Sexualidad
Inconsciente e Identidad de género
Lic. Graciela Bianchi.
gbianchi@interar.com.ar
Voy a partir de la idea de la sexualidad como construcción histórica, no existe desde un comienzo; ni como lo biológico que se iría modelando de acuerdo a una cultura dada ni como la pura inscripción de esa cultura en los individuos. La sexualidad es el producto del anudamiento de esos modos culturales con posibilidades subjetivas de existencia en el encuentro con los otros significativos. Si no hay una sexualidad previa al encuentro con el otro, se le confiere a ese encuentro un valor fundamental en la producción de subjetividad y de subjetividad sexuada, no sólo al comienzo de la vida sino como posible alteración de la sexualidad en la actualidad de los encuentros con esos otros significativos para cada sujeto. La constitución de la sexualidad se va a ir dando a través de las prácticas que marcan los cuerpos y sitúan su transmisión de generación en generación. Me refiero a las prácticas no como simples acciones, sino como un complejo sistema de relaciones que vehiculizan propuestas identificatorias y que en sí mismas pueden ser portadoras de diferencia. Son esas prácticas las que dan consistencia a los aspectos materiales que organizan cuerpos y lugares, a través de una limitación de la actividad físico-psíquica, haciendo que el lenguaje signifique y no sea un puro juego formal de signos. Siguiendo esta idea de que la sexualidad se construye trataré de ir pensando - una vez más-, cuales son las condiciones de inicio, como se resignifica, cuales son las variables y experiencias que participan en su constitución, discriminando, destotalizando esos factores intervinientes. Se podrían ir enunciando de la siguiente manera: el sexo anatómico, atribución del género, recorridos identificatorios, dirección del deseo, resolución de los goces, etc.
Pensar que el sujeto sexuado es producto de un acto simbólico significa que no hay sujeto natural del sexo. Es por ese acto que una diferencia asume el valor de un significante fundamental. Para el sistema simbólico que organiza nuestra cultura es el falo el que va a ser tomado como significante de esa diferencia, y del deseo en tanto es capaz de simbolizar la falta encarnada en esa diferencia. Aquí hay que tener en cuenta que el orden imaginario no es idéntico a las categorías simbólicas que lo organizan, de lo contrario la sexualidad humana sólo se constituiría como efecto de una estructura simbólico/lingüística ya dada y se estaría dejando de lado su autocreación imaginaria.
"La tarea crítica consiste en repensar aquellas construcciones de lo aspectos imaginarios y fantaseados de la sexualidad y las formas constitutivas de la sexualidad en el interior de un mundo socio-simbólico. […] las categorías simbólicas de <hombres> y <mujeres> se organizan y plasman a través de lo imaginario en procesos de interiorización e identificación con individuos." (A. Elliot).
La diferencia anatómica ubica al individuo en alguno de los dos casilleros disponibles, desde el nacimiento y marca una dirección en su desarrollo a partir del momento en que los padres lo identifican, le atribuyen una identidad sexuada. No depende exclusivamente de la decisión del sujeto ni de sus padres, ya que las personas se agrupan en varones o mujeres según el criterio que toma en cuenta la anatomía (macho y hembra) y el de la inscripción en el registro civil, que por otra parte, va asociado al primero (femenino- masculino). A partir de allí, se construye la identidad de género, con su asentamiento en las identificaciones yoicas y tomando como referencia a los prototipos culturales que significan las diferencias corporales. Desde la perspectiva de la identidad de género la diferencia aparece como representación anticipada de lo que en el encuentro real y efectivo va a ser su presentación. Desde la identidad de género puedo pensar desde el uno, pero cuando pongo a jugar el deseo y el goce nombrado en relación al otro, tengo que incluir el dos en esta escena. Desde la sexualidad inconsciente tendríamos que pensar en términos de como cada vínculo arregla el lugar de la diferencia. Esa dirección que se le imprime al goce sexual nos obliga a pensar en términos de deseo y su especificación sexuada. Aunque puede comprobar que identidad y orientación del deseo sexual no son la misma cosa, dado que la identidad de género