Contacto ·  Portal Indepsi  Nº 11 -1993
REFLEXIONES SOBRE SALUD MENTAL

Antonio Elizalde Hevia, Licenciado en Sociología U.C.

Para alguien no especialista en el ámbito de la salud mental, pero sí una persona interesada en el tema, resulta un provocativo desafío intelectual abordarlo en una revista dirigida a especialistas en él.

Entendiendo la salud como un estado de plena armonía entre los distintos planos de la existencia humana (fisiológico, psicológico, social y espiritual) mediados por el contexto histórico -la concretitud de lo espacio-temporal- tanto individual como colectivo que determina los estándares de armonía posibles y deseables, es posible fácilmente constatar cómo algunas de las formas más conspicuas en nuestra existencia, en las sociedades modernas, son productoras de pérdida de salud.  Ello en cuanto bloquean los ritmos naturales de la existencia, al producir como estados permanentes situaciones extremas que todo organismo es capaz de enfrentar, siempre y cuando éstas tengan un carácter episódico.

El natural estresamiento que forma parte junto con la relajación de los procesos naturales que operan como reacciones de nuestro cuerpo y mente frente a estímulos externos, se transforma en un estado permanente debido a que vivimos en un medio o contexto que impide el paso hacia situaciones de relajación, haciendo de este modo que lo natural se transforme en antinatural y, así, en enfermedad.

Un buen ejemplo de ello es lo que nos pasa con el tiempo.  Vivimos en un mundo donde el ritmo de la vida se ha ido acelerando cada vez más, lo que al igual que el gigantismo nos conduce a una situación catastrófica.  Si bien hemos comenzado a damos cuenta que el crecimiento más allá de cierto límite se transforma en negativo y generador de problemas cada vez mayores retroalimentados por las propias soluciones a ellos, no hemos tomado conciencia aún de que también existe un umbral para la aceleración del tiempo histórico, de nuestro tiempo subjetivo y de nuestros tiempos compartidos.  Vivimos en una especie de euforia permanente, producto de la continua transformación, y ello nos hace perder de vista que la naturaleza también nos pone útiles respecto a la cantidad de cambios que podemos soportar por unidad de tiempo físico.

Se está produciendo una mutación absolutamente radical en el mundo exterior y también en nuestros mundos internos.  En primer lugar porque se ha modificado notablemente el tamaño relativo del primero. Las distancias se han reducido gracias a las velocidades con que hoy podemos comunicarnos y transportamos, lo cual ha ampliado notablemente los espacios en que podemos desenvolvemos.

Asimismo, al acelerarse los procesos históricos el tiempo se ha transformado, los flujos circulan muchísimo más rápido (dinero, información, bienes, decisiones); ello nos hace vivir una mayor cantidad de acontecimientos en la misma cantidad de tiempo real.  La cantidad de estímulos que recibimos por unidad de tiempo es mucho mayor que en el pasado.  El conocimiento disponible ha crecido hasta llegar a niveles de virtual desborde respecto del orden de magnitud manejado en el pasado, debido al notable desarrollo científico y tecnológico' especialmente en el ámbito de las comunicaciones.  Ello nos pone frente a la exigencia ineludible de desarrollar formas de filtraje y/o de síntesis que nos permitan manejar enormes masas de información y hacerlas relevantes para nuestras existencias, so pena de un desplome de nuestro mundo interior por su incapacidad para la comprensión cabal de la realidad.

El cambio en nuestras coordenadas especiales y temporales nos provoca diversos problemas, entre otros:

a) Desubicación en el espacio y en las escalas de magnitud de los problemas;

b) Desfase en el tiempo e incapacidad para adaptarnos a la velocidad de los cambios;

c) Desvaloración de las relaciones con otros seres humanos;

d) Desborde de nuestras formas de pensamiento.

Estos enormes cambios nos van generando una sensación de desarraigo, de pérdida de referentes, de des-identificación.  Las identidades mayores en las cuales buscamos fundamos se toman equívocas, huidizas, inciertas; comienzan a diluirse las certezas en las cuales buscamos anclar nuestra necesidad de protección y de seguridad.  Nuestras fuentes de aseguramiento se han vuelto poco confiables y ello refuerza nuestro miedo a los cambios.  Es un mundo que percibimos en crisis, porque sentimos que se ha venido o se está viniendo abajo, donde nos hemos quedado sin las convicciones que sustentaron las generaciones anteriores, y por tanto no sabemos qué hacer porque no sabemos qué pensar sobre el mundo; ello superlativiza la crisis y la transforma en catástrofe.

