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Algunas de las Aportaciones de Erich Fromm al Método Psicoanalítico.

 

Jorge Silva García

 

Fromm siempre se consideró un discípulo de Freud y, durante su vida, nunca dejó de estudiarlo; a este respecto nos dice (Fromm: 1962 p 23): “Traté de conocer la verdad perdurable en sus conceptos, en contraste con aquellas presuposiciones erróneas que necesitaban ser revisadas”.

Su convicción fue que ninguna rama del saber puede prosperar encerrada por el dogma. Pensó que las respuestas que da la naturaleza dependen de las preguntas que se le hacen (Dubos, 1959) y éstas, de las nuevas perspectivas que da el desarrollo creciente de los conocimientos.

No faltan los psicoanalistas quienes mantienen al Complejo de Edipo en su esquema teórico-clínico; pero algunos como la psicoanalista parisina Joyce McDougall (1995), van más allá de Freud cuando habla de una bisexualidad del ser humano, que ella define en su sentido genital explícito, no en el psicológico que señaló Freud (1954) en su carta 6.12.1896 a Fliess:

“La crisis edípica en sus dimensiones tanto homosexuales como heterosexuales, obliga a las niñas/niños a llegar a un arreglo con su deseo imposible de encarnar a ambos sexos y de poseer a ambos padres... De hecho, cada niña/niño desea poseer los órganos sexuales misteriosos y el poder que han fantaseado del padre y de la madre, del hombre y de la mujer”. (traducción del autor)

Por su lado Alan Grey (1993. p 16s), desde la perspectiva neo-freudiana dice: “En relación al Edipo, Freud fue muy claro: él esperaba que la crisis se suscitara independientemente de aquellos aconteceres vitales como la seducción de los padres, las amenazas de castración (ver Fromm: 1970) y el convivir estrecho intrafamiliar”. Y sigue diciendo Grey: “Resulta comprensible que, por el énfasis de Freud en una realidad subjetiva y 'psíquica', tuviese escasa necesidad de un concepto como el del self (yo propio) que sólo es funcional en el contexto de objetos externos”. (Énfasis agregado).

Aquí cabe anticipar que desde 1947, Fromm le dio una acepción humana al concepto de “interrelaciones” al no considerar a los sujetos, a las personas como objetos. Al poner en tela de juicio la universalidad del complejo de Edipo en 1934, Fromm logró comprender poco a poco, que el concepto consciente-inconsciente (1967. p 3) conceptualizado por Freud es distinto y agrega Fromm:

“Hablando... como psicoanalista,... debo añadir que no existe el inconsciente, sino que se puede tener conocimiento o no tener conocimiento de algo. Si tengo miedo (lo que puede determinarse por medio de toda clase de métodos psicológicos) y no tengo conocimiento de ello, entonces no tengo consciencia de mi temor. Si tengo conocimiento de él, tengo derecho a afirmar que tengo consciencia de mi miedo... Consciencia significa que tenemos conocimiento de la realidad, dentro o fuera de nosotros... Estar inconsciente significa no ver, estar ciego”. (Énfasis del autor)

Y agregamos: es no conocer, es deformar, mistificar hechos, pensamientos, personas, seres y objetos de la realidad externa e interna, por ignorancia, por costumbre y, sobre todo, por temor. Ciegos, carecemos de los elementos para una apreciación precisa y objetiva de la realidad. Es claro que él no se refiere a una visión topográfica, sino a una función humana y nos dice (Ibíd. p 5 ss)

“Freud demostró que el motivo principal de la represión ya sea que la experiencia no llegue a ser consciente o que sea desechada, es de carácter afectivo. Suponía que el sentimiento principal que lleva a la represión es el temor, temor a la separación que se produce originalmente en el proceso del nacimiento y, más tarde, temor a la castración, pero también temor al superego. Todo esto, en el concepto de Freud, se refiere a las tempranas experiencias del niño en el seno de la familia. Lo anterior es verdad hasta cierto grado, pero creo que Freud no tomó en cuenta la causa afectiva más importante de la represión... que emerge de los temores que toda sociedad en la historia ha engendrado en el hombre. Si alguien la amaga, la sociedad amenaza a ese miembro con la muerte, la pérdida de su libertad, el hambre, la pobreza, la vergüenza y humillación, o el ostracismo... La familia transfiere estas amenazas al niño, quien debe conocerlas para no fracasar dentro de la sociedad particular que le corresponde... No hay mucha diferencia entre si la amenaza es abierta, brutal o si es refinada e indirecta”.

