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Edición-reedición: reflexiones a partir de
los aportes de D. W. Winnicott a la comprensión y
tratamiento de las psicosis y otras patologías graves.
Revista de Psicoanálisis
Noviembre 1999 - No.3.
Carlos
D. Nemirovsky (*).
-
"Sin
duda somos muy pobres si somos totalmente cuerdos".
-
D.
W. Winnicott (1960a)
Resumen Es
especialmente en nuestro trabajo con los pacientes con graves
perturbaciones que vamos aprendiendo que las variaciones
taxonómicas son diagnosticables sólo en un
contexto vincular. También, que la creación
de un ambiente que genere el mínimo de reacciones
adversas tendrá una importancia crucial. De la calidad
de este vínculo y cómo procedamos dependerá el
diagnóstico y, por cierto, el pronóstico mismo.
El atribuir al enfermo "conducta bizarra", o determinadas
reacciones afectivas, no sólo deberá tener
en cuenta el contexto cultural -los códigos locales-
sino que no podrá soslayar la actitud del entrevistador
como esencial en el establecimiento del campo psicológico
y, por ende, de la génesis de algunas particularidades
conductuales en el entrevistado.
En
este trabajo desarrollaré la idea de que sólo
en un nuevo vínculo -reparador de aquel temprano con
los objetos más significativos- podrán resolverse
ciertos desarrollos sintomáticos que se generaron
debido a una intensa y prolongada relación patológica
en los inicios de la vida. Trataré en especial de
mostrar que es a través del mecanismo que hemos llamado "edición" (Lerner
y Nemirovsky, 1989,1990,1992) –que difiere de la clásica
reedición transferencial- que se posibilita el registro
de lo aún no vivenciado para su posterior integración
en el self.
Introducción:
algunos comentarios acerca del diagnóstico de psicosis En
una definición abarcativa de psicosis, consensuada
entre colegas con experiencia clínica en patologías
graves, no podrá dejarse de lado, seguramente, características
como desorganización severa de la personalidad, marcada
regresión libidinal y yoica, o descripciones fenomenológicas
como conducta bizarra, ideas delirantes, reacciones afectivas
lábiles e intensas y, sin duda, una significativa
perturbación en el contacto con la realidad. Alucinaciones,
dificultades en el curso del pensamiento e hipocondría
serían, también, rasgos prominentes. Por su
parte, Kaplan, Sadock y Grebb (1994) seleccionan tres parámetros
que resultan a juicio de los autores importantes para delimitar
las psicosis: "Incapacidad para distinguir la realidad
de la fantasía, evaluación de la realidad deteriorada
y creación de una nueva realidad."
Si
la mayor parte de los elementos que constituyen el diagnóstico
sintetizado en estas definiciones se hacen presentes en quien
nos consulta, no tendremos dudas respecto del cuadro que
se trata. Además, si encontramos un racimo de estos
síntomas es más que probable que la visita
del paciente a nuestra consulta sea tardía y que hayan
pasado ya algunos años desde el comienzo de su enfermedad
-y también, quizá, más de una experiencia
terapéutica desde la primera consulta-, de manera
que la cristalización sintomática y los procesos
de restitución han configurado un cuadro estereotipado
con tal rigidez que si varios colegas observaran al paciente,
aunque desde distintas perspectivas teóricas, aceptarían
un diagnóstico similar o apenas con pequeñas
variantes.
Difícilmente
luego de años de cronicidad podamos remover su enfermedad.
El vínculo analítico debería enfrentar
transferencias que generan distorsiones permanentes, determinando
una visión estereotipada que sólo permita dirigir
los esfuerzos terapéuticos a la rehabilitación.
Pero debemos admitir que son los pacientes que genéricamente
podríamos llamar gravemente perturbados los que requerirán
de nosotros una actitud especialmente cuidadosa y prudente,
neutral, con el fin de evitar promover resultados adversos.
Este
particular cuidado en todas nuestras intervenciones resulta
de la concepción que sostiene el maestro inglés
que inspira los desarrollos que me propongo: "En el
estudio del infante real ya no es posible no tomar en cuenta
el ambiente. Por lo tanto, el término regresión
tiene ahora una aplicación clínica en la regresión
a la dependencia. Se trata de la tendencia al restablecimiento
de la dependencia y en consecuencia el comportamiento del
ambiente pasa a ser algo que no puede ignorarse cuando se
usa la palabra regresión. Esta palabra sigue conteniendo
la idea de regresión al proceso primario. Ahora la
tendencia a la regresión es vista como parte de la
capacidad del individuo para producir su autocuración.
