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De la Mimesis a la espontaneidad.
pasos
en el trabajo de la Separatidad Psíquica
Luisa Busch de Ahumada y Jorge
L. Ahumada
El trabajo conceptualiza en términos
de la metapsicología de Budapest el proceso terapéutico
de una niña de tres años y diez meses traída
a la consulta por pseudoestupidez. La actuación en sesión
de la situación traumática, resultante del trauma
acumulativo en el contacto con una madre amorosa afectada de
ceguera psíquica, retoma la ruta de la identificación
primaria abriendo el camino hacia la salida de su pseudoestupidez
autista. A partir de funcionamientos miméticos mayormente
a nivel de la mirada, el despliegue del trabajo del ser-dos lleva
a su diferenciación respecto de la analista como pecho-psíquico,
recorriendo el arduo camino hacia la formación de símbolos
y el protagonismo psíquico. En base a aportes de Mahler,
de Tustin, y de Gaddini en lo referente al objeto precursor,
se amplía la comprensión del decurso clínico
desde el autismo transferencial a la simbiosis y de ésta
a la individuación. Se distingue conceptualmente el contexto
del estar-juntos respecto del contexto de simbiotización,
poniendo el énfasis en la relación entre la desimbiotización
y la aproximación a la posición depresiva.
El psicoanálisis fundamentó el
modelo básico de las neurosis en hallazgos surgidos del
tratamiento de pacientes adultos, reconstruyendo a partir de
allí los estadios tempranos. El análisis de niños
surgió luego, partiendo del pedido de Ferenczi a Melanie
Klein de investigar directamente la mente del niño. El
análisis infantil desarrolló sus propios métodos,
y sus hallazgos respecto de la mente temprana fueron modificando
el modelo de la neurosis en cuanto a la comprensión de
los estadios pre-edípicos. Sea que se considere que anteceden
al complejo de Edipo como ocurre en la psicología del
yo, o como estadios tempranos del complejo de Edipo como sucede
en la escuela kleiniana, dichos hallazgos esclarecen los inicios
de la evolución psíquica y la formación
de símbolos, así como el surgimiento de los trastornos
psíquicos.
En el estudio de las neurosis halló el
psicoanálisis su campo privilegiado. Las psicosis fueron
colaterales en lo terapéutico y lo conceptual, mientras
que el autismo es una conceptualización ulterior. En la
línea surgida de "Introyección y transferencia" (Ferenczi
1909) la unidad primordial del bebé y el objeto conduce
luego a un trauma de ruptura conceptualizado en una psicología
bipersonal: nociones éstas nucleares en la metapsicología
de Budapest. Al año siguiente, en el "Leonardo" (1910),
Freud introduce la identificación narcisística
según un modelo de psicología bipersonal, donde
la ruptura de lo que llama "el más alto éxtasis
erótico", la ruptura traumática del vínculo
fusional oral con la madre coincidente con el destete, conlleva
una alteración del yo restitutiva del trauma temprano,
según detallamos en otro trabajo (Ahumada 1990). Freud
se aproxima ahí a la metapsicología de Budapest
en cuanto a la fusión inicial del bebé con su madre
y la ruptura yoica ante el destete. Así, ya hacia 1910,
hace casi cien años, surge un punto nodal poniendo en
juego la constitución del principio de realidad previo
al complejo de Edipo, ese magno articulador conceptual de las
neurosis. Este punto nodal inicial, en torno del cual girarán
buena parte de los desarrollos conceptuales posteriores, recibe
distintas denominaciones: identificación primaria (Freud),
simbiosis (M. Mahler), unidad dual (Hermann, M. Little), amor
ingenuo sin principio de realidad (Alice Balint), en tanto que
los fenómenos de su ruptura se abordaron en términos
de la vivencia de destete (Freud, Abraham, Klein), en su relación
con la autotomía (Ferenczi) y como nacimiento psicológico
del infante (M. Mahler). Apoyándose en Imre Hermann, Frances
Tustin (1981) retoma dicha línea ferencziana, sosteniendo
que para la vivencia del bebé su cuerpo fluye en el de
la madre, y que la percepción de la separatidad corporal
instituye una catástrofe psíquica, una crisis-de-ser-dos
antecediendo al nacimiento psíquico y al complejo de Edipo.
El concomitante más usual de la crisis-de-ser-dos, apareciendo
una y otra vez durante la infancia, es ese sempiterno acantonamiento
de las Furias, la irrupción explosiva de la pataleta o
el capricho, que deriva sea hacia la crisis de rabia - en términos
de Kohut (1971), hacia la rabia narcisística- sea hacia
el trauma. Al describir en su nieto el juego del carretel Freud
(1920) dio un eje de cómo el bebé elabora en el
juego las tempranas ansiedades de separatidad en el camino hacia
la simbolización, pero esta línea de pensar, correspondiente
a lo que Balint (1968) llamó la línea del "amor
primario", coexiste en su obra con otras dos líneas
de pensamiento en cuanto a los orígenes, el autoerotismo
primario y el narcisismo primario, que priman en sus escritos
teóricos.
En la metapsicología de Budapest debida
a Ferenczi e Imre Hermann la evolución del psiquismo implica
un proceso de diferenciación a partir de la unidad primaria
simbiótica; corresponde también a Ferenczi (1932)
la noción de base del autismo, la autotomía. Apoyando
en Mahler y en Herbert Rosenfeld, Searles (1965) desarrolló sus
ideas sobre el proceso de simbiotización e individuación
en la psicoterapia psicoanalítica de los pacientes esquizofrénicos,
en tanto que Bleger (1967) y Sydney Klein (1980) retomaron en
términos de la psicopatología del autismo observaciones
clínicas en pacientes neuróticos.
Lo aquí presentado amplía los
temas de la elaboración de la pérdida primaria
y el logro de la diferenciación emocional e intelectual,
en especial la comprensión de Tustin (1981) del logro
del ser-dos como un proceso esencial del crecimiento psíquico.
