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Todo es hecho con humo y espejos o, de como
crear la ilusión de que la esquizofrenia es una
enfermedad cerebral
Lic. Mary Boyle Ph D.
University of East London
Traducido por: Ps. Pedro Díaz-Cartes
Universidad de Concepción. - Chile
Original: “It's
all done with smoke and mirrors. Or, how to create the
illusion of a schizophrenic brain disease” Publicado
en Clinical Psychology Issue 12. April 2002 pp.
9-16
Uno de los aspectos
más intrigantes en la literatura sobre la “esquizofrenia” es
la discrepancia que existe entre la fortaleza de la creencia
que la esquizofrenia es una “enfermedad del cerebro”, y la
disponibilidad de evidencia directa que la sostenga. Incluso,
aquellos que abrazan esta creencia admiten que no existen
datos directos que la demuestren (Chua & Mckenna, 1995;
Mcgrath & Emerson, 1999; American Psichiatric Association,
2000). Esto hace que surja la pregunta de ¿Por qué esta
creencia suena tan razonable y creíble?. O, visto
desde otro punto, ¿A través de qué métodos
se manipula el concepto de “esquizofrenia” para mostrarla
como una enfermedad del cerebro, de manera que la ausencia
de evidencia directa no es informada o es vista como poco
relevante?. Las preguntas anteriores no son menores si pensamos
que este supuesto tiene profundas implicancias para la investigación
y la intervención. Por ejemplo, en el estudio “El
paso siguiente para la investigación de la esquizofrenia” del
Instituto Nacional Estadounidense de Salud Mental podemos
encontrar que las “etapas futuras” en el avance científico
respecto a este tema se concentran, en el siguiente orden,
en la genética, neuroimagen, estudios post–mortem,
el desarrollo de la neurobiología y pruebas clínicas
(Hyman, 2000).
En línea
con el énfasis biológico, los medicamentos
son vistos como un tratamiento “natural” e inevitable, siendo
las intervenciones no físicas catalogadas como – usando
la propia descripción de Terrier et al. (2000) de
sus CBT – terapias “adjuntas” (“adjunto” es definido por
el diccionario Oxford de lengua inglesa como “algo subordinado
o incidental”). En este artículo discutiremos las
principales formas de estructurar la lógica del supuesto
y de mantener constante la confianza en él. Sin embargo
es imperioso notar que esto implica obviamente una fe previa
en la “esquizofrenia”. Y siendo esta presentada como una
enfermedad diagnosticable que causa comportamientos bizarros
y experiencias mentales. El panorama general esta determinada
por aquella hipótesis, a pesar de que su naturaleza
precisa es desconocida. Lo anterior en si mismo funciona
como un mecanismo suficientemente poderoso, pero hay otros
métodos que son dignos de discutir por, al menos,
dos razones: La primera, aquellos que quieren diseminar modelos
alternativos del comportamiento y la experiencia psicótica
son desalentados por la sutil persistencia de la esquizofrenia
como enfermedad cerebral, lo cual indica la necesidad de
revisar y analizar precisamente esta persistencia. Segundo,
aquellos que están abiertos a modelos alternativos
podrían encontrarse atraídos por estos, y a
la vez influidos por la creencia en una “enfermedad esquizofrénica”.
Como nota aparte y con el fin de introducirnos al texto,
es necesario enfatizar un punto adicional: no estoy sugiriendo
que los mecanismos que discuto en este articulo sean usados
de forma planificada o incluso consciente. Al contrario,
hasta ahora algunos de ellos pueden ser vistos simplemente
como “hacer ciencia”. Aún así, es difícil
que los que defienden estas hipótesis no tomen medidas
de protección (conciente o inconscientemente) ante
la posible amenaza que implican las criticas a la base biológica
de la esquizofrenia y a la idea de la esquizofrenia en sí misma.
Creando
la impresión de un desorden cerebral (a través
de “afirmaciones”)
Una de las más
directas y populares formas de hacer aparecer a la esquizofrenia
como una enfermedad cerebral es simplemente asegurar que
lo es, dejando a aquellos que no acepten esto en la incómoda
posición de cuestionar el juicio de aparentes expertos.