Representa una indicación del paciente al analista
acerca de cómo debe comportarse este último,
más bien que acerca de cómo debe interpretar
al paciente...La psicosis ya no ha de atribuirse a una reacción
a la angustia asociada al complejo de Edipo, ni a una regresión
a un punto de fijación, ni se la vincula específicamente
con una posición del proceso del desarrollo instintivo
individual. En lugar de ello puede postularse que la tendencia
regresiva de un caso psicótico es parte de la comunicación
del individuo enfermo, comunicación que el analista
puede comprender del mismo modo que entiende como comunicación
el síntoma histérico. La regresión representa
la esperanza del individuo psicótico de que puedan
revivirse ciertos aspectos del ambiente que originalmente
fallaron, pero revivirlos de un modo tal que en lugar de
fallar en su función de desarrollar y madurar la tendencia
heredada, esa vez tenga éxito." (Winnicott,1959).
Aun
a riesgo de ser redundantes, recordemos que Winnicott (1971)
se refiere a los borderlines como poseyendo un núcleo
psicótico central y rígido defensas, de manera
que también estos pacientes presenta problemas psicopatológicos
y terapéuticos cercanos a los psicóticos; de
allí que los englobemos como pacientes gravemente
perturbados.
Es
especialmente en nuestro trabajo con los pacientes con estas
graves perturbaciones que vamos aprendiendo que las variaciones
taxonómicas son diagnosticables sólo en un
contexto vincular. Es aquí donde la creación
de un ambiente que genere el mínimo de reacciones
adversas tendrá una importancia crucial. Por lo tanto,
de la calidad de este vínculo y, en especial, de cómo
procedamos los profesionales dependerá el diagnóstico
y por cierto el pronóstico mismo. El atribuir al enfermo "conducta
bizarra" o determinadas "reacciones afectivas" no
sólo deberá tener en cuenta el contexto cultural
-los códigos locales- sino que no podrá soslayar
la actitud del entrevistador como esencial en el establecimiento
del campo psicológico y, por ende, de la génesis
de algunas particularidades conductuales en el entrevistado.
Más adelante, será el consenso que establezcamos con nuestros
pares profesionales aquello que nos permitirá pensar en una u otra categoría
diagnóstica, aunque exigirá siempre mantener con la taxonomía
un vínculo laxo, de transformación permanente, para evitar rigideces
que empobrezcan nuestro pensamiento.
Una
perspectiva de las patologías graves
Guiados
por la concepción winnicottiana, entendemos que el
desarrollo de un tratamiento que haga factible la recuperación
de un cuadro grave resultará de un encuentro con un
objeto que permita un vínculo adecuado y específico
que posibilite la puesta en escena de necesidades tempranas
insatisfechas que permanecieron congeladas a la espera de
estos encuentros que facilitarán su despliegue.
Estas
necesidades tempranas que son diferenciadas claramente por
Winnicott (1960b) del accionar instintivo ("debe subrayarse
que al referirme a la satisfacción de las necesidades
del infante no hablo de la satisfacción de instintos")
son agrupadas en su obra en tres categorías: sostén
(holding), manipuleo (handling) y presentación del
objeto (object-presenting), y requieren acciones específicas
del medio -el medio más temprano es la "madre
suficientemente buena"- para que en el transcurso del
desarrollo hacia la independencia el sujeto humano se integre,
se personalice y acceda a la realidad.
Es
a partir de su vasta y heterogénea experiencia clínica
con pacientes gravemente perturbados que plantea que si por
diversas situaciones el desarrollo transcurrió sin
aquellas respuestas que hubiesen sido posibles por parte
de un objeto adecuado, crucial, específico, las necesidades
permanecerán congeladas a la espera de un contexto
receptivo, no "reactivo".
El
modelo que nos brinda el pensamiento de Winnicott, y de su
prolífica escuela, intransigentemente vincular, tiene
su basamento científico en los postulados de Freud
y en los desarrollos kleinianos pero, en este aspecto, la
diferencia de nuestro autor, y algunos que le precedieron,
consiste en: a) haberse alejado de los planteos instintivistas
y, por ende, deterministas; b) la jerarquización de
los factores ambientales en la crianza humana, proveedor
irremplazable de aquellos objetos que satisfarán necesidades,
y luego deseos, y que se ampliarán en el camino hacia
la transición en el contexto familiar y social.
