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Acerca de la ética en salud mental
El crecimiento de la población de especialistas
en Salud Mental de esta última década, si bien despierta una
inquietud general en todos los que operamos en este medio, aún no
parece acompañarse de una clara conciencia de los urgentes
desafíos implicados en ellos.
Esta falta de conciencia adquiere mayor
relevancia, en especial, cuando consideramos que el crecimiento
sostenido del número de profesionales, no sólo está significado
un aumento crítico de la población profesional, con severas
implicancias en el ámbito laboral (dramáticamente reseñado en los
medios de comunicación, cuando informan que la psicología y la
ingeniería comercial serían, hoy por hoy, las dos profesiones con
el mayor índice de cesantía), sino que ha amenazado a revelarnos
un sinnúmero de aspectos concomitantes a este desarrollo, que
aparecen como consideraciones críticas a la hora de hacer un
balance.
Aspectos tales como los nuevos estilos de
perfiles profesionales emergentes, las nuevas modalidades de
interacción que al interior de nuestro gremio se empiezan a
generar, la aparición de distintos perfiles cooperativos y/o
competitivos, el problema de la representatividad que las distintas
organizaciones poseen a la hora de cautelar, preservar y dirigir
este proceso, son muestras de las variadas e intrincadas relaciones
que comienzan a surgir en este dominio.
Sin duda alguna, los incipientes esfuerzos del
Colegio de Psicólogos, por una lado, y de la Sociedad Chilena de
Psicología Clínica por otro, desde la posición de las instancias
que históricamente han conducido el desarrollo de nuestra
profesión, surgen como los más claros intentos por enmarcar y
delimitar los conflictos que en este nuevo escenario empiezan a
aparecer. Atendiendo a la urgencia de regular los espacios del
ejercicio profesional de la Psicología Clínica, desde la propuesta
de la Acreditación de Psicólogos Clínicos como Psicoterapeutas,
ambas entidades coordinadamente han llevado adelante una
proposición que pretende crear los fundamentos cauteladores de un
adecuado ejercicio profesional.
No obstante, pareciera ser que la sinergia de
este proceso de crecimiento hiciera insuficientes dichos esfuerzos:
el porcentaje actual de participantes en relación al universo total
de especialistas en Salud Mental, los recursos económicos con que
ellas cuentan, la participación desinteresada de sus dirigentes,
los conflictos inherentes de poder e intereses que estos procesos
activan, entre otras, aparecen como algunas de las limitantes a la
hora de evaluar los recursos con que contamos para enfrentar dicha
situación. Esto que enaltece aún más la obra que estos colegas
desarrollan no debiera -junto con el reconocimiento a dicha labor-
mover a reflexionar sobre dos aspectos de este proceso: Primero,
tomar conciencia de que un proyecto de esta naturaleza no puede ser
llevado a cabo desde unos pocos colaboradores, y que por tanto
requiere con urgencia el aporte de nuestra presencia, nuestro tiempo
y parte de nuestros recursos en el enfrentamiento de los retos que
el futuro nos depara. Segundo, reflexionar acerca de los aspectos
éticos que este nuevo escenario conllevará: las relaciones entre
ética y salud mental, las posibilidades de psicoiatrogenia y cómo
evitarlas, el indagar sobre cómo y qué se hace en los distintos
procesos psicoterapéuticos, los parámetros que utilizarán los
distintos centros de formación de pregrado, postgrado y postítulo
en relación con este tema, el interesarnos por saber cómo las
entidades directoras de nuestro gremio abordarán dichas
problemáticas, el consensuar los indicadores con que evaluaremos y
constituiremos una mirada crítica sobre el ejercicio de nuestra
profesión, y el reconocernos en nuestra propia adscripción a un
código ético por encima de otro código (en el mejor de los casos
solo moral y en el peor de los casos peligrosamente personal),
parecieran ser intereses que debieran reflejar nuestros pioneros
esfuerzos por mirarnos y constituir una prueba de nuestro verdadero
estado de madurez.
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