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Correlato al trabajo de Franco Borgogno.
Revista de Psicoanálisis
Julio 2005 - N° 20.
Carlos
D. Nemirovsky (*).
-
Habré de
considerar algunas de las hipótesis que subyacen a
este excelente trabajo clínico, particularmente interesante
por la capacidad del profesor Borgogno de abrevar en diferentes
perspectivas teóricas,
tomando aquello que le resulta útil para pensar su clínica.
El autor, que no deja de tener en cuenta a Bion, jerarquiza, como en muchos
trabajos de la actualidad, a Ferenczi y a Winnicott. Conoce muy bien a estos
pensadores, pero no se instala en ellos: arranca de alguno de sus postulados,
para ir recorriendo un camino original, acercándose a las propuestas
del psicoanálisis intersubjetivo contemporáneo.
Algunas teorías del desarrollo -y por consiguiente de la enfermedad-
se encuentran implícitas ya en el título del trabajo: allí nos
dice que se referirá a pacientes esquizoides que no han llegado a ser
y que han sido deprivados emocionalmente en su infancia, conceptos que implican
un diagnóstico etiológico, subrayando luego, la importancia de
la respuesta afectiva del analista, jerarquización que hace a una particular
manera de ver la práctica.
Borgogno
subraya fundamentalmente “el rol….de la respuesta emocional
no conciente del analista para recuperar niveles del desarrollo
psíquico antes nunca alcanzados”. Destaca, además,
que el instrumento de captación del analista, es especialmente,
su experiencia subjetiva. Dice: “El debe vivenciar, pensar,
soñar, inclusive actuar el dolor mental de la paciente
para ayudarle a elaborar traumas tempranos que llevaron a
la detención del desarrollo”.
Seleccionaré,
para comentar, dos aspectos medulares, que hacen de este
importante trabajo:
La
patología del déficit. Su relación con
lo traumático
Déficit implica fallas intrasistémicas que resultan en una estructura
defectuosa del self, que se asemeja a un calidoscopio configurado por múltiples
escisiones y cuyas consecuencias clínicas son conocidas: difusión
de identidad, falta de constancia objetal, trastornos en la autoestima y en
la regulación de la ansiedad, y especialmente en los esquizoides: la
disminución de la vitalidad y del reconocimiento del deseo, aspectos,
ambos, de la alexitimia. Los pacientes que llamaremos ”deficitarios” nos impresionan
como autómatas o muertos en vida. Su problemática suele ser bipersonal
y no triangular, y enfrentados a una situación de duelo, se fragmentan
o se derrumban.
Suelen
expresarse con una monotonía discursiva y no es extraño
que produzcan irritación o aburrimiento, cuando no son víctima
de arrebatos pasionales temporarios. La clínica en estos cuadros, como
el de la paciente M., se impregna de angustia de fragmentación, que ella
relata trasmitiendo su terror por dejar de ser, por desaparecer, sin previa
seña.
Déficit
implica poner en juego una serie de mecanismos conducentes
al sobrevivir, prioritario respecto al placer. La sexualidad
pasa a ser secundaria, a presentarse como una herramienta
defensiva. Esto hace que Joyce McDougall (1982) diga que
en ellos… "Narciso desempeña un papel más
importante que el Edipo; la supervivencia ocupa un lugar más fundamental
que el conflicto edípico, hasta el punto que para algunos, la problemática
del deseo incluso puede aparecer como un lujo."
Las
estructuras psíquicas deficitarias suelen estar acompañadas
y combinadas, con aspectos derivados del conflicto psíquico, nos llevan
siempre a plantearnos hipótesis diversas respecto a aquello que ha generado
esta particular organización psíquica.
Aquellas
motivaciones que llevan a una formación deficitaria
del psiquismo, como hoy podemos entenderlas, son excéntricas
respecto del deseo freudiano y basadas en las necesidades
narcisísticas, en el sobrevivir, en el apego,
en las vicisitudes del vínculo intersubjetivo, en el trauma real (deberíamos,
sin duda, repensar “la neurótica” que Freud deja a partir del concepto
de fantasía)
Recordemos
que Freud en 1900, trataba de afirmar sus teorías
acerca del inconciente afirmando que: “Solo un deseo y ninguna
otra cosa es capaz de poner en movimiento el aparato”.
