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Sobre la Ternura, Noción Olvidada.

 

Ana Lila Lejarraga

 

RESUMEN

Este trabajo trata sobre la olvidada noción de ternura, con la intención de reflexionar sobre las relaciones amorosas en el mundo contemporáneo. El estudio aborda críticamente la reducción de la noción de ternura a la inhibición de lo pulsional, buscando en las ideas de Ferenczi, Balint e Winnicott, contribuciones para concebir positivamente la ternura.

 

Palabras clave: ternura, amor, contemporáneo, Winnicott.

 

Mi objetivo en este trabajo es abordar la olvidada noción de ternura -noción imprecisa, más fértil- intentando abrir nuevas perspectivas para pensar las relaciones amorosas contemporáneas.

Entiendo que la ternura no puede ser reducida a la inhibición de lo pulsional, con sus consecuentes efectos de restricción y disminución de placer. Propongo, así, rescatar la otra faceta de la ternura -su dimensión más originaria- indicada por Freud en 1912. Esta otra dimensión da la ternura, que remite a la necesidad infantil de ser amado, cuidado y considerado, será explorada en base a las contribuciones de Ferenczi, Balint y Winnicott.

Concebir la ternura positivamente, y no solo como inhibición de una meta sexual, seria, a mi modo de ver, un elemento fundamental para reflexionar sobre el malestar amoroso en los días actuales.

Si con la hegemonía del ideal de amor romántico, el amor era inseparable del sexo y del lazo conyugal, con la decadencia de este ideal en las transformaciones sociales de las últimas décadas, el sexo se divorcia del sentimiento amoroso y de la familia. En el mundo actual, para gozar de los placeres eróticos, condenados en el pasado por la moral burguesa, no es más necesario enamorarse o asumir compromisos y deberes maritales. Como dice Bauman: “El sexo está siendo completamente purificado de todas las “contaminaciones” y “cuerpos extraños” tales como obligaciones asumidas, lazos protegidos, derechos adquiridos”(1). La función social del sexo cambia: de base de la familia y soporte en la construcción de las estructuras sociales durables, se desplaza para el universo de la colección de experiencias, transformándose el individuo posmoderno en un “coleccionador de sensaciones”(2).

La hiperinflación de la sexualidad y su creciente aislamiento de los lazos afectivos, parece haber disminuido el valor de las relaciones amorosas, que se tornan cada vez más distantes y efímeras: los individuos se encierran en sus corazas narcisistas y se preservan de la amenazadora dependencia del otro. El amor romántico, referencia idealizada e inalcanzable en otras épocas, es cuestionado y aparentemente superado y, en su lugar, solo encontramos sentimientos de desencuentro, insatisfacción y soledad.

Según Lipovetsky, en Era do vazio, las pasiones son canalizadas en el sentido del Yo, promovido a la categoría de ombligo del mundo. Así, se ama narcisistamente el propio yo y se renuncia al amor por el otro, que amenaza la autonomía individual, sin dejar, sin embargo, de continuar aspirando a los lazos sentimentales, cada vez más raros y breves. En las palabras de Lipovetsky: “¿Por qué no puedo amar y vibrar? Desolación de Narciso, demasiado bien programado en su absorción en sí propio para poder ser afectado por el Otro, para salir de sí -y, sin embargo, insuficientemente programado, pues aún desea un mundo relacional afectivo”(3).

La vida amorosa actual parece estar acorralada: el ideal de amor romántico, tiránico y excluyente, se encuentra en decadencia, pero el sujeto contemporáneo, a pesar de su carácter narcisista e individualista, no puede dejar de querer amar y ser amado.

Nos interrogamos en que consiste ese “deseo de un mundo relacional afectivo”, o esa necesidad de ser amado, irreductible, evidentemente, a la simple satisfacción erótica.

Cuando Freud teorizaba sobre el amor, la imagen del amor era indisociable del amor romántico, y en esta imagen se fundían la idealización pasional, el amor y la sexualidad. De este modo, cuando Freud construye la metapsicología del amor, no establece una clara distinción teórica entre estas dimensiones del fenómeno amoroso, tornándose casi sinónimas las nociones de amor y enamoramiento(4).

