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CORRIENTES PSICOANALITICAS
 
CAPITULO VII

MELANIE KLEIN Y EL NACIMIENTO DEL PSICOANALISIS DE NIÑOS

Dra. Esperanza Pérez de Plá

SEGUNDA PARTE ¿QUIÉN ES MELANIE KLEIN?

Melanie y sus hermanos

El vínculo con sus hermanos marcó de manera muy definitiva la infancia y la adolescencia de Melanie Klein. Con ellos compartió intensamente el amor y la rivalidad, de ellos recibió el estímulo intelectual, pero también su pérdida prematura la hundió en el dolor y la depresión. La única de sus hermanas que vivió hasta edad avanzada fue Emilie, la primogénita y preferida de su padre, la menos querida por ella, con la que siempre existió una relación ambivalente bilateral. La primera gran pérdida ocurrió cuando contaba con 4 años de edad y esta tremenda experiencia la llenó de miedo y confusión: Sidonie, de apenas 8 años es segada por la tuberculosis. «Creo que nunca superé el dolor que me causó su muerte.» Debió además soportar el sufrimiento de su madre: «...es probable que una parte de mis problemas haya provenido de que debí reemplazar a mi hermana.» (Grosskurth, p.30). Durante su larga enfermedad Sidonie se dedicó a enseñarle las bases de la aritmética y la lectura e hizo de Melanie una niña muy precoz que despertaba admiración entre los adultos por su deseo de saber y su penetración. De Sidonie le quedó a la pequeña Melanie una suerte de herencia—deuda: vivir lo que a ella le fue negado.

Pero la influencia más destacada durante toda la infancia y adolescencia de Melanie fue la de su hermano Emanuel, 5 años mayor que ella, al que admiró fervientemente toda su vida. Lo describe excepcional mente dotado para las artes, ejecutante del piano y compositor musical desde la infancia, escritor y poeta muy fino, rebelde y cuestionador, insuficientemente comprendido por los maestros y por su padre, siempre enfrascado en discusiones con las figuras de autoridad. Estaba muy ligado a su madre con la que se mostraba muy demandante y a la que no le evitaba dolores de cabeza debido a sus múltiples aventuras y enredos. Era también un joven marcado por la muerte que sabía inevitable, pues desde los doce padecía de una dolencia tuberculosa que iba a acabar con sus días en un plazo bastante breve. Con Melanie se comportó como un protector amoroso y orgulloso a partir de que ella lo asombró con un poema de su creación cuando sólo contaba 9 años de edad. «Desde entonces, fue mi confidente, mi amigo, mi profesor. Se interesaba muy de cerca por mi educación, y sé que hasta su muerte, estaba convencido de que yo haría algo importante, aunque nada entonces hacía pensar que eso fuera posible.» (Grosskurth, p. 31.) Pero era también celoso, posesivo y dominante con ella, dando claros índices del carácter incestuoso del sentimiento que lo unía a su hermana. Pienso que en la historia de Melanie Klein se combinaron, como en la de otras mujeres importantes de nuestra cultura en general y del campo del psicoanálisis en particular, varios factores facilitadores de la actividad creativa: la .confianza del padre o de un sustituto paterno. en este caso Emanuel, respecto a su inteligencia y riqueza interior; la rivalidad amorosa con la madre a la que sirvió de apoyo en algún momento de perdida o depresión; la superación de los duelos tempranos que marcaron su relación con la figura materna y con el mundo a través de la creatividad. Freud había señalado a partir de su propia biografía que para el varón, en este mismo punto, lo más importante es el amor y la confianza de la madre, cuando es capaz de creer firmemente que a su hijo le espera un destino grandioso, aunque nada objetivo dé pruebas de ello.