Las “afirmaciones” son hechas casi “al pasar” (por ejemplo, “con
una enfermedad neurológica como la esquizofrenia”,
Mc Grath, 2000) o más directamente (por ejemplo “el
reconocer que la esquizofrenia es una enfermedad cerebral
orgánica”, Iverson, 1997). De forma alternativa, en
algunos casos se puede agregar que no existe evidencia directa,
pero se aclara que ésta está a punto a aparecer.
Lo que es destacable respecto a estas afirmaciones es la
falta de mención de cualquiera de los detalladas y
extensas criticas que se han estructurado sobre la investigación
genética y biológica sobre la esquizofrenia
(ver e.g. Lidz et al., Lidz & Blatt, 1983; Rose et al.,1984;
Bentall, 1990ª; Chua and Mckenna, 1995; Ross and Pam,
1995; Boyle, 1990, 2002; Sieben, 1999). Es difícil
dimensionar la importancia de estas afirmaciones faltas de
crítica que presentan la esquizofrenia como una enfermedad
cerebral: los juicios divergentes son a menudo dejados en
un segundo plano donde los lectores no pueden evaluar directamente
los datos con que estos cuentan, y la escasa mención
de estos deja una impresión de “verdad que nunca ha
sido desafiada” y que está lejos de serlo. Este silencio
también despoja a los lectores de información
sobre el origen o procedencia de las afirmaciones. De forma
interesante, cuando las críticas o referencias respecto
a la carencia de evidencia están hechas a partir de
fuentes provenientes de la ciencia tradicional, es mucho
más probable que se refieran a la investigación
biológica que a la genética. La razón
más plausible para esto es que los informes que plantean
que la esquizofrenia es una enfermedad genética, pueden
justificar casi indefinidamente la búsqueda de evidencia
biológica directa, y por otro lado hacer parecer su
ausencia relativamente poco importante. La critica a la investigación
genética, en conjunto con la carencia de evidencia
biológica directa, por lo tanto, presentan un trato
mucho más serio respecto al supuesto de la “esquizofrenia",
comparado con los investigadores que critican sólo
la investigación biológica.
... A través
de crear asociaciones aparentemente significativas
Para afirmar que
la esquizofrenia es un desorden cerebral, los investigadores
deben proporcionar evidencia de que el diagnóstico
de la esquizofrenia está confiablemente relacionado
con eventos o procesos biológicos particulares, y
que estos tienen una directa relación causal con el
comportamiento y las experiencias que han sido denominadas “esquizofrenia”.
Al enfrentar la falta de tal evidencia, la impresión
de una asociación causal entre el diagnóstico
de la esquizofrenia y los procesos biológicos es creada
y mantenida de 4 formas:
La primera implica
la generación de una gran cantidad de datos de asociaciones
y correlaciones posibles entre el diagnóstico de la
esquizofrenia y otras muchas variables biológicas.
En efecto, Bentall (1990b) ha remarcado que virtualmente
cada región o proceso químico conocido del
cerebro ha sido reclamado, de un tiempo hasta otro, para
ser relacionado con la “esquizofrenia”. No solo esto, todo
avance tecnológico en el estudio del cerebro es rápidamente
reclutado para el estudio de los “esquizofrénicos”,
aunque es notable que esta investigación es ampliamente áteorica
(Ross and Pam, 1995). La red de asociaciones resultante sin
la guía de una teoría es estimulada notablemente
por la computación y otras tecnologías, que
permiten mediciones de relaciones posibles entre el diagnóstico
de la esquizofrenia y un gran número de regiones y
funciones bioquímicas del cerebro – y ahora cromosomas
-, en un tiempo inferior de lo que tomaría desarrollar
una teoría constructiva de cómo pueden ser
medidas y cómo puede ser esperado el comportamiento
de cualquiera de estas particulares asociaciones. En cambio,
con la publicación preferencial de resultados positivos
así como por el hallazgo inevitable de posibilidad
de asociación, se crea una impresión de relación
que en la realidad es espúrea.