Recorriendo
la literatura psicoanalítica podremos percibir que
Winnicott no estuvo solo en lo esencial de estos pensamientos:
Fairbairn (1941) propuso a la libido como buscadora de objetos
y no de placer; a las zonas erógenas como canales
mediadores, y a las fases libidinales como "técnicas
del yo" para regular las relaciones con los objetos,
fundando las bases para una concepción que podemos
denominar del "impulso primario" (búsqueda
de objetos –y no necesariamente de placer- como motor central
del psiquismo), divergente de aquella de "impulsos secundarios" sostenida
por Freud: la sexualidad cabalgando sobre los instintos de
autoconservación, o anaclisis. Fairbairn no deja de
destacar, como uno de los fundamentos de sus divergencias
con Freud, las diferencias contextuales. El siglo XIX, para él,
estaba dominado por "una concepción helmholtziana
del universo físico".Es también en esos
años cuando Bolwby (1940) escribe su primer trabajo
acerca de la influencia del medio en el desarrollo de las
neurosis. También en esa década Balint (1968)
desarrolla su teoría a partir de la denominada falta
básica. Más contemporáneamente, desarrollan
algunos de sus puntos de vista los colegas que lo acompañaron
en el "middle group" así como los que en
USA se aproximan a algunos de sus puntos de vista: Mahler,
Erikson, Searles, Kohut y sus seguidores.
Es
oportuno ahora un interrogante: ¿por qué muchos
de estos autores -cuatro o cinco décadas después
de los comienzos del Psicoanálisis- observan los fenómenos
psíquicos desde tan distintas perspectivas? ¿Por
qué se desplaza el acento del instinto y sus transformaciones
hacia las modalidades vinculares? ¿Por qué descentran
el nudo edípico como piedra angular de la patología
y dirigen su mirada a aquello que precede a la organización
triangular?
Estos
factores son variados (y llevan también como ingrediente
el componente personal de quien formula sus hallazgos) pero
quisiera puntualizar un factor que me resulta sustancial:
el desarrollo de una enfermedad, y como se la conciba, estará siempre
en función de los valores propios de la época.
Durante la modernidad -y esto lo confirmamos en cada paradigma
freudiano- la búsqueda del saber y de la verdad eran
el norte de todo investigador: el saber, positivo; la verdad,
opuesta a la apariencia y a la mentira. Décadas después,
Winnicott y sus contemporáneos comienzan a preocuparse
por el individuo que produce el medio urbano y esto se refleja
obviamente en las búsquedas que orientan a estos pensadores:
el sufrimiento del hombre a partir de la postguerra surge
como una consecuencia de no poder hallar con facilidad la
presencia, la disponibilidad, la comprensión, el encuentro,
que en plena sociedad postindustrial rehuyen tanto más
que en la época de la modernidad freudiana.
Acerca
del valor del medio en la etiología de las psicosis
hoy seguimos formulándonos hipótesis sin poder
responder aún a aquello que Winnicott (1954) reclamara: "La
idea del psicoanálisis como arte debe ceder gradualmente
ante el estudio de la adaptación ambiental relativa
a las regresiones de los pacientes. Pero mientras siga sin
desarrollarse el estudio científico de la adaptación
ambiental supongo que los analistas debemos continuar siendo
artistas en nuestro trabajo".
Aunque
debemos reconocer que nuestro autor arriesgaba algunas definiciones:
citando a su amigo J. Rickman sostenía: "La locura
es la incapacidad de encontrar a alguien que nos aguante" (Winnicott,
1961). Y luego: "En el infante, la relajación
significa no sentir la necesidad de integrarse, mientras
se da por sentada la función del yo auxiliar de la
madre) (Winnicott, 1962) La integración está estrechamente
vinculada con la función ambiental de "sostén" -que
en la cita anterior se da por sentada para destacar lo que
sabemos, justamente, que no siempre es así-, con el "aguante",
en el sentido real y/o metafórico. Posteriormente,
dirá que "La locura no es en general una regresión,
pues la regresión implica un elemento de confianza;
es más bien un muy elaborado acondicionamiento de
defensas cuyo objeto consiste en prevenir la repetición
de la desintegración" (Winnicott, 1967).
