|
DIFICULTADES EN TORNO AL DIAGNÓSTICO Y
TRATAMIENTO INFANTIL
Marcia Olhaberry H. Psicóloga Clínica.
Instituto de Desarrollo Psicológico
En el contexto del trabajo psicoterapéutico
individual que busca cambios profundos, resulta importante
diferenciar diagnósticos y tratamientos infantiles de los
realizados a adultos. Una primera diferencia que nos sale al camino
es la relativa al diagnóstico, ya que en los adultos es posible
distinguir estructuras de carácter ya formadas en cambio en niños
hablamos de funcionamientos o "estructuras encaminadas
hacia" lo que si bien pudiera otorgar mayor plasticidad en el
abordaje del proceso terapéutico, al mismo tiempo genera incerteza
dejando al descubierto las debilidades del terapeuta en este
sentido.
Por otra parte, si con los pacientes adultos
resulta inadecuado hablar en términos técnicos, siendo muchas
veces más aportativos y clarificadores el uso de metáforas o
ejemplos que permitan la comprensión de lo que les ocurre o se les
intenta señalar, con los niños esta necesidad se hace imperiosa.
El terapeuta se ve entonces en la necesidad de desarrollar
habilidades que le permitan abordar los conflictos que se presentan
desde lo que le es propio al niño, su mundo algo irreal y
fantaseado para nosotros, rico en símbolos y en imágenes, que
muchas veces no logramos comprender.
Muchas veces los conflictos se traslapan
observándose marcas tempranas que orientan el desarrollo hacia
funcionamientos complejos, junto con la existencia de conflictos
presentes, teñidos por esas marcas, que piden ser mirados y
enfrentados haciendo más difícil la labor.
Los adultos nos comunicamos preferentemente a
través del lenguaje verbal, hacemos de las palabras nuestra gran
herramienta para compartir la vivencia en relación a otro; los
niños lo hacen frecuentemente a través de la actividad lúdica, en
donde dibujos, una escultura en plasticina o la representación de
una historia con muñecos dan cuenta de su mundo interno.
Esta característica del funcionamiento infantil
que permite el uso del juego como herramienta o recurso técnico con
fines diagnósticos y de tratamiento, implica para el terapeuta una
dificultad en relación a la posibilidad de comprender y significar
correctamente este lenguaje. Del mismo modo determina la necesidad
de que las devoluciones del terapeuta sean realizadas en los mismos
términos, esto es, utilizando los mismos códigos, de manera que lo
dicho sea asimilado por el niño. Como terapeutas somos adultos y no
movemos con las rigideces que esta condición nos otorga, y
dependiendo del nivel de desarrollo e integración que hayamos
alcanzado, lograremos mayor o menor elasticidad en nuestro que hacer
clínico. Los niño son plásticos, llenos de ricas posibilidades en
su interacción con el mundo y en sus movimientos internos, con un
menor desarrollo de mecanismos para ocultar sus deseos y
necesidades. Este hecho hace posible que el niño "lea"
-las mas de las veces a nivel inconsciente- los movimientos
afectivos de los adultos, pero sin embargo no siempre sea capaz de
significarlos en forma correcta.
A pesar de que todos pasamos por la experiencia
de poder ver las cosas tal cual son, las marcas de nuestra propia
historia limitan la posibilidad de recuperar la comprensión de
estos significativos, y de reconocer el modo en el cual los propios
dolores han condicionado nuestra forma de defendernos y de
posicionarnos en el mundo de la manera en que los hacemos.
Con los adultos las claves que el terapeuta
maneja para evaluar el impacto de una intervención o devolución,
se relaciona con aquellas derivadas del conocimiento de las propias
reacciones frente a los que nos hace sentido o no, lo que no es
tolerable o lo que nos mueve a la defensa y al rechazo. Las claves
infantiles a diferencia de las adultas, no siempre permiten una
comprensión directa, lo que muchas veces lleva al terapeuta a
enterarse del efecto de una intervención a través de los cambios
suscitados en la vida del niño, hecho que no necesariamente habría
podido ser predecido con claridad, resultando inexplicable o sólo
explicable a posteriori.
Otra diferencia fundamental en el diagnóstico y
tratamiento de niños, se relaciona con la distancia temporal entre
la experiencia determinante de la patología y el momento presente.