En esta línea recurriremos además al concepto de
Eugenio Gaddini del objeto precursor, esto es el objeto de la
identificación primaria que sostiene la ilusión
sin-imagen, por parte del bebé, de que el bebé es
la madre y la madre es el bebé, en la etapa donde no hay
diferenciación entre adentro y afuera (véase R.
Gaddini 1995, p. 219); la imitación corresponde a este
nivel, y su fracaso acarrea las agonías de pérdida
del sí mismo. Pero en vez de limitar el objeto precursor
al chupete o al pulgar, y de ceñirlo a un estado inicial,
nos parece útil extender el concepto poniendo el acento
en el objeto maternal como pecho/madre psíquica evocado
centralmente a nivel de la mirada, que opera en los niveles inconscientes
profundos como objeto precursor bastante más allá de
los estadios tempranos. El material clínico ilustra la
intensa corporeidad de la simbiotización y diferenciación
psíquicas, magno tema que soslayan las corrientes hermenéuticas
al pensar que el psicoanálisis es fundamentalmente asunto
de lenguaje.
Las entrevistas iniciales
Estudiaremos clínicamente la dinámica
del autismo en una niña de tres años y once meses
vista por su familia, con aceptación cariñosa,
como tontita. La abuela realizó el contacto inicial pensando
que, aunque la madre de la niña tenía un C.I. de
70 lo cual suponía avalar una etiología genética,
quizás algo podría hacerse a nivel psíquico.
Dado que su problemática incidía centralmente en
la formación de símbolos y la adquisición
de conocimientos, la llamaremos Sofía.
La madre se ocupaba de los niños y de
la casa, en tanto que el padre es profesional. El desarrollo
motriz, control de esfínteres, alimentación y sueño
de Sofía parecen haber sido adecuados. Los padres manifestaron
que su lenguaje era muy limitado, entendiéndole sólo
ellos y el hermano mayor. No reconocía los colores, era
incapaz de contar, carecía de iniciativas propias y no
podía elegir entre dos alternativas cualesquiera: como
tuvo oportunidad de apreciar durante su tratamiento la terapeuta
(L. C. Busch de Ahumada) respondía "no sé" al
modo de un cliché. Señalaron también que "es
muy unida al hermano [de siete años], se adoran y nunca
pelean". El hermano mayor era su traductor y su representante:
por ejemplo, no respondía al preguntársele cual
de varias comidas quería; en algún momento el hermano
mayor transmitía "sus" deseos, ella se iluminaba
y verbalizaba lo dicho por él.. Su relación con
el hermano menor, de un año y medio de edad, era también
muy buena. No tuvo problemas en adaptarse a un jardín
de infantes para niños de tres años: la maestra
decía “es amorosa, nunca molesta“, agregando
que “sigue siempre a una misma compañerita en todas
las actividades”, pero el informe de fin de año
expresaba que no respondía por sí misma a consignas.
Los padres trataron de enseñarle usando juguetes didácticos,
pero no resolvía juegos diseñados para niños
de un año y medio de edad. Para los padres Sofía
era "tontita".
La madre añadió que la había
sobreprotegido: le daba de comer en la boca para que no se ensuciara,
y ahora lo hace pues de lo contrario no come. Fue ilustrativo
de su ceguera psíquica que informara por sí que
no le habló cuando era bebé "porque de todos
modos los bebés no entienden". En cuanto al padre,
aunque solícito con la madre y con Sofía, no conseguía
terciar en el asunto.
Decidí evaluar a Sofía, una niña
pequeña y atractiva que, como suele suceder con los niños
autistas, no tuvo problemas en quedarse conmigo. Su actitud era
ausente y no parecía registrar mayormente el entorno,
pero esporádicamente su expresión se volvía
vivaz y se “prendía” con la mirada, esperando
iniciativas mías. Su vocabulario era limitado, unas 20
a 25 palabras todas mal pronunciadas excepto mamá, papá,
agua y alguna más. No inventaba palabras nuevas, noté que
pronunciaba la última o las dos últimas sílabas
con lo cual no era difícil entenderle. Si yo no entendía,
repetía una sola vez; si ahí no entendía
debía esperar a entenderle en otro contexto pues reaccionaba
a la insistencia con mutismo y retracción, pero sin enojo
manifiesto.
El juego era pobre y estereotipado: ilustra
la falencia del pensar que no atribuía nombres ni roles,
no había libreto ni proceso. Así, colocaba muñecas
o animales uno junto a otro en forma arbitraria; los alimentaba
con "opa" (sopa) en forma seriada uno tras otro, y
les limpiaba la boca del primero al último con una servilleta
que doblaba y guardaba cuidadosamente, sin pedir mi participación.
Otras veces los desvestía y hacía hacer pis a todos;
sus dificultades se evidenciaban al vestirlos pues pese a una
correcta motricidad no podía dar vuelta un vestido del
revés al derecho, intentando poner los pantalones en los
brazos, o ponerlos en las piernas de modo equivocado.
Su desorganización espacial mostró ser
todo un tema. Intentaba cortar papel sosteniendo la tijera con
ambas manos: no tenía pues como sostener el papel, se
le escapaba y no podía cortarlo. Con gestos y alguna palabra
me pidió que lo cortara yo, cosa que hice en silencio
sin comentarios ni indicaciones mientras ella miraba muy atenta
cómo sostenía yo la tijera; luego me la pidió.
Aunque es zurda y yo derecha tomó correctamente la tijera
y el papel, cortando sin problemas. Pese a su infaltable cliché "no
sé", este chispazo me permitió confiar en
que eventualmente sería capaz de saber.
Tras el estudio diagnóstico sugerí,
en la presunción de un trastorno psicogénico, iniciar
tratamiento pues cada mes implicaba una oportunidad perdida,
aclarando que en el tratamiento se haría evidente si el
cuadro era psicogénico u orgánico. Comenzamos con
dos sesiones semanales: últimamente, ante sus progresos
y en la expectativa de entrar a primer grado, los padres aceptaron
una tercera sesión semanal.
