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CORRIENTES PSICOANALITICAS
 

CAPITULO VII

MELANIE KLEIN Y EL NACIMIENTO DEL PSICOANALISIS DE NIÑOS

 Dra. Esperanza Pérez de Plá  

PRIMERA PARTE  ¿QUIÉN ES MELANIE KLEIN?  

A Rodolfo Agorio, con quien pude reconocer por vez primera los efectos del inconsciente.  

¿Cómo transmitir las ideas más significativas de los autores que han abierto el camino y sentado las raíces de la disciplina en que nos desempeñamos cada día, de aquéllos que nos han influido y consideramos nuestros ancestros en el campo del psicoanálisis sin distorsionarlas? ¿Qué es lo que mantiene su vigencia y por qué? ¿Cómo recordamos y heredamos? ¿En qué contexto y debido a qué razones algunos conceptos nos resultan más familiares y adecuados que otros? ¿Por qué los hacemos nuestros?

Desde hace varios años estos cuestionamientos orientan una parte importante de mis reflexiones psicoanalíticas y son motivo de intercambio con otros colegas. El texto colectivo «Leer a Freud» redactado cuando se cumplía el cincuenta aniversario de su muerte es una muestra de dicho discurrir. (Ayala y col, 1989). En esta ocasión enfrento sola la tarea, aunque hay también un cierto diálogo con los otros autores de este libro, más implícito que manifiesto, pero sin duda perceptible. Diálogo controversial, por supuesto, dado que este capítulo fue concebido para expresar la existencia de una diversidad de enfoques teóricos en el medio y la posición que sustenta es minoritaria dentro del conjunto, pero siempre sostenido en términos amables y enriquecedores.

Por todo esto y porque considero que los factores históricos no sólo colectivos sino muy fundamentalmente los personales, juegan un papel determinante en la selección de las teorías que son nuestras referencias y en la forma en que nos expresamos en nuestros textos, usaré para éste la primera persona del singular. Hacerlo así es también un modo de abrir paso a otra inquietante pregunta: ¿quién valida la escritura?

Cuando Marcelo Salles me invitó a participar en un libro colectivo sobre psicoanálisis de niños y adolescentes con un capítulo dedicado a Melanie Klein, mi res­puesta fue de agrado. Un libro, me aclaró, que reflejara nuestra particular realidad, nuestro modo de trabajo en México en el momento actual. Me pareció una tarea estimulante y llena de interés. Y no me equivoqué. Pero lo que no medí fue el ca­rácter profundamente removedor que fue adquiriendo para mi dicha propuesta. Sabía que la invitación tomaba en cuenta dos hechos manifiestos de mi trayectoria: mi «filiación kleiniana ríoplatense» inferida de mi lugar y tiempo de formación co­mo psicoanalista —Montevideo, principio de los años setenta— y mi reconocimiento explícito del valor fundante y siempre actual de la obra de Melanie Klein para el psicoanálisis de niños. Se trataba pues, de conjuntar dos aspectos: el estudio conceptual de los textos kleinianos para plantear lo más significativo de ellos, y una visión crítica de los mismos llevando a cabo el examen desde mi modo de operar como psicoanalista de niños. Considero que ambos puntos están contemplados en este escrito, pero de una manera algo particular. Su redacción final difiere bastante de la idea que al comienzo me había hecho del mismo. Mirando hacia atrás veo que me entretuve tan largamente en los vericuetos de la fascinante biografía de esta mujer admirable y en las preguntas sobre los orígenes, que he tenido que dejar para otra ocasión muchos otros aspectos. Y debo reconocer que he disfrutado tanto en este recorrido, que aunque dudé, no conseguí arrepentirme de haberlo tomado. Creo que este tipo de lectura habla también, y quizás no tan indirectamente, de mi modo de ser psicoanalista de niños y de un tipo de investigación que se viene realizando en México.

Una reflexión de Maud Mannoni, cuando se dispone a plantear la importancia y el valor de la obra de su maestra, Francoise Dolto, para el psicoanálisis infantil, me sorprendió por la coincidencia conmigo y me dio valor para seguir por el laberinto en que me había internado. Dice esta autora: «...se puede llegar a lo original y fecundo de un autor sólo si somos capaces de traducir sus descubrimien­tos a nuestro propio lenguaje y a través de la propia historia». (Mannoni, 1986, p. 75.)

Aunque me referiré en esta ocasión exclusivamente a Melanie Klein quiero aclarar que lo más fructífero es pensar su obra en relación con la de sus colabora­dores y continuadores. Esto permite comprender otra de sus facetas más importantes: su lugar dentro del ámbito de nuestra disciplina como semillero de ideas que se prolonga a través de varias generaciones de psicoanalistas de niños, a veces en forma explícita y muchas otras no reconocida abiertamente.

