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César
Rodolfo Ojeda Figueroa
Médico
Psiquiatra
Aunque
el concepto de "Salud Mental" se haga acreedor de
numerosas y justificadas críticas, en su sentido más general
parece entenderse sin dificultad: se trata, más o menos, de aceptar
que las personas y los grupos sociales pueden padecer
desadaptaciones y sufrimientos de muy variada naturaleza, entre los
que la "enfermedad" en sentido médico y biológico, ocupa
un lugar más bien reducido. Entonces,
el estado de "salud" requiere la ausencia de enfermedad,
pero este requisito no es suficiente: se precisa además de una
cierta "calidad de vida", y ésta no depende sólo de los
azares biológicos, sino de innumerables otros factores, entre los
que se incluyen desde los niveles de riqueza (o pobreza) de un grupo
humano, los entrenamientos culturales, el entorno sanitario, la
calidad del aire y del agua, los sistemas de transportes, el acceso
a los servicios básicos de salud, los sistemas provisionales. la
calidad forzada o vocacional de trabajo. etc., hasta las capacidades
personales de relacionarse, solidarizar. aceptar, respetar. liberar,
poner límites. depender, etc., respecto de los demás.
Como de hecho esos factores también participan en algún grado en el
desencadenamiento, mantención y resolución de la mayoría de los
desequilibrados que habitualmente designamos como enfermedad, la
ponderación de ellos en tanto áreas de actividad se hace muy difícil.
Si el foco de la reflexión se sitúa, por ejemplo, en la
prevención de la enfermedad, con naturalidad podría decirse que
todas esas materias son campo de las disciplinas médicas.
Pero, si la atención se dirige hacia la búsqueda de maneras
más nobles y estimulantes para la vida del hombre, muchas otras
actividades podrían reclamar para sí su estudio y la acción que
de ellas se desprende.
Sin
embargo, al incluir en la denominación de este complejo de
situaciones la palabra "Salud", se abre un flanco que pone
en riesgo la inspiración fundamental del esfuerzo que se realiza:
en materias de "salud" los médicos reclaman para sí un
liderazgo que estiman indiscutible. Sin embargo, llevando esta argumentación a su extremo,
resultaría sin ninguna violencia lógica, que los profesionales médicos
debieran hacerse cargo de organizar la sociedad entera.
Salta a la vista que este resultado es lógico, pero al mismo
tiempo absurdo. Por
esta razón. históricamente se han delimitado zonas de competencia
atendiendo a la preparación y adiestramiento predominante en cada
profesión.
Pero
también se hace patente que esas delimitaciones no se corresponden
con realidades subsistentes, independientes, que pudieran dar a las
profesiones campos nítidos de definición. Pretender una definición a partir de allí requiere sostener
que la realidad está de suyo diferente en clases, especies, tipos u
otras categorías semejantes. Por
el otro extremo, y en sentido contrario, a pensarse que la
determinación de los límites profesionales está sometida a una
arbitrariedad absoluta: bastaría como se ha sostenido- que un grupo
de personas detengan, en un corte antojadizo, relaciones y procesos,
y que se apropien del resultado como el aventurero que clava la
bandera de su reino en un territorio recién descubierto, y que sólo
por ese hecho considera que le pertenece de modo indiscutible. Eso es confundir la perspectiva con el paisaje, y luego,
también absurdo.
Mas,
si se suma a lo dicho sobre salud el adjetivo "mental" lo
que ya era un problema limitado en ambos extremos por lo absurdo, se
transforma en la oscuridad misma, en la medida en que "lo
mental" resulta perfectamente inasible, y por lo tanto todo y
nada al unísono.
Todo,
porque se supone que lo mental hace de una estructura biológica,
humanidad. Nada, porque en el momento de dar coherencia ha dicha
afirmación, las dificultades son innumerables.
Pero
además, tratándose de "enfermedad" y "mental"
(como el lado oscuro de la "salud" y "mental"),
los psiquiatras se sienten apelados por su nombre propio a -digámoslo
brevemente- hacerse cargo.
