|
EL
PSICODIAGNÓSTICO DE FUNCIONES INTELECTUALES
Carmen
Gloria Michelli Ibáñez, Psicólogo
Clínico
La
medición y evaluación de funciones intelectuales presenta
objetivos distintos si se realiza en niños o en adultos.
En los niños importa básicamente evaluar el nivel de
desarrollo que han alcanzado las distintas funciones cognitivas
(procesos perceptivos, atencionales, de memoria y pensamiento, además
de las funciones instrumentales psicolingüísticas y
psicomotrices), en un momento dado, con el fin de precisar cuáles
de estas funciones podrían requerir la implementación de
estrategias de estimulación preferencial que optimicen su ritmo de
desarrollo y favorezcan el potencial de aprendizaje del niño.
En el caso de los adultos puede haber por lo menos dos
grandes formas de requerimiento para una evaluación de este tipo:
en el área clínica psicopatológica se requiere habitualmente
precisar posibles pérdidas de capacidades cognitivas y en las áreas
educacional y laboral se requiere indagar sobre ciertas aptitudes
intelectuales en función de la orientación vocacional o la selección
de personal.
Las
escalas de Weschler son las pruebas más frecuentemente utilizadas,
con normas adecuadas a nuestro país y que abarcan un amplio rango
etario. Ellas aportan
resultados respecto a una amplia serie de funciones cognitivas a
partir de las cuales se pueden obtener descripciones del nivel de
funcionamiento comparativo obtenido por el sujeto en relación a
otros sujetos de su misma edad cronológica.
Luego, a partir de la dispersión obtenida en relación a las
distintas funciones medidas por la prueba, a la historia clínica y
al motivo que originó la evaluación, es posible formular también
hipótesis diagnosticas y definir las pruebas complementarias d e
evaluación que se requieren para descartar o confirmar estas hipótesis. En esta fase del proceso de evaluación adquiere especial
relevancia la utilización de pruebas que evalúan funciones
cognitivas e instrumentales con mayor grado de especificación,
enfatizando la necesidad de abordar el psicodiagnóstico de
funciones intelectuales a través de una batería de pruebas que
permita la contrastación de las hipótesis generadas y la integración
de datos que, aisladamente, pudieran ser sobre o subvalorados en
relación al funcionamiento global del sujeto.
Estas
baterías de pruebas pueden incluir instrumentos diseñados en
distintos enfoques como, por ejemplo, los llamados test de factor
"G", derivados de la corriente factorialista, de base no
verbal, que evalúa capacidades de pensamiento categorial y
deductivo, como las Matrices Progresivas de Raven, el Dominó de
Anstey o las Escalas de Madurez Mental de Columbia. 0 bien, incluir
también las pruebas de base piagetana, que permiten describir el
nivel de desarrollo del pensamiento alcanzado en niños y
adolescentes, según las etapas descritas por este modelo.
En
el área psicolingüística es posible incluir para la evaluación
de aspectos semánticos y funciones asociadas al aprendizaje
escolar, las pruebas TEVI y BEVTA, construidas y estandarizadas en
Chile. En el área visoconstructiva las pruebas de Bender y Benton,
entre otras, pueden aportar datos más específicos respecto a las
funciones de organización y orientación espacial, motricidad y
memoria visual. Mayor
especificidad aún aporta la batería de pruebas de Luria Nebraska
en el estudio de probable lesión orgánica cerebral.
Lo
central, a nuestro juicio, es que la evaluación de funciones
cognitivas no sea reducida a la mera medición del nivel
intelectual, sino que se realicen los análisis correspondientes
tanto en la comparación con la norma esperada como en relación a
la dispersión de los rendimientos intrasujeto de las distintas
funciones evaluadas, informando de manera descriptiva acerca del
perfil de funcionamiento intelectual de cada sujeto, señalando
tanto aquellas capacidades que puedan aparecer deficitarias como las
que se encuentran en nivel satisfactorio.
Al respecto, conviene tener presente la crítica, siempre
vigente, de la limitación que implica el uso de pruebas no
estandarizadas en nuestro medio, que puede resultar un obstáculo
cada vez más infranqueable, en la medida que el psicólogo chileno
se aleja del área psicodiagnóstica y, por consiguiente, disminuyan
progresivamente los esfuerzos por realizar trabajos de investigación
en el área. En un
plano más amplio, nos parece que la evaluación de un sujeto que
consulta por dificultades en las cuales pueden estar comprometidas
algunas funciones intelectuales tiene una validez práctica en la
medida que cualquier estrategia de resolución del problema implica,
necesariamente, una definición descriptiva (al menos) de los déficit
que se requiere mejorar y de las otras funciones con las que opera
satisfactoriamente el sujeto. No
se trata, por tanto, de hacer una apología de las pruebas psicológicas,
sino de aprovecharlas como recurso complementario a otros métodos
de aproximación diagnostica, teniendo presentes sus alcances y
limitaciones específicos en relación a los objetivos con que se
utilizan, aportando con ello, especialmente al trabajo
interdisciplinario que frecuentemente realiza el psicólogo en
diversos campos.
Volver al correo Nº
11 |