no cubre el campo de la elección de objeto amoroso. En este aspecto se habría que aclarar si cuando hablamos de elección de objeto nos referimos al género de las personas en cuestión o a la sexualidad inconsciente, como posición subjetiva respecto de la diferencia sexual como articulación simbólico-imaginaria. Es de remarcar el peso que la dimensión intersubjetiva va a tener en la constitución del deseo en tanto el ordenamiento de la sexualidad genital bajo las formas hombre o mujer se va a ir dando en relación al otro. La subjetividad se complejiza a través de las experiencias sexuales y resignifica las identidades de género previamente adquiridas. La dinámica inconsciente puede trabajar en el sentido de hacerle un lugar en los vínculos a lo real de la diferencia, o podría ser que se trabaje para abolir esa diferencia, a través de mecanismos de desmentida de la realidad, de represión de fantasmas, negación de sus deseos, etc., haciendo obstáculo a la experiencia de la alteridad y la posibilidad de reformular las identidades alcanzadas hasta el momento. Si bien el psicoanálisis ha demostrado la extensión de la sexualidad hacia toda la vida y todo el cuerpo, esa extensión no es una generalización abusiva, ya que desde esta teoría, la sexualidad infantil no cubre toda la experiencia sexual de los sujetos. La sexualidad infantil es fragmentaria y producto del encuentro con la sexualidad del adulto, a pesar de sí mismo; la adulta, se concentra y organiza en relación a la genitalidad y conserva cierta autonomía respecto de la autoconservación. Pero una vez más, los complejos representacionales correspondientes a las identificaciones de género - que sitúan a los sujetos en relación a lo femenino o masculino a partir de una serie de enunciados y prácticas culturales vehiculizadas a través de los padres -, van a ser alterados con la experiencia de los encuentros sexuales efectivos, como puesta en juego de la erogeneidad en nuevos escenarios. Entonces, desfallecen los fantasmas y el saber anticipado que se tenía del otro sexo y sobre el propio no alcanza para cubrir lo real de lo que sucede.
Cuando Freud dice en Una teoría sexual que " La elección de objeto se consuma primero en la (esfera de la) representación; y es difícil que la vida sexual del joven que madura pueda desplegarse en otro espacio de juego que el de las fantasías, o sea, representaciones no destinadas a ejecutarse." Entiendo que se refiere a este primer tiempo en que la sexualidad es representada y no efectivamente realizada en el acoplamiento genital. Por otra parte, la elección de objeto heterosexual ha sido condición para el sostén de la cadena en la cual el sujeto, además de un fin para sí mismo, es también un fin para la especie. La elección de un partenaire sexual de sexo diferente al propio es condición necesaria para la reproducción: cuestión que comienza a trastornarse en el mundo de los desarrollos tecnológicos que parecen sin fin. La no necesariedad de junción de identidad sexual y elección de objeto erótico, desnaturaliza la cuestión y la ubica en un plano histórico, del mismo modo que los agentes culturales que va a ligar (o no) diferencias sexuales anatómicas a funciones de procreación y progenitura los modos de procreación y continuidad. Recordando a Podríamos P. Aulagnier diríamos que la filiación es una marca suplementaria en la identidad sexual ya constituida.
"que este niño pueda a su vez convertirse en padre o madre, que pueda desear tener un hijo."
La identidad masculina no asegura el deseo por las mujeres ni la identidad femenina el deseo por los hombres. El encuentro con el otro como el objeto erótico, a su vez, produce un plus imprevisible. Sólo así podría hablarse de una elección. Un sujeto se posiciona frente a su propia elección de objeto en función de una combinatoria, impredecible, por el plus que se produce entre las marcas erógenas primarias, el cómo se sitúa en el registro de la diferencia sexual, los modos de articulación de su identidad, en tanto identificaciones con ideales y valores y el ejercicio de su genitalidad con el otro. La sexualidad excede lo que tiene que ver tanto con la pulsión como con la identidad. Toca distintos órdenes de cosas pero que no van a permanecer ajenos entre sí. Por un lado la identidad de género, por otro la sexualidad inconsciente y ambas atravesadas por la diferencia sexual.