Freud recurre al mito de Narciso -una historia de amor que culmina en muerte- para hablar del amor. La dinámica amorosa se establece en torno de los procesos de idealización y de los intentos de restauración del estado narcísístico. Estar enamorado consiste en un transbordar de libido narcisista sobre el objeto, que es elevado a nivel del ideal. El enamoramiento representa una vía inmediata de acceso al ideal y a la omnipotencia narcisista(5).

El investimiento libidinal del objeto amado torna el yo enamorado frágil y dependiente del amado. El trabajo de idealización otorga al objeto virtudes y perfecciones imaginarias, dejando “ciego” al yo enamorado. Y en la medida en que el objeto es ubicado en el lugar del ideal, el amante se convierte en un humilde siervo del objeto idealizado. A través de la idealización del objeto de amor, y de la aspiración de unirse a él, el yo pretende la fusión narcisística, la plenitud. El amor, por su naturaleza narcisista, aspira a un rencuentro con los primeros objetos, perdidos para siempre. El enamoramiento tiene un carácter ilusorio, ya que, por un lado, proyecta en el objeto los propios ideales narcisísticos, atribuyéndole perfecciones inexistentes, y por otro lado, seduce imaginariamente con una completitud irrealizable. De este modo, la metapsicología del amor fundada en el narcisismo enfatiza el carácter imposible e ilusorio de la plena realización amorosa, constituyendo una magistral metáfora de la pasión romántica.

La teoría freudiana del amor incluye, en 1921, el ingrediente de la ternura, responsable por la persistencia del sentimiento amoroso, más allá de la simple atracción sensual. En Psicología de las masas y análisis del yo(6), Freud considera que el estar enamorado es el resultado de la confluencia del amor sensual y de la ternura, y que gracias a la contribución de la corriente tierna, es posible medir el grado de enamoramiento.

En el Apéndice del mismo texto, Freud hace un extenso análisis sobre la noción de ternura como pulsión sexual inhibida en su meta, contrapuesta a la sensualidad, que corresponde a las pulsiones sexuales directas o sin inhibición. Aunque en la Psicología del amor, en 1912, la ternura haya sido considerada como la corriente más antigua, vinculada a los cuidados parentales, Freud retoma en 1921 la noción de ternura esbozada en los Tres Ensayos para una teoría sexual, en que el sentimiento tierno era un derivado de la represión de la sexualidad. Así, en Psicología del amor, Freud consideraba que “De esas dos corrientes (tierna y sensual), la tierna es la más antigua. Proviene de la primera infancia, se ha formado sobre la base de los intereses de la pulsión de autoconservación y se dirige a las personas que integran la familia y a las que tienen a su cargo la crianza del niño”(7). Y en 1921, afirma Freud: “La observación directa, así como la iluminación analítica de los restos infantiles hecha con posterioridad, no dejan ninguna duda acerca de la confluencia de sentimientos tiernos y celosos, por un lado, y propósitos sexuales, por el otro”(8).

La persona amada, concluye Freud, es el objeto de las aspiraciones sexuales, enfatizando solo uno de los polos de esta confluencia de afectos. Posteriormente, toda la configuración amorosa edípica sucumbe a la represión, y las aspiraciones sexuales quedarán reprimidas e inconscientes, restando solamente, en relación a los primeros objetos de amor, los lazos de ternura. Así, el sentimiento de ternura provendría de las aspiraciones sexuales incestuosas, constituyendo una pulsión inhibida en su meta, producto de la acción de la represión(9).

Estableció amistad con Edith Weigert, Marjorie Jarvis y de manera más estrecha con Gertrud Jacob (1893-1940), psicoanalista y pintora sobre temas de esquizofrenia. En Alemania la conoció como colega y paciente. Después viajaron juntas a Alsacia, Palestina y América. La doctora Jacob, con sólo un lapso de seis meses de trabajo en la clínica Menninger, retornó a Chesnut Lodge. Compartieron la residencia del sanatorio y la casa de verano.