Aquí se enfatiza el nivel social de la represión, olvidado con frecuencia en la práctica psicoanalítica, y que debe ser tomado en cuenta en la solución de la transferencia. Un factor determinante de tal acontecer, se explica porque se desconocen dos hechos:

1.- “Freud no vio que la realidad es una entidad mucho más compleja y ambigua que, en alto grado, corresponde a una categoría social. Mucho de lo que consideramos realidad son fenómenos que condiciona una sociedad dada. De hecho, gran parte de lo que creemos que es la verdad no es sino el consenso de la mayoría, manipulado por aquellos que detentan el poder”. (1967 p. 6)

2.- Lo explica Fromm (1967 p. 7s), así: “Más aún, cada sociedad crea también una especie particular de represión... de inconsciencia social que es necesaria para el funcionamiento y la supervivencia de esa sociedad. Debo añadir que el sistema de conocimiento que opera mientras el hombre se ocupa de las tareas de la supervivencia, tiene un esquema prefabricado o categorías que están determinadas por la estructura particular de cualquier sociedad dada. Este esquema determina que parte del contenido se hará consciente y que parte permanecerá inconsciente. Denomino filtro social al mecanismo por medio del cual este proceso se realiza”. (Énfasis del autor).

Habla extensamente de los tres aspectos fundamentales del filtro social, tanto en el trabajo antes citado, como en “Psicoanálisis y Budismo Zen” (1960 pp. 109ss): del lenguaje deformado por la reificación necesaria para el control de personas y de cosas, a la vez que dejan sólo como palabras los conceptos como libertad, amor al privarlos de toda la profundidad de su riqueza afectiva. El filtro de la lógica porque con cierta frecuencia no se aplica la lógica paradójica necesaria para comprender a los seres humanos y, en muchas ocasiones la propaganda política y comercial buscan imponer lo ilógico, lo absurdo, lo irracional. El filtro de los tabúes que prohíbe de facto, cuando no también de jure, toda crítica a la madre, a la iglesia, etc.

Fromm precisa dos hechos en cuanto al lenguaje, ambos de importancia en nuestra profesión: “Por lo común, puede decirse, que una experiencia casi nunca entra en la consciencia si el lenguaje no tiene palabras para expresarla”. (Ibíd.. p. 109).

Y el segundo, cuando se refiere a los conceptos (1966 p. 24 ss) y señala que cuando carecen de su contenido afectivo, resultan ideas huecas, vacías, meras ideologías. Esta diferencia la experimentamos con frecuencia en la praxis, cuando percibimos que el analizando dice las palabras como fórmula puramente intelectual; y vemos la diferente expresión facial que se manifiesta, cuando conceptualiza lo que dice. Experimentamos idéntico proceso en nosotros mismos, cuando aprendemos de nuestros analizandos, el contenido afectivo de los conceptos de su cultura o de su grupo social. Fromm está de acuerdo con Marx cuando este último dice: “No es la consciencia del hombre lo que determina su existencia sino, al contrario, es su existencia social lo que determina su consciencia”. (1960. pie de cal. p. 114).

Además del nivel social de la represión, hay un nivel individual, puesto que el ser humano es la primera manifestación de vida consciente de sí misma, confronta, con gran miedo, una única e ineludible dicotomía existencial en su devenir: la regresión o la progresión... Fromm (1955 p. 27ss) lo expresa con claridad: “La autoconsciencia, la razón y la imaginación rompieron la ‘armonía’ que caracteriza a la existencia animal... El hombre forma parte de la naturaleza, está sujeto a sus leyes físicas... pero las trasciende. Lanzado a este mundo en un lugar y en un tiempo accidental, se ve obligado a salir de él, también accidentalmente. Como tiene consciencia de sí mismo, se da cuenta de su impotencia y de las limitaciones de su existencia. Prevé su propio fin: la muerte. Nunca se ve libre de la dicotomía de su existencia y por ello se halla en un estado de desequilibrio constante e inevitable. Nunca nos vemos libres de esas dos tendencias antagónicas: Una, de salir del útero, de la forma animal de existencia, para entrar en una forma de existencia más humana: pasar de la esclavitud a la libertad. Otra, volver a la naturaleza, a la madre quien simboliza a la certidumbre y la seguridad, por ese gran miedo a su individuación”

El ser humano adulto se experimenta separado, independiente; estar fundido, pegado a otro, le significa sentirse desvalido, impotente ante seres y cosas y en el peor de los casos, es el retorno a un estado animal, preconsciente. Adán y Eva fueron arrojados del Paraíso y de su estado animal, preconsciente; cuando toman consciencia de sí mismos y perciben las diferencias entre ellos, se cubren sus genitales porque se desconocen: aún no han aprendido a amarse que es conocerse.

“La consecuencia de la separación humana -sin la reunión por el amor- es la fuente de la vergüenza, de la culpa y de la angustia”. Pero la criatura debe emerger del vientre materno y debe abandonar los pechos de ésta, para convertirse eventualmente en un ser humano independiente, individual, único.