Aún así,
es incómodo confiar en la mera existencia de correlaciones
entre el diagnóstico de la esquizofrenia y las variables
biológicas, ya que los críticos rápidamente
advertirán que tal asociación podría
no ser especifica de la esquizofrenia, o en su defecto, podría
ser atribuible a otros factores. Para oscurecer este problema,
o en definitiva evitar que surjan datos que podrían
realzarlo, muchas veces se usan grupos “normales” de control.
La elección de un grupo de comparación es obviamente
importante en cualquier investigación por su rol para
controlar variables que potencialmente puedan confundir.
En el caso de la esquizofrenia, es particularmente crucial
porque en muchos casos un diagnóstico dado se desvía
del comportamiento. Sin embargo, tomando en cuenta lo anterior,
existen investigaciones que han encontrado fuertes asociaciones
entre el diagnóstico de esquizofrenia y otras variables,
como el abuso de sustancias (Costeen and Ziedonis, 1997),
y entre el abuso de sustancias y el daño traumático
cerebral (Mcguire and Priestley, 2002).
No solo esto, ya
que luego del diagnóstico la gente recibe de forma
rutinaria drogas con efectos biológicos y psicológicos
profundos (Day and Bentall, 1996). Aquellos diagnosticados
como esquizofrénicos pueden también haber tenido
intervenciones farmacéuticas tempranas, para atender
quejas de ansiedad y depresión, precursores comunes
de un diagnóstico de esquizofrenia. Andersen et al.
(1982) estudió por ejemplo el aumento de tamaño
de los ventrículos, el cual se reportó en el
29 % de su muestra relativamente “joven” de esquizofrénicos
que habían recibido ECT. Lader (1984) y Breggin (1990)
han informado también una relación entre anormalidades
cerebrales estructurales y el uso de tranquilizantes menores.
No es sorprendente que a pesar de que el uso de grupos “normales” de
comparación en la investigación de la esquizofrenia
ha sido fuertemente criticado por décadas, todavía
es una practica común. Grupos de comparación
más apropiados deberían incluir personas sin
un diagnóstico de esquizofrenia pero con una historia
de abuso de drogas ya sea legales o ilegales, o aquellas
personas socialmente aisladas, o incluso aquellos con diagnóstico
de depresión o ansiedad severa; los desempleados por
un largo tiempo, los que han tenido complicaciones obstétricas
y lo que tienen una historia de uso de ECT o tranquilizantes
menores.
La impresión
de una asociación significativa entre esquizofrenia
y variables biológicas es generada, en tercer lugar,
(y más a menudo en segundo plano) a través
del fracaso para especificar el grado de traslape entre grupos “esquizofrénicos” y
de comparación. Lo anterior se oculta destacando engañosamente
en los resultados de las investigaciones las diferencias
grupales en un factor particular (como el tamaño ventricular
o los niveles de dopamina) para concluir que el atributo
en cuestión pertenece a las personas con un diagnóstico
de esquizofrenia y no a cualquiera (por ejemplo, afirmando
que “la esquizofrenia tiene ventrículos agrandados”).
Los datos en si
mismos, sin embargo, muestran una visión distinta.
Lewis (1990), por ejemplo, revisó 20 estudios que
comparan los tamaños de los ventrículos cerebrales
laterales en gente con diagnóstico de esquizofrenia
y grupos normales de control, encontrando que solo en 8 se
encontraron diferencias significativas. Similarmente, Andresen
et al. (1990), encontró que solo el 6 % de los participantes
con diagnóstico de esquizofrenia tenían medidas
ventriculares más de dos desviaciones estandard fuera
de las medidas normales del grupo control. La forma de comportarse
de estos datos tendría su origen en que el estudio
estaba constituido por grupos de comparación mas apropiados,
particularmente dada la relación entre las anormalidades
cerebrales estructurales y el uso de tranquilizantes mayores
o menores. Además, la relación entre el diagnóstico
de esquizofrenia y las complicaciones obstétricas – una
de los factores usados para presentar la “enfermedad” como
un desorden neuroevolutivo – es no solo relativamente débil
(incluso más débil para mujeres que para hombres)(Hulman
et al., 1999), sino que posee una consistencia baja cuando
se revisa el tipo de complicación a la que la esquizofrenia
se sugiere asociada, o cuando se analiza la evidencia de
cualquiera de las asociaciones respecto a si es o no especifica
a la esquizofrenia.
