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Borderlines y Salud Mental
Indepsi
La
aparición en la consulta psiquiátrica o psicológica
de cada vez un número mayor de sujetos a los que cabe
el diagnóstico de limítrofes, fronterizos o
borderlines, plantea a los psicoterapeutas, y en general
a los dispensadores de la Salud Mental, una situación
de aguda demanda, tanto en lo que hace a la efectividad de
los recursos terapéuticos como, por otra parte, a
la racionalidad y validez de las teorías que justifican
los diversos cursos de acción en la búsqueda
de una posibilidad de cambios.
Como
sea que se describan estos cuadros, que desafían
el concepto mismo de cuadro, no puede dejar de verse en
ellos la presencia incoercible del sufrimiento psicológico
como rasgo característico de la situación
del sujeto que se nos pone delante. Angustia
de desintegración; fragmentación o disociación
del yo o de la identidad; mecanismos de defensa primitivos:
proyección, idealización; compromiso del
juicio de realidad-. superyó arcaico; etc. Términos
que de alguna manera, por otra parte, están dando
cuenta de nuestra comprensión o incomprensión
del fenómeno en cuestión. El
que se pueda, asimismo, hablar de personalidad limítrofe
en el borde neurótico o en el borde psicótico,
neurosis esquizomorfa, esquizofrenia pseudoneurótica
-sin pretender hacer una enumeración exhaustiva-,
denuncian que es el discurso mismo de las disciplinas de
la salud mental el que también sufre aquí una
suerte parecida a la del objeto de sus afanes.
La
angustiada pregunta: "¿No me estaré volviendo
loco...?". Una
manera muy específica en que el paciente nos hace
una demanda por nuestro saber, puesto que en esa pregunta,
o en alguna de sus variantes, se canaliza en gran medida
la necesidad de que un otro ponga límites y orden
en un imaginario que gira "locamente" entre la
experiencia de la exaltación mística y el
horror de la abyección. Un
sujeto que va sufriendo las mutaciones que el juego de
las imágenes le van imponiendo. Puesto
que es en el registro de lo imaginario, donde lo que pareciera
crujir y rechinar es el cuerpo del paciente, que la organización
de las fuerzas de las imágenes trabajosamente dan
lugar al proceso identificatorio.
La
serie de adjetivaciones con que el paciente intenta obtener
de nosotros que su profusión de palabras le sea compensada
siéndole devuelta una imagen en la que, aunque sea
por momentos, pueda gozar narcisísticamente del tenerse
presente. Aun
cuando ello le cueste la posibilidad de su estar presente. El
sentimiento de estar mentalmente triturado, de sentir que
el "yo" se encuentra pulverizado, la vivencia de
ser una cosa abyecta e innombrable, son con frecuencia las
imágenes con que el sujeto borderline nos da cuenta,
cuando logra superar el pudor, de los avatares de su yo.
Es
ante la urgencia de mitigar ese sufrimiento que el agente
de salud mental debe hacer un esfuerzo por crear un espacio
a la reflexión y la elaboración teórica
en tomo a la tarea que se propone. Detención, pausa
reflexiva: precisamente y paradojalmente allí donde
haciéndose sentir el dolor la urgencia nos lo niega.
La
relación con el borderline parece así un
campo especialmente roturado para sembrar y cosechar los
complicados frutos de la transferencia y la contratransferencia. De
este modo, con la mayor frecuencia es que el terapeuta
se ve comprometido a perpetuidad en la situación
de servir ortopédicamente al paciente, supliendo
y sosteniendo de los más diversos modos las partes
fragmentarias de su mundo mental. Cuando
no, nos encontramos con la situación de que, siendo
precisamente en estos pacientes donde el terapeuta puede
más fácilmente encontrar un lugar para sus
afanes salvacionistas y mesiánicos o, más
simplemente, a la puesta en acto de las demandas de su
propio imaginario, es el paciente, entonces, el que se
encuentra sirviendo a las necesidades narcisísticas
del terapeuta.
Es
en esta circunstancia de la relación terapéutica
en la que el síntoma no es lo que se nos ofrece
en primer plano, aunque a veces lo parezca tan simplemente
al trabajo de la interpretación o, en su defecto,
la modificación conductual directa -puesto que,
incluso, puede encontrarse, no pocas veces, que el sujeto
sufre asintomáticamente, y lo que tenemos delante
es simple y llanamente la "queja”, donde más
evidente se hace la pobreza de los recursos y más
urgente aparece entonces la elaboración o descubrimiento
de tales posibilidades.
En
la situación terapéutica con el paciente
borderline, el terapeuta se encuentra con la insuficiencia
de los recursos con que usualmente cuenta en sus trabajos
con los pacientes más típicamente "neuróticos";
por otra parte, es la situación en que más
clara se nos hace la violencia que implican los tratamientos
que son usuales allí donde el diagnóstico
apunta menos dudosamente a la psicosis. En
cualquiera de los dos casos, lo peculiar del sujeto borderline
queda, las más de las veces, sin haber sido comprendido
ni abordado eficientemente.
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