“La esencia del amor materno (Fromm: 1956) es cuidar que la criatura crezca y esto implica, desear que dicha criatura se separe de ella; aceptar esa separación con amor y aún después de la separación seguirla amando”. El imperativo de vivir y de sobrevivir queda manifiesto en los estudios del neonato de los últimos 25-30 años, como lo señala Lichtenberg (1983. p 6) cuando dice que el recién nacido emerge como un organismo centrado y capacitado para responder al diálogo perceptual-motor-afectivo con su madre; ya es un participante y un activador del diálogo, no sólo un receptor pasivo (p. 17). El imperativo señalado impone la adaptación de la criatura al ambiente familiar y social en que nació, cualquiera que este sea: se puede nacer en un medio de abundancia o de escasez; en un medio agresivo, hasta abiertamente sádico, o en uno amoroso. Las alternativas diferentes las darán los genes heredados y las opciones de vida posibles, accesibles. Desde neonatos se perciben los efectos nocivos del rechazo y del abandono y, de modo progresivo, se manifiesta el temor a la soledad y el temor a la libertad.

“En realidad -dice Fromm (1955 p. 32)-, la enorme energía de las fuerzas que producen las enfermedades mentales, así como las que están detrás del arte y de la religión, nunca podrá entenderse como resultado de necesidades fisiológicas frustradas o sublimadas; esa enorme energía es en el ser humano, el producto de su intento por resolver el problema de su nacimiento. Todos los seres humanos son idealistas y no pueden dejar de serlo, si entendemos por idealismo el impulso a satisfacer necesidades que son específicamente humanas y que trascienden las necesidades fisiológicas del organismo”.

En Miedo a la libertad (1941. p. 41s) ha dicho: “Todas estas necesidades fisiológicamente condicionadas (hambre, sed, etc.) pueden resumirse en la necesidad de autoconservación, que constituye por lo tanto la motivación primaria de la conducta humana; pero, con todo y que estas funciones con improrrogables y que el ser humano inicie acciones para consumarlas, ello no nos explica ni el cómo ni el cuándo se satisfacen, ni explican por qué no se llevan a cabo cuando por ejemplo, alguien cede su único y último pedazo de pan o permite que lo destruyan antes de abandonar sus convicciones”. (Énfasis del autor)

En 1955 (p. 31) enfatiza: “Las fuerzas más poderosas que motivan la conducta humana nacen de las condiciones de su existencia, de la ‘situación humana’”. El ser humano no puede vivir en la soledad, en el ostracismo, salvo grandes excepciones, porque pone en un riesgo total su salud mental. La soledad se le hace tolerable sólo en un entorno que le resulte atractivo y acompañado por algún animal amigo, por su Dios o por objetos que le sean familiares. Martín Buber (1942) planteó que el hombre es “estar-dos-en-recíproca-presencia”. El hombre es y se realiza, se reconoce cada vez en el encuentro del “uno” con el “otro”. Además, el ser humano necesita la cooperación de otros para producir lo necesario y para superar las vicisitudes de la naturaleza. Esta necesidad de relación con sus semejantes, con otros seres, con los objetos de su entorno, forma la base de la caracterología que Fromm describió (1947 pp 119 ss; 1962 pp 88-91; 1963 pp 137-154).

Resulta consecuente que el contenido de lo que nos es inconsciente ya no es sólo lo antisocial, lo agresivo-destructivo, ni lo polimorfo-perverso-infantil, menos hoy en día cuando se han extendido tanto el libertinaje sexual, las torturas y el terrorismo.

Dice Fromm (1960 p. 115 s): “Formalmente hablando, lo inconsciente y lo consciente dependen (aparte de los elementos individuales, condicionados por la familia y la influencia de la conciencia humanista) de la estructura de la sociedad y de los patrones de sentimientos y pensamientos que producen (y permiten). En cuanto a los contenidos de lo que nos es inconsciente, puede hacerse esta afirmación: siempre representa al hombre total, con todas sus posibilidades de oscuridad y de luz; siempre contiene la base de las distintas respuestas que el ser humano es capaz de dar a la pregunta que plantea su existencia... el hombre, en cualquier cultura, tiene todas las posibilidades: es el hombre arcaico, la bestia de presa, el caníbal, el idólatra y es el ser con capacidad para la razón, el amor, la justicia. El contenido de lo que nos es inconsciente entonces, no es ni el bien ni el mal, lo racional ni lo irracional; es todo lo humano... es el hombre total -menos aquella parte consciente que le permite su sociedad”.

Por estas razones, Fromm descarta el concepto de sublimación; y precisa que lo necesario, es des-reprimir al sujeto para que emerjan sus cualidades creativo-productivas y el objetivo de Freud:

“la transformación del inconsciente en consciente (“Id en Ego”), que fue uno de los objetivos de Freud, adquiere ahora un significado más amplio y más profundo: hacer lo inconsciente consciente transforma la mera idea de la universalidad del hombre en la experiencia viva de esa universalidad”. (Énfasis en el texto).

