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Confusión de Lenguas entre los Adultos y el Niño
El lenguaje de la ternura y de la pasión[1]
Sándor Ferenczi.
Sería
un error querer introducir a la fuerza, en un informe al Congreso,
el amplio tema del origen exterior de la formación del
carácter y de la neurosis. Por ello me contentaré con
ofrecer un extracto de lo que hubiera querido decir. Hubiera
sido útil indicar primero cómo me he planteado
el problema formulado en el título. Durante una
conferencia pronunciada en la Sociedad Vienesa de Psicoanálisis,
con ocasión del sesenta y cinco aniversario del profesor
Freud, hablé de una regresión en la técnica
(y también en parte en la teoría de las neurosis)
que se me impuso por determinados fracasos o resultados terapéuticos
incompletos. Entiendo por ello la importancia atribuída
recientemente al factor traumático tan injustamente
olvidado en los últimos tiempos al tratar la patogénesis
de las neurosis. El hecho de no profundizar lo suficiente
en su origen externo supone un peligro, el de recurrir a explicaciones
apresuradas relativas a la predisposición y a la constitución. Las
manifestaciones que yo calificaría de impresionantes,
las repeticiones casi alucinatorias de sucesos traumáticos
que comenzaban a acumularse en mi práctica, autorizaban
la esperanza de que, gracias a tal abreacción, importantes
cantidades de afectos rechazados se impusieran en la vida afectiva
consciente y pusieran pronto fin a la aparición de los
síntomas; sobre todo cuando la superestructura de los
afectos ha sido lo suficientemente dulcificada por el trabajo
analítico.
Desgraciadamente
esta esperanza sólo se ha realizado de manera imperfecta,
y en muchos casos he tropezado con grandes dificultades. La
repetición, estimulada por el análisis, había
resultado demasiado bien. Podía constatarse sin
duda una mejoría sensible de determinados síntomas,
pero los pacientes comenzaban a quejarse de estados de angustia
nocturna y sufrían incluso penosas pesadillas; la sesión
de análisis solía degenerar en una crisis de
angustia histérica. Esto, igual que la sintomatología
que parecía alarmante, fue analizado de una forma concienzuda,
lo cual convenció y tranquilizó aparentemente
a los pacientes: el resultado, que se esperaba duradero, no
lo era sin embargo y a la mañana siguiente el enfermo
volvía a quejarse de una noche terrible, siendo la sesión
de análisis una nueva repetición del trauma. Durante
cierto tiempo me consolé diciéndome que el paciente
ofrecía grandes resistencias o que sufría un
rechazo del que no podía tomar conciencia para descargarse
en sucesivas etapas. Al no apreciar ninguna modificación
esencial tras una pausa bastante grande tuve que proceder una
vez más a mi autocrítica. Yo aguzaba el
oído cuando los pacientes me acusaban de ser insensible,
frío, y hasta cruel, y cuando me reprochaban ser egoísta,
sin corazón y presuntuoso; también cuando me
gritaban «Por favor, ayúdeme rápido, no
me deje morir en la desesperación ... ». Hice
mi examen de conciencia para ver si a pesar de mi buena voluntad,
eran ciertas, sus acusaciones. Debo decir que tales explosiones
de cólera y de furor sólo ocurrían excepcionalmente;
a menudo, mis interpretaciones eran aceptadas por el paciente
al fin de la sesión con una docilidad llamativa, incluso
con desconcierto. A pesar de ser una inversión
fugaz, me hizo sospechar que estos pacientes dóciles
experimentaban en secreto impulsos de odio y de cólera,
de modo que les invité a que abandonaran cualquier consideración
respecto a mí. Tal oferta tuvo poco éxito y la
mayoría rehusaron enérgicamente aceptar esta
demanda excesiva, a pesar de que fue suficientemente apoyada
por el material analítico.
Llegué poco a poco a
la convicción de que los pacientes percibían con
mucha finura las tendencias, las simpatías y antipatías,
y el humor del analista, incluso cuando éste era inconsciente
de ellas. En lugar de contradecirle y acusarle de flaquezas
o de cometer errores, los pacientes se identificaban con él.
Sólo en momentos excepcionales de excitación histérica,
es decir en un estado casi inconsciente, podían reunir
los pacientes suficiente coraje para protestar. Habitualmente
no se permiten ninguna crítica respecto a nosotros; ni
siquiera les viene a la mente, como no reciban nuestro permiso
expreso o nuestro ánimo directo. Por ello no sólo
debemos aprender a adivinar a partir de las asociaciones de los
enfermos los hechos desagradables de su pasado sino que también
hemos de averiguar las críticas rechazadas o reprimidas
que nos dirigen.
