Contacto ·  Portal Indepsi  Nº 19 -1996
EREFLEXIONES SOBRE SALUD MENTAL

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE ÉTICA PROFESIONAL

E. Ruth Weinstein Aranda, Psicóloga Clínica: Directora Instituto de Desarrollo Psicológico, INDEPSI

Una simple aproximación al concepto de Ética, nos remite al complejo problema del bien y de mal, y a una reflexión acerca del conjunto de valores y normas que regulan nuestro comportamiento humano. Este difícil tema, presentizado a través de permanentes interrogaciones a lo largo de los tiempos, se nos ha revelado incesantemente como uno de los puntos más críticos en el conocer humano.

No obstante ello, cada tiempo, cada historia ha portado una particular conceptualización que pretendiendo distinguir entre el bien y el mal, ha facilitado que sus miembros cuenten con un marco valórico, moral y ético desde el cual regular y juzgar sus propias conductas y las ajenas.

Nosotros, quienes operamos dentro del ámbito de la Salud Mental no somos una excepción a ello, pues inserto dentro de nuestro peculiar encuadre social, tanto como psicólogos, como psiquiatras, como psicoterapeutas y como expertos de la conducta humana normal y patológica, nos vivimos en una condición dentro de la cual cada uno porta y se adscribe a una visión ética, que egosintónicamente con nuestra identidad nos acompaña y determina gran cantidad de nuestros actos humanos. En este sentido, quienes operamos en la Salud Mental y en relación a la Ética, por un lado reflejamos desde nuestra peculiar condición como seres humanos el estado de ella en un particular rol profesional constituimos la vanguardia de las expectativas que apuntan y direccionalizan la evolución futura de la Ética en su aspiración de propender hacia un valor absoluta.

Atendiendo a la actual magnitud alcanzada por los niveles del desarrollo mundial, en nuestro camino hacia "la aldea global", tras la cual pareciera que distintas concepciones fragmentarias de lo ético, convergieran hacia una concepción Ética única de la realidad, universalizándose más y más, podemos hipotetizar que no estará lejano el momento en que dicha construcción valórica se constituya en un parámetro universal, tal como las megatendencias de nuestro siglo así lo empiezan a señalar. Es en este escenario donde es posible ver que la mencionada doble condición del especialista en Salud Mental, la humana y la propia de su profesión, empiezan a adquirir cada vez mayor relevancia.

Esta doble condición general, se puede insertar -a mi entender- dentro de otra reflexión que alude a ciertas características que sobre el concepto del "ser de la salud mental" manejamos, esto es al hecho de que, quizás si nuestra misma condición de "especialistas de la conducta humana" en su propia definición, aluda a ciertos permanentes implícitos éticos con los que permanentemente operamos: curar es mejor que no curar; la relación de dos organismos puede ser potencialmente curativa, la existencia de un acto transmutador positivo, etc., y a una conceptualización de ser humano que trasuntado tras una "metapsicología" intenta, ya sea por el objetivismo, el subjetivismo, la dialéctica o el relativismo dar explicaciones acerca de la naturaleza última de éste, de su estructura como tal y de su dimensión psicológica.

Desde la peculiar paradoja que es el ser considerados "expertos", es que hablamos de los seres humanos desde nuestra específica y común condición de seres humanos. Refiriéndonos a las razones que fundan, regulan y acotan la conducta de lo humano estamos nosotros insertos en esas mismas razones de las que hablamos y con las que creamos nuestro singular discurso. De esta suerte es que nos encontramos permanente e ineludiblemente expuestos en nuestras propias argumentaciones a las inevitables limitaciones que esta condición nos impone.

Es desde este lugar que -en mi opinión- preocuparse de la "ética de la psicología y de los psicólogos" reviste un carácter especial, y creo también, que reconocer que este tema constituye un tema crucial en la comprensión del desarrollo de la Salud Mental resulta un imperativo. Así una mirada sobre nosotros mismo aparece como imperiosa. Mirarnos y reconocernos a las puertas del siglo XXI, recopilar nuestra historia e identificarnos, preguntándonos sobre nuestra actual condición e interrogarnos sobre los logros y las falencias que en este terreno hemos alcanzado, se constituye en una necesidad de primer orden.