Es así que Melanie Klein aparece impulsada por su hermano hacia una trayectoria ambiciosa en el campo de las letras y también hacia el ingreso en la universidad, en la carrera de medicina, en la que él ya estaba inscrito. A los 16 años Melanie consigue superar este obstáculo, lograr por fin que su padre se enorgullezca de ella y siente que el mundo ha cambiado a sus ojos. Está viva, renovada, plena de alegría y de ambición, quiere no sólo ser médica sino también especializarse en psiquiatría, siente que el fervor intelectual es más poderoso que las carencias económicas. Pasan tantas cosas interesantes en Viena en el campo de la cultura al que ella es introducida por su hermano Emanuel, que recuerda esta época como una de las más bellas de su vida. Nietzsche (filósofo), Schnitzier (dramaturgo) y Kari Kraus (literato y periodista) eran los ídolos del pequeño grupo de jóvenes intelectuales con los que se relacionaba la pequeña Melanie. Se hablaba de la pasión y de la creatividad, de la (in) fidelidad y del amor, Moriz y Emanuel discutían quién era mejor poeta, Goethe o Schiller.

Pero tan promisoria época acaba rápidamente al producirse la decadencia de Moriz y luego su muerte acaecida en 1900. Los deseos de Libussa empiezan a dominar el panorama familiar, pues también la influencia de Emanuel declina al empeorar grandemente su estado de salud. Se sabe enfermo y condenado, deja la medicina y entra en la carrera de letras, pero sobre todo se dedica a viajar con la idea de sacar provecho, a través de dichas experiencias, a sus capacidades de escritor. Demanda de Libussa, ya viuda, una renta que siempre resulta escasa y con la cual deambula tristemente por los países del sol y la belleza —Italia y Grecia— gastando entre excesos y miserias sus últimas fuerzas, hasta que fallece en 1902 en la ciudad de Génova. Deja un baúl lleno de manuscrito que Melanie se dedica a seleccionar y publicar después de su muerte, no descansando hasta que lo logra[5]. La correspondencia entre los hermanos es de una importancia enorme para comprender los sufrimientos, la culpa y el desesperado amor, que como un gran incendio los asoló a ambos aunque de manera diferente y menos definitiva en un caso que en otro.

Mientras tanto, a partir de la muerte de su padre, la vida de Melanie ha cambiado grandemente. Toda posibilidad de continuar los estudios desaparece para ella ya que cuando Libussa se vuelve la máxima autoridad familiar, planea para su hija un destino tradicional. Piensa que el único futuro deseable es el matrimonio y alberga grandes esperanzas de que debido a su belleza pueda obtener un buen partido. Es entonces que, según afirma en su autobiografía, cuando contaba apenas 17 años, Melanie conoce y se enamora de su futuro esposo, Arthur Klein. Tenía él entonces 21 años, y era un joven serio, que estudiaba ingeniería química en Zurich, hijo de una familia acomodada y al que seguramente esperaba un buen porvenir económico. Su familia tenía un parentesco lejano con la de Libussa y vivía en la parte eslava de Hungría. También Emanuel aprobó la relación con Arthur porque admiraba su inteligencia; esto fue sin duda muy decisivo para que Melanie llegara a aceptarlo como novio aunque se trataba de un hombre de aspecto insignificante. ¿Fue el amor, la necesidad o la voluntad de Libussa lo que la llevó al matrimonio a pesar de que eso acababa con sus planes de estudio? Quizás todo a la vez, pero en algún lugar ella sabía que ese enlace podría ser un error, ya que eran dos personas muy diferentes que no se entendían bien y rápidamente comprendió que Arthur era un hombre «difícil». El noviazgo continuó durante casi cuatro años en que Arthur completó su formación, incluso viajando a América. En esa época Melanie conoció y frecuentó a su familia política y siguió cultivándose por su cuenta, ya que era una ávida lectora; asistía además a cursos y conferencias cuantas veces podía. La relación con el medio intelectual vienes le resultaba muy estimulante y enriquecedora, y aunque conoció a gran parte de las personas famosas de su época, llama la atención que parece no haber sabido entonces de la existencia de Freud y del psicoanálisis.