Finalmente, si la
esquizofrenia es un desorden biológico, entonces los
investigadores necesitan demostrar no sólo una asociación
confiable entre el diagnóstico de esquizofrenia y
los factores biológicos, sino también que esos
factores son causas antecedentes directas de la esquizofrenia
(utilizo “causa” en el sentido sugerido por Joffe (1996)
que indica: “en la presencia de un factor particular, la
probabilidad de un resultado dado se ve aumentada, y no tenemos
razón alguna para creer que ambos elementos son dependientes
de una tercera variable). Este punto es crucial. Por ejemplo,
consideramos que existe una relación entre la desfiguración
facial congénita severa y la ansiedad social, pero
esto no implica que la ansiedad social sea un desorden biológico
ligado a procesos neuroevolutivos, por que estamos concientes
de las relaciones indirectas y complejas entre la ansiedad
social y el fenómeno orgánico de la desfiguración.
No hay, sin embargo,
evidencia de una relación causal entre el diagnóstico
de la esquizofrenia y cualquier evento o proceso genético
o biológico. Es más, la débil relación
existente contradice y dificulta la interpretación
de relaciones entre ambos factores, los cuales son sutiles
o toscamente transformados en aparentes asociaciones causales
a través del lenguaje más que de la evidencia.
Por ejemplo, las asociaciones han sido presentadas como un
progreso en el entendimiento del fundamento neurobiológico
de la esquizofrenia, como soporte a las teorías neuroevolutivas
de la etiología de la esquizofrenia siendo parte de
conocimientos de la base biológica de la misma, y
como reflejo de causas activas tempranas en la vida como
parte de “los casos fuertes” para ubicar los inicios de la
patogénesis en el periodo pre o peri-natal (Woods,
1998; Hultman et al., 1999; Jones and Tarrant, 2000; Tsuang
et al., 2000; Lobato et al., 2001). En conjunto, estos mecanismos
crean la falsa impresión de evidencia de base que
está constantemente siendo “construida” por los hallazgos
de la nueva investigación, que es menos fuerte que
lo que actualmente es, y cuya interpretación es enteramente
dirigida.
... A través
de manipular las asociaciones no biológicas.
Falloon (2000) ha
remarcado que “paradójicamente, la evidencia respecto
a factores fisiopatológicos específicos en
los desordenes mentales mayores es mas bien débil,
mientras que los hallazgos científicos en factores
de estrés, como problemas familiares y eventos de
la vida, es extremadamente robusta” (p. 188). Por supuesto,
existe aquí una paradoja sólo si vemos la esquizofrenia
como un desorden cerebral; por otra parte, la paradoja descansa
más que nada en el gran desequilibrio en la relevancia
que se da a los dos tipos de factores. Sin embargo, el punto
que Fallon remarca sugiere que si la “esquizofrenia” es presentada
convincentemente como un desorden biológico, entonces
los robustos hallazgos científicos existentes que
se asocian con factores no biológicos deben de algún
modo ser manipulados de forma de mantener la supremacía
biológica. Consideraré brevemente cuatro formas
en que esto se lleva a cabo. La primera es a través
de presentar la asociación entre el diagnóstico
de la esquizofrenia y factores sociales como una “consecuencia” más
que como antecedente o causa. Por ejemplo, esta bien establecido
que el diagnóstico de la esquizofrenia se relaciona
fuertemente con una condición social baja y más
aún, con grupos sociales de desempleados (Gomme, 1996).
Aro (1995) encontró que el riesgo de hospitalización
psiquiátrica fue usualmente dos o cuatro veces mayor
para el grupo educacionalmente más bajo respecto del
grupo social mejor educado, pero que esta gradiente socioeconómica
fue la más alta de todos para el diagnóstico
de esquizofrenia.
