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La
Contribución de Ferenczi al fenómeno
de la
Contratransferencia Luis
J. Martín-Cabré
Desde que en
el Congreso de Nüremberg, a finales de marzo de 1910,
Freud empleó por vez primera el término "contratransferencia" ("Gegenübertragung")
en un trabajo científico, hasta la aparición
casi contemporánea en torno a 1950 de los trabajos de
Winnicott, Racker y P. Heimann que afrontaron directamente
la cuestión de la contratransferencia como un instrumento
esencial de la técnica psicoanalítica, raros
y escasos fueron los analistas que dedicaron su atención
a un argumento que a partir de ese momento se convirtió en
uno de los capítulos vitales en la formación
y en el trabajo terapéutico de todo psicoanalista.
Sándor Ferenczi fue uno de los contados analistas
que, partiendo de las ideas que Freud postuló en 1910, intentó profundizar
y desarrollar una teoría sobre la contratransferencia que diera cuenta
de los desafíos que la clínica psicoanalítica iba paulatinamente
asumiendo y preconizó una metapsicología de los procesos psíquicos
del analista durante el análisis. Además se anticipó en
muchos años a las aportaciones de innumerables autores que situaron en
la contratransferencia la clave para comprender y esclarecer la problemática
inconsciente de los pacientes. Sin embargo, como consecuencia de uno de los procesos
de censura más llamativos de la historia del psicoanálisis, las
contribuciones de Ferenczi fueron "olvidadas" y relegadas al silencio.
Aún hoy, es posible encontrar trabajos exhaustivos y completos sobre la
contratransferencia que no incluyen ni mencionan tan siquiera el nombre no sólo
de uno de los pioneros más entusiastas del psicoanálisis sino del
que fue durante veinticinco años el interlocutor privilegiado de Freud.
No voy a pretender en este breve trabajo reflexionar
sobre las claves científicas o políticas de tan llamativo "silencio".
Mi intención se limitará a intentar demostrar cómo muchas
de las ideas que aparecieron "repentinamente" en torno a los años
50 y que generaron a partir de entonces una cadena interminable de aportaciones
y de contribuciones científicas sobre la contratransferencia y que siguen
siendo desarrolladas actualmente, habían sido ya intuidas, en gran medida,
por Ferenczi.
EL PUNTO DE
PARTIDA DE FREUD.
Freud
no ignoraba el hecho de que los sentimientos que emanan del
paciente a través de la cura analítica pueden
suscitar a su vez otros tantos en el analista. En numerosas
cartas, manifestaba la preocupación y la inquietud que
le suscitaba esta situación y no sólo en relación
a algunos de sus más eminentes colaboradores, Jung,
Jones, Oscar Pfister y el propio Ferenczi, sino con respecto
a sí mismo. Así, por ejemplo, en un reciente
trabajo, Ernst Falzeder (1994) ha demostrado el grado de implicación
emocional y afectiva que despertó en Freud el tratamiento
de su "gran paciente", Elfriede Hirschfeld, a la
que trató por espacio de ocho largos años y que
tuvo indudables repercusiones en la teorización freudiana
sobre la técnica psicoanalítica. Es de todos
conocido, que la primera vez que Freud utilizó el término "contratransferencia" fue
en la conocida carta a Jung del 7 de junio de 1909 en la que
se refería al "affaire" entre este y Sabina
Spielrein y a los peligros inherentes a una excesiva implicación
emocional en la que él mismo se había visto involucrado
.
Sin embargo, la primera vez que Freud usó el
concepto de "contratransferencia" en un texto científico fue
en el trabajo que leyó el 30 de marzo de 1910 en el Congreso de Nüremberg
y que tituló "Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica" ("Die
Zukünftigen Chancen der psychoanalytischen Terapie") . La lectura atenta
de este texto permite pensar, de acuerdo con Etchegoyen (1986) que Freud suponía "que
el conocimiento de la contratransferencia se ligaba al futuro del psicoanálisis
y que su comprensión significaría un gran progreso para la técnica
psicoanalítica", pero además Freud introdujo cambios teóricos
y metodológicos totalmente revolucionarios. Además de cambiar el
campo de observación que sitúa en el analista, que pasa de ser
un mero observador a un participante operativo, la investigación psicoanalítica
deja de ser objetiva y las antiguas observaciones se transforman en experiencias.
Por vez primera, Freud señala la característica intrusiva de ciertos
fenómenos psíquicos que tienen la propiedad de "implantarse" o "instalarse" en
el inconsciente del analista .
Freud agrega que hay que exigir al analista, como norma
general, el conocimiento de su contratransferencia y su dominio, su reconocimiento
y el "poder con ella" (Bewältigung) como requisito indispensable
para ser analista . Es decir Freud apuntaba a la necesidad de dominar la contratransferencia
en el sentido de poder elaborarla y no simplemente de superarla ("overcome")
como aparece en la traducción inglesa de Strachey. ¿No serían
estos los supuestos teóricos sobre los que Ferenczi iba a desarrollar
su propia teoría de la contratransferencia y algunas de sus intuiciones
más geniales?
