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EDITORIAL
 

EL CUERPO EN LA MODERNIDAD.

Una de las características mas asombrosas de los últimos tiempos, resulta de atender la naturaleza de las consideraciones vigentes a la hora de incluir la temática del Cuerpo, que es decir del soma, en los discursos de aquellas disciplinas más directamente relacionadas al tema: Medicina, Psicología, Salud Mental, y secundariamente en el resto de los ámbitos culturales que comprenden la vasta red social. Observándose, en dicho escenario, por un lado una cierta apologización de la tradicional visión histórica de lo Corporal (la Carne en tanto substancia), por otro lado una concepción idealista que entiende el dominio de lo mental, lo psíquico o lo verbal como eje fundamental o determinante del suceder de lo somático (el Espíritu hecho Carne), y finalmente, y más tímidamente, ciertos esfuerzos teorizantes que aspiran a una visión unitaria, holística donde soma y psiquis se entiendan como entidades que conforman una compleja identidad, no del todo distinguible, no del todo conocida (el Utraque; uno, lo otro, y/o uno y lo otro). Adicionalmente, debiera considerarse en este panorama, la presencia de lo Corporal en el plexo Social, en el cual inserto en un continuo que oscilando desde lo subrepticio a lo explícito se manifiesta en una serie de dispositivos: políticos, culturales, religiosos y científicos irrumpiendo como sustancia de producción, de comercialización, de dominación y de adoración.

De tal suerte, nuestro presente nos enfrenta a la polarización del entendimiento de lo Corporal y lo Somático, ya sea a través del Modelo Médico, que concibe la materia corporal como "maquina" o "fabrica", en tanto suerte de complejos componentes en interacción mecánica sustituibles, intercambiables, desechables, y en donde el suceder de lo psíquico pareciera un subproducto irrelevante, secundario sugerido como una entidad autónoma, distinta;  ya sea través de los distintos Modelos Psicológicos, que orientado hacia lo conductual, hacia lo fenomenológico, o lo verbal, sugieren un orden de lo somático nunca explicitado, ora adscrito al modelo médico, ora orientándose hacia modelos alternativos: cibernéticos, lingüísticos, sistémicos, pero sistemáticamente soslayando la interrogante última de los supuestos que sustentan la relación de lo corporal y lo psíquico; y finalmente los Modelos Integracionistas Psicosomáticos, que dado lo incipiente de sus teorizaciones e investigaciones, aun no alcanzan el estatus necesario para constituir una alternativa de conocimiento oficial.   

Sin duda, herencia de la dualidad cartesiana de la separación de lo mental y lo material, es posible hipotetizar que la actual situación responde a una expresión extrema de la máxima ideologización posible de la creencia de que: "la materia y el espíritu son entidades autónomas e independientes", y que por esta vía la explotación al máximo de este supuesto en sus consideraciones más radicales y más peligrosas, parecieran alcanzar su punto crítico por un lado en la masificación de la farmacología sintomática, y por otro en la deificación de una cultura de la estética, entendida ambas como expresiones de un modelo mecanicista de lo Corporal, en tanto que su antípoda pareciera experimentarse en la explosiva construcción de discursos, sin otro referente más que la retórica -más o menos apoyadas en la lógica y la razón-, pero inevitablemente ancladas a la premisas ultima del lenguaje como constructor de realidad. No obstante, es posible hipotetizar que solo por esta vía acercándonos peligrosamente al límite de lo extremo, alcanzaremos el punto de quiebre necesario, para que a través de una "reducción por el absurdo" seamos capaz de reconsiderar el alcance del dualismo, y su relación con el monismo, no ya como una dicotomía dialéctica, sino como fenómenos de distintos niveles lógicos: el dualismo como generador de conocimiento, el monismo como principio regulador de realidad.

Sin duda, este proceso, en tanto reflejo natural del desarrollo dialéctico de todo "saber", nos devela como todo conocimiento, en tanto "verdadero o real", debe transitar necesariamente una vez formulado, como una solución de compromiso entre elementos a (lo real) y elementos b (lo imaginario), en la forma de un par ordenado (a,b ), el que en vías a convertirse en una proposición (a,0), invariablemente debe transitar por la instrumentalización del mismo, o dicho de otra forma, por la explotación indiscriminada de ese "saber" al servicio de ideologías hegemónicas, hasta convertirse en una proposición denotativa de un orden, vacía de pasión o de deseo.

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