Aquí chocamos con importantes
resistencias, no ya las del paciente, sino las nuestras. Ante
todo debemos ser analizados y conocer a fondo nuestros rasgos
de carácter desagradable, tanto exteriores como interiores,
a fin de aceptar lo que las asociaciones de nuestros pacientes
pueden contener de odio o de desprecio oculto.
Esto nos lleva al problema de
saber hasta dónde debe llegar el análisis del analista,
asunto cada vez más importante. No hay que olvidar
que el análisis en profundidad de una neurosis exige casi
siempre muchos años, mientras que el análisis didáctico
habitual sólo dura algunos meses, o a lo sumo año
y medio, lo cual puede llegar a crear la imposible situación
de que nuestros pacientes estén poco a poco mejor analizados
que nosotros. Al menos pueden presentar síntomas de tal
superioridad, pero son incapaces de expresarles verbalmente.
Caen en una extremada sumisión, a consecuencia de su incapacidad
o del temor de desagradarnos al criticarnos.
Gran parte de la crítica
rechazada se refiere a lo que podríamos llamar la hipocresía
profesional. Acogemos cortésmente al paciente cuando
entra, le pedimos que nos comunique sus asociaciones, y le prometemos
escucharle atentamente y consagrar todo nuestro empeño
a su bienestar y al trabajo de aclarar su estado. En realidad
puede ocurrir que algunos rasgos, internos o externos del paciente,
nos sean difícilmente soportables, o incluso que sintamos
que la sesión de análisis aporta una perturbación
desagradable a una preocupación profesional más
importante o a un problema íntimo. Aquí no
veo otra salida que tomar conciencia de nuestro propio problema
y comentarlo con el paciente, admitiéndolo no sólo
como posibilidad sino también como hecho real.
He de insistir en que esta renuncia
a la «hipocresía profesional», considerada
hasta ahora como inevitable, en lugar de herir al paciente le
aporta un notable consuelo. Aunque estalle la crisis traumática
histérica, lo hace sin tanta violencia; resulta posible
reproducir mediante el pensamiento los sucesos trágicos
del pasado sin que tal reproducción suponga una nueva
pérdida del equilibrio psíquico, parece incluso
que se eleva el nivel de la personalidad del paciente. ¿Qué ha
conducido a este estado de cosas? En la relación
entre el médico y el enfermo existía falta de sinceridad,
algo que no se había dicho y que al explicarlo liberaba
la lengua del paciente. Admitir un error conseguía
para el analista la confianza del paciente. Puede tenerse
la impresión de que entonces sería útil
cometer errores, para confesarlos a continuación al paciente.
pero esto resultaría superfluo. Cometemos los suficientes
errores de forma espontánea y tuve un paciente inteligente
que se indignaba con justicia a este respecto diciéndonos: «Mejor
sería que evitara usted cualquier error.... su vanidad
saldría beneficiada si aprovechara sus fallos ... ».
El solucionar este problema
puramente técnico me hizo acceder a un material oculto
al que había atribuido hasta entonces poca atención.
La situación analítica, esa fría reserva,
la hipocresía profesional y la antipatía respecto
al paciente que se oculta tras ella y que el enfermo capta con
todo su ser, no difiere demasiado de las cosas que anteriormente,
es decir en la infancia, le hicieron enfermar. En este momento
de la situación analítica, si empujamos al enfermo
a la reproducción del trauma, su estado se hace insoportable;
por ello no hay que extrañarse de conseguir una situación
similar, ni mejor, ni diferente, a la del trauma primitivo. Pero
la capacidad de admitir nuestros errores y de renunciar a ellos,
así como la autorización de las críticas,
nos hacen ganar la confianza del paciente. Esta confianza
es algo que establece el contraste entre el presente y un pasado
insoportable y traumático. Tal contraste es indispensable
para reavivar el pasado, no tanto como reproducción alucinatoria
sino más bien en cuanto recuerdo objetivo. La crítica
latente expresada por mis pacientes descubría, con agudeza,
los rasgos agresivos de mi terapéutica activa, la hipocresía
profesional, para forzar la relajación del paciente, y
me enseñaba a reconocer y dominar las exageraciones en
ambos sentidos. Estoy también reconocido a los pacientes
que me han enseñado que tenemos excesiva tendencia a mantener
determinadas construcciones teóricas y a dejar de lado
hechos que quebrantarían nuestra seguridad y nuestra autoridad. En
cualquier caso he podido saber por qué somos incapaces
de operar sobre los accesos histéricos, y de este modo
he podido finalmente triunfar. Me hallaba en la misma situación
que aquella dama espiritual quien, ante una de sus amigas en
estado narcoléptico, no pudiendo socorrerla ni con sacudidas
ni con gritos, tuvo repentinamente la idea de hablarle de manera
mimosa, como a un niño: «Vamos, querida, revuélcate
por la tierra[2],». Hablamos mucho en el análisis
de regresión a la infancia, pero evidentemente no sabemos
hasta qué punto tenemos razón. Hablamos mucho
de división de la personalidad, pero parece que no conocemos
en su justa medida la profundidad de este fenómeno. Si
guardamos una actitud fría y pedagógica en presencia
de un paciente afectado de opistótonos, rompemos el último
vínculo que nos une a él. El paciente sin
conocimiento es como un niño que ya no es sensible al
razonamiento, sino a lo más a la benevolencia[3] materna.
