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La historia oculta en el cuerpo.

 

 

Dr. Luis A. Chiozza

 

 

La enfermedad no es un accidente que irrumpe desde afuera en el rumbo de una vida, sino una vicisitud biográfica dotada de sentido. El hombre enfermo lleva en su cuerpo una historia que no puede soportar: sus órganos expresan lo que sus labios callan. La gran mayoría de la comunidad civilizada interpreta que enfermar es sufrir un proceso que la ciencia concibe como el efecto de una causa. Un proceso de cuyo tratamiento se ocupan los médicos.

Gracias al desarrollo de la ciencia y de la técnica, la medicina puede hacer hoy por el enfermo muchísimo más de lo que ayer hubiéramos podido siquiera imaginar. No sólo ha descubierto la penicilina, el scanner, el transplante cardíaco, la cirugía con rayos láser o los anticuerpos monoclonales. También ha comenzado a descubrir que las enfermedades físicas son manifestaciones de un drama oculto que compromete la vida entera del enfermo.

Muchas enfermedades son rápidamente “derrotadas”, pero a medida que la medicina progresa en su capacidad de responder a cómo se ha producido una enfermedad, va quedando cada vez más insatisfecha la antigua pregunta, con la cual la enfermedad siempre nos enfrenta: ¿por qué ha sucedido?.

Alguien preguntará, por ejemplo: “¿Por qué me he enfermado de difteria?” “Porque se ha contagiado”, se le contestará. Pero en realidad el contagio no es razón; el contagio no ocurre en todas las circunstancias ni en todas las personas expuestas a él. Si se indaga un poco más, se verá quizá que hay un terreno propicio, una debilidad. Pero si uno va hasta el fondo del asunto, ve con toda claridad que la razón última no se conoce.

No basta con decir que nos hemos contagiado, o que hemos tomado frío, o tuvimos mala suerte, o malos hábitos, o una predisposición que nos viene de familia. Volvemos entonces a preguntamos: ¿por qué? O sea, ¿cuál es el significado de la enfermedad, en función de la persona completa que somos, y no en función de un mecanismo expuesto a los avatares físico-químicos, al traumatismo o al desgaste?.

Estamos acostumbrados a pensar que una enfermedad es un trastorno material; y cuando aceptamos que lo psíquico influye sobre el cuerpo, pensamos en lo psíquico como en una fuerza capaz de generar una alteración en la maquinaria de nuestro cuerpo. Aunque admitimos que lo psíquico puede ser una causa, nos cuesta creer que “por sí solo” pueda generar una enfermedad “en serio”, en la cual intervengan, por ejemplo, los microbios.

Tal vez -pensamos- lo psíquico pueda haber iniciado el proceso que conduce a la enfermedad, a través del vicio, del abandono o del descuido, pero una vez que ella se ha establecido, el tratamiento requiere algo más -nos decimos- que psicoterapia.

Durante el ejercicio de la medicina nos hemos habituado a pensar que la mejor terapéutica es la etiológica, la que apunta a corregir la causa. Nuestra tarea consiste entonces en identificar el trastorno, descubrir su causa, y suprimirla para hacer desaparecer el efecto.

Freud, investigando la histeria, descubrió que sus pacientes “padecían de reminiscencias”. Existía un grupo de ideas, separadas del resto de la vida consciente por haber sido reprimidas, recuerdos intolerables como tales, que encontraban una vía de salida convirtiéndose en los síntomas.

El lenguaje que Freud empleó para explicar estos casos conservaba todavía el estilo teórico propio de un modelo físico del mundo, pero su certera intuición, su formación humanística y su inclinación natural a la observación de la realidad clínica, lo condujeron hacia una concepción que trascendió ampliamente el modelo de una relación causal. Freud incidió decididamente en un tipo de pensamiento que con los años, y con el aporte de autores de muy diversas disciplinas, se perfilaría como una “concepción lingüística” del mundo. Según ésta, a pesar de que solemos explorar el universo como si se tratara de una gigantesca maquinaria de reloj, no debemos olvidar que es igualmente fructífero, para el avance de nuestros conocimientos, contemplar sus fenómenos como otros tantos signos lingüísticos que remiten a una unidad de sentido.

“El conocimiento de lo que una enfermedad concreta representa como capítulo de la biografía de un hombre suele ser más importante que obtener su alivio.”.