Al escribir este texto, a más de veinte años de mi contacto inicial con los conceptos kleinianos, pude pensar muchos acontecimientos desde nuevas ópticas e intenté, junto con una reflexión sobre la obra en sí misma, una aproximación que profundizara en la relación existente entre la mujer y su creación. Esta fue una idea capital durante todo el proceso de escritura. En cuando al modo de referirme a la obra de Melanie Klein, fue necesario que realizara una cuidadosa elección del enfoque con el cual iba a abordar tan vasta producción científica; decidí resaltar y hacer un estudio más detallado de lo que podría llamarse la «infancia de la teoría», o sea de los textos tempranos donde es posible rastrear la emergencia de las ideas, donde se reconoce la manera de acercarse al material clínico y se van diferenciando aquellos temas que continuó desarrollando durante toda su vida. Intenté revisar la riqueza y la precisión de las ideas tanto como sus excesos y distorsiones, siempre con la intención de realizar una crítica constructiva que diera apertura al pensamiento. Tomé como centrales los temas del juego y de la interpretación para exponer el sistema kleiniano en su aporte al psicoanálisis de niños. Del resto de la teoría sólo di, en esta ocasión, una visión panorámica, además de extenderme respecto a ciertos conceptos esenciales. Finalmente, quiero agregar que durante todo este recorrido intenté sostener un punto de vista polémico y pleno de cuestionamientos, que para nada implica una devaluación del aporte de la autora. Muy al contrario profundizar tanto en su vida y su obra no ha hecho más que incrementar mi convicción de que la Sra. Klein es uno de los personajes más destacados del psicoanálisis, mundial y en especial del psicoanálisis de niños.

A modo de presentación del personaje

El 22 de septiembre de 1960 muere en un hospital londinense a los 78 años de edad, Melanie Klein, nacida Reizes. Había sufrido una intervención por un cáncer abdominal unos días antes y luego, una serie de graves complicaciones que acabaron con sus menguadas fuerzas. Con ella desaparecía una de las figuras más importantes de la historia del psicoanálisis y también una de las más controvertidas. Había dedicado a esta disciplina los últimos 40 años de su vida de una manera apasionada y total. El interés que su obra había despertado en Latinoamérica fue una de las mayores alegrías de sus últimos años. Expresaba a menudo el temor de que su obra no la sobreviviría, pero el tiempo ha demostrado lo contrario.

Su trayectoria se vincula con tres grandes capitales del psicoanálisis europeo: Budapest, Berlín y sobre todo Londres en donde se instaló desde 1926. En cada una de ellas se destacó su relación con una figura importante del psicoanálisis de su época: en Budapest, Ferenczi; en Berlín, Abraham; en Londres Jones. Los dos primeros fueron sus analistas y a la vez apoyo y estímulo para el desarrollo y creatividad, el tercero defendió sus teorías, la invitó a Londres en épocas muy difíciles y mantuvo con ella una importante amistad durante décadas. A diferencia de la mayoría de los pioneros, su aproximación al psicoanálisis se hizo como paciente debido a que padecía de, depresión crónica. Esta primera experiencia analítica personal con Ferenczi cambió radicalmente su vida y determinó un interés y un compromiso con la disciplina freudiana que nunca declinó. Esta forma de inicio la convenció de las bondades terapéuticas del psicoanálisis de una manera muy peculiar y hasta el fin de sus días pensó que los esfuerzos que dedicaba a enriquecerlo iban dirigidos a una causa noble y beneficiosa para la humanidad. Creía además que los psicoanalistas debían tener una mentalidad abierta a la renovación y al cambio, quizás tomando literalmente las primeras palabras que oyó pronunciar a Freud, en 1918, en el V Congreso Psicoanalítico celebrado en Budapest, que fueron las siguientes: «Nunca hemos pretendido alcanzar la cima de nuestro saber ni de nuestro poder, y ahora como antes estamos dispuestos a recono­cer las imperfecciones de nuestro conocimiento, añadir a él nuevos elementos e introducir en nuestros métodos todas aquellas modificaciones que puedan significar un progreso.» (Freud, 1918).

Su vinculación con el psicoanálisis de los niños fue particularmente intensa y compleja, del tipo de lo que podemos llamar de creación recíproca: Melanie Klein contribuyó de manera capital a generar sus raíces a promover su desarrollo y al hacerlo fue marcada de manera indeleble en su identidad como psicoanalista. Dicho en otros términos, el psicoanálisis de niños que ella desarrolló la determinó en su práctica, en su concepción teórica, en su relación misma con el inconsciente. Aunque desde los años cuarenta ya no trataba niños personalmente dado lo avanzado de su edad, nunca dejó de supervisar los casos de algunos de sus colegas y discípulos. Sobre todo le interesaban los niños más pequeños, menores de cinco años de edad, por el tipo de material que le aportaban para el progreso de sus teorías. Sus últimos esfuerzos fueron dedicados a la preparación del tan polémico «Relato del Psicoanálisis de un niño» (Klein, 1961), probablemente el más extenso historial psicoanalítico jamás publicado, que fue editado cuando ella ya había fallecido.

