Contacto ·  Portal Indepsi  Nº 22 -1997
REFLEXIONES SOBRE SALUD MENTAL

DIFICULTADES EN TORNO AL DIAGNÓSTICO Y TRATAMIENTO INFANTIL

Marcia Olhaberry H. Psicóloga Clínica. Instituto de Desarrollo Psicológico

En el contexto del trabajo psicoterapéutico individual que busca cambios profundos, resulta importante diferenciar diagnósticos y tratamientos infantiles de los realizados a adultos. Una primera diferencia que nos sale al camino es la relativa al diagnóstico, ya que en los adultos es posible distinguir estructuras de carácter ya formadas en cambio en niños hablamos de funcionamientos o "estructuras encaminadas hacia" lo que si bien pudiera otorgar mayor plasticidad en el abordaje del proceso terapéutico, al mismo tiempo genera incerteza dejando al descubierto las debilidades del terapeuta en este sentido.

Por otra parte, si con los pacientes adultos resulta inadecuado hablar en términos técnicos, siendo muchas veces más aportativos y clarificadores el uso de metáforas o ejemplos que permitan la comprensión de lo que les ocurre o se les intenta señalar, con los niños esta necesidad se hace imperiosa. El terapeuta se ve entonces en la necesidad de desarrollar habilidades que le permitan abordar los conflictos que se presentan desde lo que le es propio al niño, su mundo algo irreal y fantaseado para nosotros, rico en símbolos y en imágenes, que muchas veces no logramos comprender.

Muchas veces los conflictos se traslapan observándose marcas tempranas que orientan el desarrollo hacia funcionamientos complejos, junto con la existencia de conflictos presentes, teñidos por esas marcas, que piden ser mirados y enfrentados haciendo más difícil la labor.

Los adultos nos comunicamos preferentemente a través del lenguaje verbal, hacemos de las palabras nuestra gran herramienta para compartir la vivencia en relación a otro; los niños lo hacen frecuentemente a través de la actividad lúdica, en donde dibujos, una escultura en plasticina o la representación de una historia con muñecos dan cuenta de su mundo interno.

Esta característica del funcionamiento infantil que permite el uso del juego como herramienta o recurso técnico con fines diagnósticos y de tratamiento, implica para el terapeuta una dificultad en relación a la posibilidad de comprender y significar correctamente este lenguaje. Del mismo modo determina la necesidad de que las devoluciones del terapeuta sean realizadas en los mismos términos, esto es, utilizando los mismos códigos, de manera que lo dicho sea asimilado por el niño. Como terapeutas somos adultos y no movemos con las rigideces que esta condición nos otorga, y dependiendo del nivel de desarrollo e integración que hayamos alcanzado, lograremos mayor o menor elasticidad en nuestro que hacer clínico. Los niño son plásticos, llenos de ricas posibilidades en su interacción con el mundo y en sus movimientos internos, con un menor desarrollo de mecanismos para ocultar sus deseos y necesidades. Este hecho hace posible que el niño "lea" -las mas de las veces a nivel inconsciente- los movimientos afectivos de los adultos, pero sin embargo no siempre sea capaz de significarlos en forma correcta.

A pesar de que todos pasamos por la experiencia de poder ver las cosas tal cual son, las marcas de nuestra propia historia limitan la posibilidad de recuperar la comprensión de estos significativos, y de reconocer el modo en el cual los propios dolores han condicionado nuestra forma de defendernos y de posicionarnos en el mundo de la manera en que los hacemos.

Con los adultos las claves que el terapeuta maneja para evaluar el impacto de una intervención o devolución, se relaciona con aquellas derivadas del conocimiento de las propias reacciones frente a los que nos hace sentido o no, lo que no es tolerable o lo que nos mueve a la defensa y al rechazo. Las claves infantiles a diferencia de las adultas, no siempre permiten una comprensión directa, lo que muchas veces lleva al terapeuta a enterarse del efecto de una intervención a través de los cambios suscitados en la vida del niño, hecho que no necesariamente habría podido ser predecido con claridad, resultando inexplicable o sólo explicable a posteriori.

