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PSICOANÁLISIS
Y PSICOTERAPIA
Jaime
Coloma Andrews
DIRECTOR
ICHPA
Pretendo reflexionar acerca de cuáles puedan ser las
“motivaciones” para fundar instituciones que aspiran a
profundizar en el campo de la psicoterapia. En esto de las
motivaciones tradicionalmente ha existido gran interés por aclarar,
precisar, profundizar, qué es una motivación. La perspectiva
psicoanalítica incrusta una peculiaridad, dentro de esa inquietud.
Empleo la palabra “incrusta” porque existe una cierta violencia,
o la marca de una incomodidad, al menos, introducida a principios de
siglo en el desarrollo de una psicología de la Conciencia. Hasta
ahora, ésta no deja de imponerse bajo diversos ropajes, que
consideran en apariencia, vigente al inconsciente, de tal modo de
preservar incólume la psicología de la conciencia. El concepto de
inconsciente es, muy radicalmente, un supuesto y un supuesto que,
según mi criterio, molesta, principalmente, la autoimagen del
individuo. Esto a diferencia de lo que se cita constantemente en
Psicoanálisis, respecto a lo dicho por Freud.
Creo
que sería necesario pensar más detenidamente cuál es la herida
narcisista que trae Freud a la humanidad. Él señaló que la suya
constituía la tercera. Las dos anteriores, como se sabe, las ubicó,
primero en la ofensa que significó para el ser humano el
descentramiento del planeta de su condición de punto de referencia
espacial privilegiado en el Universo y, segundo, la Teoría de las
Especies de Darwin. El inconsciente sería la tercera herida
narcisista.
Indudablemente
la especia humana es removida como totalidad ante afirmaciones de
tal envergadura y esto genera resistencias que afectan de manera
importante el destino de las ideas. Pero los conceptos
se popularizan. Hace ya varios años se comentó la capacidad
fagocitaria del sistema que era capaz de transformar un enfoque
revolucionario en una polera, reproduciendo cantidades innúmeras de
imágenes del Che Guevara con un acomodado tinte de rebelión
aceptable. Llevamos décadas ya, hablando del “inconsciente”
como algo propio de un pensamiento culto, que transforma el término
en una idea despotenciada de su condición extrema e
intranquilizante.
Un
académico argentino postula que la cuarta herida narcicística
tendría su origen en las ideas de los postulados cuánticos y en la
teoría de la relatividad. Personalmente, pienso que estas
concepciones de la Física no hieran, ni molesten, al narcisismo
humano. Requieren de un conocimiento especializado y de una reflexión
de tal profundidad, que descuaja esencialmente la infraestructura
que nos permite programarnos y desplazarnos cotidianamente. Es
probable que deba transcurrir mucho tiempo antes que el hombre se
ofenda o preocupe por la relatividad que rasga su calendario o su
reloj. Mientras el Imaginario de que nos habla Lacán no se colapse,
todos tenemos inquietudes más (o menos) importantes.
Es por
esto que digo que el concepto de inconsciente irrita al individuo más
que a la cultura. Pienso que la dificultad está precisamente allí
en el individuo. Mientras no se le asuma en toda su significación y
en el modo cómo se lo plantea, es decir, orientado básicamente
toda conducta, el inconsciente
puede ser conversado con profunda sofisticación en una
sobremesa o en una reunión académica. Puede haber aún dolor,
perplejidad o retraimiento, ante lo inasible del propio devenir.
Se
puede hablar de angustia, de vacío y de tantos otros conceptos más
o menos acuciosos, que hacen del intercambio comunicacional algo
interesante promoviendo imágenes balsámicas más en unos que en
otros, de acuerdo al espíritu de los eventuales comensales,
expositores o preguntadores de un público asistente a una posible
conferencia. La camiseta del vacío o del inconsciente aparece ahora
a través del discurso, de la postura vital, de la voz misma. Sin
embargo, el inconsciente no es tomado tan reverencialmente cuando se
da la situación psicoterepéutica. Se le olvida, se le escamotea a
través de aludirlo, eludiéndolo cuando hay que reconocer la propia
falencia de la conciencia personal o de la inteligencia
Está
visto que esta reflexión va a ser copada por el deseo del
entrevistado de explicarse en torno a “la” motivación, y se
reducirá obligadamente a una sola pregunta y una sola respuesta.
Por mucho que Palinuro crea que es un piloto experimentado para
conducir la nave de Eneas, siempre olvida que las ninfas eleácticas
tienen el poder mágico de inducir el sueño a los que se creen
expertos en el devenir de las olas y de las corrientes marinas y
submarinas. Solicito aislar esta variable para someter a esta
reflexión.
Venía
diciendo que el inconsciente no es tomado tan reverencialmente en la
situación terapéutica, es decir, cuando el otro, el terapeuta le
habla a uno de los cuales son hipotéticamente sus propias
motivaciones. En todo caso, no son las que el paciente cree. Esto es
violento. Enrabia. Hiere narcisísticamente. Genera distintas
respuestas. Tampoco son las que el terapeuta cree. Ser terapeuta de
orientación psicoanalítica implica aceptar la “pacientalidad”
dentro de sí mismo para comprender a su propio paciente. Aunque
esto sea muy difícil de asumir, lo entiendo como fundamento de la
postura psicoanalítica.