Pero a la vez que una figura científica de gran importancia, la Sra. Klein fue también una mujer brillante, hermosa y carismática que despertaba las emociones más intensas entre los que la rodeaban. Alix Strachey, por ejemplo, que la conoció de cerca en Berlín, y en ocasiones la acompaño a cafés y salones de baile, admiraba «su vitalidad, su atractiva energía erótica, su poder retórico» (Gay, 1988, p. 520). Como ocurrió con el propio Freud, a su alrededor circulaban amores, odios, rupturas, paranoias incluso. Quienes la conocieron bien dicen que tenía los defectos de sus virtudes, fundamentalmente de una, el apasionamiento que todos están de acuerdo era un rasgo que la caracterizaba. Podía ser muy tierna pero también muy violenta, implacable con sus opositores y exigente hasta la intransigencia con sus seguidores a los que pedía una total aceptación de sus ideas, tenaz para seguir adelante con sus investigaciones pero también terriblemente obstinada. Por todo esto atrajo las miradas tanto admirativas como maliciosas de mucha gente. Respecto a los efectos de su presencia personal y científica dice Peter Gay: «allí donde llegaba Melanie Klein, los sentimientos se desbordaban». (Gay, 1988, p. 521) Aún hoy aparece su nombre en libros de todo tipo, en las marquesinas de los teatros, en anécdotas, chistes y sobre todo en muchos relatos que no merecen otro nombre que el de chismes y que no es posible confirmar en ninguna de sus biografías. Podemos decir que es ya un personaje de nuestra cultura, que su vida excede el campo del psicoanálisis. Lo más sorprendente es que fue siempre muy reservada respecto a todo lo personal, en gran medida porque pensaba muy seriamente, y lo llevaba a la practica, que para el bien del análisis de sus pacientes es preferible que los psicoanalistas cuiden de no salir demasiado a la luz pública. Su actitud resultaba entonces muy enigmática y despertaba curiosidad y sospechas. En cuanto al rechazo violento que provocan sus ideas en diversos medios, me he preguntado —y me propongo profundizar algo en este sentido— cómo se relacionan con el tipo y contenido mismo de su teorización. Las controversias, los ataques incluso personales y la actitud denigratoria que para muchos despierta el simple hecho de pronunciar su nombre merecen mucha reflexión. Pero además siempre he pensado que en ella ve mucha gente una gran transgresora y que el «crimen» de que se la acusa no es sólo comprensible desde el texto de sus obras. El lugar que le dio el mundo interno de los niños, los aportes a la sexualidad femenina y la originalidad de su teoría, son una parte del escándalo, pero también lo fue su modo de vida, que representó para muchas mujeres u ejemplo de feminismo sin militancia explícita: se había divorciado en los años veinte cuando esto era muy mal visto y junto con esta independencia creció como figura científica a niveles poco usuales entre las mujeres de su tiempo. El hecho de que fuera una personali­dad tan atrayente, siempre elegantemente vestida y maquillada y que no se le conociera ninguna relación amorosa era motivo de muchas suposiciones, en general y como era de prever, malévolas «Melanie Klein es uno de esos personajes con los cuales se hacen los mitos». (Grosskurth, 1989, p. 13) ¿Cómo profundizar en esta idea?.

No es mi propósito hacer en esta ocasión una biografía completa de Melanie Klein, sino recrear la relación entre la mujer y la obra que considero indisociables; o sea realizar una lectura de los hechos históricos desde el pensamiento psicoanalítico para obtener claridad sobre el material mismo con que se construye la teoría. No se trata de superponer las aventuras y desventuras de los seres humanos a su producción científica e interpretar linealmente como causa y efecto la vida y la obra de un autor, sino de buscar y tratar de comprender más cabalmente las raíces históricas de la creación en psicoanálisis. Para dar un apoyo documentado a esta búsqueda, dispuse de diversos trabajos y especialmente, de la amplia revisión biográfica de Phyllis Grosskurth: «Melanie Klein. su mundo y su obra» (1986) que abre muchas posibilidades de comprensión a lo antes aportado por Hanna Segal (1979). Existe una autobiografía aún inédita, que está en poder del Melanie Klein Trust, que empezó a escribir 1953 y continuó a intervalos hasta 1959, de la cual se puede tener alguna información por la misma Grosskurth. Klein decidió iniciarla cuando comprendió la importancia de aportar datos, sobre todo de la primera parte de su vida, que pudieran dar elementos de comprensión a los estudiosos de la historia del psicoanálisis. Habrá que esperar aún para conocerla, pero a pesar de ello hay ya mucha información disponible para comenzar a reflexionar[1].

