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Contratransferencia a lo largo de la historia. La contratransferencia
del analista neutral, del analista comprometico, del analista
desencantado, del analista implicado.
Juan Carlos Volnovich, Psicoanalista
Casi simultáneamente,
Buenos Aires y Londres fueron a comienzos de los años
cincuenta la cuna de lo que ha dado en llamarse contratransferencia.
A pesar que Heinrich Racker [1] fue quién primero aludió a
ella y reparó en
su importancia clínica, la contratransferencia quedó unida
al nombre de Paula Heimann que con características semejantes
la “fundó” poco tiempo después. Ya se sabe: una
profunda diferencia, un abismo insalvable separa un texto publicado
en Londres de uno publicado en Buenos Aires aunque el porteño
lo anteceda. El de Londres es un acontecimiento universal allí donde
el de Buenos Aires ¿qué otra cosa que una curiosidad
local puede aspirar a ser?
Y en un comienzo, instalar la
contratransferencia en la clínica,
legitimar su presencia, significó un avance desde que
proponía cuestionar la lectura positivista lógica
de Freud que dominaba por entonces. En efecto: durante las
décadas
del 50 y 60 el predominio kleiniano contribuyó a reforzar
sobre la figura de la neutralidad valorativa del científico,
la figura del analista neutral, pantalla en blanco sobre la
que se imprimía los afectos y decires del analizado,
mente fría del analista cirujano que construía
en la sesión de análisis un campo experimental
al estilo de Kurt Lewin dónde las “variables intervinientes” eran
aportadas por el analizado y visualizadas como tales en función
de las “constantes” que sostenía el analista. Así,
la visita de Meltzer a Buenos Aires (1967), dejó como
secuela consultorios despojados de cuadros y de adornos, sin
escritorios y, si acaso, con una silla incómoda para
garantizar un rápido pasaje al diván. Pero eso
no alcanzaba. En la práctica del analista neutral, algo
había
que hacer con aquellos efectos inconscientes que la interacción
de la transferencia despertaba en el analista. Algo había
que hacer con esa “perturbación” ineludible e insoslayable
que aparecía en el camino del buen análisis.
Si era imposible eludirla, pues entonces debería montarse
un dispositivo capaz de capturarla para que, antes que obstáculo,
pudiera ser capitalizada a favor del análisis. Así entendida –como
aquellas reacciones inconscientes despertadas por la transferencia
del analizado- la incorporación de la contratransferencia
en la clínica del analista neutral fue un avance sintomático
que puso nuevamente sobre el tapete la cuestión del
análisis
del analista (“ningún analista va más allá de
lo que le permiten sus propios complejos y resistencias internas” [2] ), la necesidad de diferenciar aquellos aspectos neuróticos
residuales de la cura -escotomas del analista, resistencias
del analista- de los aspectos reactivos al impacto de la neurosis
del paciente. Y, al fin, las cosas estuvieron claras. La neurosis
del analista... para la transferencia en su propio análisis.
La contratransferencia... para la supervisión. La institución,
controlándolo todo.
A partir de la década
del 70 la figura del analista neutral dejó lugar a la
del analista comprometido. La intelectualidad comprometida, la
ciencia comprometida con una realidad cambiante incorporó a
los psicoanalistas en una ola de profundas reflexiones acerca
de cómo la violencia social se filtraba
en la campana de cristal del análisis individual e involucraba
tanto al analizado como al analista [3]. El compromiso con
la institución [4] se reforzó tanto como el compromiso
con la vida política del país y fue así que
volvieron a aflorar las figuras de Wilhem Reich y de Ferenczi
(al que haré referencia después) para dar cuenta
de cómo influía la ideología del analista
en el proceso de la cura. No es extraño, entonces, que
junto al analista comprometido de los 70 cabalgue la contratransferencia
contra la institución [5].
La represión de los
70 y de comienzos de los 80, la cultura posmoderna, ayudaron
a que un nuevo modelo hegemónico
dominara en el paisaje habitual del psicoanálisis: el
psicoanalista desencantado, el psicoanalista lacaniano... que
volvía a tomar la contratransferencia no cómo
obstáculo
que conspiraba contra la neutralidad de la analista pero sí como
interferencia del deseo del analista en la aparición
del deseo del paciente. Junto a la renuncia a curar a los pacientes,
el analista posmoderno renunciaba a todo cambio basado en una
contratransferencia concebida como aquello que impide al analista
sostener el proceso analítico; aquello que impide resistir
la tentación de hacer cualquier cosa que no sea interpretar
[6].