Con esto se cumple una de las finalidades de Freud: el dominio por el conocimiento, la vivencia de las pasiones irracionales e inconscientes y así, dentro de este vasto horizonte de posibilidades, el ser humano escoge su camino, con un conocimiento óptimo de la verdad. Hay que decir que no basta hacer consciente lo que nos ha sido inconsciente; es necesario esforzarnos en mantener consciente este conocimiento, mediante la reflexión constante, disciplinada ejerciendo toda nuestra voluntad. Además, la verdad debe transformar, debe cambiar al individuo y no quedar, tan sólo, como una intelectualización.

Uno de los grandes logros de Freud fue su concepto dinámico de la conducta humana, determinada por dos órdenes de factores: Aquellos de los que tenemos conocimiento, de los que somos conscientes y; Aquellos que nos son inconscientes, que nos son desconocidos. Pensó que el principio dinámico era la sexualidad y consideró de primordial importancia a las áreas erógenas que conformaron cuatro tipos de carácter:

… el oral, que más adelante clasificó Abraham (1924) en el oral pasivo y el oral sádico, el anal y el genital. Con gran claridad observó tres constantes distintivas del carácter anal: ser ordenados, parsimoniosos y obstinados, además de mostrar interés en el oro y en las heces fecales. Su pensamiento penetrante y su genialidad, y apoyándose en cuentos y mitos, estableció la relación estrecha entre las heces fecales y el oro: la olla de oro al final del arcoiris se puede transformar en heces. Las limitaciones de la teoría de la libido estorbaron el estudio y la comprensión de los alcances deshumanizantes del carácter anal (designado atesorador por Fromm). Resulta interesante lo que dice Alport (1988. p 65) en esta área y que en este caso, expresa también nuestro sentir al respecto:

“La teoría de las 'relaciones objetales' son las relaciones con nuestros semejantes, son las que conforman la estructura psíquica del individuo; en tanto que la teoría de las pulsiones (drives de Freud) considera de significación central la búsqueda del placer y de la agresión (sic), siendo de importancia muy secundaria la relación entre las pulsiones y los objetos” (Énfasis agregado), que nosotros designaríamos como sujetos, en su caso. Al liberarse Fromm (1964. p 67ss) de la estrechez propia de la teoría de la libido, pudo mostrar los alcances del carácter atesorador (anal) en contra de la vida y a favor de lo muerto, de lo inerte, lo desvitalizado. Llamó la atención sobre tres posibles orientaciones del vivir: la biofilia y la necrofilia; y la tercera, cuando un fuerte narcisismo, necrofilia, y una intensa fijación pregenital simbiótica a la madre, coexisten en una misma persona. Las tres conforman lo que Fromm llamó “El Síndrome de podredumbre o de corrupción moral”(1).

No debe confundirse la Necrofilia de la que habla Fromm, con la atracción sexual perversa a los cadáveres que Kraft-Ebing describió con mucho cuidado. Fromm tomó esta palabra del discurso de Don Miguel de Unamuno del 12 de octubre de 1936 cuando designó como “necrófilo” al grito favorito de “Viva la Muerte” del general franquista Millán Astray.

La tendencia a la necrofilia se ha ido acentuando: una evidencia es la reificación de los seres vivos y la destrucción crecientes de la naturaleza; el interés cada vez mayor por el consumo y el desperdicio, así como tantas evidencias del temor ciudadano a la libertad, a la individuación visibles en la añoranza de los grandes dictadores y la búsqueda anhelosa de alguien quien tome las grandes decisiones y fije el rumbo a seguir. Fromm describe un cuarto carácter, el productivo (carácter genital en Freud) muy bien delineado cuando habla del “carácter revolucionario” (1963 a) que podemos resumir diciendo que este carácter se encuentra en un ser libre e independiente, plenamente despierto, quien se ha identificado con la humanidad; por ello ha trascendido los confines limitados de su propia sociedad. Resulta consecuente que es capaz de criticar, desde la perspectiva de la razón y de la humanidad, a cualquier sociedad. El revolucionario experimenta una profunda reverencia a la vida y a lo vivo. Su sentir y su pensar corresponden a lo que Fromm llamó “ánimo crítico”. En Más allá de las cadenas de la ilusión (1962. p. 87s), aceptando una idea de Balzac, dice Fromm:

“Las fuerzas que motivan al hombre, la forma en que un individuo actúa, siente y piensa está determinada, en gran medida, por la especificidad de su carácter y no es simplemente el resultado de las respuestas racionales ante situaciones realistas...”

“La estructura del carácter determina la acción, como también determina los pensamientos y las ideas”.

Ya antes (1947 p. 63ss) dijo: “el destino del hombre es su carácter... y puede definirse como la forma (relativamente permanente) en la que la energía humana es canalizada en los procesos de asimilación y socialización”. (Énfasis del autor).

