Instituto de Desarrollo Psicológico Indepsi  
· Quienes somos · Contacto · Libro de Visitas · Sucripción Newsleter · Portal Principal -
Menu Indepsi
Presentación
Quienes Somos
Introducción
Marco Teórico
Profesionales
Formación
En Psicoterapia
Cursos
Talleres
Practicas Profesionales
Publicaciones
Correo de Psicoterapia
Revista de Bioanálisis
Libros y Ediciones
Artículos
Actividades
Atención Clínica
Reuniones Clínicas
Convenios
Red Gratuita
Correo de Psicoterapia
Anteriores
Newsletter   
Inscripción
Psicometría
Asesoría On Line
Asesoría Psiquiatras
Asesoría Psicólogos
Servicios Indepsi
Guía Psicometría
Guía de Psicoterapia
Artículo Destacado
Clásicos Destacados
Libros Destacados
Fichas Clínicas
Artículos Clínicos
Recursos Terapéuticos
Noticias

Estadisticas

 

 
Artículos Clínicos:                                      

Amor, Culpa y Reparación (1937)

 

 

Melanie Klein

 

Las dos partes de este libro tratan aspectos muy diferentes de las emociones humanas. La primera, Odio, voracidad y agresión, considera los poderosos impulsos de odio que constituyen una parte fundamental de la naturaleza humana. La segunda, en la que intento describir las fuerzas igualmente poderosas del amor y el impulso de reparación, complementa la primera, pues la aparente división implícita en este método de exponerlas en realidad no existe en la mente humana. Al separar así nuestro enfoque tal vez no logremos transmitir una idea clara de la constante “interacción” de amor y odio, pero se impone la división en este vasto tema, pues el modo como los sentimientos de amor y las tendencias de reparación se desarrollan en conexión con los impulsos agresivos y a pesar de ellos, sólo podrá demostrarse cuando se haya tenido en cuenta el papel que aquellas fuerzas destructivas desempeñan en la interacción de odio y amor.

El artículo de Joan Riviere demostró que estas emociones aparecen por primera vez en la temprana relación del niño con el seno materno y que se dirigen fundamentalmente hacia la persona deseada. Es necesario retomar la vida mental del niño para estudiar la interacción de las diferentes fuerzas que se congregan en el más complejo de todos los sentimientos humanos: el que llamamos amor.

 

LA SITUACIÓN EMOCIONAL DEL LACTANTE

El primer objeto de amor y odio del lactante, su madre, es deseado y odiado a la vez con toda la fuerza e intensidad características de las tempranas necesidades del niño. Al principio ama a su madre cuando ésta satisface sus necesidades de nutrición, calmando sus sensaciones de hambre y proporcionándole placer sensual mediante el estímulo que experimenta su boca al succionar el pecho. Esta gratificación forma parte esencial de su sexualidad, de la que en realidad constituye la primera expresión. Pero cuando el niño tiene hambre y no se lo gratifica, o cuando siente molestias o dolor físico, la situación cambia bruscamente. Se despierta su odio y su agresión y lo dominan impulsos de destruir a la misma persona que es objeto de sus deseos y que en su mente está vinculada a todas sus experiencias, buenas y malas. Además, como lo ha señalado Joan Riviere, el odio y los sentimientos agresivos del lactante dan origen a los más penosos estados, como la sofocación, el ahogo y otras sensaciones similares que, al ser sentidas como destructivas para su propio cuerpo, aumentan nuevamente la agresión, la desdicha y los temores.

El medio primario e inmediato de aliviar al lactante de la dolorosa situación de hambre, odio, tensión y temor es la satisfacción de sus deseos por la madre. La temporaria seguridad obtenida al recibir gratificación incrementa grandemente la gratificación en si; de este modo la seguridad se transforma en un importante componente de la satisfacción de recibir amor. Esto se aplica a las formas de amor más simples y a sus manifestaciones elaboradas, tanto al niño como al adulto. Nuestra madre desempeña un papel duradero en nuestra mente por que ella fue la que primero satisfizo todas nuestras necesidades de autopreservación y nuestros deseos sensuales, proporcionándonos seguridad, aunque los diversos modos en que esta influencia actúa y las formas que a veces toma no resulten muy obvios en una etapa ulterior. Por ejemplo: una mujer puede aparentemente haberse apartado de su madre, y sin embargo buscar inconscientemente algunos aspectos de aquel primer vínculo en su relación con el marido o con el hombre que ama. La parte importante que desempeña el padre en la vida emocional del niño influye también en todas las relaciones de amor posteriores y en todas las asociaciones humanas. Pero el primer lazo infantil con él, como figura gratificante, amistosa y protectora, está parcialmente basado en la relación con la madre.

El lactante, para quien la madre es primariamente sólo un objeto que satisface todos sus deseos, un pecho bueno(1), pronto comienza a responder a sus gratificaciones y cuidados desarrollando sentimientos de amor hacia ella como persona. Pero este primer amor se encuentra ya perturbado en su raíz por impulsos destructivos. Amor y odio luchan en su mente y, en cierto grado, esta lucha persiste durante toda la vida, pudiendo constituirse en fuente de peligro en las relaciones humanas.

Los impulsos y sentimientos del lactante se acompañan de un tipo de actividad mental que considero como la más primitiva: es la elaboración de la fantasía, o más familiarmente, el pensamiento imaginativo. Por ejemplo, el niño que anhela el pecho materno, al no tenerlo imagina que lo tiene, es decir, evoca la satisfacción que deriva de él. Este primitivo fantasear es la horma inicial de una capacidad cuyo desarrollo posterior se observa en los trabajos más elaborados de la imaginación.

Las fantasías tempranas que acompañan los sentimientos del lactante son variadas. En la que acabamos de mencionar imagina la gratificación que le falta. Con todo, las fantasías placenteras también coexisten con la satisfacción real, y las destructivas vienen con la frustración y los sentimientos de odio que ésta despierta. Cuando se siente frustrado por el pecho lo ataca en sus fantasías, pero si el pecho lo gratifica lo ama y fantasea agradablemente con él. En sus fantasías agresivas desea morder y destrozar a la madre y a sus pechos, y destruirla también en otras formas.

Un rasgo muy importante de la fantasía destructiva, equivalente al deseo de muerte, es el del lactante que cree que sus deseos fantaseados tienen efecto real, es decir, que siente que sus impulsos destructivos han destruido realmente al objeto y seguirán destruyéndolo; esto tiene consecuencias sumamente importantes para su desarrollo mental. Se defiende de tales temores mediante fantasías omnipotentes de tipo reparador, lo que también influye grandemente en su desarrollo. Si en sus fantasías agresivas el niño ha dañado a su madre mordiéndola y destrozándola, pronto puede fantasear que une de nuevo sus pedazos para repararla(2), sin embargo, ello no aplaca del todo su recelo de haber destruido al objeto que, ya lo sabemos, es el que más ama y necesita, del que depende enteramente. En mi opinión estos conflictos básicos actúan profundamente sobre el curso y la fuerza de la vida afectiva de los adultos.

 

SENTIMIENTO INCONSCIENTE DE CULPA

Todos sabemos que al captar en nosotros impulsos de odio hacia la persona amada nos sentimos afligidos y culpables. Como dice Coleridge:

... El enojo contra el ser amado

tortura al seso como la demencia.

 

Como los sentimientos de culpa son muy dolorosos, solemos relegarlos muy al fondo de la mente. Sin embargo, se expresan disfrazados en distintas formas y constituyen una fuente de perturbación en nuestras relaciones personales. Ciertas personas, por ejemplo, se desazonan muy pronto cuando notan falta de aprecio, aun en quienes poco signifiquen para ellas; la razón es que en su inconsciente consideran que no merecen la atención de nadie, y una actitud fría les confirma la sospecha de no ser dignos. Otras están insatisfechas de si mismas (sin base objetiva) en las más variadas formas, sea en relación con su apariencia, su trabajo o su capacidad en general. Algunas de estas manifestaciones son comúnmente reconocidas y suelen ser llamadas vulgarmente “complejo de inferioridad”.

Las investigaciones psicoanalíticas demuestran que las actitudes de esta naturaleza tienen raíces mucho más profundas de lo que habitualmente se supone y siempre están relacionadas con sentimientos inconscientes de culpa. Muchas personas tienen intensa necesidad de alabanza y aprobación general, precisamente porque necesitan la prueba de que son dignas de ser amadas. Esto se origina en su temor inconsciente de ser incapaces de brindar amor suficiente y genuino y, en particular, de no poder dominar los impulsos agresivos hacia los demás; temen ser un peligro para los que aman.

 

EL AMOR Y LOS CONFLICTOS EN RELACIÓN CON LOS PADRES

La lucha entre el amor y el odio, con todos los conflictos a que da lugar, aparece, como he tratado de demostrar, en la primera infancia y opera activamente durante toda la vida. Comienza en la relación del niño con ambos padres. En el vínculo del lactante con su madre ya están presentes los sentimientos sensuales, que se expresan a través de sensaciones placenteras en la boca durante la succión. Pronto aparecen sensaciones genitales y el anhelo por el pecho materno disminuye. No desaparece del todo, sin embargo, sino que permanece activo en el inconsciente y también, en parte, en la mente consciente. En el caso de la niña, su atracción hacia el pecho materno se transforma en interés, en gran parte inconsciente, por el genital paterno, el cual se convierte en el objeto de sus deseos y fantasías libidinales. A medida que prosigue el desarrollo, la niña desea al padre más que a la madre y tiene fantasías conscientes e inconscientes de ocupar el lugar de ésta, conquistándolo y transformándose en su esposa. Cela también a los niños de su madre y quisiera tener hijos con el padre. Estos sentimientos, deseos y fantasías provocan rivalidad, agresión y odio contra la madre y vienen a agregarse a anteriores agravios originados en las primeras frustraciones causadas por el pecho. No obstante, los deseos y fantasías sexuales hacia la madre permanecen activos en la mente de la niña. Bajo esa influencia, quisiera también reemplazar al padre en su relación con la madre; en ciertos casos este anhelo puede incluso ser más intenso que los que siente hacia él. De ese modo, su amor por los padres coexiste con sentimientos de rivalidad hacia ambos, y esta mezcla afectiva incluye también a los hermanos y hermanas. Los deseos y fantasías vinculados a la madre y a las hermanas constituyen la base de futuras relaciones homosexuales directas, ya sea como sentimientos homosexuales que se expresarán indirectamente en forma de amistad y afecto entre mujeres. En el desarrollo normal de las cosas, los deseos homosexuales quedan relegados al segundo plano, se modifican y subliman, y predomina la atracción hacia el otro sexo.

Una evolución similar ocurre en el niño, que pronto experimenta deseos genitales hacia su madre y odio hacia el padre rival. Pero también en él se desarrollan deseos genitales hacia el padre, y ésta es la raíz de la homosexualidad masculina. Estas situaciones suscitan conflictos: la niña, aunque odie a su madre, también la ama y el niño ama al padre y querría evitarle el peligro que emana de sus impulsos agresivos. Además, el principal objeto de todos los deseos sexuales -para la niña, el padre, para el niño, la madre- también despierta odio y rencor, porque defrauda estos deseos.

El niño cela intensamente a sus hermanos y hermanas, porque son sus rivales en el amor de los padres. Sin embargo, también los ama, y aquí de nuevo surgen fuertes conflictos entre los impulsos agresivos y los sentimientos de amor. Esto provoca culpa y origina nuevos deseos de hacer reparaciones, mezcla los sentimientos que tienen gran influencia no sólo en la relación entre hermanos sino también, ya que las relaciones humanas obedecen al mismo patrón, en la actitud social, el amor, la culpa y los futuros deseos de reparar.

 

AMOR, CULPA Y REPARACIÓN

Como lo expresé antes, los sentimientos de amor y gratitud surgen directa y espontáneamente en el niño, como respuesta al amor y cuidado de su madre. El poder del amor, que es la manifestación de las fuerzas tendientes a preservar la vida, está presente en el niño, así como los impulsos destructivos, y encuentra su primera expresión fundamental en el vínculo con el pecho de la madre; al evolucionar, se transforma en amor por ella como persona. Mi labor psicoanalítica me ha convencido de que se produce una etapa muy importante en el desarrollo cuando surgen en la mente infantil los conflictos de amor y odio y se activa el temor de perder al ser amado. Los sentimientos de culpa y congoja entran en acción como un nuevo elemento de amor, del que forma parte integrante, influyendo profundamente sobre su cualidad y cantidad.

