Contacto ·  Portal Indepsi  Nº 14 -1994
REFLEXIONES SOBRE SALUD MENTAL

PSICOANÁLISIS Y PSICOTERAPIA  

Jaime Coloma Andrews 

DIRECTOR ICHPA

Pretendo reflexionar acerca de cuáles puedan ser las “motivaciones” para fundar instituciones que aspiran a profundizar en el campo de la psicoterapia. En esto de las motivaciones tradicionalmente ha existido gran interés por aclarar, precisar, profundizar, qué es una motivación. La perspectiva psicoanalítica incrusta una peculiaridad, dentro de esa inquietud. Empleo la palabra “incrusta” porque existe una cierta violencia, o la marca de una incomodidad, al menos, introducida a principios de siglo en el desarrollo de una psicología de la Conciencia. Hasta ahora, ésta no deja de imponerse bajo diversos ropajes, que consideran en apariencia, vigente al inconsciente, de tal modo de preservar incólume la psicología de la conciencia. El concepto de inconsciente es, muy radicalmente, un supuesto y un supuesto que, según mi criterio, molesta, principalmente, la autoimagen del individuo. Esto a diferencia de lo que se cita constantemente en Psicoanálisis, respecto a lo dicho por Freud.

Creo que sería necesario pensar más detenidamente cuál es la herida narcisista que trae Freud a la humanidad. Él señaló que la suya constituía la tercera. Las dos anteriores, como se sabe, las ubicó, primero en la ofensa que significó para el ser humano el descentramiento del planeta de su condición de punto de referencia espacial privilegiado en el Universo y, segundo, la Teoría de las Especies de Darwin. El inconsciente sería la tercera herida narcisista.

Indudablemente la especia humana es removida como totalidad ante afirmaciones de tal envergadura y esto genera resistencias que afectan de manera importante el destino de las ideas. Pero los conceptos  se popularizan. Hace ya varios años se comentó la capacidad fagocitaria del sistema que era capaz de transformar un enfoque revolucionario en una polera, reproduciendo cantidades innúmeras de imágenes del Che Guevara con un acomodado tinte de rebelión aceptable. Llevamos décadas ya, hablando del “inconsciente” como algo propio de un pensamiento culto, que transforma el término en una idea despotenciada de su condición extrema e intranquilizante.

Un académico argentino postula que la cuarta herida narcicística tendría su origen en las ideas de los postulados cuánticos y en la teoría de la relatividad. Personalmente, pienso que estas concepciones de la Física no hieran, ni molesten, al narcisismo humano. Requieren de un conocimiento especializado y de una reflexión de tal profundidad, que descuaja esencialmente la infraestructura que nos permite programarnos y desplazarnos cotidianamente. Es probable que deba transcurrir mucho tiempo antes que el hombre se ofenda o preocupe por la relatividad que rasga su calendario o su reloj. Mientras el Imaginario de que nos habla Lacán no se colapse, todos tenemos inquietudes más (o menos) importantes.

Es por esto que digo que el concepto de inconsciente irrita al individuo más que a la cultura. Pienso que la dificultad está precisamente allí en el individuo. Mientras no se le asuma en toda su significación y en el modo cómo se lo plantea, es decir, orientado básicamente toda conducta, el inconsciente  puede ser conversado con profunda sofisticación en una sobremesa o en una reunión académica. Puede haber aún dolor, perplejidad o retraimiento, ante lo inasible del propio devenir.

Se puede hablar de angustia, de vacío y de tantos otros conceptos más o menos acuciosos, que hacen del intercambio comunicacional algo interesante promoviendo imágenes balsámicas más en unos que en otros, de acuerdo al espíritu de los eventuales comensales, expositores o preguntadores de un público asistente a una posible conferencia. La camiseta del vacío o del inconsciente aparece ahora a través del discurso, de la postura vital, de la voz misma. Sin embargo, el inconsciente no es tomado tan reverencialmente cuando se da la situación psicoterepéutica. Se le olvida, se le escamotea a través de aludirlo, eludiéndolo cuando hay que reconocer la propia falencia de la conciencia personal o de la inteligencia

Está visto que esta reflexión va a ser copada por el deseo del entrevistado de explicarse en torno a “la” motivación, y se reducirá obligadamente a una sola pregunta y una sola respuesta. Por mucho que Palinuro crea que es un piloto experimentado para conducir la nave de Eneas, siempre olvida que las ninfas eleácticas tienen el poder mágico de inducir el sueño a los que se creen expertos en el devenir de las olas y de las corrientes marinas y submarinas. Solicito aislar esta variable para someter a esta reflexión.