Entretanto, Freud reconocía una mezcla de sentimientos tiernos y deseos sexuales en un momento anterior al drama adípico y a la castración, en el comienzo de las relaciones del infante con las personas encargadas de su cuidado. ¿Cual sería el origen de la ternura infantil anterior a la castración, si todavía no hubo motivos para la inhibición de la meta sexual? La noción de inhibición supone la existencia de obstáculos que impiden a la pulsión de alcanzar su objetivo de forma directa “encontrando una satisfacción atenuada en actividades o relaciones que pueden ser consideradas como aproximaciones más o menos distantes de la meta primitiva”(10). La inhibición es considerada como un principio de sublimación, porque en ambas la pulsión se aleja del objetivo sexual directo. Pero mientras la sublimación substituye el objetivo sexual por otro socialmente valorizado, la inhibición no abandona totalmente su meta originaria, contentándose con aproximaciones a esta y satisfacciones atenuadas. Por eso, la pulsión inhibida nunca alcanzaría una cabal satisfacción, ya que el placer obtenido sería siempre “menor” o “disminuido” en relación a la satisfacción del objetivo originario.

Resumiendo, vemos que Freud oscila entre una concepción de ternura como pulsión inhibida, en la descripción de la vida sexual adulta, y una idea de ternura infantil, cuyo origen no podría ser teorizado como inhibición. ¿Como explicar que la ternura sea una pulsión de meta inhibida -lo que presupone una restricción de la meta directa y, por lo tanto, alguna forma de interdicción- y la existencia de ternura en la infancia, desde los orígenes? Frente a este problema, sucesores de Freud como Ferenczi, Balint y Winnicott, desarrollaron una noción de ternura más compleja, que no podría ser reducida a la inhibición del funcionamiento pulsional.

Ferenczi, con su noción de lenguaje de la ternura, contrapuesto al lenguaje de la pasión, nos ayuda a pensar la ternura positivamente, como una modalidad de la vida erótica infantil, de carácter lúdico, que antecede a la castración y a la represión, diferente del erotismo pasional adulto y sin la connotación de restricción o inhibición de la concepción freudiana(11).

Balint, discípulo de Ferenczi, desarrolla una concepción de la ternura y de las relaciones objetales precoces irreductibles a lo pulsional. Considera que debemos distinguir el desarrollo pulsional, que se refiere a las pulsiones parciales autoeróticas, del desarrollo relacional, que se refiere a las relaciones de objeto amorosas(12).Para Balint, los modos de amar no dependen de los objetivos y fuentes de las pulsiones parciales, ya que se trata de procesos diferentes. Una cosa sería, para el autor, el desarrollo del erotismo y otra, el desarrollo del amor. El niño presenta, inicialmente, en la teoría balintiana, un deseo pasivo de ternura, o deseo de ser amado, cuya satisfacción es una sensación calma y tranquila de bienestar. Este deseo de ternura pasivo, que Balint denomina también de amor de objeto pasivo o de amor primario, consiste en un deseo de ser amado y cuidado siempre, de ser atendido en todos los deseos, intereses y necesidades, de forma incondicional, sin tener que dar nada en cambio. El hecho de tratarse de un “deseo pasivo de ternura”(13) no significa que este se exprese de forma atenuada o pasivamente. La demanda infantil de ternura tiene un carácter intenso, y la reacción a la ausencia de gratificación de esta demanda suscita respuestas pasionales y agresivas. Balint considera que aunque Freud haya señalado dos facetas de la ternura -como la corriente más antigua y como sexualidad inhibida en su meta- solo se preocupó en teorizar la segunda faceta.