De la transferencia obturada al objeto precursor
Si bien, como ya señalé, no tuvo
dificultad en permanecer conmigo en sus sesiones, al comienzo
hubo sesiones donde no dijo palabra ni interactuó conmigo
ilustrando la obturación de la transferencia característica
de los niños autistas. Sacaba algún elemento de
la caja, luego otro, a veces esperando que yo tomara la iniciativa,
otras veces aparecía distraída, sin objetivos propios.
Ante alguna pregunta contestaba “no sé” a
boca de jarro, sin darse lugar a escuchar y comprender lo dicho.
Cuando tomaba algún títere le hacía gritar
enojada un “¡hola!!” y si yo respondía
o preguntaba, venía de inmediato el “¡no sé!”.
Luego los dejaba, sin desarrollar secuencias ni juegos.
A poco de comenzar, un día la acompañó el
hermano mayor, posibilitando observar en directo la simbiosis
fraterna. Sofía insistió en que “Alito” (Pablito)
entrara al consultorio con ella, cosa que nunca había
sucedido con su mamá. Accedí. Con total sincronización
al hablarme Pablo, Sofía repetía con expresión
de arrobo en perfecta ecolalia las últimas sílabas
de cada palabra; no parecía comprender el significado,
sólo estaba pendiente de repetir. Cuando Sofía
después dijo algo, Pablo traducía en simultánea.
Luego, mientras Pablo dibujaba en silencio, Sofía intentaba
repetir cada línea que él hacía, siendo
su dibujo totalmente incoherente.
En los primeros meses repitió una y otra
vez, casi sin variantes un dibujo, un “nene”, mientras
decía “aeza, ojo, a oca, a pena, ota pena” (cabeza,
ojo, la boca, la pierna, otra pierna) . Lo dibujado a veces asemejaba
una figura humana, otras veces los elementos quedaban dispersos
por toda la hoja. No parecía un intento propio de dibujar,
sino de repetir algo “enseñado” por otro;
esto se confirmó, creo, cuando diciendo que dibujaba una
casa le hizo ojos, boca y nariz, exactamente igual que al hacer
un “nene”.
Tras los tres meses se fue haciendo más
y más importante la mirada: me miraba a los ojos buscando
aprobación, y su vitalidad, o al contrario su desmoronamiento
respondían directamente a los intercambios visuales. Se
establecía pues un marco relacional mimético donde
recobraba en el contacto de mirada a mirada, en los magistrales
términos de Tustin (1981a, p. 79), su lugar en el "útero
de la mente de la madre", restableciendo en la transferencia
la identificación primaria con la analista-como-madre.
En el material que sigue se detalla el modo
en que desde el interior de dicho marco relacional mimético
pasó a organizar su universo en una división entre
objetos buenos y malos. El restablecimiento de la unidad con
el objeto materno a nivel de la identificación primaria
le aportaba un marco vincular, como precondición para
lograr universos permeados por emociones toleradas de amor y
odio. Y es dentro de dicho marco relacional, adoptando el papel
del agresor en una identificación con el área no-receptiva,
traumática, del vínculo materno, que pasa a actuar
su enojo desde el rol de mamá mecánica hacia los
muñecos y animales, tratándolos de modo seriado
sin distinguir individualidades,.
Una vez establecido el espejamiento mimético
dual con la analista-como-madre, la división entre objetos
buenos y malos pasó a darse claramente en el juego con
los títeres. Tomó el títere-tigre que me
saludó amistosamente - cosa que sucedió de ahí en
adelante; luego lo acostó porque “ele a aza, a omí ” (le
duele la panza, va a dormir), repitiendo la secuencia con un
títere con aspecto de señora y con el hada. Luego
tomó otro que puede ser un viejo o una bruja, lo sostuvo
ante su cara, y lo miró diciendo: “no me mia...
miáme, miáme” (no me mira... mírame,
mírame). Lo tiró con violencia - fue ésta
su primera crisis de rabia en sesión- yéndose enojada
a un rincón. Volvió y levantándolo se lo
puso otra vez delante gritándole que la mire, nuevamente
lo tiró con todas sus fuerzas contra el piso y se quedó largo
rato en el rincón. Luego tomó el tigre, la señora
y el hada diciendo que son amigos, que la miran. En cambio pateó y
pisó al viejo/bruja diciendo que es malo, no quiere mirarme,
no me mira, malo, malo: después que se fue, noté que
ese viejo/bruja tiene los ojos casi cerrados.
Se hizo así notorio que los objetos buenos
son aquellos que la miran y reconocen, en tanto que los objetos
malos son los que no la miran y por ende no la reconocen; fue
notorio también que la crisis de enojo con los títeres
la rescata del desmoronamiento.
Poco después, en lo que pareciera ser
un intento de discriminar su cuerpo, hizo dibujos del contorno
de su mano, volviendo luego a las figuras humanas con más
iniciativa personal, incorporando elementos adecuados y distribuidos
con cierta lógica. No obstante, cuando se refería
a números, siempre mostraba tres deditos (de cuando tenía
tres años) diciendo indistintamente: “osho, uno,
tes,” (ocho, uno, tres) o lo que fuera. Muy prolija y ordenada,
solía aludir a “limpio” o ”sucio”,
y no toleraba mancharse. Aprendía palabras nuevas en el
consultorio y las pronunciaba correctamente aun siendo más
difíciles, sin dificultades fonéticas: así,
ante una vaca y un ternero dijo: “a aca, ota aca”.
Le dije: “Si, esto es una vaca, pero este es el hijo de
la vaca, el ternero”. Repitió: ”A aca, el
ternero”.
Por esta época, notó al entrar
a sesión que su caja estaba entreabierta; por primera
vez lo comentó, cerrándola luego. Le pregunté por
qué mantenía encerrados a sus muñecos. Trató de
abrir la caja, dijo que no podía; no le ofrecí ayuda
y la abrió por sí misma. Sacó los muñecos
(Ken, Barbie y los dos bebés), los desvistió, y
los colocó panza abajo sobre mis muslos; les pegó,
enojada, con una bandeja, gritándoles: "a omí,
a omí" pues se portaban mal por no dormir. Asintió cuando
le dije que parecía querer estar a solas conmigo, sin
mamá, sin papá, sin hija, sin otra hija (así llama
a los muñecos). Puso la bandeja sobre los muñecos
y la golpeó gritando "a omí, a omí";
cada vez más furiosa, tiró los muñecos adentro
de la caja, y se enfureció con el cierre cuando se atrancó.
