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Logoterapia: Responsabilidades a Viktor Frankl

 

Mª Ángeles Noblejas de la Flor

 

Empezar a hablar de Logoterapia es dirigirse mentalmente a la figura de Viktor Frankl y viceversa, y no porque lo consideremos como el mago de los logoterapeutas al que hay que recurrir como argumento de autoridad para ser escuchados o, en su caso, criticados (hay quienes dicen que sus argumentos suelen ser una llamada de tipo emocional, que trata de persuadir, hacer aseveraciones 'ex cathedra' y, con frecuencia, suele ser estridente y repetitivo -Yalom, 1984, pp. 528 ss).

Pero Frankl no quiso ser gurú. Como me comentó, hace algo más de un mes, Eugenio Fizzotti, uno de sus principales discípulos, no quiso crear personalmente una escuela, no estructuró una formación en Logoterapia en unos cursos determinados, ni diseñó una secuencia de pasos para la aplicación de sus técnicas, sino que consideraba la Logoterapia como una escuela abierta a su propia evolución. Formaba con sus conferencias por todo el mundo, con sus escritos, su propio hacer psiquiátrico, sus charlas en la radio, sus intervenciones en congresos, etc. y animaba, impulsaba y avalaba el trabajo de los logoterapeutas.

Es inevitable la asociación Logoterapia-Viktor Frankl porque al aproximarnos a su obra descubrimos al hombre y a través del hombre podemos llegar a su obra.

Su concepción del hombre y del mundo tiene una relación directa con sus vivencias personales, especialmente con la experiencia de su existencia desnuda en los campos de concentración nazis.

Esta experiencia ha de vivirla como consecuencia de una decisión fundamental en su vida orientada por su conciencia de responsabilidad hacia unos valores que le llaman a su realización y por los que libremente se decide renunciando a otras posibilidades. Así, preserva en la historia esa respuesta dada, que nunca se podrá borrar y condena al no ser a esas otras posibilidades que niega.

Esa decisión, como todos sabemos, es la de dejar caducar su visado. Así lo cuenta el mismo en sus memorias (Frankl, 1997, pp. 72-73):

"Tuve que esperar varios años una visa que me permitiera la entrada en los Estados Unidos de América. Al fin, poco antes de incorporarse los EE.UU. a la guerra, fui invitado por escrito a presentarme en el Consulado para que me fuera firmada la visa. Quedé desconcertado: ¿debía dejar solos a mis padres?. Sabía el destino que les esperaba: la deportación al campo de concentración. ¿Debía decirles simplemente adiós y abandonarlos a su suerte?. ¡La visa era exclusivamente para mí!.

Salí de casa indeciso fui a caminar un poco y pensé: '¿No es esta una típica situación en la que sería necesaria una señal del cielo?'. Al volver a casa, vi un pequeño pedazo de mármol puesto sobre una de las mesas.

 

' ¿Qué es esto?', me dirigí a mi padre

 

'¿Esto?'. Oh, lo he levantado hoy de un montón de escombros, allí donde antes se encontraba la sinagoga que ha sido quemada. El pedazo de mármol es una parte de las tablas de los mandamientos. Si te interesa, puedo decirte también de cuál de los mandamientos es el signo en hebreo que se encuentra allí grabado. Porque sólo existe un mandamiento que lo lleva como inicial'.

 

'¿Cuál es?', le insistí a mi padre.

 

Entonces me dio las respuesta: 'Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas por mucho tiempo en la tierra...'.

Así es que me quedé 'en la tierra', junto a mis padres, y dejé vencer la visa. Esta es la historia del pequeño pedazo de mármol.

 

Es posible que mi decisión de quedarme ya estuviera tomada en lo más íntimo de mi ser, y que el oráculo en la realidad sólo haya sido un eco de la voz de la conciencia. En otras palabras, se trataba de un test proyectivo. Otro quizás en mi lugar sólo hubiese visto en el pedazo de mármol el CaCO3 (carbonato de calcio) -¿pero no hubiese sido también un test proyectivo, siendo únicamente la proyección de su vacío existencial...?."

Encontró el significado que le ayudó a resolver el conflicto de valores que tenía. Ese sentido descubierto se convierte en misión y posteriormente en satisfacción a pesar del sufrimiento al ver cumplida tal misión. Así lo podemos ver en sus palabras al relatar estos hechos en sus memorias contando con 90 años de edad (Frankl, 1995, pp. 12-13):

Entre las cosas que pude llevar de contrabando al campo de Theresienstadt, se encontraba una ampolla de morfina. Cuando, como médico, vi en mi padre que era inminente el estado terminal del edema pulmonar, o sea, la dificultad respiratoria extrema anterior a la muerte, le di la inyección. El, en ese momento ya tenía 81 años de edad y estaba totalmente desnutrido. A pesar de esto, fueron necesarias dos neumonías hasta que la vida lo abandonó. Le pregunté: '¿Todavía tienes dolores?'.

