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Michael Balint o El Fin del Análisis como Espejismo del Amor.

 

Lola López, Barcelona

 

Conocer las aportaciones que algunos analistas hicieron al psicoanálisis permite estudiar las divergencias en el contexto histórico en el que se gestaron y analizar su origen y fundamento. Es evidente que las diferentes corrientes surgen de las diferentes formas de interpretar los conceptos freudianos y han producido, por otro lado, otras tantas variaciones en la clínica psicoanalítica. Asistir a través de la literatura a los debates de la Sociedad Psicoanalítica en los albores del psicoanálisis es indispensable para pensar hoy, cual es el lugar que ocupa el psicoanálisis en nuestro tiempo. Saber los entresijos del tejido freudiano, distinguiendo en los puntos de discrepancia lo que hay de común, de verdadero, es preservar al psicoanálisis de otras prácticas “psi” que nada tienen que ver con él.

Tal como menciona explícitamente en el “Acta de Fundación de la EFP”, bajo el epígrafe: “Comentario continuo del movimiento psicoanalítico”, Lacan no dejó de debatir con psicoanalistas contemporáneos a él, a los que consideró sus interlocutores; autores que lideraron algunas de estas desviaciones del psicoanálisis pero que lo hicieron existir. En sus Escritos y Seminarios hizo su crítica señalando lo que las funda en un intento de volver a los orígenes freudianos. La interrogación que hizo a la doxa freudiana de su tiempo le permitió reforzar su estructura y formalizar su enseñanza a partir de los conceptos fundamentales del psicoanálisis.

Michael Balint representa una de estas diversas formas de interpretar el psicoanálisis. La lectura de sus textos y el estudio de sus aportaciones teóricas a la luz de la enseñanza de Lacan, nos acercan a la reflexión sobre algunos conceptos que dan su especificidad al psicoanálisis. Lacan lo retoma en sus Seminarios para mostrar el alcance de una de las desviaciones que más consecuencias ha tenido para la clínica psicoanalítica.

 

BREVE NOTA BIOGRÁFICA:

Michael Balint fue analista del Instituto de Psicoanálisis de Budapest hasta 1936. Pertenecía pues al grupo húngaro de psicoanalistas que Lacan denominará “la tradición húngara” cuyo liderazgo ejerció Ferenczi. Representaba una posición que surgió en los años 38-40 y que nucleó al movimiento psicoanalítico en torno a la noción de la relación de objeto. Instalado posteriormente en Gran Bretaña, donde ejerció como Psiquiatra en la clínica Tavistock, inició junto a su mujer Alice Balint, lo que se llama “grupos Balint”, que todavía hoy están en vigor, grupos terapéuticos dirigidos a médicos cuyo objetivo es analizar la relación entre el médico y el paciente. Fue discípulo y analizado de Ferenczi, al que sostuvo y defendió de las críticas de que fue objeto por la Sociedad Psicoanalítica de Viena (recordemos las divergencias que no llegaron a zanjarse nunca entre Freud y Ferenczi). En gran número de sus artículos resalta con cierto énfasis la valentía de su analista al asumir el riesgo de la innovación así como su honestidad al reconocer sus errores, características que le conferían un estilo particular en la forma de abordar no sólo la clínica, sino también las cuestiones relacionadas con la formación del analista.

 

LA TEORÍA DEL AMOR

Balint rescató algunos conceptos de Ferenczi, especialmente los que hacen referencia a la relación entre la madre y el niño, en los que se apoyó para desarrollar junto a su mujer, Alice Balint, su teoría que se instala de lleno en lo que se llama en psicoanálisis “la relación de objeto”.

