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EDITORIAL SOBRE SALUD MENTAL
 

 

Sobre la relación maestro-discípulo.

 

 

Cuando se tiene la comprensión de que poseer la cualidad de la obediencia es un don y que poseer capacidad de lealtad una gracia, se entiende la naturaleza del ser discípulo  de una forma distinta a la cotidiana. Se proyecta dicha condición, mas allá de lo escolástico, del ser un estudiante o alumno -como su primera acepción sugiere-, o la de ser solo alguien que sigue la opinión de una escuela o maestro, aun cuando viva en tiempos muy posteriores a ellos. Ser discípulos se convierte, entonces, en una definición de un vincular, de una cualidad intersubjetiva, y sobre todo en una de las mas curiosas expresiones del Amor. Expresión que tiene cierta belleza en tanto sugiere conciencia de sentido, armonía, y verdad; y que suscita admiración y deleite en tanto en ella se entrelazan dos vinculares cruciales: el Amar y el Saber, representantes a su vez del eslabón perdido de la intersubjetividad y de la estructuración de la mente.

Y, si siguiendo a Bion, aceptamos que la experiencia emocional del vínculo Amor es la capacidad de cuidar,  inevitablemente entendemos que también el ser discípulo sugiere el cuidar al maestro para que éste conserve su potencialidad de enseñar, cerrando así el circulo dialéctico del maestro que nutre y el discípulo que cautela, haciendo del discípulo el nutricio y del maestro el cautelado. Así “cuidar” posee una doble orientación, la de quien enseña y la de quien aprende, expresada en distintos planos.

Sabemos, que el enseñar, no es un tema simple; y que en su significado inmediato refiere a la acción de alguien que ofrece información a un otro que no la posee, lo que en su primera acepción de cuidado obliga a no dañar al ser que recibirá la información y/o no entregar información espuria o falsificada; y sabemos también, que en torno a esa premisa la  “pedagogía negra”, transmitió cada vez mas información no falsificada de una generación a otra, aunque descuidando los impactos o daños provocados en el individuo (excepto cuando refería a los componentes que participan en la incorporación del dato). De ahí en mas sabemos poco del acto de enseñar -mas allá de ciertas idealizaciones, que como todo idealización se funda mas en una fantasía construida a partir de una carencia; y como negación del odio que dicha carencia generó-, pero del asunto real poco, realmente muy poco. Aunque es justo reconocer en Alice Miller, y su gesta comunicacional el empezar a entender algo más de este proceso, y a Bion con su concepto del vínculo K, los distintos impactos en el aparato mental de las colaterales de la pedagogía negra u otras mas suavizadas pero fundadas en idénticos principios.

Lo que sabemos del ser discípulo es aun menos conocido, a pesar de que los testimonios históricos no sean tan infrecuentes –aunque si menos espectaculares-: tal vez debido a que ellos representan una deriva mas diacrónica que sincrónica, o porque en ellos la individualidad no destaca tanto por oposición como por las realizaciones finales, o quizás simplemente por que aquí el aprender deja de vincularse a la temática del poder para ligarse solo al intangible placer del encuentro con lo real, que es decir la verdad. Una disquisición utraquística nos invita a considerar el mundo de la música, particularmente el de la música clásica, como un domino donde poder apreciar esta cualidad de la dialéctica enseñar-aprender y la del maestro-discípulo a que aludimos. Así el drama Mozart-Salieri, es mas conocido que la existencia de miles de individuos explorando compartiendo y transmitiéndose las reglas de la música a través de los tiempos; y el talento y las producciones de Mozart -independientemente de que ellas sean producto de mutilaciones precoces de un niño-, son mas consideradas que el profundo amor, aunque dolorosamente conflictivo de Salieri por la música.

En este estado de cosas, no es de extrañarse que sepamos tan poco sobre lo que es ser discípulo, ni menos que la discursividad imperante se articule en torno al postulado freudiano que atribuyen a la condición de hijo el deseo inconciente de matar al padre, lo que al hacerse conocimiento popular se convierte mas allá de toda aparente manifestación,  en dos derivas: la presencia del hijo justiciero que intenta revertir el orden del adulto abusivo que a pesar de haber dado la vida y los suministros necesarios, nunca llego a ser padre (condición a la que pertenece Edipo); o la del hijo apasionado, resentido, interiorizado, que ambivalente deseara matarlo y suplantar su posición de poder -haga lo que el padre haga- encarnando el adagio “dime cuanto te debo y te diré cuanto te odio”, y a la espera de un nuevo modelo en quien completar su desarrollo.

De los diferentes testimonios de relación maestro-discípulo dispersos a lo largo de la historia de la humanidad, desde Sócrates-Platón a la fecha, incondicionales o renegados, prosélitos o apóstatas, cualquiera sea la condición, Sandor Ferenczi resalta como uno de los mas ejemplificadores representantes de estas reflexiones que realizamos. Ferenczi, testimonio de mejor discípulo, sin pretensiones escolásticas, sin interés de crear un movimiento propio, mas interesado en la búsqueda de la verdad que en la paternidad o propiedad intelectual de sus ideas, reflejo indesmentible tanto de los esfuerzos por construir, mantener y preservar un vinculo, como del dolor que ello conlleva; y quien hizo a su vez de esto un nuevo  fundamento comprensivo de la naturaleza de lo vincular, encarna públicamente como nadie esta cualidad, y por esa vía nos brinda una nueva lógica, que en el decir de Kohut, nos ofrece un ideal del Yo, un reflejo distinto de nosotros mismos y una manera de ser en la alteridad, que nos va constituyendo, y permitiéndonos vivir la experiencia de sentir orgulloso de la condición de ser discípulo, y de explorar el re-encuentro con un modo de relación largamente perdido en los orígenes del desarrollo personal y de volver a la original dialéctica maestro-discípulo, fundamento sine qua non de poder llamar a alguien Amigo.

 

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