Aunque siempre se ha argumentado que en trabajos sucesivos,
especialmente en "Consejos al médico", Freud atribuyó a
la contratransferencia un carácter peyorativo, refiriéndose a ella
como un obstáculo "envolvente" que interfiere en el trabajo
analítico y como un peligroso inconveniente que es preciso controlar,
recurriendo al autoanálisis, considero que las razones que impulsaron
a Freud a frenar y, en parte a detener el entusiasmo inicial con que había
abordado el argumento, residían sobre todo en el temor de que un tema
tan complejo y sobre el que no se tenía la suficiente experiencia clínica
desvirtuara y pusiera en entredicho el modelo terapéutico que propugnaba
el psicoanálisis. Así por ejemplo, el 31 de diciembre de 1911 escribía
a Jung una larga carta en la que le reprochaba al igual que a Pfsiter su excesiva
implicación emocional con una paciente, lo que consideraba un grave error,
y les exhortaba a permanecer inaccesibles a las demandas de los pacientes y a
mantenerse en una actitud estrictamente receptiva. Consideraba que había
que renunciar a publicar por el momento un trabajo sobre la contratransferencia
y a limitarse a hacerlo circular en copias entre los analistas de mayor experiencia.
Con toda probabilidad, el desenlace que tuvo tanto en
el aspecto personal, como analítico el "affaire Elma", en el
que no solo se vio involucrado Ferenczi, sino él mismo, le condujeron
a escribir "Observaciones sobre el amor de transferencia" donde la
contratransferencia es afrontada, de nuevo, como un peligro a evitar y a controlar.
Sin embargo, sirva como botón de muestra de la clara conciencia que Freud
tenía sobre la complejidad del argumento, la carta que escribía
a Binswanger el 20 de febrero de 1913:
"El problema de la contratransferencia es uno de
los más difíciles de la técnica psicoanalítica. Lo
que se le da a un paciente no debe ser jamás un afecto espontáneo,
sino que ha de ser expresado siempre de manera consciente. En ciertas circunstancias
es preciso dar mucho, pero jamás nada que salga directamente del inconsciente
del analista. Se debe siempre reconocer y superar la contratransferencia para
ser libre. Pero, al mismo tiempo, dar poco a un paciente porque se le ama demasiado
es confundirle, es un error técnico. No es fácil y hace falta experiencia".
EL "DOMINIO" DE
LA CONTRATRANSFERENCIA.
Ocho
años más tarde de la publicación del texto
de Freud, Ferenczi retomó el argumento. Tal vez creyó que
habían madurado los tiempos suficientemente y que la
prudencia de Freud que había solicitado que el tema
de la contratransferencia circulara exclusivamente entre su
restringido grupo de fieles, no se justificaba ya. Con toda
probabilidad, la celebración en Budapest del 5º Congreso
de Psicoanálisis marcó de nuevo un retorno al
interés por la técnica psicoanalítica.
Freud leyó, como en 1910, un trabajo que invitaba a
la renovación de las ideas "Nuevos caminos de la
terapia psicoanalítica" (1919) . En este texto,
Freud esbozaba la formulación teórica de la "técnica
activa" cuya paternidad le ha sido en ocasiones adjudicada
erróneamente a Ferenczi.
La primera ocasión en la que Ferenczi, sintiéndose
autorizado por Freud, aborda decididamente la contratransferencia es en "La
técnica psicoanalítica" (1918), que presentó ante la
Sociedad psicoanalítica húngara, tres meses después del
citado Congreso.
Uno de los capítulos está dedicado precisamente
al "dominio de la contratransferencia" ("Die Bewältigung
der Gegenübertragung") y utiliza la misma palabra utilizada por Freud
en el texto de 1910, antes referido. Para Ferenczi la terapia psicoanalítica
exigiría una "doble función": por una parte el analista
debe observar al paciente, escuchar su discurso, construir su inconsciente a
partir de sus palabras, pero por otra debe controlar constantemente su propia
actitud respecto al enfermo y si es necesario rectificarla. Para ello, era requisito
indispensable dominar la contratransferencia. Sin embargo, del mismo modo que
Freud apelaba entonces para conseguirlo al autoanálisis (1910), Ferenczi
consideraba ahora, que era condición necesaria que el analista hubiera
sido analizado. La insistencia de Ferenczi en el análisis del analista
no apunta únicamente a su insuficiente análisis con Freud sino
que introduce la idea de que ni el más experimentado de los analistas
está exento de cometer graves errores si no presta atención y elabora
su propia contratransferencia .