Venía diciendo que el inconsciente no es tomado tan reverencialmente en la situación terapéutica, es decir, cuando el otro, el terapeuta le habla a uno de los cuales son hipotéticamente sus propias motivaciones. En todo caso, no son las que el paciente cree. Esto es violento. Enrabia. Hiere narcisísticamente. Genera distintas respuestas. Tampoco son las que el terapeuta cree. Ser terapeuta de orientación psicoanalítica implica aceptar la “pacientalidad” dentro de sí mismo para comprender a su propio paciente. Aunque esto sea muy difícil de asumir, lo entiendo como fundamento de la postura psicoanalítica.

Creo que la manera más socorrida de resolverlo es convertirse en acólito del sacerdote, cuando no se lo rechaza de plano, a veces, sin haber entendido cuál es la apuesta. Se toman todas las interpretaciones y se transforma en verdaderas reglas de ocurrencia, a las cuales se alude con dignidad de iniciado, menospreciado a aquellos que no son capaces de reconocer eventos personales tan poco “endosables”, como oí una vez decir a un admirador incondicional del grupo Arica.

Digamos que la manera de no tomar el desafío que representa el supuesto de un inconsciente dinámico, es convertir una teoría, emergida de la incertidumbre sobre la realidad, como una religión revelada que incorporándola como fe anula la incertidumbre. Esto, como lo señalaba previamente, compromete muchas veces a ambos integrantes de la pareja terapéutica, terapeuta y paciente. Surgen verdaderos decá- logos éticos respecto a lo que es y no es psicoanalítico y acusaciones más veladas que explícitas, más de pasillo que de conferencias respecto a las transgresiones que se cometen o no se cometen en torno a este decálogo.

Esta situación me ha parecido atractiva como motivación para fundar un Instituto que forme psicoterapeutas, dentro de esta perspectiva teórica. Implica un desafío, pero a la vez, responder a la vida como algo muy complejo, a la vez que a la vocación, como un testimonio de interdependencia humana. Así puedo distinguir entre “mi” motivación y “la” motivación para crear un Instituto como el ICHPA (Instituto Chileno de Psicoterapia Analítica”. “Mi” motivación pertenece a las series complementarias etiológicas de mi modo de ser. Es muy atractivo sugerir motivaciones que dejen entre líneas rasgos interesantes de un concepto de sí mismo. Tan atractivo como hacer lo que estoy haciendo en este momento, dejando entrever la capacidad de autocrítica, el rechazo de la autoinflación, una cierta modestia en el horizonte del propio self.

Prefiero por razones logradas a través de mucho tiempo y que pueden dislocarse posteriormente, una postura de incertidumbre, una postura que permita configurar una teoría. Formulaciones contrastables de alguna manera, posibilidades para orientar la acción terapéutica. Una postura como la de Wilfred Bion a quien cuesta entender en toda su profundidad, pero que, sin duda, vale la pena hacerle empeño

Si pudiera describir algo de mis motivaciones personales, creo ellas tienen que ver como alguna preocupación importante que, en cierto momento de mi formación como estudiante de psicología, nació respecto a lo que se llama “pacientes”. Pienso que los pacientes corren el riesgo de ser muy olvidados dentro de los propósitos de ayudarlos y para esto conocerlos, diagnosticarlos y tratarlos.

Recuerdo que las corrientes teóricas de mi época me desaniman, o miraban al paciente desde una trascedentalidad muy filosófica y substancialista, o lo comprimían en rigurosísimos diagnósticos psicopatológicos de orientaciones preferentemente europeas. También lo diluían en entrenamientos de conductas que me recordaba a los perritos que muestran en los circos.

El acercamiento a lo psicoanalítico se produjo porque me atrajo su piso fundamental, tal como yo lo entendí: la incapacidad de afirmar rotundamente el diagnóstico, es decir, de dejarlo abierto, en el momento que se formula. El entrenamiento exigente para ejercer la técnica psicoterapeuta de tratarse personalmente en sus propios conflictos, rasgos o síntomas, el acercamiento entre psicoterapeuta y paciente, que se deducía de esta última exigencia, la asimetría entre ambos, sustentada en un contrato de trabajo y no en la bondad del terapeuta o en la superioridad del “sano” frente al “enfermo”, etc. Por alguna razón me interesaba y “cría” más en esto que en lo otro.

La práctica, los años, me han convencido que alcanzar una posibilidad de mantener esta postura y relacionarse así con el paciente siendo muy deseable, resulta muy difícil de lograr, tanto en lo personal como en lo institucional. Como en lo social ,las instituciones son poderosas en su capacidad de transformación de las teorías o los enfoques. Tienden a desconocer su meta última y fundamental, reemplazándola por la protección de la Institución.

Sin embargo, son indispensables a la vez, para vehiculizar la rigurosidad o controlar la omnipotencia individual y grupal. Una perspectiva como la psicoanalítica requiere, de acuerdo a lo que creo, una manera de formalizar externamente a cada persona, posibilitar el acotamiento a todo el contexto programático y técnico que surge de una sola idea muy potente, la idea de inconsciente dinámico, es decir, activo, motivante, radicalmente orientador.

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