Hasta en el niño pequeño se observa cierta preocupación por el ser amado, que no es, como podía pensarse, tan sólo un signo de su dependencia del adulto benévolo y útil. Junto con los impulsos destructivos existe en el inconsciente del niño y del adulto una profunda necesidad de hacer sacrificios para reparar a las personas amadas que, en la fantasía, han sufrido daño o destrucción. En las profundidades de la mente el deseo de brindar felicidad a los demás se halla ligado a un fuerte sentimiento de responsabilidad e interés por ellos, que se manifiesta en forma de genuina simpatía y de capacidad de comprenderlos tales como son.

 

IDENTIFICACIÓN Y LABOR DE REPARACIÓN

La simpatía genuina consiste en poder colocarse en el lugar del otro, esto es, de “identificarse” con él. La capacidad de identificación es un importantísimo elemento en las relaciones humanas en general, y una condición del amor intenso y auténtico. Sólo si tenemos capacidad de identificación con el ser amado llegamos a descuidar y hasta cierto punto sacrificar nuestros propios sentimientos y deseos, anteponiendo así temporariamente a los nuestros los intereses y emociones ajenos. Puesto que al identificarnos con otro ser compartimos la ayuda o la satisfacción que le proporcionamos, recuperamos por una vía lo que sacrificamos por otra(3). Los sacrificios por la persona amada y la identificación con ella nos colocan en el papel de un padre bueno, y nos comportamos con ella como nuestros padres a veces lo han hecho con nosotros, o como hemos deseado que lo hicieran. A la vez desempeñamos el papel del niño bueno hacia sus padres, realizando en el presente lo que hubiéramos querido hacer en el pasado. Así, al invertir la situación, es decir, al actuar hacia otros como padres bondadosos, nos recreamos y gozamos en la fantasía del amor y la bondad que anhelamos en nuestros padres. Esto puede también constituir un modo de manejar los sufrimientos y frustraciones del pasado. Mediante la fantasía retrospectiva de desempeñar simultáneamente el papel del buen hijo y del buen padre eliminamos parte de nuestros motivos de odio, logrando así neutralizar las quejas contra los padres frustradores, el furor vindicativo que ellos nos han provocado y los sentimientos de culpa y desesperación provenientes de este odio que dañaba a los que eran al mismo tiempo objeto de nuestro amor. A la vez, en el inconsciente reparamos nuestros agravios fantaseados (producto de nuestra fantasía) que nos causaban aún gran dosis de culpa. Este mecanismo de “reparación” es, a mi juicio, un elemento fundamental en el amor y en todas las relaciones humanas; lo mencionaré, pues, a menudo en las páginas siguientes.

 

UNA RELACIÓN AMOROSA FELIZ

Teniendo presente lo que expuse sobre los orígenes del amor, consideraremos ahora algunas relaciones adultas, tomando como primer ejemplo una relación de amor estable y satisfactoria entre hombre y mujer, como la que puede existir en un matrimonio feliz. Involucra un vínculo profundo y capacidad para el sacrificio mutuo y para compartir tanto el dolor como el placer, tanto los intereses como los goces sexuales. Una relación de esta índole abre un extenso ámbito para las más diversas manifestaciones del amor(4). Si la actitud de la mujer hacia el hombre es maternal, satisface, en la medida posible, los tempranos deseos de él de recibir gratificaciones de su propia madre. En el pasado esos anhelos nunca fueron completamente satisfechos, y tampoco han sido abandonados del todo. Es como si él ahora tuviese a su madre para sí, con sentimientos de culpa relativamente escasos (cuya razón se detallará más adelante). Si la mujer tiene una vida emocional ricamente desarrollada, además de abrigar sentimientos maternales, conservará algo de su actitud infantil hacia su padre, y ciertas características de la antigua relación matizarán su vínculo con el marido. Por ejemplo, le brindará admiración y confianza, viendo en él una figura protectora y útil, tal como antes lo fuera su padre. Estos sentimientos forman la base de una relación que permitirá la plena satisfacción de los deseos y necesidades de la mujer como persona adulta. A su vez, esta actitud de la mujer proporciona al hombre la oportunidad de protegerla y cuidarla de mil maneras, es decir, de desempeñar hacia su madre, en su inconsciente, el papel de un buen marido.

Cuando una mujer es capaz de amar intensamente a su marido y a sus hijos podemos deducir que muy probablemente su relación infantil con sus padres y hermanos ha sido buena, o sea, que pudo manejar en forma satisfactoria sus tempranos impulsos de odio y venganza contra ellos. He mencionado anteriormente la importancia del deseo inconsciente de la niña de tener un hijo con su padre, y los impulsos sexuales involucrados en tal deseo. La frustración sexual que le inflige el padre suscita intensas fantasías agresivas, que tendrán gran influencia sobre su capacidad de obtener gratificación sexual en la vida adulta. En la niña pequeña las fantasías sexuales están, pues, conectadas con el odio que, específicamente, va dirigido contra el pene del padre, pues este órgano le niega la gratificación que proporciona a la madre. Su odio y sus celos la llevan a desear que el pene sea algo peligroso y malo que tampoco pueda gratificar a su madre; así en su fantasía el pene adquiere cualidades destructivas. A causa de sus deseos inconscientes, centrados alrededor de las gratificaciones sexuales de los padres, algunas de sus fantasías atribuyen a los órganos y placeres genitales un carácter peligroso y dañino. Estas fantasías agresivas son de nuevo neutralizadas en su mente por el deseo de reparar: más específicamente, de curar el genital paterno, al que mentalmente ha dañado o investido de maldad. También las fantasías de índole restauradora están conectadas con sentimientos y deseos sexuales. Todo este fantasear inconsciente tendrá gran influencia sobre los sentimientos de la mujer hacia su marido. Si éste la ama y además la gratifica sexualmente, sus fantasías sádicas inconscientes se debilitarán. Pero, aunque en la mujer normal nunca alcancen un grado que inhiba la tendencia a mezclarlas con impulsos eróticos más positivos o amistosos, estas fantasías jamás desaparecen del todo, sino que estimulan a las otras de naturaleza reparadora; vuelve así a actuar el impulso de reparación. Las gratificaciones sexuales no sólo le proporcionan placer, sino que también la apaciguan y protegen contra los temores y sentimientos de culpa derivados de sus primeros deseos sádicos. A su vez, el apaciguamiento acrecienta su gratificación sexual y despierta en ella gratitud y ternura, al mismo tiempo que acentúa su amor. Debido a que en las profundidades de su mente perdura la idea de que su genital es peligroso y podría dañar el del marido -noción que proviene de sus fantasías agresivas contra su padre- parte de la satisfacción que obtiene deriva del hecho de comprobar que sus genitales son buenos, puesto que proporcionan a su marido placer y felicidad.

Las fantasías de la niña pequeña sobre la peligrosidad de los genitales paternos conservan cierta vigencia en el inconsciente de la mujer. Pero si tiene con su marido una relación feliz y sexualmente gratificadora siente que los genitales de aquél son buenos, lo cual disipa su miedo. La gratificación sexual actúa así como doble garantía: de su propia bondad y de la de su marido, y la seguridad que esto le brinda incrementa a su vez el goce sexual, ampliando el círculo propicio a la paz íntima. Los celos y odios tempranos de la mujer hacia su madre considerada como rival en el amor del padre, han desempeñado un papel importante en sus fantasías agresivas. La felicidad mutua proveniente de la gratificación sexual y de la relación feliz y amorosa con su marido será parcialmente interpretada como indicio de que sus deseos sádicos contra la madre han sido inoperantes o anulados por la reparación.

También la actitud emocional y la sexualidad del hombre en su relación con la mujer sufren por supuesto la influencia de su pasado. La frustración de sus deseos genitales por su madre, en la niñez, despertó en él la fantasía de que su pene se transformaba en un instrumento capaz de herirla y dañarla. También contra su padre alentó fantasías sádicas a raíz de los celos y el odio que sentía contra ese rival en el amor materno. En la relación sexual con su compañera entran en juego, en cierto grado, sus tempranas fantasías agresivas, que lo llevaron a temer la destructividad de su pene. Y, por una transmutación de naturaleza similar a la que se produce en la mujer el impulso sádico, cuando no es excesivo, estimula las fantasías de reparación. Sentirá entonces que su pene es un órgano bueno y curativo, que proporciona placer a la mujer, repara su genital dañado y le da hijos. Una relación feliz y sexualmente gratificadora le prueba la bondad de su pene y también, inconscientemente, el éxito de sus intentos de reparación. Esto no sólo aumenta su placer sexual, su amor y ternura por la mujer, sino que propicia sentimientos de gratitud y seguridad, los que a su vez incrementan sus poderes creadores en otros campos e influyen favorablemente sobre su capacidad para el trabajo y otras actividades. Al compartir sus intereses (así como su amor y su placer sexual), la mujer le prueba el valor de su trabajo. Su primitivo deseo de ser capaz de hacer por su madre lo que su padre hacía en el terreno sexual y en otros de recibir de ella lo que él recibía, con ella produce también el efecto de disminuir su agresión contra el padre, intensamente estimulada por su fracaso en obtener a la madre como esposa. Esto le tranquiliza en cuanto a las consecuencias de sus prolongadas tendencias sádicas contra el padre.

Puesto que su odio y su rencor contra el padre han matizado sus sentimientos hacia los hombres que lo representan y los resentimientos contra su madre han igualmente afectado su relación con las mujeres que la simbolizan, una experiencia amorosa satisfactoria cambia su perspectiva vital y su actitud hacia la gente y las actividades en general. El amor y el aprecio de su esposa le dan el sentimiento de haber alcanzado plena madurez y de ser igual a su padre. Se atenúa la rivalidad hostil y agresiva contra éste, cediendo el lugar a una competencia más amistosa con él –o más bien con símbolos paternos admirados- en las realizaciones y tareas productivas y es muy probable que aumente o mejore su creatividad.

Del mismo modo, una mujer que establece una relación amorosa feliz con un hombre se siente inconscientemente a la altura del lugar que la madre, ocupaba junto a “su” marido y capaz de obtener las satisfacciones de que aquélla disfrutaba y que le fueron negadas en su niñez. Puede entonces equipararse a su madre y gozar de la misma felicidad, derechos y privilegios, pero sin dañarla ni robarla. Los efectos sobre su actitud y el desarrollo de su personalidad son análogos a los cambios producidos en el hombre cuando, mediante un matrimonio feliz, se considera igual a su padre.
De esta manera ambos cónyuges experimentan la relación de amor y gratificación sexual mutua como una feliz recreación de sus primeros años familiares. Muchos deseos y fantasías nunca pueden ser satisfechos en la niñez(5), no sólo porque son irrazonables sino también porque en el inconsciente coexisten simultáneamente deseos contradictorios. Parece una paradoja, pero en cierta forma el cumplimiento de muchos deseos infantiles sólo es posible cuando el individuo ha crecido. En la relación feliz entre adultos el temprano deseo de tener a la madre o al padre para sí permanece aún inconscientemente activo. Por supuesto, la realidad no permite que la gente se case con su madre o con su padre; si ello fuera factible, los sentimientos de culpa hacia terceros interferirían en la gratificación. Pero sólo quien en el inconsciente pudo fantasear tales relaciones y, hasta cierto punto, vencer los sentimientos de culpa inherentes a estas fantasías y gradualmente logró desprenderse de los padres a la vez que permanecer vinculado a ellos, estará capacitado para transferir sus deseos a personas que representarán los anhelados objetos del pasado, sin ser idénticos a ellos. Es decir, que sólo el individuo que ha “crecido”, en el verdadero sentido de la palabra, podrá realizar sus fantasías infantiles en la vida adulta; y por añadidura, con el alivio de la culpa sentida antaño por sus deseos infantiles. En efecto, una situación fantaseada en la niñez se ha hecho ahora real, pero lícita y en forma tal que le demuestra que los diversos males que su fantasía asociaba con dicha situación en realidad no han ocurrido. Una relación adulta feliz como la que he descripto puede significar, según lo expresé antes, una recreación de la temprana situación familiar, que será ahora más completa, ampliando el ámbito de apaciguamiento y seguridad mediante la relación del hombre y la mujer con los hijos. Esto nos lleva al tema de la paternidad.