En la actualidad, el analista
neutral, el analista comprometido, el analista desencantado,
no han desaparecido del todo pero algo del análisis de
la propia implicación está haciéndose
presente en el interrogante acerca de cómo operan las
instituciones en el par analista-analizando, de qué manera
nos determinan, hasta dónde abren o clausuran nuestra
posibilidad de pensar y de actuar. El analista implicado [7]
se interroga acerca del modo en que las instituciones psicoanalíticas
y el Poder nos atraviesan y nos determinan. Análisis
de la apatía y del desencanto que regula el acceso a
la verdad. Análisis de nuestras evitaciones y adhesiones
a las teorías
y a las instituciones del dinero y del sexo. Análisis
de nuestra “neutralidad” iluminada y de nuestro “compromiso” a
ciegas. De nuestra participación y de nuestras indiferencias.
De nuestras investiduras y de nuestras desafectaciones.
Contratransferencia
propiamente dicha
Eso que sucede en un análisis,
el desafío a la
comprensión del enigma, impide la inmediatez del comentario,
la caída en el lugar común que pretende borrar,
justamente, aquel espacio significativo que la escucha intenta
abrir. El enigma sólo se construye y se despliega en el
silencio de la escucha o ante la transparencia de la mirada.
Así, la escucha verdadera, la mirada transparente, enfrenta
la incomprensión, el sinsentido, la aparente insignificancia
de la producción lúdica, verbal, gestual, gráfica
o escritural. Es ésta ruptura con la significancia -esa
puesta en suspenso del sentido común- la que evoca y provoca
la escucha y la mirada; la que despeja y abre el camino a una
eventual comprensión; la que aproxima al niño o
al adulto a la verdad de su síntoma, aunque esta verdad
sea siempre una verdad a medias, aunque no tenga por qué ser "entendida" del
todo.
El silencio de la escucha, la
transparencia de la mirada, se apoyan en la suspensión
de la comprensión y
del juicio. Pero, la suspensión de la comprensión
y del juicio no exige (ni supone) una actitud pasiva, neutra,
o poco imaginativa, por parte del analista. Por el contrario,
la atención flotante -que en la práctica con
niños
adquiere una característica enteramente diferente a
la que tiene en el análisis de adultos- libera el inconsciente
del analista, al tiempo que bloquea el pasaje al acto de un
prejuicio cuya formulación explícita interrumpiría
el proceso de regresión infinita, literalmente condicionado
por los significantes del discurso del otro. Que la mirada
y la escucha deban estar vaciadas de prejuicios no supone al
analista como "pantalla en blanco". Tampoco la riqueza
de los fantasmas propios disparados por el juego del niño
-por el juego de la transferencia- debe entenderse siempre,
sólo,
como contratransferencia. El psicoanalista interpreta con su
propio, florido, inconsciente; y, más aún, si
el inconsciente es transindividual [8], puede manifestarse
tanto en uno como en otro. Muchas veces es en un sueño,
en el lapsus que comete el analista hablándole a (o
hablando de) su paciente dónde se revela con más
nitidez la transferencia. Así emerge la interpretación:
más que del saber del analista, la comprensión
surge del deseo del analista; es decir, del inconsciente del
analista. Y más que del deseo inconsciente del analista,
de la relación transferencial-contratransferencial en
tanto inconsciente transindividual. Ferenczi llevó este
concepto hasta sus últimas consecuencias cuando introdujo
la técnica del análisis mutuo. Y lo hizo mucho
antes que Lacan propusiera la transferencia como mise en acte
de la réalité de L'Inconsciente. "Se podría
decir que cuantas más debilidades posea un analista,
debilidades que lo lleven a cometer errores y equivocaciones
de poca o mucha importancia, al ser luego descubiertas y tratadas
en el análisis
mutuo, mayores serán las posibilidades del análisis
de contar con fundamentos reales y profundos" [9] dice
Ferenczi creyendo continuar (profundizar) al Freud que en La
disposición
a la neurosis obsesiva afirmaba que "cada uno de nosotros
posee en su propio inconsciente el instrumento con el cual
puede interpretar las manifestaciones del inconsciente del
otro".