La ternura activa adulta corresponde a la pulsión sexual inhibida en su meta. Es sabido que la meta sexual se refiere al placer de órgano de las pulsiones parciales o al placer orgásmico. Entretanto, entiendo que la ternura solo puede corresponder a la inhibición de una meta sexual que presuponga una relación objetal para su satisfacción. Pensamos que la inhibición de un objetivo autoerótico, como por ejemplo de una pulsión parcial anal, no provocaría ternura. La ternura como pulsión inhibida sería la contrapartida del amor sensual, y el objetivo sexual inhibido sería el placer orgásmico genital. Y como la pulsión inhibida no abandona totalmente su meta originaria, contentándose con aproximaciones a esta, el placer alcanzado en la ternura será siempre menor o disminuido que el sexual directo. La ternura adulta no existiría antes de la represión. Sin embargo, la ternura pasiva infantil(14) existe durante toda la vida, desde la primera infancia hasta la vejez, y funciona como un componente imprescindible de toda relación amorosa.

El problema freudiano de la ternura como pulsión sexual de meta inhibida y como corriente más antigua se diluye, así, con las contribuciones de Ferenczi y Balint, ya que se trataría de dos formas diferentes de ternura. La concepción de Winnicott del desarrollo emocional primitivo(15) también nos auxilia para positivar la ternura como una modalidad de lazo precoz entre el bebé y la madre, no derivando de la inhibición de lo pulsional. Winnicott explora terrenos no desarrollados por Freud, valorando el amor en los primeros intercambios entre el bebé y el medio ambiente, tanto de la perspectiva de los indispensables cuidados amorosos del ambiente, como del desarrollo de la capacidad de amar en el sujeto..

La expresión primitiva del amor incluye la agresividad, que es casi un equivalente de la actividad o de la motilidad de la fuerza vital. Como en este momento inicial todavía no existe integración ni organización yoicas, los impulsos amorosos coexisten con los impulsos activos e impiedosos que no tienen consideración con el objeto(16). Debemos distinguir, en este estadio inicial, el amor primitivo del niño de la devoción amorosa materna, condición indispensable para la experiencia de los estados de tranquilidad, la confianza en el ambiente y la propia constitución subjetiva. El énfasis de Winnicott reside en los cuidados amorosos que el ambiente puede brindar, ya que el amor primitivo infantil no podría ser definido más allá de la total dependencia del bebé y de su impulso vital creativo. En el estadio inicial de la dependencia absoluta, lo fundamental es el proceso silencioso de la integración, personalización y adaptación a la realidad que realiza el bebé, sostenido por la provisión del amor materno, y condición de posibilidad de las conquistas posteriores. En este estadio, conviven los estados tranquilos y excitados del bebé, que corresponden a dos funciones de la madre: la madre-ambiente, amada por los cuidados que brinda y la madre objeto, atacada por la excitación pulsional(17). Gradualmente el bebé va reconociendo que la madre de los estados calmos; la madre del amor calmo o de la ternura, y la madre de los estado excitados; la madre del amor excitado o de la pasión1(18), son la misma persona. De este modo, el bebé percibe que el objeto atacado es el mismo que el amado, desarrollando la capacidad de preocuparse(19) (concern) con los posibles daños hechos a la persona amada..

Si la madre es suficientemente buena y sobrevive a los impulsos eróticos e impiedosos del bebé, aceptando su preocupación y reparación, él aprende a dar y reparar, estableciéndose un ciclo benigno de destruir y reparar, de dañar y curar, etc. El niño aprende a tener confianza en el ambiente, que proporciona e reafirma su impulso espontáneo. El niño se torna responsable y preocupado con el objeto amado, integrando la frustración y la rabia en el sentimiento amoroso. El niño pasa a reconocer al otro como una persona total y aprende a cuidar de él, lo que constituye la base de las relaciones amorosas. El amor, de este punto de vista, puede ser concebido como la capacidad de reconocer al otro, de cuidar al otro, y permanecer, al mismo tiempo, espontáneo y creativo.

El amor o la capacidad amorosa surge de un largo proceso de intercambios entre el individuo y su ambiente, como una afirmación del gesto creativo, conjuntamente con el descubrimiento del otro. Es importante resaltar, con la intención de definir mejor la noción de ternura, la distinción winnicottiana entre la dependencia del lactante y la condición psicológica de la madre. Al final del embarazo, y hasta las primeras semanas o meses después del nacimiento, la madre comunmente desarrolla un estado de sensibilidad aumentada para atender incondicionalmente a las necesidades y deseos del bebé: un estado de “preocupación materna primaria” o “devoción materna”(20). Las necesidades del bebé, que son inicialmente corporales e gradualmente se transforman en necesidades del yo, no pueden, de acuerdo a Winnicott, ser reducidas a tensiones instintivas; se trata de necesidades del yo o de necesidades psíquicas primarias, como contacto corporal, calor, regazo materno, etc.

