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MELANIE KLEIN Y EL NACIMIENTO DEL PSICOANALISIS DE NIÑOS
Dra. Esperanza Pérez de Plá
SEGUNDA PARTE ¿QUIÉN ES MELANIE KLEIN?
Melanie y sus hermanos
El vínculo con sus hermanos marcó de manera muy
definitiva la infancia y la adolescencia de Melanie Klein. Con
ellos compartió intensamente el amor y la rivalidad, de
ellos recibió el estímulo intelectual, pero también
su pérdida prematura la hundió en el dolor y la depresión.
La única de sus hermanas que vivió hasta edad avanzada
fue Emilie, la primogénita y preferida de su padre, la menos
querida por ella, con la que siempre existió una relación
ambivalente bilateral. La primera gran pérdida ocurrió cuando
contaba con 4 años de edad y esta tremenda experiencia la
llenó de miedo y confusión: Sidonie, de apenas 8
años es segada por la tuberculosis. «Creo que nunca
superé el dolor que me causó su muerte.» Debió además
soportar el sufrimiento de su madre: «...es probable que
una parte de mis problemas haya provenido de que debí reemplazar
a mi hermana.» (Grosskurth, p.30). Durante su larga enfermedad
Sidonie se dedicó a enseñarle las bases de la aritmética
y la lectura e hizo de Melanie una niña muy precoz que despertaba
admiración entre los adultos por su deseo de saber y su
penetración. De Sidonie le quedó a la pequeña
Melanie una suerte de herencia—deuda: vivir lo que a ella
le fue negado.
Pero la influencia más destacada durante toda la infancia
y adolescencia de Melanie fue la de su hermano Emanuel, 5 años
mayor que ella, al que admiró fervientemente toda su vida.
Lo describe excepcional mente dotado para las artes, ejecutante
del piano y compositor musical desde la infancia, escritor y poeta
muy fino, rebelde y cuestionador, insuficientemente comprendido
por los maestros y por su padre, siempre enfrascado en discusiones
con las figuras de autoridad. Estaba muy ligado a su madre con
la que se mostraba muy demandante y a la que no le evitaba dolores
de cabeza debido a sus múltiples aventuras y enredos. Era
también un joven marcado por la muerte que sabía
inevitable, pues desde los doce padecía de una dolencia
tuberculosa que iba a acabar con sus días en un plazo bastante
breve. Con Melanie se comportó como un protector amoroso
y orgulloso a partir de que ella lo asombró con un poema
de su creación cuando sólo contaba 9 años
de edad. «Desde entonces, fue mi confidente, mi amigo, mi
profesor. Se interesaba muy de cerca por mi educación, y
sé que hasta su muerte, estaba convencido de que yo haría
algo importante, aunque nada entonces hacía pensar que eso
fuera posible.» (Grosskurth, p. 31.) Pero era también
celoso, posesivo y dominante con ella, dando claros índices
del carácter incestuoso del sentimiento que lo unía
a su hermana. Pienso que en la historia de Melanie Klein se combinaron,
como en la de otras mujeres importantes de nuestra cultura en general
y del campo del psicoanálisis en particular, varios factores
facilitadores de la actividad creativa: la .confianza del padre
o de un sustituto paterno. en este caso Emanuel, respecto a su
inteligencia y riqueza interior; la rivalidad amorosa con la madre
a la que sirvió de apoyo en algún momento de perdida
o depresión; la superación de los duelos tempranos
que marcaron su relación con la figura materna y con el
mundo a través de la creatividad. Freud había señalado
a partir de su propia biografía que para el varón,
en este mismo punto, lo más importante es el amor y la confianza
de la madre, cuando es capaz de creer firmemente que a su hijo
le espera un destino grandioso, aunque nada objetivo dé pruebas
de ello.
Es así que Melanie Klein aparece impulsada por su hermano
hacia una trayectoria ambiciosa en el campo de las letras y también
hacia el ingreso en la universidad, en la carrera de medicina,
en la que él ya estaba inscrito. A los 16 años Melanie
consigue superar este obstáculo, lograr por fin que su padre
se enorgullezca de ella y siente que el mundo ha cambiado a sus
ojos. Está viva, renovada, plena de alegría y de
ambición, quiere no sólo ser médica sino también
especializarse en psiquiatría, siente que el fervor intelectual
es más poderoso que las carencias económicas. Pasan
tantas cosas interesantes en Viena en el campo de la cultura al
que ella es introducida por su hermano Emanuel, que recuerda esta época
como una de las más bellas de su vida. Nietzsche (filósofo),
Schnitzier (dramaturgo) y Kari Kraus (literato y periodista) eran
los ídolos del pequeño grupo de jóvenes intelectuales
con los que se relacionaba la pequeña Melanie. Se hablaba
de la pasión y de la creatividad, de la (in) fidelidad y
del amor, Moriz y Emanuel discutían quién era mejor
poeta, Goethe o Schiller.