Esta asociación
ha sido consistentemente bien replicada, pero es presentada
como parte de una especie de “impulso descendiente” que implica
que “tener esquizofrenia” hace que la gente tenga un menor
desempeño en la educación y en el trabajo.
El argumento, por supuesto, es razonable: es difícil
obtener logros si uno es atormentado por voces. Aún
así, el “argumento causal” es también razonable,
y tiene soporte empírico que a menudo no ha sido mencionado
en la literatura (Link et al., 1986; Muntaner et al. 1991).
En cambio, lo que es notable es la rapidez y la obstinación
con la cual se avala el argumento que sitúa como “consecuencias” a
las variables no físicas relacionadas con la enfermedad,
a diferencia de la tendencia a presentar libre de crítica
las correlaciones con factores biológicos cuando estos
se plantean como “causa”. Similarmente, existe una asociación
bien establecida entre ser readmitido en el hospital (o recaída)
seguido de un diagnóstico de esquizofrenia y ciertos
patrones familiares de interacción muy negativos,
conocidos como “alta expresividad emocional”, y caracterizados
por aspectos como el sobrecompromiso y los comentarios intrusivos,
negativos, hostiles y críticos por parte de los parientes
cercanos al paciente (Left and Vaughn, 1981). Sin embargo,
luego de las quejas de los familiares que han sido culpados
por la esquizofrenia de sus parientes, los investigadores
rápidamente ofrecen tranquilidad diciendo que “la
alta expresividad emocional” no causaba “esquizofrenia”,
sino que solo “influencia su curso”. También se argumentó que
el comportamiento esquizofrénico de los pacientes
causa estos comportamientos en sus familiares (Kavanagh,
1992). Aquí, de hecho, no hay claras evidencias de
que tal comportamiento aparece de pronto como respuesta a
la esquizofrenia de los pacientes, aunque el argumento puede
tener sentido (ver Patterson et al., 2000); aún así,
hay evidencia de estudios longitudinales (Doane et al., 1981;
Goldstein, 1987) en que los patrones de interacción
negativa semejantes a la “alta expresividad emocional” han
precedido en gran medida el diagnóstico de esquizofrenia.
Nuevamente, lo que sorprende es la rapidez y entusiasmo con
que los argumentos que aducen la no causalidad y la consecutividad
de los factores “no físicos” son adoptados, desdeñando
la falta de evidencia que los favorece como elemento causal
del problema.
Estos, aun así,
son solo dos ejemplos de un fenómeno – consecuencia
de factores sociales – que es tan persuasivo dentro de la
literatura de la esquizofrenia que dificulta pensar de cualquier
otra forma. Virtualmente todos los aspectos negativos de
las vidas de aquellos diagnosticados como “esquizofrénicos” son
rutinariamente presentadas como consecuencias de tener “serios
desordenes mentales”, tal como aquellos diagnosticados con
abuso de sustancias, desempleo, aislamiento social, pobreza
y dificultades en las relaciones intimas. Por supuesto, esta
hipótesis es plausible y medianamente válida,
de ahí su credibilidad, pero tiene la poderosa capacidad
de desalentar fácilmente cuando se desea preguntar
de cualquier forma sistemática si alguno de estos
factores podrían haber provocado el “desorden mental” o
que, por ejemplo, el abuso de sustancias y la psicosis pueden
ser ambos formas de tratar con las circunstancias aversivas
de la vida.
Una segunda manera
de manipular las asociaciones entre el diagnóstico
de la esquizofrenia y los factores sociales es a través
de la idea de la “vulnerabilidad”; de hecho el modelo de “vulnerabilidad
al estrés” de la esquizofrenia es ahora tan popular
que ha asumido el estatus de verdad. McGlashan y Johansen
(1996), por ejemplo, plantea que “la vulnerabilidad biológica
es necesaria para el desarrollo de la psicosis pero esta
es rara vez suficiente por si misma (p. 204)”.
