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ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE ÉTICA
PROFESIONAL
E. Ruth Weinstein Aranda, Psicóloga Clínica:
Directora Instituto de Desarrollo Psicológico, INDEPSI
Una simple aproximación al concepto de Ética,
nos remite al complejo problema del bien y de mal, y a una
reflexión acerca del conjunto de valores y normas que regulan
nuestro comportamiento humano. Este difícil tema, presentizado a
través de permanentes interrogaciones a lo largo de los tiempos, se
nos ha revelado incesantemente como uno de los puntos más críticos
en el conocer humano.
No obstante ello, cada tiempo, cada historia ha
portado una particular conceptualización que pretendiendo
distinguir entre el bien y el mal, ha facilitado que sus miembros
cuenten con un marco valórico, moral y ético desde el cual regular
y juzgar sus propias conductas y las ajenas.
Nosotros, quienes operamos dentro del ámbito de
la Salud Mental no somos una excepción a ello, pues inserto dentro
de nuestro peculiar encuadre social, tanto como psicólogos, como
psiquiatras, como psicoterapeutas y como expertos de la conducta
humana normal y patológica, nos vivimos en una condición dentro de
la cual cada uno porta y se adscribe a una visión ética, que
egosintónicamente con nuestra identidad nos acompaña y determina
gran cantidad de nuestros actos humanos. En este sentido, quienes
operamos en la Salud Mental y en relación a la Ética, por un lado
reflejamos desde nuestra peculiar condición como seres humanos el
estado de ella en un particular rol profesional constituimos la
vanguardia de las expectativas que apuntan y direccionalizan la
evolución futura de la Ética en su aspiración de propender hacia
un valor absoluta.
Atendiendo a la actual magnitud alcanzada por los
niveles del desarrollo mundial, en nuestro camino hacia "la
aldea global", tras la cual pareciera que distintas
concepciones fragmentarias de lo ético, convergieran hacia una
concepción Ética única de la realidad, universalizándose más y
más, podemos hipotetizar que no estará lejano el momento en que
dicha construcción valórica se constituya en un parámetro
universal, tal como las megatendencias de nuestro siglo así lo
empiezan a señalar. Es en este escenario donde es posible ver que
la mencionada doble condición del especialista en Salud Mental, la
humana y la propia de su profesión, empiezan a adquirir cada vez
mayor relevancia.
Esta doble condición general, se puede insertar
-a mi entender- dentro de otra reflexión que alude a ciertas
características que sobre el concepto del "ser de la salud
mental" manejamos, esto es al hecho de que, quizás si nuestra
misma condición de "especialistas de la conducta humana"
en su propia definición, aluda a ciertos permanentes implícitos
éticos con los que permanentemente operamos: curar es mejor que no
curar; la relación de dos organismos puede ser potencialmente
curativa, la existencia de un acto transmutador positivo, etc., y a
una conceptualización de ser humano que trasuntado tras una
"metapsicología" intenta, ya sea por el objetivismo, el
subjetivismo, la dialéctica o el relativismo dar explicaciones
acerca de la naturaleza última de éste, de su estructura como tal
y de su dimensión psicológica.
Desde la peculiar paradoja que es el ser
considerados "expertos", es que hablamos de los seres
humanos desde nuestra específica y común condición de seres
humanos. Refiriéndonos a las razones que fundan, regulan y acotan
la conducta de lo humano estamos nosotros insertos en esas mismas
razones de las que hablamos y con las que creamos nuestro singular
discurso. De esta suerte es que nos encontramos permanente e
ineludiblemente expuestos en nuestras propias argumentaciones a las
inevitables limitaciones que esta condición nos impone.
Es desde este lugar que -en mi opinión-
preocuparse de la "ética de la psicología y de los
psicólogos" reviste un carácter especial, y creo también,
que reconocer que este tema constituye un tema crucial en la
comprensión del desarrollo de la Salud Mental resulta un
imperativo. Así una mirada sobre nosotros mismo aparece como
imperiosa. Mirarnos y reconocernos a las puertas del siglo XXI,
recopilar nuestra historia e identificarnos, preguntándonos sobre
nuestra actual condición e interrogarnos sobre los logros y las
falencias que en este terreno hemos alcanzado, se constituye en una
necesidad de primer orden.