La sensibilidad exacerbada de la madre devotada, que sería, a mi modo de ver, un sentimiento de ternura intensificado, corresponde a la capacidad de la madre de identificarse(21) con lo que el bebé siente. Entiendo que el yo materno se identifica con la condición dependiente y frágil del recién nacido, como si la madre proyectase en el bebé su propio desamparo infantil. En este sentido, mi hipótesis es considerar que la ternura presupone una forma de identificación, que puede ser llamada de identificación tierna, en que una parte del yo se identifica con un aspecto desvalido del objeto, que lo remitiria a su propia dependencia infantil.

Recapitulando, vimos que autores como Ferenczi, Balint y Winnicott desarrollan una concepción de ternura que no deriva de la inhibición de lo pulsional ni presupone la interdicción de lo sexual. Ferenczi creó la noción de lenguaje de la ternura o estadio de la ternura, considerando que niños en este estadio no podrían abstenerse de la ternura, sobre todo materna. Balint desarrolla la idea de un deseo pasivo de ternura irreductible a lo pulsional, cuya satisfacción genera una sensación de calmo y tranquilo bienestar. Y Winnicott aborda la construcción de la capacidad amorosa en un largo proceso de intercambios entre el individuo y el ambiente, teorizando sobre los cuidados amorosos maternos, que permiten la satisfacción de las necesidades psíquicas primarias, propiciando los estados calmos del bebé.

Para efectos de este trabajo, y sin desconocer las diferencias teóricas entre los autores, aproximamos las nociones de “necesidades psíquicas primarias” y “deseo pasivo de ternura”. Estas necesidades psíquicas, que producen, cuando satisfechas, estados calmos y experiencias de bienestar, podrían ser resignificadas como “necesidad infantil de ternura”, ya que aunque el bebé nada sepa sobre la necesidad que lo aflige, cuando no recibe una adecuada provisión de ternura materna, sufre daños en la constitución de su self y en su integración yoica(22).

Esta “necesidad infantil de ternura”, de mi punto de vista, deriva de la dependencia del bebé de los cuidados del adulto para su sobrevivencia y su organización psíquica. Así, si tenemos que suponer alguna base para la “necesidad infantil de ternura”, esta no sería la satisfacción de las pulsiones de autoconservación ni la inhibición de las pulsiones sexuales, sino el estado de desamparo(23). Como dice Freud, el “estado de desamparo produce las primeras situaciones de peligro y crea la necesidad de ser amado, de que el hombre no se librará más”(24).

Entiendo que esta necesidad de “ser amado”, que acompañará al hombre durante toda su vida, porque su condición no dejará nunca de ser desamparada, no se refiere a su necesidad de amor romántico, ni de la idealización pasional, que Freud teorizaba en la metapsicología del amor, sino a la necesidad de ternura, de ser reconocido, cuidado y amado por un otro.

Por otra parte, lo que se entiende generalmente como “capacidad de amar” no sería la capacidad orgásmica ni de idealizar al objeto, sino la capacidad de reconocer al otro; de considerar y de preocuparse con él; de identificarse tiernamente con su condición desvalida, es decir, la capacidad de sentir ternura.

Cuando Freud, en 1921, agregaba el ingrediente de la ternura, ampliaba su concepción del amor, indisociable hasta ese momento de la imagen de la pasión romántica, imposible y absoluta.. La inclusión de la ternura puede ser pensada como un tributo freudiano a la visión romántica del amor y del casamiento, que conjugaría, en una relación única, deseo sexual, pasión, ternura, amistad y duración. De este modo, la ternura permitiría superar la fugacidad y precariedad de la idealización pasional, garantizando la permanencia del lazo.