Podemos
pensar, entonces, que si ofrecemos un setting que permita
crear un medio ambiente "sostenedor", seguramente
específico para cada paciente, permitiremos la vivencia
de la esperanza a la que el lúcido autor se refiere
y, sin duda, estaremos más cerca de vislumbrar la
salud. Al respecto, Winnicott enfatiza el vínculo,
vínculo de presencia y disponibilidad necesarias y,
consecuentemente, de esperanza.
¿No
nos permiten estas formulaciones estar más cerca de
la dilucidación de las cuestiones del tratamiento
de pacientes severamente perturbados?
La
polémica reedición/ edición: ¿podremos
crear lo que no fue?
Freud
(1917) formuló una reflexión visionaria que
dejó sin contestar: "...no veo en que sentido
habría fracasado la orientación que hemos impuesto
a nuestras búsquedas si descubriésemos que
en la psicosis graves son las pulsiones yoicas mismas las
extraviadas de manera primaria...el futuro lo dirá..."
Creo
que estamos en ese futuro y podemos advertir que esa intuición
freudiana es hoy una de las más importantes ideas
trabajadas por los diversos autores en los que abrevamos.
Las "pulsiones yoicas mismas" opuestas, en ese
momento teórico, a las sexuales y que requieren para
su satisfacción de una "acción específica" implican
una concepción muy cercana, aunque no exacta, a los "instintos
del yo" de Winnicott, a esas necesidades que, como él
plantea, deben encontrar imprescindiblemente su objeto específico
para poder lograr la integración, la personificación
y la realización.
La
misma idea la hallamos en Kohut (1971) para las primeras
relaciones objetales, posibilitadoras del establecimiento
de un self cohesivo, vital y armónico. Para lograrlo,
deberá el incipiente self encontrar objetos que lo
especularicen y a quienes idealizar. También Bowlby
(1969) coincide con estos conceptos cuando piensa en las
conductas de apego, e igualmente Balint (1968) postulando
el amor primario. En la clínica de J. McDougall (1982)
están presentes conceptos teóricos similares.
Si
en los comienzos de nuestra vida, quien nos debe "sostener" y "aguantar" -el
depositario de nuestra confianza- falla reiteradamente, será deficitario
nuestro desarrollo. Pero, si son efectuadas, permitirán
que el bebé sea, que se sienta real, creativo, que
logre su vivir en su propio cuerpo, que con el tiempo siga
siendo el mismo. De no ser así, de fallar esos primeros
objetos imprescindibles, de no establecerse un "sostén" confiado,
esas necesidades se congelarán, esperando una mejor
oportunidad para hallar una respuesta en la amistad, la poesía
o el analista. De no ser posible un encuentro pertinente,
quedará una fisura que llevará a la mente y
luego al falso self a ocupar el lugar de la persona ("ser
en vez de") con la finalidad de evitar el caos, dando
lugar, posteriormente, en los casos más graves, incluso
a la construcción defensiva de un delirio.
Contemporáneamente
a la publicación de artículos de Winnicott
tan importantes como "El desarrollo emocional primitivo" (1945), "La
psicosis y el cuidado de los niños" (1952), Erikson,
E. H. (1950) describe las etapas epigenéticas del
desarrollo humano, comenzando por la de "Confianza Básica" que
exige... "una sensación de comodidad física
y una experiencia mínima del temor o incertidumbre.
Si se aseguran estos elementos, [el bebé] extenderá su
confianza a nuevas experiencias... El mantenimiento de las
funciones corporales representadas por la respiración,
la ingestión, la digestión y los movimientos
motores son las únicas preocupaciones del organismo
joven y estas últimas incluyen su finalidad inmediata
de interacción con el medio. El resultado de un buen
pasaje por esta primera etapa dejará como remanente
el sentimiento de esperanza."
Profundicemos
un poco más en el pensamiento de Winnicott: "...el
analista está preparado para aguardar hasta que el
paciente sea capaz de presentar los factores ambientales
en términos que permitan su interpretación
como proyecciones. En un caso bien escogido, este resultado
surge de la capacidad del paciente para confiar, que es redescubierta
en la confiabilidad del analista y en el encuadre profesional.
