|
PROBLEMAS DE LA PRÁCTICA PSICOANALÍTICA
ACTUAL*
Juan Pablo Jiménez; Psicoanalista, Asociación
Psicoanalítica Chilena
La percepción de que el psicoanálisis atraviesa
un período de crisis ha llegado a ser un lugar común. Aunque,
naturalmente, varían el diagnóstico de la situación y la
explicación de sus causas, en los últimos tiempos la percepción
de crisis ha dejado de ser un asunto teórico, derivando en uno
extremadamente práctico, pues a los intereses más concretos de los
psicoanalistas.
Más allá de la polarización entre
conservadores y liberales, entre fosilización y caos, creo
firmemente que el gran desafío que el movimiento psicoanalítico
enfrenta es hacer de esta situación de crisis una nueva oportunidad
de un nuevo comienzo, intentando discriminar lo esencial de lo
accesorio para adaptamos a los nuevos tiempos.
Quiero proponer a la discusión una tesis
provisoria sobre la actual crisis, que ofrezca una visión
heurística para orientamos frente a los desafíos de los tienen
presentes. Los psicoanalistas hemos dado por hecho que la práctica
de la profesión psicoanalítica -así como ha sido dicha durante
los últimos 50 años- promueve automáticamente el desarrollo del
conocimiento psicoanalítico, su difusión en la sociedad y la
cultura, y su aplicación a las distintas ramas del saber.
Desde luego, pienso que esto ha sido un error y,
por lo tanto, sugiero que los psicoanalistas nos hemos ido apartando
inadvertidamente de los intereses propios de la ciencia
psicoanalítico y de los intereses que la cultura, la sociedad, la
universidad o la medicina tienen en el psicoanálisis. Nos hemos ido
aislando y encapsulando en nuestra práctica y nuestras sociedades,
protegidos por una particular manera de concebir la identidad
psicoanalítico, identidad que pasa así a tener, cada vez más, una
función ideológica, en el sentido de falsa conciencia. Esta
tendencia desconoce el hecho de que el psicoanálisis, como teoría
y como práctica, ya no es (si es que alguna vez lo fue) propiedad
exclusiva de la IPA.
Por otra parte, el actual conflicto con las
compañías de seguros en países de alto desarrollo de la
profesión psicoanalítico muestra que la situación de
reconocimiento del psicoanálisis ha empeorado considerablemente en
el tiempo. Desde hace un par de años, con décadas de retraso, la
IPA está promoviendo la 'investigación sistemática en resultados
y proceso psicoanalíticos, de modo de crear puentes que contribuyan
a convencer a las agencias de fínanciamiento y a los gobiernos que,
también, vale la pena invertir en terapias altamente frecuentes y
de larga duración. Sin embargo, aquellos que creemos en la
relevancia de la investigación sistemática, no sólo para el
futuro de la profesión, sino también para la ciencia
psicoanalítico, nos encontramos con una apasionada resistencia en
muchos colegas, que consideran que tal manera de investigar lesiona
de muerte el alma del psicoanálisis.
Otro posible camino, en torno a la reflexión
acerca de la actual crisis, se abre cuando consideramos el auge que
los programas de training psicoanalítico paralelos han tenido en
los últimos años en latinoamérica. Un número no despreciable de
psicoanalistas de sociedades pertenecientes a la IPA se han dedicado
a la formación de psicoterapeutas, proponiendo programas que siguen
de cerca a aquellos de los Institutos de psicoanálisis. Los
institutos de psicoterapia así surgidos ciertamente responden a la
necesidad real de formar psicaterapeutas. Sin embargo, su nacimiento
ha estado marcado por el signo del conflicto con las sociedades
psicoanalíticas, ya que los efectos de esta expansión hacia la
psicoterapia son ambiguos. Por un lado, se difunde en el medio
psicoterapéutico la orientación psicoanalítico, pero, por el
otro, los psicoanalistas estamos formando a quienes serán nuestros
competidores. Y esto es así, porque, si bien la formación clínica
entregada a esos psicoterapeutas es más baja que los estándares de
la IPA, el modelo de psicoterapia enseñada, de alta frecuencia (2 a
3 veces por semana) y de duración ilimitada, es fuente de
confusiones con el psicoanálisis en cuanto terapia. La pregunta que
surge es ¿qué psicoterapeuta, así formado, va a derivar un
paciente a psicoanálisis si piensa que puede tratarlo él?