Cuando Ferenczi se pregunta "¿Quién
está loco:
nosotros o los pacientes?", lo que hace es reconocer que
es el inconsciente el que está loco, y es el inconsciente
el que analiza a ambos: al analista y al paciente. El inconsciente
es el gran analizador y "si tuviéramos una cierta
confianza en nuestra propia capacidad de no resultar impresionados
más que por la verdad, podríamos resignarnos
al sacrificio, aparentemente horrible, de someternos al poder
de un loco" [10].
Estas afirmaciones de Ferenczi
-y también
las de Lacan cuando sugiere distinguir la interpretación
acerca del significante, de la interpretación con
el significante- son especialmente reveladoras en el caso
específico
del análisis de niños. La relación transferencia-contratransferencia
analítica es equivalente al inconsciente, ambos son
homeomorfos, a la manera de dos conjuntos que se corresponden
recíprocamente
punto por punto. Es una forma de decir que el inconsciente
y la relación transferencial-contratransferencial son,
en el momento del acontecimiento, una sola y misma cosa. Es
otra forma de decir que no hay manera de interpretar -de hablar
del inconsciente- sin que el que habla, deje de estar afectado
por su propio inconsciente. No existe la posibilidad de instalarse
en el lugar del que enuncia un metalenguaje. Es más:
no existe un metalenguaje afirma, con razón, Lacan ("no
hay Otro del Otro") con Wittgenstein. La no existencia
de un metalenguaje alude a la imposibilidad de construir un
discurso cerrado, perfecto, acerca del inconsciente. Sencillamente,
porqué el
inconsciente supone que todo lenguaje es discontinuo, tiene
fallas. Entonces ¿Cómo construir una interpretación "perfecta," si
las interpretaciones se hacen con (de) palabras y las palabras
siempre están afectadas por el inconsciente? No existe
la interpretación "perfecta". En todo caso,
será un decir, un decir a medias, un decir un tanto
equívoco
que, sin embargo, intenta quebrar una certeza: la que bloquea
el acceso del sujeto a la verdad de su síntoma. No existe
la interpretación "perfecta" pero, no obstante,
no es bueno que la interpretación quede librada a la
pura espontaneidad del inconsciente del analista, ni que al
niño
se le diga cualquier verdad. Si es imposible transmitir con
la interpretación un saber total, al menos es necesario
saber lo que uno hace cuando interpreta.
La transferencia es
expectativa confiada en el saber del otro. Es esa esperanza
del analizando en que con su saber, el analista pueda aliviarle
el sufrimiento. Y es la esperanza del analista en que hurgando
en su ignorancia, buscando en su propia historia y sus propias
ficciones, el analizando logre adueñarse
de las representaciones y creencias que lo empujaron al dolor
y al sufrimiento. Cada uno espera confiado en el otro y es
por eso que la transferencia es recíproca. Cada uno
espera, pero de manera distinta. No es una espera simétrica.
Si el analizando espera que el analista lo cure; el analista
espera que el analizando se cure.
Para que el analizando
se lance a la aventura del análisis,
para que se arriesgue voluntariamente a quedar expuesto a la
locura, al desamparo que la renuncia a las certezas descubre,
es necesario que confíe en su analista. Que confíe
en el saber del analista. En la fuerza capaz de sostener su debilidad
(la propia y la del analista) y en la fuerza para lidiar con
la tentación, siempre presente, de hacer uso de esa fuerza.
El psicoanalista espera, no
sugiere nada, no propone otra tarea como no sea la de dejar que
las palabras, el jugar, los dibujos -cualesquiera éstos
sean- vengan y discurran. Debe situarse más allá del
campo de los intereses sociales y mundanos. Más allá de
la intención de cumplir
con fines determinados. "Por nuestra parte, -le dice Freud
a Ferenczi, su anfitrión en Budapest- rehusamos decididamente
adueñarnos del paciente que se pone en nuestras manos.
Rehusamos estructurar su destino, imponerle nuestros ideales
y rehusamos, también, intentar formarlo con orgullo
creador, a nuestra imagen y semejanza" [11].
-
El psicoanalista
espera, y esa espera indeterminada determina la provocación
del otro. La aparición de la diferencia.