En su artículo “Narcisismo y Amor Primario”, publicado en su libro Amor primario y técnica psicoanalítica, desarrolla esta nueva teoría de relación objetal a la que llamará “teoría del Amor Primario” y que sitúa en una clara discrepancia con el concepto de narcisismo primario. Allí critica la idea de Freud del narcisismo primario y del autoerotismo como la primera forma de investimiento libidinal necesaria para la estructura subjetiva. Para Balint lo que sustituye al narcisismo primario de Freud es una relación primaria con el ambiente y toma como parangón de esta primera relación, la dependencia del feto de su ambiente, es decir, de las sustancias que lo envuelven en el claustro materno al que llamará “ambiente madre”(1). Para mantener el bienestar es esencial que el ambiente esté continuamente presente y dispuesto a satisfacer las necesidades en una armoniosa interpenetración. De lo que se trata, para Balint, es de un objeto externo que viene a satisfacer una necesidad. La madre es ese objeto primario, fuente de gratificación, vital para el sujeto y debe estar constantemente presente. Los deseos, expectativas e intereses serán únicamente las del propio individuo. El objeto sólo cuenta en la medida en que gratifica o frustra las necesidades y esta relación debe establecerse en los mismos términos por el lado del objeto, de la madre. Lo significativo de esta forma de relación es que no hay nada que dé cuenta de que existe un sujeto. Se trata de una forma primitiva de relación unificada entre dos personas (tomadas como objetos) es decir una relación recíproca, de satisfacción mutua, en la que una “falta de ajuste”, entre la madre y su hijo puede crear alteraciones importantes en la estructura psíquica del niño. Así la relación de objeto para Balint toma el modelo de este amor primario madre-niño.
Partiendo de la idea del objeto como lo que viene a saturar el desarrollo de la líbido en su totalidad, la encrucijada está en encontrar las coordenadas que den cuenta de la relación genital, “genital love”, que aparece en la clínica envuelto con todos los emblemas del amor. A falta de otro elemento que le permita introducir el reconocimiento de otro sujeto, concluye que de lo que se trata finalmente en el amor genital es de la satisfacción lograda de los dos partenaires. La senda pantanosa de la relación de objeto por la que se introduce Balint le lleva a no poder explicar el amor genital más que buscando su origen en el amor primario. El amor genital es considerado como un amor dual, sin el tercer término mediador que es el significante. Es decir, se trata de un ensamblaje de, por un lado, el acto genital producto de la maduración de los instintos y, por el otro, la ternura que recubre el acto y arranca de lo pre-genital(2).

En el Seminario I, Lacan hace un exhaustivo análisis de la obra de M. Balint señalando con precisión sus errores pero también sus aciertos. Define sus postulados teóricos como callejones sin salida en los que se introduce al considerar la relación analítica como una relación de objeto puramente imaginaria, lo que le permite introducir la importancia de lo simbólico, del lenguaje como mediador, como tercero en toda relación humana(3). Para Balint la importancia del lenguaje se reduce a ser la forma de comunicación del adulto, el lenguaje convencional y reconocido. Sólo los pacientes que realizan sus análisis al nivel edípico se hallarían “en condiciones de entender el lenguaje adulto en que el analista interpreta, de aceptar las interpretaciones y de dejar que influyan en su psique”(4), términos que nos evoca a Ferenczi. Los pacientes cuyos análisis son conducidos por el analista a niveles más profundos que el edípico sufren una “inevitable regresión... se hacen infantiles y experimentan intensas emociones primitivas en relación con el analista”(5). Este analista reconoce en estos fenómenos regresivos la conducta temprana del niño, los rasgos infantiles del sujeto, “el niño que hay en el paciente” y explica el abismo que separa al analista de su paciente en estado de regresión por la imposibilidad de acceder al lenguaje del niño pequeño. La cuestión técnica que se plantea en este punto es cómo tender los puentes para salvar el abismo entre paciente y analista, tarea que queda del lado del analista, ya que del lado del niño-paciente está la imposibilidad.

Lacan es claro sobre este punto: el error de Balint es considerar que el niño sólo reconoce al otro como objeto de la necesidad. A pesar de que le reconoce el mérito de haberse percatado del valor del símbolo al intuir la trascendencia de la presencia y la ausencia de la madre para el niño, acaba interpretándolo en términos de completud y frustración; no puede considerarlo como un fenómeno de lenguaje.