 

'No'.

 

'¿Me quieres decir alguna cosa?'.

 

'No'.

 

Entonces lo besé y me fui. Sabía que no lo iba a volver a ver con vida. Pero tenía la sensación más maravillosa que uno pueda imaginarse: había hecho lo mío, permaneciendo en Viena por mis padres, acompañando hasta la muerte y evitando un sufrimiento mortal innecesario a mi padre."

Podemos asegurar, por tanto, que la vida de Viktor E. Frankl ha estado marcada por un sentimiento de radical responsabilidad que se vio potenciado, si cabe, por sobrevivir a los campos de concentración. Esto podemos verlo en la referencia que hace a una audiencia que mantuvo, junto con su mujer, con el Papa Pablo VI (Frankl, 1997, p. 115):

"El éxito que pueda tener la Logoterapia no es algo por lo que se me deba felicitar. Es tal como le dije al Papa Pablo VI, en ocasión de una audiencia especial a la que fui invitado por el Vaticano: 'Mientras los demás sólo ven lo que he logrado y conseguido, a mí en esos momentos se me hace sumamente consciente qué debería haber hecho y hubiese podido hacer, pero no realicé. En una palabra: lo que he dejado debiendo a la misericordia que me ha regalado aún 50 años después de haber tenido que traspasar los portales de Auschwitz."

Esta forma de ser y estar en el mundo es coherente con la concepción de hombre y de mundo que tiene la Logoterapia. Frankl es responsable ante sí mismo y ante los demás de sus postulados. Es a él al primero a quien podemos enfrentar con su responsabilidad por la Logoterapia ya que de ésta podemos decir que es una escuela terapéutica y de orientación basada en la responsabilidad.

Podemos decir que la principal contribución de la Logoterapia a la terapia podría caracterizarse como un trabajo por su "rehumanización", a partir de su visión antropológica centrada en la dimensión noética (integradora de su realidad psico-física) y de su comprensión del mundo.

Critica una imagen de hombre forzado por múltiples ataduras, que subraya su impotencia para librarse de ellas por su determinación biológica, psicológica y sociológica. Postula frente a esto la libertad humana, propia y verdadera, la capacidad del hombre de situarse frente a todas esas determinaciones, la libertad que precisamente establece la esencia humana.

La experiencia de la capacidad de libertad del hombre, de distanciarse de sus condicionamientos y elegir la actitud a tomar ante ellos tuvo su máxima verificación en los campos de concentración. Y refiriéndose a ella leemos en "La voluntad de sentido" (Frankl, 1988, pp. 150-151):

"Después de que en el marco de una entrevista se me apostrofó que como 'Profesor de Neurología y Psiquiatría' debería estar informado sobre los condicionamientos biológicos, psicológicos y sociológicos del hombre invité a reflexionar en el hecho de que no solamente era profesor en dos especialidades, sino también sobreviviente de cuatro campos de concentración y, como tal, testigo de la capacidad del hombre de resistir aún a las peores condiciones. Y si Sigmund Freud dijo una vez: 'trátese de exponer al hambre a un grupo de personas diversas y con el aumento de la necesidad apremiante de alimentos, todas las diferencias individuales se borrarán y, en su lugar, aparecerán las manifestaciones uniformes de este instinto no gratificado (Gesammelte Werke, vol. V, p. 209), lo que sucedió en realidad fue más bien todo lo contrario. En el campo de concentración la gente se volvió más diferenciada aún. Los cerdos se desenmascararon. Y también los santos. El hambre los descubrió. Ese hambre era el mismo en un caso y otro. Sin embargo, la gente se diferencia".

También por esencia, el hombre está abierto al mundo, es un ser-en-el-mundo. Ser hombre quiere decir ser hacia algo o hacia alguien, ir más allá de sí mismo, para salir al encuentro de lo que hay en el mundo y de quienes hay en él. La esencia de la existencia humana se encuentra en el propio autotrascender.

Como afirmaba Fizzotti (1998), en el III Congreso Nacional de Psicología Humanista, el análisis existencial conduce a Frankl a afirmar que

"la realidad del hombre es una posibilidad, su ser 'un poder-ser'. No es por lo que en la actualidad es, sino porque tiene un devenir, tiene la posibilidad de transformarse desde lo que es en la actualidad. Ser-hombre significa ser-facultativamente, no ser-fatalmente.