Consiguió cerrarlo, llevó la caja al rincón
más alejado y le gritó que se quedara ahí,
volviendo más relajada. Le dije que ahora que toda esa
gente no está, ahora que está sola conmigo, está más
tranquila. Asintió, buscó sus marcadores y "escribió" papá.
Se pintó su dedo sin darse cuenta, dijo temerosa que estaba
sucio, le comenté con calma "si.... un dedo pintado".
Tras mirarlo con cierta sorpresa se pintó dedos y palmas,
pidiéndome que le pintara a Pablito en una palma y a Santiago
en la otra; luego fue a lavarse. A continuación encontró un
mazo de cartas, propuso que jugáramos y repartió seis
o siete cartas a cada una. Con aires de jugadora veterana me
dijo que comenzara; puse una carta sobre la mesa y ella puso
otra, puse otra más y ella también, y así siguiendo
hasta terminar las cartas. Pregunté quién había
ganado y respondió "yo gané". Pregunté por
qué y contestó con expresión maliciosa "no
sé, no sé cómo es el juego", y se río.
La imitación en espejo dejó así lugar a
un protagonismo personal incipiente desde el rol de jugadora
veterana, y a un reconocimiento de la existencia de reglas externas
a ella, vislumbrándose en el humor una distinción
de niveles. Que tales esbozos de juego quedaban en nada si yo
no lo recogía y hacía una propuesta, en cuyo caso
la aceptaba sin condiciones, prioriza la operatividad transferencial
del vínculo materno abriendo el espacio hacia la transicionalidad
(Winnicott 1953).
De la mimesis transferencial
hacia la individuación
y la formación de símbolos
Tras el quinto mes los interjuegos de la mirada
pasaron por vía de la mimesis corporal a ocupar el centro
de la escena analítica. Entró contenta. La saludé y
le pregunté como estaba. Por primera vez contestó: “bem” (bien).
Se sentó en su sillita enfrente mío, como habitualmente.
Me miró con ojos brillantes, expectante. Noté que
tomaba mi misma postura, como en espejo: el codo izquierdo apoyado
en la mesa con la mano hacia el cuerpo, el codo derecho también
apoyado, el brazo vertical y el mentón sobre la mano.
Esperé. Ella también. Cuando cambié algo
la postura pareció perder sostén, se le veló la
mirada y se fue desmoronando. Miró al piso, y lentamente
volvió a mirarme, con la mirada apagada. Sentí la
necesidad de modular la tensión diciendo: “¿qué estamos
haciendo?”. Se le avivó un poco la mirada, creo
que esperaba una propuesta mía: como no la hice, sus ojos
otra vez deambularon mirando el piso. Esperé: parecía
ser la única forma de que poco a poco tuviese iniciativas
propias, tendiendo a discriminarse. Creo que ambas sentimos la
tensión flotando en el aire. Tras tres o cuatro minutos,
me miró; le sonreí, pero no le hablé. Su
mirada recorrió mi cara, mis manos. Le dije que me parecía
que Sofía no puede pensar qué hacer porque eso
la asustaba, por eso esperaba que yo dijera algo.
En este momento pareció acceder a cierto
protagonismo personal, inicialmente mediatizado a través
del títere. Se le iluminó la cara, se levantó y
se acercó a su caja diciendo: “vo a sacá iere
(voy a sacar el títere)”. Sacó el hada, se
acercó sonriendo diciendo: ”hola”. Le contesté,
dirigiéndome al títere: “¡hola! ¿qué hacés?”.
Sofía replicó: “no sé”. Le pregunté al
hada “¡Ah! ¿y cómo te llamás?” y
contestó “Lola”, adjudicando por primera vez
un nombre: Lola es su amiguita del jardín a quien, decían,
seguía a todos lados. Pregunté al hada “¿y
qué vas a hacer?” respondiendo: “Vo a buja" (voy
a dibujar)”, hablando como si fuese el títere. Luego
se sacó el títere y lo sentó en la mesa,
tomó una hoja y un lápiz azul y dibujó una
figura humana mientras enumeraba lo que hacía, no hablando
ya por el títere sino por sí: “vo a buja
a Lola: a abeza, a mano, a pé, a naí...”.
(Voy a dibujar a Lola: la cabeza, la mano, un pié, la
nariz). Le dije “parece que Lola decidió dibujar,
y ahora Sofía también dibuja”. Me miró a
los ojos, la mano con el lápiz en suspenso... parecía
pensar lo que le dije. Le dibujó pelo alrededor de la
cabeza, dice: “es mamá”. Lo miró, quedó unos
instantes en silencio, luego dijo: “es Iago” (Santiago,
el hermanito menor). Aquí aparecieron directamente los
celos primitivos, siguió dibujándole pelo cada
vez con más fuerza, hizo rayones, le rayó la cara,
tomó el lápiz con toda la mano y lo clavó en
el dibujo hasta romperle la punta. Le dije “dibujaste a
mamá, a Santiago, te enojaste con Santiago, lo rayaste
y rompiste todo, a lo mejor querés ser vos la bebita de
mamá”. Sofía asintió y rompió la
hoja en pedazos. En cada pedacito de papel dibujó un “Iago” chiquito,
lo cortó en más pedazos. Le señalé: “me
parece que tenés miedo de que mamá tenga más
bebitos”. Sofía juntó los pedazos, se bajó de
la silla y tiró todo al papelero, recogió cada
pedacito caído afuera hasta que estuvieron todos en el
papelero, y me miró con cierto aire de triunfo.