 

LOS PADRES: SER MADRE

Consideraremos primero una auténtica relación de afecto entre la madre y el hijo, tal como la que se desarrolla si la mujer ha alcanzado una personalidad plenamente maternal. Muchos lazos vinculan la relación de una madre con su hijo a la que en la niñez mantuvo con su propia madre. En todos los niños existe un fuerte deseo consciente e inconsciente de tener hijos. En las fantasías inconscientes de la niña el cuerpo de su madre está lleno de hijos; se imagina que han sido puestos allí por el pene del padre, que para ella es símbolo de toda creatividad, poder y bondad. Su actitud predominantemente admirativa hacia su padre y sus órganos sexuales como creadores y capaces de dar vida se acompaña de un intenso deseo de poseer hijos propios y tenerlos dentro de si como la posesión más preciosa.

La observación cotidiana nos muestra que las niñas pequeñas juegan con las muñecas como si éstas fueran sus hijos. A menudo hacen alarde de apasionada devoción, tratando a esos juguetes como a niños reales, compañeros, amigos que forman parte de su vida. No sólo no dejan las muñecas sino que constantemente se ocupan de ellas desde que comienza el día y presentan dificultad en abandonarlas cuando deben hacer otra cosa. Estos deseos de la niñez persisten hacia la edad adulta y contribuyen a cimentar la fuerza del amor que una mujer embarazada siente por el hijo que crece en sus entrañas y luego por el que ha dado a luz. La gratificación de tenerlo al fin alivia el dolor de su frustración infantil, cuando deseaba un hijo de su padre y no podía tenerlo. El cumplimiento de un deseo tan importante y largamente postergado tiende a disminuir su agresión y aumentar su capacidad de amor hacia su hijo. Además, el desamparo del niño y su gran necesidad de cuidados maternales demanda más amor que el que puede proporcionarse a cualquier otra persona, brindando así un cauce a todas las tendencias afectuosas y constructivas de la madre. Nadie ignora que algunas madres sacan partido de esta relación para gratificar sus propios deseos, es decir, su sentido posesivo y la satisfacción de tener quien dependa de ellas. Tales mujeres quieren conservar a sus hijos adheridos a ellas y detestan la idea de verlos crecer y adquirir personalidad. En otras, el desamparo del niño hace aflorar todos sus fuertes deseos de reparación, que derivan de varias fuentes y pueden ahora aplicarse al hijo largamente deseado, que representa el cumplimiento de sus tempranas aspiraciones. La gratitud hacia el niño que le proporciona el goce de poder amarlo aumenta estos sentimientos y puede conducirla a subordinar su propia gratificación al bienestar de su hijo, que se constituirá en su interés primordial.

La naturaleza de las relaciones de la madre con sus hijos cambia, por supuesto, a medida que ellos crecen. Su actitud hacia los hijos mayores estará más o menos bajo la influencia de la actitud que tuvo en el pasado hacia sus hermanos, hermanas, primos, etc. Ciertas dificultades en las relaciones pasadas pueden interferir en sus sentimientos hacia su propio hijo, especialmente si éste revela reacciones y rasgos que tienden a reactivar en ella los antiguos problemas. Los celos y la rivalidad fraterna le han despertado deseos de muerte y fantasías agresivas, y en su mente creyó dañar y destruir a sus hermanos. Si los sentimientos de culpa y conflictos derivados de estas fantasías no son demasiado fuertes, la posibilidad de reparar gana así mayor alcance y sus afectos maternales pueden manifestarse de un modo más completo.

Uno de los elementos de esta actitud materna parece ser la capacidad de ponerse en el lugar del niño y ver la situación desde su punto de vista. El ser capaz de hacerlo con amor y simpatía está íntimamente asociado, como lo hemos visto, con los sentimientos de culpa y el impulso de reparación. Sin embargo, si la culpa es muy fuerte esta identificación puede llevar a una actitud extremada de autosacrificio, sumamente desventajosa para el niño. Es bien sabido que un niño educado por una madre que lo inunda de amor y no le pide nada a cambio, a menudo se transforma en una persona egoísta. La falta de capacidad de amor y consideración en un niño es en cierta medida un velo que encubre sentimientos de culpa excesivos. La indulgencia materna exagerada tiende a fomentar un clima de quietud y, además, no da campo suficiente para el ejercicio del impulso infantil de hacer reparación, sacrificios a veces, y desarrollar una verdadera consideración hacia los demás(6). Con todo, si la madre no está demasiado envuelta en los sentimientos del niño ni excesivamente identificada con él, puede hacer uso de su sensatez para guiar al hijo del modo más provechoso. Disfrutará entonces plenamente de la posibilidad de fomentar su desarrollo, satisfacción ésta que se refuerza con las fantasías de hacer por su hijo lo que logró o deseó que su madre hiciera por ella. Salda así su deuda y repara los daños que en su fantasía hizo a los hijos de su madre, lo cual contribuye a aplacar sus sentimientos de culpa. La capacidad materna de amar y comprender a sus hijos se pone a prueba especialmente cuando éstos llegan a la adolescencia. En este período los chicos tienden normalmente a separarse de sus padres y a liberarse en cierta medida de sus antiguos vínculos con ellos. Sus esfuerzos para abrirse camino hacia nuevos objetos de amor crean situaciones que quizá resulten muy dolorosas para los padres. La madre que tiene fuertes sentimientos maternales puede permanecer firme en su amor, ser paciente y comprensiva, proporcionar ayuda y consejo cuando sean necesarios y permitir, con todo, que los hijos elaboren sus propios problemas, todo ello sin pedir mucho. Sin embargo, esto sólo es posible si su capacidad de amar se ha desarrollado en forma tal que le permita una doble identificación, con su hijo y con la madre sensata que su mente evoca.

La relación de la madre con sus hijos volverá a cambiar de carácter, y su amor buscará nuevas formas de manifestarse cuando ellos hayan crecido y tengan su propia vida, liberados ya de sus antiguos lazos. La madre advierte ahora que no desempeña un papel muy amplio en sus vidas. Pero puede experimentar cierta satisfacción al conservar disponible su amor para cuando sus hijos lo necesiten. Inconscientemente siente que les proporciona seguridad: sigue siendo la madre de antes, cuyo seno les dio gratificación plena y que satisfizo sus necesidades y deseos. En esta situación se identifica completamente con su propia madre protectora, cuya influencia benigna jamás se ha desvanecido en su mente. Al mismo tiempo se identifica con sus propios hijos. En su fantasía vuelve, por así decirlo, a la niñez y comparte con ellos la posesión de una madre buena y protectora. El inconsciente de los niños a menudo responde al de la madre y, al margen del grado en que utilice el acopio de amor que le está destinado, frecuentemente derivan un gran aliento y apoyo interior del hecho de que este amor exista.

 

LOS PADRES: SER PADRE

Aunque los hijos no signifiquen tanto para el hombre como para la mujer, desempeñan en su vida un papel importante, especialmente si él y su mujer viven en armonía. Para remontarnos a los orígenes profundos de esta relación reitero lo que ya expuse sobre la gratificación que obtiene el hombre al proporcionar un hijo a su mujer, en la medida en que esto representa una compensación de sus deseos sádicos hacia su madre y una reparación de ello. Este mecanismo aumenta la satisfacción real de crear un hijo y de realizar los deseos de su esposa. La gratificación de sus deseos femeninos al compartir el goce maternal de su mujer constituye una fuente adicional del placer. En la niñez deseó intensamente tener hijos con su madre y estos deseos incrementaron sus impulsos de robarle sus niños. Como hombre, “puede” dar hijos a su mujer, verla feliz con ellos; puede ahora, sin sentimientos de culpa, identificarse con ella en el parto y el amamantamiento, así como en la relación con los hijos mayores.

De todos modos, el ser un “buen padre” para sus hijos da al hombre muchas satisfacciones. Todos sus impulsos protectores, que han sido estimulados por sentimientos de culpa en relación con su temprana vida familiar infantil, encuentran ahora expresión plena. Además, se produce una identificación con un padre bueno, ya sea su padre real o un padre idealizado. Otro elemento más en la relación con sus hijos será su identificación con ellos, pues en su mente comparte sus goces. Asimismo, al ayudarles en sus dificultades y promover su desarrollo reedita su propia niñez de una manera más satisfactoria. Mucho de lo expuesto sobre la relación de la madre con sus hijos en las diferentes etapas se aplica también al padre. Si bien desempeña un papel distinto del de ella, las actitudes de ambos se complementan mutuamente. Si (como lo damos por sentado en este capitulo) la vida matrimonial se apoya en el amor y la comprensión, el marido también disfruta de la relación de su mujer con los hijos, mientras ella siente placer de la comprensión y ayuda que el marido les presta.

 

DIFICULTADES EN LAS RELACIONES FAMILIARES.
Sabemos que una vida familiar plenamente armoniosa como la que he descripto no es un caso corriente. Depende de una feliz coincidencia de circunstancias, de factores psicológicos y, primordialmente, de una capacidad de amor bien desarrollada en ambos cónyuges. Pueden acaecer dificultades de todo tipo en la relación entre marido y mujer, y en la de éstos con sus hijos; daré algunos ejemplos.

La individualidad del niño tal vez no corresponda a lo que los padres desearían. Cada uno de ellos pudo inconscientemente haber querido que el hijo se pareciera a uno de sus propios hermanos; y naturalmente, uno de los dos será defraudado, si no ambos. Asimismo, si ha habido en ellos una fuerte rivalidad e intensos celos en relación con los hermanos y hermanas, esta situación puede repetirse ante el desarrollo y las realizaciones de sus hijos. Otro problema se produce cuando los padres son muy ambiciosos y utilizan los logros de sus hijos para obtener seguridad y disminuir sus propios temores. Hay además mujeres incapaces de amar y de gozar el hecho de tener hijos porque se sienten, en la fantasía, demasiado culpables de ocupar el lugar de sus propias madres. Una mujer de este tipo tal vez no pueda atender a sus hijos, debiendo entregarlos al cuidado de niñeras o de otras personas que, en su inconsciente, representan a su madre. De este modo le devuelve los hijos que deseó quitarle. Este temor de amar al hijo, que naturalmente perturba la relación con él, puede ocurrir también en los hombres y es muy probable que afecte las relaciones mutuas entre marido y mujer.

He dicho que los sentimientos de culpa y el impulso de reparación están íntimamente ligados a la emoción amorosa. Sin embargo, si el primitivo conflicto entre amor y odio no ha sido satisfactoriamente resuelto, o si la culpa es demasiado fuerte, puede producirse una reacción de alejamiento ante el ser amado, e incluso de rechazo hacia él. En último análisis, el temor de que la persona amada -originalmente la madre- pueda morir a causa de los agravios que en la fantasía se le han infligido, torna intolerable el depender de ella. Podemos observar la satisfacción de los niños pequeños ante sus primeras realizaciones y todo lo que aumente su independencia. Ello se debe a muchas razones obvias, pero, según mi experiencia, hay una muy importante y profunda: el niño se siente impulsado a debilitar sus lazos con la persona más importante, su madre. Originariamente ella preservó su vida, satisfizo todas sus necesidades, le brindó protección y seguridad; en consecuencia, es para él fuente de toda bondad y vida. En su fantasía inconsciente, ella forma parte inseparable de si mismo y, por lo tanto, su muerte implicaría también la del niño. Si tales sentimientos y fantasías son muy intensos, el apego a las personas amadas puede llegar a ser una carga abrumadora.

Muchas personas buscan solución a estas dificultades mediante el recurso de reducir su capacidad de amor, “negándola” o suprimiéndola, y evitando toda emoción fuerte. Otras escapan a los peligros del amor desplazándola predominantemente de las personas a los objetos. El desplazamiento del amor a las cosas e intereses (que he tratado en relación con el explorador y el hombre que lucha contra las fuerzas de la naturaleza) forma parte del crecimiento normal. Pero en algunos, se transforma en el método principal para manejar los conflictos, o mejor, para evitarlos. Todos conocemos al individuo que se rodea de animales, al coleccionista apasionado, al científico, al artista y otros seres capaces de un gran amor y hasta de sacrificios por los objetos de su devoción o por su tarea favorita, pero que escatiman su interés y amor hacia los demás seres humanos.