-
El psicoanalista
espera y esa espera indeterminada determina el espacio
en que el analizando se despliega.
-
El psicoanalista espera, nada
sugiere, no propone nada. Se deja arrastrar. Pero, esa
espera no es una espera pasiva: no es la espera de un testigo
inmóvil; "voyeur" que
goza ante el espectáculo de un discurso desnudo. La
espera analítica es asiento de una singular fortaleza.
Fuerza que garantiza la producción de una diferencia
allí donde
la sugestión tiende a la reduplicación mimética,
a la copia, a la imitación.
Si la espera confiada implica,
también, la provocación
de las fuerzas reprimidas que la cultura intenta controlar,
desviar o proscribir, la eficacia del análisis -antes
que en la elucidación de la verdad histórica-
habría
que buscarla en el reordenamiento de lo humano no asumido.
En ese sentido, podríamos decir que el psicoanálisis
construye una historia que no tiene por qué haber tenido
lugar. "La cura analítica, dice Roustang, no sería
la reconstrucción de una historia olvidada, sino la
producción
de esa historia a partir de lo que nunca había salido
a la luz" [12].
Decía antes que el psicoanalista
espera, no sugiere nada, nada propone. Pero, el psicoanalista
que espera no es neutro, ni distante, ni espectador prescindente.
La neutralidad analítica
supone una proximidad casi hasta la incandescencia. Y esto
no es otra cosa que esfuerzo y padecimiento. La neutralidad
analítica
es una operación activa. Tan activa como que su ideal
es ser muda, no explícita. Activa operación de
renuncia a los valores, ideales y deseos. Activa operación
de desestimar las preferencias propias, para liberar el espacio
al deseo del analizando. Renuncia imposible de cumplirse, de
todos modos. Meta que jamás se alcanza al punto que,
muchas veces, he preferido enunciarme, no como confesión
contratransferencial, sino como propósito discriminatorio.
Enunciarme antes que fingir una neutralidad hipócrita;
garantía, ésta última,
del ejercicio de la sugestión o de la indoctrinación
solapada.
El psicoanalista espera, se
deja arrastrar, nada sugiere, no propone nada. Pero el psicoanalista
que espera no es neutro y su espera es apasionada. "Pasión
por la alteridad" [13]
que caracteriza de la mejor manera lo que ocurre en un análisis.
El término es de Roustang y sería bueno no confundirlo
con el altruismo, ni con el amor. Hay algo de invasión
recíproca, de entrega al otro, de anhelo de perpetuidad
en el altruismo y en el amor, que le es ajeno a esta pasión
por la alteridad. Esta pasión por la alteridad es un
tipo muy especial de pasión. Está siempre en
duelo consigo misma. Se trata de una pasión ambigua,
paradójica,
ya que intenta mantener al otro, libre de la propia pasión
del analista. Además, es una pasión que cuando
obtiene lo que busca -esto es: la alteridad- se extingue negándose
a sí misma. La ética del analista se apoya, entonces,
en este oficio de alterizador. Relaciones pasionales que nacen
y viven con el compromiso de extinguirse. El psicoanálisis
es, así, una pasión a término. Pasión
destinada a desaparecer sin dejar rastros. Aunque ésta
sea una vana utopía. Esta finitud por contrato diferencia
al análisis de cualquier otro vínculo que solemos
establecer. Toda relación amorosa elude la ruptura y ésta,
cuando ocurre, es contingente pero no constitutiva. Sólo
el análisis, como vínculo edípico, florece
para ser sepultado. El fin del análisis -como meta y
como terminación- es un imperativo lógico más
que accidental. El análisis aunque tiende a permanecer,
nace para terminar. Disolución o resolución de
la transferencia, como quiera llamársele, todo el proceso
analítico se convierte en el aprendizaje de una separación
guiada, garantizada, por esta pasión por la alteridad.
Es el aprendizaje de un duelo -decía hasta el cansancio
Pichon Rivière hace más de cincuenta años-.
Pero este duelo difícil, doloroso, busca mil maneras
para ser eludido y anulado. La identificación con el
analista es uno, pero no el único, de los recursos a
los que apela el analizando. Los analistas, mucho más
prácticos,
hemos descubierto y elegido el acting-out de seguir analizando
a los demás, para evitar el sufrimiento de tener que
dejar el análisis.