Si falta esta benevolencia se
halla solo y abandonado en la más profunda desesperación,
es decir justamente en la misma situación insoportable,
que, en determinado momento, le condujo a la ruptura psíquica,
y luego a la enfermedad. No es sorprendente que el paciente
solo pueda repetir de modo exacto, como cuando se instaló en él
la enfermedad, la formación de los síntomas desatados
por la conmoción psíquica.
Los pacientes no se sienten
afectados por una muestra teatral de piedad, sino tan sólo
por una auténtica simpatía. No sé si
la reconocen en el tono de nuestra voz, en los términos
que utilizamos, o de otra forma; de cualquier modo, adivinan,
de forma casi extralúcida, los pensamientos y las emociones
del analista. Me parece casi imposible engañar al
enfermo en este punto, y las consecuencias de cualquier tentativa
de engaño serían nefastas. Permítanme que
les insista en que esta relación íntima con el
paciente me ha dado importantes niveles de comprensión.
En principio he podido confirmar la hipótesis ya enunciada
de que nunca se insistirá bastante sobre la importancia
del traumatismo y en particular del traumatismo sexual como factor
patógeno. Incluso los niños de familias honorables
de tradición puritana son víctimas de violencias
y de violaciones mucho más a menudo de lo que se cree. Bien
son los padres que buscan un sustituto a sus insatisfacciones
de forma patológica, o bien son personas de confianza
de la familia (tíos, abuelos), o bien los preceptores
y el personal doméstico quienes abusan de la ignorancia
y de la inocencia de los niños. La objeción
de que se trata de fantasías de los niños, es decir
de mentiras histéricas, pierde toda su fuerza al saber
la cantidad de pacientes que confiesan en el análisis
sus propias culpas sobre los niños. No me sorprendí cuando,
hace poco, un pedagogo de espíritu filantrópico
vino a verme con gran desesperación y me confió su
descubrimiento, ya por quinta vez, de que en una familia de buena
sociedad la gobernante mantenía con muchachos de nueve
a once años una auténtica vida conyugal.
Las seducciones incestuosas
se producen habitualmente de este modo: un adulto y un niño
se aman; el niño tiene fantasías lúdicas,
como por ejemplo desempeñar un papel maternal respecto
al adulto. Este juego puede tomar una forma erótica,
pero permanece siempre a nivel de la ternura. No ocurre
lo mismo en los adultos que tienen predisposiciones psicopatológicas,
sobre todo si su equilibrio y su control personal están
perturbados por alguna desgracia, por el uso de estupefacientes
o de sustancias tóxicas. Confunden los juegos de
los niños con los deseos de una persona madura sexualmente,
y se dejan arrastrar a actos sexuales sin pensar en las consecuencias. De
esta manera son frecuentes verdaderas violaciones de muchachitas
apenas salidas de la infancia, lo mismo que relaciones sexuales
entre mujeres maduras y muchachos jóvenes, o actos sexuales
impuestos de carácter homosexual.
