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Antonio
Elizalde Hevia, Licenciado
en Sociología U.C.
Para
alguien no especialista en el ámbito de la salud mental, pero sí
una persona interesada en el tema, resulta un provocativo desafío
intelectual abordarlo en una revista dirigida a especialistas en él.
Entendiendo
la salud como un estado de plena armonía entre los distintos planos
de la existencia humana (fisiológico, psicológico, social y
espiritual) mediados por el contexto histórico -la concretitud de
lo espacio-temporal- tanto individual como colectivo que determina
los estándares de armonía posibles y deseables, es posible fácilmente
constatar cómo algunas de las formas más conspicuas en nuestra
existencia, en las sociedades modernas, son productoras de pérdida
de salud. Ello en
cuanto bloquean los ritmos naturales de la existencia, al producir
como estados permanentes situaciones extremas que todo organismo es
capaz de enfrentar, siempre y cuando éstas tengan un carácter episódico.
El
natural estresamiento que forma parte junto con la relajación de
los procesos naturales que operan como reacciones de nuestro cuerpo
y mente frente a estímulos externos, se transforma en un estado
permanente debido a que vivimos en un medio o contexto que impide el
paso hacia situaciones de relajación, haciendo de este modo que lo
natural se transforme en antinatural y, así, en enfermedad.
Un
buen ejemplo de ello es lo que nos pasa con el tiempo.
Vivimos en un mundo donde el ritmo de la vida se ha ido
acelerando cada vez más, lo que al igual que el gigantismo nos
conduce a una situación catastrófica.
Si bien hemos comenzado a damos cuenta que el crecimiento más
allá de cierto límite se transforma en negativo y generador de
problemas cada vez mayores retroalimentados por las propias
soluciones a ellos, no hemos tomado conciencia aún de que también
existe un umbral para la aceleración del tiempo histórico, de
nuestro tiempo subjetivo y de nuestros tiempos compartidos.
Vivimos en una especie de euforia permanente, producto de la
continua transformación, y ello nos hace perder de vista que la
naturaleza también nos pone útiles respecto a la cantidad de
cambios que podemos soportar por unidad de tiempo físico.
Se
está produciendo una mutación absolutamente radical en el mundo
exterior y también en nuestros mundos internos. En primer lugar porque se ha modificado notablemente el tamaño
relativo del primero. Las distancias se han reducido gracias a las
velocidades con que hoy podemos comunicarnos y transportamos, lo
cual ha ampliado notablemente los espacios en que podemos
desenvolvemos.
Asimismo,
al acelerarse los procesos históricos el tiempo se ha transformado,
los flujos circulan muchísimo más rápido (dinero, información,
bienes, decisiones); ello nos hace vivir una mayor cantidad de
acontecimientos en la misma cantidad de tiempo real.
La cantidad de estímulos que recibimos por unidad de tiempo
es mucho mayor que en el pasado.
El conocimiento disponible ha crecido hasta llegar a niveles
de virtual desborde respecto del orden de magnitud manejado en el
pasado, debido al notable desarrollo científico y tecnológico'
especialmente en el ámbito de las comunicaciones.
Ello nos pone frente a la exigencia ineludible de desarrollar
formas de filtraje y/o de síntesis que nos permitan manejar enormes
masas de información y hacerlas relevantes para nuestras
existencias, so pena de un desplome de nuestro mundo interior por su
incapacidad para la comprensión cabal de la realidad.
El
cambio en nuestras coordenadas especiales y temporales nos provoca
diversos problemas, entre otros:
a) Desubicación en el espacio y en las escalas de magnitud de los
problemas;
b) Desfase en el tiempo e incapacidad para adaptarnos a la velocidad de
los cambios;
c)
Desvaloración de las relaciones con otros seres humanos;
d) Desborde de nuestras formas de pensamiento.
Estos
enormes cambios nos van generando una sensación de desarraigo, de pérdida
de referentes, de des-identificación. Las identidades mayores en las cuales buscamos fundamos se
toman equívocas, huidizas, inciertas; comienzan a diluirse las
certezas en las cuales buscamos anclar nuestra necesidad de protección
y de seguridad. Nuestras
fuentes de aseguramiento se han vuelto poco confiables y ello
refuerza nuestro miedo a los cambios.