Treinta años es el tiempo que nos separa de la muerte de Melanie Klein y éste es un período que nos permite repensar de una manera más profunda el alcance y el destino de su teoría. El desarrollo de los conceptos psicoanalíticos ha seguido en general un modelo de alternancia de reacción y de contrarreacción. Y la obra de Klein no fue ninguna excepción. Luego de un período de gran efervescencia de sus ideas, comenzó en muchos grupos un apagamiento del interés, manteniéndose la referencia de ortodoxia kleiniana con relación a unos pocos y muy específicos lugares y personas. Es como si entrara una especie de tiempo del olvido, que podemos observar en forma definida respecto a la obra de Freud. En un texto muy interesante Foucault estudia este hecho de una manera más general, considerando la obra de los grandes creadores de nuestra cultura, que llama «instauradores» o «fundadores de discursividad», como lo es el creador del psicoanálisis. Luego de un período de silencio se hace necesaria «la vuelta al origen» y se habla del «retomo a...» y del «redescubrimiento de...»; se produce entonces una «reactualización» de las ideas. (Foucault, 1983) Respecto a Freud, sabemos que este movi­miento comenzó en Francia durante la postguerra, inspirado por las ideas de Jacques Lacan y lentamente se fue extendiendo a otros medios psicoanalíticos[2]. Lo que resulta evidente es que este acallamiento tiene sus efectos. La vigencia actual de los textos freudianos, sólo puede comprenderse cabalmente si relacionamos el relegamiento apreciable en que cayó su lectura con el rescate de su fuerza, su importancia y su genialidad tantos años después de su muerte; como si lo olvidado tomara el estatuto de algo inconsciente, reprimido, que retorna con nuevas energías. Planteo que algo similar está ocurriendo con la obra de M. Klein luego de tres décadas. Es un tiempo fértil durante el que decantan y se afirman los conceptos en base a la experiencia clínica, se alejan las rencillas y se olvidan las anécdotas hirientes, se confrontan y relacionan con otras teorías, se toman los elementos más valiosos para integrarlos en otros esquemas referenciales (aunque no siempre se reconoce este hecho en forma explícita).

Un interesante ejemplo del interés y del modo de rescatar la riqueza de la creación kleiniana son las conferencias dictadas en México por Jean Laplanche hace algunos años (Laplanche, 1982 y 1983). Tituló agudamente una de ellas: «¿Hay que quemar a Melanie Klein?», con el propósito de remitir al lector a los tiempos oscurantistas de la Inquisición en que se condenaban a la hoguera las personas y las obras. Alude también al modo extraño con que se suele hablar de sus planteos y al carácter demonológico que se le atribuye a su modelo del mundo interno. Aún estando ella en vida se la quiso expulsar del movimiento psicoanalítico, afortunadamente sin conseguirlo, y lo que es peor, desde entonces, se recurre en muchos ámbitos a aislarla y descuidarla, a desconocerla simplificándola, a citarla con desconfianza. La propuesta del autor, a la que me adhiero, es salir a su encuentro en lugar de desterrarla y exorcizarla, sustituir los prejuicios por un estudio respetuoso que haga trabajar los conceptos hasta descubrir los contactos con otros pensamientos psicoanalíticos. Dice Laplanche que con el título de su conferencia intenta rendirle un gran honor y agrega: «Hay que situarla en esa tradición resplandeciente que reconoce el carácter extraño, hostil, angustiante, de nuestro mundo interno, para citarla» (Laplanche, 1982, p. 252).

Y como los dichos populares encierran mucha sabiduría y aquél tan viejo que dice «yo no creo en brujas pero que las hay, las hay», parece particularmente pertinente en este momento, propongo no olvidar completamente los demonios para introducimos un breve trecho en la vida de la Sra. Klein. En muchos sentido ella sí parecía tener «el diablo en el cuerpo».

La excitante belleza negra de la pequeña Melanie Mell

He aquí un juego de palabras con el que nos introducimos al mundo lleno de fantasmas de nuestro personaje. ¿Qué mejor que por los vericuetos del nombre, de los nombres? Los significantes y significados danzan y se entrelazan para representar una historia y una inscripción plena de misterios y de doloroso acoso. Tal como ocurre en los juegos del inconsciente, la contigüidad azarosa importa, los inesperados efectos de la palabra también determinan, marcan una relación con el misterio. Y a la vez, no es éste más que un divertimiento alrededor del nombre de Melanie Klein que tomó forma en mí luego de escudriñar muchas páginas que hablaban de su apasionante y difícil vida. Fue sobre todo inspirado por los halazgos de María Torok, Barbro Sylwan y Adélle Covello (Torok y al., 1981) quienes realizaron con excelente método, hace ya una década, lo que llamaron «el estudio del fantasma»[3]. Nos permitirá este pequeño recorrido' reflexionar sobre los textos en que fantasía y realidad se combinan para dar entrada a la fuerza de las generaciones y de la palabra. Se trata de un juego de nombres de lenguas, ya que como sabemos, para el inconsciente la importancia de los nombres propios es capital", el poliglotismo es natural y los tiempos y las fronteras son imprecisos. Debemos ubicarnos también en una zona del planeta donde esto parece ser particularmente favorecido desde la realidad: Europa Central, encrucijada de caminos que produce esa mezcla de razas, religiones y lenguas tan compleja y mágica. En ese ámbito nacieron Freud y Melanie Klein; allí fue la cuna del psicoanálisis.