Conforme el ser humano crece y se adapta para sobrevivir a su entorno familiar y social, construye un marco de orientación y de devoción, sin importar qué tan irracional o ilusorio sea éste. Se impone dicho marco, porque estando rodeado de inmensos e innumerables fenómenos enigmáticos, su razón tiene que procurar entenderlos, incluirlos en un contexto que le resulte comprensible.

“Se verá esto muy claramente si estudiamos la función de la racionalización: por irracional o inmoral que sea el ser humano, siente un impulso insuperable a racionalizar, a justificar sus actos, esto es, a demostrarse a sí mismo y a los demás que su acción estuvo determinada por la razón, por el sentido común, o al menos por la moral convencional. No tiene dificultad en obrar irracionalmente pero le resulta casi imposible no dar a su acción la apariencia de una motivación razonable.” (Fromm: 1955 p. 60s. Énfasis en el texto).

En la práctica clínica, nos damos cuenta del gran valor de ir conociendo este marco de orientación y de devoción porque, como antes dijimos, está constituido por el sistema de defensa para sobrevivir que por necesidad se adapta al medio social y familiar donde se nace. Este marco constituye, por decirlo así, los músculos de la estructura ósea de la orientación del carácter y coadyuva a determinar los aspectos negativos y positivos de ésta. Al ir confrontando, aclarando o esclareciendo y desmitificando ideas preconcebidas, deformadas, ilusorias, ahora carentes de sentido, el analizando utiliza músculos que le eran desconocidos y, poco a poco, construye un nuevo marco que le resulta real y objetivo; así vamos analizando aspectos transferenciales que provienen de sus prejuicios sociales y familiares.

Nos interesamos en escuchar lo que dice y percibir lo que no dice, puesto que esto último es como un contrapunto que aclara y precisa lo que hasta ese momento ignora, o rechaza. Si tenemos éxito, esclarece y descarta convencionalismos sociales, desarrolla capacidad crítica para objetivar el acontecer social y la realidad del ser de las personas significativas de su vida; y continúa la dura tarea de crear una nueva espontaneidad.

De las polaridades existenciales que plantea Fromm (en el Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, Capitulo III y en el Capítulo10 de la Anatomía de la destructividad humana) por la extensión limitada de este trabajo, quiero señalar sólo otra más: nuestra pasividad ante nuestro nacer y nuestro morir. Esta pasividad nos resulta incómoda, desagradable y el impulso a crecer, a vivir, nos obliga a trascenderla en actividad y de estas actividades, las que nos hacen sentirnos fuertes, son las de crear o destruir. Si el objetivo de la vida es vivir, nuestra mejor opción, y tal vez la más natural, es darle un sentido creativo a nuestra vida. Como contraparte, la frustración de hacer algo válido con nuestro potencial activo creativo, nos induce a destruir. Construir, crear, nos lleva a un esfuerzo creciente por valorar la meta de SER; destruir nos lleva, tal vez, a TENER, aunque nos puede orillar a percatarnos que nada somos y que lo que tenemos es nada. Fromm considera, junto con otros investigadores, que ambos sexos son iguales en tanto nos referimos a su naturaleza o a su esencia humana (Fromm 1963 a); claro que hay diferencias, pero para él, ser diferente no es sinónimo de ser inferior. Sólo resulta que el ser diferente es ser inferior, cuando el marco en el que se juzga es el de “mismidad”(2) (Fromm: 1966 p. 14s ).

No es igual el proceso de un psicoanálisis que considera a la mitad de la humanidad como seres humanos castrados y que no entienda, por lo tanto, que la “envidia del pene” o las “fantasías de prostitución”, se originan exclusivamente por el privilegio excesivo del que gozan los varones en las sociedades patriarcales.

En Sexo y carácter (1963 b) señala algunos de los aspectos psicológicos que se derivan de las diferencias anátomo-fisiológicas entre mujeres y hombres. El hombre, por necesidad, tiene que mostrar que puede penetrar a la mujer de manera satisfactoria y su temor a la impotencia genital genera angustia; la mujer no necesita demostrar nada, salvo su aceptación, y su temor específico, es a sentirse no-atractiva, no-sujeto de deseo sexual, además de los temores de ser sujeto de agresiones sádicas dolorosas, porque en general, es más débil físicamente que el hombre.

Al estudiar el concepto del ser humano que nos muestra Erich Fromm, no debemos ignorar que los estados de vigilia y de soñar durante el dormir, son las dos instancias en que el ser humano experimenta vivencias diversas. En el estado de vigilia, sus experiencias son matizadas, tamizadas y deformadas por los estímulos del mundo externo y por la perspectiva propia del soñante. Durante el soñar se encuentra libre, por la ausencia casi total, de estímulos externos: sólo permanecen “restos diurnos” cuyos estímulos pueden irrumpir en el soñar, y los efectos de la “censura” que provienen del marco de orientación y de devoción del sujeto. El miedo a la soledad y el miedo a la libertad juegan un papel importante en los sueños.