Pero tan promisoria época acaba rápidamente al producirse
la decadencia de Moriz y luego su muerte acaecida en 1900. Los
deseos de Libussa empiezan a dominar el panorama familiar, pues
también la influencia de Emanuel declina al empeorar grandemente
su estado de salud. Se sabe enfermo y condenado, deja la medicina
y entra en la carrera de letras, pero sobre todo se dedica a viajar
con la idea de sacar provecho, a través de dichas experiencias,
a sus capacidades de escritor. Demanda de Libussa, ya viuda, una
renta que siempre resulta escasa y con la cual deambula tristemente
por los países del sol y la belleza —Italia y Grecia— gastando
entre excesos y miserias sus últimas fuerzas, hasta que
fallece en 1902 en la ciudad de Génova. Deja un baúl
lleno de manuscrito que Melanie se dedica a seleccionar y publicar
después de su muerte, no descansando hasta que lo logra[5].
La correspondencia entre los hermanos es de una importancia enorme
para comprender los sufrimientos, la culpa y el desesperado amor,
que como un gran incendio los asoló a ambos aunque de manera
diferente y menos definitiva en un caso que en otro.
Mientras tanto, a partir de la muerte de su padre, la vida de
Melanie ha cambiado grandemente. Toda posibilidad de continuar
los estudios desaparece para ella ya que cuando Libussa se vuelve
la máxima autoridad familiar, planea para su hija un destino
tradicional. Piensa que el único futuro deseable es el matrimonio
y alberga grandes esperanzas de que debido a su belleza pueda obtener
un buen partido. Es entonces que, según afirma en su autobiografía,
cuando contaba apenas 17 años, Melanie conoce y se enamora
de su futuro esposo, Arthur Klein. Tenía él entonces
21 años, y era un joven serio, que estudiaba ingeniería
química en Zurich, hijo de una familia acomodada y al que
seguramente esperaba un buen porvenir económico. Su familia
tenía un parentesco lejano con la de Libussa y vivía
en la parte eslava de Hungría. También Emanuel aprobó la
relación con Arthur porque admiraba su inteligencia; esto
fue sin duda muy decisivo para que Melanie llegara a aceptarlo
como novio aunque se trataba de un hombre de aspecto insignificante. ¿Fue
el amor, la necesidad o la voluntad de Libussa lo que la llevó al
matrimonio a pesar de que eso acababa con sus planes de estudio?
Quizás todo a la vez, pero en algún lugar ella sabía
que ese enlace podría ser un error, ya que eran dos personas
muy diferentes que no se entendían bien y rápidamente
comprendió que Arthur era un hombre «difícil».
El noviazgo continuó durante casi cuatro años en
que Arthur completó su formación, incluso viajando
a América. En esa época Melanie conoció y
frecuentó a su familia política y siguió cultivándose
por su cuenta, ya que era una ávida lectora; asistía
además a cursos y conferencias cuantas veces podía.
La relación con el medio intelectual vienes le resultaba
muy estimulante y enriquecedora, y aunque conoció a gran
parte de las personas famosas de su época, llama la atención
que parece no haber sabido entonces de la existencia de Freud y
del psicoanálisis.
La falta de estudios regulares fue para Melanie Klein una lamentable
carencia y siempre reconoció que hubiera deseado haberla
llenado en su momento adecuado, pero para nada pensaba que ese
hecho invalidara sus teorías o pudiera dar pie a los médicos
para rechazar sus hallazgos. Sobre todo ha sido éste un
argumento esgrimido por sus detractores para devaluarla. Sin embargo
lo que algunos tachan de «incultura» es para sus admiradores
un mérito, por la libertad respecto a los modelos convencionales
de organización y evaluación de datos que este hecho
aportó a su clínica. La fuerza de Melanie Klein residió siempre
en su originalidad y frescura para percibir los hechos clínicos.