Otra diferencia fundamental en el diagnóstico y tratamiento de niños, se relaciona con la distancia temporal entre la experiencia determinante de la patología y el momento presente. En el adulto, estas experiencias ocurren en un pasado lejano, difícil de acceder, y reciben el influjo de las experiencias posteriores, en cambio en los niños la experiencia esta cercana, de modo que sobre el conflicto existen un menor número de defensas encubridoras. Este hecho por una parte facilita el proceso terapéutico -en términos de la cantidad de defensas a remover y el tiempo requerido para ello- sin embargo, paradojalmente, lo toma en general más difícil y complejo, en tanto demanda por parte del terapeuta adulto la necesidad de reencuentro con sus propios aspectos infantiles dolorosos, cuya identificación y análisis, permitirá comprender al niño e intervenir curativamente.

En relación al setting, el trabajo terapéutico con adultos no implica un gran despliegue corporal del terapeuta, quien dependiendo de su enfoque teórico trabajará en un setting cara-cara, detrás de un escritorio, con diván, etc., donde su actividad -salvo en el caso de intervenciones con técnicas corporales, gestálticas u otras- se mantendrá relativamente estática. Con los niños esto no es posible y tarde o temprano el terapeuta se ve en la obligación de desarrollar un repertorio que permita jugar el suelo, ocupar los implementos de la sala para fines que no son los habituales, abrirse a un mayor contacto físico en el sentido del afecto y la agresión e intentar significar correctamente lo que está ocurriéndole al niño y a si mismo con esos movimientos -en un sentido contratansferencial- usando toda esta información al servicio del proceso terapéutico.

Otra variable relevante en el trabajo clínico con niños es su pertenencia a un grupo familiar en una situación de dependencia material y afectiva, en tanto son los padres o adultos responsables la mayoría de las veces quienes deciden consultar, por iniciativa propia o por sugerencia de otro profesional. En este sentido el terapeuta se enfrenta a un niño que es traído por otros y en tanto no viene por sus propios medios, puede ser también retirado del proceso a voluntad de esos otros, y por tanto a veces sin su deseo ni consentimiento. Cuando esto ocurre cabe pensar en más de una opción: un desempeño inadecuado con el niño, la insuficiente consideración de los padres en términos de poca claridad en nuestro diagnóstico, falta de comunicación a los padres acerca de las predicciones del terapeuta en relación a los cambios conductuales futuros del niño, o la intolerancia de los padres cuando estos se producen, prefiriendo en este caso mantener la sintomatología en lugar de asumir la necesidad de un propio proceso de desarrollo para poder acompañar a los hijos en su crecimiento.

Resulta complejo mantener el justo equilibrio entre la alianza con el niño y la consideración de los padres, ya que una posición polar por parte del terapeuta podría implicar en un extremo el quiebre del vínculo con el niño y la pérdida de su confianza en él -ante la conclusión con el adulto- o en el otro el boicot del tratamiento por parte de los padres por no considerar las particularidades del contexto familiar.

Frente a todas estas peculiaridades del tratamiento infantil, y los desafíos que este conlleva, resulta difícil para el terapeuta infantil optar por cualquiera de las respuestas frente a la pregunta por su motivación y la elección de su quehacer clínico: ¿amor por los niños?, ¿temor a los adultos?, ¿autoreparación?.

Una posible respuesta pudiera ser la dificultad del terapeuta para situarse en el espacio adulto -que por edad cronológica le corresponde pero no necesariamente por desarrollo- por lo amenazante que aún resulta ese lugar, intentando evitarlo fantasiosamente en el encuentro con niños que no atemorizan. Esta motivación del terapeuta hace difícil la posibilidad de desarrollar y concluir exitosamente un proceso terapéutico, ya que el niño busca, más que conclusión, la posibilidad de poner sus conflictos en la relación con el terapeuta y experimentar una respuesta diferente a la vivida en la experiencia original, que le permita sentir que las cosas pueden ser de otro modo. No busca sólo acogida desde un igual, sino también las experiencias de contención y frustración que un adulto como tal puede proporcionar.

Sin embargo, la existencia de esta motivación en el terapeuta no condena la posibilidad del encuentro con el niño, ya que si el terapeuta esta alerta a sus deficiencias y el niño puede percibir en él la capacidad para brindarle aquellas experiencias que necesita, se abrirá la puerta para que ambos comiencen un camino de crecimiento en donde las necesidades de uno terminan y coexisten con los aspectos necesarios de desarrollar en el otro.

En síntesis, tal vez lo que busca el terapeuta infantil sea satisfacer de algún modo su necesidad de reparar los aspectos dañados de sí mismos en la infancia, a través del encuentro con quien lo vive en el momento presente, constituyéndose en una invitación a conectarse con el propio pasado desde la mirada ingenua ya olvidada.

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