Así, comprender un infarto no es comprender “cómo” se produjo -la mecánica del paro cardíaco, o la causa que lo desencadenó- sino “porqué” o “para qué” se produjo. Tal vez., porque hay en la vida de ese individuo algo ignominioso, algo intolerable que no quiere ni puede reconocer. Los permanentes cólicos renales, ¿no estarán hablando de una ambición inconfesable? Esos trastornos hepáticos recurrentes, ¿serán la única forma que alguien encuentra para manifestar su envidia escondida?.

Si los gestos de una persona dicen casi siempre mucho más que sus palabras, las enfermedades que “padece”, como si fueran gestos realizados con los órganos, dicen lo que ella no puede decir ni decirse a sí misma. Porque si pudiera, no habría enfermedad.

Las historias de nuestros pacientes muestran que la enfermedad del cuerpo es también una forma de lenguaje. En la historia de una vida la enfermedad parece haber sobrevenido como un accidente indeseable que interrumpe, de manera inesperada, el hilo de los propósitos y de las intenciones. Sin embargo, una vez que hemos aprendido a leer en ese idioma, la enfermedad se nos presenta como un capítulo que forma parte indisoluble de una biografía, completando la trama de la historia con un significado más rico. Como ocurre con las novelas policiales, cuando la investigación, larga y fatigosamente realizada, finaliza, y se reconstruye el sentido del suceso misterioso o absurdo, todo parece sencillo. La enfermedad deja de ser el acontecimiento ajeno que irrumpe desde afuera de la propia vida, para convertirse en un drama que le pertenece por entero.

A veces podemos suprimir los síntomas de una enfermedad sin que la enfermedad misma haya mejorado. Cuando la enfermedad “desaparece” por haberla “aislado” o “combatido” -como si se tratara de un enemigo que sólo afecta a una parte de nuestro territorio físico-, el drama que se oculta en ella suele empeorar. Aliviar al paciente de su enfermedad puede implicar obligarlo a que haga otra.

El caso del paciente que, operado con éxito de un antiguo trastorno de su vesícula biliar, cuando ya podía “estar tranquilo”, debe cambiar de especialista para tratarse la hipertensión arterial que luego le surgió, es tan típico como el del que se enferma inmediatamente después de haberse jubilado.

La biografía está formada por capítulos que están unidos como los eslabones de una cadena. Por este motivo, el conocimiento de lo que una enfermedad concreta representa como capítulo de la biografía de un hombre suele ser más importante que obtener su alivio.

La cultura humana es producto del ejercicio de dos facultades: la palabra y la mano. En el curso de la evolución, el hombre adoptó la posición erguida; por ello, y porque puede oponer el pulgar al resto de sus dedos, su mano es capaz de empuñar una herramienta. Durante una época bien definida: del desarrollo humano, la tarea magna consistió en transformar en poder la inermidad del hombre frente a la naturaleza. Mano, herramienta, técnica, ciencias naturales y lógica, son los jalones de ese desarrollo.

El poder técnico del hombre, que es hoy conmovedor, precipitó multitud de efectos colaterales, como la contaminación del ambiente y las necesidades artificiales de consumo, que son en nuestros días un motivo constante de preocupación. En ese mundo técnico, el norte racional de nuestra vida es la idea de que el progreso y el bienestar dependen, fundamentalmente, de la adquisición y el dominio de las cosas.

Pero el hombre típico de nuestra época siente que, en la medida en que aumenta la cantidad de cosas que posee y el dominio que adquiere sobre ellas, se le hace cada vez más difícil encontrarle un sentido a la vida.

Ahora bien: no sólo se hace con la mano, también existe el poder transformador de la palabra, que es el único acceso al mundo de la historia. Y así como el ejercicio de la mano evoluciona hasta engendrar el mundo de la técnica, representado en el “cómo” se hace, la función de la palabra genera el universo del motivo y del sentido, representado en el “por qué” y el “para qué” se hace.

Solemos decir que “no sólo de pan vive el hombre”, y es cierto, porque en nuestro interior existe un anhelo de trascender los límites de nuestra existencia personal, que no se contenta con bienes materiales. El drama que se oculta en toda enfermedad nos enseña que vivimos siempre, lo sepamos o no, para alguien a quien dedicamos lo mejor de cuanto hacemos, y que llevamos dentro una vocación de trascendencia cuya insatisfacción nos arruina.

 

Artículo aparecido en marzo de 1991en la desaparecida revista “Ser uno mismo” nº 12.

http://www.renaser.cl/articulos/ciencia/historia.html

 

 

 

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