Es difícil adivinar el
comportamiento y los sentimientos de los niños tras estos
sucesos. Su primer reacción será de rechazo,
de odio, de desagrado, y opondrán una violenta resistencia: «¡No,
no quiero, me haces mal, déjame!» Esta, o alguna
similar, sería la reacción inmediata si no estuviera
inhibida por un temor intenso. Los niños se sienten
física y moralmente indefensos, su personalidad es aún
débil para protestar, incluso mentalmente, la fuerza y
la autoridad aplastante de los adultos los dejan mudos, e incluso
pueden hacerles perder la conciencia. Pero cuando este temor
alcanza su punto culminante, les obliga a someterse automáticamente
a la voluntad del agresor, a adivinar su menor deseo, a obedecer
olvidándose totalmente de sí e identificándose
por completo con el agresor. Por identificación, digamos
que por introyección del agresor, éste desaparece
en cuanto realidad exterior, y se hace intrapsíquico;
pero lo que es intrapsíquico va a quedar sometido, en
un estado próximo al sueño - como lo es el trance
traumático - al proceso primario, es decir que lo que
es intrapsíquico puede ser modelado y transformado de
una manera alucinatoria, positiva o negativa, siguiendo el principio
del placer. En cualquier caso la agresión cesa de existir
en cuanto la realidad exterior y, en el transcurso del trance
traumático, el niño consigue mantener la situación
de ternura anterior
Pero el cambio significativo
provocado en el espíritu infantil por la identificación
ansiosa con su pareja adulta es la introyección del sentimiento
de culpabilidad del adulto: el juego hasta entonces anodino aparece
ahora como un acto que merece castigo.
Si el niño se recupera
de la agresión, siente una confusión enorme; a
decir verdad ya está dividido, es a la vez inocente y
culpable, y se ha roto su confianza en el testimonio de sus propios
sentidos. A ello se añade el comportamiento grosero
del adulto, aún más irritado y atormentado por
el remordimiento, lo que hace al niño más consciente
de su falta y más vergonzoso. Casi siempre el agresor
se comporta como si nada ocurriera y se consuela con la idea: «Va,
no es más que un niño, aún no sabe nada,
lo olvidará todo pronto». Tras un hecho de
esta naturaleza no es raro ver al seductor adherirse a una moral
rígida o a principios religiosos, esforzándose
con su severidad por salvar el alma del niño. En
general, las relaciones con una segunda persona de confianza,
por ejemplo la madre, no son lo suficientemente íntimas
para que el niño pueda hallar ayuda en ella; algunas débiles
tentativas en este sentido son rechazadas por la madre calificándolas
de tonterías. El niño del que se ha abusado
se convierte en un ser que obedece mecánicamente o que
se obstina; pero no puede darse cuenta de las razones de esta
actitud. Su vida sexual no se desarrolla, o adquiere formas perversas;
no hablaré de las neurosis y de las psicosis que pueden
resultar en estos casos. Lo que importa desde el punto de
vista científico en esta observación es la hipótesis
de que la personalidad aún débilmente desarrollada
reacciona al desagrado brusco no mediante la defensa sino con
una identificación ansiosa y con la introyección
de lo que la amenaza o la arremete. Ahora comprendo por qué mis
pacientes rehúsan mi consejo de reaccionar frente al desagrado
con odio o con movimientos defensivos, como yo hubiera esperado. Una
parte de su personalidad, el núcleo mismo de ella, ha
quedado fijado a un determinado momento y a un nivel en que las
reacciones aloplásticas eran aún imposibles y donde,
debido a una especie de mimetismo, se reacciona de forma autoplástica. Se
llega así a un tipo de personalidad constituido únicamente
por el Ello y el Super-Ego que, en consecuencia, es incapaz de
afirmarse en casos de desagrado; del mismo modo un niño
que aún no ha alcanzado pleno desarrollo es incapaz de
soportar la soledad si carece de protección maternal y
de una fuerte dosis de ternura. Vamos a referirnos ahora
a las ideas desarrolladas por Freud desde hace tiempo cuando
señalaba que la capacidad de experimentar un amor objetal
iba precedida de un estadio de identificación. Calificaré tal
estadio como el del amor objetal pasivo, o estadio de la ternura. Pueden
aparecer rasgos de amor objetal pero sólo en cuanto fantasías,
de manera más bien lúdica. De esta forma,
casi todos los niños juegan con la idea de ocupar el lugar
del progenitor del mismo sexo para convertirse en pareja del
otro, aunque sólo sea de forma imaginaria. En realidad
ni querrían ni podrían pasar de la ternura, y sobre
todo de la ternura maternal. Si en el momento de esta fase
de ternura se impone a los niños más amor o un
amor diferente al que desean, pueden ocasionárseles las
mismas consecuencias patógenas que la privación
de amor hasta ahora aludida. Esto nos llevaría muy
lejos al hablar de todas las neurosis y consecuencias caracteriológicas
que pueden resultar de la apertura precoz a formas de amor apasionado,
teñido de sentimientos de culpabilidad en un ser inmaduro
e inocente. La consecuencia no puede ser otra que la confusión
de lenguas a la que aludo con el título de esta conferencia.
