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pinredArtículos Destacados: 

pingreenR. D. Laing: un “Rebelde” Que Desafió el Orden Psiquiátrico Imperante .

 

Francisco Balbuena Rivera.

 

RESUMEN: En este trabajo se analiza el pensamiento de R. D. Laing, uno de los padres del llamado movimiento antipsiquiátrico, para quien la locura conformaba una reacción racional frente a la sinrazón y el envilecimiento tecnológico del hombre.

 

Palabras Clave: antipsiquiatría, esquizofrenia, enfermedad mental.

 

ABSTRACT: R. D. Laing: a “rebel” that challenged to the psychiatric establishment of his time. This paper analyses the thinking of R. D. Laing, one of the fathers of so the so-called anti-psychiatric movement, for whom madness represented a rational reaction against irrationality and the technological debasement of human beings.

 

Key Words: R. D. Laing, anti-psychiatry, schizophrenia, mental illness.

 

HIJO NO QUERIDO Y AVIDEZ INTELECTUAL

COMO PILARES EN LA CONSTRUCCIÓN DE SU CARÁCTER

La completa semblanza de Ronald D. Laing (1927-1989) refleja un constante afán de búsqueda y/o superación de sí mismo, tentativa vital que se inicia desde su irrupción a este mundo, al que llegó como hijo único y no deseado, hasta el fin de sus días, cuando una calurosa tarde estival de agosto falleció víctima de un infarto cardíaco mientras jugaba al tenis (1).

Como tantos psiquiatras de su generación, incluidos sus contemporáneos de nuestro país, su contacto inicial con el sufriente se produjo con catatónicos, para luego ir progresivamente interesándose por la condición psicótica. Emparentado con cuatro mujeres, con las que tuvo 10 vástagos, llevó una vida afectiva convulsa, con grandes altibajos, descuidando las sucesivas familias que creó, al estar más preocupado por sus logros-éxitos profesionales.

Aunque etiquetado como antipsiquiatra, él siempre rechazó tal identificación, a pesar de compartir algunas tesis de tal movimiento, autoría de D. Cooper (como que la psiquiatría se usara para excluir y/o reprimir a los socialmente molestos/perturbadores). Su total renuencia a no ser juzgado antipsiquiatra fue también expresada en 1975, en el transcurso de una entrevista realizada en Londres por el psiquiatra A. Calafat, afirmando entonces Laing textualmente: No me veo a mí mismo como un antipsiquiatra. Considero que gran parte de lo que se llama práctica psiquiátrica es antipsiquiatría. De ahí que, Calafat y Fábregas, en su libro conjunto, expresen que Laing más que médico antipsiquiatra fue un psiquiatra antimédico, denominando a la aproximación laingiana corriente dinámico-existencial (2).

 

ALGUNAS IDEAS CLAVES EN LA OBRA INTELECTUAL LAINGIANA:

UN ANÁLISIS RETROSPECTIVO

Como elementos comunes en toda la teorización y clínica laingiana están el cuestionamiento científico-humanístico que realiza de la enfermedad mental, y de la esquizofrenia en particular, como también de la familia, evidenciando de la primera los desaciertos de la psiquiatría en el abordaje-tratamiento de aquélla, mientras de la segunda el rol del grupo familiar en el origen y desarrollo de los desórdenes mentales, que, en último término, atribuye a la interacción herencia-ambiente.

Entrando en su producción escrita, destacar en primer lugar cómo ya desde sus tempranos ensayos, “ El self dividido: un estudio existencial acerca de la cordura y locura” (1960) (desacertadamente traducido a nuestra lengua como “El yo dividido: un estudio sobre la salud y la enfermedad”) (3) y “ El self y los otros” (1961) (traducido como “El yo y los otros”) (4), se advierte la estrecha ligazón que existe entre sus ideas y devenir vital, que siempre osciló de cierta unidad (ser) psíquico a la autodestrucción, como si al reflexionar en torno a ello hablara de sí mismo, de su self escindido.

Por otro lado, tal traducción de self por yo en nuestra lengua en los dos escritos mencionados nos parece inapropiada, dada la multiplicidad/complejidad semántica de ambos términos dentro de la matriz psicoanalítica posfreudiana; así, mientras en la escuela inglesa de psicoanálisis el self se ha usado para incorporar a la 2ª tópica freudiana el complemento fenomenológico de la persona/del ser, conformando una instancia de la personalidad surgida después que el yo en el vínculo con la madre y los otros, para la Ego Psychology norteamericana constituye una función puramente empírica, de mucha utilidad para conceptualizar los trastornos narcisistas (5). Por eso, en atención a los matices laingianos vinculados al self , de cuya concepción es gran deudor de H. S. Sullivan, para quien el self no es algo que resida dentro de un sujeto, sino algo que emana-nace de la interacción con otros (6), debiera haberse mantenido tal término inglés en las traducciones castellanas de los dos escritos antes aludidos, si bien, en “El self y los otros”, en una nota a pie de página del 1º capítulo, su traductor textualmente afirma:

El concepto de self sólo puede comprenderse (…) en conexión con el otro (…). Por ello no admite que se le traduzca por el ‘sí mismo', que haría de él una entidad o un objeto aislados, ni por ‘uno mismo', expresión que en español es generalizadora y ambigua, ni menos por ‘mismidad' o ‘ipseidad' (…) Tampoco, se trata, empero, de un yo reflexivo o autoconsciente (…). Así, se ha traducido self la gran mayoría de las veces por ‘yo' y las restantes por ‘sí mismo' (…) (4). De igual modo, haber suprimido el adjetivo existencial de la traducción castellana de “El self dividido” constituye a nuestro entender un craso error, pues desvirtúa y vacía de contenido lo que Laing se proponía mostrar en tal ensayo.

