse a la calle, había caído abatida por las balas. Su casa estaba frente a la puerta principal del regimiento en que se combatía. Sentí que si no me atrevía a socorrerla siempre me iba a considerar un cobarde. Al acercarme, con el recuerdo de mi servicio militar, repté pegado al suelo y alcancé a la yacente mujer. La arrastré hasta que doblamos la primera esquina y dejamos de oír silbar cerca los proyectiles. En pie, la cargué en dirección al hospital, haciéndome ayudar en el camino por un hombre que encontramos. Puse en actividad al personal y suturé las vísceras perforadas sin lograr salvar a la enferma. A las 7 llegó otro médico y pude irme a descansar. Dormía a las 10 cuando llegaron a detenerme. Quienes me habían visto venir del regimiento se apresuraron a delatarme, pero demoramos un mes en encontrar al muchacho y a otros testigos para demostrar que no fui de los atacantes.

De la cárcel tengo valiosos recuerdos. Desde luego, que los grandes pensamientos no acuden cuando se cree inminente la muerte. Sólo sensaciones intrascendentes, visuales, auditivas u olfativas, que desvían la emoción. Ante simulacros de fusilamiento para obtener declaraciones, apenas se duda entre insultar, gritar alguna consigna o guardar silencio. Desde el momento en que un fiscal militar se hizo cargo del proceso todo fue legal. Quedé en libertad sin cargos y, al no reivindicarme la prensa que me había malcalificado, edité un folleto: “La Pascua Trágica de Copiapó y Vallenar”. Al salir libre y compensatoriamente prestigiado gocé de la desequilibrada premiación que dan las mujeres a quienes emergen bien de una situación difícil. Ese año 1932 mi padre se casó por tercera vez con una joven treinta años menor, que me dio otros tres hermanos Quijada Ossa. La pareja tuvo una vida feliz hasta que él falleció a sus 86 años.

En esa situación nacional y personal no pude menos que incursionar en política y aceptar una candidatura que no quise negociarla para triunfar porque había optado por mantenerme en mi carrera médica. Hasta intenté montar un periódico, tal vez recordando que años antes había coparticipado en una revista literaria “Agonal”, más como vendedor que como colaborador redactor. Con un sueldo pequeño de médico de la Casa de Socorros de Curacaví, me trasladé a Valparaíso a continuar formándome en el Servicio de Cirugía del Dr. Hugo Grove. Participé en la Asociación Médica de Valparaíso y mi prurito por la actividad me llevó fuera de la clínica: intervine en la creación porteña de brigadas infantiles parecidas a los boy scouts. Se llamaron “aladas” porque, además de los ejercicios y excursiones, su entretención básica sería el aeromodelismo. Sus grados comenzaban distinguiéndose con una alita blanca que cambiaba de color con los ascensos. El Gobierno, era de nuevo Presidente Don Arturo Alessandri, muy justificadamente, encontró peligrosa esta iniciativa y, en cuanto salió a la calle la primera brigada de “niños alados” me relegó a Calbuco. Fui detenido al salir de mi casa a las 7 de la mañana, de manera que en las calles solitarias del Cerro Alegre no hubo testigos. Me alarmé porque se sabía de desapariciones y fondeos. Temeroso, me serví de mi agilidad para escapar hasta el Hospital Van Buren. Allí, pasadas las ocho y rodeado de colegas, me entregué proclamando que no tenía lesiones ni pensaba suicidarme.

Terminada la relegación no regresé donde, las paredes con mi nombre, me encajonaban políticamente. Dos meses estuve en Puerto Natales y me radiqué en Punta Arenas. Ejercí y trabajé adhonorem en su hospital hasta ser nombrado cirujano residente. Intervine en actividades sociales, inclusive en la constitución de un grupo teatral de corta vida que alcanzó a llevar a escena una obra de Jacinto Benavente, convenciéndome de mi carencia de condiciones como actor y director. Atraído por la aviación, obtuve el brevet Nº 125 de piloto civil en esa zona de tan fuertes vientos que en el verano esperábamos el amanecer para poder volar. Los aviones de nuestro club -Gipsy Moth, polilla gitana- podían hacerlo hacia atrás. Al mantenerse en el aire con poco más de 70 kilómetros por hora de velocidad, desde tierra se les veía avanzar hacia la cola cuando enfrentaban vientos superiores. Tipo dos a tres de la mañana nos colgábamos de la hélice para hacer partir el frío motor. Contemplé los cielos más hermosos de Chile y paisajes en que por la transparencia del aire los colores son vivísimos a grandes lejanías. Viajero del penúltimo raid del Sikorsky Chiloé, conocí alacalufes en Puerto Edén. También navegué canales fueguinos en un cutter pequeño, trepé ventisqueros y me refocilé sobre la nieve, admirando sinceramente a los colonizadores. El último vuelo del Sikorsky Chiloé, que de regreso a Magallanes desapareció con todos sus pasajeros algo al sur de la isla grande, terminó con ese ensayo por negar la interdependencia chileno-argentina. Con dos de esos aviones anfibios se intentó volar esa ruta aun con mal tiempo y sin cruzar la frontera.

