|
Arístides
Giavelli Ituriaga, Doctor
en Psicología
No
deja de ser sorprendente la pervivencia que pueden tener las viejas
ideas en nuestra mentalidad, a pesar de la confusión evidente que
generan entre quienes se las comunican y el limitado alcance o
escasa utilidad que presentan cuando se trata de llevar algo de
ellas a la acción práctica. Quizás
uno de los claros ejemplos de esto sea lo que ocurre con lo que
conocemos como "salud mental", de la cual ni siquiera
podemos indicar alguna definición que efectivamente logre concitar
el consenso de la mayoría de aquellos que, de un modo u otro, se
ocupan de ella.
De
los diversos problemas implícitos en el concepto, quiero referirme
en esta oportunidad tan sólo a ciertos aspectos significativos de
lo que es posible advertir en el trasfondo de los varios sentidos en
que se lo entiende y, luego, como consecuencia del análisis, tratar
de llamar la atención sobre lo que suele ocurrir con los así
llamados "programas de salud mental comunitaria"
No
es extraño, en primer lugar, que debamos volver a menudo sobre la
pregunta: ¿Qué es la salud mental?
En un principio se trataba prácticamente de un eufemismo
para designar la enfermedad mental y, en cierta forma, a pesar de
todo lo recorrido en el ámbito de este quehacer, hay veces en que
todavía se percibe esta connotación.
Muy pronto, y quizás por la evidente contradicción que se
advertía, se llegó a indicar con estos términos la ausencia de la
enfermedad mental. Centremos
en este punto nuestra primera reflexión: ¿cuán útil puede ser
para el conocimiento, teórico o aplicado, el clasificar algo como
la ausencia de otra cosa? Ya
la categoría de "enfermedad mental" resulta vaga,
imprecisa y muy discutible en muchos casos.
Que a esto se agregue la idea de su "ausencia", nos
lleva a no poder distinguir entre la multiplicidad de formas de ser
de las personas que no padecen algún trastorno mental.
De
aquí deriva el hecho de que, progresivamente, se haya preferido
hablar de salud mental en términos positivos.
Resumiendo algunas de las perspectivas más frecuentes vemos
que se puede estimar a alguien mentalmente sano cuando: -Tiene tanto
una idea (conciencia) como un sentimiento adecuado (?) con respecto
de sí mismo, esto es, si posee un concepto claro y aceptado de su
identidad; -emplea y desarrolla en plenitud todo el potencial de sus
capacidades, físicas e intelectuales; -se trata de una personalidad
integrada (?), que expresa un conjunto armónico y equilibrado con
sus características o rasgos de personalidad; -mantiene un cierto
grado de autonomía o independencia relativa con respecto a las
presiones sociales y es capaz de asumir y tomar decisiones según
sus propias convicciones; -posee un sentido de realidad y manifiesta
una actitud confiada y segura de sí misma y de su actuación
social; puede amar, trabajar y divertirse, enfrentar diversas
situaciones y ser capaz de resolver conflictos.
Evitando,
por esta vez, concentrarnos en refutar muchas de las ideas
subyacentes en estas orientaciones, destaquemos únicamente la gran
ligazón que ellas presentan con un contexto social (valorizo y
cultural) determinado y, a la vez, paradojalmente, el acento extremo
que ponen en el individuo aislado de sus relaciones interpersonales,
sin considerar su origen ni la circunstancia en que vive.
Además, convengamos en que, si aceptamos -aunque sea
parcialmente- algo de lo dicho, esto nos obliga a replantear, en
profundidad, nuestro quehacer en "salud mental', en el ámbito
de los sectores desposeídos de nuestra sociedad.
De
este somero análisis saltemos ahora hacia los "programas de
salud mental comunitaria".
Una
primera cuestión tácita en muchos de ellos surge de la aceptación
de las profundas desigualdades que el sistema de salud ofrece para
los distintos grupos socioeconómicos.
Es en los sectores pobres donde se evidencia con toda su
crudeza las insuficiencias del modelo imperante, en el cual se
enfatiza el considerar al individuo como unidad de análisis y en
ese ámbito particular se entiende la enfermedad como una alteración
disfuncional de los parámetros normales.
Consecuentemente, dentro de ese paradigma, la práctica médica
deviene en tecnología aplicada, que tiende a incrementar el gasto
en equipamiento sofisticado, demandando cada vez mayores recursos e
incluso no utilizando racionalmente los pocos que existen.
