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La Psicología en América Latina
La juventud de la Psicología y de la profesión
psicológica en Latinoamérica pareciera ser algo no siempre
conocido, y menos reconocido. Sin embargo, a pesar de ello, una
somera revisión histórica -desde la fundación del Hospital de San
Hipólito, el primer hospital para pacientes mentales en México
(1566) hasta nuestro tiempo contemporáneo- nos enfrenta al
reconocimiento de los innumerables esfuerzos y aportes realizados
desde entonces a la fecha, por desarrollar y promover el avance de
la psicología en estas latitudes.
Estos esfuerzos -doblemente meritorios si, por un
lado, consideramos la escasa importancia que a la ciencia se le ha
otorgado como valor cultural en nuestro continente, y por otro,
constatamos el avanzado estado de desarrollo en que la psicología
se encuentra tanto como ciencia y como profesión en nuestro
continente-, resultan ser el reflejo de la lucidez y pasión de
quienes, vislumbraron
en los albores de la existencia de esta nueva ciencia: la Psicología,
una fuente de conocimiento apasionante y promisoria.
De este modo entre 1880 y 1950, los primeros pioneros
de la Psicología en Latinoamérica, desconocidos para Dichos: W.
Radecki, J. Ingenieros, E. Mouchet, E. Chávez, B. Szekely y W.
Blumenfcld, por citar algunos, aportaron con sus individuales
esfuerzos: fundando laboratorios de psicología experimenta, creando
institutos de psicología, editando artículos y publicaciones y
reuniendo en torno de ellos a discípulos y seguidores.
De tal modo, que no resulta sorprendente que como
parte de un proceso natural de evolución, estos pioneros dieron
cuerpo a organizaciones y asociaciones del área que continuando
este proceso, posibilitaron que alrededor de la década de
‘50, en gran parte de nuestro continente, se profesionalizara la
psicología.
De estos tiempos, uno de los papeles de mayor
importancia en el desarrollo de la psicología latinoamericana,
creemos, le corresponde a la Sociedad Interamericana de Psicología,
SIP.
Esta entidad estructurada en torno a reunir a psicólogos
de América Latina y Angloamérica, durante marcho tiempo se ha
destacado por promover el intercambio de profesionales, integrando
en definitiva a psicólogos de distintas regiones del continente.
De estas labores una de las más importantes, sin
duda alguna, ha consistido en la organización de los distintos
congresos interamericanos de psicología, desde el primero llevado a
cabo en diciembre de 1953 en Santo Domingo, República Dominicana,
hasta el último de ellos, ocurrido recientemente en julio del
presente año, en Santiago de chile. Este evento, el XXIV Congreso
Interamericano de Psicología, se nos ha hecho presente acompañado
de un significativo esfuerzo tras la búsqueda de integración y
intercambio profesional continental, lo que si bien aún no nos
permite hablar de una psicología latinoamericana, si nos acerca de
modo significativo hacia la consolidación de una psicología común
para nuestro continente. Así, este evento cuyos preparativos,
portando una alta calidad en los trabajos presentados y permitiendo
concluir lazos y vínculos, a la vez de comparar y complementar
experiencias entre estudiantes y profesionales de la psicología en
una multitudinaria e impresionante comunidad de pares.
Es por esto que cabe que cabe preguntarnos si
iniciativas como esta -que parecieran innegable que, se encuentran
proyectado a articularnos en un quehacer con raíces comunes, a amar
idiosincrasias culturales y sociales, y a homogeneizar tendencias
similares en cuanto a la aproximación, metodología y temáticas de
desarrollo de lo psicológico en distintos países de América
Latina- se encuentran debidamente reconocidas en nuestro medio, así
como las organizaciones que las respaldan y lo actores que las
ejecutan.
Tal vez, si una reflexión al respecto nos llame la
atención a los implícitos de este evento, y a lo no observable de
mismo, y nos sensibilice con miras a otorgarle el lugar que le
corresponde a la Sociedad Interamericana de Psicología como entidad
determinante y crucial, a la hora de intentar delimitar nuestra
identidad y meta cultural.
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