Melanie Reizes Deutsch es la hija menor de un matrimonio judío que mantiene las tradiciones pero rechaza la ortodoxia religiosa. Nace en Viena el 30 de marzo de l882, poco después de la instalación de la familia en la ciudad. Moriz Reizes, era médico y provenía de Polonia; Libussa, la madre, había nacido en Eslovaquia y la familia había residido antes en Deutsch—Kreutz (Hungría), donde nacieron dos niñas y un varón. La diferencia de edad de los padres es considerable, 24 años. El apellido Klein,  con el que se la conoce, es el de su esposo Arthur con el que se casó en 1903 y con el cual tuvo tres hijos. Lo mantiene como propio toda su vida a pesar de haberse divorciado la pareja a comienzos de los años veinte.

Estamos ahora en condiciones de seguir interrogando los nombres para llegar a entender nuestro juego de palabras y quizás algunos aspectos significativos de la historia. Es doblemente la pequeña: por ser la menor de la familia y por haber casado con el joven y promosorio ingeniero «Klein», que en alemán significa «pequeño». Su nombre, Melanie, proviene del griego «melanos» negro; jugando con esta acepción había sido elogiosamente nombrada por los amigos de su hermano, que admiraban su hermosura adolescente «la belleza negra». Y éste es también el nombre con que era conocida, según lo recuerda Balint, en la Sociedad Psicoanalítica Húngara cuando estaba realizando sus primeros pasos en la disciplina del inconsciente: dos momentos hermosos y plenos en los cuales seguramente despertaba la atracción en los hombres a la vez que curiosidad por su enigmática presencia. (Grosskurth, p. 106.) Si a esto le agregamos que «Reizes» proviene del sustantivo alemán «Reiz», que significa «excitación», se comprende por qué me permito llegar a la frase: «la excitante belleza negra de la pequeña Melanie». Por último, —he ahí un hallazgo sorprendente— la silaba «mel», que inicia su nombre y el de su hija, Melitta, es el significante que en húngaro designa al pecho o seno. ¿Qué nombre más adecuado para la autora de la teoría psicoanalítica que ubica como central la relación con el pecho que el propuesto por María Torok de Melanie Mell? (Torok, 1981)

Pero no es puro juego de palabras o simple humorada lo que estoy planteando y mucho menos una curiosidad azarosa, sino que fundamentalmente me pregunto por las raíces y efectos inconscientes de vocablos tan señalados. Seguramente llamarse Klein resulta bastante contrastante con lo grande del personaje. Sabemos que su presencia fue siempre impactante y que se presentaba muy digna y controlada en sus intervenciones públicas. Todos la recuerdan elegante, muy cuidadosa de su arreglo personal, con el rostro maquillado y luciendo grandes broches o sombreros llamativos, pero siempre de buen gusto. Aunque era en realidad de estatura más bien baja, muchos la percibían como si fuera bastante alta, seguramente por lo imponente de su porte y la seguridad que transmitía su actitud. Se expresaba de manera lenta, con voz grave y un tanto monótona, siempre manteniendo un fuerte acento alemán. Quienes la conocieron y aún aquellos que sólo tuvieron la oportunidad de verla fugazmente, concuerdan en que era sencillamente «inolvidable».

Si seguimos interrogando los nombres podemos llegar a algunos aspectos esenciales de su historia. Llama especialmente la atención el silencio que mantuvo siempre sobre su apellido paterno, al punto de que muy pocas personas lo conocían antes de los recientes trabajos de los biógrafos; silencio que no parece suficiente­mente explicado por el argumento de la costumbre o de la cultura respecto al uso de los apellidos adquiridos por el matrimonio. ¿Hemos reflexionado suficientemen­te sobre el hecho extraño de que cuando decimos «escuela kleiniana» o «fantasía kleiniana» estamos evocando el apellido del ingeniero Klein abandonado por Melanie a principio de los años veinte? ¿Qué se oculta en el apellido paterno que se mantiene tan celosamente en secreto durante tantos años? Reizes es un apellido alemán que fue sin duda obtenido por la familia como una forma de asimilación, procedimiento que se lleva a cabo en la parte central de Europa de acuerdo con reglas ya establecidas durante el siglo XVIII. Ocupa el lugar de otro nombre hebreo que debió ser olvidado, y por eso mismo recuerda, como lo hace el síntoma algo que está oculto. «Reizes» nos habla del poder que hasta obliga a cambiar el nombre familiar, recuerda los progroms y la segregación, el sufrimiento de una minoría tolerada a veces y perseguida muchas otras de la manera más feroz. Es muy proba­ble que sus ascendientes hayan sido los dos hermanos Reizes, rabinos y mártires, que murieron en Lemberg (ahora Lvov), Polonia, ciudad natal de Moriz Reizes, en la primera mitad del siglo XVIII. Fueron condenados a la hoguera acusados de profanación de los símbolos cristianos y mantuvieron su credo hasta la muerte negándose aún en el último instante a salvar su vida por medio de la conversión. Quizás por todo esto el apellido Reizes merece ser silenciado.