Una evolución muy distinta se produce en los que pasan a depender enteramente de las personas con quienes establecen vínculos intensos. El miedo inconsciente a la muerte del ser amado fomenta esa dependencia excesiva. Los temores de esa naturaleza incrementan la voracidad, que viene a constituir uno de los elementos de tal actitud y se expresa a través de la utilización exagerada de la persona de quien se depende. El eludir responsabilidades es otro componente de la dependencia excesiva; el otro se hace responsable de nuestros actos y a veces hasta de nuestras opiniones y pensamientos. (Esta es una de las razones de la adopción indiscriminada de las ideas de un líder y de la obediencia ciega a sus mandatos). Para los que son tan dependientes, el amor se hace sumamente necesario como apoyo contra el sentimiento de culpa y los distintos temores. El ser amado debe probarles, con manifestaciones de afecto siempre reiteradas, que no son malos ni agresivos y que sus impulsos destructivos no se han hecho efectivos.
Estas ligaduras extremadas son especialmente perturbadoras en la relación de la madre con su hijo. Como lo he señalado antes, la actitud materna ante el hijo tiene mucho en común con los primeros sentimientos de la niña hacia su propia madre. Ya sabemos que esta primera relación se caracteriza por el conflicto entre amor y odio. Al tener un hijo, la mujer transfiere sobre él los deseos inconscientes de muerte que de niña sintió hacia su madre.

Los problemas afectivos entre hermanos y hermanas en la niñez, intensifican estos sentimientos. Si a causa del conflicto no resuelto en el pasado, la madre se siente demasiado culpable en relación con el hijo, puede necesitar su amor tan intensamente que utilizará varios recursos para mantenerlo estrechamente ligado a ella y dependiente; o quizá se dedique a él hasta el punto de transformarlo en eje de toda su vida.

Consideremos ahora, aunque sólo desde un aspecto básico, una actitud mental muy diferente: la infidelidad. Las múltiples manifestaciones y formas de infidelidad (resultado de los más variados modos de desarrollo y expresión: en algunas personas, principalmente de amor; en otras, de odio, con todos los matices intermedios), tienen un fenómeno en común: el repetido alejamiento de una persona (amada) motivado en parte por el temor a la dependencia. He descubierto que, en las profundidades de la mente, el típico Don Juan se siente acosado por el miedo a la muerte de sus amadas, el que se abriría paso y provocaría depresión y grandes sufrimientos mentales, si no fuera por su defensa específica: la infidelidad. Por este medio se está probando constantemente a sí mismo que su objeto, “uno” y muy amado (originariamente su madre, cuya muerte temía porque su amor hacia ella era voraz y destructivo), no le es, después de todo, indispensable, ya que siempre podrá volcar en otra mujer sentimientos apasionados, aunque superficiales. En contraste con los que por temor a la muerte del ser amado, lo rechazan, o bien sofocan y niegan el amor, el Don Juan, por varias razones, toma el camino opuesto. Pero su actitud con las mujeres involucra una transacción inconsciente. Al abandonar y rechazar a algunas mujeres se aleja inconscientemente de su madre salvándola de sus deseos peligrosos y liberándose de su penosa dependencia, mientras que al buscar a otras y proporcionarles placer y amor, en su inconsciente retiene a la madre amada o vuelve a re-crearla.

En realidad se siente impulsado hacia una y otra porque pronto todas ellas se transforman en imagen de su madre. Su objeto original de amor es así reemplazado por una sucesión de objetos diversos. En la fantasía inconsciente, recrea o repara a su madre por medio de gratificaciones sexuales (que realmente brinda a otras mujeres), pues sólo en un aspecto siente su sexualidad como peligrosa; en otro, la siente reparadora y susceptible de hacerla feliz. Esta doble actitud forma parte de la transacción inconsciente que origina la infidelidad y es condición de ese tipo particular de desarrollo.

Esto me lleva a considerar otra clase de dificultad en las relaciones amorosas. A veces un hombre vuelca sus sentimientos afectuosos, tiernos y protectores en una mujer, quizá su esposa, pero es incapaz de obtener goce sexual con ella y debe reprimir sus deseos sexuales o satisfacerlos con otra. Los temores de que su sexualidad sea de naturaleza destructiva, el miedo al padre como rival y los resultantes sentimientos de culpa son otras tantas razones profundas de la separación entre los afectos tiernos y los específicamente sexuales. La mujer amada y altamente valorizada, que se erige como su madre, tiene que ser preservada de su sexualidad, que en la fantasía siente como peligrosa.

 

ELECCIÓN DEL COMPAÑERO DE AMOR.

El psicoanálisis nos muestra que profundos motivos inconscientes participan en la elección de la pareja y determinan la atracción sexual y el placer de la mutua compañía. Los sentimientos de un hombre hacia una mujer sufren la influencia de su vínculo temprano con la madre. Pero tal situación puede ser más o menos inconsciente y presentar manifestaciones muy enmascaradas. Quizás un hombre elija como compañera a una mujer que tenga algunas características completamente opuestas a las de su madre: tal vez la apariencia de la amada sea muy distinta, pero su voz o ciertos rasgos de su personalidad que le resultan especialmente atractivos, concordarán con las primeras impresiones que él recibió de su madre. O tal vez, precisamente con el propósito de desligarse de un vínculo demasiado fuerte con la madre, venga a elegir una compañera que presente un contraste absoluto con aquélla.
Muy a menudo, a medida que se produce el desarrollo del niño, una hermana o una prima ocupan el lugar de la madre en sus fantasías sexuales y en su amor. Es obvio que la actitud basada en estos sentimientos será distinta de la del hombre que busca fundamentalmente rasgos maternos en la mujer. Con todo, la elección resultante de sentimientos experimentados hacia una hermana, puede tender también a la búsqueda de aspectos de índole maternal en la compañera. La temprana influencia que sobre el niño ejercen las personas de su ambiente, crea una gran variedad de posibilidades: una niñera, una tía, una abuela, pueden desempeñar un papel muy importante. Naturalmente, al considerar la influencia de las primeras relaciones sobre la elección posterior, no debemos olvidar que lo que el hombre desea recrear en sus relaciones amorosas es su impresión infantil ante la persona amada y las fantasías que tuvo con ella. Además, el inconsciente establece asociaciones sobre bases muy distintas de las que rigen en la mente consciente. Toda suerte de impresiones completamente olvidadas -reprimidas- contribuye así para que una persona resulte para determinado individuo, más atractiva que las demás, en el terreno sexual y en otros.

Factores similares actúan en la elección femenina. Las impresiones que conserva de su padre, sus sentimientos hacia él -admiración, confianza, etc.-, pueden desempeñar un papel predominante en la elección del compañero. Pero quizá su temprano amor hacia su padre haya sufrido serias alteraciones. Tal vez se haya alejado de él muy pronto debido a fuertes conflictos o graves decepciones. En este caso, un hermano, un primo o un compañero de juegos puede haber asumido gran importancia, tornándose en el receptáculo de sus deseos y fantasías sexuales, así como de sus sentimientos maternales. Buscará entonces un amante o un marido que configure la imagen de ese hermano, de preferencia el que tenga cualidades de tipo paterno. En una relación de amor feliz el inconsciente de la pareja se corresponde. En el caso de la mujer que tiene marcados sentimientos maternales, las fantasías y los deseos del hombre que busca una mujer predominantemente maternal corresponderán a los suyos. Si permanece muy ligada a su padre, inconscientemente buscará a un hombre que necesite desempeñar ante la mujer el papel de un buen padre.

Aunque los vínculos amorosos de la vida adulta están fundados en las primeras relaciones emocionales con los padres, hermanos y hermanas, los nuevos lazos no son necesariamente meras repeticiones de la temprana situación familiar. Los recuerdos, sentimientos y fantasías inconscientes entran en la nueva ligazón de amor y amistad en formas completamente disfrazadas. Pero además de las primeras influencias, muchos otros factores actúan en los complicados procesos que cimentan una relación amorosa o amistosa. Las relaciones normales adultas siempre contienen nuevos elementos derivados de la nueva situación: las circunstancias, la personalidad del otro, y su respuesta a las necesidades emocionales y a los intereses prácticos del adulto.

 

LOGRO DE INDEPENDENCIA

Hasta aquí me he referido principalmente a las relaciones íntimas entre los seres. Entraremos ahora en las manifestaciones más generales del amor y las formas en que éste participa de intereses y actividades de todo tipo. El vínculo primario del niño con el pecho y la leche de su madre constituye la base de todas las relaciones de amor en la vida. Pero si consideráramos la leche materna simplemente como un alimento saludable y adecuado, concluiríamos que seria fácil reemplazarlo por otro igualmente conveniente. Sin embargo, la leche de la madre, la primera que aplaca los tormentos del hambre en el niño y que proviene del pecho que llega a amar cada vez más, adquiere para él un inestimable valor emocional. El pecho y su producto, primeras gratificaciones de su instinto de autopreservación y de sus deseos sexuales, se erigen en su mente en símbolos de amor, placer y seguridad. Es por lo tanto de suprema importancia el saber hasta qué punto puede “psicológicamente” reemplazar este primer alimento por otros. La madre logra, con mayor o menor dificultad, que el niño se acostumbre a ingerir otras sustancias. Con todo, quizás él no abandone su intenso deseo del alimento primitivo; quizá no olvide sus quejas y su odio por haber sido privado de él, ni se adapte, en el verdadero sentido, a esta frustración; y si ello ocurriera, no podrá adaptarse a ninguna frustración de su vida futura.

Si llegamos a comprender, mediante la exploración del inconsciente, la fuerza y profundidad del primer apego a la madre y a su alimento así como la intensidad con que éste persiste en el inconsciente del adulto, nos sorprenderá ver que el niño logre paulatinamente desprenderse de ella y conquistar independencia. Es cierto que ya en el lactante existe un agudo interés por lo que ocurre a su alrededor, una creciente curiosidad y placer en aumentar su ámbito de personas, cosas y realizaciones, todo lo cual parece facilitarle nuevos objetos de amor y de interés. Pero esto no basta para explicar su posibilidad de desligarse de la madre con quien tiene un vínculo inconsciente tan fuerte. La índole misma de este intenso apego lo impulsa a separarse de ella porque (dada la inevitabilidad de la avidez frustrada y del odio) despierta en él el miedo de perder a esta persona tan importante y, por lo tanto, el temor a depender de ella. Existe así, en el inconsciente, la tendencia a abandonarla, contrarrestada por el apremiante deseo de tenerla para siempre. Estos sentimientos contradictorios, juntamente con el crecimiento emocional e intelectual del niño, que le permite encontrar otros objetos de interés y placer, conducen a la capacidad de transferir el amor, reemplazando al ser amado por otras personas y cosas. Precisamente la cantidad de amor que el niño experimenta hacia su madre le proporciona una gran disponibilidad para sus vínculos futuros. El proceso de desplazar amor es de suma importancia para el desarrollo de la personalidad y para las relaciones humanas y podríamos decir, incluso, para el desarrollo de la cultura y de la civilización.

Junto con el proceso de desplazar el amor (y el odio) de la madre a otras personas y cosas, distribuyendo así estas emociones en un círculo más amplio, hay otra manera de manejar los primitivos impulsos. Las sensaciones sensuales que el niño experimenta en relación con el pecho materno se transforman en amor hacia la madre como persona integral; los sentimientos de amor se funden desde el comienzo con los deseos sexuales. El psicoanálisis ha subrayado el hecho de que los impulsos sexuales hacia los padres, hermanos y hermanas no sólo existen, sino que pueden ser observados en cierta medida en los niños muy pequeños. Con todo, sólo la exploración del inconsciente permite aquilatar su fuerza y su enorme importancia.

Ya hemos visto que los deseos sexuales están íntimamente ligados a impulsos y fantasías agresivas, a la culpa y al temor de que mueran las personas queridas. Todo ello impulsa al niño a disminuir su apego hacia los padres. El tiene, además, tendencia a reprimir estos sentimientos sexuales, que se vuelven inconscientes y quedan enterrados en las profundidades de la mente. Los impulsos sexuales se deslizan también de los primeros objetos de amor y el niño adquiere así la capacidad de amar a otros de modo predominantemente afectuoso.

El proceso descripto arriba, consistente en reemplazar a la persona amada por otras, en disociar parcialmente la sexualidad y la ternura y reprimir los impulsos y deseos sexuales, viene a integrar la capacidad del niño para establecer relaciones más amplias. No obstante, para lograr un desarrollo total exitoso es esencial que la represión de los deseos sexuales hacia los primeros seres queridos no sea demasiado fuerte(7), ni demasiado completo el desplazamiento de los sentimientos de los padres a otras personas. Si el niño conserva bastante amor para los que se hallan próximos, si sus deseos sexuales hacia ellos no están muy reprimidos, amor y deseo sexual podrán, más tarde en la vida, revivir, unirse y desempeñar una parte vital en sus relaciones amorosas. En una personalidad realmente bien desarrollada, el amor por los padres subsiste, pero se le sumará el amor por otros seres y objetos, no como mera extensión del primero, sino, como lo he señalado, mediante una difusión de las emociones que disminuye el peso de los conflictos y de la culpa derivada del apego y dependencia en relación con las primeras personas que ama.