La hipótesis
de la vulnerabilidad al estrés – ampliamente interpretada
como una vulnerabilidad biológica o genética – ha
probado ser un mecanismo extraordinariamente útil
y efectivo para manipular la amenaza potencial que presenta
la evidencia de relaciones entre el diagnóstico de
esquizofrenia y factores no biológicos, o más
bien interpersonales.
La viabilidad de
esta hipótesis descansa en parte sobre su falta de
especificidad, puesto que su naturaleza nunca ha sido descubierta
y cualquier factor o explicación puede ser reclutado
para ello. Otro elemento que colabora es su aparente razonabilidad
(quien puede negar que los factores biológicos y psicológicos
o sociales interactúan) y su inclusividad (engloba
ambas ideas, ya sea biológicas y sociales, lo que
seguramente resulta mejor que enfocarse en una sola), aunque
al mismo tiempo, y no solo a través de un orden de
palabras, mantiene firmemente la prioridad de la biología,
disminuyendo la importancia del contexto social y dando una
sensación de que el “estrés” del modelo de
vulnerabilidad es un estrés ordinario ante el cual
cualquiera podría lidiar, pero que afecta y desestabiliza
solamente a la gente vulnerable. Los investigadores por lo
tanto estamos excluidos de examinar muy cerca los casos,
o el significado que tienen las experiencias de estrés
para las personas sensibles.
La asociación
del diagnóstico de la esquizofrenia con factores no
biológicos es manipulada, en tercer lugar, por un “doble
estandard”, a través del cual se hacen comentarios
más críticos y se demanda más evidencia
a las teorías sociales que a las biológicas.
Warner (2000), por ejemplo, bajo el titulo “ Las carencias
paternales no causan esquizofrenia” plantea que “no existe
evidencia, luego de décadas de investigación,
que los problemas familiares o parentales causan esquizofrenia” y
que “semejantes teorías han sido rara vez adecuadamente
probadas” (p. 9,10). En contraste, su discusión respecto
a la investigación biológica bajo el título “El
cerebro en la Esquizofrenia” es totalmente falto de critica
y termina con la conclusión – reflejo del modelo de
vulnerabilidad al estrés – de que “estos hallazgos
sugieren que en la esquizofrenia existe un déficit
en la regulación de la actividad del cerebro por interneuronas,
por lo que el cerebro sobre reacciona a la gran cantidad
de señales del ambiente (p.10).”
Una forma final
de aminorar la importancia de las relaciones entre el diagnóstico
de la esquizofrenia y factores ambientales es simplemente
convertir el ambiente en biología. McGorry (2000)
proporciona un sorprendente ejemplo de este proceso en su
argumento de que “(bajas en) vitamina D también proporcionan
una posible explicación para el aumento del riesgo
(de presentar la enfermedad) en la segunda generación
de inmigrantes de piel oscura que han sido trasladados para
vivir en climas mas fríos (sus pieles son menos eficientes
en producir vitamina D) (61; paréntesis en el original)”.
Aquí no se menciona que estos “climas más fríos” están
poblados por gente de piel blanca, con una larga historia
de subyugación de aquellos “inmigrantes de piel oscura”,
y que estos sufrieron, desde su nacimiento en el caso de
la segunda generación, altos niveles de racismo e
injusticia social.
Tenemos en el párrafo
anterior sólo ejemplos de un fenómeno mucho
más general. El análisis de Littlewood y Lipsedge
(1982; 1997) sobre las etnias y la psicosis provee una importante
guía para desarrollar alternativas a los planteamientos
biológicos de la “esquizofrenia”; aunque reconocen
que sólo una pequeña porción de la real
verdad a sido alcanzada (Littlewood y Lipsedge, 1997). Una
razón para esto es que “raza” ha sido simplemente
convertido en una variable biológica. Por ejemplo,
la búsqueda de literatura reciente respecto a “raza”,
etnicidad y “esquizofrenia” resulta en el hallazgo de unos
pocos estudios en los cuales “raza” es analizada como un
constructo social que media la experiencia psicológica.
