SOBRE LA UNIDAD PSICOSOMATICA.
Probablemente sea el Bioanálisis de Ferenczi, la línea de pensamiento más vanguardista que se haya desarrollado –a lo largo de todos los tiempos- sobre las implicancias de la interacción bio-mente-cerebro-soma-cuerpo. Y, puede deberse precisamente a ello, al ser una línea de pensamiento y no un modelo, el que sea aun tan desconocida –al igual que su autor- para la mayoría de los estudiosos de la conducta humana. Y si bien, es preciso reconocer que lentamente Ferenczi ha empezado a ser nuevamente reconocido -después de largos años de oscurantismo-, y ello debido especialmente al desarrollo de las actuales propuestas teóricas, técnicas y de parámetros clínicos en la psicoterapia y el psicoanálisis -con innovaciones que en gran medida involucran conceptos ferenczianos-, y en relación a las actuales elaboraciones sobre el abuso sexual y emocional con sus nuevas modalidades de abordamiento terapéutico que se están llevando a cabo –que lentamente comienzan a incorporar el modelo ferencziano del trauma-; sigue siendo en este dominio de la teoría dura, del saber estructural, de los fundamentos y supuestos básicos, donde el desconocimiento de los aportes de Ferenczi es manifiestamente una constante.
Más cuando alguien se interroga por las causas que podrían explicar este fenómeno, invariablemente converge sobre la notoria desatención en que se encuentra la Epistemología Médica y Psicológica -tanto en sus aspectos de epistemología interna como derivada-, junto con la observación de un funcionamiento “como si” dichos estatutos estuviesen definitivamente resueltos, y la constatación de la fundación sobre ellos de una praxis cada vez más masiva, más intrusiva y más radical.
Mas detalladamente, surgen las debilidades de ciertos supuestos básicos sobre los cuales se sustenta el ejercicio de la medicina y la psicología, de la salud y la enfermedad, de lo normal y lo patológico; emergiendo con una claridad meridiana la naturaleza de una praxis empírica sustentada en supuestos circunstanciales débilmente vinculados en términos conceptuales -aunque muy fuertemente en términos ideológicos- a la dicotomía mente-cuerpo.
Por esta vía, al interrogarnos sobre el estatus del conocimiento contingente, nos asalta la duda de si este estado de cosas, es debido a la falta de una plataforma mínima pertinente como para construir un sistema explicativo del funcionamiento normal y anómalo de un organismo, y en ese caso una condición irremediable en el actual estado de las cosas -como lo fue en su momento la imposibilidad de explicar la reproducción humana, el origen de las especies, la psicosis o la actividad onírica-; o si mas bien ello es la consecuencia del abuso de supuestos básicos erróneos al servicio de las hegemonías dominantes, -como lo fueron en sus momentos la teoría del homúnculo, de la generación espontánea de la vida, o el modelo geocéntrico-; y entre ello la presencia del dominio de la extrapolación hasta el absurdo de la distinción arbitraria de la dicotomía: mente y cuerpo.
Distinción originalmente enunciada por los griegos: Sócrates, Platón y Aristóteles en un contexto radicalmente diferente y al servicio de distinguir ciertas formas: alma, cuerpo, ideas, como esfuerzo denotativo de definir entidades pertenecientes a distintos ordenes; algo que luego sería instrumentalizado connotativamente por mas de un milenio bajo la dialéctica de lo divino y lo humano, lo sagrado y lo profano, convertida más en un recurso de control social que de conocimiento racional; para muy posteriormente, bajo la pluma de Descartes en el siglo XVII, emerger como una antinomia que clasificando como mental cualquier actividad que no entrara de los mecanismos del cuerpo, de paso generaría una serie de conflictos, introduciendo dentro de una concepción mecanicista imperante de la naturaleza y del hombre, una división radical, que introdujo un dualismo dividiendo el mundo en dos sustancias: lo mental y lo físico, y caracterizando de paso lo mental con la conciencia y estableciendo dos ámbitos distintos de realidad e irreductibles el uno al otro.
No obstante la artificialidad de dicha distinción, debe reconocerse que ella ha permitido al menos arbitrariamente distinguir planos de realidad, y abocarnos a la determinación de ciertas reglas y leyes que regulan niveles de existencia: primero del cosmos, luego del macrocosmo y finalmente del microcosmo, aunque sujeccionado a la atomización de cada dominio y a una suerte de curiosos pars pro toto, que ha hecho de cada conjunto de reglas una eventual universalidad, una vez que se hubo abandonado el concepto de Dios.
En este estado de cosas, parece un hecho la precariedad de nuestro conocer, y el que aún debamos transitar por muchos otros nuevos derroteros desde donde decantar delirio, mito, ideología y conocimiento para alcanzar en aquellos dominios de conocimientos aun inciertos, un estatus –sino de cálculo- al menos de sistema hipotético deductivo denotativo que oponer, a la existencia de sistemas hipotéticos deductivos connotativos, que si bien en un momento determinado constituyeron conocimiento, derivaron inexorablemente en “estilos de vida”, que es decir, instrumentos de dominio y control. De hecho, la historia de la medicina, de la psicología y del psicoanálisis no es ajena a esta condición, como lo testimonia el transito de dichos saberes, especialmente en los últimos cien años recorridos desde la aparición de Sigmund Freud a la fecha y el surgimiento de la psicología contemporánea; del determinismo biológico a partir de Darwin y de la sistematización de los modelos médicos anglosajones, franceses y alemanes de fines del siglo XIX.
Pero también es cierto que, desde esos mismos orígenes es Ferenczi, quien subvierte este orden de cosas, aventurando la noción del Bioanálisis y el método “utraquístico”, algo que no hace sino cristalizar lo que muchos otros venían, estaban y seguirían proponiendo a pesar de lo rudimentario de sus conocimientos: Schweninger, Groddeck, Weizsaecker; y luego Alexander, Dunbar y Deutsch; Marty, Múzan, Davis y otros; Reich, Lowen, Boadella, Feldenkrais; Navarro, F. Serrano, X Serrano y muchos otros hasta llegar al grupo de Luis Chiozza en Argentina quienes fueron en su medida continuando los esfuerzos por proponer un discurso unificado de la unidad organismo psicosomático.
No obstante no es tarea fácil erradicar una creencia ampliamente promovida por un sistema educacional, religioso y político, y menos aun si ella es sustentada por una hegemonía económica que regula los accesos al saber y su divulgación. Sin embargo, la globalización y la vertiginosidad del desarrollo de la información que limita el ejercicio del control y regulación de la misma, han abierto nuevas fronteras desde la cual el acceso a un modelo unificado que supere la dicotomía mente-cuerpo sea posible, y que parece abrir lentamente nuevas fronteras desde la medicina y la psicología hacia unos modelos integradores, desde los cuales estas disciplinas especialmente desde la psico-neuro-inmuno-endocrinología (PNIE), la medicina psicosomática, el psicoanálisis y el bioanálisis inauguren nuevas dimensiones de conocimientos acerca del hombre mismo.
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