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"Groddeck; La Bisexualidad del ser
Humano (1)"
Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq., 2001, vol.
XXI, nº 79, pp. 83-87.
Angel
Cagigas (*).
En
el estudio de lo inconsciente hay dos fenómenos originarios
de lo humano que se ponen de manifiesto enseguida: su esencia
infantil y su bisexualidad. El movimiento psicoanalítico
tuvo que ocuparse en primer lugar del hecho de que el ser
humano sigue siendo un niño durante toda su vida;
la bisexualidad del ser humano, aunque en absoluto sea desconocida,
sigue sin recibir toda la atención que se merece.
Es tanto más curioso cuanto que en las comunicaciones
escritas u orales de la ciencia psicoanalítica se
puede mostrar la presencia y actualidad del carácter
bisexual del investigador tras el velo de los razonamientos.
Pero es un hecho que se evita como algo aterrador y así se
estudia al hombre y a la mujer de forma aislada, como si
lo humano pudiera existir de otra forma que no fuese la de
lo masculino-mujer o la de lo femenino-hombre. La distinción
entre hombre y mujer sólo es legítima en ciertas
circunstancias particulares. Para aclarar lo que entiendo
por circunstancias particulares se puede decir que también
distinguimos entre piernas torcidas y derechas pero que incluso
la pierna más torcida sigue siendo una pierna; de
la misma forma incluso el hombre más viril o la mujer
más femenina sigue siendo un ser humano, un ser masculino-femenino,
un ser bisexual. Al constatar que el fenómeno originario
de la bisexualidad parece descuidarse no queremos decir sin
embargo que no juegue un papel importante en la teoría
analítica; simplemente que no se reconoce como fenómeno
originario, como punto focal de todo estudio de la vida y
de toda manifestación vital. Es cierto que hace tiempo
que se habla de la bisexualidad; y tanto el deseo de la mujer
de poseer los atributos sexuales del hombre, de comportarse
en el dominio sexual y en otros como un hombre, como la aspiración
del hombre de ser mujer, de concebir, de estar encinta, de
parir, constituyen importantes campos teóricos y prácticos
para el intérprete de la vida inconsciente. Pero no
pasa de ahí, el hombre es un hombre y la mujer una
mujer. El extraño pensamiento de que lo femenino no
correspondería propiamente al hombre ni lo masculino
a la mujer se insinúa en los razonamientos y hace
pensar que es algo inconveniente que podría y debería
superarse. Así se reprime la realidad efectiva –actualidad–,
es decir que nunca puede haber hombre separado de mujer pues
el ser humano es mujer-hombre y hombre-mujer. La historia
universal ofrece un ejemplo formidable de tal represión
en la circuncisión de los judíos; a este respecto
hay que señalar algo a lo que raramente se presta
atención: las represiones a menudo, en realidad la
mayoría de las veces, son tan útiles como perjudiciales,
y esto es así independientemente de que tengan éxito
o fracasen, lo cual también se ve en el ejemplo de
la circuncisión judía.
Los
judíos han dado a la circuncisión una importancia
particular pues les distingue de los demás seres humanos
y les da la convicción de que observan el pacto con
la divinidad cuya validez reposa en la circuncisión,
pueden sentirse superiores a quienes no son judíos:
su divinidad, que es la más poderosa, los protege.