El hombre es, en su esencia, historicidad y no simple expresión de naturaleza; por tanto, es y permanece formador del mundo y de la sociedad. El concepto de sociedad, en tal contexto, se explica como 'un deber que el individuo debe llevar a término entre y con los otros', como el lugar de sus posibilidades únicas e irrepetibles, por lo cual 'el sentido de la existencia humana supera los mismos límites de la persona para introducirse en los más amplios de la comunidad'.

Se hace evidente, de esta manera, el carácter de reversibilidad de la relación que se instaura entre el individuo y la sociedad. En efecto, 'no es sólo la existencia del individuo que necesita de la comunidad para adquirir un significado pleno; también la comunidad lo adquiere por la presencia y acción del individuo', consiguiendo de él que el reconocimiento y la justificación de la sociedad como deber que el hombre está llamado a resolver se funda en una visión antropológica, libre de prejuicios anclados en presupuestos doctrinales de impronta reduccionista" (pp. 258).

La capacidad de autotrascendencia es la esencia de la existencia y es la base de la intencionalidad humana. Frankl introduce la noción de intencionalidad para definir la estructura fundamental del ser humano. La intencionalidad del hombre no es otra cosa que el 'estar-con'. Por la autotrascendencia el hombre puede salir de sí y dirigirse a estar-con, a encontrarse con el mundo, con otro hombre. La intencionalidad es la base del conocimiento (el objeto "está ahí", el sujeto "está con").

Por tanto, esta facultad originaria del ser espiritual es el fundamento y la condición de otras posibilidades: la percepción de otro ente, el pensamiento y el lenguaje, el entenderse unos con otros y ponerse de acuerdo, el recuerdo y la evocación ("estar con" en la distancia, temporal y espacial).

Sólo entre seres humanos espirituales puede haber una comprensión plena, un "estar uno con otro". Esto, a su vez, sólo es posible en el amor, el cual constituye el modo de ser interexistencial.

Esta capacidad de autotrascendencia, de ser abierto al mundo, la ejercitó Frankl a lo largo de toda su vida y la podemos encontrar en el desarrollo de sus diversos intereses y compromisos.

Desde pequeño quiere ser médico y se interesa por la investigación y desde pequeño comienza a mostrar preocupación por los problemas existenciales del hombre. Como sabemos, será una constante en su vida la mutua interpelación entre filosofía y ciencia.

Según va madurando, su interés por el hombre le orienta a la neurología y la psiquiatría (combinando el deseo de su temprana infancia de ser médico con la influencia del psicoanálisis) y su interés por el mundo le orienta hacia la acción socio-política. Carisma debía tener, ya que llegó a desempeñar un cargo de la asociación de estudiantes de secundaria socialistas. No obstante, refiriéndose a este episodio Frankl considera (cfr. Frankl, 1997) que, al discutir entre las alternativas de Marx o Lenin, se encontraba en una concepción sociologista (que reducía la comprensión del hombre a sus aspectos sociológicos).

Más adelante emprende el proyecto de abrir centros de asistencia terapéutica dirigidos a los jóvenes en situación de riesgo. Por ello, podríamos considerar a Frankl junto con Adler, que con anterioridad había iniciado la creación de servicios de orientación psicológica en muchos centros educativos de la ciudad, como iniciadores de la psicología comunitaria (cfr. Segura, 1998).

Si siguiéramos analizando la vida de Frankl, haciendo análisis existencial, encontraríamos innumerables ejemplos de autotrascendencia, al igual que en el análisis de la existencia de muchos otros seres humanos (a no ser que estos se incluyeran en el segundo tipo de hombres de la tipología que hacía, a pesar de estar en contra de las tipologías, el propio Frankl: el tipo de hombres que tienen poco de tales). Encontraríamos esa autotrascendencia porque esta capacidad está en la base de toda existencia humana.

Si pedimos responsabilidades a Frankl por su Logoterapia, es decir, si le preguntamos como encarna sus teorías, podemos enfrentarlo a los tres interrogantes que frecuentemente repite en sus textos con palabras de Hillel (un rabino que vivió a finales del siglo I a. C.) para subrayar tres aspectos centrales de su pensamiento:

- Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?.

- Si no lo hago ahora, ¿cuándo lo haré?.

- Si lo hago únicamente para mí mismo, ¿quién soy yo?.

Con la primera pregunta nos remite a que cada persona es única e irrepetible; la segunda a la unicidad del momento presente y, por tanto, a la responsabilidad por lo elegido y vivido en el mismo y la última a la orientación hacia el mundo de los valores y de los deberes que cada uno ha de descubrir y realizar día a día. La orientación hacia estos valores está motivada por la voluntad de sentido y no por la búsqueda directa de la satisfacción personal de las propias necesidades o del afán de superación.