A veces el analista tiene que esperar mucho y en el caso
mal elegido para el psicoanálisis clásico es
probable que la confiabilidad del analista sea el factor
más importante (o más importante que las interpretaciones)
porque el paciente no la experimentó en el cuidado
materno de la infancia y para poder hacer uso de ella necesitará encontrarla
por primera vez en la conducta del analista. (Winnicott,
1960 b).
Destaquemos
de este texto algunos conceptos:
a)
El caso mal elegido para el psicoanálisis clásico:
dejaremos de lado la discusión "clásico
o no", considerando solamente que si un analista tiene “in
mente” la idea de creatividad como valor importante deberá inventar
-seguramente reinventar- una forma de encuentro para cada
persona a la que trate; entonces lo inmutable, lo “clásico”,
no será nuestra técnica (no hay, a mi entender
ni siquiera en los protocolos freudianos, una “técnica
clásica”), aquello que no varía será lo
atinente a la ética, en el sentido de no manipular
al paciente, y de respetar sus valores.
"En
el psicoanálisis -plantea el citado autor en este
mismo texto- tal como lo conocemos, no hay ningún
trauma al margen de la omnipotencia del individuo."
Cuando
Winnicott categoriza a sus pacientes en términos psicopatológicos
lo hace básicamente por el grado de estructuración
del self, por la existencia y posibilidad de ponerse de manifiesto
aquello verdadero de él, por la "porosidad" del
falso self; finalmente por la posibilidad del analista de
operar como lo hacemos habitualmente, es decir, basándonos
fundamentalmente en la actividad interpretativa. Si no es
posible proceder de esa forma, Winnicott propone hacerlo
con técnicas de conducción en las que el marco,
el setting, se jerarquiza. Propone tres categorías
para tipificar a los pacientes, trazando entre ellas una
línea imaginaria, que obviamente no es precisa, como
corresponde a todo trabajo serio de taxonomía psicopatológica.
Los tres tipos de pacientes (Winnicott, 1945) resultan en: "completos" (nuestros
conocidos neuróticos, con la consiguiente ambivalencia
en sus relaciones interpersonales), los "depresivos",
que no pudieron elaborar la culpa generada por sus fantasías
ambivalentes (destructivas), y los "predepresivos" (los
que llamamos aquí pacientes graves), que son quienes
no han podido evolucionar hacia la delimitación de
un espacio que los separe del afuera, del no-yo, que no han
podido construir una alteridad y para los cuales la conducta
del analista y el marco analítico cobran más
importancia que los contenidos verbales de una interpretación.
b)
Confiabilidad: Ya señalamos lo caro que era este concepto
para Winnicott, así como para Erikson. Recordemos
que los pacientes denominados "predepresivos" no
tuvieron la posibilidad de experimentar la confianza con
sus primeros objetos. "Sería agradable, dice
Winnicott (1954), poder aceptar en análisis solamente
a aquellos pacientes cuyas madres, al comienzo y durante
los primeros meses de vida, hubiesen sido capaces de aportar
condiciones suficientemente buenas. Pero esta era del psicoanálisis
se está acercando irremisiblemente a su fin".
Un año antes, había aclarado de forma inequívoca
su postura: "La enfermedad psicótica está relacionada
con el fracaso ambiental en una fase precoz del desarrollo
emocional del individuo... y solamente puede ser aliviada
por una provisión ambiental especializada e interrelacionada
con la regresión del paciente... allí será fundamental
la provisión de un marco generador de confianza".
(Winnicott,1954).
En
la medida que avanzamos en nuestra disciplina, y en especial
en las investigaciones de los análisis de pacientes
graves, nos vamos acercando, y en la actualidad con más
herramientas, al desamparo [Hilflosigkeit] que Freud (1926)
relacionara con las vivencias de los primeros momentos de
la vida. Indudablemente, en nuestros días, la búsqueda
de un semejante es más motivada por la necesidad de
un encuentro -con un objeto acorde a las necesidades prioritarias-
que con el objeto de deseo sexual. Esta idea es la que expresa
J. McDougall (1982): "Narciso desempeña un papel
más importante que el Edipo, en cuanto a la dilucidación
de las perturbaciones más profundas de la psiquis
humana; la supervivencia ocupa un lugar más fundamental
en el inconsciente que el conflicto edípico, hasta
el punto que para algunos la problemática del deseo
incluso puede aparecer como un lujo."
c) "Por
primera vez": con esta referencia a un acontecimiento
que sucede eficazmente en el análisis por primera
vez, Winnicott entra de lleno al problema de la edición.