El proceso del "dominio de la contratransferencia" es
descrito por Ferenczi a través de tres fases bien diferenciadas. En la
primera fase, "el analista está muy lejos de tomar en consideración
la contratransferencia y menos aun de dominarla. Sucumbe ante todas las emociones
que genera la relación analista-paciente, se deja conmover por las tristes
experiencias e incluso por las fantasías del paciente y se indigna contra
aquellos que le son hostiles o le critican". En estas circunstancias, las
posibilidades de llevar a cabo un proceso analítico son prácticamente
nulas.
La segunda fase es denominada por Ferenczi la de la "resistencia
a la contratransferencia", que es una reacción de signo contrario
a la situación anterior y que puede conducir igualmente al fracaso del
análisis. "...Cuando el psicoanalista ha aprendido pacientemente
a evaluar los síntomas de la contratransferencia y consigue dominar todo
lo que podía dar lugar a complicaciones en sus actos, sus palabras o sus
sentimientos, corre entonces el peligro de caer en el otro extremo, de convertirse
en demasiado duro y esquivo con el paciente, lo cual retrasaría o incluso
haría imposible la aparición de la transferencia, condición
previa para el éxito de todo psicoanálisis". Algunos años
más tarde, Racker, en su trabajo de 1968, "Transferencia y Contratransferencia",
describiría esta misma idea de Ferenczi, al referirse a las consecuencias
de la contra-resistencia del analista que, en su opinión, va encaminada
a evitar la regresión del paciente y a convertir el análisis en
un proceso monótono, cargado de interpretaciones reiterativas incapaces
de producir la mínima transformación en el mundo interno del paciente.
Pero además, en este mismo trabajo, Racker coincide casi literalmente
con el planteamiento de Ferenczi en su cuestionamiento sobre la "objetividad" del
analista, que para este autor navega entre dos polos potencialmente neuróticos,
el de ahogarse en la contratransferencia o el de reprimirla obsesivamente intentando
alcanzar el mito del analista "sin angustia y sin rabia". Para Racker
la única posibilidad que tiene el analista de ser "objetivo" con
su paciente es la de convertirse el mismo en objeto de autobservación
y análisis.
La tercera fase descrita por Ferenczi corresponde a
la del dominio de la contratransferencia propiamente dicho, que se alcanza con
la superación de las fases anteriores. Es entonces, cuando el analista
alcanza el estado mental requerido para "dejarse llevar" durante el
tratamiento como exige la cura psicoanalítica. Lo realmente novedoso en
este planteamiento radica en que por vez primera la contratransferencia no era
considerada como un obstáculo o un peligroso inconveniente sino como un
instrumento imprescindible y eficaz. En este sentido se anticipaba en muchos
años a las intuiciones de analistas posteriores (Balint, Bion, Heimann,
de Forest, Winnicott, Racker, Little, etc.) que propusieron la reacción
contratransferencial del analista como solución técnica indispensable
en el trabajo analítico y entendieron la interpretación del analista
como una consecuencia directa de la elaboración contratransferencial.
En el texto de Ferenczi, encontramos además multitud
de referencias a problemas técnicos con que todos los analistas convivimos
habitualmente en nuestro trabajo: los silencios, las resistencias, la somnolencia,
las actuaciones pero no sólo del paciente, también del analista.
Recomienda mucha prudencia especialmente en la tendencia de ciertos analistas
a involucrarse en la vida real de sus pacientes a través de consejos o
recomendaciones muy directas que no tienen en cuenta el substrato transferencial
que acompaña los problemas "reales" de los pacientes. Y sugiere
una hermosa metáfora que sitúa en un contexto inconfundiblemente
ferencziano: la situación del analista recuerda en muchos aspectos a la
comadrona, que debe comportarse mientras sea posible, limitándose a ser
una espectadora de un proceso natural, pero que en momentos críticos tendrá los
fórceps al alcance de la mano para facilitar un nacimiento que no progresa
espontáneamente.
Pero, en realidad, más que dominar la contratransferencia,
Ferenczi iba a descubrirla con la aplicación rigurosa de la técnica
activa cuya elaboración teórica y aplicación clínica
ponía de manifiesto una serie de problemas hasta ese momento ignorados.
A partir de ciertos comportamientos particulares y repetitivos del paciente en
la situación analítica -actos sintomáticos que Ferenczi
había denominado "formación de síntomas transitorios" trataba
de deducir en qué espacio inconsciente del paciente se infiltraban las
investiduras libidinales que habían sido sustraídas al trabajo
analítico. Una vez descubiertos, animaba al paciente a e tales comportamientos,
un subrogado masturbatorio, por ejemplo, y a renunciar, por tanto, a la satisfacción
sustitutiva consiguiente. Pero, paradójicamente, cuanto más Ferenczi
insistía en "activar" al paciente, más "activaba",
sin darse cuenta, sus propias vivencias contratransferenciales.