Había ya regresado al norte del país cuando, de visita en Punta Arenas, en la puerta del Hotel Cabo de Hornos vi venir de su interior a una hermosa anciana. Era doña María Menéndez de Campos que me honró con un abrazo y, casi al mismo tiempo, se detuvo un obrero para también abrazarme llamándome compañero. Es que allí la labor médica me absorbió totalmente. Por la mucha tuberculosis que había, el 1935 fundamos la Liga Antituberculosa de Magallanes, que fue útil hasta que se dictó la Ley de Medicina Preventiva. Para mejorar mis entradas, el 1938 organicé una clínica particular pero, al triunfar don Pedro Aguirre Cerda, fui llamado por el Dr. Enrique Laval, Médico Jefe de la Beneficencia. Como cirujano residente me había correspondido suplir al Director del hospital y reclamar por deficiencias. Con el argumento de que había llegado el momento de pulsar la guitarra, me hizo aceptar dicha dirección.

Recién nombrado y todavía en Santiago se produjo el terremoto de enero de 1939. Subí al primer tren que partió con ayuda, el mismo que llevaba al Presidente y al Dr. Laval. Este, en el tren y sin informes directos de la zona afectada, distribuyó jefaturas de emergencia asistenciales, designándome a Chillán. El tren pudo llegar hasta Linares donde, al encontrar que el Intendente no había requisado automóviles para la comitiva presidencial, el Ministro del Interior Pedro E. Alfonso lo destituyó de inmediato y autorizó a hacer requisiciones. Corrí y en el primer negocio abierto pregunté al azar por un señor de la vecindad que había comprado auto recientemente. Me dieron un nombre y dirección y, apersonándomele, con mi puro carnet de identidad le firmé un recibo por su Ford nuevo. Así llegué a mi destinación esa noche, trabajé bien montado y al mes devolví sin daños el vehículo. Un estado emocional general permitió cosas como éstas.

Con los faros del auto pude sortear derrumbes o pasar sobre ellos cuando cubrían la calzada, entrando a un Chillán completamente a oscuras. A un carabinero que encontré le pregunté si era de ahí y, al contestarme que sí, me identifiqué y le pedí me acompañase. Encontré funcionando el hospital con el personal de la Asistencia Pública de Santiago en pleno. Sus guardias profesionales completas habían sido llevadas en avión y con voluntarios se reemplazaron los turnos en la Posta Central. Su jefe, el Dr. Manuel Martínez, me dijo que la mayor urgencia en el hospital de Chillán era de agua, ya que todas las cañerías de la ciudad estaban rotas. La única posibilidad de acarrearla era en los barriles cisterna para el riego, que poseía la municipalidad. En su búsqueda, al cruzar la plaza fui detenido por médicos que llegaban a ofrecerse. Uno de ellos me aseguró que sabía manejar caballos pues había hecho el servicio militar en el Coraceros de Viña. Con él ubicamos esos carretones y el potrero de los animales de tiro. El médico Salvador Allende se encargó de abastecer de agua al hospital que siguió dirigido por el Dr. Martínez. Yo establecí un segundo nosocomio en los carros de ferrocarril aparcados en la estación, para ubicar a los muchos traumatizados que la tropa y voluntarios extraían de debajo de los escombros. Sin haber dormido, a las ocho de la mañana, en un avión pequeño de los que aterrizaban en los potreros, partí a Santiago. El Ministro de Salud Etchebarne y la Dirección de Beneficencia dieron las órdenes pertinentes para que la Central de Compras despachara mi pedido y esa misma tarde volví a Chillán en una avioneta cargada de lo que más urgía. En carpas, hicimos funcionar una policlínica en la plaza que llegó a contar con más de ciento veinte facultativos. Al cabo de un mes entregué esta tarea y, tomando el tren en Linares, regresé a Santiago.