La circuncisión es una costumbre muy extendida, aunque
otros pueblos no la toman como un signo del pacto con Dios,
así que el rito de la circuncisión debe poseer
para los judíos un sentido más profundo, del
que quizás no sean conscientes. En nuestra época
se siguen encontrando estrechas relaciones entre la circuncisión
y la representación de la divinidad en los pueblos
primitivos; pero en estos la circuncisión del prepucio
se acompaña de otra ceremonia, la subincisión,
división de la parte inferior del miembro viril. El
sentido de esa hendidura es dar al hombre también
el carácter sexual femenino, hacerle también
exteriormente un ser humano, un ser bisexual, un hombre-mujer,
a imagen de Dios, a quien el ser humano no ha podido representarse
jamás de otra forma que bisexual; sus usos culturales
le prohíben expresamente representar a la divinidad
en forma humana, pero aunque no hubiera sido así en
nuestros días tampoco le sería posible representárselo
de otra forma que bisexual. Así como se hiende el
pene para otorgar al hombre la parte sexual femenina, se
cercena el prepucio para eliminar todo rasgo femenino del
emblema de la masculinidad; pues el prepucio es femenino,
es la vaina en la que se mete el glande masculino. Dejamos
de lado intencionadamente la propiedad del glande de ser
el niño en el cuerpo materno del prepucio; en compensación
tenemos que señalar aquí que prepucio y glande
son mujer y hombre efectivamente reales y no símbolos
elaborados o convencionales. En los judíos la cosa
es diferente: se cercena el prepucio pero se omite la subincisión
correspondiente del pene, eliminan así la bisexualidad
del hombre, quitan a lo masculino el carácter femenino.
Renuncian así, en favor de la divinidad bisexual,
a su similitud divina innata; mediante la circuncisión
el judío se convierte sólo en hombre. Consideremos
la particularidad del pueblo judío: no hay pueblo
sobre la tierra que sea tan manifiestamente masculino. La
represión de lo femenino ha ido tan lejos que los
judíos se representarían a su divinidad sólo
de sexo masculino si el hecho mismo de representarla no les
estuviese prohibido. Es evidente que con la expresión “masculino” no
nos referimos al ideal de héroe que apelando a la
vanidad masculina y a la aspiración de amor femenino
se ha convertido en un prototipo aun a pesar de su inverosimilitud;
el hombre es héroe sólo en los breves instantes
de su excitación, en los momentos de erección
de su physis o de su psique, es decir sólo en determinados
momentos; por lo general es un hombre-niño, lo infantil
predomina con mucho sobre lo masculino heroico. Si tomamos
al hombre por lo que es, un ser necesitado de acción,
que no es libre, encadenado permanentemente por lo cotidiano,
que sólo de tanto en tanto es capaz de elevarse, y
sólo en el breve instante de la excitación,
cuya fuerza permanente no reside en la excitación
sino en su sujeción a lo legal, se llega entonces
a la conclusión de que los judíos han reprimido
lo femenino en la medida en que les ha sido posible. Pero
no es más que una represión, los judíos
son tan hombre-mujer como los demás; y sus características
agradables y desagradables son una consecuencia de su represión
y no se deben a una diferencia esencial. La represión
de su bisexualidad de lo consciente a lo inconsciente, ejercida
durante milenios e impuesta por ley divina, es una de las
razones por las que el gran problema de lo masculino-femenino
en el ser humano ha quedado en segundo plano en el psicoanálisis
y en la vida cotidiana, pues es un hecho patente que toda
la civilización europea desde la doctrina moral de
las confesiones cristianas hasta los pensamientos, los hechos,
los gestos cotidianos, está enraizada en esa represión
judía a favor de la unisexualidad del hombre. Pero
como el psicoanálisis a la larga no podrá dejar
de lado el fenómeno originario de la bisexualidad
puede suponerse que el estudio de lo inconsciente podría
ser fatal para lo judaico. Sin embargo el futuro no está escrito.
Si el ser humano es efectivamente bisexual –y los pocos conocimientos
que tenemos de la fecundación y del crecimiento bastan
para justificar científicamente esta antigua creencia
presente en todos los mitos–, entonces todos los procesos
de la vida humana deben verse influidos de una u otra forma
por la bisexualidad; y la bisexualidad humana debe poderse
demostrar siempre y en cualquier lado, no sólo en
lo que se acostumbra a llamar la vida pulsional, en lo presuntamente
psíquico o lo presuntamente mental, sino en todas
las manifestaciones de la vida humana, también en
las que constituyen el campo de trabajo de las disciplinas
anatómicas, fisiológicas y patológicas.