LA INTERACCION
TRANSFERENCIAL-CONTRATRANSFERENCIAL
A
raíz de la formulación de la segunda tópica,
y la introducción del concepto de "pulsión
de muerte", Freud no sólo modificó su concepción
del psiquismo. Las nuevas nociones de narcisismo, masoquismo
y pulsiones destructivas, así como del desarrollo del
yo a través de los procesos de identificación,
determinaban una concepción mucho más compleja
de la transferencia positiva y negativa. Sin duda, una de las
razones que impulsaron a Freud a desarrollar una nueva metapsicología,
residían en las dificultades que encontraba en su trabajo
clínico, especialmente ante la reacción terapéutica
negativa.
Tal vez por ello, en el congreso de Berlín (1922),
Freud invitó a todos los analistas a reflexionar y escribir, instituyendo
un premio para el mejor de los trabajos, sobre "la relación entre
la técnica y la teoría psicoanalíticas y hasta qué punto
la técnica ha influido en la teoría y en qué medida ambas
se favorecen o se perjudican entre sí".
El desafío de Freud fue inmediatamente aceptado
por Ferenczi y Rank que trabajaban sobre ese argumento desde hacía un
tiempo y publicaron conjuntamente uno de los textos mas brillantes y audaces
de toda su producción y que con toda seguridad es, para muchos autores,
el punto de partida de muchas de las concepciones actuales del psicoanálisis.
Lo titularon "Perspectivas en psicoanálisis" con un subtítulo
que se ajustaba a la petición de Freud "Sobre la interdependencia
de la teoría y la práctica" .
Los autores argumentan una crítica y ofrecen
una reflexión técnica y teórica sobre la modalidad de conducir
la cura analítica. Hasta ese momento, el objetivo principal del análisis
era la "rememoración", hasta el punto que los actos repetitivos
eran considerados como obstáculos que surgían de la resistencia
del paciente, y que el analista debía neutralizar . En cambio, Ferenczi
considera que el objeto esencial de la elaboración analítica y
por tanto de la interpretación del analista son la compulsión a
la repetición y las múltiples manifestaciones de la transferencia,
que deben ser consideradas como un "verdadero material inconsciente".
La importancia determinante que Ferenczi otorga a la interpretación transferencial
y al proceso analítico, en detrimento del señalamiento intelectualizado
de los contenidos inconscientes, de los fantasmas y las representaciones implica
no sólo una modificación paralela de la contratransferencia sino
un viraje esencial en la concepción misma del análisis. Entre otras
cosas, por ejemplo, Ferenczi hace notar que muchas veces lo que se pone en juego
realmente es el narcisismo del propio analista ("contratransferencia narcisista"),
que corre el riesgo de influir sobre sus pacientes, para que le aporten el material
que a él le resulta más agradable. Los pacientes intentarán
evitar los sentimientos hostiles, reforzando su culpabilidad inconsciente e impidiendo
el progreso de la cura. A partir de esta idea, Ferenczi desarrolla toda su concepción
de la interacción transferencia-contratransferencia no tanto como un instrumento
terapéutico sino como el núcleo central del trabajo analítico.
La lectura completa de esta obra, de la que siempre
se eliminaban los cap. II, IV y VI, atribuidos a Rank, permite comprender mejor
la densidad de las intuiciones de Ferenczi y su impresionante modernidad. De
manera especial en el cap. IV, dedicado a la interacción entre la teoría
y la práctica, Ferenczi señala la importancia que adquiere para
los analistas dejar de lado sus presupuestos teóricos al abordar la situación
analítica. Sólo afrontando cada caso nuevo de manera nueva, es
decir no retrocediendo ante las experiencias nuevas se podrán conseguir
descubrimientos originales. ¿No será acaso Bion quien explicitará mejor
esta intuición de Ferenczi al afirmar que el analista debería afrontar
la situación analítica "sin memoria y sin deseo".
La firme convicción de Ferenczi en considerar
que cuanto emerge en el "aquí" y "ahora" de la situación
analítica deriva del encuentro entre la transferencia del paciente y la
contratransferencia del analista, abre las puertas a una exploración sin
límite de las capas más profundas del psiquismo, justifica la necesidad
de permitir la regresión del paciente hasta los niveles que sean necesarios
y confiere a la contratransferencia el valor de instrumento indispensable para
reconocer y detectar los aspectos emergentes y significativos en la transferencia
del paciente.
Los planteamientos de Ferenczi tuvieron una cierta repercusión
en la producción analítica del momento. Uno de los textos que suele
pasar desapercibido es el trabajo de H. Deutsch de 1926 titulado "Sobre
los procesos ocultos en el proceso analítico", donde la autora señala
como la identificación del analista con las pulsiones infantiles del paciente
y su elaboración autoanalítica, no sólo no constituyen un
obstáculo para el tratamiento sino que sientan las bases para un desarrollo
fructífero de la intuición y la empatía del analista. Es
interesante señalar que algunas de sus ideas son la antesala de la elaboración
que hizo Racker de los conceptos de contratransferencia concordante y complementaria.