No
cabe ya una afirmación tan acotada. En nuestros días,
conocemos bastante más de la situaciones traumáticas
tempranas consecuencia de la prematuración desamparada,
(no aquellas profundas, posteriores a la estructuración
inconciente) sino tempranas, originadas en fallas en las
acciones específicas medioambientales a las necesidades
del bebé.
Podríamos, sin temor a equivocarnos, equiparar esas necesidades –no derivadas
de la pulsión sexual- a las pulsiones de autoconservación freudianas.
Lo temprano no es parte del self, aunque si de la historia del sujeto: los primeros
momentos de la vida requieren un medio que debe brindar sostén, contactar
y ser manipulado por los objetos de su universo. Lo más profundo, se
va instalando gradualmente como contenido del self. Si en el ambiente inmediato
al nacimiento, hubo fallas generadoras de situaciones traumáticas, aparecerán
luego, en el contexto de un análisis, como “Transferencias de necesidad” y
no de deseo, quedando a menudo resueltas por el encuadre y por los aspectos
parainterpretativos de la actividad del analista (su presencia, tono y timbre
de su voz, sus acciones). Aquello que resulta más profundo irá apareciendo
si posibilitamos la resolución a través del desarrollo de lo tempranamente
fallido. (Nemirovsky, 1999)
Este
caso, M., con la que el Dr. Borgogno ilustra la presentación,
resulta especialmente interesante ya que nos permite diferenciar
las problemáticas
derivadas del déficit de estructuración psíquica, inmadurez
o detención del desarrollo… de aquellas estructuras más evolucionadas
cuyas manifestaciones derivan del conflicto psíquico que tienen en el
C. de Edipo su paradigma.
Los
aspectos más tempranos de este material clínico
y el tratamiento durante la sesión, evocan lo propuesto
por los intersubjetivistas Stolorow y Atwood (1992) con respecto
a situaciones traumáticas, generadas por
las tempranas interacciones, fallidas, entre el bebé y sus objetos necesitados
(mala sintonía empática, explotación emocional) es decir,
por falta de un contexto intersubjetivo modulador, contenedor.
Desde
esta perspectiva, los trastornos tempranos, de potencial
carácter
traumático, no lo son “per se”, sólo resultarán enfermantes
si el medio no tiene capacidad de respuesta, entonces no podrán transformarse
en experiencia. Si el ambiente no provee lo necesario para validar el dolor
de lo vivido a través del holding, la empatía y la asunción
de la situación deficitaria del infans, el bebé carecerá de
una adecuada regulación afectiva, y su self incipiente caerá en
la desorganización, la desintegración. “En el análisis,
la experiencia de vacío solamente adquiere sentido si el analista está preparado
para aceptar la dependencia del paciente en la transferencia, allí será reconocido
por primera vez” (Geets, 1993). El concepto “respuesta o responsividad óptima” fue
trabajado por Howard Bacal y desarrollado por éste autor y Newman, K.
(1990), para referirse a las respuestas necesarias para la creación de
la situación terapéutica, en respuesta a los obstáculos
que impidieron un desarrollo psíquico más complejo. Esta concepción,
es especialmente útil en el desarrollo del par transferencia-contratrasferencia
durante el análisis de los pacientes deficitarios, como podemos apreciar
en el caso de Borgogno.
El
rol del analista. El encuadre
Esquemáticamente,
Winnicott lo ha dicho muchas veces, podemos hablar de dos
tipos de personas: 1-a las que el medio ambiente les ha provisto
de objetos suficientes para con el tiempo vayan logrando
su propia individualidad y 2- las que han sufrido experiencias
traumáticas debido a haber sido dejadas
caer, por el medio hostil por ausencia o intrusivo por exceso”.
Las
personas del primer tipo tuvieron un contexto de cuidado
infantil suficiente, y podrán desarrollar un nivel
neurótico de patología. Pero,
los que han tenido un déficit en el cuidado infantil, tenderán
a sufrir derrumbes, psicosis, pánico, cuadros fronterizos o esquizoidías,
como la paciente que ilustra el trabajo.
Frente
a los pacientes complejos, ¿que hacer? ¿qué hacemos
en nuestras prácticas?