El antisemismo fue una amenaza constante en la vida de Melanie Klein durante muchos años» aunque no en su carne sí en su entorno: cuando ella nació hubo un recrudecimiento de la persecución de los judíos fue ésta también una razón fundamental de su traslado a Berlín, pero el problema no desapareció allí y realmente sólo consiguió tranquilidad cuando se instaló en Londres[4].

El medio familiar y cultural

Las dos familias de origen de Melanie Klein eran muy religiosas: del lado de su  madre, era una familia de rabinos y del lado del padre se había pensado que éste  fuera dedicado al estudio del Talmud. Sin embargo la familia de Melanie Klein era muy poco ortodoxa y ella misma se declaraba atea. ¿Quién había hecho el corte con la tradición, quién había fundado un olvido tan particular de toda esta historia? No fue Melanie Klein misma sino su padre, quien teniendo cerca de cuarenta años de edad abandona los estudios talmúdicos y un matrimonio tradicional que había , mantenido hasta entonces, para ingresar a la carrera de medicina. Su segundo casamiento ocurrió diez años después cuando contaba 47 años de edad, con una mujer mucho más joven que él. Melanie Klein, que también quiso ser médica aunque no pudo lograrlo por problemas económicos y por su matrimonio temprano, hace de un modo diferente un giro muy grande en su vida cuando había ya cumplido 32 años y el psicoanálisis viene a formar parte de su rebeldía y del deseo profundo de cambiar y ser más libre, en ese momento lee por primera vez un libro de Freud: «Los sueños y su interpretación» (Freud, 1901) y poco después entra en análisis con Ferenczi. Este cambio tan radical fue posible porque Melanie había heredado también la poderosa pasión familiar por los estudios que desde muy pequeña la hizo una alumna ambiciosa y muy preocupada por conseguir las mejores notas. Fue sobre todo fascinante para ella la atmósfera cultural que reinaba en la familia de Libussa, su madre, donde padre y abuelo eran famosos por su erudición y liberalidad de pensamiento. Pero en los hechos parece que existía en la rama materna un modelo matriarcal de funcionamiento que se repitió en la familia Reizes Deutsch. Libussa y sus hermanas estudiaban en forma autodidáctica, discutiendo con su padre lo que leían. Algo similar ocurrió con la pequeña Melanie que tuvo como interlocutor fundamental no a Moriz, su progenitor, sino a su hermano Emanuel.

La relación de Melanie Klein con su padre fue siempre una mezcla de amor, admiración y decepción. Cuando ella nació tenía ya 54 años de edad y este hecho fue seguramente importante porque actuaba ya como un hombre demasiado viejo para ocuparse de la pequeña. No recuerda que nunca haya jugado con ella. Además rápidamente se volvió senil y se agregaron los problemas económicos de la familia, por lo que Libussa debió salir adelante poniendo un comercio. Moriz era un erudito, políglota, que unía a su potencia intelectual una gran inadaptación para los negocios, por lo que delegaba todas las responsabilidades domésticas sobre la madre, que en el fondo lo despreciaba por esto. Pero lo verdaderamente doloroso para Melanie era la preferencia que manifestaba por su hija primogénita Emilie, lo que siempre la lleno de celos y la desesperó porque nunca consiguió llamar su atención ni su aprobación y mucho menos desplazarla.

Esta situación tuvo un paralelismo dolorosamente similar en la actitud definidamente partidaria de su hija Anna, que toma Freud durante todo el conflicto respecto al psicoanálisis de niños que sostuvieron ambas autoras. Nuevamente debió soportar el rechazo del padre, aunque se considerara la más fiel continuadora de su obra y la más capacitada para entender lo medular de su teoría. Tan clara fue la postura de la familia Freud que Melanie Klein nunca fue invitada a casa del maestro durante el período de algo más de 15 meses en que éste vivió en Londres antes de su muerte, a pesar de haber manifestado su deseo de visitarlo. Debió soportar la angustia que le despertaba una de las situaciones más difíciles para ella:

el sentirse olvidada. Afortunadamente hubo otras figuras masculinas que la apoyaron y la hicieron sentirse «la princesa judía consentida» dentro de su familia. (Grosskurth, 1989, p.23) Estos hombres fueron, en la infancia su tío materno Hermán, —empariente rico de la familia— y su hermano Emanuel brillante y apasionado intelectual; posteriormente recibió apoyo e importante estímulo de sus dos analistas. Ferenczi y Abraham y por mucho tiempo el de Jones a la sazón presidente de la Asociación Internacional, quien la invitó a Londres y que en algún período hasta enfrentó a Freud en ciertas posiciones teóricas apoyando ideas kleinianas. La desilusión experimentada por la debilidad y la excesiva diplomacia de las actitudes de Jones en el último período de su vida no llegó a borrar la estima que se había creado entre ellos durante el largo tiempo de amistad y colaboración.

