Psicosis y Transferencia
Rocío Gold.
Revista del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de
Lima
Año II, N 2 págs. 19-21. 1988
En
la psicosis falla la prueba de realidad. La persona no
logra distinguir los estímulos del mundo externo de
aquellos de su mundo interno. Confunde lo que percibe con
lo que se representa. Su mente está invadida por imagos,
esto es, de personajes prototípicos estáticos
que determinan las relaciones con el mundo. Las percepciones
no se registran ya que la mente está obnubilada por
imagos y fantasmas que no dejan lugar para salir hacia el
exterior. Esto no es otra cosa sino la prolongación
de un mundo fantástico. No existe nadie más
allá de él. En la realidad no hay otros, sino
sombras de sus imagos. La persona en este estado carece de
vínculos con los objetos. Está solo. En la
soledad con desolación de la psicosis.
Para
que existan vínculos y objetos, la persona debe
poder diferenciar lo percibido de lo que simplemente se representa.
La carga de los recuerdos e imágenes debe poderse
inhibir para dar paso a la percepción del mundo externo.
Debe quedar libre internamente. Solo internamente, para recibir
un nuevo estímulo, registrarlo y establecer vínculo
con él. Es la capacidad de estar solo de la salud.
Esta
inhibición de la intensidad del recuerdo o la
imagen la realiza el Yo. El Yo frágil del psicótico
de incapaz de llevarla a cabo y por tanto queda en desolación,
perseguido e invadido por el recuerdo e imágenes.
Imagos que no sólo se presentan de esta forma sino
en conductas y sentimientos. Al ser el Yo tan frágil,
las imágenes perviven, dominan y lo desbordan, dejándolo
en soledad del otro y del mundo.
En
la psicoterapia psicoanalíticamente orientada,
el instrumento primordial de trabajo de cura es la transferencia.
Por este fenómeno entendemos cómo la energía
libre del aparato psíquico del paciente, encuentra
un lugar y lo ocupa en el terapeuta. Revive así la
situación conflictiva pasada, real o imaginaria. Al
interpretar la transferencia, la energía vuelve a
catequizar su objeto correspondiente de un modo distinto
y con una intensidad diferente. Si tomamos en cuenta además,
que las respuestas transferencia les más intensas
surgen como resistencias justo cuando empieza a emerger material
más angustiante, entendemos cómo se repite
(en la transferencia) para no recordar, pero también,
cómo en esta repetición privilegiada se encuentra
finalmente la manera de recordar verbal izando, a través
del trabajo mismo de la interpretación.
Pienso
que en la psicosis este proceso es dable sólo
en un momento terapéutico. Cuando el paciente psicótico
llega recién a sesión, uno podría pensar
que está transfiriendo, ya que ciertamente la energía
libre “ocupa” al terapeuta quien es tomado como personaje
del discurso o asumido como otro personaje importante en
la historia del paciente. Podríamos pensar incluso
que el psicótico está actuando la transferencia
(para o recordar) con tal intensidad que se le ha llegado
a llamar “transferencia masiva”. Sin embargo, en la práctica,
al señalársele al paciente que nos está viendo,
tratando o percibiendo “como si” fuéramos otro objeto, él
no llega a recibir esta información y menos aún
a encontrarle un lugar internamente. Creo que lo que sucede
es que para la transferencia puede darse, el paciente debe
poder distinguir entre su persona y el mundo externo. La
transferencia es una relación de objeto y el psicótico
ha perdido sus representaciones de objeto. Lo que se da pueden
ser proyecciones mediante las que deposita sobre el terapeuta
partes rechazadas de sí mismo o de sus imagos; introyecciones
a través de las cuales incorpora al terapeuta en su
mundo fantasmático, ilusiones de su personalidad con
imágenes de objetos primarios vistos en el terapeuta.
Pero no distinto, sino una imago interna más. No por
estar presente el terapeuta se convierte en objeto. El terapeuta
no existe, el paciente no existe. Sólo está presente
el mundo interno.
Para
que el paciente perciba el mundo externo debe ser capaz
de inhibir la intensidad de sus imágenes. Solo así percibe
al terapeuta. Debe tener un Yo que le permita discriminar
entre su mundo interno y externo. Sólo percibiéndolo
podrá distinguirse él mismo y entonces recordará.