A comienzos de 1928, Ferenczi escribió "Elasticidad
de la técnica psicoanalítica", que confirmaba su casi total
alejamiento de la técnica activa y preanunciaba lo que dos años
más tarde denominaría él mismo "neocatarsis".
En pocas páginas describe una gran cantidad de observaciones clínicas
y de consejos técnicos que se pueden resumir en la necesidad de que el
analista adquiera "Einfühlung" (empatía, capacidad de "sentir
con", de compenetrarse con el paciente) . De nuevo Ferenczi utiliza un término
que hereda de Freud, que había utilizado en un artículo de 1910.
Sin embargo, mientras el "Einfühlung" de Freud parecía
estar más cerca de la idea de una "simpatía comprensiva" por
parte del analista, el "Einfühlung" de Ferenczi va más
lejos. Es casi un sinónimo del concepto de "empatía" que
todo psicoanalista contemporáneo maneja habitualmente. Ferenczi no sólo
destaca su importancia, sino que le sitúa como el fundamento mismo de
la técnica psicoanalítica.
No resulta difícil establecer la proximidad del
concepto de "Einfühlung" de Ferenczi con el de "empathy" introducido
por Kohut en "El análisis del Self" (197l), con la "alianza
terapéutica" descrita por Zetzel y especialmente con el concepto
de "contratransferencia concordante" que desarrolló Racker más
de veinte años después. La misma P. Heimann, en uno de sus últimos
trabajos (1980) señala la necesidad que todo paciente experimenta de "sentir
que su analista se sintoniza con él".
En definitiva, Ferenczi intenta una reflexión profunda sobre la importancia
de la contratransferencia del analista en la cura analítica y aborda
como consecuencia el problema del análisis del analista, la denomina
segunda regla fundamental. También en este capítulo, defiende
ideas de una modernidad sorprendente al auspiciar la idea del análisis
didáctico como un análisis terapéutico que no debería
en ningún caso confundirse con un proceso de aprendizaje intelectual
o teórico sino que con más razón que el análisis
de cualquier otro paciente debería profundizar y prolongarse hasta permitir
al futuro analista entrar en contacto con los aspectos más recónditos
y profundos de su psicopatología. Su firme convicción de que
el mejor analista es un paciente bien analizado se iba convirtiendo en un ideal,
que empezó a quedar reflejado en su producción científica
sucesiva.
Poco a poco, Ferenczi comienza a proponer ciertas modificaciones
técnicas, primero propone como objetivo terapéutico la sustitución
de un super-yo parental rígido por un super-yo analítico más
flexible. Después postula la necesidad de apartarse de una actitud omnisciente
en beneficio de una actitud más acogedora e intuitiva. En "La adaptación
de la familia al niño" (1928), al plantear la incomprensión
de los adultos en relación con el niño traza un paralelo con la
situación analítica. Si el "primer error de los padres es
olvidar su propia infancia", el primer error del analista sería afrontar
la cura de un paciente, sin tener en cuenta y sin haber analizado adecuadamente
determinados conflictos psíquicos amparándose en una autoridad
hipócrita y omnisciente incapaz de escuchar el dolor psíquico del
paciente. Especialmente impactante resulta, en "El problema del fin del
análisis" (1928) su posición crítica hacia aquellos
analistas que empujan al paciente a abandonar el análisis, antes de que
este considere que se han producido cambios psíquicos consistentes en
su vida y en su conducta. El análisis debe ajustarse a las necesidades
del paciente y debe "morir por agotamiento" (1928).
Leyendo con atención los textos de Ferenczi de
este periodo, que son sin duda alguna los más apasionantes y discutibles
psicoanalíticamente, asistimos al desesperado intento de un clínico
volcado en ayudar a sus pacientes de la manera mas eficaz posible y que ha hecho
del psicoanálisis el motivo de su existencia. La idealización y
la firme convicción en las posibilidades terapéuticas del psicoanálisis
justificaban en él un "furor sanandi" que le llevaba en ocasiones
a identificar al analista con un padre, o mejor una madre adoptiva que debía
permitir a sus pacientes disfrutar de las excelencias de una infancia normal.
Este parece el objetivo trazado por Ferenczi en uno de los textos más
sugerentes de Ferenczi "Principios de relajación y neocatarsis" (1930),
donde concilia la "técnica clásica" de Freud con una
actitud terapéutica comprensiva que facilite la regresión del paciente,
a condición de que el analista controle con rigor su "contratransferencia" y
su "contra-resistencia".