El psicoanalista espera, se
deja arrastrar, nada sugiere, no propone nada. El énfasis
puesto en la incertidumbre, en el sostén de esa posición
precaria, en la porfiada decisión de cuestionarlo
todo, no debe impedirnos el compromiso con ciertos pilares
axiomáticos,
con ciertos principios éticos.
El saber del analista implica un lugar de poder y este poder
se funda en la prohibición de ejercerlo. Es un poder
que sólo se ejerce a los fines del análisis.
No obstante esta prohibición cede, frecuentemente, a
la tentación
y el nudo de la corrupción es casi siempre el mismo:
la institución y el amor. Soy dogmático al afirmar
que la sustracción del poder del analista para cualquier
fin (como no sean aquellos que tengan al análisis mismo
como meta), es intención ineludible para cualquier analista.
La finitud del análisis, la prohibición de actuar
el cuerpo erótico, el secreto profesional, son mandamientos
que deben ser respetados y merecen una actitud alerta; no sólo
a las formas más escandalosas y ostensibles de trasgresión,
sino a las formas subliminales y racionalizables. La perpetuación
del análisis a través de múltiples recursos,
la relación sexual entre analistas y analizandos, la
infidencia son, más que excepciones, parte de la escabrosa
historia y cotidianeidad de la institución psicoanalítica.
La responsabilidad del analista
hace, también, a la
eficacia en la producción teórica. Caer en
la hipóstasis
de la ética, reemplazar con postulados éticos
el vacío que dejan los espacios teóricos (decir,
por ejemplo, que el psicoanálisis es una ética)
es condenar al psicoanálisis al lugar de weltanshaung
del que intentamos permanentemente rescatarlo.
Este eticismo
no es ajeno a otra dificultad singular de la práctica
analítica. Sí, la clínica apunta al relieve
de lo singular y funda la capacidad de pensar del analista
fuera de la doxa y del manual. Si la clínica basa su
eficacia en la posibilidad de mantener una tensión,
un intervalo, con la creencia y la verdad consensual, la teoría,
por el contrario, busca la generalidad, la totalización
de sus afirmaciones. Lo que es peor aún, la institución
busca el consenso. Mucho es lo que se pierde cuando la teoría
anticipa la interpretación; casi todo el trabajo analítico
queda desvirtuado cuando la clínica se pone al servicio
de ilustrar y glorificar la teoría. Cuando la institución
demanda la sacralización de la teoría y cuando
los maestros exigen una adhesión acrítica, entonces,
el anatema reemplaza a la controversia y en su lugar las guerras
de prestigio se desatan para ahogar la reflexión.
Decía
que la responsabilidad del analista basa, también,
su eficacia en la producción teórica. Nuestro
oficio de alterizadores se ve, entonces, limitado por el propio
cuerpo teórico. ¿Qué hacemos nosotros,
analistas varones, con nuestras analizadas mujeres, pertrechados
como estamos por un cuerpo teórico que no ha sido revisado
a la luz de la situación actual de la mujer? ¿Dónde
está la crítica del psicoanálisis a los
valores patriarcales de la sociedad? ¿Qué hacen
las analistas mujeres con sus analizadas mujeres, con sus analizados
varones y con los niños y niñas -ya que, como
se sabe, ésta es una práctica casi exclusiva
de mujeres- sin haber reflexionado sobre el estatuto psicoanalítico
de la mujer en la relación madre-hijo/a? Con afirmaciones
freudianas como "la niña es un niño" o "la
felicidad conyugal está mal asegurada hasta que la mujer
no logra hacer de su esposo un hijo" [14] , o aquélla
que sostiene la realización femenina sólo en
la maternidad, trayendo al mundo un hijo varón, sustituto
del pene y portador del mismo; ¿cómo puede un
analista con estos disparates ejercer su oficio de alterizador?
Con propuestas lacanianas que sostienen sobre la sexualidad
femenina el discurso de la verdad, a saber: que lo femenino
no tiene lugar más
que en el discurso; esto es, en el interior de modelos y de
leyes promulgadas por sujetos masculinos, ¿cómo
puede un analista empujar a una mujer a parir su propia respuesta
si en su escucha no hay lugar para algo que tenga que ver con
el goce femenino, del que nada se puede saber? ¿Cómo
ejercer nuestro destino de alterizadores, con los ojos cerrados
y los oídos sordos al desempeño cognitivo de
los niños, a las diferencias de clases o de etnias?