Secuencias Metapsicológicas
En el momento en que se dan las inscripciones pulsionales , incorporación al mundo del lenguaje , en el interior de un funcionamiento autoerótico y presubjetivo se van a tener en cuenta el género del niño y de los padres. Las pulsiones primitivamente existentes en el infans motorizan la actividad del autoerotismo, circulan las primeras representaciones, representaciones-cosa y signos de percepción, en un aparato aun no constituido. Sobre este fondo y, como defensa frente al exceso pulsional, de origen interno se produce el primer movimiento de la represión, movimiento consistente en una fijación, que permite dentro del principio del placer poner un tope a aquello que desbordaba. A partir de la represión originaria y de la instauración del narcisismo, se organiza la trama yoica con la asunción de las identificaciones propuestas, incluidas las de género y el sujeto comienza a acceder a la cuestión acerca de quién es. Se adjudica una identidad de género y el yo se reconoce en ella. En esa primera identificación se asume la asignación de un nombre y un sexo, con la consecuente instalación en la humanidad y la familia, consecuencia de un primer enunciado de existencia para el infans que se formula como lo que han dicho que sería. En ese sentido la identificación es previa a la elección de objeto porque el yo no elige el objeto sino que éste elige al yo. Identificarse es establecer las correlaciones necesarias entre estas referencias provenientes del otro y el propio cuerpo, estas relaciones entre las partes del cuerpo de uno y partes del cuerpo de otro sólo pueden integrarse si se dan en una dimensión simbólica, cuando las marcas corporales se han desprendido del cuerpo mismo. Las transformaciones del cuerpo fragmentado se desbaratan si no se incluyen en la secuencia que marca la sucesión generacional.
En relación a la sexuación en principio los dos sexos ocupan necesariamente el mismo lugar, el de respaldar la omnipotencia materna para luego dirigirse al padre como objeto de amor para escapar de esa fascinación que ejerce la madre y que amenaza la autonomía del sujeto. El niño va siendo sexualizado y sexuado, a la par. Es así como a partir del prototipo de una madre que erotiza a su hijo-hija y de un padre que no sólo puede captar el deseo de la madre gracias a la potencia que le confiere ser portador del falo sino también el de los hijos, se derivan los caminos que los sujetos pueden tomar para su posicionamiento sexual y de género. Frente al poderoso mensaje materno, cuyo enigma es descomunal, el niño prefiere colmar el vacío que impulsa esa demanda y se instala como su falo (figura de la completud). La relación pivotea entre el exceso y el vacío; poder ser en ese lugar permite amortiguar el exceso y satisfacer imaginariamente ese vacío y sólo es posible moverse de ese lugar si el padre puede funcionar como intérprete de ese mensaje. Tanto para las niñas como para los niños este es un paso obligado. Cuando la amenaza de perderse en la madre echa mano a la tabla de salvación del padre, se pueden incluir todas las vicisitudes del Edipo que van a producir identificaciones y elecciones de objeto, tomando como eje la diferencia sexual y como motor la angustia de castración. Las relaciones se ordenan en términos de falta y completud y el avance de la complejidad representacional va a permitir sostener las ausencias. Convendría revisar hasta que punto estos padres descriptos por la teoría psicoanalítica no dejan de ser figuras míticas construidas con elementos del imaginario social, que por momentos parecen excluir los aportes de la misma teoría, por ejemplo lo referido al inconsciente materno y paterno. Podríamos analizar como los padres del psicoanálisis responden a prototipos de feminidad y masculinidad a partir de los cuales se construye la teoría y los conceptos de normalidad y anormalidad. Padres míticos, con una absoluta concordancia entre sexo anatómico, identidad de género y posición sexuada, a partir de los cuales se derivan las múltiples vicisitudes subjetivas.