Además de invertir radicalmente la metáfora
del cirujano, Ferenczi establece los cimientos de una teoría de la contratransferencia
como disposición materna. El paciente podría, en el transcurso
del análisis, acceder a una experiencia reparadora de aquello que le ha
sido negado durante la infancia, más que a los beneficios del levantamiento
de la represión. En esta línea teórica se situará,
años más tarde, también, la contribución de Winnicott
que introdujo un estilo terapéutico en el cual la situación analítica
se equipara a la relación madre-niño y a sus continuas interacciones
y describió además lo que denominaba "preocupación
materna primaria" que permitía a la madre adaptarse activamente a
las necesidades de su hijo de manera natural y espontánea. De manera análoga
a los planteamientos de Ferenczi, Winnicott sostenía que entre el analista
y el paciente se configura una relación intersubjetiva de características
similares que permite al analista empatizar con las necesidades primarias de
su paciente. De esta concepción derivarían posteriormente conceptos
como el de "reverie" de Bion, el de las "percepciones inconscientes
del analista" de Paula Heimann, o el más reciente de "contraidentificación
proyectiva" de León Grinberg y el del "analista como 'objeto
transformador'" de Bollas.
EL "DIARIO
CLINICO"
El "Diario
Clínico" de Ferenczi que podría ser considerado
como una "larga carta" de nueve meses a Freud, (del
7 de enero al 2 de octubre de 1932) recoge una serie de sutiles
intuiciones y aportaciones inestimables para la técnica
psicoanalítica. Algunas de estas consideraciones, sobre
todo las que conciernen a la contratransferencia, pueden considerarse
válidas actualmente.
Ya desde la primera página que lleva por título "la
insensibilidad del analista", se perfila la que sería reflexión
principal de todas sus anotaciones: la "contratransferencia real" del
analista. La contratransferencia no solamente no es un obstáculo sino
que se transforma en un instrumento indispensable para el analista. "Casi
se podría afirmar -asegura Ferenczi- que cuanto mayores sean las debilidades
del analista que le conducen a errores y fracasos más o menos grandes,
tanto mayores son las posibilidades de que el análisis adquiera bases
profundas y reales" .
Sin embargo, Ferenczi tras haber señalado como
se desarrolla en el paciente, gracias al análisis, una "sensibilidad
refinada" que le llevaría a captar hasta los más imperceptibles
matices de la actitud del analista de no ser por la intensidad de sus propias
proyecciones, intenta demostrar que la transferencia no es consecuencia de un
hecho espontáneo, sino que está inducido por el propio analista
y en consecuencia por la propia técnica psicoanalítica y añade
una crítica a una determinada manera de entender el trabajo analítico
que podríamos suscribir aún en la actualidad "...la interpretación
de cada detalle en el sentido de un afecto personal hacia el analista puede producir
una atmósfera paranoide que se podría definir como delirio narcisista
del analista. Es posible que seamos propensos a suponer, con demasiada rapidez,
en el paciente sentimientos de amor o de odio hacia nosotros..." En este
mismo sentido, Paula Heimann advertía, en su famoso trabajo sobre la contratransferencia
de 1950, que los analistas poco atentos a sus propios conflictos psíquicos
y a la dinámica de su mundo interno corren el riesgo de imputar a sus
pacientes lo que en realidad les pertenece solo a ellos y añadía
que este peligro podía sólo ser neutralizado "...si el analista
ha elaborado en su análisis personal sus propios conflictos infantiles
y ansiedades (persecutorias y depresivas) de manera que pueda entrar en contacto
con su propio inconsciente..."
Pero Ferenczi va más lejos. En la medida en que
utiliza la contratransferencia como la base de sus interpretaciones, comienza
a considerar la hipótesis de que el analista no sólo no consigue
transformarse en un padre o una madre buenos para el paciente, sino que por el
contrario se convierte en un protagonista activo que repite la situación
traumática de la que el paciente ha sido víctima durante la infancia.
Da la impresión que aparecen en Ferenczi, junto a consideraciones fundamentales
sobre la técnica psicoanalítica, las reflexiones de un hombre que,
cercano a la muerte, se confronta con sus sentimientos de culpabilidad y, que
llevando hasta sus últimas consecuencias su capacidad de empatía,
se identifica intensamente con el sufrimiento y el dolor del paciente. Cuando
se accede a este nivel de profundidad, "las lágrimas del paciente
y del analista se mezclan dando lugar a una solidaridad sublimada que encuentra
solo una analogía equivalente en la relación de una madre con su
hijo" . Se fragua así la idea del "análisis mutuo",
cuya paternidad atribuyó Ferenczi a su famosa paciente Elisabeth Severn,
a la que se refiere en el "Diario" con la siglas R. N.