El objetivo de estas observaciones es simplemente poner de
manifiesto cuestiones reprimidas; abordar la importancia
que tendría la disolución del contenido reprimido
superaría los límites del tema que nos hemos
propuesto. Sin embargo se hace necesario mostrar mediante
un ejemplo cómo hay que concebir la acción
de la bisexualidad. Y al hacerlo hay que tener presente que
la influencia de la bisexualidad jamás se manifiesta
puramente sino que se halla determinada y transformada por
las mismas fuerzas que el Ello desarrolla en cualquier otra
acción. Y de hecho es relativamente raro que el Ello
utilice lo inconsciente; se sirve más bien de vías
oscuras a las que el análisis no tiene acceso. Como
hay bastante material sobre la influencia de la bisexualidad
en los procesos psíquicos –material que bastaría
con considerarlo desde el punto de vista de lo masculino-femenino–,
podemos volvernos sin más hacia los procesos que generalmente
se conciben fuera del dominio de la psique; lo que no significa
que tal concepción tenga más legitimidad que
la de hacer posible una clasificación. Es tan habitual
encontrar particularidades corporales de lo femenino en el
hombre y de lo masculino en la mujer que casi no merece la
pena abordar este punto. Basta observar atentamente a un
individuo cualquiera para advertir enseguida el fenómeno
del hombre-mujer o de la mujer-hombre, ya sea en la piel
o en la osamenta o en la musculatura, en la talla del cuerpo,
en la forma de los miembros o en cualquier otra cosa. En
cambio apenas se sabe nada de la bisexualidad de los órganos
internos; incluso se puede decir que la investigación
aún no se ha ocupado seriamente de este asunto. Las
cuestiones que aquí se abordan se sitúan en
otro dominio; no se refieren a individuos particulares; se
proponen descubrir si el ser humano como tal está edificado
bisexualmente. No sólo el psicoanálisis trabaja
con cosas que se llaman símbolos, el entendimiento
humano también lo hace. Se dice así que la
boca es un símbolo femenino; la nariz un símbolo
masculino. Así se supone manifiestamente que debido
a ciertas similitudes se han hecho conscientemente ciertas
comparaciones; o, siendo más prudentes, se sitúa
esta actividad comparativa en las regiones de lo inconsciente
o del Ello; sin embargo la comparación sigue siendo
lo esencial. A este respecto debemos señalar sin embargo
que el símbolo no habla de una comparación
sino de lo efectivo, de la actualidad. La boca es actualmente –no
real sino efectivamente, pues estos dos términos significan
algo diferente, casi opuesto–, la boca es actualmente de
sexo femenino en estado de reposo pero muestra enseguida
su bisexualidad en cuanto se habla; y esta bisexualidad también
se manifiesta continuamente en la respiración; la
nariz por su forma es de sexo masculino aunque sus agujeros
dan cuenta de lo femenino. Esta bisexualidad efectiva encuentra
una confirmación en la oposición de las lenguas
francesa y alemana –hay muchas cosas que frente a nuestra
razón adoctrinada se manifiestan con toda claridad
en el lenguaje: la bouche -der Mund, le nez-die Nase–. La
parte superior del rostro es hombre, la parte inferior mujer;
pero no podemos quedarnos en el hecho de que signifiquen
hombre y mujer; son actualmente hombre y mujer; y hay que
entender la palabra actualmente como lo que es capaz de actuar.
Hay órganos, como el oído, que al principio
dan la impresión de ser mujer y nada más que
mujer; el sonido fecunda el tímpano, que en relación
con el conducto auditivo es mujer –esto aparece claramente
en el mito de la Inmaculada Concepción de María–,
pero esta mujer despierta enseguida en el oído medio
el martillo, el yunque, el estribo, el hombre en el oído;
en cuanto al oído interno su forma de caracol revela
ya su bisexualidad. Es un error concebir los órganos
de los sentidos como receptores, también fecundan,
son creadores. En lo que atañe al ojo, por ejemplo,
se sabe –y se sabía mucho antes del estudio metódico
de lo inconsciente– que es símbolo de la madre; pero
lo que recibe la retina no se ve sin más; el nervio óptico
crea la imagen en el cerebro; el proceso de la vista es bisexual.