Cuando el reconocimiento del género se articula con lo real del cuerpo, los padres se separan en uno y otro sexo. Es el tiempo de la identificación secundaria que confirma la primaria y cuyo articulador es el Complejo de Edipo. Se consolida la unión cuerpo y género y el organizador es la ausencia o presencia del pene que refiere ahora las cuestiones de pérdidas e incompletudes a la temática sexual. Los niños y las niñas prefieren reforzar en sus juegos sus identidades y no exponerse a comparaciones odiosas y angustiantes. 'Los nenes con los nenes y las nenas con las nenas', es el lema que brinda seguridad y los lazos homosexuales sirven en ese momento del desarrollo para consolidar las diferencias entre los sexos. La diferencia sexual parece definirse entonces, tanto por la constatación de igualdades como por la de presencias y ausencias, tanto unas como otras pueden ser aceptadas o negadas y cada quien tendrá va haciendo un sitio para el otro sexo.
Se podría decir que la sexualidad genital es la inscripción de una diferencia sexuada, mientras que la infantil es la inscripción de la sexualidad desbordada por la pulsión y encasillada en la identidad de género. El funcionamiento erótico se realiza en la práctica genital desde la asunción de una posición subjetiva que defina la identidad sexual y reconozca la sexuación. Se trata de una operación subjetiva, de un sujeto que decide, asume para sí, una de las dos formas posibles de la sexuación: hombre o mujer. Si bien la relación sexual no existe, como acoplamiento perfecto, pienso que sí hay posibilidad de articulación de la escena sexual intersubjetiva. Es en la práctica amorosa donde se va a poner en juego la diferencia sexual, que haya o no otro sexo y donde se lo pone. Así, la sexualidad se nos presenta en términos de diferencia, en términos de dos, por el contrario, el género en tanto identidad, se nos presenta en términos de uno. ¿Podría pensarse entonces que la sexualidad es el sitio de una diferencia?. (Tortorelli A). La combinación de la imagen del cuerpo, lo pulsional y el género se cristaliza en una identidad sexual pero se desestabiliza en el encuentro con el otro. En ese encuentro se produce la diferencia y la posibilidad de sostener la incertidumbre que ese mismo enfrentamiento genera.
La diferencia se tramita entonces en relación a la selección identificatoria, como tal reside en el yo y es producto de proceso identificatorio; correspondencia entre un cuerpo y una cultura, género femenino y masculino una distribución de los goces en relación a algún ordenador simbólico que permita su realización deseante bajo las formas de hombre o mujer una elección de pareja, que va ligar las formas de satisfacción al otro, ya sea homosexual u hetero sexual.
Variaciones del deseo y estabilidad del género
El sexo del otro constituye un enigma donde sigue vigente la lógica paradojal de la diferencia sexual, algo de lo no representable que dispone de un significante (el fálico) para definir ambos sexos y donde el estatuto de lo real es dominante.
El pene ha sido hasta ahora la parte del cuerpo más apropiado para representar ese significante , significante de la falta. "Factor orgánico, real e imaginario de nuestro ordenador psicosexual" dirá J. Kristeva (1), como la mujer no puede encontrar en sí misma ese soporte imaginario del sistema simbólico que la atraviesa, va a establecer una distancia, un extrañamiento de ese falo ilusorio. Lacan va a decir que hombre es quien se ubica totalmente en la función fálica y mujer la que no está totalmente ubicada en ella. Quien se coloca del lado hombre, podrá de acotar su goce a un tiempo y un lugar mientras que la mujer no localiza en sí misma un lugar del deseo del otro sino que la abarca totalmente y donde lo femenino es en el lugar en que la simbolización se vuelve imposible. En ese sentido, la diferencia entre los sexos parece radicar en un principio en un impasse obligado para la mujer en el reconocimiento de su sexualidad, que se ha asociado a la falta de órgano sexual. Las consecuencias psíquicas de este impasse para la mujer, parecen ser del orden de un desarrollo mayor de la fantasía, de la ensoñación, de la posibilidad de postergar la satisfacción pulsional preparándola así para la maternidad, ocasión en que podrá volcar su amor a una parte de su cuerpo que no le fallará jamás. El hijo. (Kristeva) También la expone a una mayor fragilidad narcisista por el rencor que esa demora provoca tiñendo de desconfianza sus elecciones de objeto. Parece haber coincidencia entre los autores psicoanalíticos en caracterizar la posición femenina como la que sostiene la continuidad de los vínculos en tanto que la masculina establecería las interrupciones. Esta vocación femenina por la continuidad parece forjarse en ese tiempo de espera que describí anteriormente mientras la posición masculina se reserva la aptitud para concluir.