Los símbolos son el lenguaje universal de éstos, cuya clave la posee el soñante. Siendo la vigilia y el soñar dos formas de experiencia del ser humano, resulta lógico concluir que los sueños deben explicar y aclarar instancias de la vigilia y que las asociaciones libres, el contexto de su vida y los restos diurnos, nos llevan a ahondar en la comprensión progresiva de su contenido latente.

Por fortuna, no estamos limitados a la metodología tradicional de Freud para comprender los sueños: en El lenguaje olvidado (1951) Fromm nos lleva a comprender el gran valor de la simbología global del sueño y de los afectos implícitos que plasman un estado de ánimo (mood) prevaleciente, habitualmente inconsciente para el soñante. Lo anterior no implica que desconocemos la importancia de los afectos explícitos; ambos afectos, explícitos e implícitos en el sueño manifiesto, además de los sucesos que éste plasma, dibuja, nos señalan muchas preguntas y nos permiten algunas afirmaciones que puntualizan o apuntan a elementos que son inconscientes para el soñante. Preguntas y afirmaciones que nos guían en las confrontaciones o esclarecimientos pertinentes y nos afirman, como terapeutas, hacia aquello que es significativo y lo diferencian de lo que es humo, hojarasca, al servicio de las defensas para sobrevivir.

Todos sabemos, hoy en día, que el soñar es una manifestación significativa de nuestra fisiología; sabemos que su interrupción produce serios trastornos emocionales y disfunciones corporales. Ya no podemos considerar al soñar como “el Guardián del Dormir” y la práctica clínica nos enseña que los sueños no cumplen deseos salvo alguno que otro (Fromm: 1980). La práctica clínica nos demuestra que los sueños están al servicio de la progresión, del proceso de individuación, abriendo “el Camino Real” a todo lo que sigue inconsciente para el sujeto. Ellos muestran al terapeuta, estados de ánimo desapercibidos por el analizando, así como esclarece tendencias de algunas personas del entorno del estudiado o de situaciones que ignora; hechos que desconoce. Los sueños dan acceso a aclarar y precisar para remover lo ilusorio en el interesado mismo, confrontándolo con su SER y su ESTAR. Los símbolos de los sueños son siempre multideterminados, de ahí que resulta reduccionista considerar desde un principio que una pistola es el pene, etc. Lo cierto es que podemos esperar, a veces, meses o años para comprender todas las ramificaciones de un sólo símbolo, entonces, y sólo entonces, se hace la luz para analista y analizando, de toda la riqueza viva del símbolo global del sueño y percibimos la lógica inexorable de su aparente sin-sentido. Por lo mismo, si bien resulta verdad, que después de realizada la primera sesión, el analista está siempre presente en los sueños, aún in absentia, podemos esperar lo necesario para que todo se esclarezca, para que se precise cómo es representado el terapeuta en los sueños y se amplíe nuestra comprensión de la transferencia(3).

No cabe duda que somos, sin ingerencia de nuestra voluntad, los guionistas y escenógrafos de nuestros sueños; “seleccionamos”, por así decirlo, a los personajes y a los comparsas, así como la secuencia de las escenas. Todo ello nos asistirá para captar lo que el sueño nos dice acerca del soñante; de hecho, los sueños son una fotografía instantánea (Silva: 1990) de esa noche del ser del soñante. Los sueños sucesivos enriquecen nuestro conocimiento del analizando y nos permiten ampliar nuestra empatía con ella o con él. Siempre es necesario conocer la edad y el sexo del sujeto, si hemos de comenzar a entender algo de su sueño manifiesto; no es la misma perspectiva la de niñas o niños, de los adolescentes, de los adultos o de los viejos.

Para Fromm, el problema central del psicoanálisis es el de comprender al ser humano, tanto en estado de enfermedad como en el de salud mentales. Para él, este método de investigación y de tratamiento debe penetrar, lo más pronto posible, al corazón de la vida del analizando, a fin de ubicar la problemática consciente e inconsciente, mantenida con gran tenacidad. Erich Fromm decía que se puede definir la neurosis como una fijación desde la infancia, que no se quiere abandonar. Es cierto, porque resulta muy angustiante, de gran miedo y agobio, cambiar el marco de orientación y devoción que aprendimos para sobrevivir en el seno de la familia y del grupo social. Esto lo vivimos hoy en día al ver, por ejemplo, cómo hay rusos que anhelan a pesar de todo, regresar al terrible modelo stalinista de gobierno.