Esa enorme aceleración del tiempo histórico que nos lleva a vivir en permanente metamorfosis, nos exige también un cambio del lugar donde enraizamos nuestras búsquedas y respuestas.  Si bien en una sociedad que cambiaba lentamente ese lugar pudo ser la experiencia acumulada por generaciones anteriores y transmitida a las generaciones posteriores, ya no nos sirve, porque todo se toma inédito.  No nos son útiles la imitación ni la analogía.  Deberemos aprender a vivir dependiendo cada vez más de nuestra inventiva y creatividad.  Enfrentamos el desafío de realizar un profundo cambio cualitativo en nuestras formas de encarar la vida y la existencia individual y colectiva.  Deberemos realizar el pasaje desde un aprender de la vida a partir de las experiencias propias o ajenas a un aprendizaje centrado en la creatividad y la imaginación.

Es importante contrastar el carácter eminentemente social de la experiencia con el carácter fundamentalmente personal e individual de la imaginación.  La experiencia es algo asumido principalmente por medio de la socialización, aquello de lo cual los colectivos humanos se hacen responsables mediante su control social, en razón de ser algo en parte exógeno a cada cual.  La imaginación, sin embargo, es algo de lo cual cada uno es responsable, algo propio y endógeno, que no se transfiere ni se cede.  Pero es algo posible de estimular o posibilitar su eclosión.  El despliegue de una virtualidad que está agazapada a la espera de condiciones favorables para brotar y que requiere la generación de ambientes y espacios propicios.

De allí que creo necesario preguntarse, ¿cuál es la mejor forma de hacer frente a lo anterior por parte de quienes están comprometidos con la salud mental, tanto individual como colectiva?  Pienso que a partir de las concepciones que tenemos sólo hay dos opciones: una, que podríamos calificarla como endogénica, consiste en proveer a las personas de mejores mecanismos de adaptación, elevando sus umbrales de tolerancia frente al estresamiento y fortaleciendo los procesos antiestresantes naturales de los seres humanos; la segunda, que podemos llamar exogénica, es incrementar la dotación de recursos disponibles para desarrollar acciones de salud mental, preventivas o curativas (aumentando la cantidad de profesionales, terapias, fármacos, etc.). Sin embargo, ¿cómo evitar que la adaptación implique pérdida la creatividad, de la especificidad de cada individuo, de su forma única de ser en el mundo?

Creo que nuestras conductas por ser adaptativa pueden no ser lo suficientemente creativas para resolver y superar el problema reseñado.  Considero necesario buscar más allá, trascendiendo estrechos marcos conceptuales que nos impiden encontrar soluciones verdaderas. ¿Qué hacer entonces?

ANTONIO ELIZALDE HEVIA

Licenciado en Sociología U.C.

Actualmente Vicerrector Académico de la Universidad Bolivariana.  Es también Director Adjunto del Centro de Alternativas de Desarrollo (CEPA UR) y Director Asociado del Taller de Educación y Capacitación Ambiental (TECA).  Fue docente en las Universidad de Chile y Católica (hasta 1973) y en la Universidad Diego Portales.  En el presente es docente en varios programas de postgrado en universidades latinoamericanas y españolas.  Trabajó en organismos gubernamentales e internacionales en aspectos de planificación social y regional Desde hace casi dos décadas está vinculado al mundo de las organizaciones no gubernamentales.

Coautor de "Desarrollo a Escala Humana " con Manfred Max-Neefy Martín Hopenhayn, y de "Sociedad Civil y Cultura Democrática ". Con Manfred Max-Neef han sido creadores de una Teoría de las Necesidades Humanas Fundamentales y de un método de autodiagnóstico participativo.  Es autor de numerosas publicaciones tanto en revistas nacionales como extranjeras sobre temas de desarrollo, ética, ecología y epistemología.

 Volver al correo Nº 11            

Instituto de Desarrollo Psicológico Indepsi Ltda.
Avda. Los Leones 1701, Providencia, Santiago, Chile.    Fonos (56-2) 2047080     (56-2) 223-4970.