Como describe en sus anotaciones del 5 de mayo, al principio
la consideraba más bien antipática, pero sus formaciones reactivas
unidas al uso de una técnica indulgente y elástica, le habían
llevado a asumir con respecto a ella una actitud condescendiente y abierta. Esto
hizo creer a la paciente que su analista se había enamorado de ella. Ferenczi
se asustó y le interpretó la transferencia negativa. El impacto
que produjo en la paciente fue indescriptible, reactivando una situación
traumática infantil. La paciente, aseguraba percibir intensos sentimientos
de odio en su analista, que este intentaba reprimir y disimular a través
de una hipócrita simpatía. Ferenczi, sabiendo que la paciente tenía
razón, lo admitió y puso en relación el odio contratransferencial
hacia su paciente con los sentimientos de odio que le había suscitado,
siendo niño, su propia madre. A partir de ese momento Ferenczi accedió a
intercambiar, de manera experimental, su papel de analista con el de paciente.
Con toda probabilidad Ferenczi actuó su insuficiente capacidad contenedora,
más aún, utilizó inconscientemente a la paciente como contenedor
de sus sentimientos y emociones. Sin embargo, la idea de comunicar al paciente
los sentimientos contratransferenciales tuvo una continuidad en la literatura
psicoanalítica. En un famoso y polémico artículo de 1947
titulado "El odio en la contratransferencia", Winnicott aseguraba que
la confesión del odio contratransferencial no sólo no era desaconsejable,
sino que beneficiaba tanto al paciente como al proceso analítico. En la
misma línea, M. Little (195l) defendía la conveniencia de revelar
al paciente la naturaleza de las propias emociones contratransferenciales, si
se quería favorecer la aceptación por parte del paciente de determinadas
vivencias transferenciales. Anticipándose a algunos trabajos posteriores
de Langs (1974) y Searles (1975) sostenía, como si la idea del análisis
mutuo de Ferenczi resonara aún en el ambiente, que el paciente puede brindar
al analista interpretaciones muy útiles para la comprensión de
su contratransferencia. Más recientemente, analistas como Epstein (1977)
y Gorkin (1987) plantean la necesidad de incluir las confesiones contratransferenciales
como una apartado importante de la técnica psicoanalítica.
Pero tal vez el autor que, sin mencionar a Ferenczi,
retoma con mayor profundidad clínica algunas de las intuiciones del "Diario
Clínico" sea Searles, precisamente un analista que, como fue en el
caso de Ferenczi, ha dedicado gran parte de su trabajo y ha acumulado una enorme
experiencia con pacientes gravemente psicóticos. En un artículo
titulado "El paciente como terapeuta de su analista" (1975) justifica
la hipótesis de que en el transcurso del análisis el paciente psicótico
necesita "crear" un analista "a su medida" para poder introyectar
y reconstruir en él un mundo interno más confiable y menos persecutorio
como condición indispensable para liberarse de la psicosis. Coincidiendo
totalmente con Ferenczi, parte del presupuesto, seguramente discutible, de que
todo paciente siente el deseo inconsciente de convertirse en terapeuta de su
propio analista y de "curarle".
Al margen de la crítica subyacente tanto a la
teorización kleiniana para la que esta fantasía de curar al analista
no sería más que un gesto reparador hacia el propio sadismo del
propio paciente como a la idea de "relación parasitaria" propuesta
por Bion para la psicosis, Searles propugna una concepción de la relación
psicoanalítica esencialmente simétrica donde la "alianza terapéutica" es
aplicable por igual a los dos protagonistas de la relación analítica
y donde el reconocimiento por parte del analista de "los impulsos terapéuticos
del paciente", dirigidos por ejemplo a convertir al analista en una madre
suficientemente buena capaz de contenerle, o en un padre sexualmente potente,
resulta de capital importancia para el desarrollo del proceso psicoanalítico.
Aunque personalmente no comparto algunos de los desarrollos
teóricos a los que me he referido por último y, de acuerdo con
M. Mancia (1990), opino que revelar al paciente los propios sentimientos contratransferenciales
significa admitir la propia incapacidad de elaborarlos adecuadamente y un fracaso
de las capacidades de transformación sobre las que se basa la creatividad
que requiere el trabajo analítico, y aunque entiendo que en algunos de
los planteamientos, en concreto de Searles, la línea de demarcación
entre transferencia y contratransferencia parece disolverse peligrosamente, soy
del parecer, al mismo tiempo, que con sus últimas intuiciones clínicas,
Ferenczi se estaba anticipando a muchas teorías contemporáneas
como la utilidad de la contratransferencia, la identificación proyectiva
y la contraidentificación proyectiva como instrumentos técnicos
indispensable para el trabajo analítico, el reconocimiento de la participación
emocional del analista, y la posibilidad de penetrar en la transferencia del
paciente y de observar e interpretar las reacciones contratransferenciales.