Ya nos habíamos referido a ello hace algunos años: "Durante
la experiencia analítica deberá editarse una
secuencia de situaciones que no habían sido registradas
en la infancia ya que no había sustrato yoico para
hacerlo. Podemos describir ahora transferencias, que llamamos
de necesidad, que no se reeditan `automáticamente
sino que requieren de la actitud empática del analista
para editarse y desplegarse. No son re-impresiones, existen
en un espacio potencial, a la espera de un objeto, que les
permitirá nacer si realiza acciones específicas.
Para que se posibilite esa edición serán necesarios
aquellos elementos apropiados (...): reflejar, dar coherencia,
significar y discriminar la emoción, comprender la
secuencia del material manifiesto..." (Lerner y Nemirovsky,
1990 y Nemirovsky, 1993). Sólo si el analista aporta
un marco confiable, creando un medio-ambiente adecuado y
presentándose disponible para el paciente, éste
podrá -ahora sí- intentar confiar en él.
¿Dónde
podemos hallar aquello que aún no fue editado? En
el encuentro con otro ser humano. Los humanos nacemos con
la disposición a confiar -por otro lado no tenemos
otra posibilidad: comenzamos en el polo opuesto del concepto
de responsabilidad, que recién se va desarrollando
a partir de adueñarnos de experiencias que nos informan
acerca de aquello que nosotros somos capaces de hacerle a
otros. La responsabilidad es mínima en el ser humano
naciente y es máxima en los padres a quienes el bebé se
entrega. Si éste es defraudado (en sentidos material
y metafórico) se generarán los problemas tempranos
que veremos luego en la clínica de la disociación:
borderlines y psicóticos. Pero, si todo va bien, es
decir, si se encuentran respuestas medioambientales allí donde
se las busca, si el objeto se halla donde "se debe" encontrar,
y desde allí va satisfaciendo y luego, gradualmente,
fallando (ya que con un paciente en estado de necesidad no
podemos no fallar si nos mantenemos como analistas), sólo
entonces se darán las condiciones para poder "editar".
Acerquémonos
ahora a otra frase de Winnicott (1954) complementaria de
los conceptos que estamos desarrollando: "La ira perteneciente
a la situación de fracaso ambiental originaria se
expresa por primera vez". Es decir, el sujeto reaccionará aquí por
primera vez como antes no pudo. Seguramente acató o
se sometió (al analista y a los aspectos formales
de la relación) y la ira quedó en el estado
de postergada, congelada, hasta poder desplegarse en un contexto
garantizador de su contención y posterior actitud
reparatoria.
¿Qué contiene
lo editado? Aquello de lo que el paciente no pudo hacerse
cargo por que no lo abarcaba, no le pertenecía. El
fracaso ambiental temprano dejará el miedo a que vuelva
a repetirse como una señal de su existencia, de su
vigencia. Este afecto, el miedo del que ya ha sufrido un
derrumbe, y su temor a la repetición de la caída,
actualizado en la transferencia, será el único
indicador que nos guíe en el intento de reparación
que buscamos desde nuestro lugar. La modalidad transferencial
será la que Balint (1968) describe como falta básica,
Winnicott (1974) como el miedo al "derrumbe" y
aquella que hemos descrito como "transferencia de necesidad" (Lerner,
H. y Nemirovsky, C., 1990).
d)
En la conducta: por supuesto que el analista con todos sus
pacientes debe portarse bien, pero aclaremos de entrada que
esta no es una recomendación técnica ni una
convocatoria ética. Es especialmente con los pacientes
tempranamente traumatizados (McDougall, 1982) que el analista,
al decir de Winnicott, "debe portarse bien". Este
concepto deriva del de "madre suficientemente buena" y
en la clínica resulta que si el analista auténticamente
se porta bien, es decir, si es sensible, constante, coherente,
dedicado, tolerante con su propia ira; finalmente, si reúne
las cualidades de una madre suficientemente buena, el paciente
podrá delegar en él su ser falso. El analista,
en los casos complicados, debe "estar preparado para
aguardar" -y no es retórica en boca de Winnicott.