Por lo demás no le faltaba educación en el sentido
tradicional del término, manejaba bien varios idiomas y
conocía ampliamente numerosos autores clásicos y
contemporáneos.
El período que va desde la muerte de Moriz en 1900 a la
boda de Melanie con Arthur en 1903 fue particularmente difícil,
siendo el deceso de Emanuel, ocurrido 3 meses antes del matrimonio,
el último y luctuoso acontecimiento de estos negros años.
La situación económica familiar llegó a extremos
desesperantes pues Libussa debía enfrentar la adquisición
de dos ajuares —también se casó Emilie en ese
tiempo— y tenía que enviar algo de dinero a Emanuel
que, preso de la desesperación, arrastraba su cuerpo
moribundo por el Mediterráneo. Está registrado en
la correspondencia familiar que a modo de macabro augurio de su
triste final, y con el argumento de la falta de dinero, recibió por
ese entonces la ropa de su padre muerto; pero lo peor durante este
tiempo, era la proximidad cada vez mayor de la boda de su amada
Melanie que lo llenaba de celos y que fue el preludio de su muerte.
La dureza y angustia de sus cartas y los reclamos amorosos que
encerraban hicieron que la joven se sintiera responsable de su
fallecimiento y quizás esta culpa no la abandonó nunca
totalmente. La liga incestuosa entre los hermanos era muy importante
y en este período alcanzó niveles abrumadores para
ambos. Pero lo más sorprendente es el papel de Libussa en
todo este proceso. ¿Por qué mantenía alejado
al hijo enfermo, que cada vez empeoraba más destruido por
la pobreza, la enfermedad, el alcohol, el tabaco y sobre todo la
tristeza? Los actos autodestructivos de Emanuel eran cada vez más
riesgosos, pues por ejemplo, fue capaz de apostar y perder en el
juego sus escasos recursos, empeorando así con la desnutrición
su precaria salud. En los últimos meses del año 1902
se contempla la debacle de este joven tan brillante y apasionado.
Con la muerte de Emanuel sufre Melanie una pérdida irreparable,
con él parte para siempre su mejor amigo, su amante fantasmático.
Es impactante reconocer en la familia Reizes el monto de celos,
envidia y agresividad circulante. Además, dado el extremo
narcisismo con que se manejaba, cada uno trataba de culpabilizar
a los otros. La coacción afectiva estaba siempre presente.
Antes de la muerte de Moriz existían en la familia dos bandos,
por un lado Emilie y su padre y por otro Melanie, Emanuel y la
madre. Sin embargo Libussa sentía muchos celos de la exclusiva
y entrañable relación que sostenían Melanie
y Emanuel y probablemente ésta fue una razón fundamental
para mantenerlo alejado, tanto más cuanto que su lamentable
estado lo volvía irritable y difícil de trato. A
partir de la envidia, la agresividad y la rivalidad existente en
su propia familia, encontró seguramente Melanie Klein abundante
material para plantear sus teorías. Pero más aún
lo encontró en su interior, tal como se puede ver con toda
claridad en la carta que escribió a su hermano apenas 4
meses antes de la muerte de éste, en agosto de l902. En
ella habla de cómo empieza a reconocer en. si misma cuánto
los conceptos del «bien» y del «mal» son
inseparables e indefinibles, «... ellos están presentes
quizás en cantidades iguales aunque bajo formas diferentes,
tanto en los seres humanos más viles como en los más
nobles.» Y agrega que ya no puede condenar, que sólo
resta comprender. (Grosskurth, p.51).
Melanie hija, esposa y madre
Melanie y Arthur se casaron el 31 de marzo de 1903. La novia acababa
de cumplir 21 años y estaba en pleno duelo por la muerte
de su hermano. Este hecho fue fundamental en la vida de la pareja,
que por lo demás, a pesar del largo noviazgo, se conocía
muy poco. El nacimiento de Melitta no se hace esperar, y aunque
Melanie la recibió con alegría y gran expectativa
no era una mujer feliz. Seguramente la relación con la pequeña
y luego con sus otros dos hijos, fue tremendamente dificultada
por la depresión que, casi ininterrumpidamente, por más
de 10 años, dominó la vida de Melanie Klein. Y para
completar el panorama allí estaba instalada su madre para «ayudarla» en
la crianza y en el manejo del hogar dada su precaria salud psíquica.