Libussa, la madre de Melanie Klein, fue un personaje poco conocido por los biógrafos durante mucho tiempo. La propia Melanie contribuyó a dar una imagen extremadamente suavizada de ella en su autobiografía, no sabemos si por culpa e idealización o por ocultamiento consciente. Dijo que era dulce, modesta, tolerante y sobretodo muy empeñosa, un verdadero modelo de madre; y resaltó el hecho de que fue capaz de sacar adelante la familia cuando su padre envejecido. De su nacimiento reconoció que había recibido la información de que no fue deseado, pero afirmó haber recibido mucho amor y no mantener ningún rencor a este respecto. No fue alimentada al pecho de su madre, pero sí de una nodriza que le daba cada vez que pedía. Afirma de Libussa: «No amaba a casi nadie más que a mi hermano y a mí» (Grosskurth, p. 26) ¿No es sorprendente esta versión? En cierta medida sí, pero también es coincidente con la imagen de moderación y mesura con la que la propia Klein quiso presentarse durante todo el último período de su vida. Sin embargo, no resulta del todo convincente.

Debo reconocer que muchas veces traté de imaginarme como había sido la vida de esta pionera del psicoanálisis de niños. Pensaba que la mejor pista la daba su propia obra; que su verdadera naturaleza, apasionada y violenta, habituada a luchar con la angustia, se transparentaba en sus teorías, en las mismas conclusiones que extraía del material de sus pacientes. En especial, creía avizorar entre madre e hija una relación mucho más compleja y ambivalente, un vínculo muy estrecho, conflictual y cargado de pasiones. ¿Sería la madre de Melanie Klein esa mujer dulce y modesta que pretendía presentamos?

La excelente investigación de Grosskurth que profundiza en la correspondencia familiar aporta datos valiosísimos al respecto. Libussa era fuerte y dominante, hermosa y decidida, amada por su celoso marido y dedicada devotamente a su familia. Sin embargo, la ternura y la dulzura estaban bastante ausentes en sus cartas; la dificultad para expresar sus sentimientos y una atmósfera de insatisfacción la volvían un tanto inaccesible. Era además evidente que había problemas en la pareja. La madre no ocultaba a sus hijos el desprecio que experimentaba por su por, tan_erudito pero ineficiente en los asuntos prácticos. ¿A quién amaba Libussa? ¿Por qué manifestaba aversión por todo lo que fuera sexual? ¿Había un amor imposible en su pasado o era la avanzada edad de su esposo lo que la volvía tan poco apasionada? Siendo aún muy pequeña Melanie la había oído hablar con admiración de un joven estudiante de su ciudad natal, quien en su lecho de muerte había dicho: «Voy a morir muy pronto y repito que no creo en ningún dios.» ¿Habría sido este desgraciado joven el amor de su madre muerto prematuramente y que la había llevado a la relación con el pretendiente ya mayor y nada rico Moriz Reizes? Según parece el tono de su madre durante este relato convenció a la pequeña de que Libussa había amado al estudiante durante su juventud.

Mucho me ha cuestionado esta historia donde amor, muerte y defensa de las creencias hasta las puertas mismas de la muerte aparecen reunidas. Este relato nos regresa a los hermanos Reizes, mártires en la hoguera para no renunciar a su fe, pero muy especialmente nos plantea la relación del deseo de la hija respecto al de su madre, ese deseo oscuro, difícilmente interpretable con que describen los biógrafos a Libussa. Sena necesaria una investigación exhaustiva que supera los alcances de este artículo para responder a tan interesante pregunta. Lo que sí parece evidente, coincido con Grosskurth en ello, es que la pequeña Melanie debió afirmarse contra todos: contra su madre que reconoció no haberla deseado y cuyo amor parecía estar siempre en otra parte; contra su padre que prefería a Emilie y la rechazaba; contra Sidonie, la más hermosa e idealizada por su prematura muerte; contra Emanuel considerado una especie de genio; contra Emilie que siempre sostuvo sus privilegios de primogénita ante su padre. Pienso que, además, debió ser muy fuerte física y anímicamente, en primer lugar, para no enfermar en un hogar diezmado por la tuberculosis, luego, para superar tantos duelos y desgracias y por último, para enfrentar a la sociedad y abrirse camino como mujer divorciada y psicoanalista. Sólo gracias a su firmeza de carácter y a la intensidad apasionada de sus convicciones pudo llegar a destacarse y a dejar una obra tan importante para cualquier estudioso del psicoanálisis.

Una gran parte de la correspondencia recientemente conocida se refiere a la relación entre madre e hija durante el período que siguió a la muerte del padre y de Emanuel, cuando ya había entrado en la vida de la familia el ingeniero Arthur Klein. Me ocuparé de esta época un poco más adelante, luego de revisar otros aspectos de la vida de la autora.

REFERENCIAS

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mannoni, M. (1986): Un saber que no se sabe, Gedisa, Bs. As.

segal, H. (1979): Melanie Klein, Alianza Editorial, Madrid.

torok, M., sylwan, B. Y covello, A. (1981): «Melanie Mell.». Confrontation. Paris.