A veces debemos aguardar años, esperando sin vengarnos,
conteniendo incluso a la familia. Y no sólo a la del
paciente: Searles (1966) se ha animado a decir claramente
que fundamentalmente a nuestra familia.
El "portarse
bien" será necesario para hacer del analista
un analista de psicóticos. Winnicott (1971) le dice
a su paciente hombre: "Estoy escuchando a una mujer.
Sé muy bien que usted es un hombre, pero yo escucho
a una mujer, y hablo con ella." [Aclara luego a sus
lectores]: "Deseo destacar que esto nada tiene que ver
con la homosexualidad".
Sigue
el paciente: "Si le hablase a alguien sobre esta mujer,
me dirán que estoy loco". Analista: "No
se trata de que usted le haya dicho eso a nadie: soy yo quien
ve a la mujer y oye hablar a una mujer, cuando lo cierto
es que en mi diván hay un hombre. El loco soy yo mismo."
La
cita sigue: "El paciente dijo entonces que en ese momento
se sentía cuerdo en un ambiente demente". Y luego "...el
hombre tuvo que adaptarse a la idea de su madre, de que su
hijo era y sería una niña".
Si
por un momento nos imaginamos que Winnicott no hubiera sido
quien fue y se hubiese "adaptado" -como el paciente
a su madre- a una determinada manera de analizar, a sólo
una perspectiva...qué hubiese interpretado? Podría
haber dicho algo como: "Ud. desea que yo me haga cargo
de su parte femenina" o, quizá, "Ud. quiere
hacerme ver que"...etc., etc.. En definitiva, señalando
un camino errado, una falsa vía o culpabilizando a
su paciente. Esta secuencia podría venir como anillo
al dedo a un terapeuta que abusando del concepto de identificación
proyectiva, buscase portarse bien...con la teoría.
Este supuesto terapeuta tampoco se hubiera animado a "ser
loco".
Si
Winnicott no hubiese tenido su teoría de la falla
medioambiental, ¿qué hubiera visto? Y, ¿qué si
el paciente hubiese sido "etiquetado" (a través
de una pseudointerpretación) de homosexual? Podríamos
seguir preguntándonos, pero Winnicott nos propone
un modelo que acota interrogantes espurios y plantea otras
perspectivas y motivos para investigar.
A
esta altura se impone una aclaración: la perturbación
intensa y constante en la satisfacción de las necesidades
del self, siempre básicas, generan las condiciones
para la enfermedad psicótica, pero no descartamos,
como nunca lo hicieron quienes nos precedieron, aspectos
bioquímicos o genéticos. Aportamos desde donde
cada uno vamos sabiendo. Nos resta la tarea, hoy todavía
incipiente, de ir integrando los distintos vértices
del conocimiento.
Algunas
conclusiones
Analizar
a un psicótico requiere ciertas condiciones: ser audaz,
permitirse ser contradictorio y... hasta animarse a considerar
al paciente como lo más importante de nuestra vida
en ese momento y, luego, poder rescatarnos de todo esto.
En este sentido, los caminos del tratamiento de un psicótico
son idiosincráticos, y requieren de un gran esfuerzo
personal del analista para conducirlo, también del
apoyo de nuestra propia familia, ya que ésta seguramente
se enterará -queramos o no- a través de llamados
insólitos del paciente, cuando no de visitas a nuestra
casa, o de diversas formas de acercarse con mensajes.
¿Cómo
debe ser un analista para tratar a un psicótico? Las
más de las veces deberá tolerar ser, por largos
períodos, "inexistente". Y si pasa esta
prueba, tendrá que soportar la transferencia intensa,
cambiante y habitualmente actuada del psicótico. Y,
en algunas oportunidades, deberá estar preparado para
aceptar una posible curación espontánea, a
diferencia del neurótico, para quien la actividad
interpretativa del psicoanalista es absolutamente necesaria: "La
psicosis se halla estrechamente relacionada con la salud,
en la cual están congeladas innumerables situaciones
de fracaso ambiental que sin embargo, son alcanzadas y descongeladas
por los diversos fenómenos curativos de la vida corriente,
a saber, amistades, cuidados durante la enfermedad física,
la poesía, etc." (Winnicott, 1954).
