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EDITORIAL
 

De Ferenczi en el Jardín de Epicureo.

 

Es interesante considerar como las teorías en Salud Mental se han ido organizando en torno a dos ejes que en su raíces remiten al idealismo y al materialismo, y a rizomas que derivando por el tiempo comprende lo invisible y lo visible, lo inmaterial y lo material; al pensamiento y la observación, la conciencia y el cerebro, lo dinámico y lo fenoménico, hasta los modelos dinámicos -psicoanálisis- y el empírico -conductismo- dando pie a no pocas consideraciones dentro de las actuales epistemologías.

Sin embargo, curiosamente, todo esto pareciera estructurarse en torno a dos implícitos que determinan a priori ciertas limitantes a la hora de generar conocimiento; cuales son: el primero, la presencia de un corte sincrónico, espacial en el cual la temporalidad solo aparece como distintos momentos de un devenir de algo equivalente –Ferenczi, decía adultos que piensan como si los niños fueran solo adultos en su devenir, y no una otra entidad u organización diferente-; y el segundo, a como si en aquella espacialidad existiesen dos unidades independientes entre si y/o una unidad fracturada, a la que se ha denominado dualismo.

Se podría por un lado pensar que una de estas dimensiones ha sido mas susceptible que la otra al error, el sesgo o la artificialidad, sin embargo un análisis histórico muestra que tanto una por la vía de la magia como la otra por la vía de la impostura, han sido recursos tanto de sanadores como de prestidigitadores. Se podría pensar que en el estado actual, una de ellas se legitima más que la otra; pero en este caso, una análisis contextual también vendría a reflejar un grado no menor de ideologización tanto de un cientificismo mecanicista como de una relativismo prisionero de su propia paradoja –todo es relativo, incluso esta afirmación-; y sin embargo nuevamente aquí seria un despropósito negar el desarrollo tanto teórico como técnico del conocimiento contemporáneo en Salud Mental.

Si consideramos, además, la noción del escepticismo fundacional, propia del pensamiento de Descartes, traducida en un cuestionamiento radical sobre la viabilidad de llegar a conocer la realidad y/o de la necesidad de la búsqueda de la verdad o conocimiento absoluto; surge la impresión de que la presencia de los dos implícitos: espacialidad y dualismo antes señalados, condicionan e impiden que la generación de conocimiento alcance otra clase de horizontes, amén de impregnar el conocimiento derivado de una cierta patina de artificialidad. Por tanto no debiera sorprender que la revisión histórica desde el origen de las disciplinas que comprenden la Salud Mental, esté atravesada por esta concepción,  y que tanto sus logros como sus limitaciones aparezcan asociadas a dichas condiciones.

Del escepticismo cartesiano, inferimos la proto-idea de una mente infantil descreída de la voz de un padre, que necesita poner a prueba desde sus recursos imperfectos todo juicio venido desde ese otro lugar, acompañándose simultáneamente de la ilusión omnipotente de poder comprenderlo todo. Atribución, no del todo descarriada, toda vez que se vinculan las biografías de grandes pensadores a su relación con sus objetos paternos, a la sempiterna pretensión de encontrar una Verdad absoluta aprehensible independientemente del momento histórico en que se aborda una eventual temática; y a la vehemencia discursiva de unas narrativas imbricadas con la convicción –a fuerza de fe- mas que con la posibilidad de una narrativa conjetural que busque comprender.

Es frente a este estado de cosas donde irrumpe el concepto Bioanálisis de Ferenczi, -término tan poco conocido en el dominio del psicoanálisis, y ni que decir de la psicología- como representante de un método de investigación que en contradicción con las concepciones científicas de su tiempo, se permitió transferir directamente conceptos psicológicos y psicoanalíticos: tales como pulsión, mecanismos de defensa, rechazo y formación de símbolos -por citar algunos- a procesos orgánicos. Concepto que si bien -al igual que muchos- emerge como una propuesta para definir un tipo de sistema deductivo científico, en lo que remece a las bases de los principios que venimos comentando propone; en donde hay espacialidad vincularla a la temporalidad y sus distintos ordenes, lo órfico, lo emocional, lo racional; y en donde hay dualismo, cerrar la  brecha de lo orgánico –tan inespecífico bajo la idea de pulsion- en una concepción monista, que explora la materia de lo vivo en sus múltiples expresiones teniendo en perspectiva la idea de la unidad indivisible, hasta llegar a incluir la revolucionaria idea -no del todo formulada aun- de que lo psíquico es el organismo pensado, el soma hecho representación, y que el cuerpo es tanto la expresión como la alienación de lo psíquico..

El pensamiento lógico, el pensamiento dialéctico, son sus vías de aproximación, el utraquismo uno de sus tantos recursos intelectivos; y como sustento de indagación: la afirmación de que nada es más importante que la verdad, pero ya no entendida como un imperativo ético sino más bien como un principio estructurante de la materia viva. Por esta vía, mediante saltos aparentemente arbitrarios de lo psíquico a lo orgánico, Ferenczi fue construyendo un conjunto de hipótesis en donde el suceder psíquico no solo era consecuencia de mecanismos productos de lo biológico y/o de sus propios procesos internos, sino que ellos eran a su vez la consecuencia y el consecuente de un orden donde soma y psiquis configuran una unidad indivisible –algo que en el limite de un modelo dualista pareciera fusionarse en el concepto, lo psico-somático-, y que en este uso representa una palabra de imperfecta penumbra de asociaciones para referir a una misma entidad.

Es posible aventurar que tras esta incipientemente mirada monista, que aborda al objeto como totalidad, que lo entiende como entidad transmutable en un continuo temporal, devenido organizaciones discretas y crecientes, regulada por el amor a la realidad, emerja una nueva modalidad de pensamiento que trascienda las dos limitaciones implícitas al modo en que venimos entendiendo el acto de conocer: Y, si además, a ello se acompaña la reconciliación con el objeto paterno interno; reconciliación que permita la instauración del principio de tolerancia de la incertidumbre, y aumenta la sensibilidad al concepto de la verdad pero liberada de la idea de lo absoluto, tal vez estemos frente a la superación de la dialéctica entre una aproximación platónica idealista y de otra aristotélica materialista, y a las puertas de entender como se genera conocimiento desde el lugar ocupado por <Ferenczi, que no es sino decir desde el jardín de Epicúreo.

 

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