La falta de estudios regulares fue para Melanie Klein una lamentable carencia y siempre reconoció que hubiera deseado haberla llenado en su momento adecuado, pero para nada pensaba que ese hecho invalidara sus teorías o pudiera dar pie a los médicos para rechazar sus hallazgos. Sobre todo ha sido éste un argumento esgrimido por sus detractores para devaluarla. Sin embargo lo que algunos tachan de «incultura» es para sus admiradores un mérito, por la libertad respecto a los modelos convencionales de organización y evaluación de datos que este hecho aportó a su clínica. La fuerza de Melanie Klein residió siempre en su originalidad y frescura para percibir los hechos clínicos. Por lo demás no le faltaba educación en el sentido tradicional del término, manejaba bien varios idiomas y conocía ampliamente numerosos autores clásicos y contemporáneos.

El período que va desde la muerte de Moriz en 1900 a la boda de Melanie con Arthur en 1903 fue particularmente difícil, siendo el deceso de Emanuel, ocurrido 3 meses antes del matrimonio, el último y luctuoso acontecimiento de estos negros años. La situación económica familiar llegó a extremos desesperantes pues Libussa debía enfrentar la adquisición de dos ajuares —también se casó Emilie en ese tiempo— y tenía que enviar algo de dinero a Emanuel que, preso de la desespera­ción, arrastraba su cuerpo moribundo por el Mediterráneo. Está registrado en la correspondencia familiar que a modo de macabro augurio de su triste final, y con el argumento de la falta de dinero, recibió por ese entonces la ropa de su padre muerto; pero lo peor durante este tiempo, era la proximidad cada vez mayor de la boda de su amada Melanie que lo llenaba de celos y que fue el preludio de su muerte. La dureza y angustia de sus cartas y los reclamos amorosos que encerraban hicieron que la joven se sintiera responsable de su fallecimiento y quizás esta culpa no la abandonó nunca totalmente. La liga incestuosa entre los hermanos era muy importante y en este período alcanzó niveles abrumadores para ambos. Pero lo más sorprendente es el papel de Libussa en todo este proceso. ¿Por qué mantenía alejado al hijo enfermo, que cada vez empeoraba más destruido por la pobreza, la enfermedad, el alcohol, el tabaco y sobre todo la tristeza? Los actos autodestructivos de Emanuel eran cada vez más riesgosos, pues por ejemplo, fue capaz de apostar y perder en el juego sus escasos recursos, empeorando así con la desnutrición su precaria salud. En los últimos meses del año 1902 se contempla la debacle de este joven tan brillante y apasionado. Con la muerte de Emanuel sufre Melanie una pérdida irreparable, con él parte para siempre su mejor amigo, su amante fantasmático.

Es impactante reconocer en la familia Reizes el monto de celos, envidia y agresividad circulante. Además, dado el extremo narcisismo con que se manejaba, cada uno trataba de culpabilizar a los otros. La coacción afectiva estaba siempre presente. Antes de la muerte de Moriz existían en la familia dos bandos, por un lado Emilie y su padre y por otro Melanie, Emanuel y la madre. Sin embargo Libussa sentía muchos celos de la exclusiva y entrañable relación que sostenían Melanie y Emanuel y probablemente ésta fue una razón fundamental para mantenerlo alejado, tanto más cuanto que su lamentable estado lo volvía irritable y difícil de trato. A partir de la envidia, la agresividad y la rivalidad existente en su propia familia, encontró seguramente Melanie Klein abundante material para plantear sus teorías. Pero más aún lo encontró en su interior, tal como se puede ver con toda claridad en la carta que escribió a su hermano apenas 4 meses antes de la muerte de éste, en agosto de l902. En ella habla de cómo empieza a reconocer en. si misma cuánto los conceptos del «bien» y del «mal» son inseparables e indefinibles, «... ellos están presentes quizás en cantidades iguales aunque bajo formas diferentes, tanto en los seres humanos más viles como en los más nobles.» Y agrega que ya no puede condenar, que sólo resta comprender. (Grosskurth, p.51).