En una carta de 1906 Libussa le dice: «Lo que me preocupa,
querida Melanie, es que incluso tus expresiones de alegría
están siempre marcadas, en el fondo, por un inevitable toque
de pesar. Es tu destino o desgraciadamente tu naturaleza,
el estar siempre torturada por algo». Frase terrible porque
detrás de una apariencia de comprensión toma la forma
de una profecía inamovible. Todo parece mostrar que en esa
familia, los menores detalles subjetivos eran amplificados hasta
el drama, que se trataba de una familia más «emotiva» que
la generalidad.
Otro momento muy delicado de Melanie corresponde al embarazo y
la primera infancia de Hans, su segundo hijo que nace en 1907.
A partir de entonces la angustia de su nuevo hijo la dominaba.
Se sentía como paralizada por la depresión y la ansiedad
y por eso Libussa se ocupaba de todo. Lo más notable era
el efecto de aislamiento que tenía su actitud: hacia viajar
a Melanie para concurrir a balnearios de aguas termales, la obligaba
a visitar a sus amigas, a distraerse. Pero mientras tanto recibía
todos los mensajes y se interponía entre Arthur y Melanie,
quien cedía su lugar sin resistencia: por ejemplo no estuvo
cuando se festejó el primer cumpleaños de Hans. Libussa
la bombardeaba con consejos y así acentuaba la dependencia
de su hija, le planificaba la vida y trataba de que los esposos
se vieran lo menos posible. Es opinión de Grosskurth que
Libussa martilleaba en la cabeza de Melitta la idea de que su madre
era una enferma emocional grave que constantemente debía
separarse de ella y que esto acumuló resentimientos que
tuvieron trágicas consecuencias años después.
Y por supuesto, también el matrimonio se vio lesionado por
una situación que afectaba la sexualidad, la convivencia
y la posibilidad de hacer proyectos de pareja. La infidelidad de
Arthur fue un agravante más. La recomendación de
Libussa era que Melanie viviera «sin exitación alguna» (Reiz),
en relajación completa para mejorarse, sola, en total reposo.
Es terrible ver cuan ambivalente era la relación de la madre
con la hija, llena de rivalidad y encono. Rivalidad que a lo largo
de la vida la llevó a separar a Melanie de los hombres amados:
Moriz, Emanuel y luego Arthur. Y es también muy impactante
comprobar el fundamental punto ciego que respecto a su madre mantuvo
Melanie Klein toda su vida, aunque a través de su teorización
vemos reaparecer toda la violencia del vínculo y la oímos
expresarse sobre la maldad propia de todo ser humano. Miedo, odio
y culpa dirigidos hacia su madre que nunca analizó adecuadamente.
La depresión fue la sombría compañera de
Melanie Klein probablemente desde 1901 a 1914 y cada vez más
iba ganando terreno en su existencia, aunque también existieron
algunas etapas de mejoría como en 1912. Ni Libussa ni Arthur
podían entenderla, y mientras tanto, con grandes dificultades
ella intentaba enfrentar las exigencias de la realidad. Hay escritos
que la muestran en su perpetua oscilación entre deseo de
muerte y sed de vida, buscando salidas desesperadamente, llevada
y traída por la voluntad de otros, cambiando su residencia
por el trabajo de su esposo y sin encontrar alivio.
La llegada a Budapest en 1910 marca un cierto cambio en la situación
de Melanie Klein, sobre todo si la comparamos con el terrible año
de 1909 en que estuvo gran parte del tiempo alejada de su familia
(dos meses y medio internada en un sanatorio en Chur, Suiza, por
crisis de lágrimas y desesperación y luego en Saint—Moritz
porque nada conseguía detener el deterioro de su salud).
Quizás lo esencial para este cambio es que, aunque Libussa
decide vivir permanentemente con la familia Klein y la convivencia
resulta desastrosa porque hay constantes discusiones entre ambas
respecto a la educación de los niños y el cuidado
de la casa, aparecen también nuevas y estimulantes influencias
en la vida de Melanie. Éstas son Klara Vagó y su
cuñada Jolan que la oyen, la apoyan y de una manera muy
discreta reciben sus confidencias, como inaugurando un espacio
de intimidad que tanto necesitaba Melanie y que luego hallará plenamente
en sus análisis. Con estas mujeres amigables, bellas, alegres
y emancipadas (Klara era divorciada), halla un estímulo
ideal, que la impulsa a expanderse y crear; además ha llegado
a una ciudad más viva e interesante que Viena en esa época.