La posibilidad de la utilización del símbolo, de nombrar, está desde el inicio en el niño y es lo que le da la entrada a la dimensión de lo humano por el reconocimiento del deseo del Otro. La historia, lo primitivo que queremos alcanzar en el análisis sólo podemos hacerlo a través “del lenguaje del niño” en el adulto, es decir, reconociendo al niño como dueño de su palabra(6). Porque la red simbólica pre-existe al sujeto, el inconsciente tiene estructura de lenguaje y el niño podrá acceder al dominio de la palabra. El verdadero valor de la palabra es que está tan llena de sentido para el niño como para el adulto. Toma el camino opuesto a Lacan, ya que para él, el inconsciente está poblado de palabras que no son más que meras representaciones objetales sin ningún valor simbólico. Lo simbólico será adquirido posteriormente en la medida que se afianza el sistema idiomático en que se apoya la competencia lingüística del adulto. Para él la situación analítica es un reflejo de la situación infantil, por eso sus intervenciones en la clínica van en la dirección de gratificar y restituir la falta, “la falta básica” que se originó en el registro del amor primario.

La cuestión de la falta básica fue desarrollada por Balint concretamente en 1967 en su libro La falta básica. Aspectos terapéuticos de la regresión. Se la encuentra al nivel del amor primario. Extrae el concepto de falta básica de la escucha de sus pacientes que utilizaban esta palabra: “falta”, para designar la falta de algo en su interior que debía ser reparada; se trata de algo que se tuvo y que se perdió por la falta de ajuste entre el niño y el objeto, entre las necesidades y la satisfacción.

El concepto de “falta básica” no tiene nada que ver con “la falta” que Lacan teoriza en relación al objeto a, objeto causa del deseo. El objeto irremediablemente perdido pero que nunca se tuvo más que alucinatoriamente y que el mismo Freud ya preconizaba. Para Balint este concepto no es más que el efecto de una frustración de satisfacción, una carencia que viene del otro, de la madre, del otro imaginario. Sin embargo Balint se aproximó, sin saberlo, a ese vacío estructural que da cuenta del sujeto dividido a través de lo que sus pacientes expresaban. Le faltaba el registro de lo simbólico y de lo real.

 

DE LA TÉCNICA

Para Balint existen dos niveles del trabajo analítico: el trabajo que se realiza en el nivel edípico y el que se realiza en el nivel pre-edípico o del amor primario.

Cree en la existencia de un tipo de pacientes en los que la raíz de su enfermedad hay que buscarla más allá de los confines del Edipo y que por la fuerza de la regresión se hallan en el ámbito de la falta básica. Lo que observa en la clínica le lleva a concluir que dichos pacientes no son permeables a la interpretación del analista, lo que conduce a la interrupción del trabajo asociativo. La limitada utilidad de la palabra en estos casos hace necesario que la intervención del analista consista en propiciar una relación objetal entre paciente y analista. La ansiedad que aparece en esta fase se expresa en una “desesperada demanda de que el analista no le falle como le falló el objeto primario”(7). A partir de este enfoque, desarrolló una técnica que tenía como objetivo permitir al paciente vivir una relación bipersonal que llama la two bodies psycologhy. El analista debe crear una “atmósfera” en la que tanto el paciente como el analista puedan tolerar esta situación regresiva, en una experiencia mutua. En ella, este último no pretende comprender ni interpretar el material analítico sino “dejar fluir”, y aceptar el surgimiento de los sentimientos y las emociones del paciente e incluso, de forma controlada, satisfacer algunas de sus demandas. Debe ofrecerse al paciente como objeto para ser catectizado por el amor primario al igual que fue primitivamente catectizada la madre “el papel del analista en ciertos períodos del análisis se parece en muchos aspectos al de las sustancias u objetos primarios. El analista debe estar allí presente, debe ser flexible en muy alto grado, no debe ofrecer mucha resistencia, debe ser indestructible y permitir a su paciente vivir con él en una especie de interpenetración armoniosa”(8).

Lacan afirma que Balint percibió que algo existía entre dos sujetos pero la imposibilidad de poder definir lo simbólico no le permitió salir del concepto de la two bodies psychology, de la psicología de los dos cuerpos, de los dos objetos, ni concebir la transferencia más que como un desplazamiento de emociones a un objeto, sin ninguna posibilidad de simbolización, sin ninguna referencia a la palabra con la que el sujeto se compromete en la relación analítica.