En este contexto de unicidad, responsabilidad (que siempre tiene en su base la libertad) y sentido, Frankl redescubre el encuentro, como lugar de fidelidad con el ser, con la vida y con la relación.

Esta es, tal vez, siguiendo las palabras de Fizzotti (1998) "una de las aportaciones más significativas de Frankl a la historia, y no sólo de la psicología y de la psiquiatría, sino también del hombre de hoy y del hombre de siempre: dar otra vez al encuentro 'un carácter existencial, un carácter adecuado al ser humano'. Lo que significa preguntarse con sinceridad: ¿la persona que encuentro es para mí única?, ¿tiene para mí un nombre?, ¿detrás de su cara, leo una historia?, ¿participo de su historia y ella de la mía?. ¿O bien es un simple títere, un anónimo personaje funcional según mis actividades; y para mí, por lo tanto, tener delante a esa u otra persona en el fondo no hay ninguna diferencia?. En resumidas cuentas: ¿es ella que responde a mis deseos, a mis necesidades, o bien soy yo que presto atención a su única e irrepetible existencia?.

El encuentro entre dos personas únicas e irrepetibles -subraya Frankl- es realmente auténtico en la medida en que alcanza "la dimensión inmediatamente superior, aquella en la cual el hombre se transciende en dirección a un significado y en la que toda la existencia se compara directamente con el logos". De modo diverso, un diálogo y un encuentro no abiertos al sentido, y por tanto, que no se basan en una intersubjetividad autotrascendente, permanecen como un diálogo y encuentro sin logos, una pura mistificación encerrada en el estrecho horizonte de la inmanencia, buscando sólo las raíces y, además, únicamente en satisfacer las necesidades; sin, en cambio, buscar los fines objetivos, llenos de desafíos y de provocación que tienen un carácter imperativo y piden ser realizados" pp. 256).

Aparte de en lo que ya hemos visto de preocupación por el hombre y responsable libertad que caracterizó su vida personal y su rica actividad de psiquiatra, escritor, conferenciante y docente universitario, encontramos la respuesta de Frankl a esos tres interrogantes en los encuentros con numerosos enfermos, estando en condición de entender las necesidades más íntimas de ser acogidos, entendidos, amados y, especialmente, en la convicción de que, siempre y en cualquier lugar, el hombre no pierde nunca el sentido de la propia existencia y todo se hace para ayudarlo a redescubrir ese sentido y traducirlo en las conductas y elecciones de cada día.

Como botón de muestra, termino con la siguiente referencia a un encuentro (Frankl, 1997):

 

"En relación con la problemática 'técnica y humanismo', no me canso de repetir al público de mis conferencias y clases, de vez en cuando también a los lectores de mis libros, la historia de una llamada telefónica a las 3 de la madrugada: a esta hora me despertó el teléfono. Habla una mujer para informarme que acaba de decidir su suicidio. Ahora estaba en cierto modo curiosa acerca de mi opinión al respecto. Bueno, desarrollé para ello todo lo que pudiese existir en contra de realizar un suicidio. Comentamos todos los pro y los contra durante tanto tiempo que ella me prometió tomar distancia de su proyecto y concurrir a la mañana siguiente a las 9 horas para verme.

Se presentó puntualmente en la clínica, comentando lo siguiente: 'Usted se equivocaría, señor doctor, si supusiera que aunque sea uno sólo de todos los argumentos que me ha presentado la pasada noche ha tenido un mínimo efecto sobre mí. Si algo me ha impresionado, fue una cosa: sacudo al hombre de su sueño, y en lugar de enojarse e increparme, me escucha pacientemente durante toda una media hora y me aconseja. Entonces pensé: si esto existe, entonces quizás haya algo en favor de brindarle a la vida, al seguir viviendo, una vez más una oportunidad'. En este caso se estableció una relación humana" (pp. 118.119).

Mª Ángeles NOBLEJAS es doctora en CC. Educación y logoterapeuta

 

REFERENCIAS

- Yalom, I. (1984). Psicoterapia existencial . Barcelona: Herder.

- Fizzotti, E. (1998). Una vida plena de sentido: Frankl como hombre, pensador y logoterapeuta. Actas del III Congreso Nacional de Psicología Humanista . Barcelona.

- Frankl, V. (1997). Lo que no está escrito en mis libros. Memorias . Buenos Aires: San Pablo.

- Frankl, V. (1988). La voluntad de sentido . Barcelona: Herder.

- Segura, J. (1998). V. Frankl: sus aportaciones básicas a la psicología humanista. Actas del III Congreso Nacional de Psicología Humanista . Barcelona.

 

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