Creo
que la manera más socorrida de resolverlo es convertirse en acólito
del sacerdote, cuando no se lo rechaza de plano, a veces, sin haber
entendido cuál es la apuesta. Se toman todas las interpretaciones y
se transforma en verdaderas reglas de ocurrencia, a las cuales se
alude con dignidad de iniciado, menospreciado a aquellos que no son
capaces de reconocer eventos personales tan poco “endosables”,
como oí una vez decir a un admirador incondicional del grupo Arica.
Digamos
que la manera de no tomar el desafío que representa el supuesto de
un inconsciente dinámico, es convertir una teoría, emergida de la
incertidumbre sobre la realidad, como una religión revelada que
incorporándola como fe anula la incertidumbre. Esto, como lo señalaba
previamente, compromete muchas veces a ambos integrantes de la
pareja terapéutica, terapeuta y paciente. Surgen verdaderos decá-
logos éticos respecto a lo que es y no es psicoanalítico y
acusaciones más veladas que explícitas, más de pasillo que de
conferencias respecto a las transgresiones que se cometen o no se
cometen en torno a este decálogo.
Esta
situación me ha parecido atractiva como motivación para fundar un
Instituto que forme psicoterapeutas, dentro de esta perspectiva teórica.
Implica un desafío, pero a la vez, responder a la vida como algo
muy complejo, a la vez que a la vocación, como un testimonio de
interdependencia humana. Así puedo distinguir entre “mi”
motivación y “la” motivación para crear un Instituto como el
ICHPA (Instituto Chileno de Psicoterapia Analítica”. “Mi”
motivación pertenece a las series complementarias etiológicas de
mi modo de ser. Es muy atractivo sugerir motivaciones que dejen
entre líneas rasgos interesantes de un concepto de sí mismo. Tan
atractivo como hacer lo que estoy haciendo en este momento, dejando
entrever la capacidad de autocrítica, el rechazo de la autoinflación,
una cierta modestia en el horizonte del propio self.
Prefiero
por razones logradas a través de mucho tiempo y que pueden
dislocarse posteriormente, una postura de incertidumbre, una postura
que permita configurar una teoría. Formulaciones contrastables de
alguna manera, posibilidades para orientar la acción terapéutica.
Una postura como la de Wilfred Bion a quien cuesta entender en toda
su profundidad, pero que, sin duda, vale la pena hacerle empeño
Si
pudiera describir algo de mis motivaciones personales, creo ellas
tienen que ver como alguna preocupación importante que, en cierto
momento de mi formación como estudiante de psicología, nació
respecto a lo que se llama “pacientes”. Pienso que los pacientes
corren el riesgo de ser muy olvidados dentro de los propósitos de
ayudarlos y para esto conocerlos, diagnosticarlos y tratarlos.
Recuerdo
que las corrientes teóricas de mi época me desaniman, o miraban al
paciente desde una trascedentalidad muy filosófica y
substancialista, o lo comprimían en rigurosísimos diagnósticos
psicopatológicos de orientaciones preferentemente europeas. También
lo diluían en entrenamientos de conductas que me recordaba a los
perritos que muestran en los circos.
El
acercamiento a lo psicoanalítico se produjo porque me atrajo su
piso fundamental, tal como yo lo entendí: la incapacidad de afirmar
rotundamente el diagnóstico, es decir, de dejarlo abierto, en el
momento que se formula. El entrenamiento exigente para ejercer la técnica
psicoterapeuta de tratarse personalmente en sus propios conflictos,
rasgos o síntomas, el acercamiento entre psicoterapeuta y paciente,
que se deducía de esta última exigencia, la asimetría entre
ambos, sustentada en un contrato de trabajo y no en la bondad del
terapeuta o en la superioridad del “sano” frente al
“enfermo”, etc. Por alguna razón me interesaba y “cría” más
en esto que en lo otro.
La práctica,
los años, me han convencido que alcanzar una posibilidad de
mantener esta postura y relacionarse así con el paciente siendo muy
deseable, resulta muy difícil de lograr, tanto en lo personal como
en lo institucional. Como en lo social ,las instituciones son
poderosas en su capacidad de transformación de las teorías o los
enfoques. Tienden a desconocer su meta última y fundamental,
reemplazándola por la protección de la Institución.
Sin
embargo, son indispensables a la vez, para vehiculizar la
rigurosidad o controlar la omnipotencia individual y grupal. Una
perspectiva como la psicoanalítica requiere, de acuerdo a lo que
creo, una manera de formalizar externamente a cada persona,
posibilitar el acotamiento a todo el contexto programático y técnico
que surge de una sola idea muy potente, la idea de inconsciente dinámico,
es decir, activo, motivante, radicalmente orientador.
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