Toda su obra está traspasada por la cuestión de cómo se desarrolla una cura y sobre todo en qué consiste un final de análisis. Explícitamente aborda estas dos cuestiones en sus artículos “La meta final del tratamiento psicoanalítico” de 1934 y “El fin del análisis” de 1949. A pesar de que entre estos dos artículos transcurren 13 años en ambos se mantiene fiel a la misma tesis: la salida del análisis por el amor.

Se trata, al final del análisis, del encuentro de un nuevo amor. El analista debe conducir la cura, a través de los deseos pulsionales infantiles, del odio y de la agresividad sobre el objeto, localizados en la repetición y en la transferencia, hacia lo que llama un “nuevo comienzo”. Ante este nuevo espejismo del amor, el yo del sujeto cree encontrar su perdida complementariedad con el objeto, redoblando el circuito cerrado de la relación imaginaria de objeto, reforzándose en una nueva identificación: la identificación al yo del analista.

En 1949 escribe en relación al final de análisis: “es una experiencia profundamente emocionante; la atmósfera es la de un adiós definitivo a algo muy querido y muy preciado, con todos los sentimientos inherentes a la pena y el duelo, pero estos sentimientos están mitigados por un sentimiento de seguridad que toma su relevo en la nueva posibilidad de adquirir la verdadera felicidad”(9).

Balint concibe el fin del análisis como la culminación de la relación de objeto paciente-analista según el modelo del amor primario, y que Lacan nombra como la exaltación narcisista del análisis balintiano. Se trata de la identificación imaginaria al analista como otro de la demanda, como otro de la satisfacción. El analista en el lugar de la madre buena, aquella que colmaría todas las necesidades en una especie de reciprocidad donde el objeto a, queda totalmente intocado como, sin desvelar(10), es decir la falta totalmente colmada.

La relación analítica en Balint es una relación de objeto a objeto. En realidad el analista ayuda al paciente a objetivarse, a captarse como objeto en esta comunicación no verbal en que transcurre el análisis en su fase más profunda. De hecho, es de esto de lo que se trata en un análisis, de que el sujeto se objetive, pero para él, esta objetivación tiene un signo distinto por el efecto de borramiento de lo simbólico e incluso de la dimensión imaginaria tal como la entiende Lacan, ya que el objeto en Balint adquiere un valor de acontecimiento, de realidad.

En esta época, en el 53/54, la apuesta fuerte de Lacan en la dirección de la cura era por la interpretación que apunta al deseo como efecto del lenguaje, pero más tarde, sin abandonar sus tesis anteriores, introduce la cuestión del goce del que dan cuenta los síntomas. En el discurso analítico, el analista en posición de objeto se dirige al sujeto dividido para que produzca un saber sobre el goce; el goce particular que se aloja en el síntoma. En la cura el analista no está en posición de sujeto, sino en posición de objeto, pero no como objeto de la pulsión como lo ubica Balint, por lo tanto no se trata de lo que el analista desea como sujeto, sino el deseo de analista, tomado como causa, lo que va en dirección contraria a la identificación.

 

DE LA FORMACIÓN DEL ANALISTA Y DEL ANÁLISIS DIDÁCTICO

Al igual que Ferenczi, estuvo interesado por la cuestión de la formación de los analistas. En la tercera parte del libro Amor primario y técnica psicoanalítica aborda en dos artículos - 1947 y 1953 - la formación del analista y el análisis didáctico poniendo de manifiesto los problemas intrínsecos a las sociedades psicoanalíticas. Mantiene una posición crítica hacia el sistema de formación de la Sociedad Psicoanalítica de Viena y revisa cuestiones emergentes de la formación, afirmando de forma contundente que la formación de los futuros analistas es la función más importante en el conjunto de las actividades de dirección y enseñanza (transmisión) del psicoanálisis e insiste en sus escritos en que la discusión a propósito de la formación implica la discusión sobre la eficacia del psicoanálisis.