Si los seres humanos tuviesen más clara esta bisexualidad
de la vista –lo cual se podría esperar al menos por
parte de los psicoanalistas– no se apresurarían a
ponerse gafas quienes no ven bien pues éstas les convierten
en seres humanos que ven en falso sin saberlo, seres humanos
que se engañan a sí mismos, y sin saberlo a
los demás. Así nos daríamos cuenta de
que en la mayoría de la gente que ve mal no se trata
de un defecto de la vista sino de una represión de
lo que se ha visto. Ver es reprimir, y si reprimir es demasiado
complicado el Ello suscita la miopía; ésta
suministra el medio deseado para reprimir de forma aún
más fácil gracias al defecto de la estructura
del ojo. Es un hecho que incluso los grandes miopes ven mil
veces mejor de lo que creen, y de lo que los demás
creemos. En la primera leyenda de la creación del
ser humano se dice que ha sido creado “a Su imagen, a la
imagen de Dios”; el ser humano como hombre y mujer, como
bisexual; para designar a Dios se elige el plural Elohim,
lo que es fácil de explicar si se supone que la leyenda
concebía a Dios como bisexual, como un ser con los
dos sexos. Atendiendo a la leyenda de Lilith, originalmente
el ser humano también tenía los dos sexos;
hombre y mujer se separaron más tarde debido a la
intervención de Dios. A la fuerza creadora de Dios
se la llama el “Verbo”; pero el “Verbo” sólo puede
constituirse mediante el soplo, y el soplo de Dios también
se menciona expresamente en la creación del ser humano.
Y el soplo, la respiración, es absolutamente bisexual:
recibe –concibe– en la inspiración, da –eyacula– en
la espiración. La respiración, bisexual, es
propiedad de Dios. El mito de Cristo lo confirma en la representación
del pneuma hagion, del sanctus spiritus, que curiosamente
se ha traducido por Espíritu Santo. Ahora bien, en
cuanto se reconoce que la respiración es bisexual,
que actúa bisexualmente, se abre una nueva perspectiva
para la observación de todos los procesos físicos,
psíquicos y morbosos en el ser humano. Y de ahí no
hay más que un paso para reconocer la bisexualidad
del corazón, de los riñones, de los órganos
y de los procesos de la nutrición; se abren nuevas
perspectivas para todo: no sólo para las relaciones
psíquicas sino también para lo orgánico –en
una publicación anterior del autor, Determinación
psíquica y tratamiento psicoanalítico de las
afecciones orgánicas (2),
ya se hablaba de la relación entre las formaciones
tumorales y la bisexualidad del ser humano–. En el contexto
actual señalaremos que la disciplina favorita del
médico, la cirugía, sería inconcebible
sin la bisexualidad del ser humano, y que la influencia de
esta bisexualidad puede observarse hasta en los menores detalles
de las operaciones. Como ya hemos dicho, se podrían
examinar todas las manifestaciones vitales del ser humano
desde el punto de vista de la bisexualidad, y así será algún
día. Nos basta con haberlo sugerido y estaríamos
muy satisfechos sólo con que lográsemos que
el análisis se ocupase un poco más detenidamente
del concepto de símbolo para estudiar si el símbolo
no es algo más que un juego de ideas: a saber, la
realidad intrínseca –la actualidad– de la vida.
- 1.-
Se trata de la traducción de Das Zwiegeschlecht des
Menschen, un texto de Georg Groddeck publicado por primera
vez en Psychoanalytische Bewegung en 1931. Traducción
de Angel Cagigas.
- 2.-
Psychische Bedingtheit und psychoanalytische Behandlung
organischer Leiden. Hirzel, Leipzig, 1917. Hay versión
española
en Groddeck, G. Escritos. Ediciones del lunar, Jaén,
1998.
- (*)
Angel Cagigas.
Departamento de Psicología.
Universidad de Jaén.
Paraje de las Lagunillas, s/n23071 - JAÉN.
Existen dos libros de Angel Cagigas sobre este autor titulados "Georg
Groddeck: el soñador de mundos" y "Genio y figura",
ambos publicados en Ediciones del lunar.
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