Es un mundo que percibimos en crisis, porque sentimos que se
ha venido o se está viniendo abajo, donde nos hemos quedado sin las
convicciones que sustentaron las generaciones anteriores, y por
tanto no sabemos qué hacer porque no sabemos qué pensar sobre el
mundo; ello superlativiza la crisis y la transforma en catástrofe.
Esa enorme aceleración del tiempo histórico
que nos lleva a vivir en permanente metamorfosis, nos exige también
un cambio del lugar donde enraizamos nuestras búsquedas y
respuestas. Si bien en
una sociedad que cambiaba lentamente ese lugar pudo ser la
experiencia acumulada por generaciones anteriores y transmitida a
las generaciones posteriores, ya no nos sirve, porque todo se toma
inédito. No nos son útiles
la imitación ni la analogía.
Deberemos aprender a vivir dependiendo cada vez más de
nuestra inventiva y creatividad.
Enfrentamos el desafío de realizar un profundo cambio
cualitativo en nuestras formas de encarar la vida y la existencia
individual y colectiva. Deberemos
realizar el pasaje desde un aprender de la vida a partir de las
experiencias propias o ajenas a un aprendizaje centrado en la
creatividad y la imaginación.
Es
importante contrastar el carácter eminentemente social de la
experiencia con el carácter fundamentalmente personal e individual
de la imaginación. La
experiencia es algo asumido principalmente por medio de la
socialización, aquello de lo cual los colectivos humanos se hacen
responsables mediante su control social, en razón de ser algo en
parte exógeno a cada cual. La
imaginación, sin embargo, es algo de lo cual cada uno es
responsable, algo propio y endógeno, que no se transfiere ni se
cede. Pero es algo
posible de estimular o posibilitar su eclosión.
El despliegue de una virtualidad que está agazapada a la
espera de condiciones favorables para brotar y que requiere la
generación de ambientes y espacios propicios.
De
allí que creo necesario preguntarse, ¿cuál es la mejor forma de
hacer frente a lo anterior por parte de quienes están comprometidos
con la salud mental, tanto individual como colectiva?
Pienso que a partir de las concepciones que tenemos sólo hay
dos opciones: una, que podríamos calificarla como endogénica,
consiste en proveer a las personas de mejores mecanismos de adaptación,
elevando sus umbrales de tolerancia frente al estresamiento y
fortaleciendo los procesos antiestresantes naturales de los seres
humanos; la segunda, que podemos llamar exogénica, es incrementar
la dotación de recursos disponibles para desarrollar acciones de
salud mental, preventivas o curativas (aumentando la cantidad de
profesionales, terapias, fármacos, etc.). Sin embargo, ¿cómo
evitar que la adaptación implique pérdida la creatividad, de la
especificidad de cada individuo, de su forma única de ser en el
mundo?
Creo
que nuestras conductas por ser adaptativa pueden no ser lo
suficientemente creativas para resolver y superar el problema reseñado.
Considero necesario buscar más allá, trascendiendo
estrechos marcos conceptuales que nos impiden encontrar soluciones
verdaderas. ¿Qué hacer entonces?
ANTONIO
ELIZALDE HEVIA
Licenciado
en Sociología U.C.
Actualmente
Vicerrector Académico de la Universidad Bolivariana.
Es también Director Adjunto del Centro de Alternativas de
Desarrollo (CEPA UR) y Director Asociado del Taller de Educación y
Capacitación Ambiental (TECA).
Fue docente en las Universidad de Chile y Católica (hasta
1973) y en la Universidad Diego Portales.
En el presente es docente en varios programas de postgrado en
universidades latinoamericanas y españolas.
Trabajó en organismos gubernamentales e internacionales en
aspectos de planificación social y regional Desde hace casi dos décadas
está vinculado al mundo de las organizaciones no gubernamentales.
Coautor
de "Desarrollo a Escala Humana " con Manfred Max-Neefy
Martín Hopenhayn, y de "Sociedad Civil y Cultura Democrática
". Con Manfred Max-Neef han sido creadores de una Teoría de
las Necesidades Humanas Fundamentales y de un método de autodiagnóstico
participativo. Es autor
de numerosas publicaciones tanto en revistas nacionales como
extranjeras sobre temas de desarrollo, ética, ecología y
epistemología.
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