En el diálogo terapéutico no se debe perder el tiempo, urge al psicoanalista ser como el agua: presionando sin presionar pero sin cuartel, infiltrando la menor ranura para que se esclarezcan los mecanismos de defensa adaptativos, utilizados para sobrevivir y para ayudar a que a que el analizando forme un nuevo marco de orientación y devoción. No se trata de la postura del “observador participante” de Sullivan, es interesarse en el otro ese inter-esse, ese aprehender de la vida del sujeto: vivirlo, sentirlo, estar abierto ante el otro y responder desde adentro de nuestro ser. Es la utilización creativa de la transferencia-contratransferencia a las preguntas y dudas que surgen, aclarando lo ilusorio y mitificante que el otro ha aceptado como normal hasta ese momento. Fromm pensó que sólo se puede psicoanalizar con amor, el amor que él concebía como ese separar y unir al mismo tiempo, como ese cuidar y conocer responsables, que es objetivo y que objetiva. Sólo con amor y objetividad, se pueden expresar hechos dolorosos que han limitado la vida del analizando. Consideró que la pasividad del terapeuta con frecuencia llega a ser explotadora, comercial, o bien esa pasividad puede esconder la falta de vitalidad del propio analista. La actividad esencial, ante el analizando, consiste en ser, para poder vivir el “aquí” y el “ahora” cuando el pasado se ha tornado sólo fuente de experiencia que permite objetivar el presente y planear el futuro.

Antes de terminar quiero decir algo más acerca de la separación, que parece ser un tema de particular interés. He dicho antes (página 6 de este manuscrito), que el ser humano debe emerger del vientre materno y que debe abandonar los pechos de su madre si ha de alcanzar su independencia y su individuación. También se citó a Fromm (1956) donde señala que el amor materno se caracteriza porque a la vez que acoge y cuida de su criatura, la prepara para que se separe de ella. Y se señaló, y es de enfatizarse, que ella acepta “esa separación con amor y aún después de la separación seguirla amando”.

Es consecuente que para Fromm, la separación debe ser un acontecer normal del crecimiento y del proceso de individuación dado que en la vida, la separación es una de las contingencias naturales, además de las cuatro que señaló el Buddha: el dolor o sufrimiento, la enfermedad, la vejez y la muerte; de ahí que el duelo es un suceso ineludible en nuestras vidas. Como dice Gibram Jalil Gibram en “El Profeta”: “Si quieres vivir una vida plena, llorarás todas tus lágrimas, reirás todas tus risas y amarás todos tus amores”.

Para Fromm como para otros, la psicopatología en la separación surge, cuando al nacer no se encuentra un ambiente facilitante “siempre indispensable para que pueda progresar el proceso de maduración” (Winnicott: 1965. pp 223 y 239). Fromm habla de esta psicopatología cuando describe, en “Ética y Psicoanálisis” las tres orientaciones improductivas del carácter receptivo, del explotador y del atesorador. Bowlby escribió extensamente sobre el tema de la separación en el segundo volumen de su obra “Attachement and Loss” que se cita y donde dice:

“La necesidad de vivir la cálida experiencia íntima de una relación continua con su madre (o una sustituta materna permanente), en que ambos encuentren satisfacción, gozo y bienestar, se considera esencial para la salud mental del recién nacido”.

No es posible agotar sus numerosas observaciones teórico-clínicas de los efectos negativos de la separación de la madre, pero se debe dejar constancia de que Bowlby encuentra muy dolorosa, la experiencia de una sucesión de extraños en la vida de la criatura por contingencias diversas atemorizantes, como la guerra y otros desastres:

“la pérdida de la figura materna per se o en combinación con otras variables, es capaz de provocar respuestas psicopatológicas que deben estudiarse con gran interés. Es frecuente que los niños así afectados, tiendan a demandar con intensa y acentuada exigencia, una respuesta afectiva de los adultos presentes y a tornarse angustiados o iracundos cuando sus demandas no reciben la respuesta exigida. No hay duda alguna que la presencia o la ausencia de una madre o figura maternal, y la calidad de su interrelación, son determinantes para el estado emocional de los niños”.

Igor Caruso (1968) hace un planteamiento, al principio de su libro, por demás provocativo y estimulante, digno de señalarse y mantenerse vigente: “La negación de lo humano en la mujer es, ya en sí misma, un síntoma de represión de Eros; ello convierte a la mujer en (inhumana) destructora, que dada la estructura patriarcal existente, extienda esta imagen femenina destructora a lo sexual”.