En cambio, no es así en muchas de las investigaciones
enfocadas en la biología y la genética (Por
ejemplo, “diferencias raciales en respuesta a los neurolépticos,
relación genética en familias del sur de África”).
Y la tendencia es más probable de continuar si la
dirección de las investigaciones privilegiada por
Levine y Coudle (1999) continúa, tomando en cuenta
que ellos argumentan que “a pesar de los esfuerzos en facilitar
los estudios de mujeres y minorías en la investigación
de la esquizofrenia, hay una carencia significativa de información
sobre las diferencias entre razas en la morfología
del cerebro y la función neurofisiológica en
la esquizofrenia [Instituto nacional de salud mental].”
... Privilegiando
la biología
Todos los factores
discutidos anteriormente pueden ser vistos como formas de
privilegiar la biología cuando se trata el tema de
la “esquizofrenia”. Sin embargo, es necesario mencionar dos
métodos de manipulación adicionales. El primero,
se lleva a cabo a través del manejo de listas: dondequiera
que haya direcciones de investigación o una lista,
por ejemplo de “factores de riesgo”, la biología casi
siempre predomina, ya sea numéricamente o en orden
de palabras. Por ejemplo, en la lista de McGlashan y Johannessen
(1996) de aproximadamente 55 supuestos “marcadores vulnerables” para
esquizofrenia, solo tres podría decirse que son definitivamente
sociales o interpersonales. Y como he notado tempranamente,
el NIMH “próximos pasos en la investigación
de la esquizofrenia” se enfoca en la genética, neuro-imágenes,
estudios post–mortem, estudios del desarrollo e historias
clínicas.
Una segunda forma
de privilegiar a la biología es a través del
frecuente uso de analogías médicas (y sólo
médicas). Por ejemplo, la esquizofrenia ha sido comparada
a menudo con la diabetes, como un “síndrome cuyas
causas son desconocidas”, mientras la discusión respecto
a la prevención de la esquizofrenia frecuentemente
incluye comparaciones con la prevención de enfermedades
infecciosas o cáncer al pulmón. La importancia
de estas analogías médicas descansa no solo
en su poder de reforzar la idea de la esquizofrenia como
un desorden biológico, sino en su intención
de pedir prestada la credibilidad y el éxito de la
medicina, prestigio que podría ser muy difícil
de lograr a través de la simple literatura biológica
de la esquizofrenia por si misma.
¿Cómo
se puede cambiar o equilibrar el predominio de los factores
sociales respecto de los biológicos?. Dos formas obvias
son, primero, el cuestionar la investigación biológica
mucho más cerca (por ejemplo con preguntas como ¿Qué grupos
de control se usaron?, ¿en que medida sus resultados
pueden traspasarse al grupo “esquizofrénico”?, ¿Que
otros factores se pueden describir para los resultados?)
y segundo, producir listas en las cuales los factores sociales
e interpersonales predominan o sean mencionados primero.
Pero podemos también, cuando hablamos de los factores
sociales respecto a la esquizofrenia, insertar en cualquier
oportunidad la “hipótesis causal”, para indicar que
el comportamiento y la experiencia influyen en la biología
tan bien como otras variables (Harrop et al., 1996) destacando
dentro de la discusión las variadas formas en que
las asociaciones entre el cerebro y el comportamiento pueden
ser interpretadas. Por ejemplo, se debe tomar en cuenta que
las complicaciones obstétricas pueden ser débilmente
asociadas con el diagnóstico de esquizofrenia no por
sus efectos en el cerebro de la gente, sino por sus efectos
en sus vidas, a través de la relación con variables
como las desventajas sociales, dificultades educacionales,
posible sufrimiento y rechazo social, dificultades para encontrar
empleo y muchos más. En otras palabras, necesitamos
favorecer informes de psicosis en los que no se privilegie
a la biología y que hagan justicia a los datos concretos
de investigación y a la realidad de las vidas de las
personas.
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Fuente original:
INTECO Instituto de Terapia Cognitiva - Santiago de Chile
- www.inteco.cl
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