Hay un amplio consenso, entre los analistas, respecto a la actitud y a la disposición
del analista como importantes herramientas. Y para ser más específicos,
destacaremos:
-
el esperar, contener, aguantar, reflejar, comprender a nuestro
paciente, así como
confirmar su existencia y la presencia de sus sentimientos, admitiendo lo manifiesto
y estableciendo secuencias temporales. (En un segundo paso, presentaremos alguna
de estas secuencias al examen, recién cuando el paciente pueda hacerse
cargo.
La vía
del levare no resulta posible cuando estamos abordando
los aspectos deficitarios de la estructura: no hay nada que develar, no hay
nada latente en los sectores deficitarios de la personalidad. Al decir de Meltzer
(1974): “Ellos se caen en pedazos ocasionalmente, y uno debe ser muy paciente
con ellos, uno debe ser paciente particularmente con los problemas contratransferenciales
que tienen que ver con ser capaz de contener al paciente. Por ejemplo, yo creo
que la manifestación principal de esto a que aludo es la habilidad de
preocuparse por el paciente, que esta parece ser gente que necesita que uno
se preocupe por ellos.[...] Así que sentimos que estamos aprendiendo
algunas lecciones técnicas que tienen que ver con ser continentes[...].
[...] Ante todo ellos tienen que desarrollar un objeto interno que pueda sostener
algo, que no tenga una pérdida y que son muy lentos para desarrollarlo
[...]. [...] Así es que con estas con estas pérdidas uno simplemente
debe esperar que algo se acumule, no se puede cavar para rellenar el agujero".
Acordando
con Meltzer, debemos disponernos a crear una atmósfera
para que el paciente pueda crear sentidos, crear nuevos significados
en nuestra presencia. Si no lo hacemos y tratamos de interpretar
(forzosamente) no haremos más
que producir reacciones.
Cuando
nos encontramos con estos sectores de la personalidad del
paciente, no hablaremos de re-edición de la ya vivido,
como en los sectores neuróticos
del psiquismo. El paciente podrá, a partir de nuestra disposición
continente, intentar editar aquello que aún no ha ocurrido en su vida,
para hacerlo parte de su psiquismo a partir de su experiencia analítica.
(Nemirovsky, op. citada)
El
profesional (al encontrarse con estos sectores no conflictivos
sino deficitarios de la personalidad, cumple numerosas funciones,
(se lo proponga concientemente o no) tales como:
Admitir
y sostener el vínculo propuesto por el paciente. (Por
ej. Soportar la idealización hasta que caiga, “aguantar” la
regresión a la
dependencia sin demandarle una prematura y nuevamente traumática pseudoindependencia.
Esperar, interviniendo sólo para aclarar, para secuenciar el material…)
El analista debe tener presente que los aspectos deficitarios del paciente,
se desarrollan en el terreno de los signos y no de las metáforas, de
lo concreto y no de lo conceptual.
Los
sueños de M. son fragmentos, al estilo de los “shorts” de
Fairbairn, constituidos por fragmentos de su historia pasada
y actual. No expresan deseos infantiles como en una neurosis.
Debemos
aguantar nuestra propia locura, soportar la incomunicación,
sobrevivir a la afectividad que se genera en el campo deficitario
que estamos atravesando con estos pacientes...
Contenernos,
si no podemos comprender: confiar en las teorías que
tenemos incorporadas (no ir a buscarlas para tratar de rellenar
lo que no sabemos) Es mejor esperar que saber. Ser paciente
y no intentar ser penetrante.
Green
señala reiteradamente que el lugar de la histeria
de ayer, la ocupa hoy el borderline. Si hay cambios en la
patología, los habrá también
en nuestra manera de manera de oír, de comprender y especialmente de
ser.
En
las zonas deficitarias del psiquismo, nos encontramos lejos
del relato y de la historia armónica de un neurótico.
Estamos casi ciegos: solo podemos confiar en nuestra persona,
en nuestra espontaneidad y en nuestras acciones…y siempre
se nos plantea esta pregunta ¿como ser espontáneos
sin ser disruptivos…como dejarnos invadir por nuestra espontaneidad sin confundirnos?