Y lo más importante, es que al hallar estas nuevas relaciones
Libussa deja de ser indispensable. Como es reclamada con frecuencia
en Viena por su hija Emilie que tiene serios problemas personales,
se hace más evidente que su presencia es muy nociva para
Melanie y para el funcionamiento de la pareja.
Profundicemos un poco más en la relación entre madre
e hija. Cuando Libussa se ausentaba Melanie se hacia cargo de la
casa, mantenía una relación agradable con Arthur,
realizaba actividades con él y su estado anímico
mejoraba considerablemente. Al regresar su madre volvía
a comportarse como una niña pequeña y dependiente
que se dejaba desmoralizar y deprimir por todo. Melanie había
sido una hija consentida y había pagado un precio terrible
por ello, ya que la asaltaban temores infantiles de no poder vivir
sin su madre. A eso se agregaban las culpas que le provocaba la
idea, siempre confirmada por Libussa, de que había desgastado
su salud trabajando tanto para ayudarla. Tratando de evitar parcialidades,
podría decir que la madre de Melanie era sin duda una mujer
inteligente y por momentos muy perceptiva, conscientemente muy
generosa y dispuesta a ayudar a su hija, pero a la vez era una
persona muy culpígena, ambivalente y llena de rivalidad
con ella. Combinaba esto con una faceta de burguesa prosaica, intransigente
y autoritaria que confundía y acababa por dominar a Melanie.
Un ejemplo de los extraños y tortuosos métodos mediante
los cuales pretendía ser la dueña de la vida de su
hija es la propuesta que le hizo en 1908 a Melanie, cuando ésta
se encontraba lejos en una de sus curas: podía escribirle
con toda confianza sin temor de que Arthur leyera sus cartas simplemente
dirigiéndolas a la Sra. Klein. ¿Cuál Sra.
Klein? ¿Usurpación o confusión de identidades?
En 1912 Melanie mejora un cierto tiempo pero los años siguientes
son de una tensión increíble. El tercer embarazo,
que tanto había temido durante los tiempos de depresión
intensa, se produce a fines de 1913 y la llena de pánico.
A eso se suma la debilidad creciente de Libussa y la tensión
política de la época. Erich nace en julio de 1914
y en noviembre fallece Libussa posiblemente de cáncer. En
su autobiografía dice Melanie que hasta el final de sus
días, en una ocasión, ella le pidió perdón
y que Libussa le contestó que ambas tenían cosas
que perdonarse, que sólo le pedía que la recordara
con amor. (Grosskurth, p. 92). Y Melanie Klein cumplió ese
pedido cada vez que se refirió a su madre. Es así que
relata con gran ternura la serenidad y actitud bondadosa de Libussa
ante la muerte y en cada ocasión se refiere a ella con admiración,
respeto y amor. Sabemos por la propia Melanie Klein que la idealización
es la otra cara de la persecución. ¿Será éste
un ejemplo de ello? Lo que sí podemos decir es que la Libussa
de la Autobiografía y la de la correspondencia parecen ser
dos personas diferentes. También podemos pensar que fue
posible para ella lograr una reparación adecuada de tan
tumultuoso vínculo y que de ese mismo hecho se alimentó su
capacidad creativa creciente. De esta forma de evolución
positiva nos ha hablado ampliamente en su obra.
Desde 1913a 1920 Melanie Klein escribe una serie de textos, poemas
y prosa, que hablan del deseo de una mujer que espera nostálgicamente
una vida más rica y plena, que anhela la satisfacción
sexual y que expresa su conflicto ante estos deseos prohibidos.
Creación literaria que quizás podamos leer como confesiones
auténticas de una mujer torturada y ávida de experiencias.
Todo parece indicar que en este período hay en ella una
verdadera eclosión, que de la niña va naciendo la
mujer y que esto es facilitado por la muerte de su madre. ¿Había
encontrado un amor fuera del matrimonio? Es probable, según
algunos de sus biógrafos, que esa sea la causa. Por otra
parte, la relación con Arthur era ya muy mala, Melanie lo
veía con hostilidad y sobre todo lo acusaba de haber apagado
su amor con su insensibilidad. Todo anunciaba el futuro rompimiento
del matrimonio[6].
Podemos decir que el año de 1914 fue decisivo en la vida
de Melanie Klein, que una serie de circunstancias se sumaron para
que se produjera entonces una suerte de viraje total de su existencia.
En unos pocos meses nace Erich, muere Libussa, lee por primera
vez un texto de Freud y entra en análisis con Ferenczi.