Hacía tiempo que era Secretario de la Asociación Médica de Magallanes, que había elaborado un plan piloto de Servicio Unificado de Salud. Para ensayarlo se pensó nombrarme también jefe regional de Sanidad y del Seguro Obrero. Lo estudiaba con autoridades cuando me llamó el Dr. Raúl Morales, ex compañero de Medicina y Ministro influyente, para advertirme que el plan no se realizaría porque, paradojalmente, podía tener éxito. Partí a mi labor puntarenense sin poder ya dedicarme preferentemente a mi clínica. Ese mismo año fundé la Sociedad de Amigas del Hospital, que se encargó de recibir donaciones, satisfacer directamente las demandas de mejoras y dar colaboración personal de las señoras al mejor estar de los pacientes. En un Congreso de Hospitales se me distinguió por esta iniciativa.

Bien calificado como Director, el año 1943 fui trasladado a administrar el entonces difícil Hospital Van Buren de Valparaíso, lo que hice sin dejar cirugía. El 1945 me dirigí a los Estados Unidos a ver operar y a estudiar administración hospitalaria. Algo más de un año después me puse toga y birrete para recibir mi Master en la Universidad de Chicago. Valoricé la importancia de subdividir, racionalizar y cumplir cada tarea con exactitud y oportunidad, y, en lo humano, el orgullo de responder por sí mismo, que el hombre no debe recibir favores de otro. En una oportunidad quise cederle mi asiento a un parapléjico muy ágil con sus dos muletas, siendo increpado por amigos: ¿Por qué quiere ofenderlo? Es un hombre, déjelo. Pero es un pueblo fraterno. Cuando mi hija Gloria resolvió ir a trabajar allí, escribí a siete de mis compañeros de estudio y seis me respondieron a vuelta de correo ofreciendo una situación pagada para ella, suficiente para que pudiese demostrar sus capacidades. Por eso pertenecí con agrado al University Club de Santiago, formado por quienes poseen título universitario norteamericano.

El 1947 se me nombró Médico Inspector de Hospitales, función en la que pude ver cuánto se derrochaba en los laboratorios en costosos equipos mal utilizados. Enseñé dirección de hospitales y fundé la Escuela de Técnicos Laborantes exclusiva para mujeres. Quería aprovechar lo mucho positivo de la femineidad para elevar el nivel de orden y de trabajo regular. Exigimos a las postulantes modales y moral que les diera ascendiente hasta sobre los médicos y las capacitamos para efectuar las variadas técnicas de laboratorio. La Escuela fue un éxito en gran parte por una afortunada primera promoción de profesionales. De éstas, Lila Wolnizky, que fue su primera Subdirectora, dio elevado prestigio y tradición al plantel como para que, si alguna vez él recibe nombre, sea el de ella. La Escuela hoy se llama de Tecnología Medica y su único contratiempo ha sido que una proporción alta de egresadas se casa con médicos y abandonan sus cargos. Justificadamente ahora se titulan también varones.

No acepté la propuesta del Decano Profesor Garretón de dedicarme por entero a la administración hospitalaria; preferí la clínica hasta terminar jubilando como Jefe de Ginecología en el Hospital San Borja. Preocupado de aliviar integralmente a la mujer, descubrí que casi todas sufren por incomunicación con los varones y por menores posibilidades eróticas. Estudié la pareja y devine sexólogo. Me había quedado con seis hijas y sin varones, lo que probablemente robusteció mi inclinación. Siempre admiré profundamente a la mujer. Nunca olvido que recién llegado a Copiapó hice una atención a una joven de esas mal conceptuadas por la sociedad. Cuando caí preso -equivocadamente acusado de participar en el asalto al Batallón Esmeralda, la noche del 24 al 25 de diciembre de 1931- ella, que sabía que estaba viviendo al día, mintió una deuda a mi esposa. Fabuló que yo había medicinado a su madre y le abrió un crédito ilimitado en un negocio de abarrotes de uno de sus amigos. Ello dio comida ese mes a mi familia y permitió que se me llevaran agrados culinarios a la cárcel. Fue la única mano que se nos tendió mientras se me creyó culpable. He visto a las mujeres sublimes al sacrificarse como madres, educadoras, enfermeras o secretarias, como formadoras y apuntaladoras de hombres. Podría citar miles de ejemplos, pero sobrarían porque nadie deja de tenerlos. Me siento comprometido y como ginecólogo, cirujano, sexólogo y escribiendo, espero poder retribuir en algo lo mucho que continúo debiendo.