La rigidez programática de la Sociedad instaurada por Freud convirtió el sistema de formación de los analistas en una meta esotérica que recordaba “ciertas ceremonias primitivas de iniciación del candidato en las que los iniciadores detentan un saber oculto... la meta esotérica de nuestro programa de formación y la forma de hacerlo fue la de conducir a la nueva generación de analistas a identificarse a sus iniciadores y especialmente a sus ideas analíticas”(11).
Aísla claramente lo que define como los dos síntomas de la Sociedad Psicoanalítica Internacional a propósito de la formación de analistas, síntomas que considera verificables porque se basan en hechos objetivos: la inhibición del pensamiento, que se materializaba en la ausencia de publicaciones y trabajos relacionados con esta cuestión, provocada por la propia institución que no había sido capaz de atender una de las funciones más importantes del psicoanálisis y la tendencia al dogmatismo, es decir, una posición cerrada alrededor de conceptos técnicos elevados a la categoría de axiomas. Y se reafirma en la posición que sostenía el grupo húngaro al que pertenecía, el cual defendía en contra de las premisas aceptadas por el Instituto de Berlín, la ausencia de diferencias entre el análisis didáctico y el análisis terapéutico.

Balint, que fue considerado por Lacan como una de las plumas más honestas que ha dado el movimiento psicoanalítico, muestra en lo que escribe a propósito de la formación psicoanalítica y al análisis didáctico la contradicción en la que cae su teoría del amor primario, pues él mismo reconoce que la salida del análisis por la identificación al analista es un obstáculo a la transmisión y por ende a la pervivencia del Psicoanálisis. La identificación al analista está articulada a la cuestión del análisis de la transferencia negativa - que fue el punto crucial de las dificultades de Ferenczi con Freud - en cuanto que si la transferencia negativa no es analizada o lo es demasiado pronto, se corre el riesgo de que el analizado reprima el odio, la desconfianza hacia su analista por la vía de la idealización y la introyección proyectando la agresividad hacia fuera, hacia el grupo y de elevar al analista a rango de ídolo. La salida por el amor del análisis balintiano encubre el odio y la agresividad que son inherentes a la relación imaginaria.

En 1964, Lacan rompe con esta concepción del psicoanálisis e imparte su enseñanza interrogando la doxa tradicional instalada en la S.F.P. Su interrogación alcanza también a los programas de formación de analistas, especialmente en lo que respecta al psicoanálisis didáctico y, en su “Acta de Fundación” de la E.F.P. formaliza las líneas que han de orientar la formación. Si bien su tesis central es que el analista se autoriza de él mismo es la Escuela quien dispensa la formación y “garantiza que un analista surge de su formación”(12).

 

Publicado en: Heteridad 4 “El psicoanálisis y sus interpretaciones”, Revista de psicoanálisis, pp. 85-94.

 Versión electrónica http://www.champlacanien.net/public/docu/3/heterite4.pdf

 

Notas:

 

1.- M. Balint, La falta básica. Aspectos terapéuticos de la regresión, 1967, Cap. 12, p. 84, Ed. Paidós, Barcelona.

2.- J. Lacan, El Seminario, Libro 2 El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica, 1955, Lección del 8 de junio, p.393. Ed. Paidós, Barcelona.

3.- J. Lacan, El Seminario, Libro 1 Los Escritos Técnicos de Freud, 1954, lección del 9 de junio, p. 321. Ed. Paidós, Barcelona.

4.- M. Balint, La falta básica. Aspectos terapéuticos de la regresión, 1967, Cap. 3, p.26. Ed. Paidós, Barcelona.

5.- Idem. Cap. 14, p. 105.

6.- J. Lacan, El Seminario, Libro 1 Los Escritos Técnicos de Freud, 1954, lección 2 de junio, p. 318-319. Ed. Paidós, Barcelona.

7.- M. Balint, La falta básica...1967, Cap. 4, p.35.

8.- Idem. Cap. 21, p.165.

9.- M. Balint, “La fin d’analyse”, 1949, publicado en Amour primaire et technique psychanalytique, 1972, p. 254. Ed. Payot, París.

10.- J. Lacan: El Seminario, Libro 10 “La angustia”. 1963. Clase 9, inédito.

11.- M. Balint, “A propòs du système de formation psychanalytique”, 1947, publicado en Amour primaire et technique psychanalytique , 1972, p.300.Ed. Payot, París.

12.- J. Lacan, “Proposición del 9 de Octubre de 1967 sobre el Psicoanalista de la Escuela”, publicado en Momentos cruciales de la experiencia analítica, 1987, p. 8, Ed. Manantial.

 

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