Es claro cuál será el sector de la población que quedará
al margen de una buena atención dentro de ese concepto de
desarrollo. Así,
cuando el modelo falla, sencillamente porque no puede atender en
igual forma a todas las personas, entonces se advierte la
importancia de la educación para la salud, por ejemplo, o de la
prevención o la promoción de la salud; en fin, se vuelve a
distinguir los contextos ambientales y los comportamentales; el
binomio "salud-enfermedad" vuelve a considerarse en el
marco real y concreto de su significación social.
De
allí surge la necesidad de que ese sistema sanitario, pasivo en la
práctica, caracterizado por la espera" y en el que se
interviene sólo a nivel, curativo, deba cambiar hacia un modelo
activo de intervención; se pretende salir fuera de los consultorios
y trabajar "con" la comunidad, para fomentar estilos de
vida sanos, utilizando todos los recursos comunitarios e
individuales disponibles. Todo
suena ahora muy bien, pero convengamos en que a esto se llega más
por el acomodo a una condición básica de desigualdad que por un
convencimiento en cuanto al cambio de paradigma.
De hecho, el modelo dominante continúa sin variación y los
programas indicados resultan una actividad que se agrega a la
medicina para los pobres.
Pero
esto no es todo. La
puesta en marcha de estos programas demuestra, a poco andar, cómo
perdura y prevalece en ellos el andamiaje conceptual anterior, el
cual deviene de la mirada médica más estrecha que, se supone,
debiera mortificarse sustancialmente.
Diversos problemas humanos, de variada índole, pueden ser
tratados bajo la óptica de la "enfermedad" y las
estrategias de intervención más comunes para atender múltiples
"problemas de salud mental" (donde se incluyen a veces:
alcoholismo, drogadicción, violencia intrafamiliar, desavenencias
conyugales, abuso sexual y otros por el estilo), son consecuentes
con esa perspectiva. Los puestos predominantes en los equipos
corresponden a la profesión médica o paramédica, favoreciendo,
además, con mucho, el enfoque "clínico" por sobre el
enfoque psicosocial, desviando la atención respecto del origen y
mantención social de muchos de estos fenómenos, y obviando la
necesidad de cambios ambientales para su solución.
Se insiste en el "diagnóstico" y se cae, a menudo,
en profundizar el estigma o el etiquetamiento, ignorando los efectos
perjudiciales que ello conlleva.
La acción tiende a centrarse en los casos individuales y en
el tratamiento de "síntomas", y se hace progresivamente
escasa o ninguna actividad en cuanto a educación, promoción o
verdaderos programas comunitarios.
Por
último, pocos se esfuerzan por lograr una efectiva participación
ciudadana, inhibida por lo demás, por el modelo global imperante.
No existiendo políticas decididas de incorporación de los
miembros de la comunidad, tanto en la planificación como en el
funcionamiento de los programas, la participación no deja de ser sólo
un loable propósito.
Lo
aquí expuesto representa, en mi opinión, una sucinta exposición
de las graves limitantes para el éxito de estos proyectos, y estos
obstáculos no parecen ser únicamente coyunturales o el resultado lógico
de la crisis del cambio de paradigma. Es posible que ello ocurra
justamente por la no superación del concepto mismo de “salud
mental”.
DR.
ARÍSTIDES GIAVELLI ITURRIAGA
Doctor
en Psicología.
Actual
Decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad
Central. Obtuvo su título de Psicólogo en la Universidad de Chile,
el año 1973. Realizó
sus estudios de doctorado en Alemania logrando el grado de Doctor
"Rerum Naturalium" en 1979, en la especialidad de
Neuropsicología. Ha
sido docente en carreras de pregrado -v en estudios de magistratura
en las universidades de Chile, de Santiago y Central. En esta última ha llevado las Cátedras de Psicología del
Desarrollo (1983-1986), Psicología Comunitaria (1985) y Fenomenología
del Mundo Social y Epistemología en la Psicología, en la
actualidad.
Ha
realizado consultorías para UNICEF en diversas épocas destaca su
participación en el II Seminario Latinoamericano sobre niños y jóvenes
de alto riesgo (Bogotá, Colombia, 1985), y recientemente la dirección
del estudio sobre "Diagnóstico y plan acción en el área de
menores en conflicto con la justicia" (1991). Participante de diversos programas de salud mental
comunitaria, cuenta con publicaciones revistas nacionales y
extranjeras además de presentaciones en congresos y mesas redondas,
tanto en esta especialidad como en las antes mencionadas
Volver al correo Nº
10 |