Melanie hija, esposa y madre

Melanie y Arthur se casaron el 31 de marzo de 1903. La novia acababa de cumplir 21 años y estaba en pleno duelo por la muerte de su hermano. Este hecho fue fundamental en la vida de la pareja, que por lo demás, a pesar del largo noviazgo, se conocía muy poco. El nacimiento de Melitta no se hace esperar, y aunque Melanie la recibió con alegría y gran expectativa no era una mujer feliz. Seguramente la relación con la pequeña y luego con sus otros dos hijos, fue tremendamente dificultada por la depresión que, casi ininterrumpidamente, por más de 10 años, dominó la vida de Melanie Klein. Y para completar el panorama allí estaba instalada su madre para «ayudarla» en la crianza y en el manejo del hogar dada su precaria salud psíquica. En una carta de 1906 Libussa le dice: «Lo que me preocupa, querida Melanie, es que incluso tus expresiones de alegría están siempre marcadas, en el fondo, por un inevitable toque de pesar. Es tu destino o desgracia­damente tu naturaleza, el estar siempre torturada por algo». Frase terrible porque detrás de una apariencia de comprensión toma la forma de una profecía inamovible. Todo parece mostrar que en esa familia, los menores detalles subjetivos eran amplificados hasta el drama, que se trataba de una familia más «emotiva» que la generalidad.

Otro momento muy delicado de Melanie corresponde al embarazo y la primera infancia de Hans, su segundo hijo que nace en 1907. A partir de entonces la angustia de su nuevo hijo la dominaba. Se sentía como paralizada por la depresión y la ansiedad y por eso Libussa se ocupaba de todo. Lo más notable era el efecto de aislamiento que tenía su actitud: hacia viajar a Melanie para concurrir a balnearios de aguas termales, la obligaba a visitar a sus amigas, a distraerse. Pero mientras tanto recibía todos los mensajes y se interponía entre Arthur y Melanie, quien cedía su lugar sin resistencia: por ejemplo no estuvo cuando se festejó el primer cumpleaños de Hans. Libussa la bombardeaba con consejos y así acentuaba la dependencia de su hija, le planificaba la vida y trataba de que los esposos se vieran lo menos posible. Es opinión de Grosskurth que Libussa martilleaba en la cabeza de Melitta la idea de que su madre era una enferma emocional grave que constantemente debía separarse de ella y que esto acumuló resentimientos que tuvieron trágicas consecuencias años después. Y por supuesto, también el matrimonio se vio lesionado por una situación que afectaba la sexualidad, la convivencia y la posibilidad de hacer proyectos de pareja. La infidelidad de Arthur fue un agravante más. La recomendación de Libussa era que Melanie viviera «sin exitación alguna» (Reiz), en relajación completa para mejorarse, sola, en total reposo. Es terrible ver cuan ambivalente era la relación de la madre con la hija, llena de rivalidad y encono. Rivalidad que a lo largo de la vida la llevó a separar a Melanie de los hombres amados: Moriz, Emanuel y luego Arthur. Y es también muy impactante comprobar el fundamental punto ciego que respecto a su madre mantuvo Melanie Klein toda su vida, aunque a través de su teorización vemos reaparecer toda la violencia del vínculo y la oímos expresarse sobre la maldad propia de todo ser humano. Miedo, odio y culpa dirigidos hacia su madre que nunca analizó adecuadamente.

La depresión fue la sombría compañera de Melanie Klein probablemente desde 1901 a 1914 y cada vez más iba ganando terreno en su existencia, aunque también existieron algunas etapas de mejoría como en 1912. Ni Libussa ni Arthur podían entenderla, y mientras tanto, con grandes dificultades ella intentaba enfrentar las exigencias de la realidad. Hay escritos que la muestran en su perpetua oscilación entre deseo de muerte y sed de vida, buscando salidas desesperadamente, llevada y traída por la voluntad de otros, cambiando su residencia por el trabajo de su esposo y sin encontrar alivio.