Los padres y los adultos debieran
aprender a reconocer, como los analistas, tras el amor de transferencia
la sumisión o la duración de nuestros hijos, de
nuestros pacientes o de nuestros alumnos, un deseo nostálgico
de liberarse de este amor opresivo. Si se ayuda a niño,
al paciente o al alumno a abandonar esta identificación
y a defenderse de esta transferencia fuerte, puede decirse que
se ha conseguido elevar a la personalidad a un nivel superior.
Quisiera explicarles brevemente algunos descubrimientos suplementarios
a los que nos conducen esta serie de observaciones. Sabemos
desde hace tiempo que el amor forzado, lo mismo que las medidas
punitivas insoportables, tienen un efecto de fijación. Posiblemente
es más fácil comprender esta reacción en
apariencia insólita, refiriéndonos a lo que acabamos
de decir. Los delitos que el niño comete, como si
jugara, son llevados a la realidad por los castigos pasionales
que reciben de los adultos curiosos, encolerizados, lo que supone
para un niño hasta entonces no culpable, todas las consecuencias
de la depresión. Un examen detallado de los procesos
del trance analítico, nos enseña que, no existe
choque ni temor sin un anuncio de la división de la personalidad.
La personalidad regresa hacia una beatitud pretraumática,
intenta creer que nada ha sucedido, y esto no sorprenderá a
ningún analista. Es más extraño ver operar,
durante la identificación, un segundo mecanismo del que
yo, al menos, sabía bien poco. Deseo hablar de la
eclosión repentina y sorprendente, como surgida tras un
golpe de varita mágica, de las nuevas facultades que aparecen
a consecuencia de un choque. Esto hace pensar en los juegos
de prestidigitación de los faquires quienes, a partir
de una semilla, hacen crecer ante nuestros ojos una planta con
sus hojas, su tallo y sus flores. Un enorme sufrimiento
y, sobre todo, la angustia de la muerte, parecen tener el poder
de despertar y de activar súbitamente determinadas disposiciones
latentes, aún no desarrolladas, que aguardan su maduración
en absoluta quietud. El niño que ha sufrido una agresión
sexual puede desplegar repentinamente, bajo la presión
de la urgencia traumática, todas las emociones de un adulto
maduro, las facultades potenciales para el matrimonio, la paternidad
o la maternidad, facultades que se hallan virtualmente preformadas
en él. Puede entonces hablarse simplemente, oponiéndola
a la regresión a la que tan a menudo nos referimos, de
progresión traumática, (patológica) o de
premaduración (patológica). Podemos pensar
en los frutos que maduran en seguida cuando los hiere el pico
de un pájaro, y también en la temprana madurez
de un fruto agusanado.
En el plano no sólo emotivo
sino también intelectual, el choque puede permitir a una
parte de la persona madurar súbitamente. Les recordaré el
sueño típico del «bebé sabio» que
aislé hace tantos años, en el que un recién
nacido, un niño todavía en su cuna, se pone a hablar
súbitamente e incluso enseña con sabiduría
a toda su familia. El miedo ante los adultos exaltados, locos
en cierto modo, transforma por así decir al niño
en psiquiatra; para protegerse del peligro que representan los
adultos sin control, tiene que identificarse completamente con
ellos. Es increíble lo que podemos aprender de nuestros «niños
sabios», los neuróticos.
Si los choques se suceden durante
el desarrollo, el número y la variedad de los fragmentos
divididos aumenta, y se nos hace difícil mantener el contacto
con ellos, sin caer en la confusión, ya que se comportan
como personalidades distintas que no se conocen entre sí. Esto
puede determinar un estado que se designaría atomización,
si no se admite la imagen de la fragmentación; y es necesario
mucho optimismo para no arredrarse frente a tal estado. Espero
sin embargo que puedan hallarse caminos para unir entre sí los
diversos fragmentos resultantes.