Otra reflexión de un orden más cercano guarda relación con abrir la inquietud por preguntarnos sobre ciertos aspectos éticos contingentes, que desde distintos frentes de nuestro desarrollo parecieran emerger. Pues una simple mirada al acontecer actual estaría indicando que son pocas las actividades de formación tanto universitarias como profesionales que se interesan por la enseñanza o transmisión de estos aspectos éticos; que el perfil promedio de estudiantes universitarios apunta a una imagen cada vez más interesada por la Psicología como saber desvinculado de todas las otras manifestaciones culturales; que existiría cada vez un mayor divorcio entre los psicólogos y los intelectuales de nuestro medio; que la tecnocratización de la psicología estaría aislándose cada vez más del desarrollo histórico y político de su entorno; en fin, que el ideal que alguna vez atravesara las aulas universitarias de nuestro país de un profesional competente, a la vez que culto, comprometido políticamente y apasionado por el desarrollo de su profesión, ha ido transmutado lentamente hacia el de profesionales interesados por recibirse con el menor costo posible, ajenos al desarrollo de las Ciencias, las Artes y la Cultura e interesados básicamente en las posibilidades de desarrollo pecuniario de dicha actividad.

Reflexionar sobre cómo el legado que históricamente ha rodeado el desarrollo de la Salud Mental en nuestro medio: constituido por psicoanalistas, psiquiatras y psicólogos, tanto como intelectuales y otros profesionales, fue tradicionalmente el de un grupo humano abierto a explorarse, descubrirse y trabajar en sí mismo como herramienta central de su quehacer profesional; interesados en desarrollarse en torno a principios éticos rectores de la existencia: bondad, cooperación, solidaridad, conciencia lúcida, y muchos otros valores se desdibujan (los que no siempre eran coincidentes, pero que se presentizaban en todas las conductas que ellos nos proyectaban), empezando a transitar hacia una imagen que si bien aún conserva un aire de esos tiempos, cada vez empieza a trasuntar un espíritu de personalismo, mezquindad y competitividad donde la devaluación, la envidia y la tendencia a estructurarnos en torno al aislamiento o la pertenencia coludida a grupos de poder empiezan a aparecer como las estrategias fundamentales en la perseveración de juegos hegemónicos como medio de subsistencias y que empiezan a constituir el legado que estamos dejando a las futuras generaciones.

En un tiempo, todos, quien más quien menos, nos miramos en nuestros maestros, nuestros modelos, nuestros ídolos; buscamos y nos identificábamos con ellos, nos construíamos a imagen y semejanza de ellos, y hacíamos de sus propuestas de vidas las nuestras. Un tiempo, quizás si más idealista, más consciente y también más crítico, pero en donde los grupos que surgían testimoniaban un interés prioritariamente evolutivo para sus disciplinas, para nuestra población y para ellos mismos.

Sin duda, que ello no estaba exento de conflictos: el grupo desarrollado en torno a Matte Blanco, al Dr. Roa, a Julio Yulis, sólo por citar a algunos, más allá de adeptos y detractores, surgían inevitablemente como reflejos de un interés por dar cuenta y desarrollar desde cada particular aproximación una pasión y entrega por el reconocer y ahondar las problemáticas que desde cada ámbito surgían.

Recordando esta situación, es que surge inevitablemente la pregunta: ¿En quién o quiénes se miran las nuevas generaciones?, ¿quiénes surgen como modelos a seguir?, ¿dónde están los maestros, educadores, ídolos de los jóvenes profesionales?, ¿quiénes transmiten el conjunto de valores trascendentes que subyacen la formación ética de cada profesional? Tras estas interrogantes parecieran surgir inevitablemente las consecuencias las dos últimas décadas de ejercicio profesional, y debiera constituir un imperativo planteárnoslas y reflexionar en torno a sus implicancias.

Las relaciones de la ética y la salud mental, el indagar sobre qué se hace y cómo en los distintos centros de formación profesional de pregrado, postgrado y postítulo en relación con este tema, el interesarnos por saber cómo las entidades directoras de nuestro gremio abordan dichas problemáticas, el consensuar los parámetro con que evaluamos y constituimos una mirada ética sobre el ejercicio de nuestra profesión, y el reconocernos en nuestra propia adscripción a un código ético por encima de otro código (en el mejor de los casos sólo moral y en el pero de los casos peligrosamente personal), pareciera ser un esfuerzo por mirarnos y reconocernos en una comunidad que pareciera hubiera perdido transitoriamente su horizonte.

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