El sentimiento de ternura no sería solo condición para medir el grado de enamoramiento, como afirmaba Freud en 1921, sino condición de los lazos afectivos en general. La marca diferenciadora del enamoramiento, a mi modo de ver, que lo distingue del simple deseo erótico, es la idealización narcisista del objeto, que puede llevar al total dominio del yo por parte del objeto idealizado y a la humillación yoica, como también a las sensaciones de fusión y completitud y a los estados de éxtasis amoroso.

Con esta nueva lectura de la noción de ternura, el componente de ternura dejaría de ser imprescindible en el enamoramiento, para tornarse condición del amor en un sentido amplio. Tendríamos entonces enamoramientos en que no se desarrolla el sentimiento de ternura, como ocurre con ciertas pasiones con evoluciones perversas, como también tendríamos relaciones tiernas en que no existe la idealización pasional. La ternura no se asocia necesariamente a mecanismos de idealización, sino que remetería, de mi punto de vista, a procesos tempranos de identificación.

Vemos que las contribuciones de Balint y Winnicott nos ayudan a concebir la ternura positivamente y no como una satisfacción atenuada o substituta frente al gozo sensual. Entiendo que no se trata de perspectivas teóricas opuestas del fenómeno amoroso, sino de lecturas complementares de este fenómeno. Mientras Freud, lector de Goethe, teorizaba sobre las imposibles pasiones románticas, Balint y Winnicott, con otras influencias teóricas, enfatizan el valor positivo de la ternura y la construcción de la capacidad de amar en el sujeto, mostrando la posibilidad de la viabilidad amorosa.

Finalizando, sabemos que el modelo de amor romántico, propuesto moral y política de Rousseau para la sociedad burguesa en ascención, fue atomizado con las transformaciones sociales de las últimas décadas. Con todo, la decadencia del ideal romántico no fue reemplazada por otro ideal amoroso, permaneciendo aún, en el imaginario de nuestra cultura, como imagen del “verdadero” amor y vía privilegiada de acceso a la felicidad. La alternativa amorosa en los días actuales parece reducirse a la polaridad entre el refugio en el amor romántico del pasado, con la consecuente pérdida de libertad sexual y el sufrimiento por la imposibilidad de alcanzar un ideal tan absoluto, o la insatisfacción sentimental con el libre gozo de la sexualidad. Creo, sin embargo, que el individuo no anhela hoy por una mayor libertad sexual, ya conquistada, ni aspira a retornar a la tiranía del amor romántico, con sus renuncias, padecimientos y exclusiones. Lo que el individuo contemporáneo no puede, a pesar del libre acceso a los placeres sexuales y de la decadencia del ideal romántico, es abstenerse de los lazos afectivos, de la necesidad de amar y ser amado de alguna forma. El sujeto contemporáneo, el “coleccionador de sensaciones”, es un ser agónico de ternura, que no consigue prescindir de la necesidad de ternura.

Mi creencia es que, así como el amor romántico dejó de ser la única alternativa posible para la vida sexual, también puede dejar de ser el reducto noble de la ternura. De la misma manera que el sexo pudo libertarse del modelo romántico, que solo lo legitimaba cuando fusionado al enamoramiento y a la construcción del lazo conyugal, con su consecuente carga de padecimiento y tragedia, tal vez la ternura pueda también ser desatada de este modelo, buscando nuevas formas de expresión fuera de los totalizantes imperativos románticos.

Encontramos un ejemplo de estas nuevas expresiones de la ternura en la bellísima película de Almodóvar, Hable con ella, en que los personajes principales viven raros amores no convencionales, cuya marca es la ternura. La película retrata dos hombres solitarios, que consiguen, a pesar de las condiciones sufridas y adversas a cualquier ideal de felicidad romántica, mostrarnos la posibilidad de la ternura. Podría parecer que Hable con ella trata de la imposibilidad amorosa, del desencuentro y de la incomunicación, ya que las “novias” están comatosas y mudas, pero provoca, curiosamente, una sensación de esperanza en la viabilidad amorosa, por los lazos tiernos entre los personajes.