Poco después Arthur es enrolado en el ejéricito austro—húngaro
y esto lo aleja del hogar prácticamente durante dos años.
Desde este momento el psicoanálisis ocupa un lugar preponderante
en su vida, le abre horizontes y le da una identidad profesional.
En él encontró Melanie Klein algo que buscaba ardientemente:
una disciplina que le diera satisfacción tanto intelectual
como emocional. Es entonces cuando muchos sueños largamente
acariciados toman forma.
REFERENCIAS
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en L'écorce el le noyeau», Aubier—Flammarion,
París, 1978.
ayala, J., castro, R., gonzález, S., kolteniuk, M., pla,
E., velasco, F. Y vives, J. (1989): «Leer a Freud».
Cuadernos de Psicoanálisis. Suplemento al Vol. XX. foucault,
M. (1969): «¿Qué es un autor?», en Litoral,
No 9, 1983. freud, S. (1901): «Sobre el sueño»,
en Obras Completas. Amorrortu Editores, Bs. As. Tomo V, 1979.
____ (1918): «Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica».
en op. cit.. Tomo XVII. gay, P. (1988): Freud. A Ufe ofOur Time.
Norton & Company. New York—London.
(Citas tomadas de la traducción española. Freud.
Una vida de nuestro tiempo, Paidós,
Bs. As., 1989). grossdurth, P. (1986): Melanie Klein. Her world
and her work, Hodder & Stoughton, London. (Citas tomadas de
la traducción francesa. Melanie Klein, son monde et son
oeuvre, Presses Universitaires de France, Paris, 1989).
klein, M. (1961): Relato del psicoanálisis de un niño,
Paidós, Bs. As., 1961. laplanche, J. (1982): «¿Hay
que quemar a Melanie Klein?», en Trabajo del psicoanálisis,
Vol.I, 3, 1982. laplanche, J. (1983): «Reinterpretar Melanie
Klein» en Trabajo del psicoanálisis. Vol. II, 6, 1983.
mannoni, M. (1986): Un saber que no se sabe, Gedisa, Bs. As.
segal, H. (1979): Melanie Klein, Alianza Editorial, Madrid.
torok, M., sylwan, B. Y covello, A. (1981): «Melanie Mell.».
Confrontation. Paris.
[5] Aquí reaparece «mel», el pecho, en uno
de los textos de Emanuel, llamado Die Melone (el melón)
en el cual dos filósofos, la Cabeza y el Vientre, contemplan
la maravillosa fruta que se convierte en los pechos de una joven
y hermosa muchacha. ¿La amada y añorada Melanie?
(Torok y al., 1981.)
[6] Sabemos que posteriormente a su separación, en 1925,
cuando vivía en Berlín, Melanie Klein tuvo una relación
amorosa clandestina, intensa y breve con el periodista Chezkel
Z. Kioetzel, hombre seductor y aventurero, nueve años menor
que ella, que estuvo rodeada de románticas circunstancias.
Su correspondencia muestra que fue una pasión que la vitalizó pero
que también la hizo sufrir mucho. «Era una mujer inteligente,
capaz de perder la cabeza», dice Grosskurth. (p. 199.) A
pesar de que pareció totalmente terminada a comienzos de
1926, la relación se mantuvo entre ellos, y en varias ocasiones
Kioetzel fue a visitarla a Londres, según datos de su hijo
Eric. La separación definitiva parece que ocurrió en
1933, cuando él emigró a Palestina, lo cual hacia
prácticamente imposible que se volvieran a ver. Probablemente ésta
fue la causa de una importante depresión que aquejó a
Melanie Klein en esa época, que precedió la muerte
de su hijo Hans, y cuyo motivo permaneció desconocido aún
para sus más próximos. Dada la extrema reserva con
que manejaba este vínculo sólo muy recientemente
se ha podido saber de esta faceta de la autora, que prefirió siempre
mantener la imagen de una mujer madura, ya olvidada del amor y
la sexualidad. Kioetzel falleció en 1951, varios años
antes que ella.
(Publicación autorizada por la Dra., Esperanza Pérez
de Plá).
Del Libro: Dr. Marcelo Salles Manuel (ED).: Manual de psicoanálisis
y psicoterapia de niños y adolescentes. Grupo Editorial
Planeta de México, (1992). Cap. VII, Melanie Klein y el
Nacimiento del Psicoanálisis de niños. Segunda Parte.
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