El 1950 también dirigí y en buena parte redacté la Revista Médico Asistencial de la Beneficencia y fui miembro del “staff” de “The Hospital” de Nueva York. En 1951 salió editado mi texto “Atención Organizada del Enfermo”, para el mejor funcionamiento de los hospitales, con prólogo de Alejandro Garretón. Ante la múltiple subdivisión de la tecnología médica en especialidades y subespecialidades, buscaba que se tratase al ser humano integralmente, no sólo en su unidad corporal y psíquica sino, también, con sus inevitables componentes familiares y socio-culturales. Recuerdos infantiles nunca olvidados y mi experiencia médica, profundizada en el terremoto de Chillán y como director de hospital, me hizo ver que, paradojalmente, el médico sanitario o administrativo -a falta de médico de cabecera o de familia- resultaba siendo el que más se preocupaba por el ser humano como tal, como una muy compleja y respetable unidad, y no se limitaba a interesarse por una de sus cavidades o parcelas orgánicas o a estudiarlo únicamente en cuanto padecía o no de una determinada enfermedad. Mientras más pequeña es la zona de su especialización más “grande” se autocalifica el profesional.

A esas experiencias se sumaron las de la vorágine de los inquietos años del 30 e inmediatos posteriores. Adquirí conciencia de que el hombre posee el derecho a numerosos campos o cartabones para su valorización, en los que la cultura es apenas uno de ellos. Sin embargo, como todos, terminé escondiendo la cabeza ante realidades imposibles de superar. Es horrible la objetiva conclusión lógico-biológica de una humanidad en selvática lucha por el triunfo de los más fuertes y liquidación de los débiles, o la conservación calculada de los últimos, cómo planificada evolución hacia dos subespecies. Sufro con los hombres de todas las latitudes y oficios que mueren por la tríada servidumbre, subalimentación y enfermedad, y, junto a ellos escapo en idealizadas ilusiones. Mi naturaleza instintivo-libidinosa me hace individualista y rechazar la “insectivación social” hacia la que pareciera encaminarse la humanidad, al igual que las actuales dos medicinas: una para pueblos e individuos “desarrollados” y otra para “no desarrollados”. Anarcopersonalismo que me mueve a afirmar en todo momento lo que soy, como mi antecesor Alonso Quijada “el bueno”, historiado por Cervantes.

Son raíces afectivas que me dirigieron hacia un arte médico de fundamentación antropológica, orientado por las constantes biológicas con que los seres humanos vivimos y que tan dificultosamente culturizamos. En la sexología encontré, justamente, la especialización unificadora de la clínica, la que explica por qué las mujeres y los varones padecen existencialmente, se enferman, complican sus patologías y también llegan a conocer la esquiva felicidad. Es la energía libidinosa la que impulsa a los individuos y a los grupos humanos a comunicarse entre sí, a herirse y amarse, en amistad y en sexualidad, y a tener hambres de universos materiales y espirituales.

El 1960, después de un congreso médico en Tokio, fui invitado a la República Popular China. Mi libro “Medicina en China”, publicado en 1961, resume lo visto en los servicios de salud y en escuelas médicas de ese inmenso país. Destaca la integración entre la medicina tradicional autóctona -en mucho mágico-empírica- con la tecnología científica moderna, para dar la primera importancia al alivio del sufrimiento. El 1964 participé en la fundación de la Sociedad Chilena de Medicina Psicosomática, ya era miembro de otras sociedades, y, para tratar más específicamente lo que me interesaba, el 1965 comenzamos con la Sociedad Chilena de Sexología Antropológica. Para hacerlo nos comprometimos unos veinte profesionales -médicos, psicólogos, pedagogos, sacerdotes, abogados y asistentes sociales- a enseñarnos mutuamente y a discutir con franqueza y estando bien documentados.