Al volcar sus conflictos en otras personas, el niño no los suprime, sino que los transfiere en forma menos intensa: de los primeros y más importantes, a nuevos objetos de amor (y odio) que parcialmente representan a los antiguos. Como sus sentimientos hacia estas nuevas personas no son tan fuertes, sus impulsos de reparación, que una culpa excesiva hubiera obstaculizado, pueden manifestarse ahora más plenamente.

Es bien sabido que la existencia de hermanos y hermanas favorece el desarrollo. El crecer juntos ayuda al niño a desprenderse más de los padres y elaborar con sus hermanos un nuevo tipo de relación. Sabemos, con todo, que no sólo los ama, sino que también tiene hacia ellos fuertes sentimientos de rivalidad, odio y celos. Por esta razón las relaciones con los primos, compañeros de juego y otros niños más alejados de la situación familiar permiten nuevas alternativas a la relación fraterna, variaciones éstas que son de gran importancia como fundamento de los futuros vínculos sociales.

 

RELACIONES EN LA VIDA ESCOLAR

La escuela brinda la oportunidad de desarrollar la experiencia ya adquirida en materia de relaciones humanas y proporciona campo propicio para nuevos experimentos en este terreno. Entre un gran número de chicos el niño puede congeniar con uno, dos o varios mejor que con sus hermanos. Estas nuevas amistades le dan, entre otras satisfacciones, la posibilidad de corregir y mejorar, por así decirlo, las primeras relaciones con aquéllos, que tal vez hayan sido insatisfactorias. El niño puede haber sido realmente agresivo con un hermano más débil o menor; o quizá su sentimiento inconsciente de culpa debido al odio y a los celos fuera la causa principal que perturbó la relación, con trastornos susceptibles de persistir en la vida adulta. Este desagradable estado de cosas puede ejercer más adelante una profunda influencia sobre sus actitudes emocionales respecto de la gente en general. Sabemos que hay niños incapaces de hacerse de amigos en la escuela. Esto ocurre porque trasladan al nuevo ambiente sus primitivos conflictos. Entre los que logran liberarse suficientemente de sus primeras dificultades afectivas y hacer amistades entre los compañeros de escuela se observa a menudo una mejoría en la relación con sus hermanos. El nuevo compañero prueba al niño que es capaz de amar y ser amado y que el amor y la bondad “existen”, lo que también inconscientemente significa que puede reparar el daño que en su imaginación o de hecho ha infligido a otros. Así las nuevas amistades colaboran para la solución de las primeras dificultades emocionales, sin que se tenga conocimiento de la naturaleza exacta de los primitivos trastornos o del modo como van siendo allanados. Todos estos medios proporcionan otras tantas válvulas a las tendencias de reparación, el sentimiento de culpa disminuye, y aumenta la confianza propia y en los demás.

La vida escolar también da oportunidad de establecer entre el odio y el amor una separación mayor que lo que es posible en el pequeño círculo familiar. En la escuela algunos niños son detestados o simplemente no gozan de simpatía, mientras que otros son queridos. En esta forma las emociones de amor y odio, reprimidas debido al conflicto que surge al odiar a la persona amada, pueden encontrar plena expresión en cauces más o menos aceptados socialmente. Los niños se unen de varias maneras y desarrollan ciertas normas que regulan hasta dónde pueden llevar sus manifestaciones de odio o disgusto por los demás. Los juegos y el espíritu de compañerismo implícito en ellos constituyen un factor moderador en estas alianzas y en el despliegue de la agresión.

Aunque los celos y la rivalidad por el amor y el aprecio del maestro pueden ser muy fuertes, se desarrollan en un marco distinto al de la vida de hogar. Los maestros están más alejados de los sentimientos del niño, aportan a la situación menos emoción que los padres y además reparten sus afectos entre varios niños.

 

RELACIONES EN LA ADOLESCENCIA

A medida que el niño avanza hacia la adolescencia, su tendencia al culto del héroe frecuentemente se expresa a través de sus relaciones con algunos maestros, mientras que otros le inspiran aversión, odio o desprecio. Aquí de nuevo se manifiesta el proceso de separar el odio del amor que proporciona alivio, porque permite preservar a la persona “buena” y brinda además la satisfacción de odiar a alguien que a nuestro juicio se lo merece. El padre amado y odiado, la madre odiada y amada son originariamente, como ya lo he expuesto, los objetos tanto de admiración como de odio y desvalorización. Pero estos sentimientos que mezclados resultan, como sabemos, demasiado contradictorios y gravosos para la mente del niño y son, por lo tanto, probablemente soterrados, encuentran expresión parcial en las relaciones con otras personas: niñeras, tíos y parientes en general. Más tarde, en la adolescencia, la mayoría de los niños tiende a alejarse de sus padres. Esto se debe en gran parte a que sus deseos sexuales y conflictos en relación con aquéllos están reforzándose una vez más. Los primeros sentimientos de rivalidad y odio contra el padre o la madre, según el caso, reviven y adquieren todo su vigor, aunque su origen sexual permanezca inconsciente. Los jóvenes suelen ser muy agresivos y desagradables con sus padres y con otras personas que se presten a ello, tales como sirvientes, un maestro débil o compañeros de escuela por los que sientan aversión. Pero cuando el odio ha llegado a esa intensidad, la necesidad de preservar el bien y el amor en el mundo interno y externo se hace muy urgente. El joven agresivo se siente, por lo tanto, impulsado a buscar seres a quienes pueda idealizar y reverenciar. Los maestros admirados pueden servir para ese fin y los sentimientos de amor, admiración y confianza hacia ellos le dan seguridad interior. Entre otras razones, porque para el inconsciente parecen confirmar la existencia de padres buenos con los cuales hay una relación positiva, lo que refuta así el odio intenso, la ansiedad y la culpa, que en este período se han vuelto muy fuertes.

 Hay, por supuesto, niños que pueden sentir amor y admiración por los propios padres mientras atraviesan estas dificultades, pero no son muy comunes. Creo que lo que se ha dicho explica en parte la posición especial que suelen ocupar en la mente las figuras idealizadas, como hombres y mujeres famosos, autores, atletas, aventureros, personajes imaginarios recogidos de la literatura, seres sobre quienes se vuelca la admiración y amor, sentimientos sin los cuales todo se matizaría de odio y desamor, lo cual se experimenta como peligroso para el yo y para los demás.

Simultáneamente con la idealización de ciertas personas se produce el odio hacia otras que son vistas bajo un cristal muy oscuro, especialmente seres imaginarios, como algunos villanos del cine o de la literatura, o bien individuos reales pero algo remotos, como los caudillos políticos del partido opositor. Odiar a la gente irreal o lejana resulta mucho menos peligroso para todos los interesados que odiar a los que nos son muy próximos. Hasta cierto punto esto es aplicable también al odio hacia algunos maestros o directores: la disciplina escolar y el conjunto de la situación interpone entre maestro y alumno una barrera mayor que la que existe entre padre e hijo.

La división entre amor y odio está dirigida hacia los menos íntimos; sirve también para salvaguardar mejor a las personas amadas, tanto en la realidad como en la mente. No sólo aquéllas se hallan físicamente lejos y son por lo tanto inaccesibles, sino que la división entre la actitud de amor y odio fomenta el sentimiento de que se puede conservar incólume el amor. El sentimiento de seguridad que proviene de la capacidad de amar está íntimamente ligado en el inconsciente al de conservar sana y salva a la persona amada. Parecería que la creencia inconsciente rezara así: “puedo mantener intactos algunos de los seres que amo, por lo tanto no he dañado a ninguno, y los conservo a todos para siempre en mi mente”. En último análisis, el inconsciente preserva la imagen de los padres amados como la posesión más preciosa, porque protege a su poseedor del dolor de la desolación total.

 

EL DESARROLLO DE LAS AMISTADES

Las primeras amistades del niño cambian de índole durante la adolescencia. La fuerza de los afectos e impulsos, tan característica de esta etapa de la vida, favorece amistades intensas entre la gente joven, principalmente entre los del mismo sexo. Las tendencias y sentimientos homosexuales están subyacentes a estas relaciones, que frecuentemente conducen a verdaderas actividades homosexuales. Estos vínculos constituyen en parte una huida del impulso hacia el sexo opuesto, que en este período es a menudo ingobernable por varias razones internas y externas: sus deseos y fantasías se encuentran aún muy conectados con su madre y hermanas, y la lucha por alejarse de ellas y encontrar nuevos objetos de amor está en su punto culminante. Tanto las niñas como los muchachos en esta etapa sienten cargados de tantos peligros los impulsos hacia el otro sexo, que intensifican los que se dirigen hacia el mismo sexo. El amor, la admiración y la lisonja que puedan entrar en estas amistades constituyen también, como lo he señalado antes, una salvaguardia contra el odio, y por todos estos motivos los jóvenes se apegan más a tales vínculos. En este período del desarrollo las tendencias homosexuales intensificadas, sean conscientes o inconscientes, desempeñan también un papel importante en la adulación al maestro del mismo sexo. Las amistades de la adolescencia son, como sabemos, frecuentemente inestables; una de las razones es que la fuerza de los sentimientos sexuales (inconscientes y conscientes) las invaden y perturban. El adolescente aún no se ha emancipado de las fuertes ligaduras emocionales de la infancia y está todavía -más de lo que se imagina- dominado por ellas.

 

LAS AMISTADES DE LA VIDA ADULTA

Aunque en la vida adulta las tendencias homosexuales inconscientes tienen su parte en la amistad con el mismo sexo, ésta se caracteriza, a diferencia del vínculo homosexual(8), por la disociación parcial entre los sentimientos afectuosos y los sexuales, que pasan a segundo plano, y aunque activos en cierta medida en el inconsciente, en la práctica desaparecen. También en la separación entre sentimientos sexuales y afectivos. Pero como este amplio sector es sólo una parte de mi tema, me limitaré a hablar de las amistades entre personas del mismo sexo, y aun entonces sólo haré unas pocas observaciones generales.

Tomemos como ejemplo la amistad entre dos mujeres que no dependen demasiado una de otra. A favor de las circunstancias, una u otra puede necesitar protección o ayuda. La capacidad de dar y recibir afectivamente es esencial en la verdadera amistad. Aquí los elementos de situaciones tempranas se expresan en forma adulta. Inicialmente, protección, ayuda y consejo nos fueron proporcionados por nuestras madres. Si logramos madurez emocional y autosuficiencia, no dependeremos demasiado del apoyo y consuelo maternal, pero el deseo de recibirlos en los momentos difíciles y penosos perdura hasta la muerte. En la relación con una amiga podemos a veces recibir y dar algo del amor y cuidado de una madre. Una combinación exitosa de actitud maternal y filial parece constituir una de las condiciones de una personalidad femenina emocionalmente rica y capaz de amistad. (Una personalidad femenina completamente desarrollada involucra la capacidad de mantener buenas relaciones con los hombres en lo que concierne a sentimientos afectuosos y sexuales. Pero al hablar de la amistad entre mujeres me refiero a las tendencias y sentimientos homosexuales sublimados). Quizás en las relaciones con nuestras hermanas hayamos tenido oportunidad de experimentar y expresar a la vez cuidados maternos y respuestas filiales.

Podremos entonces fácilmente trasladarlos a la amistad adulta. Pero tal vez no existió una hermana o alguien con quien viviésemos estos sentimientos. En este caso, si llegamos a desarrollar una amistad con otra mujer, ésta traerá la realización, modificada por las necesidades adultas, de un fuerte e importante deseo de la niñez.