Otra reflexión de un orden más cercano guarda
relación con abrir la inquietud por preguntarnos sobre ciertos
aspectos éticos contingentes, que desde distintos frentes de
nuestro desarrollo parecieran emerger. Pues una simple mirada al
acontecer actual estaría indicando que son pocas las actividades de
formación tanto universitarias como profesionales que se interesan
por la enseñanza o transmisión de estos aspectos éticos; que el
perfil promedio de estudiantes universitarios apunta a una imagen
cada vez más interesada por la Psicología como saber desvinculado
de todas las otras manifestaciones culturales; que existiría cada
vez un mayor divorcio entre los psicólogos y los intelectuales de
nuestro medio; que la tecnocratización de la psicología estaría
aislándose cada vez más del desarrollo histórico y político de
su entorno; en fin, que el ideal que alguna vez atravesara las aulas
universitarias de nuestro país de un profesional competente, a la
vez que culto, comprometido políticamente y apasionado por el
desarrollo de su profesión, ha ido transmutado lentamente hacia el
de profesionales interesados por recibirse con el menor costo
posible, ajenos al desarrollo de las Ciencias, las Artes y la
Cultura e interesados básicamente en las posibilidades de
desarrollo pecuniario de dicha actividad.
Reflexionar sobre cómo el legado que
históricamente ha rodeado el desarrollo de la Salud Mental en
nuestro medio: constituido por psicoanalistas, psiquiatras y
psicólogos, tanto como intelectuales y otros profesionales, fue
tradicionalmente el de un grupo humano abierto a explorarse,
descubrirse y trabajar en sí mismo como herramienta central de su
quehacer profesional; interesados en desarrollarse en torno a
principios éticos rectores de la existencia: bondad, cooperación,
solidaridad, conciencia lúcida, y muchos otros valores se
desdibujan (los que no siempre eran coincidentes, pero que se
presentizaban en todas las conductas que ellos nos proyectaban),
empezando a transitar hacia una imagen que si bien aún conserva un
aire de esos tiempos, cada vez empieza a trasuntar un espíritu de
personalismo, mezquindad y competitividad donde la devaluación, la
envidia y la tendencia a estructurarnos en torno al aislamiento o la
pertenencia coludida a grupos de poder empiezan a aparecer como las
estrategias fundamentales en la perseveración de juegos
hegemónicos como medio de subsistencias y que empiezan a constituir
el legado que estamos dejando a las futuras generaciones.
En un tiempo, todos, quien más quien menos, nos
miramos en nuestros maestros, nuestros modelos, nuestros ídolos;
buscamos y nos identificábamos con ellos, nos construíamos a
imagen y semejanza de ellos, y hacíamos de sus propuestas de vidas
las nuestras. Un tiempo, quizás si más idealista, más consciente
y también más crítico, pero en donde los grupos que surgían
testimoniaban un interés prioritariamente evolutivo para sus
disciplinas, para nuestra población y para ellos mismos.
Sin duda, que ello no estaba exento de
conflictos: el grupo desarrollado en torno a Matte Blanco, al Dr.
Roa, a Julio Yulis, sólo por citar a algunos, más allá de adeptos
y detractores, surgían inevitablemente como reflejos de un interés
por dar cuenta y desarrollar desde cada particular aproximación una
pasión y entrega por el reconocer y ahondar las problemáticas que
desde cada ámbito surgían.
Recordando esta situación, es que surge
inevitablemente la pregunta: ¿En quién o quiénes se miran las
nuevas generaciones?, ¿quiénes surgen como modelos a seguir?,
¿dónde están los maestros, educadores, ídolos de los jóvenes
profesionales?, ¿quiénes transmiten el conjunto de valores
trascendentes que subyacen la formación ética de cada profesional?
Tras estas interrogantes parecieran surgir inevitablemente las
consecuencias las dos últimas décadas de ejercicio profesional, y
debiera constituir un imperativo planteárnoslas y reflexionar en
torno a sus implicancias.
Las relaciones de la ética y la salud mental, el
indagar sobre qué se hace y cómo en los distintos centros de
formación profesional de pregrado, postgrado y postítulo en
relación con este tema, el interesarnos por saber cómo las
entidades directoras de nuestro gremio abordan dichas
problemáticas, el consensuar los parámetro con que evaluamos y
constituimos una mirada ética sobre el ejercicio de nuestra
profesión, y el reconocernos en nuestra propia adscripción a un
código ético por encima de otro código (en el mejor de los casos
sólo moral y en el pero de los casos peligrosamente personal),
pareciera ser un esfuerzo por mirarnos y reconocernos en una
comunidad que pareciera hubiera perdido transitoriamente su
horizonte.
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