Enfatizando la palabra “dibujados” le
dije que sentía que “a estos Santiagos chiquitos
dibujados los podés tirar a la basura”. Se trepó a
la silla, buscó dos marcadores gordos, diferentes al resto.
De uno, que es naranja, dijo que no sabía de qué color
era, pero que era igual a la tijera, “¿que oló e?” Le
dije que naranja. Dijo: “y ete e azul”. Es cierto,
es azul. Dibujó un sol, y otro sol que guardó en
la carpeta. En otra hoja volvió a dibujar a Santiago,
me pidió que dibujara a su mamá, cosa que hice.
Sofía hizo un “Iago” muy chiquito, buscó cinta
adhesiva, cortó un pedacito y preguntó: “como
va?”, refiriéndose a de qué lado tenía
el pegamento. Contesté: “no sé, no la estoy
tocando”. Me miró desconcertada. Le dije: “Parece
que no te animás a darte cuenta sola de como va”.
Mirándome a los ojos buscando sostén tocó la
cinta durante varios minutos, sin mirarla. Había una fuerte
tensión. Finalmente miró la cinta pegada a sus
deditos, la despegó, la dio vuelta, la pegó sobre
el dibujo del hermano, diciendo bajito: “así va”.
Cortó otro pedacito, lo tocó de ambos lados, me
miró, todo en un ritmo muy lento y concentrada, finalmente
dijo: “así va”. Esto se repitió varias
veces, el ritmo fue en aumento, se rió. Le dije que estaba
contenta de darse cuenta sola como va. A este dibujo del hermano “inmovilizado” no
lo rompió sino que lo guardó en su carpeta.
Tras siete meses de tratamiento asistimos a
cambios relevantes: la desvitalización y el desmoronamiento
eran mucho menos frecuentes, su vocabulario se había enriquecido
notablemente, y aunque seguía pronunciando mal ya sostenía
diálogos. A esta altura su protagonismo en sesión
se había trasladado ya a su vida diaria, pues los padres
estaban preocupados porque se había vuelto muy peleadora,
especialmente con Pablo; me dijeron que al llevarle la contra
llegaba a sostener como reales situaciones inexistentes o equivocadas.
Veamos ahora una sesión tras las vacaciones.
Entretanto había comenzado sala de cuatro, condicionándose
a su desempeño el pasaje a preescolar al año siguiente.
Entró contenta, tomó los almohadones
del diván y los apoyó contra las patas de la mesa
armando una casita. Se metió adentro, dijo que íbamos
a dormir y que yo me acostara afuera delante de la "puerta" con
mi abdomen apoyado contra la misma, cosa que hice. En un par
de ocasiones anteriores Sofía había hecho algo
similar, señalándole entonces que así se
sentía segura como un bebé en la panza de la mamá.
Permanecimos un rato en silencio; dicha escena, donde la casa
continuaba en forma directa mi barriga, aparecía como
una puesta en acto re-experiencial, al modo de una situación
de comunión intrauterina (Tustin 1986, p. 210).
Luego salió, tomó una hoja y dijo
que me iba a dibujar a mí, “eta o vos” (esta
sós vos), mostrando el recurso a los pronombres personales
más tolerancia a la diferencia entre ella y yo. Me hizo
panza, manos, pelo. Arriba “escribió” mi nombre
y al costado el suyo. Tomó otra hoja y lo dibujó a
Santiago. De lo que parecía ser una gran boca abierta
dijo que era “una ota naí”, tenía pues
dos narices. Dio vuelta la hoja y copió el contorno de
su mano. Luego pidió que yo apoyara mi mano e hizo el
contorno, así varias veces, una arriba de la otra. Volvió a
tomar la lapicera verde, hizo una raya, dijo que era “Iago” y
comenzó a clavarle la lapicera: “andate, andate,
no queo a Iago” (andate, andate, no quiero a Santiago).
La tiró al piso muy enojada. Buscó las témperas,
me pidió que le trajera agua. Se pintó con mucha
dedicación un dedo de verde. Esto era nuevo, siempre fue
muy limpia y prolija; es más, si accidentalmente se manchaba
un dedo lo limpiaba o lavaba antes de seguir adelante. Dijo que
está todo verde, luego se pintó una uña
de negro y me preguntó que color era, “no sé,
o decí” ( No sé, vos decí). Le dije
que tal vez sabía, pero que esto de saber se lo deja a
los otros. Me miró con expresión pícara
y dijo “sí”. Se pintó todos los dedos
hasta terminar la pintura, e hizo manchas con los dedos en la
hoja; recién al secarse y resquebrajarse la pintura fue
al baño a lavarse.
En este contexto de individuación - que
incluye como vemos los intentos de delimitación del propio
cuerpo - lo que sigue ilustra la dinámica de la desimbiotización
y la formación de símbolos. Al volver se sentó en
el diván y me dijo que me sentara a su lado. Como había
estado enferma, me surgió preguntarle si había
ido al jardín. En automático, como solía
hacerlo, contestó “no sé” y comenzó a
hacer pruebas sobre el diván, poniéndose cabeza
abajo con las piernas contra la pared. Le dije que es fácil
decir no sé, pero si pensaba iba a saber y a poder contestar.
Siguió haciendo pruebas, dijo: “e que no ero pensá!”(es
que no quiero pensar). Tras un silencio se sentó a mi
lado y dijo: “no sé, ecí o, no ero pensá” (no
sé, decí vos, no quiero pensar), proponiendo que
jugáramos a que yo era su mamá y ella mi hija de
dos años. Le dije que así yo, su mamá, pensaba
por ella. Se rió: “ale, uamos” (dale, jugamos.)
Se arrodilló en el piso para ser más chiquita,
como gateando, hizo como que lloraba, me tocó la rodilla
y pidió: “eshe, eshe” (leche, leche), le dije
que quería que yo fuera la mamá que sabe donde
está la leche, cómo dársela, y ser ella
el bebé de dos años que no quiere pensar. Siguió llorando
pidiendo leche. Le alcancé una tacita de la caja. Sofía
se “tomó” toda la leche y me devolvió la
taza. Se paró y tomándome la mano dijo: “aoa
amo a paseá” (ahora vamos a pasear). Le dije: “bueno,
parece que esta bebita está más grande, ya sabe
pedir ir a pasear”. En la sesión siguiente revirtió el
juego: ella fue mi mamá enseñándome a armar
un rompecabezas.