El 1966 salió a librerías mi primera obra de sexología: “Sexo y Sufrimiento. El Hombre”, en que hice mi presentación personal a la clínica de esta especialidad, apareciendo al año siguiente “Sexo y Sufrimiento. La Mujer”. En ambas resumí mi experiencia propia y hospitalaria o de consultorio en el campo de la realización sexual y matrimonial. El título destaca dos hechos olvidados o subestimados: que las diferencias entre mujeres y varones son profundas en cuanto a necesidades o aspiraciones naturales, lo que les dificulta vencer una incomunicación generalizada y el claro distanciamiento de sus respectivos programas existenciales. También que es mayor la angustia por inevitable alienación mientras más puramente femenina es la mujer o más puramente masculino es el varón.

El 1970 se editó en Buenos Aires “Historia y Sexualidad” en que explico cómo, por la interacción dialéctica entre los impulsivos intereses femeninos con los masculinos, funciona la dinámica social y la historia. Ortega escribió en el “Tema de Nuestro Tiempo”… “Ha habido generaciones con suficiente homogeneidad entre lo recibido y lo propio, viviendo épocas acumulativas. Otras han sentido una profunda heterogeneidad entre ambos elementos, siendo épocas eliminatorias y polémicas; generaciones de combate”. Agrega que en las primeras los jóvenes solidarizan con los viejos, se supeditan a ellos y en las segundas “los viejos quedan barridos por los mozos”. Al igual que los demás pensadores, este gran español sólo ve un sexo. Sin negar su afirmación, creo demostrar que en los tiempos de consolidación de lo logrado la imposición es del sentir femenino conservador y de seguridad, y que en las de cambio, polémicas o combativo-creativas, hay masculinidad liberada que hace prevalecer sus impulsos. Digo que el volcán cultural masculino-musulmán se apagó porque la mujer islámica no participó en darle permanencia, así como que su conquista de Europa fue detenida más por la mujer cristiana que por los adalides del Cid. Relacionó la cohesión dada a la familia por el amor cristiano con la acerada moral imperialista de las dos Europas, que originaron las dos Américas, una colonizada preponderantemente por hombres solos y la otra por familias completas. Fundamento de esta manera el trascedente papel que en la cultura cumple la mujer como madre y como coqueta. Uno de los críticos que votó para que el libro recibiese el Premio Municipal, me dijo que, por sus ricas sugerencias historiográficas, con un más atrayente estilo habría alcanzado inmediata difusión internacional. El 1972, en “Vida y Sexo”, ordené los fundamentos científicos-biológicos del comportamiento sexual, sólo comprensible si se estudia su evolución en el desarrollo de la vida sobre la Tierra. Una síntesis de su material, que hicimos con el Dr. Julio Parada, fue publicada en Berlín.

El 1971, en cargo prácticamente adhonorem, organicé la Oficina Coordinadora de Investigaciones Sexológicas y de Educación Sexual en el Ministerio de Educación. Además de comenzar a recopilar lo que en estos terrenos se hacía, en enero de 1972, con un curso de 120 horas de clases, comenzamos la preparación de profesionales para constituir Comisiones Provinciales Asesoras en Sexología. Estas iban a servir de apoyo en las cabeceras de provincia al programa VIFES (Vida Familiar y Educación Sexual). El 1968, en las IV Jornadas Latinoamericanas de Sexología, realizadas en Santiago y Viña del Mar, se discutió en profundidad el tema de la educación sexual. Estos estudios motivaron que, meses después, en Chile se estableciera lo que en mi opinión ha sido el mejor plan de cualquier país para dar esta enseñanza desde las escuelas básicas hasta las universidades.

Renuncié en enero de 1974, cuando ya no se pudo continuar con esos cursos para profesionales de provincias. Partí al extranjero con un contrato para organizar una cátedra de sexología en una universidad mejicana pero, mientras dictaba un cursillo en Lima, supe que se me tramitaría largamente la visa. Me dirigí a Buenos Aires donde disfruté unos meses de económico hospedaje en la Universidad del Salvador y de la biblioteca de la Casa Central de los Jesuitas en San Miguel. Trasladado a la Capital di exámenes y revalidé mi título de médico en la Universidad de Buenos Aires. Ejercí hasta comienzos de 1979 que regresé a Chile con la experiencia de buenos ambientes profesionales y de una amistosa fraternidad social.