La llegada a Budapest en 1910 marca un cierto cambio en la situación de Melanie Klein, sobre todo si la comparamos con el terrible año de 1909 en que estuvo gran parte del tiempo alejada de su familia (dos meses y medio internada en un sanatorio en Chur, Suiza, por crisis de lágrimas y desesperación y luego en Saint—Moritz porque nada conseguía detener el deterioro de su salud). Quizás lo esencial para este cambio es que, aunque Libussa decide vivir permanentemente con la familia Klein y la convivencia resulta desastrosa porque hay constantes discusiones entre ambas respecto a la educación de los niños y el cuidado de la casa, aparecen también nuevas y estimulantes influencias en la vida de Melanie. Éstas son Klara Vagó y su cuñada Jolan que la oyen, la apoyan y de una manera muy discreta reciben sus confidencias, como inaugurando un espacio de intimidad que tanto necesitaba Melanie y que luego hallará plenamente en sus análisis. Con estas mujeres amigables, bellas, alegres y emancipadas (Klara era divorciada), halla un estímulo ideal, que la impulsa a expanderse y crear; además ha llegado a una ciudad más viva e interesante que Viena en esa época. Y lo más importante, es que al hallar estas nuevas relaciones Libussa deja de ser indispensable. Como es reclamada con frecuencia en Viena por su hija Emilie que tiene serios problemas personales, se hace más evidente que su presencia es muy nociva para Melanie y para el funcionamiento de la pareja.

Profundicemos un poco más en la relación entre madre e hija. Cuando Libussa se ausentaba Melanie se hacia cargo de la casa, mantenía una relación agradable con Arthur, realizaba actividades con él y su estado anímico mejoraba considerablemente. Al regresar su madre volvía a comportarse como una niña pequeña y dependiente que se dejaba desmoralizar y deprimir por todo. Melanie había sido una hija consentida y había pagado un precio terrible por ello, ya que la asaltaban temores infantiles de no poder vivir sin su madre. A eso se agregaban las culpas que le provocaba la idea, siempre confirmada por Libussa, de que había desgastado su salud trabajando tanto para ayudarla. Tratando de evitar parcialidades, podría decir que la madre de Melanie era sin duda una mujer inteligente y por momentos muy perceptiva, conscientemente muy generosa y dispuesta a ayudar a su hija, pero a la vez era una persona muy culpígena, ambivalente y llena de rivalidad con ella. Combinaba esto con una faceta de burguesa prosaica, intransigente y autoritaria que confundía y acababa por dominar a Melanie. Un ejemplo de los extraños y tortuosos métodos mediante los cuales pretendía ser la dueña de la vida de su hija es la propuesta que le hizo en 1908 a Melanie, cuando ésta se encontraba lejos en una de sus curas: podía escribirle con toda confianza sin temor de que Arthur leyera sus cartas simplemente dirigiéndolas a la Sra. Klein. ¿Cuál Sra. Klein? ¿Usurpación o confusión de identidades?

En 1912 Melanie mejora un cierto tiempo pero los años siguientes son de una tensión increíble. El tercer embarazo, que tanto había temido durante los tiempos de depresión intensa, se produce a fines de 1913 y la llena de pánico. A eso se suma la debilidad creciente de Libussa y la tensión política de la época. Erich nace en julio de 1914 y en noviembre fallece Libussa posiblemente de cáncer. En su autobiografía dice Melanie que hasta el final de sus días, en una ocasión, ella le pidió perdón y que Libussa le contestó que ambas tenían cosas que perdonarse, que sólo le pedía que la recordara con amor. (Grosskurth, p. 92). Y Melanie Klein cumplió ese pedido cada vez que se refirió a su madre. Es así que relata con gran ternura la serenidad y actitud bondadosa de Libussa ante la muerte y en cada ocasión se refiere a ella con admiración, respeto y amor. Sabemos por la propia Melanie Klein que la idealización es la otra cara de la persecución. ¿Será éste un ejemplo de ello? Lo que sí podemos decir es que la Libussa de la Autobiografía y la de la correspondencia parecen ser dos personas diferentes. También podemos pensar que fue posible para ella lograr una reparación adecuada de tan tumultuoso vínculo y que de ese mismo hecho se alimentó su capacidad creativa creciente. De esta forma de evolución positiva nos ha hablado ampliamente en su obra.