Respecto
al encuadre: cuando nos encontramos en el terreno deficitario,
no son centrales los aspectos cuantitativos del encuadre
(cuántas veces por
semana o cuanto tiempo)…La cantidad queda supeditada a la respuesta necesaria
para el mantenimiento de la relación terapéutica. La cuestión
prioritaria es el evitar perder el contacto con el paciente… nos debemos al
paciente, y al vínculo que podamos establecer y mantener. No debemos
adaptarnos nosotros a determinado método ni tratar de meter a la fuerza
el paciente dentro de un esquema.
El
encuadre estable, concebido de la manera planteada, adquiere
enorme importancia terapéutica, particulariza la relación
y protege a ambos miembros. Pero esta estabilidad no es consecuencia
de establecer parámetros formales
rígidos, sino que es sinónimo de la confiabilidad y de las respuestas
afectivas del analista en cada caso.
Aquello
que depende de la cantidad (tiempo, espacio, honorarios etc.)
es modificable, incluso, puede modificarse (mientras la confiabilidad
permanezca) sin afectar la tarea analítica. Esta situación
la comprobamos a menudo, cuando algunos pacientes son poco
afectados por una mudanza del consultorio -un cambio en los
honorarios o cambios de hora a pedido del analista- por sentirse
contenidos en la relación confiablemente estable,
con el analista.
La objetividad ilusoria, que se obtendría a través de la fijación
de ciertas variables del encuadre, queda aquí, relegada. Si hay una disrupción
consecuente a una modificación del encuadre, derivará de los cambios
en la continencia experimentada por el paciente (entendiendo que la función
de continencia del analista, no se manifiesta solamente por la presencia del
encuadre instituido). Justamente, el marco se establece, mantiene y respeta,
con la finalidad de posibilitar la confianza del paciente en el método
y en el profesional que lo implementa.
Gracias
a esta confiabilidad, el encuadre no resulta una cáscara
vacía.
La actitud analítica estará al servicio de la acción específica,
si se adecua a las necesidades y no a los deseos (sexuales) del paciente. Esta
actitud no depende del “saber” o de la “inteligencia” del analista: seguramente
los analistas más tenidos en cuenta por pacientes y colegas serán
aquellos con capacidad para conservar calma, con posibilidad de “empatizar” con
el consultante, con disponibilidad para poner en marcha en el paciente un sistema
reflexivo, con posibilidades de vehiculizar mensajes de reconocimiento, aseguramiento
afectivo, reflejo, sostén y atención, tanto más significativos
cuanto más temprano es el momento regresivo con el que nos encontramos.
Agreguemos
también las situaciones que se nos imponen trabajando
con pacientes borderline o esquizoides graves, especialmente
cuando somos inexistentes para ellos o cuando estamos en
el rol que muchos de ellos estuvieron en su infancia, como
M., incapacitados de vivir y de operar, paralizados. Allí a
veces encontramos el rombo que halló Borgogno, pero
otras veces fantaseamos con insistencia, y que a veces concretamos,
de llamar a la familia, a su pareja o a su médico
clínico, para proponer algún especial cuidado
o advertir alguna situación riesgosa del paciente. Recordemos la sensación
de incertidumbre que nos queda al final de la última (¡a veces
la única!) sesión de la semana o previamente a las vacaciones,
que nos hace solicitarle al paciente que se comunique con nosotros, o con otro
colega, telefónicamente o por mail. Consideremos los momentos que nos
acompaña la fantasía de medicarlo o aún cuando lo proponemos,
especialmente si nos separamos de él por un tiempo. Podríamos
enumerar más situaciones, que tienen por finalidad el intentar ampliar
la contención que brindamos como analistas. Y no sólo la contención:
a veces buscamos de esta forma nuestra única posibilidad de accionar.
Es
privilegiado que un paciente se pueda encontrar en el tratamiento
con la posibilidad de vivir lo nunca vivido, de encontrarse
con su agujero, de editar lo que no fue, de reconocer lo
negativo: “me siento más auténtica
por lo que no tengo que por lo que creo que soy”….decía una paciente.
Winnicott
planteaba que: "La enfermedad psicótica está relacionada
con el fracaso ambiental en una fase precoz del desarrollo emocional del individuo...y
solamente puede ser aliviada por una provisión ambiental especializada
e interrelacionada con la regresión del paciente...allí será fundamental
la provisión de un marco generador de confianza".