En el adulto, estas experiencias ocurren en un pasado lejano,
difícil de acceder, y reciben el influjo de las experiencias
posteriores, en cambio en los niños la experiencia esta cercana, de
modo que sobre el conflicto existen un menor número de defensas
encubridoras. Este hecho por una parte facilita el proceso
terapéutico -en términos de la cantidad de defensas a remover y el
tiempo requerido para ello- sin embargo, paradojalmente, lo toma en
general más difícil y complejo, en tanto demanda por parte del
terapeuta adulto la necesidad de reencuentro con sus propios
aspectos infantiles dolorosos, cuya identificación y análisis,
permitirá comprender al niño e intervenir curativamente.
En relación al setting, el trabajo terapéutico
con adultos no implica un gran despliegue corporal del terapeuta,
quien dependiendo de su enfoque teórico trabajará en un setting
cara-cara, detrás de un escritorio, con diván, etc., donde su
actividad -salvo en el caso de intervenciones con técnicas
corporales, gestálticas u otras- se mantendrá relativamente
estática. Con los niños esto no es posible y tarde o temprano el
terapeuta se ve en la obligación de desarrollar un repertorio que
permita jugar el suelo, ocupar los implementos de la sala para fines
que no son los habituales, abrirse a un mayor contacto físico en el
sentido del afecto y la agresión e intentar significar
correctamente lo que está ocurriéndole al niño y a si mismo con
esos movimientos -en un sentido contratansferencial- usando toda
esta información al servicio del proceso terapéutico.
Otra variable relevante en el trabajo clínico
con niños es su pertenencia a un grupo familiar en una situación
de dependencia material y afectiva, en tanto son los padres o
adultos responsables la mayoría de las veces quienes deciden
consultar, por iniciativa propia o por sugerencia de otro
profesional. En este sentido el terapeuta se enfrenta a un niño que
es traído por otros y en tanto no viene por sus propios medios,
puede ser también retirado del proceso a voluntad de esos otros, y
por tanto a veces sin su deseo ni consentimiento. Cuando esto ocurre
cabe pensar en más de una opción: un desempeño inadecuado con el
niño, la insuficiente consideración de los padres en términos de
poca claridad en nuestro diagnóstico, falta de comunicación a los
padres acerca de las predicciones del terapeuta en relación a los
cambios conductuales futuros del niño, o la intolerancia de los
padres cuando estos se producen, prefiriendo en este caso mantener
la sintomatología en lugar de asumir la necesidad de un propio
proceso de desarrollo para poder acompañar a los hijos en su
crecimiento.
Resulta complejo mantener el justo equilibrio
entre la alianza con el niño y la consideración de los padres, ya
que una posición polar por parte del terapeuta podría implicar en
un extremo el quiebre del vínculo con el niño y la pérdida de su
confianza en él -ante la conclusión con el adulto- o en el otro el
boicot del tratamiento por parte de los padres por no considerar las
particularidades del contexto familiar.
Frente a todas estas peculiaridades del
tratamiento infantil, y los desafíos que este conlleva, resulta
difícil para el terapeuta infantil optar por cualquiera de las
respuestas frente a la pregunta por su motivación y la elección de
su quehacer clínico: ¿amor por los niños?, ¿temor a los
adultos?, ¿autoreparación?.
Una posible respuesta pudiera ser la dificultad
del terapeuta para situarse en el espacio adulto -que por edad
cronológica le corresponde pero no necesariamente por desarrollo-
por lo amenazante que aún resulta ese lugar, intentando evitarlo
fantasiosamente en el encuentro con niños que no atemorizan. Esta
motivación del terapeuta hace difícil la posibilidad de
desarrollar y concluir exitosamente un proceso terapéutico, ya que
el niño busca, más que conclusión, la posibilidad de poner sus
conflictos en la relación con el terapeuta y experimentar una
respuesta diferente a la vivida en la experiencia original, que le
permita sentir que las cosas pueden ser de otro modo. No busca sólo
acogida desde un igual, sino también las experiencias de
contención y frustración que un adulto como tal puede
proporcionar.
Sin embargo, la existencia de esta motivación en
el terapeuta no condena la posibilidad del encuentro con el niño,
ya que si el terapeuta esta alerta a sus deficiencias y el niño
puede percibir en él la capacidad para brindarle aquellas
experiencias que necesita, se abrirá la puerta para que ambos
comiencen un camino de crecimiento en donde las necesidades de uno
terminan y coexisten con los aspectos necesarios de desarrollar en
el otro.
En síntesis, tal vez lo que busca el terapeuta
infantil sea satisfacer de algún modo su necesidad de reparar los
aspectos dañados de sí mismos en la infancia, a través del
encuentro con quien lo vive en el momento presente, constituyéndose
en una invitación a conectarse con el propio pasado desde la mirada
ingenua ya olvidada.
Volver al correo Nº
22 |