Desde 1913a 1920 Melanie Klein escribe una serie de textos, poemas y prosa, que hablan del deseo de una mujer que espera nostálgicamente una vida más rica y plena, que anhela la satisfacción sexual y que expresa su conflicto ante estos deseos prohibidos. Creación literaria que quizás podamos leer como confesiones auténticas de una mujer torturada y ávida de experiencias. Todo parece indicar que en este período hay en ella una verdadera eclosión, que de la niña va naciendo la mujer y que esto es facilitado por la muerte de su madre. ¿Había encontrado un amor fuera del matrimonio? Es probable, según algunos de sus biógrafos, que esa sea la causa. Por otra parte, la relación con Arthur era ya muy mala, Melanie lo veía con hostilidad y sobre todo lo acusaba de haber apagado su amor con su insensibilidad. Todo anunciaba el futuro rompimiento del matrimonio[6].

Podemos decir que el año de 1914 fue decisivo en la vida de Melanie Klein, que una serie de circunstancias se sumaron para que se produjera entonces una suerte de viraje total de su existencia. En unos pocos meses nace Erich, muere Libussa, lee por primera vez un texto de Freud y entra en análisis con Ferenczi. Poco después Arthur es enrolado en el ejéricito austro—húngaro y esto lo aleja del hogar prácticamente durante dos años. Desde este momento el psicoanálisis ocupa un lugar preponderante en su vida, le abre horizontes y le da una identidad profesio­nal. En él encontró Melanie Klein algo que buscaba ardientemente: una disciplina que le diera satisfacción tanto intelectual como emocional. Es entonces cuando muchos sueños largamente acariciados toman forma.

REFERENCIAS

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____ (1918): «Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica». en op. cit.. Tomo XVII. gay, P. (1988): Freud. A Ufe ofOur Time. Norton & Company. New York—London.

(Citas tomadas de la traducción española. Freud. Una vida de nuestro tiempo, Paidós,

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segal, H. (1979): Melanie Klein, Alianza Editorial, Madrid.

torok, M., sylwan, B. Y covello, A. (1981): «Melanie Mell.». Confrontation. Paris.

[5] Aquí reaparece «mel», el pecho, en uno de los textos de Emanuel, llamado Die Melone (el melón) en el cual dos filósofos, la Cabeza y el Vientre, contemplan la maravillosa fruta que se convierte en los pechos de una joven y hermosa muchacha. ¿La amada y añorada Melanie? (Torok y al., 1981.)

[6] Sabemos que posteriormente a su separación, en 1925, cuando vivía en Berlín, Melanie Klein tuvo una relación amorosa clandestina, intensa y breve con el periodista Chezkel Z. Kioetzel, hombre seductor y aventurero, nueve años menor que ella, que estuvo rodeada de románticas circunstancias. Su correspondencia muestra que fue una pasión que la vitalizó pero que también la hizo sufrir mucho. «Era una mujer inteligente, capaz de perder la cabeza», dice Grosskurth. (p. 199.) A pesar de que pareció totalmente terminada a comienzos de 1926, la relación se mantuvo entre ellos, y en varias ocasiones Kioetzel fue a visitarla a Londres, según datos de su hijo Eric. La separación definitiva parece que ocurrió en 1933, cuando él emigró a Palestina, lo cual hacia prácticamente imposible que se volvieran a ver. Probablemente ésta fue la causa de una importante depresión que aquejó a Melanie Klein en esa época, que precedió la muerte de su hijo Hans, y cuyo motivo permaneció desconocido aún para sus más próximos. Dada la extrema reserva con que manejaba este vínculo sólo muy recientemente se ha podido saber de esta faceta de la autora, que prefirió siempre mantener la imagen de una mujer madura, ya olvidada del amor y la sexualidad. Kioetzel falleció en 1951, varios años antes que ella.

 

(Publicación autorizada por la Dra., Esperanza Pérez de Plá). 

Del Libro: Dr. Marcelo Salles Manuel (ED).: Manual de psicoanálisis y psicoterapia de niños y adolescentes. Grupo Editorial Planeta de México, (1992). Cap. VII, Melanie Klein y el Nacimiento del Psicoanálisis de niños. Segunda Parte. 

 

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