Al entrar de lleno en el tema de “La Separación de los Amantes” dice:

“El núcleo de nuestra problemática está constituido por la vivencia de la muerte en una situación vital generalmente reprimida en la consciencia de quienes deben experimentarla directamente, es la vivencia de la muerte en mi consciencia ocasionada por la separación y peor aún desde la perspectiva del narcisismo, es la vivencia de mi muerte en la consciencia del otro (a) ... surge entonces la desesperación cuando se separan dos personas que estaban fundidas en una unión dual, que sólo tiene un modelo: la díada madre-hijo. La pérdida del objeto de amor, objeto fuerte de identificación, resulta en una catástrofe del Yo, por la pérdida de identidad”. (Énfasis en el texto)

Lo que se acaba de citar de Igor Caruso se comprende con mayor claridad cuando leemos a Margaret Mahler (1972 p 333) y su tesis neofreudiana: El crecer implica un alejamiento (separación) gradual del “estado normal de simbiosis humana del recién nacido, cuando se es uno con la madre. Este proceso de separación es un duelo que dura toda la vida y es inherente a cada nuevo paso hacia un funcionar independiente porque siempre está presente la amenaza, aunque mínima, de pérdida de objeto”. Y termina diciendo: “Se puede decir que todo el ciclo de vida lo constituye un proceso más o menos exitoso de alejarse, a la vez que se introyecta a la madre simbiótica perdida. Es una eterna añoranza de ese estado ideal del 'self' de la fusión con la madre simbiótica toda bondad, quien en algún momento, en un estado de dichoso bienestar, fue una parte del self.”

Caruso y Mahler representan un aspecto importante de la teoría psicoanalítica neofreudiana, pero resultan parciales al no considerar a la dicotomía que confronta al ser humano con sus dos opciones desde que nace: la opción de progresión o la opción de regresión. Ambas opciones lo confrontan con el miedo a la soledad y el miedo también a su contraparte, la libertad. La atormentada separación de los amantes que describe Caruso, nos está hablando de personajes que no han seguido un camino de progresión, por lo que siguen dependientes, necesitando que alguien se haga cargo de ellos.

A diferencia de los anteriores, Fromm introduce el elemento de la libertad, independencia y el de la esperanza, como opciones que el ser humano puede alcanzar si se atreve a enfrentar con valentía moral, al miedo intenso inherente al crecer, madurar y alcanzar los objetivos de progresión. No podemos olvidar que el miedo parece ser inherente a la materia viva, indispensable por ser la señal que alerta al peligro, señal que nos lleva a huir o a luchar. Me atrevería a agregar, que desde una perspectiva teleológica, podemos decir que gracias a que el miedo nos alerta, ha sido posible que la vida prospere en este planeta.

Fromm propone la individuación como meta para poder acceder al amor sea como logro previo al compromiso, o como el objetivo comprometido de la pareja en su unión: “El amor maduro (Fromm: 1956 p 39s) significa unión de dos personas a condición de preservar la propia integridad, la propia individualidad. El amor es un poder activo y por ello en el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos”. (Énfasis agregado).

Para que dos seres humanos se amen deben encontrar su identidad propia y compartirla. René Dubos en su “Mirage of Health” (1959) pone en boca de un viejo ateniense una frase encantadora acerca de la identidad: “Yo soy yo y todas mis experiencias”.
William James en una carta a su esposa (en E, Erikson: 1968) le escribe: “En esos momentos (refiriéndose a una indagación interna) hay una voz interior que habla y dice: 'Este soy realmente yo'”.

Se considera que debemos admitir que la noción de identidad, de esa “mi identidad”, es un logro muy individual. Nadie nos lo puede dar. Por lo que, la sensación de ese supuesto valer propio, de esa pseudo “identidad” que otorga la madre o la amante y de la cual habla Igor Caruso, resulta ser una experiencia vacía de contenido, una simple ilusión de identidad, una quimera. En estas condiciones la separación de los amantes puede resultar catastrófico.

 

Notas:

1.- En el inglés original se le llama “Syndrome of Decay” que tiene dos acepciones básicas en inglés: una es de declinación, caer del estado de excelencia o de prosperidad. La otra acepción es de pudrirse, de corromperse, de podredumbre que es la connotación real del texto original.

2.- Utilizo aquí mi traducción del texto en inglés, porque “sameness” debe ser traducido como “mismidad” para su correcta connotación y no como “identidad” como lo señala el texto en español. “Identidad” es “Identity”: the state or fact of being the same one. The condition of being one's self...”

3.- El libro “The clinical Use of Dreams” de Walter Bonime es por demás admirable. Mi objeción es que tiende a precipitar la identificación del símbolo del terapeuta sin dar los elementos necesarios que lo confirmen.

 

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Publikation des Erich-Fromm-Archivs, Tübingen Publication of the Erich Fromm Archive, Tuebingen, Germany Copyright © beim Autor / by the author page 1 of 11 Silva Garcia, J., 1997

Trabajo presentado en la Universidad de Bolonia el día 3 de octubre de 1997. Copyright © 1997 and 2009by Dr. Jorge Silva García, Joaquin Romo 171, Tlalpan, México, 22 D.F. 14260 / México; E-Mail: jsilvag82@prodigy.net.mx

 

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