¿Cómo se sustenta esa captación del vacío que separa las dos versiones de la sexualidad?.
¿Cómo se pasa a experimentar atracción por aquello que cada uno va a descubrir como extraño y faltante?
El amor sería la experiencia que, pone en relación uno y otro sexo, lazo que permite declarar la existencia de dos, como uno y otro. Es entonces, en ese sitio, donde se enuncia que hay dos cuerpos sexuados y no uno, y donde cada uno deja grabado su encuentro con el otro. Habría que hacer una distinción entre la concepción narcisista del amor, movimiento tendiente a lograr la armonía a través de las distintas formas de complementariedad; de las formas alienadas de relación en las que se hace lugar para un sólo sujeto y el otro queda remitido a la posición de objeto; de la adhesión a las formas de vínculo instituidas por la cultura que si bien brindan identidad y pertenencia no garantizan por sí solas la experiencia peculiar a la que me estoy refiriendo. No sería la concepción imaginaria- narcisista del amor, ni la pulsional pasional. Sino una concepción más ligada a la circulación deseante que conjugue el placer en el encuentro con el otro. Así la sexualidad sería definida en términos de dos, ya no como la liberación de la sexualidad de un individuo carente sino como la producción de una diferencia vía suplementación, en el terreno fértil del encuentro. Para I.Lewkowicz (2001) en términos de dos, en términos de diferencia sexual ya no se estaría pensando en términos de latente y manifiesto sino de producción. El amor puede operar como acontecimiento, capaz de causar una nueva organización de las subjetividades y lo vínculos al reconocer los signos que atestiguan la presencia del otro aunque no sea posible traducir esos signos en el plano del conocimiento. Encuentro excesivo o excedente, productor de la subjetividad sexuada, el amor que pone en relación uno y otro excede tanto lo pulsional como lo imaginario. En el vínculo de pareja se puede procesar a través de la estabilización fantasmática las incursiones de lo extraño, y disponer a la vez un anclaje del sujeto y un soporte para el otro. Este vínculo sostiene y se sostiene por la posibilidad de negar la imposibilidad de acceder al otro, de asumir la prohibición incestuosa, y generar un espacio trascendente que pueda ser ocupado por los hijos/hijas. Las estrategias en la elección pueden ser heterosexuales u homosexuales tanto a nivel de género como de partenaire del goce. Tanto el vínculo heterosexual como el homosexual pueden sostener la atracción por ese goce del otro o su evitación . Quiere decir que la pareja heterosexual no garantiza que no se segregue definitivamente el goce del otro, en el intento de borrar toda diferencia. La articulación cultural que hace coincidir sexo biológico e identidad de género junto a una elección de objeto heterosexual ha sido de peso en el pensamiento psicoanalítico. Tal vez ahora debamos pensar en términos de renuncia o exaltación del goce y de formas de contemplar la alteridad.
"La fase fálica, que considera el pene como único órgano sexual, seguirá siendo un dato de base inconsciente para ambos sexos. La sexualidad adulta se disociará de esto accediendo al descubrimiento del segundo sexo (Kristeva J. 1997).
BIBLIOGRAFIA
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Kristeva J.: Sobre la extrañeza del falo o lo femenino entre la ilusión y la desilusión. Revista de ApdeBA Vol XX Nº1. 1998.
Extraído de Sentido y sin sentido de la revuelta-Poderes y límites del psicoanálisis I, Ediciones Fayard, 1997).
Lewkowicz I.: El género en perspectiva histórica. Revista de Apdeba. Vol XIX Nº 3 1997.
Soler C.: La maldición sobre el sexo. Manantial. 2000.
Laplanche J.: Problemáticas II , Amorrortu 1980.
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