El
terapeuta deberá "ser" y, desde allí, "hacer" porque
si no es auténtico -si su labor no está encarnada
en su personalidad- no durará mucho tiempo al frente
del tratamiento: será rápidamente denostado
por el paciente que siempre es dueño de una especial
sensibilidad para captar más allá de lo que
su analista quiere mostrar. Quizás se adapte -y esto
sería más penoso- a lo (poco) que pueda recibir,
y una vez más se repetirá su historia, la historia
de su enfermedad. Un analista de psicóticos será un
analista de 1 o a lo sumo 2 psicóticos por vez, no
resistirá mucho más. Y esto es porque para
sobrevivir necesitará ser ni más ni menos que
una suficientemente "buena madre", intentando comprender
y guardándose -y por mucho tiempo- posibles explicaciones.
¿Cuáles
son los límites de nuestra comprensión como
analistas? "Son tareas específicamente analíticas:
reflejar, dar coherencia, significar y discriminar la emoción,
comprender la secuencia del material manifiesto y no rechazarlo
como poco valioso o que lo es sólo en la medida que
es el vehículo del cual se sirve lo inconsciente para
emerger, poner límites ("a Ud. no le conviene"...),
o dar alguna sugerencia ("Mejor postergar esa decisión
para más adelante") (Gioia, 1989), tener paciencia
y tolerar no interpretar todo lo que vemos, permitir la intimidad
del paciente consigo mismo, siendo, por momentos, testigos
mudos de nuestra propia exclusión." (Lerner,
H. y Nemirovsky, C., 1989).
La
paciencia es indudablemente una función del psicoanalista,
un recurso de primera magnitud, sin duda, pero ejercerla ¿hasta
donde? "Los límites de nuestra actitud y de nuestro
encuadre no son los de la teoría; son los de nuestra
empatía, nuestra paciencia y nuestra posibilidad de
poder seguir pensando, hasta allí podemos flexibilizarnos
sin introducir parámetros." (Lerner, H. y Nemirovsky,
C., 1990). Esperar a que el paciente pueda adueñarse
de su ira es una de las funciones más difíciles
para el analista de psicóticos, comparable quizá a
la tolerancia de la transferencia idealizadora. También
nos referimos al ser audaz; audacia para crear y recrear
salidas, caminos, sesgos que sólo serán plasmados
en esa relación y sólo en esa. Uno de los ejemplos
es el que citamos, donde Winnicott pudo renegar, aunque sea
parcial y temporariamente, su percepción cuando le
dice a su paciente "veo a un hombre pero escucho a una
mujer".
Otra
condición importante, si queremos analizar psicóticos,
es sentirnos capaz de ilusionarnos con la idea de nuestra
posibilidad de poder ayudar a este particular paciente "conviviendo" con él/ella
un tiempo.
¿Y
respecto a la responsabilidad del analista de las reacciones
del analizando? ¿Cuándo y cómo posibilitamos
el desarrollo -como un ambiente adecuado- o, por oposición,
cuándo y cómo provocamos reacciones? Galli
(1982) se plantea una pregunta bien interesante: ¿Por
qué con los psicóticos los terapeutas más
jóvenes tienen mayor efectividad terapéutica
que los más "hechos"?, y ensaya una respuesta
basada en que los jóvenes aceptan más fácilmente
el cuestionamiento del propio rol y del propio conocimiento.
Podemos seguir pensando en esta línea, ya que seguramente
los jóvenes estarán menos aferrados a teorías
que, al decir de Guntrip (1971), "son buenos servidores
pero malos amos", y que sólo permiten observar
la experiencia clínica por un estrecho desfiladero.
También los jóvenes dedican más tiempo
a su paciente y, si su salud psíquica lo permite,
estarán más cerca del sentido común
que de la teoría.
Por último,
una pregunta que dejamos sin contestar intentando promover
la discusión con nuestros colegas: ¿el problema
con los psicóticos son sus transferencias o tendremos
los analistas dificultades para aceptar una forma tan extraña
de vínculo, angustiante, cuestionador, exigente y...
hasta enloquecedor?
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* Miembro Titular de la Asociación Psicoanalítica
de Buenos Aires. Virrey Loreto 1799, p. 3 (1426) Argentina. Correo
Web cnemirovsky@janssen.com.ar
En Web: Aperturas Psicoanalíticas: Revista Internacional
de Psicoanálisis. http://www.aperturas.org/3nemirovsky.html
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