[1] Como un aporte más al etno y geo psicoanálisis quiero señalar la sorpresa que me produjo la escasísima importancia que en la voluminosa biografía de Grosskurth tiene toda la relación de Melanie Klein con \os psicoanalistas de habla hispana. Reconoce que la atención que despertó su obra en el Río de la Plata fue un gran estímulo para ella en el último período de su vida y que la llegada de muchos discípulos de tan lejanas tierras le resultaba muy importante, pero también señala, con cierto tono de molestia, que la asediaban mucho cuando ya estaba muy anciana y fatigada. Es evidente, y Grosskurth lo expresa, que Klein tenía enormes esperanzas respecto a la importancia de la difusión de sus ideas en Latinoamérica, que la traducción de sus libros al español le produjo una enorme satisfacción y que, con gran alegría, llegó a imaginar un poco el alcance que más adelante tuvo este hecho para el conocimiento y desarrollo del kleinianismo en el mundo. Sin embargo hay hechos llamativos como por ejemplo que el nombre de la gran psicoanalista de niños y propulsora de la difusión de Klein en el Río de la Plata, Arminda Aberastury, no tiene lugar en la biografía, y que W. Baranger aparece citado como traductor al francés de alguno de sus textos y no como autor en español de un profundo estudio sobre su obra. En cambio la escasa resonancia e influencia de Klein sobre americanos y canadienses es cuidadosamente citada. ¿Cómo calificar dicha omisión?.

[2] Es también muy remarcable que fue Lacan uno de los primeros no kleinianos que jerarquizó los aportes de Melante Klein cuando ella estaba aún en plena producción. Consideró con gran profundidad su aproximación clínica e incluyó alguna de sus ideas reformulándolas desde su tar¡ original posición teórica. Como un ejemplo de esto véase el Seminario I. (Lacan, 1953-54).

[3] Este término presenta algunas complicaciones e incluso provoca confusión cuando se traduce al español. La palabra francesa «fantóme» (fantasma) es diferente que «fantasme» (que generalmente, se traduce como fantasía). El «fantasma» corresponde a una formación del inconsciente descrita por Nicolás Abraham (1978) y profundizada por María Torok, que tiene un enorme interés para pensar e investigar los modos en que una generación influye sobre las que le siguen. Este tipo de formación inconsciente se comporta de manera muy diferente al material reprimido. Igual que los fantasmas de las tradiciones populares testimonian algún hecho escondido, inconfesable, que funciona como algo ajeno al sujeto, algo extraño que recuerda más una fantasmagoría surrealista que al retorno de lo reprimido y al cual accedemos por medio de una construcción. He trabajado desde esta óptica ciertos casos clínicos en que la psicosis infantil irrumpe en una familia sin que nada orgánico ni aparente en la historia pueda explicarlo. (Pía, 1991) Cuando M. Torok y al. reflexionan sobre Melanie Klein y su teoría y se preguntan sobre ciertos aspectos bizarros de la misma usando para ello la teoría del «fantasma», llegan a muy interesantes datos sobre el nombre escondido de Klein y sus efectos sobre su sistema teórico, que llaman «la religión del pecho», que vino a oponerse a la «religión del falo» instituida antes por Freud.

[4] Cuando Klein habla de su relación con el judaismo dice que le horrorizan aquellos judíos que, cualquiera sean sus principios religiosos se avergüenzan de su origen; agrega que, quizás a partir de su vinculación con el pueblo hebreo perseguido, siempre experimentó también simpatía por todas las miñonas y por todos los pueblos perseguidos por fuerzas más poderosas. «¡Quién sabe! Puede ser que esto me haya dado la fuerza para estar siempre en posición de miñona en mi trabajo científico y a no darle importancia a este hecho, y para estar dispuesta de buen grado a enfrentar con energía una mayoría respecto a la cual yo experimentaba cierto desprecio, suavizado con el tiempo por la tolerancia.» (Grosskurth, p. 117). Sin embargo en un plano menos consciente Melanie Klein manejaba de una manera extraña la violencia de esa época tan tremenda (el ascenso del nazismo y luego la guerra mundial). No se puede llevar a las luchas con Glover y a las amenazas de la Sociedad Británica la persecución racial y religiosa, ni al puro mundo interno el terror de Richar debido a los bombardeos, (Klein, 1961) si una razón más profunda no está en juego. Me pregunto junto con Torok y al. (1981) si no se trata justamente de la emergencia del «fantasma» de los ancestros mártires y del nombre olvidado.

(Publicación autorizada por la Dra., Esperanza Pérez de Plá). 

Del Libro: Dr. Marcelo Salles Manuel (ED).: Manual  de psicoanálisis y psicoterapia de niños y adolescentes. Grupo Editorial Planeta de México, (1992). Cap. VII, Melanie Klein y el Nacimiento del Psicoanálisis de niños. Primera Parte.

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