Veamos una sesión a los catorce meses
del inicio, ilustrando la manera en que los logros implican una
individuación brusca, que se vuelve intolerable. Entró contenta,
como era ya habitual, preguntándome qué quiero
hacer. Cuando le dije de proponerlo ella, respondió "el
doctor", por entonces su juego cliché: ella sería
el doctor, con una hija llamada Carolina. La hija mía
se había lastimado una mano, debía llevarla a curarse,
a ponerse una curita; sin saberse cómo, Sofía dejaba
de ser doctor pero seguía siendo la madre de Carolina,
nos servía café y el juego parecía agotarse.
Sacó el pizarrón, se animó, y tomó la "mejor" tiza
diciendo que iba a escribir "Carolina" (cuando decía
que iba a escribir hacía un garabato; había sí aprendido
las letras de su nombre, a veces pretendía escribir en
sesión en combinaciones azarosas). Me pidió que
le dijera cómo se escribía. Le mostré las
letras, ella las copió laboriosamente y luego me preguntó si
decía "Carolina". Le dije que sí, se
mostró contenta y me pidió que escribiera algo.
Escribí "Sofía", miró, dijo "no
sé leer", luego se le iluminó la cara y dijo
con tono de sorpresa: "Sofía!"; le dije que
sí, luego ella misma escribió "So-fí-a".
Muy contenta, me mostró los números en una cartilla
reconociéndolos correctamente del 0 al 9. Estuvo muy feliz
hasta que se dio cuenta de todo lo que había hecho por
sí misma; sucedió entonces algo intenso y sorpresivo:
se angustió, su mirada se volvió opaca, y tuvo
una fuerte crisis-de-ser-dos en el modo de la pataleta: hizo
una descarga muscular revolviendo violentamente lo que estaba
en la caja, se puso en cuatro patas y dio vueltas por el consultorio
ladrando. Le dije "¿qué pasó ... pasó que
sabés hacer cosas y que cuando te das cuenta de que las
hiciste te asusta?". Se sentó en el suelo sobre sus
piernas, me miró con mucha seriedad y quizás con
tristeza, y con una vocecita dijo: "¿podemos jugar
a que soy una bebita y vos sós mi mamá?. Le dije
que parecía asustarle ser independiente y por eso tenía
que volver, aunque fuese jugando, a ser una bebita con una mamá que
la cuida y toma todo a su cargo. Me escuchó, miró en
derredor, e insistió: "vení, jugá".
En ese momento oímos la voz del hermanito en la sala de
espera que venía con la mamá a buscarla, dijo "llegó mamá" y
salió corriendo. Cuando llegué a la sala de espera
Sofía estaba sentada en el cochecito del hermano y me
miraba triunfalmente - quizás también burlonamente
- como diciendo "mirá dónde estoy ".
A esta altura se dio un cambio sustantivo en
su espontaneidad. La familia comenta cuán vivaz se volvió Sofía,
quien ahora cursa el pre-escolar donde su actual maestra la ve
como una niña como las otras y no entiende por qué está en
tratamiento.
Comentarios conceptuales
Intentando mantener el contacto con los hallazgos
clínicos según requería Freud de la indagación
psicoanalítica, permanecer "cerca de los hechos de
su campo de estudio" (1923, p. 253), nos referiremos al
ciclo autismo-simbiosis transferencial-individuación en
el proceso clínico, para luego hacer breves comentarios
diagnósticos. Es central que el acceso al conflicto en
el marco de un vínculo emocional continente abre la vía
de la evolución psíquica.
Ampliar el concepto de Gaddini del objeto precursor
permite aunar la noción freudiana de la identificación
primaria con su concepto tardío amplio de un inconsciente
no reprimido, e integrar las ideas de Matte-Blanco (1975, 1988)
respecto de la operación del inconsciente en términos
de funciones proposicionales en vez de en términos de
individuos. Desde el punto de vista mattiano no sorprende que
la receptividad de la analista - o la del hermano mayor - pueda
encarnar mejor el "objeto maternal", en aspectos emocionales
y relacionales centrales, de lo que puede encarnarlo una madre
voluntariosa pero emocionalmente lisiada. Esto aparece en sesión
en las vicisitudes de la imitación y del espejamiento,
en la patética necesidad de Sofía, para sentirse
integrada y psíquicamente viva, de sentirse reconocida
por la mirada de la analista como marco más general, siguiendo
lo cual oscila desde una vitalidad mimética hasta un colapso
desvitalizado.
Pudimos discernir un primer paso importante
hacia los tres meses de tratamiento (p.7), señalando el
establecimiento del objeto precursor, en el sentido ampliado
que damos al término. Por ese entonces, como dijimos,
Sofía buscaba constantemente la aprobación de la
mirada de la analista, y según se diera o no ese reconocimiento
lograba vitalidad o caía en la desvitalización;
además, comenzó a saludar amistosamente a la analista
por intermedio del muñeco tigre. En tal contexto siguió actuando
sobre dicho muñeco, y luego sobre la señora y el
hada, su identificación con la madre con ceguera psíquica
como "oponente victorioso más fuerte", interpretándolos
al modo serial en términos de necesidades corporales sin
distingo de diferencias individuales, y luego mandándolos
a dormir.
Concomitantemente con el establecimiento transferencial
del objeto precursor (encarnando para nosotros las funciones
de la "base" descripta por Money-Kyrle en 1968, véase
Ahumada 1984) asistimos al surgimiento de dos universos psíquicos,
poblados por objetos amigables buenos y por objetos malos persecutorios.