Creo que en estos casos el terapeuta debe reclamar su existencia,
ya que el paciente no puede buscarlo. Al hacerse “ver”, el
terapeuta se diferencia él mismo de la imago, queda
libre de la introyección y el paciente puede entonces
dirigir la energía hacia la imago, y buscar dentro
de sí el recuerdo. Este puede aparecer luego como
un recuerdo verbalizado o si no en una transferencia verbalizada
donde se reconoce al terapeuta y se le nombra para después
llamarlo “como si” fuera a otro.
Cuando
inicié el trabajo del grupo terapéutico
no lo hice en reemplazo de un terapeuta varón. El
grupo me recibió con frialdad. Les fue difícil
verbalizar su cólera y a pesar de interpretar repetidas
veces sus silencios o monosílabos como una rabia hacia
mí por ocupar en lugar del terapeuta anterior, recibí poco
eco. Aún así, interpreté transferencialmente
cada intervención de los pacientes: yo era la madre
que sentían incapaz de acogerlos, a la que agredían,
a la que hacían sentir como ellos sentían...
Sin embargo a cada intervención me sentía y
más sola, abandonada y rabiosa. A las pocas sesiones
empezaron a llegar tarde y/o a faltar. Mi sentimiento de
rabia iba en aumento. Interpretaba la cólera que ellos
podían sentir por el abandono y las respuestas eran “Sí quizá...
No... Sólo un poco de pena...”
En
una sesión en que media hora antes de terminar
se encontraban todos los pacientes, mi sensación de
inexistencia era patente. Cada uno estaba en su propio mundo
y yo no existía. Intervine en ese momento diciéndoles
algo así: “Quisiera decirles que me siento realmente
molesta. Estoy fastidiada de sentir que no existo. Vengo
cada día a las nueve en punto, espero, estoy y ustedes
me dejan sola. Para ustedes no existo y eso me hace sentir
tremendamente molesta. Pues mírenme, aquí estoy,
existo y ustedes son los que me hacen sentir molesta porque
ustedes también existen. “Para mi sorpresa la reacción
de los pacientes fue inmediata. Hablaron en ese momento de
su rabia por estar con una mujer de terapeuta, de su temor
a que no los comprendiera, a que fuera demasiado frágil
y también los dejara, de la vergüenza, la rabia
por el sólo hecho de que yo fuera mujer, entre otras
cosas. El clima cambió y durante los treinta minutos
siguientes existí. Siento que entonces fue la primera
vez que reclamé mi existencia y creo que ellos me “vieron”,
también por primera vez. Anteriormente no fui sino
una prolongación de sí mismo y de su no existencia.
Recuerdo
que esta intervención la hice con mucha
culpa pues pensaba que rompía un encuadre al poner
de manifiesto de tal modo mis sentimientos, al exponerme
a mí misma tan abierta y realmente. Sin embargo, noté un
efecto. Duró el tiempo que mantuve esa actitud. Por
inseguridad o temor, volví a lo que yo consideraba
lo ortodoxo y por tanto lo adecuado. Y el contacto lo perdí pronto.
A partir de entonces es que implementé este tipo de
intervención con diferentes matices y descubrí paulatinamente
que sólo en esos momentos entro en contacto con los
miembros del grupo y además, sólo entonces
entran también en contacto entre ellos.
En
otra sesión un paciente relataba con placer evidente “sus
fechorías”, otro miembro del grupo “competía” con él
contando sus borracheras y “pasteleadas”, mientras otro,
molesto, afirmaba que los demás eran malas personas
que hacían sufrir a sus padres y él en cambio
era bueno y responsable. Un por uno intervenía dirigiéndose
a mí. Era evidente que cada uno de ellos me veía
en ese momento como a su propia madre y como a ella me trataban.