Desde
allí, no resulta sorprendente que los psiquiatras frecuentemente se
inclinen hacia disciplinas conexas, pero limítrofes, como la
administración, la psicología social, laboral y educacional, la
sociología, la antropología filosófica, la publicidad, la
comunicación social, el diseño gráfico, la arquitectura, y muchas
más.
Posiblemente
lo que determina que estas aficiones de pronto se transformen en
acciones profesionales indebidamente apropiadas, es la confusión
entre la región temática de una disciplina y la acción
profesional.
Pongamos
un ejemplo: ¿a quién pertenecen las neuronas dopaminérgicas de
los núcleos de la base del cerebro'?
Pertenecen
a la neuroanatomía, a la neurofisiología, a la patología, a la
neurocirugía, a la neurología, a la bioquímica, a la psiquiatría,
por nombrar sólo algunas (y sin contar que pertenecen, en otro
sentido, a todos quienes tengan cerebro).
La
delimitación de todas esas disciplinas no depende sólo de una región
acotada de la realidad, necesariamente borrosa en sus bordes, sino
de lo que se hace respecto de ella, y cómo se lo hace.
Simplificando, el neuroanatomista describirá la
"estructura", el neurofisiólogo el
"funcionamiento", el patólogo las "anomalías",
el neurólogo y el neurocirujano integrarán ese coto en la
explicación de la enfermedad extrapiramidal que afecta a sus
pacientes, el bioquímico investigará allí las estructuras
moleculares que conforman los sistemas de receptores, membranas.
neurotransmisores, etc., y el psiquiatra la considera una base
probable para el desbalance dopaminérgico propuesto como correlación
biológica de los pacientes esquizofrénicos que atiende y a los
cuales administran neurolépticos.
Si
se observa lo que hacen, es prácticamente imposible confundir a un
neurocirujano con un neurofisiólogo, o a un psiquiatra con un bioquímico.
Por eso, las profesiones no sólo se definen por
"crear" una región de la realidad como "objeto epistémico",
sino por la acción que denominamos ejercicio y que es consustancial
a ellas.
La
confusión de los planos mencionados explica que investigadores básicos
a veces presenten tardías conversiones hacia la psiquiatría, sobre
la base de que su campo es la "neurociencia" o,
simplemente, la biología humana.
Y me refiero a la psiquiatría porque pertenezco a ella,
aunque creo percibir que se trata de un problema mucho más
extendido.
Pero,
las consecuencias de lo que señalamos se extienden aún más allá
y afectan lo que denominamos "identidad profesional", es
decir, el que una actividad (entidad) sea igual a sí misma.
Y ésta no es una cuestión baladí.
La identidad profesional, al igual que la personal, no puede
tomarse a la ligera sin correr el riesgo de perderla, y todos
tenemos una idea de la forma en que eso se expresa en la vida de los
hombres.
CESAR
RODOLFO OJEDA FIGUEROA
Médico-Psiquiatra
Graduado
como Médico Cirujano en la Universidad de Chile en 1979, es Miembro
de la Sociedad Chilena de Neurología, Psiquiatría y Neurocirugía
983) y de la Asociación Mundial de Psiquiatría (1983), entre otras
organizaciones. En su
trayectoria profesional ha realizado estudios de perfeccionamiento
en la Universidad Complutense de Madrid, España, y numerosos cursos
de Filosofía Moderna y Medieval, de Psiquiatría Clínica, de
Psicología y de Psicoterapia.
Ha
llevado a cabo una extensa labor académica, dictando diversos
cursos en el instituto de Filosofía y Escuela de Psicología de la
U. Católica, y en las Escuelas de Medicina y Terapia Ocupacional en
la U. de Chile, a la vez que haber participado como expositor
invitado en diversos congresos y conferencias.
En
este mismo sentido, junto a la labor clínica, ha desarrollado una
interesante labor como Subdirector de la "Revista Chilena de
Neuropsiquiatría" y como Editor General de la "Revista
Vida Médica". Autor
de múltiples artículos en distintas revistas especializadas, tanto
nacionales como internacionales, ha participado en varios textos de
Psiquiatría tanto como autor como coautor. Actualmente es Profesor
Asistente de la Clínica Psiquiátrica Universitaria de la Facultad
de Medicina de la Universidad de Chile.
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