Con una amiga compartimos intereses y placeres, pero también somos capaces de alegrarnos por su felicidad y éxitos, aun cuando carezcamos de ellos. Los sentimientos de envidia y celos pueden permanecer soterrados si nuestra capacidad de identificarnos con ella y compartir así su felicidad es bastante fuerte. El elemento de culpa y reparación no está ausente nunca en tal identificación. Si hemos manejado con éxito nuestros odios, celos, insatisfacciones y resentimientos contra nuestra madre; si hemos logrado ser felices al verla feliz, al sentir que la hemos agraviado o que podemos reparar el daño hecho en la fantasía, seremos capaces de una verdadera identificación con otra mujer. Los sentimientos posesivos y reivindicatorios que originan grandes exigencias son elementos perturbadores de la amistad. En realidad, todas las emociones exageradamente intensas pueden socavarla. Cuando esto ocurre, la investigación psicoanalítica revela que han interferido las tempranas situaciones de deseos insatisfechos, rencor, voracidad o celos, o sea, que aun cuando los episodios actuales hayan desencadenado la perturbación, un conflicto infantil no resuelto desempeña un papel importante en la ruptura de una amistad. Un clima emocional equilibrado, lo cual no excluye para nada la fuerza del sentimiento, constituye la base del éxito de una amistad. No es muy probable que lo logremos si esperamos demasiado de ella, es decir, si esperamos que el amigo compense nuestras primeras privaciones. Tales exigencias son, en su mayor parte, inconscientes y, por lo tanto, no pueden ser manejadas de manera racional. Nos exponen necesariamente al desengaño, al dolor y al resentimiento. Si las exageradas demandas inconscientes ocasionan trastornos en la amistad, han acaecido repeticiones exactas -por muy distintas que sean las circunstancias- de situaciones tempranas, cuando la voracidad intensa y el odio perturbaron el amor hacia los padres, causándonos sentimientos de insatisfacción y soledad. Si el pasado no pesa demasiado sobre el presente seremos más capaces de hacer una adecuada elección de amigos y de satisfacernos con lo que ellos nos den.

Mucho de lo que he dicho sobre la amistad entre mujeres se aplica al desarrollo de las amistades entre hombres, por más que también haya desemejanzas derivadas de la diferencia entre la psicología masculina y la femenina. La separación entre los sentimientos afectuosos y los sexuales, la sublimación de las tendencias homosexuales y la identificación constituyen igualmente la base de la amistad entre hombres. Aunque los elementos y las nuevas gratificaciones que corresponden a la personalidad adulta entran renovados en la amistad masculina, también los hombres, en parte, buscan la repetición de sus relaciones con el padre o los hermanos, o tratan de hallar una nueva afinidad que satisfaga deseos pasados, o mejorar las relaciones insatisfactorias que antaño mantuvieron con quienes los rodeaban.

 

ASPECTOS MÁS AMPLIOS DEL AMOR

El proceso por el cual desplazamos el amor de los primeros seres queridos hacia otros se extiende, desde la primera infancia en adelante, a todas las cosas. De este modo desarrollamos intereses y actividades en los que ponemos algo del amor que originariamente se dirigía a las personas. En la mente infantil una parte del cuerpo puede representar otra, y un objeto puede representar partes del cuerpo o personas. De esta manera simbólica, cualquier objeto redondeado puede en su inconsciente representar el pecho de su madre. Por un proceso gradual, todo lo que emana bondad y belleza, todo lo que causa placer y satisfacción en sentido físico o más amplio, vendría a tomar en el inconsciente el lugar de este seno generoso y el de la madre como persona total. Así, al referirnos a la patria la llamamos “la madre tierra”, porque en el inconsciente el país natal puede simbolizar a nuestra madre, y por lo tanto, ser amado con sentimientos matizados por nuestro vínculo con ella.

Para ilustrar la forma en que la primitiva relación invade intereses que parecen serle muy ajenos tomemos el ejemplo de los exploradores que parten en busca de nuevos descubrimientos, sobrellevando las más penosas privaciones y encontrando a su paso grandes peligros y quizá la muerte. Además del estímulo de las circunstancias externas, muchos elementos psicológicos se hallan detrás del interés y el atractivo de la exploración. No mencionaré aquí más que uno o dos factores inconscientes específicos. En su voracidad el niño pequeño desea atacar el cuerpo de su madre, al que considera como una extensión de su pecho bueno. También tiene fantasías de robarle el contenido de su cuerpo, entre otras cosas, los hijos, preciosa posesión, que también ataca por celos. Estas fantasías agresivas de penetrar en su cuerpo pronto se enlazan con sus deseos genitales de tener un coito con ella. El trabajo psicoanalítico ha descubierto que las fantasías de explorar el cuerpo de la madre, que surgen de los deseos sexuales y agresivos del niño, de su voracidad, curiosidad y amor, contribuyen a fomentar el interés del adulto en explorar nuevos países.

Al discutir el desarrollo emocional del niño pequeño he señalado que sus impulsos agresivos dan lugar a fuertes sentimientos de culpa y al temor de que la persona querida muera, todo lo cual forma parte del amor, lo refuerza e intensifica. En el inconsciente del explorador, un nuevo territorio representa una nueva madre que compensará la pérdida de la madre real.

Busca la “tierra prometida”, la “tierra de la que mana leche y miel”. Y hemos visto que el temor a la muerte de la persona más amada lleva al niño a alejarse de ella en cierta medida; pero al mismo tiempo lo conduce también a re-crearla y encontrarla nuevamente en cualquier tarea que emprenda. De ese modo, tanto el impulso de apartarse como el de mantener el vínculo original encuentran plena expresión. La temprana agresión del niño estimula la tendencia a restaurar y compensar, a devolver a su madre los bienes robados en su fantasía, y estos deseos de resarcimiento se unen más tarde a la vocación de explorador: encontrar una nueva tierra es dar algo al mundo en general y a algunas personas en particular. Su actividad expresa tanto su agresión como su deseo de reparar. Sabemos que al descubrir una nueva tierra la agresión se utiliza en la lucha con los elementos y con toda suerte de dificultades. Pero a veces se manifiesta más abiertamente. Ocurría en otras épocas, cuando los exploradores, que además conquistaban y colonizaban, dieron muestras de despiadada crueldad contra las poblaciones nativas. Con esta actitud concretaban los tempranos ataques fantaseados contra los niños imaginarios en el cuerpo de la madre y el odio real contra los hermanos recién nacidos. El deseo de restauración, sin embargo, encontró plena expresión al repoblar el país con elementos de su propia nacionalidad. Podemos ver cómo, a través del interés por la exploración, varios impulsos y emociones -la agresión (manifiesta o no), los sentimientos de culpa, el amor y el impulso de reparar- pueden transferirse a otra esfera, alejada de su objeto original.

La vocación de explorar no tiene que manifestarse necesariamente a través de la exploración física del mundo, sino que puede extenderse a otros campos, como cualquier tipo de pesquisa científica. Los primeros deseos y fantasías de explorar el cuerpo materno forman parte de la satisfacción que el astrónomo, por ejemplo, deriva de su trabajo. El anhelo de redescubrir a la madre de los primeros tiempos, real o afectivamente perdida, es también de gran importancia en el arte creador y en la forma de apreciarlo y disfrutar de él.

Para ilustrar algunos de los procesos que acabo de exponer transcribiré la conocida composición de Keats, On First Looking into Chapman's Homer(9) (Primera ojeada al Homero de Chapman).

 

Much have I travell'd in the realms of gold,

and many goodly states and kingdoms seen;

round many western islands have I been

which bards in fealty to Apollo hold.

Oft of one wide expanse had I been told

that deep-brow'd Homer ruled as his demesne:

yet did I never breathe its pure serene

till I heard Chapman speak out loud and bold:

then felt I like some watcher of the skies

when a new planet swims into his ken;

or like stout Cortez, when with eagle eyes

he stared at the Pacific -and all his men

look'd at each other with a wild surmise-

silent, upon a peak in Darien.

 

Mucho viajé por comarcas de oro, y

he visto países y reinos esplendentes;

muchas islas recorrí del occidente

donde los poetas guardan lealtad a Apolo.

Frecuentemente oí de una vasta extensión

donde ejerce su imperio el soñador Homero,

pero jamás respiré su pura exaltación

hasta escuchar de Chapman el verbo altanero.

Entonces fui como un explorador del cielo inmenso

cuando un nuevo planeta nada en las alturas

o como fue Cortés, cuyos ojos de halcón

contemplaron el Pacífico, y su tripulación

se miraba con salvaje conjetura

sobre una cima del Darién, en profundo silencio.

 

Keats habla aquí con el enfoque del que goza ante una obra de arte. Compara la poesía con “países y reinos esplendentes” y “comarcas de oro”. Al leer a Homero traducido por Chapman se siente al principio como un astrónomo que observa los cielos cuando “un nuevo planeta nada en las alturas”. Pero luego se vuelve el explorador que descubre “con salvaje conjetura” nuevas tierras y mares. En este perfecto poema de Keats el mundo representa el arte, y es evidente que para él el goce y la exploración científicos y artísticos provienen de la misma fuente: del amor por las hermosas tierras, las “comarcas de oro”. La exploración del inconsciente (precisamente, un continente desconocido descubierto por Freud) demuestra que, como lo he señalado antes, las hermosas tierras representan a la madre amada y el anhelo hacia ésta. Volviendo al poema, se puede sugerir, sin llegar al análisis detallado, que el “soñador Homero” que gobierna la tierra de la poesía representa al padre admirado y poderoso, cuyo ejemplo sigue el hijo (Keats) cuando penetra, él también, en el país de su deseo (arte, belleza, el mundo: en esencia, su madre).

Del mismo modo el escultor que da vida a su objeto de arte, ya sea que éste represente una figura humana o no, inconscientemente está restaurando y re-creando a las personas a quienes amó primero y a las que destruyó en su fantasía.

 

SENTIMIENTOS DE CULPA, AMOR Y CREATIVIDAD

Los sentimientos de culpa, como traté de señalar, constituyen un incentivo fundamental para la creación y el trabajo en general, aun en sus formas más simples. No obstante, si son demasiado intensos tienen el efecto de inhibir las actividades e intereses productivos. Estas complejas conexiones se tornaron claras en primer término a través del psicoanálisis de niños pequeños. En los niños los impulsos creadores que habían permanecido latentes despiertan y se expresan mediante actividades tales como el dibujo, el modelado, la construcción y la palabra cuando el psicoanálisis reduce sus diversos temas. Estos incrementan los impulsos destructivos y, por consiguiente, al disminuir los impulsos demostrativos también se debilitan. Simultáneamente con estos procesos, los sentimientos de culpa y de ansiedad por la muerte de la persona amada, que la mente infantil no pudo superar por ser demasiado abrumadores, disminuyen gradualmente, pierden intensidad, haciéndose por lo tanto más fácil su manejo. Como resultado aumenta el interés del niño por la gente, se estimula la piedad y la identificación con los demás, y así se acrece su caudal de amor. El deseo de reparar, tan íntimamente ligado al interés por el ser amado y a la ansiedad por su muerte, puede ahora expresarse en formas creadoras y constructivas. También en el psicoanálisis de adultos pueden observarse estos procesos y cambios.

He sugerido que cualquier fuente de alegría, belleza y enriquecimiento (externo o interno) representa para el inconsciente el pecho generoso y amante y el pene creador que en la fantasía posee cualidades similares: en esencia, los dos padres buenos y dadivosos. La relación con la naturaleza, que despierta fuertes sentimientos de amor, reverencia, admiración y devoción, tiene mucho en común con la relación con la madre, como siempre lo han reconocido los poetas. Los múltiples dones naturales son equiparados a los que hemos recibido de nuestra madre en los primeros tiempos de la vida. Pero no siempre nos han satisfecho. Muchas veces nos pareció mezquina y frustradora, aspectos que también se reviven en la relación con la naturaleza, que a menudo no está dispuesta a dar.

La satisfacción de las necesidades de autoconservación y la gratificación del deseo de amor permanecen eternamente ligados entre sí, ya que al principio ambas provenían de una misma fuente. La primera seguridad nos fue proporcionada por nuestra madre, que no sólo nos calmó los tormentos del hambre, sino que también nos satisfizo emocionalmente y alivió nuestra ansiedad. Por lo tanto, la seguridad derivada de la satisfacción de nuestras necesidades básicas se vincula a la seguridad afectiva, y la importancia de ambas se agranda, pues contrarrestan los primeros temores de perder a la madre amada. Tener asegurada la subsistencia en la fantasía inconsciente significa también no estar privado de amor y no haber perdido a la madre. El hombre que se queda sin trabajo y lucha por encontrar empleo tiene en mente, por sobre todo sus necesidades materiales. No trato de subestimar los sufrimientos y penurias reales, directos e indirectos, que la pobreza provoca, pero la situación auténticamente dolorosa se hace más acerba por el infortunio y la desesperación que resurgen de tempranas experiencias emocionales, cuando lo acosaba el hambre porque la madre no satisfacía sus necesidades, y temía perderla y verse privado de amor y protección(10). La falta de trabajo le impide también expresar sus tendencias constructivas que constituyen un método fundamental de manejar temores inconscientes y sentimientos de culpa, o sea, de hacer reparación. La dureza de las circunstancias -aunque pueda ser en parte consecuencia de un sistema social insatisfactorio que justificaría que el miserable achacara a otros la culpa de su situación- tiene algo en común con la inexorabilidad que los niños, bajo la presión de la ansiedad, atribuyen a los padres temidos. En cambio, la ayuda material o moral proporcionada a los pobres o a los desocupados, además de su valor real, inconscientemente les prueba la existencia de padres cariñosos.