Con una ética
del sufrimiento impuesta por la tradición judeocristiana
y jamás cuestionada, ¿cómo reflexionar
sobre el malestar en la cultura? ¿Cómo juega
el psicoanálisis
su papel en la lucha de clases?. Para el control social, ¿cómo
ayuda?
Decía antes que el analista
espera, se deja arrastrar, no sugiere nada, nada propone. Pero
el analista es alguien. Alguien implicado. Puede intentar mantener
su buena consciencia basada en la inocencia política de
la práctica psicoanalítica,
pero esta inocencia sólo se sostiene a costa de una
creciente negación. Tal parecería ser que el
mito de la neutralidad valorativa intentara reinstalarse con
esta práctica -redimida,
ahora- por la pasión de alteridad que anima al analista,
lo acredita y lo sostiene en su posición de virtuoso.
Parecería ser que basta y sobra con liberarnos de la
tentación
de colaborar con la administración pública para
perpetuar eternamente nuestra inocencia. Libres del discurso
del amo y libres de convertirnos en amos del discurso los psicoanalistas
nos ubicamos en tierra de nadie, aunque estemos en el hospital
o en la universidad o, si acaso, en tal o cual posición
de jerarquía de una de las innumerables corporaciones
psicoanalíticas que inundan nuestras ciudades. Desde
esta tierra de nadie opinamos y pontificamos sobre las trabas
al deseo, las restricciones administrativas, la pedagogía
represiva, el poder médico y hasta criticamos a la propia
institución
psicoanalítica que impone dogmas y verdades sagradas.
Guiados por el incorruptible objetivo de ayudar al sujeto a
descubrir una verdad sobre sí mismo y sobre sus relaciones
con los demás podemos, incluso, declararnos subversivos.
No intentamos curar a nadie porque el intento de curar es un
gesto vanidoso del cual conviene apartarse. Ni curar, ni siquiera
analizar ya que -somos los primeros en reconocerlo- ésta
es, misión
imposible. Arropados con la inocencia de la extraterritorialidad
social, cuando no en el heroísmo de una oposición
solitaria al orden establecido, los psicoanalistas gozamos
del prestigio que una profesión respetable y respetada,
nos depara. Incorporados al Sistema, siendo parte del establishment,
invadiendo las universidades, los hospitales y los gabinetes
psicopedagógicos de las escuelas, desde los medios de
comunicación de masas, los psicoanalistas clamamos para
que se nos reconozca en nuestra práctica esencialmente
bastarda, asocial, clandestina. Tal contradicción parecería
basarse en un principio de irrealidad, si no fuera que la mala
fe se torna, algunas veces, casi insoslayable.
Entre la representación
que los psicoanalistas tenemos de nosotros mismos y lo que
los psicoanalistas hacemos realmente, existe, a todas luces,
un abismo cada vez mayor. Entre el desinterés
por lo social y lo político y esta pasión por
la alteridad, se despliega una práctica que incluye
y apoya la privatización de lo público. Al buscar
como meta la ética del deseo, una verdadera ética
de la interioridad se convalida y es, entonces, cuando el aislamiento
individual se convierte en fenómeno masivo.
Y hay algo
más: la pasión por la alteridad que
fundamenta la ética del psicoanalista se detiene, a veces,
-lamentablemente, sólo a veces- ante la imposibilidad
de analizar a aquellos que se apropian de la vida ajena. Para
los psicoanalistas que hayan trabajado cercanos a los Organismos
de Derechos Humanos -y para los que han tenido registro del orden
de la realidad, orden de la desaparición, la humillación
y el despojo en que nuestra práctica se asentó y
aún hoy sigue vigente- no les será difícil
entender que hay "aquellos" a quienes debo odiar, que
no puedo amarlos a todos y tampoco aceptar y tolerar ciertas
diferencias. Hay "aquellos" ante quienes mi pasión
por la alteridad se desvanece, para dejar lugar a la pasión
por la justicia. Hay "aquellos" a quienes no puedo,
ni sería bueno, analizar.
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