Como componente del deslinde de los objetos persecutorios asistimos
a la primera explosión de rabia en sesión, dirigida
hacia el viejo/bruja persecutorio. La divisoria entre los objetos
amistosos buenos y los persecutorios malos pasa por si otorgan
o no otorgan reconocimiento, y es evidente que la explosión
rabiosa provee una alternativa psíquica a su usual derrumbe
desvitalizado.
Un segundo paso, también atinente al
nivel de mimesis actuado en la dinámica de la mirada,
se dio en el quinto mes de tratamiento. En lo que parece ser
un desarrollo del objeto precursor en la transferencia el vínculo
con la analista es ahora más elástico en cuanto
a su ausencia entre las sesiones, y Sofía responde "bien" al
saludo. Es obvia la fusión visual espejando en la postura
de la analista, su tomarla como fuente de toda iniciativa, y
la tensión agónica cuando no le provee guías
para actuar. Interpretar sus temores ante su propio pensar y
la consecuente dependencia de las iniciativas de la analista
la ayudó a tomar iniciativas propias, incluso dar por
primera vez un nombre a su muñeco, "Lola", el
nombre de su amiga simbiótica cuya personalidad actúa
en ese momento. Allí dibuja a la madre y luego al hermanito
menor, a quien ataca: primero con el lápiz, luego rompiendo
en pedazos la hoja y tirándolos a la papelera. Sigue un
nuevo dibujo de la madre y un Santiago muy pequeñito,
y enseguida la escena trascendente con el trocito de cinta adhesiva
con el hallazgo, para ella sorpresivo, de que la analista no
puede saber de qué lado de la cinta adhesiva está el
pegote, dado que no la toca. A partir de ahí comienza
a diferenciar sus acciones de las de la analista, y presumiblemente
su cuerpo del de la analista-mamá, en un proceso de descubrimiento
que reitera con cuidado varias veces. El dibujo de Santiago "inmovilizado" parece
haber perdido sus peligros, pues lo guarda en vez de romperlo.
La sesión tras las vacaciones de verano,
a los seis meses de tratamiento, muestra nuevos pasos en su discernirse
de la identificación primaria con la analista como objeto
precursor, marcando el pasaje, oscilante y plagado de resistencias,
desde el uso de la analista como objeto precursor hacia su uso
transicional, en el camino hacia la separatidad. Adscribe ahí a
la analista un nombre que pasa a "escribir" en su modalidad
de copia. Pintarse manos y dedos como modo de diferenciarse respecto
de la madre-analista tanto en sus acciones cuanto en su corporeidad
constituye un descubrimiento quizás no menos relevante.
Descubrir la espontaneidad y la separatidad corporal desencadena
una serie de volteretas, al tiempo que sigue blandiendo su cliché favorito "no
sé". De todos modos, que diga "no sé,
decilo vos, yo no quiero pensar" muestra que ahora capta
en mayor medida la función de su cliché. A continuación
dramatiza los motivos de su postura anti-pensamiento, pidiendo
que la analista sea la madre y ella su hija de dos años,
y que le dé leche.
Por motivos de espacio, pasemos ahora una sesión
a los dieciséis meses del inicio, retomando en un nivel
más alto de autodiscriminación y de formación
de símbolos los procesos y las magnas resistencias que
esto ocasiona. En el juego del "doctor", en el rol
de madre de su hija Carolina vio de pronto el pizarrón,
se iluminó, preguntó a la analista como se escribía
el nombre Carolina y copió con cuidado las letras. En
este contexto emocional, cuando la analista escribió luego "Sofía",
de pronto pudo por primera vez leer su nombre, y luego escribirlo.
Una intensa turbulencia emocional y una actuación regresiva
violenta sucedieron una vez más al proceso de descubrimiento:
aunque como vimos incluyó una fuerte descarga motora poniéndose
en cuatro patas y ladrando cual perro, pudo pronto retomar la
continencia a nivel del juego diciendo a la analista "vení,
jugá".
Coincidiendo con el viraje hacia la transicionalidad
de los fenómenos en el espacio analítico y la expansión
del espacio personal de Sofía, se atenúan las ansiedades
persecutorias. Al acercarse la Navidad, pudimos ver que el otrora
persecutorio viejo/bruja, a quien había tirado al suelo
en una crisis de furia porque no la miraba, pasaba a incluirse
en el juego/celebración, metamorfoseado en un Papá Noel.
La instalación en la transferencia del
objeto precursor con la consiguiente evolución del vínculo
analítico hacia los fenómenos miméticos
y luego hacia los fenómenos transicionales en el camino
hacia el ser-dos o, en la terminología de Anne Álvarez,
hacia la agencia sobre la propia mente (1995, p. 242), lo que
se podría llamar el "trabajo del ser-dos" fue
eje de esta presentación clínica. Los procesos
del descubrimiento de la separatidad y de la espontaneidad, el
logro de la formación de símbolos, y el acceso
a la agencia sobre el propio psiquismo implican turbulencia emocional
pues el progreso en el trabajo del ser-dos acarrea la perdida
del vínculo mimético.
Mencionemos al pasar que la ruptura por parte
de Sofía del vínculo mimético con su hermano
mayor no pasó desapercibida para éste . Cuando
acompaña a la madre al consultorio para buscar a Sofía,
su resentimiento hacia la analista resulta notorio.
¿Es Sofía un ejemplo genuino de
autismo psicogénico? Así lo pensamos, basándonos
en el diagnóstico inicial y en el curso de su análisis.
Aunque no pertenece al extremo más enfermo del autismo
psicogénico, su inhibición en el aprendizaje la
relegaba al papel de "tontita". Y si bien puede haberle
sido útil que un hermano mayor aportara una simbiosis
fraternal permitiéndole establecer vínculos miméticos
(con su amiga Lola en el jardín de infantes y luego con
la analista), tal satelización no permitía el desarrollo
emocional.