Durante mi permanencia en Argentina firmé dos obras que se publicaron: una que asesoré, “Conducta Sexual del Mexicano”, publicada en México, y “Frigidez”. Esta es un tratado clínico sobre causas, diagnóstico y tratamiento de la diferente demanda erótico-coital de la mujer respecto del varón, con la más difícil respuesta orgásmica de ella. Este libro no alcanzó a circular en Chile. También di término a una Pansexología. Desde que presidí las Cuartas Jornadas Latinoamericanas de Sexología el 1968, me preocupó la indefinición y errada interpretación de numerosos fenómenos trascendentes para la humanidad: amor, matrimonio, homosexualidad, prostitución o, en general, del erotismo y la agresividad notoriamente con mayor desarrollo en nuestra especie que en las demás. Encontré que las mitologías, los tabúes sexuales y los comportamientos diferenciados entre femeninos y masculinos, trasuntan constantes biológicas por su similitud en las más distantes culturas. De ahí el contenido pansexológico sintetizador de la obra. La Editorial Alambra de Madrid está imprimiéndola con el título de Diccionario Enciclopédico Integrado de Sexología, con los 4.000 o más títulos o términos estudiados traducidos al alemán, francés e inglés. Con sus definiciones y explicaciones en castellano, espero contribuir a un léxico sexológico internacional.

En estos dos años en Chile terminé un original sobre la exacerbada violencia contemporánea que titulo “Caín Libidinoso”. Muestro la fisiología del hecho que alarma a los Pontífices Romanos: que Satán está hoy en posesión de la humanidad más que nunca antes. La mayor longevidad con mejor salud de las poblaciones implica una proporción más alta de adultos fuertes compitiendo y reaccionando iracundos ante el hacinamiento físico y/o psicológico que a todos nos alcanza. Planteo dos interrogantes: hasta dónde puede seguir siendo necesario el rol materno como formador de generaciones psicológicamente sanas, y si la mujer, con su intuición y pragmatismo no está imponiendo el “unisex” como disimulada castración de una virilidad demasiado inquietante. En fin, ahora estudio cómo aplicar a lo laboral y administrativo lo que sabemos de las diferencias naturales entre femineidad y masculinidad. Ojalá podamos disminuir la alienación en el trabajo o por el trabajo que sufren los hombres y las mujeres, y ellos y ellas logren realizarse con mayor felicidad en las áreas que realmente correspondan a sus personalidades.

Soy, pues, integralmente médico. Lo pasé tan bien en la Escuela de Medicina y en el internado que nunca me he atrevido a decir que “el sacrificio” de los años en la Universidad me da derecho a gozar de la vida más que lo que pueda merecer un peón que hubo de trabajar desde su niñez. Combato el sufrimiento por el deber con que todos nos sentimos con las futuras generaciones -este año 1981 mis nietos suman 17, directos 16 y uno de mi esposa- y, también, porque estoy perfectamente muy consciente de lo limitado de la medicina. Otros fallecimientos me han afectado personalmente, enseñándome. Al morir mi abuelo paterno, mi padre trajo a su madre octogenaria desde Pitrufquén. No se acostumbró, se sintió sola en un mundo extraño, por mucho que nos turnáramos por acompañarla. A las pocas semanas, una mañana no se levantó diciendo que se iba a morir. Estudiaba yo medicina y pude llevarle especialistas. Nada de patológico le encontraron pero en pocos días partió a juntarse con su marido con quien había convivido sobre cincuenta años. Después, médico ya experimentado, padecí la muerte de tres niños clínicamente bien atendidos. De la primera hija de 7 años de edad, de mi único hijo varón a pocos días de nacido y la de uno de mi actual esposa y amada colaboradora Sonia Hauser, por cuya existencia se luchó más de un decenio. Imborrables son dos recuerdos de gran violencia emotiva. Cursaba el cuarto año de medicina cuando fui tomado de las solapas del vestón por mi hermana de catorce años para pedirme que le explicara eso del amor que no alcanzaría a conocer. Estaba enferma de tuberculosis pulmonar y moría unos días después. Penosísima dificulta para responder que se me repitió treinta y seis años más tarde con una hija de igual edad que agonizaba por una afección ganglionar maligna.