Al final de su "Diario", Ferenczi afirmaba
que el fracaso terapéutico de muchos análisis no se debe a las
resistencias inaccesibles, ni al narcisismo impenetrable del paciente, sino a
las propias dificultades del analista, especialmente a su insensibilidad, su
falta de tacto y de empatía. Al enfatizar la participación emocional
del analista en el proceso analítico y el papel de la contratransferencia,
Ferenczi resaltaba también la importancia de la persona del analista y
especialmente de su propio análisis como un campo fundamental de nuestro
trabajo.
Tras la muerte de Ferenczi, algunas de sus más
geniales intuiciones clínicas, especialmente las concernientes a la contratransferencia
fueron prácticamente olvidadas. Aunque, en honor a la verdad, Melanie
Klein, paciente de Ferenczi, había utilizado desde 1919 la contratransferencia,
que ella denominaba "comunicación de inconsciente a inconsciente",
y había extraído de ella muchos de los conocimientos que hemos
leído en sus obras sobre la mente infantil y los estados psicóticos,
Fanny Hann-Kende (1933) mencionaba la posible utilidad de la contratransferencia
en la técnica psicoanalítica, teniendo en cuenta las consideraciones
de Freud sobre la telepatía, Alice y Michael Balint (1939) habían
enfatizado "la inevitable intrusión de la personalidad del analista
en la relación analítica", e Izette de Forest (1942) "la
cualidad interactiva entre la transferencia y la contratransferencia", es
a partir de los años 50 cuando surgen de manera simultánea las
aportaciones sobre la contratransferencia que siguiendo algunas de las intuiciones
de Ferenczi, modificaron sustancialmente su dimensión teórica y
clínica.
En efecto, Paula Heimann afirmaba rotundamente
en el 16º Congreso de Zürich que la contratransferencia era el instrumento
esencial para la comprensión del material inconsciente del paciente y
para la formulación de interpretaciones adecuadas . Casi contemporáneamente,
Racker, planteaba, aunque de una manera menos radical que Paula Heimann, la hipótesis
de que la principal fuente de los sentimientos del analista reside en la mente
del paciente, y anticipaba la idea del análisis como un campo bipolar
que sería desarrollada más tarde por los Baranger. M. Little (195l)
desafiaba la idea clásica del analista-espejo y propugnaba la necesidad
de utilizar los sentimientos contratransferenciales en la formulación
de la interpretación y Sullivan (1953) proponía la idea del analista
como "observador participante". A partir de estos desarrollos teóricos,
una lista interminable de analistas de la talla de M. Khan, M. Mahler, Searles,
Fromm-Reichmann, Rosen, Guntrip, Spitz, Nacht, Kohut, etc., continuó desarrollando,
casi siempre sin nombrarle, algunas de las más geniales intuiciones clínicas
de Ferenczi.
Para terminar quisiera señalar que en la
conferencia que en 1928, Ferenczi pronunció en Madrid, manifestaba la
deuda que las personas de la Europa Central tenían contraida con el genio
hispano, con su arte y su literatura. En justa correspondencia, también
yo querría expresar, con mi modesta aportación, mi enorme gratitud
hacia un hombre que no sólo contribuyó de manera ejemplar al desarrollo
de la teoría y de la práctica psicoanalítica, que analizó y
formó a analistas de la talla de Jones, M. Klein, Balint o Spitz, que
fundó la escuela húngara de psicoanálisis a la que pertenecieron
entre otros, Hermann, Hollos, Robert Bak, David Rapaport, Edith Gyömröi,
Alexander, Sandor Rado o Vilma Kovaks, que publicó más de un centenar
de trabajos teóricos y clínicos de valor incalculable y de una
sorprendente modernidad y que influyó en el desarrollo teórico
de un sin fin de analistas que sería interminable recordar, sino que además
hizo de la eficacia terapéutica el pilar fundamental de la ética
psicoanalítica, transformó su inagotable capacidad de empatía
en una experiencia de solidaridad humana con el dolor y la desesperación
de todos y cada uno de sus pacientes, y se distinguió, como sostiene A.
Haynal, "por una generosidad, un coraje intelectual, una independencia,
y una honestidad incomparables".
Al finalizar la conferencia de Madrid a la que
antes aludía, Ferenczi expresaba su deseo de que en un futuro próximo,
España pudiera encontrarse entre los países que practicaran el
psicoanálisis. Seguramente, no podía imaginar que setenta años
después iba a celebrarse en Madrid un congreso internacional sobre sus
aportaciones, en el que tal vez seamos capaces entre todos de recuperar su entusiasmo
y convicción en el análisis, su fidelidad a Freud, su honestidad
clínica y su obra científica como un patrimonio vivo de la teoría
y de la técnica psicoanalíticas y como un soplo de aire fresco
y de esperanza en las posibilidades venideras de nuestra "imposible" profesión.
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