Volvamos a la relación con la naturaleza. En algunas regiones del mundo la naturaleza es cruel y destructiva. Sin embargo, los habitantes no renuncian a su suelo, sino que desafían los elementos, sequías, inundaciones, heladas, calor, terremotos, plagas. Es cierto que las circunstancias externas desempeñan un papel importante, pues esta gente tenaz tal vez no pueda marcharse del lugar donde ha nacido. Sin embargo, no me parece que esto baste para explicar por qué se soportan tales penurias para conservar la tierra natal. Para los que viven en condiciones naturales tan arduas la lucha por la subsistencia sirve también para otros propósitos (inconscientes). La naturaleza representa para ellos una madre exigente y regañona cuyos dones deben serle extraídos a la fuerza, lo cual reedita las primeras fantasías violentas (aunque en forma sublimada y socialmente adaptada). Habiendo sentido culpa inconsciente por la agresión contra su madre, el hombre comprendía que ella fuera ruda con él; lo comprende aún ahora inconscientemente, en relación con la naturaleza. Este sentimiento de culpa actúa como incentivo para la reparación. La lucha contra la naturaleza se siente en parte como una lucha “para preservar la naturaleza”, porque expresa también el deseo de reparar a la madre. De este modo, los que luchan contra los rigores naturales no sólo lo hacen en su propio beneficio sino que también sirven a la naturaleza. Al mantener su conexión con ella mantienen viva la imagen de la madre de antaño. En la fantasía, la protegen y se protegen permaneciendo unidos a ella. En la realidad, mediante el apego a su país. En cambio, el explorador busca en la fantasía una nueva madre para reemplazar a la real, de la que se siente apartado o que inconscientemente teme perder.

 

RELACIONES CONSIGO MISMO Y CON LOS DEMÁS

He tratado en estos capítulos algunos aspectos del amor y de las relaciones con los demás. No puedo, con todo, concluir sin intentar echar alguna luz sobre la más complicada de todas las relaciones: la que mantenemos con nosotros mismos. Pero, ¿qué somos nosotros? Todo lo bueno y lo malo que hemos pasado desde los primeros días; todo lo que hemos recibido del mundo externo, y sentido en el mundo interno; experiencias felices y desdichadas, vínculos con la gente, actividades, intereses y pensamientos de todo tipo, es decir, todo lo que hemos vivido forma parte de nosotros y construye nuestra personalidad. Si algunas de nuestras relaciones pasadas, con todos los recuerdos que traen, con la riqueza de sentimientos que suscitan, pudieran ser súbitamente barridas de nuestra mente ¡qué pobres y vacíos nos sentiríamos! ¡Cuánto se perdería del amor, confianza, placer, consuelo y gratitud que hemos brindado y recibido! Muchos no quisiéramos siquiera haber evitado las experiencias dolorosas, porque han contribuido al enriquecimiento de nuestra personalidad. Me he referido ya varias veces en este artículo a la influencia de nuestras primeras relaciones sobre las siguientes. Quisiera ahora demostrar la fundamental gravitación de las tempranas situaciones emocionales sobre nuestras relaciones con “nosotros mismos”. Nuestra mente guarda como reliquias a los seres que amamos. En momentos difíciles sentimos a veces que ellos nos guían. De pronto se nos ocurre preguntarnos cómo habrían actuado “ellos” y si aprobarían o no nuestros actos. Por lo que he dicho podemos concluir que las personas a quienes así consideramos representan en esencia a los padres admirados y amados. Hemos visto, no obstante, que de ningún modo es fácil para el niño establecer con ellos relaciones armoniosas y que los primeros lazos de amor se ven seriamente inhibidos y perturbados por el odio y el concomitante sentimiento inconsciente de culpa. Es cierto que los padres pueden haber carecido de amor y comprensión, lo cual tendería a aumentar todas las dificultades. Los impulsos y fantasías destructivos, los temores y la desconfianza, que en cierta medida se hallan siempre activos, aun en las circunstancias más propicias, se incrementan innecesariamente si las condiciones son desfavorables y las experiencias desagradables. Además, lo que es también muy importante, es que si al niño no se le da bastante felicidad en la primera etapa de su vida, quedará perturbada su capacidad para desarrollar una actitud optimista, amor y confianza en los demás. No debe, sin embargo, deducirse que la capacidad de amar y ser feliz responde en proporción directa a la cantidad de amor que se haya recibido. En realidad, hay niños que configuran en su inconsciente imágenes paternas extremadamente duras y severas (lo que perturba su relación con los padres reales y con la gente en general) aunque hayan tenido padres buenos y cariñosos. Por otra parte, las dificultades mentales del niño no están frecuentemente en proporción con el trato desfavorable que puedan haber sufrido. Si por razones internas, que desde el principio varían en cada individuo, existe escasa capacidad para tolerar la frustración, y si la agresión, temores y sentimientos de culpa son muy intensos, la mente infantil puede exagerar y deformar grotescamente los defectos de los padres y en especial la intención que determina sus errores. De este modo, los padres y otras personas de su ambiente serán juzgados predominantemente duros y severos. Nuestro propio odio, temor y desconfianza tienden a crear en el inconsciente figuras paternas terribles y exigentes. Estos procesos se encuentran, en diverso grado, activos en todos, ya que todos tenemos que luchar, con mayor o menor intensidad y en un sentido o en otro, con sentimientos de odio y temor. Vemos así que las “cantidades” de impulsos agresivos, temores y sentimientos de culpa (que parcialmente surgen de razones internas) guardan una relación importante con la actitud mental predominante que asumimos.

En contraste con niños que, en respuesta a un trato desfavorable, desarrollan en su inconsciente figuras paternas duras y severas, que afectan desastrosamente su perspectiva mental, en muchos otros los errores o la falta de comprensión de los padres producen consecuencias menos adversas. Los niños que, por razones internas, son desde el comienzo mucho más capaces de soportar las frustraciones (ya sean evitables o inevitables), es decir, que puedan hacerlo sin exceso de odio y sospechas, serán más tolerantes con los errores que los padres cometan al tratarlos. Podrán confiar más en sus propios sentimientos amistosos y, por lo tanto, al tener más autoseguridad serán menos susceptibles a lo que provenga del mundo externo. Ninguna mente infantil se encuentra libre de temores y sospechas, pero si la relación con los padres está basada sobre todo en la confianza y el amor, éstos podrán ser establecidos firmemente en la mente como figuras mentoras y benéficas, las que serán fuente de bienestar y armonía y prototipo de todas las relaciones amistosas de la vida futura.

He tratado de aclarar algo sobre las relaciones adultas señalando que, con ciertas personas, nos conducimos como nuestros padres lo hacían con nosotros, o bien como hubiésemos deseado que se comportasen, invirtiendo de esta manera las primeras situaciones. Asimismo, en algunos casos, nuestra actitud es la del niño afectuoso con sus padres. Esta relación recíproca niño-padre, que manifestamos frente a los demás, también es experimentada internamente ante las figuras benéficas y mentoras que conservamos en la mente. Inconscientemente, consideramos a los seres que forman parte de nuestro mundo interno como padres afectuosos y protectores y les retribuimos su amor; nos sentimos hacia ellos como padres. Estas relaciones fantaseadas, basadas en experiencias y recuerdos reales, integran nuestra continua y activa vida afectiva e imaginativa y contribuyen a darnos felicidad y fuerza mental. En cambio, si las figuras paternas que conservamos en los sentimientos y en el inconsciente son predominantemente duras, no lograremos estar en paz con nosotros mismos. Es harto sabido que una conciencia demasiado severa ocasiona desdicha y preocupación. Es menos sabido, pero comprobado por los descubrimientos psicoanalíticos, que la presión de las fantasías de lucha interna y los temores con ellas conectados, se hallan en el fondo de lo que reconocemos como conciencia vindicativa. Incidentalmente, estas tensiones y temores pueden expresarse en profundas perturbaciones mentales y conducir al suicidio.

He utilizado la extraña frase “relación con nosotros mismos”. Quisiera ahora agregar que ésta es la relación de todo lo que apreciamos y amamos, con todo lo que odiamos en nosotros. He tratado de aclarar que la parte nuestra que apreciamos es la riqueza que hemos acumulado a través del contacto con otros seres, pues estos vínculos y las emociones que los acompañan han llegado a constituir una posesión interna. Odiamos en nosotros las figuras duras y severas que también forman parte de nuestro mundo interno y que son en gran medida el resultado de nuestra propia agresión hacia nuestros padres. Sin embargo, en el fondo, lo que más violentamente odiarnos es el odio interno en si. Lo tememos tanto que nos vemos llevados a emplear una de nuestras más fuertes medidas de defensa, que consiste en ubicarlo en otros, o sea, proyectarlo. Pero también desplazamos amor hacia el mundo externo, y sólo podemos hacerlo genuinamente si hemos establecido buenas relaciones con figuras amistosas en nuestra mente, creando así un circulo benigno: en primer lugar brindamos amor y confianza a nuestros padres; luego los incorporamos a nosotros, por así decirlo, con todo ese caudal, y podemos de nuevo dar al mundo externo parte de esta riqueza de sentimientos positivos. El odio configura un círculo análogo pues, como hemos visto, erige figuras aterradoras en nuestra mente y entonces dotamos a los demás de cualidades desagradables y malas. Incidentalmente, esa actitud mental produce el efecto real de suscitar sospechas y desagrado en los demás, mientras que una actitud confiada y amistosa de nuestra parte tiende a provocar la confianza y la benevolencia ajenas.

Observamos que algunas personas, especialmente a medida que envejecen, se vuelven cada vez más desagradables. Otras en cambio, se suavizan y se hacen más comprensivas y tolerantes. Es bien sabido que tales variaciones no corresponden simplemente a las experiencias adversas o favorables que hayan tenido en la vida, sino que se deben a las diferencias de actitud y de carácter. De lo expuesto, podemos llegar a la conclusión de que la amargura, ya sea hacia la gente o hacia el destino -y por lo general abarca a ambos- se establece fundamentalmente en la niñez y puede reforzarse o intensificarse más tarde.

Si el amor no ha sido ahogado por el resentimiento, los pesares y el odio, sino que se ha consolidado internamente, la confianza en los demás y en nuestra propia bondad soporta como una roca los embates de la vida. Cuando surge el infortunio, la persona que se ha desarrollado de ese modo es capaz de preservar en sí a aquellos padres buenos cuyo amor constituye una ayuda infalible en la desdicha y volver a encontrar en el mundo personas que en su mente los reemplacen. La capacidad de invertir situaciones en la fantasía e identificarse con los demás -importante característica de la mente humana- permite al individuo otorgar a otros la ayuda y el amor que él mismo necesita, obteniendo de ese modo bienestar y satisfacción para sí.