“Sexo y Sufrimiento. El Hombre” coronó una catarsis iniciada años antes. Con trabajo profesional prolongado todavía tenía de mi mismo una pésima opinión. La causaban recuerdos vergonzantes y el constante esfuerzo con que debía vigilar, reprimir y encauzar mi libido. Una tarde, con la consulta del varón número 200 ó 500, me convencí que yo era simplemente uno de tantos, no de excepción sino como la mayoría. Me sentí feliz y comencé a mirar con mayor seguridad a los demás. Experiencia que me hace iniciar el tratamiento de mis pacientes con la indicación de ser más leales consigo mismo, que usen el “Conócete” como un “amarse en lo que se es”. Baruch Spinoza nos dejó una buena diferenciación: ético es lo que le pertenece al ser -cercanamente al derecho natural o a la buena conciencia de que habla la iglesia- y es moral lo conveniente para la sociedad. El sexo es también un campo cultural digno de perfeccionarse para dar mayor felicidad ética hasta donde no se dañe a otros.

Observo que con argumentos médico-filosóficos intento hacerme perdonar el inmerecido título de escritor. Escribo como cumpliendo un deber y obligado a superar una defectuosa formación básica. He entregado a los impresores innumerables artículos y mamotretos plagados de faltas de ortografía y de sintaxis, apurado en volver a los pacientes, y aún los correctores de estilo y de pruebas tienen arduo trabajo conmigo. Mi historia de clase media modesta ayuda a comprender lo mucho que todos debemos a los grupos y circunstancias en que nos desenvolvemos. El sentimiento humanista -siendo el hombre más cruel que los otros seres, para expresar respeto y afecto por la vida ajena debería decirse mejor sentimiento animalista- y la visión universalista con que ansío vivir, se confunden con un patriotismo que es amor a mis conciudadanos y a quienes me han acogido en las tantas partes del mundo donde he estudiado y conocido el contentamiento de ser lo que he querido ser. Tengo deudas existenciales que no alcanzaré a pagar porque siempre se me ha dado más de lo merecido y castigado poco por los dolores que he provocado.

El amor que a mi edad sigo disfrutando junto a la musa joven que es mi esposa ya nombrada y a su hijo ahora mío, me impele a seguir bregando para que se abran las mentes a lo que, hasta lo más cultos seres humanos, se resisten a asimilar. La humanidad prefiere ilusionarse que no es biológica y por ello no aprende a manejar su naturaleza que, muy frecuentemente, sobremanda en sus comportamientos ultracivilizados. Con pertinacia se miente a sí misma y deja pasar la oportunidad de hacer del sexo una mayor fuente de elevación, de enriquecimiento sensual y de más espiritualizada convivencia. Olvida que el Amor es lo único corporal y emocional con que se supera la finitud individual, que Eros y Tanatos andan siempre juntos en toda poesía vivida, escrita o soñada y en todo arte mayor. Rindo homenaje a los poetas que intuyen verdades y maravillas que los demás sudamos y demoramos en vislumbrar, desesperándonos por querer comprenderlas en vez de simplemente gozarlas. Miles de razonamientos no logran expresar con tanta realidad y hondura el sentimiento de fusión con lo infinito que proviene del orgasmo sexual, como lo hacen cinco versos de nuestro Neruda. Escribió:

 

Hoy nuestros cuerpos se hicieron extensos

 llegaron al límite del mundo

y rodaron

fundiéndose

 en una sola gota de cera o meteoro.

 

He osado ocupar esta tribuna de escritor siendo apenas un artesano remendón de daños y pesares porque puedo compensar este sentimiento de modestia con otro de orgullo. Dice Herbert Spencer que el médico primitivo fue el creador de las bellas artes. Empeñado en arrojar fuera del enfermo a los espíritus malignos que lo postraban, trató de comunicarse con ellos o espantarlos. Con dicho fin imitó formas, movimientos y sonidos de la naturaleza, misteriosos pero que podrían tener significado o poder mágico para esos entes desconocidos. Así, ese medicine-man, como lo llamó, repitiendo figuras y gestos seductores o amenazantes, ruidos de la foresta, bramidos de las fieras y cantos de las aves, inventó la pintura, la escultura, la danza, el teatro, la música y las otras artes. No es absurdo, pues, que los médicos nos sintamos parientes de los artistas.

 

Santiago, septiembre de 1981

 

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Ultima Actualización: Abril-2010