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Histeria: Cuerpo-Conversión-Lenguaje

 

Ps. Hugo Rojas Olea. Indepsi (1991)

Los trabajos de Charcot, Breuer y Freud llegan a instituir como paradigma de lo que se conoce como el síntoma psíquico, el fenómeno conversivo. Es a propósito de la conversión que se ponen en juego tres posturas posibles en torno al status de los fenómenos histéricos: a) que en ellos pueda verse el resultado de una herencia degenerada; b) el resultado de una autosugestión; o e) la inervación del cuerpo por factores representacionales. El enunciado de estas posiciones, que parecieran no ser del todo inconciliables, pueden corresponder poco más o menos a los nombres: Janet-Charcot, Charcot-Breuer, Breuer-Freud, respectivamente. Sostenemos que lo que se fue perfilando de manera progresiva, en la sucesión de los discursos de estos nombres, fue precisamente la idea de un discurso inconsciente. la existencia de representaciones inconscientes a las que puede atribuirse una efectividad en la causación de los fenómenos conversivos histéricos.

Como resultado del trabajo de los autores aludidos es que resta el desafío de elaborar un discurso que pudiera dando cuenta. de una manera novedosa, del viejo problema de la relación mente-cuerpo. Problema que en la actualidad estaríamos en condiciones de formular como el de las relaciones entre el lenguaje y el cuerpo.

Resulta sugerente pensar que la diferencia epistemológica entre una vieja manera de plantearse el problema y una eventual nueva manera pueda resumirse en los dos siguientes enunciados:

  • a) La histérica habla con el cuerpo.
  • b) El cuerpo habla en la histeria.

Creemos que las concepciones que se apegan al primer enunciado (a) difícilmente pueden deshacerse de sospechar en la histérica una mala fe, una simulación y un uso abusivo de la sana, correcta y honesta "comunicación".

En el segundo enunciado (b) sostenemos que se da cuenta de lo directamente observable. Allí puede verse que el cuerpo también habla. Sin embargo, es aquí donde comienzan las verdaderas dificultades de una teoría. Puede alegarse el hecho de que nunca nadie ha sostenido lo contrario y puede traerse a colación en primer lugar toda una serie de hechos tales como una pragmática del gesto, de la mímica, del baile, la danza, el ritual, etc. No obstante, estas primeras objeciones se las despacha haciendo evidente que sólo contribuyen a poner de manifiesto y no contradicen en absoluto el que, de distintas maneras, puede hablarse con el cuerpo. Es cierto que la afirmación de que el cuerpo no habla parece ser un enunciado del cual difícilmente alguien acepte hacerse cargo. Creemos que tal enunciado, no obstante, es efectivamente supuesto en la idea de que la histérica habla con el cuerpo. Asimismo en la idea de que la mente habla en el cuerpo, a través del cuerpo. Toda habla es de lenguaje se ha podido decir, nos quedaría por pensar ese de puesto allí: ¿se habla sobre el lenguaje? o ¿es el lenguaje quien habla? De la primera interrogante, de responderla afirmativamente, tendríamos que llegar a elaborar la idea de que el enunciado es un comentario, una añadidura, un suplemento discursivo hecho por alguien sobre el lenguaje. Veamos la afirmación de la segunda interrogante. Habrá algo que agregar a ella? Al parecer, decir que el lenguaje es quien habla, se nos presenta como una conclusión de la cual solo quedaría el sacar las consecuencias: el lenguaje es el hablante, el espíritu es el lenguaje, la mente es el lenguaje, el sujeto hablante es el lenguaje, etc. Si estas consecuencias han servido como oposiciones al protagonismo de el yo cartesiano, la rescogitans, es decir, un pensar o hablar reificado, resultan, sin embargo, insuficientes para pensar sin mistificaciones el problema del síntoma conversivo, puesto que lo más lejos que nos puede llevar es a la idea de que el lenguaje habla el cuerpo, es decir, que el lenguaje usa el cuerpo para hablar. Por esa vía no estamos lejos de identificar el lenguaje como sistema de la lengua con el genio maligno por el cual Descartes teme ser engañado, de allí a pensar a la histérica como una poseída por ese genio maligno no hay ninguna diferencia sustantivo.

¿Podremos hacemos cargo de que en la conversión histérica el cuerpo habla? ¿Podremos empezar a pensar en el cuerpo como algo distinto que un cadáver animado por el soplo verbal? Creemos que a la base de estas dificultades se discierne una pregunta que de simple y obvia no se ha hecho objeto de una reflexión: ¿Qué es hablar?

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