En
pacientes como M. son las necesidades tempranas prioritarias
las que se ponen en juego y que debemos diferenciar claramente
del accionar instintivo, la prioridad es la necesidad y no
el deseo.
Estas
necesidades evolutivas son propias de cada individuo, aunque
recorren un circuito universal: ser adivinado por la madre,
ser sostenido “desde abajo” luego
del nacimiento, reflejarse en sus ojos para construir su ser. Estas situaciones,
tan tempranas, en el vínculo terapéutico, salen de su congelamiento
y se ponen en marcha, pero si y solo si, la pareja terapéutica es apta
para ello. Veamos cómo el autor, con extraordinaria claridad, nos trasmite
las necesidades elementales de la paciente M.1
"Sería
agradable, -decía Winnicott en 1955- poder aceptar
en análisis solamente a aquellos pacientes cuyas madres, al comienzo y
durante los primeros meses de vida, hubiesen sido capaces de aportar condiciones
suficientemente buenas”.
Y
estas características suficientemente buenas, y que
responden a estas necesidades son, según lo entiendo:
que esté presente, preocupada,
sea sensible, aguantadora, que sea resiliente, vulnerable, que sepa odiar, que
quiera ser comida por su bebé, y finalmente, que sobreviva a sus ataques.
Quizá la
idea que más se acerca a estas características
sería, en nuestra clínica: que el analista pueda aguantar la locura
(Rickman decía que “psicótico es quien ha fracasado en encontrar
quien lo aguante”, definiendo así a la psicosis… por la falta de capacidad
de encontrar a otro… que pueda satisfacer sus necesidades).
Decíamos
que durante la experiencia analítica podrían
editarse una secuencia de situaciones que no habían
sido registradas en la infancia, ya que no había sustrato
yoico para hacerlo. Esta modalidad transferencial, que llamamos
transferencia de necesidad, no se reedita automáticamente
sino que requiere de la actitud empática del analista para editarse y
desplegarse. No se trata de re-impresiones, las necesidades existen en un espacio
potencial, a la espera de un objeto, que les permitirá nacer, siempre
que realice las correspondientes acciones específicas. Para que se posibilite
esa edición será necesario que el medio aporte los elementos apropiados
(...): reflejar, dar coherencia, significar y discriminar la emoción,
comprender la secuencia del material manifiesto. Sólo si el analista
aporta un marco confiable, creando un medio-ambiente adecuado y presentándose
disponible para el paciente, éste podrá -ahora sí- intentar
confiar en él.
Solamente
en el encuentro con otro ser humano podremos poner en marcha
la edición.
Nacemos con disposición para confiar -por otro lado no tenemos otra posibilidad-
y recién a partir de adueñarnos de experiencias que nos informan
acerca de aquello que nosotros somos capaces de hacerle a otros, empezamos a
vivir en el polo opuesto de la responsabilidad y de la intencionalidad… que
vamos desarrollando tardíamente.
¿Qué estamos
descubriendo? ¿Qué no ha sido dicho
antes?
¿Estamos
descubriendo, me preguntaba… el medio ambiente necesario
como el oxígeno, como lo dice Kohut, para que pueda
haber una sobreviva elemental? ¿Estamos
descubriendo nuevamente el ámbito de la falta básica de Balint? ¿El
campo de las necesidades descrito por los autores que citamos entre las décadas
de los 30 a los 50?
A
pesar de que todas las respuestas son positivas, nos sorprendemos.
Estas cuestiones fueron ampliamente enunciadas desde Ferenczi,
Balint, Fairbairn, Winnicott, y tantos otros para los que
siempre fue reservado un destino marginal en nuestra disciplina.
Nos
sorprendemos como si todos nuestros pacientes fueran neuróticos,
como si todos hubieran salido exitosos del ámbito de la falta básica
o como si tantos no fuesen deficitarios estructuralmente.