Intervine señalando a uno por uno y luego en grupo
cómo me veían “como sí” fuera su madre
esperando que yo respondiera como tal. Los relatos continuaron
y la actitud hacia mí no sólo siguió invariable
sino un tanto intensificada. Intervengo entonces diciéndole
al primer paciente: “Hey; yo no soy tu mamá, Mírame” y
al grupo: “Mírenme, soy Rocío, yo no soy la
mamá de ustedes. Soy Rocío, una mujer, más
joven y estoy con ustedes escuchándolos.” Después
de un corto silencio, el primer paciente recuerda que cuando él
era chico su madre no le hacía caso durante horas
y él, sufriendo de polio, sólo podía
esperar hasta que ella se desocupara para atenderlo. Pudimos
ver entonces cómo me quería hacer sentir igual
a mí, a la vez que castigarme “como sí” fuera
su madre. También el segundo paciente pudo recordar
escenas con su propia madre. Sólo cuando yo reclamé mi
existencia, me presenté como objeto real, diferenciándome
de la imago que me ocupaba en ese momento, pudo darse el
recuerdo, ya que al distinguirme, el paciente podía
existir como ser distinto con sus imagos en su interior.
Entonces sí fue efectiva la interpretación
de transferencia.
En
el otro grupo de pacientes la dinámica ha sido
distinta. Puede implementar este tipo de intervención
desde el inicio, gradualmente, y creo que con un mejor manejo
contratransferencial, es decir menos impulsiva e intuitivamente.
Durante muchas sesiones intervine con frases como: “Yo no
soy tu hermana y yo no me voy a portar contigo como ella”,
cuéntame, no puedo adivinar lo que está en
tu cabeza porque yo no estoy allá adentro.” o “Yo
no me voy a morir por que tú no me cuentas que tienes
ganas de pegarle. Yo no soy ella”. Siento que en este grupo
el tránsito hacia lo transferencial fue gradual, pero
llegó. Durante las primeras sesiones los pacientes
relataron sus crisis, compartieron entre ellos sus dudas,
contaron experiencias del pasado, pero a pesar de relatarlas
dirigiéndose a mí, la mayor parte de veces
no me nombraban, ni me incluían en su sentir. Yo misma
me fui incluyendo poco a poco, buscando un lugar propio.
Que me reconocieran primero como Rocío. La primera
vez que se hablo de mí por iniciativa del grupo fue
cuando éste se enteró de una situación
personal real por la que yo atravesaba. Imaginaron mis sentimientos.
Yo acepté que sentía y acepté agradecida
la preocupación del grupo. Luego los pacientes asociaron
con sus propios sentimientos y experiencias similares que
habían vivido. La segunda vez se inició, pienso,
la transferencia propiamente dicha. En esa oportunidad los
pacientes empiezan a hablar de lo difícil que les
es sentir, cómo sólo en crisis pueden ser y
por tanto sentirse vivos y disfrutar esa sensación.
Cómo en el grupo no sienten. Paulatinamente fueron
hablando de cuánto extrañaban los miembros
que ya que ya no asistían, pasando luego a verbalizar
sus sentimientos hacia mí. Finalmente pudieron ver
cómo dichos sentimientos se vinculaban estrechamente
con lo que había sentido o sentían ocultamente
hacia otras personas. Sólo al existir yo como objeto,
podían existir otras personas.
Debo
aclarar llegado a este punto, que el mantener esta situación es sumamente duro ya que el mundo fantasmático
los atrae, pues sienten peligro de un nuevo vínculo
donde se repita y recuerden sentimientos de intensidad amenazante.
Como
estos ejemplos puedo dar muchos que se agolpan en mi memoria.
Todos son momentos. Momentos en los cuales se da el contacto
en los que el paciente empieza a sentir porque se otorga
existencia al terapeuta pero porque éste reclama su existencia.
Entre la niebla que las imagos forman en la mente del paciente,
el terapeuta grita “Aquí estoy; ¡Llámame!” y
por unos instantes esa niebla se diluye para que la persona
salga al mundo y reciba al terapeuta como un objeto nuevo y
distinto. En ese momento el paciente discrimina y su Yo se
fortalece un poco. La siguiente vez, el terapeuta debe estar
listo para seguir llamándolo, porque el paciente ha
de tardar un tiempo largo antes de buscarlo como objeto real,
querrá fundirse, negarlo proyectar en él, pero
su parte más sana estará dispuesta siempre a
coger esa mano real que se le extiende entre los fantasmas
que lo pueblan en la desolación de la psicosis.
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