Para concluir, mi esperanza es que la decadencia del ideal romántico, aunque haya producido desconcierto e incertidumbre, pueda traer la ventaja de tener que reinventar nuevas modalidades amorosas, tal vez más tiernas y posibles, creando nuevas combinaciones de erotismo y ternura que contribuyan para disminuir el malestar contemporáneo.

 

Estados Generales del Psicoanálisis: Segundo Encontro Mundial, Rio de Janeiro 2003

TEMA 5: As subjetividades contemporâneas

SUB-TEMA 5 b: As outra modalidades de filiação e aliança; o gênero sexual

 

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

http://www.estadosgerais.org/mundial_rj/download/5b_Lejarraga_98141003_esp.pdf

 

Notas:

1.-BAUMAN, Z. O mal-estar da pós-modernidade, Rio de Janeiro: Zahar, 1998, p. 185.

2.-Ibid, p. 184.

3.-LIPOVETSKY, G. A era do vazio, Lisboa: Relógio d’água, 1983, p. 48.

4.-Cf LEJARRAGA, A.L. Paixão e ternura, um estudo sobre a noção de amor na obra freudiana, Rio de Janeiro: Relume-Dumará, 2002.

5.-Cf FREUD, S. Introducción del narcisismo.

6.-Cf FREUD, S. Psicología de las masas y análisis del yo, ed. cit, v. XVIII..

7.-FREUD, S. Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa (Contribuciones a la psicología del amor II), ed. cit., v. XI, p. 174.

8.-FREUD, S. Psicología de las masas y análisis del yo, ed. cit., v. XVIII, p. 130.

9.-Ibid.

10.-LAPLANCHE e PONTALIS. Vocabulário da psicanálise, São Paulo: Martins Fontes, 1979, p. 311.

11.-Cf FERENCZI, S. “Confusão de língua entre os adultos e as crianças” in: Escritos Psicanalíticos, Rio de Janeiro: Taurus, 1989.

12.-Cf BALINT, M. “Remarques critiques concernant la théorie des organisations prégénitales de la libido” in: Amour primaire et technique psychanalytique, Paris: Payot, 1972, p. 52.

13.-Ibid, p. 62.

14.-Cabe destacar que a noção de ternura passiva alude ao desejo de ser amado ternamente, correspondendo aquilo que a criança deseja receber do objeto, e não ao que ela sente pelo objeto. A ternura é passiva não porque a criança tenha um comportamento passivo, mas porque é objeto da ternura do outro.

15.-Cf WINICOTT, D. W. “Desenvolvimento emocional primitivo” in: Da pediatria à psicanálise, Rio de Janeiro: Imago, 2000.

16.-Cf WINNICOTT, D. W. “A agressividade em relação ao desenvolvimento emocional” in: Da pediatria à psicanálise, Rio de Janeiro: Imago, 2000.

17.-Cf WINNICOTT, D. W. “O desenvolvimento da capacidade de se preocupar” in: O ambiente e os processos de maturação, Porto Alegre: Artes Médicas, 1990.

18.-O’DWYER de MACEDO, H. Do amor ao pensamento, São Paulo: Via Lettera, 1999, p. 56

19.-Cf WINNICOTT, D. W. “O desenvolvimento da capacidade de se preocupar” in: Op. Cit.

20.-Cf WINNICOTT, D. W. “A preocupação materna primária” in: Da pediatria à psicanálise, ed. cit.

21.-Ibid.

22.- Winnicott considera, referíndo-se às necessidades egóicas, que se trata de necessidades e não de desejos, porque sua não satisfação provocaria graves danos na formação egóica e na constituição do self

23.- Referímo-nos ao “estado de desamparo” no sentido dado por Freud no Projeto de 1895, como um estado de dependência física e psíquica do infante, que precisa da ação de outrem para sua sobrevivência, o que não deve ser confundido com o sentimento de desamparo nem com a ausência de amparo.

24.- FREUD, S. Inhibición, síntoma y angustia, ed. cit, v. XX, p. 145.

 

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