Comencé por describir la situación emocional del lactante en su relación con la madre, fuente primera y fundamental de la bondad que recibe del mundo externo. Afirmé también que es un proceso extremadamente doloroso para el niño el privarse de la suprema satisfacción de ser alimentado por ella. Con todo, si su voracidad y su resentimiento ante la frustración no son excesivos, puede éste desprenderse gradualmente de la madre y al mismo tiempo obtener satisfacción de otras fuentes. En su inconsciente los nuevos objetos de placer se eslabonan con las primeras gratificaciones recibidas de la madre. Puede por consecuencia, aceptar otros goces como sustitutos de los originales. Podría decirse que retiene la bondad primaria a la vez que la reemplaza, y cuanto más exitoso es ese proceso, menos apoyo tendrán en su mente la voracidad y el odio. Pero, como lo he señalado frecuentemente, los sentimientos inconscientes de culpa que derivan de la destrucción fantaseada del ser amado, desempeñan aquí un papel importante. Hemos visto que los sentimientos de culpa y pesar, provenientes de la fantasía agresiva y voraz de destruir a la madre, activan el impulso de curar estos daños imaginarios y repararla. Estas emociones actúan grandemente sobre el deseo y la capacidad infantiles de aceptar sustitutos maternos. Los sentimientos de culpa provocan el temor a depender de esta persona querida, cuya pérdida se recela, pues no bien surge la agresión el niño siente que está causándole daño. Este temor es un incentivo para desligarse, para volcarse en otras personas y cosas y agrandar así su círculo de intereses. Normalmente el impulso de reparar logra mantener a raya la desesperación suscitada por los sentimientos de culpa. En este caso, prevalecerá la esperanza; el amor y el deseo de reparación del niño serán inconscientemente extendidos a los nuevos objetos de amor e interés. Estos, como ya sabemos, se asocian en su mente con la primera persona amada, a quien vuelve a descubrir o crear a través de sus nuevas relaciones e intereses constructivos. En esta forma, la reparación -que es en parte inherente a la capacidad de amar- ensancha su ámbito, consolidando la posibilidad infantil de aceptar amor y de hacer suya, por varios medios, la bondad proveniente del mundo externo. Un equilibrio satisfactorio entre “dar” y “recibir” es condición primordial para la felicidad futura.

Si en nuestro temprano desarrollo hemos podido transferir interés y amor de nuestra madre a otras personas y hemos obtenido nuevas gratificaciones, entonces y sólo entonces, podremos en el futuro obtener placer de otras fuentes. Esto nos permite compensar, mediante un nuevo vínculo afectivo, los fracasos o desengaños que sufrimos, bien como aceptar sustitutos para lo que no hemos logrado conseguir o conservar. Si la voracidad frustrada, el resentimiento y el odio no perturban la relación con el mundo externo, hay infinidad de modos de extraer de él belleza, bondad y amor. Al hacerlo, acrecentamos continuamente nuestro acervo de recuerdos felices y este acopio de valores nos da una seguridad difícil de vulnerar y un bienestar íntimo que aleja la amargura. Además del placer que proporcionan, estas satisfacciones tienen el efecto de mitigar las frustraciones (o mejor, el sentimiento de frustración) pasadas y presentes, incluso las primeras y fundamentales. Cuanto más satisfacción auténtica logremos, menor será nuestro resentimiento ante las privaciones y menos nos dominarán la voracidad y el odio. Seremos entonces realmente capaces de aceptar de otros amor y bondad, de brindárselos y, en retribución, de recibir más aun. En otras palabras, la capacidad esencial de “dar y recibir” se desarrolla de tal manera que nos asegura satisfacciones y contribuye al placer, al bienestar o a la felicidad de otras personas.

Y para terminar, una buena relación consigo mismo condiciona el amor, la tolerancia y la buena disposición hacia los demás. En parte esta buena relación deriva, como intenté demostrar, de una actitud amistosa, comprensiva y afectuosa hacia los demás, o sea hacia aquellos que tanto significaron para nosotros en el pasado y cuyo vínculo con nosotros integra nuestra mente y personalidad. Si en lo más hondo del inconsciente logramos superar los rencores contra nuestros padres y perdonarles las frustraciones que debimos sufrir, podremos entonces vivir en paz con nosotros mismos y amar a otros en el verdadero sentido de la palabra.

 

Bibliotecas de Psicoanálisis Obras Completas de Melanie Klein.

 

Notas:

1.- Con el objeto de simplificar la descripción de los fenómenos complicados y poco conocidos que presento en este artículo, al hablar de la alimentación del lactante me referiré sólo a la lactancia de pecho. Mucho de lo que expongo y deduzco en relación con la lactancia, se aplica también a la alimentación con biberón, aunque con algunas diferencias. En relación con esto, citaré un pasaje de mi artículo sobre " El destete" (1936): "El biberón es un sustituto del seno materno, pues permite al lactante el placer de succionar y establecer asi cierto grado de relación con el biberón dado por la madre o la niñera. La experiencia nos enseña que, muy a menudo, los niños que no han sido amamantados se desarrollan muy bien. Sin embargo, descubrirnos en el análisis que tales personas sienten por el seno un profundo anhelo que nunca ha sido satisfecho, y aunque la relación con el pecho de la madre se ha establecido en cierto grado, es enorme la diferencia en el desarrollo psíquico si la gratificación primera y fundamental se obtuvo por medio de un sustituto en lugar de la cosa real deseada. Podemos decir que, aunque los niños se desarrollen bien sin ser amamantados, el desarrollo hubiera sido mejor y diferente si hubieran tenido una lactancia satisfactoria al pecho. Por otra parte, deduzco de mi experiencia que los niños amamantados, aun cuando se desarrollen mal, hubieran estado peor sin la lactancia de pecho".

2.- El psicoanálisis de los niños pequeños, que me permitió también llegar a conclusiones en lo que se refiere al trabajo de la mente en una primera etapa, me ha convencido de que tales fantasías se encuentran activas ya en los lactantes. El psicoanálisis de adultos me ha demostrado que los efectos de estas fantasías primitivas son duraderos e influyen profundamente en la mente inconsciente de éstos.

3.-Como he dicho al comienzo, es constante en todos nosotros la interacción de amor y odio. No obstante, el tema que enfoco es el modo como los sentimientos de amor se desarrollan, se consolidan y estabilizan. Puesto que no trataré la agresión, debo, de todos modos, declarar que día permanece activa aun en las personas que poseen gran capacidad de amor. En general en éstas, la agresión y el odio (disminuido éste y parcialmente contrarrestado por la capacidad de amar), se encauzan en gran parte hacia fines constructivos, lo que llamamos "sublimación". En realidad, no hay actividad constructiva en la que no entre algo de agresión, en una u otra forma. Tomemos, por ejemplo, el trabajo del ama de casa: la limpieza y demás menesteres atestiguan su deseo de crear un ambiente grato para si y para los demás, lo que constituye una manifestación de amor hacia los seres y objetos que cuida. Al mismo tiempo, libera su agresión contra el enemigo, o sea la suciedad, que para su inconsciente representa las cosas "malas". El odio y la agresión originales, provenientes de las fuentes más tempranas, pueden resurgir en las mujeres para quienes la limpieza se vuelve obsesiva. Todos conocen al tipo de mujer que amarga la vida de la familia con su constante "manía de limpieza": en estos casos, el odio se vuelca precisamente contra las personas que ama y cuida. Odiar a los seres y cosas que se consideran odiosas, ya sean personas que nos disgusten o principios (políticos, artísticos, religiosos o morales) que se oponen a los nuestros, es una manera general de desahogar sentimientos de odio, agresión, desdén y desprecio en forma permitida e incluso, a veces, muy constructiva, si no se la lleva a extremos. Si bien utilizadas en forma adulta, estas son, en el fondo las emociones de nuestra infancia cuando odiábamos a las personas que eran al mismo tiempo, objeto de nuestro amor: los padres. Aun entonces intentábamos dirigir el amor hacia ellos y volcar el odio hacia otros seres y cosas, proceso que resultará más afortunado cuando hayamos desarrollado y estabilizado nuestra capacidad de amor, así bien como extendido nuestro ámbito de intereses, amores y odios en la vida adulta. Daré otro ejemplo: el trabajo de los abogados, políticos y críticos involucra enfrentar contrincantes, pero de modo tal que resulta permisible y útil. Aquí vuelven a aplicarse las conclusiones que preceden. Una de las muchas maneras en que la agresión puede expresarse legítima y loablemente. es en los juegos en que se ataca al adversario temporariamente -y esta transitoriedad ayuda a disminuir la culpa- con sentimientos que, otra vez, derivan de las primeras emociones infantiles. Existen, pues, varias formas sublimadas y directas, en que las personas cordiales y capaces de amar pueden expresar su odio y agresión.

4.- Al considerar las emociones y las relaciones adultas me referiré en este artículo principalmente a la influencia que tienen sobre las manifestaciones posteriores del amor, los primeros impulsos, sentimientos inconscientes y fantasías del niño. Esto lleva necesariamente a una presentación algo unilateral y esquemática, pues no me permite hacer justicia a los múltiples factores que ejercen durante toda la vida una interacción entre las influencias del mundo externo y las fuerzas internas del individuo y que actúan conjuntamente para elaborar una relación adulta.

5.- Cuando se trata de un niño, por ejemplo, éste desea tener a la madre para si las veinticuatro horas del día, tener con ella relaciones sexuales, darle hijos, matar al padre del que está celoso, despojar a sus hermanos y hermanas de todo lo que poseen y apartarlos si se interponen en su camino. Es obvio que si estos deseos imposibles se cumplieran, le causarían un profundo sentimiento de culpa. Hasta la admisión de deseos destructivos de mucho menor alcance le despierta conflictos agudos. Por ejemplo, muchos niños se sentirán culpables al ser favoritos de la madre, porque su padre y hermanos quedarán perjudicados. Esto es lo que quiero dar a entender cuando menciono deseos simultáneos contradictorios en el inconsciente. Los deseos del niño son ilimitados, lo mismo que sus impulsos destructivos en relación con estos, pero al mismo tiempo tiene también, inconscientes y conscientemente, tendencias opuestas; desea también dar amor y reparar. En realidad, quiere que los adultos que lo rodean repriman sus agresiones y egoísmos, porque si les diera rienda suelta, sufrirá el dolor del remordimiento y del desprecio; cuenta con esta ayuda de los adultos, como con cualquier otra que necesite. En consecuencia, es psicológicamente inadecuado intentar solucionar las dificultades de los niños mediante el sistema de no frustrarlos de ninguna manera. Naturalmente. la frustración que es en realidad innecesaria o arbitraria y que no demuestra sino falta de amor y comprensión, es muy perjudicial. Es importante darse cuenta de que el desarrollo del niño depende, y hasta cierto punto está formado, de su capacidad de encontrar medios de soportar las frustraciones inevitables y necesarias y los conflictos de amor y odio que son en parte ocasionados por ellas: es decir, manejarse entre el odio que aumenta con las frustraciones, y el amor y el deseo de reparación impulsado por el dolor del remordimiento. El modo como el niño se adapta a estos problemas de su mente constituirá la base de todas sus relaciones sociales posteriores, su capacidad adulta para amar y su desarrollo cultural. Puede ser inmensamente ayudado en la niñez por el amor y la comprensión de los que lo rodean, pero estos profundos problemas no pueden ser solucionados ni eliminados.

6.- Un efecto similarmente perjudicial (aunque esto sucede en forma diferente) es causado por la rudeza o por falta de amor de los padres. Esto se relaciona con el importante problema de cómo el ambiente influye en el desarrollo emocional del niño de un modo favorable o desfavorable, pero esto está más allá del objeto del presente artículo.

7.- Las fantasías y los deseos sexuales permanecen activos en el inconsciente y también se expresan hasta cierto punto en el comportamiento, en los juegos y otras actividades del niño. Si la represión es demasiado fuerte, si las fantasías y deseos permanecen profundamente enterrados y no encuentran expresión, no solamente se inhiben en forma drástica las elaboraciones de su imaginación (y las actividades de toda clase) sino que también la futura vida sexual del individuo quedará seriamente obstaculizada.

8.- El tema de las relaciones de amor homosexual es amplio y muy complejo. Para tratarlo adecuadamente necesitaría mas espacio del que dispongo; por lo tanto, me limito a mencionar que en estas relaciones puede caber mucho amor.

9.- Por razones de conveniencia transcribo todo el poema, a pesar de que es bien conocido.

10.- He descubierto frecuentemente, en el psicoanálisis de niños -en grados variables-, temores de que los echen de su casa como castigo por la agresión inconsciente (deseos de echar a otros) y por daños reales que hayan cometido. Esta ansiedad se implanta muy temprano y puede ejercer una intensa presión sobre la mente del niño. Un caso especial es el temor a ser un pobre huérfano o un pordiosero y no tener casa ni comida. Estos temores al desamparo eran en los niños que he observado, completamente independientes de la situación financiera de los padres. Posteriormente en la vida, los temores de esta naturaleza tienen el efecto de aumentar las dificultades reales que surgen de situaciones como pérdida de dinero, de una casa o del trabajo, añadiendo un elemento de desesperación amarga y profunda.

 

 

Inicio      Indice          

 

 

 
Buscar en toda la red

(c)Indepsi Homepage es propiedad del Instituto de Desarrollo Psicológico Indepsi 1998-2012