Además, en nuestra experiencia, estos
psicoterapeutas tienden a percibirse a sí mismos como
psicoanalistas de segundo orden, lo que lleva agua al molino del
resentimiento en contra de las instituciones de la IPA. Todo esto
hace prever que, como ya ha pasado en Argentina y Uruguay, en el
futuro tendremos un tipo de competencia desfavorable para nosotros
desde ese grupo de psicoterapeutas, con el consecuente borramiento
frente al público de las diferencias entre las formaciones y la
práctica de la psicoterapia y aquellas del psicoanálisis. Este es
un problema generalizado en Latinoamérica, y la IPA no tiene
ninguna política al respecto. De la misma manera como la
introducción del papel moneda desplaza de la circulación a la
moneda dura, la proliferación de un tipo de psicoterapia analítica
en Latinoamérica, que se acerca mucho al psicoanálisis diluido,
tiene por efecto que el número de pacientes que optan por un
psicoanálisis de alta frecuencia y larga duración disminuya. La
IPA ha dejado que la psicoterapia analítica florezca de manera
silvestre y no ha pensado suficientemente sobre las consecuencias de
esto en la práctica del psicoanálisis.
De este modo hemos llegado a la absurda
situación en la que psicoanalistas y psicoterapeutas
psicoanalíticos nos vernos enfrentados unos a otros como
competidores. Si queremos que una relación de competencia se
convierta en una de colaboración, debemos primero reconocer que,
rota la ilusión de la unidad del psicoanálisis, éste es una
teoría multiforme de los trastornos psicológicos, psiquiátricos y
psicosomáticos: Como Freud lo señaló ya en 1927, las diferentes
aplicaciones del "psicoanálisis científico" deben ser
investigadas de acuerdo con los requerimientos del respectivo campo
de aplicación. Esto significa que las diferentes escuelas
psicoanalíticas y los analistas eclécticos, así como los
terapeutas analíticos dentro y fuera de la IPA, deben enfrentar los
requerimientos de la investigación contemporánea de proceso y
resultado.
A esto habría que agregar que los estudios
epidemiológicos que, desde el punto de vista social, las
aplicaciones psicoterapéuticas del psicoanálisis son más
importantes y valiosas que el psicoanálisis propiamente tal y que
su indicación probablemente no supera el 1% total de pacientes que
consultan buscando tratamiento psicológico. Desde el punto de vista
del interés de los pacientes, entonces, las formas de terapia
psicoanalítico de mayor valor no son el psicoanálisis propiamente
tal, sino sus aplicaciones terapéuticas. En esta incontestable
verdad epidemiológica se apoyan las políticas restrictivas de
financiamiento por parte de las compañías de seguros de salud. Por
otro lado, las encuestas realizadas concuerdan en mostrar que los
psicoanalistas tienen más pacientes en psicoterapia que en
psicoanálisis, y esto desde antes de las restricciones externas.
¿Por qué entonces no aceptar esto como una
realidad que está en la naturaleza de las cosas y dejar de pensar
que la razón de la escasez de pacientes psicoanalíticos está
principalmente en la falta de convicción de los psicoanalistas en
el método? ¿Por cuanto tiempo más seguiremos escuchando decir
aquello de que "para llegar a ser psicoanalistas hay que
combatir al psicoterapeuta interno"?
Entonces ¿No habrá llegado el momento en que
las sociedades psicoanalíticas se preocupen de investigar el campo
de las aplicaciones psicoterapéuticas con el mismo ahínco con que
se defienden los estándares formativos? ¿No habrá llegado el
momento en que se considere fundar Institutos de Psicoterapia
Psicoanalítica, junto a los Institutos de Psicoanálisis? ¿No
sería así más fácil el contacto con los profesionales de la
Salud Mental y sus instituciones? ¿No facilitaría esto la
derivación de pacientes que tienen inclinación de análisis?
Las reflexiones que he presentado me llevan al
tema de la necesidad de cambiar la manera de concebir la identidad
psicoanalítico. Creo que hay que dar un espacio mucho mayor y
valorar mucho más, la concepción del psicoanalista "a tiempo
parcial", en mayor contacto con el mundo de la cultura y de las
ciencias sociales, de la universidad, de la medicina, la
psiquiatría y la psicología, y que busca enriquecer su práctica
psicoanalítico también con miradas y metodologías ajenas al
instrumental tradicional del psicoanálisis. Por mi parte, pienso en
instituciones psicoanalíticas en contacto mucho más cercano con la
sociedad, capaces de imaginar y gestar formas novedosas de
asociación con la comunidad y la cultura, atentas a escuchar y
asumir las críticas que vienen desde fuera del movimiento
psicoanalítico. Sólo así podremos transformar esta crisis en un
nuevo comienzo.
* El presente
artículo es un resúmen de la ponencia que presentara el autor al
panel "Desafíos actuales de la práctica psicoanalítica"
en el 40º Congreso Psicoanalítico Internacional, llevado a cabo en
Barcelona en julio 1997.
Volver al correo Nº 23
|