Al lado del amor apasionado
y de los castigos pasionales, existe un tercer medio de dominar
a un niño, y es el terrorismo del sufrimiento. Los
niños se ven obligados a soportar todo tipo de conflictos
familiares y llevan sobre sus débiles espaldas el pesado
fardo de los restantes miembros de la familia. No lo hacen
por puro desinterés, sino para poder disfrutar nuevamente
de la paz desaparecida y de la ternura que se deriva de ella. Una
madre que se lamenta continuamente de sus sufrimientos puede
transformar a su hijo en una ayuda cuidadosa, es decir convertirlo
en un verdadero sustituto maternal, sin tener en cuenta los intereses
del niño.
Si todo esto se confirmara,
nos veríamos obligados a revisar algunos capítulos
de la teoría sexual y genital. Por ejemplo, las perversiones
no son infantiles más que si permanecen a nivel de la
ternura; cuando se cargan de pasión y de culpabilidad
conscientes, testimonian posiblemente una estimulación
exógena, y una exageración neurótica secundaria. En
mi propia teoría de la genitalidad yo no había
tenido en cuenta hasta ahora la diferencia entre la fase de ternura
y la fase de pasión. ¿Qué parte de sadomasoquismo
está condicionada por la cultura (es decir nace del sentimiento
de culpabilidad introyectado) en la sexualidad de nuestra época,
y qué parte, mantenida autóctono, se desarrolla
como una fase de organización propia? Esto se aclarará en
posteriores investigaciones.
Me sentiría dichoso si
ustedes consiguieran verificar todo esto en el plano de la práctica
y en el plano de la reflexión; también me agradaría
que a partir de ahora concedieran más importancia a la
manera de pensar y de hablar de sus niños, de sus pacientes
y de sus alumnos, tras las cuales se ocultan críticas,
de forma que pudieran aclarar la confusión de lenguas
y aprovecharan la ocasión para aprender muchas cosas.
Post-Scriptum
Esta serie de reflexiones sólo
ha tratado de abordar de forma descriptiva lo que hay de tierno
en el erotismo infantil y lo que hay de apasionado en el erotismo
adulto; deja en suspenso el problema de la esencia misma de su
diferencia. El psicoanálisis puede mantener el concepto
cartesiano que convierte a las pasiones en producto del sufrimiento,
pero posiblemente pueda también responder a la cuestión
de saber lo que introduce, en la satisfacción lúdica
de la ternura, el elemento de sufrimiento, o sea el sadomasoquismo. Estas
contradicciones nos hacen presentir entre otras cosas que, en
el erotismo del adulto, el sentimiento de culpabilidad transforma
el objeto amoroso en un objeto de odio y de afección,
es decir en un objeto ambivalente. Esta dualidad falta aún
en el niño en el estadio de la ternura, y es justamente
este odio el que sorprende, espanta y traumatiza al niño
amado por un adulto. Este odio transforma a un ser que juega
espontáneamente, con la mayor inocencia, en un autómata,
culpable del amor, que, imitando ansiosamente al adulto, se olvida
de sí mismo. Este sentimiento de culpabilidad y el
odio contra el seductor es el que confiere a las relaciones amorosas
de los adultos el aspecto de una lucha terrible para el niño,
escena primitiva que termina en el momento del orgasmo; el erotismo
infantil, en ausencia de la «lucha de sexos», permanece
al nivel de los juegos sexuales preliminares, y no conoce otras
satisfacciones que las de la saciedad, siendo para él
ajenas las que proporciona el sentimiento de anulación
del orgasmo. La teoría de la genitalidad que trata
de dar una explicación de orden filogenético a
la lucha de los sexos, tendrá que tener en cuenta esta
diferencia entre las satisfacciones eróticas infantiles
y el amor, impregnado de odio, de la copulación de adulto.
(Sándor Ferenczi. Obras
Completas, Psicoanálisis Tomo IV, cap. IX. “Confusión
de Lengua entre los Adultos y el Niño”. Ed. Espasa-Calpe,
S.A. Madrid, 1984).
-
[ 1] Título original:
Sprachverwirrung zwischen den Erwachsenen und dem Kind. Die Sprache
der Zärtlichkeit und der Leindenschafi. Conferencia
pronunciada en el XII Congreso Internacional de Psicoanálisis
en Wiesbaden, en septiembre de 1932. El título original
era: Die Leichenschaft der Erwachsenen und deren Einfluss auf
Charakter-und Sexualentwicklung der Kinder (Las pasiones de los
adultos y su infuencia sobre el desarrollo del carácter
y de la sexualidad del niño).
-
[ 2] «Roll dich, rolí dich
Baby ... »
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