Solamente razones político-institucionales, cuestiones del poder relacionadas
con teorías imperantes nos hacen aún sorprendernos de que los
encuentros terapéuticos sean originales únicos y privilegiados
en la vida de una persona. De que no hay encuentros standard ni análisis “clásicos” como,
de paso digamos una vez más, ninguna situación clínica
registrada en los protocolos es clásica. ¿Acaso hay razones para
pensar a quizá la mayor parte de nuestros pacientes, como quienes han
gozado de una primera infancia rodeados de objetos que responden a sus necesidades
básicas editando un medio saludable?
Debemos
refinar nuestros conocimientos y preguntarnos acerca de nuestra
actitud terapéutica, como para contar con más
herramientas para posibilitar la “edición”, como contrapartida
conceptual de la clásica reedición
transferencial del neurótico.
Debemos
aprender y enseñar en nuestros Institutos como trabajar
mejor con pacientes deprivados, como construir su historia,
como confiar para ello en nuestros gestos espontáneos.
Es probable que en esta tarea, nos ayuden disciplinas ajenas
a la nuestra (psiquiatría, las teorías de la
comunicación, lo cognitivo) pero no todo está fuera de casa. Estamos
viendo que aún dentro de nuestro campo se ha hecho mucho, un ejemplo
es este trabajo y la investigación que estimula.
Hay
todavía mucho que investigar y no porque no sepamos,
porque sabemos más de lo que creemos, solo debemos
animarnos a contarlo y a conceptualizarlo a pesar que no
tengamos “una teoría completa” para ello.
No esperemos tenerla, no la hay, estamos en camino y afortunadamente nunca la
completaremos.
BIBLIOGRAFIA
-
Bacal,H.
y Newman,K. (1990) Theories of Objects Relations.
N.Y., Columbia University Press.
-
Geets, C. (1993) Donald
Winnicott, Editorial Almagesto, Buenos Aires.
-
Meltzer,D.(1974), Identificación
adhesiva. Ficha APdeBA. Contemporary Psychoanalysis.Vol.II,1975
-
Nemirovsky, C.: Edición-reedición.
Reflexiones a partir de los aportes de Winnicott a la comprensión
y tratamiento de las psicosis y otras patologías
graves. (Revista virtual de Psicoanalisis Aperturas, www.aperturas.org,
No. 3, Noviembre 1999)
-
Stolorow, R. Atwood,
G (1992) Context
of Being. The Intersubjective Foundation of Psychological
Life. The Analytic Press Inc. Versión
castellana: “Los contextos del ser. Las bases intersubjetivas
de la vida psíquica”, Ed. Herder, Barcelona, 2004
-
Winnicott, D. (1955-56) Variedades
clínicas de la transferencia.
Escritos de Pediatría y psicoanálisis. Barcelona,
Laia Ed.
1.-
La presencia del concepto de necesidad en el trabajo de Borgogno.
-
Algunos
pacientes necesitan profundamente experimentar cómo su
analista vive y “procesa” los acontecimientos interpersonales
que yacen en el origen de su sufrimiento afectivo y mental.
-
Mi
respuesta correspondía…a su necesidad de una madre que
permite la separación, no simbiótica ni deprimida… y
a su expectativa inconsciente de un padre diferenciado, capaz
de promover la vida y de establecer los límites…
-
Este tipo de paciente tiene una particular
e intensa necesidad de constatar que tiene un efecto sobre
el ambiente que lo rodea, para poder él mismo
llegar a descubrir el ambiente afuera y dentro de sí mismo. Por esto
el analista estará indudablemente junto con el paciente expuesto a su
propia subjetividad, de la cual no tendrá que tener miedo y deberá cuidadosamente
tratar de “no eludirla”, de no volverse traumático para el paciente.
-
El
paciente deprivado tiene necesidad de un analista que lo haga
sentir vivo y significativo para el otro, para que pueda en
un segundo tiempo acceder al mundo compartido de los significados.
No es exacto decir que quiere ser comprendido y que no comprende,
ya que ser comprendido para estos pacientes se entiende tener
valor y ser existente para otra persona que participe emocional
y mentalmente en sus situaciones particulares.
* Miembro
Titular de la Asociación Psicoanalítica
de Buenos Aires. Virrey Loreto 1799, p. 3 (1426) Argentina. Correo
Web cnemirovsky@janssen.com.ar
En Web: Aperturas Psicoanalíticas: Revista Internacional
de Psicoanálisis. http://www.aperturas.org/3nemirovsky.html
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