Pensamos que el de Sofía es un cuadro
no infrecuente de autismo, y el hecho de que surgiera en un medio
familiar bastante receptivo no mejora las cosas. No podemos ubicar
traumas tempranos: fue hospitalizada por neumonitis al año
de edad, sin impacto psíquico discernible. Es relevante
que no haya habido un objeto transicional ubicable. Hay sí un
trauma temprano neto en la historia de la madre, la muerte súbita
de su padre en su infancia; en qué medida eso contribuyó a
su ceguera psíquica (donde, entre otros hechos, no les
habla a los bebés "porque no entienden") es
por supuesto un tema conjetural. Suponemos sí que pese
a la indudable buena voluntad de la madre su ceguera psíquica
conformó para Sofía un trauma acumulativo llevándola
a la mimesis y a la simbiosis patológica. Usamos aquí el
término simbiosis en el sentido que emergió en
Budapest hacia la época de la muerte de Ferenczi y entró en
uso corriente en la literatura psicoanalítica con el trabajo
de Margaret Mahler "Autismo y simbiosis: dos trastornos
extremos de la identidad" (1958), y no en el sentido de
Bion en 1962 cuando distingue los vínculos comensal, simbiótico
y parasitario. Tal como lo usó Margaret Mahler, el término
simbiosis incluye lo que para Bion serían los vínculos
emocionales simbiótico y parasitario.
Más allá de que la simbiosis inicial
con la madre pueda haber tenido un carácter patológico,
se dio sí luego con su hermano Pablo en el papel de intérprete
integral; más adelante, con su amiga Lola como líder
e intérprete en el jardín de infantes, y tras un
período inicial correspondiente a la transferencia obstruida
(Tustin 1988), con la analista.
Resumiendo, tres dimensiones principales se
hacen discernibles a partir del momento en que un "contexto
de estar-juntos" [context of togetherness] (Tustin 1986)
comienza a operar en la sesión:
A) Se establece un marco relacional
amplio de espejamiento mimético, sostenido en el contacto de mirada
a mirada, restableciéndose la identificación primaria
en el vínculo con la analista-como-madre.
B) Desde dicho marco relacional
mimético
Sofía consigue establecer "desde sí" universos
poblados por objetos benignos y persecutorios, y pasa a protagonizar
el rol de la madre-con-ceguera-psíquica respecto de muñecos
y animales, sin distinguir individualidades.
Tales actuaciones vehiculizan, en términos
de Ferenczi (1932), la zona del trauma en una "identificación
con el oponente victorioso más fuerte". Estando en
juego una carencia de empatía más que agresiones
directas del objeto materno, dicho término resulta más
apto que el de Anna Freud (1936), identificación con el
agresor. Esas actuaciones corresponden, en el esquema de Bion
(1965), al ámbito de las transformaciones en alucinosis,
donde no se tolera ni se logra el aprendizaje por la experiencia.
Las actuaciones en marcha, que implican una transposición
de self y objeto (Ahumada 1980), son un muro de desconocimiento
erigido ante el dolor de contactar el desgarro de la crisis de
ser-dos.
Lo de Sofía no corresponde a un autismo
encapsulado ni a un autismo entremezclado, esquizofrenoide. El
diagnóstico inicial implicó distinguir estupidez
y pseudo-estupidez: en el primer caso sería sólo
entrenable, abriendo el segundo un horizonte amplio a través
del tratamiento analítico. De hecho, poder usar la situación
analítica decidió un pronóstico esperanzado.
Surge pues la pregunta ¿cómo ubicar a Sofía?
No nos es útil la afirmación de Mahler (1975) de
que las psicosis simbióticas pueden llevar hacia un autismo
secundario; aquí encontramos, tal como halla Tustin en
el autismo, "muy poquita cabeza" y un vacío
de fantasías, así como una transferencia "obstruida" (1988,
p. 103-104): el componente simbiótico es la parte más
sana de su psiquismo, abriendo la puerta al progreso. Puesto
que mucho del sostén emocional inicial se da en espejamientos
miméticos con el objeto materno en la transferencia, consideramos
la situación de Sofía como un autismo mimético,
dado que conjuga la pseudoestupidez como síntoma autístico
central y la mimesis como dinámica relacional predominante.
Pasemos a algunos comentarios finales.
Primero, en cuanto a la técnica: aunque
no nos explayemos en el tema, mencionemos sí que coincidimos
con Tustin respecto de la centralidad del "calce" analítico,
y en evitar las interpretaciones prematuras (1981, p. 171). Este
tema se amplía en otro trabajo (Autor 2003) que estudia
la resolución clínica de un caso de fetichismo
infantil surgido al final del segundo año de vida.
En segundo lugar, lo observado en nuestros consultorios
y las noticias periodísticas apunta a un notorio aumento
en la incidencia del autismo. Así, el número de
niños bajo atención estatal en California con este
diagnóstico aumentó 556% en diez años (Cowley
2000, p. 46). Argumentar que esto se debe a un mejor diagnóstico
soslaya un asunto fundamental. Coincidimos con Gaddini (1984)
en que los trastornos autístico-miméticos van en
camino de convertirse en el signo de la época, y con Symington
(1993) en ubicar los trastornos autísticos en la base
de las escisiones narcisísticas. La creciente intolerancia
al encuadre clásico en las últimas décadas
(Etchegoyen y Ahumada 2002) parece ser la consecuencia.
En tercer lugar, desde la actual primacía
de las neurociencias en los medios periodísticos se sostiene
que la psicopatología en general, y el autismo en particular,
son enfermedades cerebrales genéticamente determinadas
- y esto se da pese a las evidencias actuales de que la organización
cerebral misma depende de las experiencias emocionales tempranas.
En tal enfoque la idea de autismo deviene un cesto para todo
uso, en tanto que el término "cerebro" pasa
a usurpar el lugar y la función de lo psíquico.
Tal enfoque adolece de ceguera psíquica y se valida a
sí mismo. En el caso presentado el cuestionamiento del
mito "genético" por parte de una abuela atenta
abrió la puerta a que Sofía evolucionara en un
proceso analítico: de no ser así, es de suponer
que la pseudo-estupidez hubiera seguido su curso hasta fijarse,
autovalidando la etiología "genética";
destino que hubiera sufrido como lo sufren otros niños.
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