En efecto, como preanuncia en el prólogo de “El self dividido” (3), el propósito fundamental de éste es hacer comprensibles la locura y el proceso de enloquecer, dando cuenta en términos existenciales de forma clara y sencilla de ciertas formas de locura, sin implicar ello exponer una teoría comprensiva de la esquizofrenia.

Así, en el capítulo uno, “Los fundamentos existenciales-fenomenológicos de una ciencia de las personas”, expresa que, si no tratamos de comprender el conjunto de experiencias particulares de un individuo dentro de un marco existencial, esto es, de su total ser/existencia-en-su-mundo, conductas y verbalizaciones como la de los esquizofrénicos seguirán teniendo un sentido esencialmente oculto. Distingue, con todo, una actitud-forma esquizoide sana de ser-en-el-mundo, de la que es factible transitar a otra psicótica, que, desde un enfoque clínico-psiquiátrico convencional, resulta ininteligible, al juzgarse una y otra desde una posición de partida esquizoide.

El Otro, por tanto, ya se perciba como persona, ya como un organismo, es el objeto de distintos actos intencionales, negando así Laing el dualismo cartesiano, al oponerse a que existan dos sustancias diferentes en el objeto (psique y soma), sino dos gestalts experienciales distintas (persona y organismo), variando las últimas según se describa y/o establezca una relación con otro como persona ó como organismo. En la interacción clínica, esto último supondría vivenciar al otro como sujeto único, con sus singularidades, y no, un objeto de nuestro universo interno (3). Así pues, la interpretación fenomenológica existencial resultaría ser una inferencia en torno al modo en que el otro siente y actúa, esto es, una función del vínculo, de la relación que se establece con el paciente, más comprensiva que explicativa, que, en lo que a la esquizofrenia atañe, supone advertir, reconocer, incesantemente, la diferencia, separación-soledad y desesperación, de la que cita la influencia entre otros que ha recibido del ensayo Kierkegaardiano “La enfermedad mortal” (1849), que el psicótico aqueja en su devenir existencial.

Tal discontinuidad-ruptura del esquizofrénico con la realidad externa Laing la describe comprensivamente sirviéndose de los términos posición existencial básica de seguridad ontológica (entendiendo por ésta aquella en la que la propia existencia es segura, resultando la relación con otro potencialmente agradable y satisfactoria), que contrapone a la de inseguridad ontológica (donde las circunstancias ordinarias amenazan la cotidianeidad, estando el sujeto más preocupado por preservarse que por coexistir en comunaleza con los demás), empleando filosóficamente la palabra ontológica en su sentido empírico, usando al exponer ambas posiciones ideas de la obra de L. Trilling “El opuesto self” (1955) (7).

Amenazada así muy seriamente la propia identidad personal, en lugar de la polaridad separación-relación basada en la autonomía individual, lo que existe es la antítesis entre una completa pérdida del Ser, al ser tragado/despersonalizado por el otro sujeto y una absoluta soledad-aislamiento, al vivenciarse la realidad aplastante, persecutoria, destructora del débil umbral de seguridad ontológica en que se apoya la existencia psíquica del psicótico, citando aquí como ensayo sartreano crucial para entender esto “El ser y la nada” (1943). Así pues, la vivencia subjetiva de que uno se halla en una situación de dependencia ontológica respecto de otro, precisando así de este último para subsistir el propio Ser, sustituye al sentido relacional/de apego establecido con tal otro sustentado en una genuina reciprocidad, siendo así el falso self el encargado de mediar entre el universo psíquico interno y la realidad externa.

Ilustrando y en refuerzo de tales ideas, Laing describe casos clínicos propios y ajenos, que adereza con máximas y extractos de obras filosóficas nietzscheanas, heideggerianas, hegelianas y jaspersianas, refiriendo el tipo de relación que alguien inseguro ontológicamente mantiene con sí, como un ser sin unidad básica, dividido en un cuerpo y una mente, identificándose comúnmente más estrechamente con la segunda. La psicosis, desde esta perspectiva, vendría a ser un proceso en el que un sujeto se identifica exclusivamente con aquella parte de sí mismo que juzga noencarnada, esto es, divorciada de su cuerpo. Por tanto, el psicótico, a diferencia del que no lo es, carece de la útil percepción de continuidad personal, de sometimiento a las satisfacciones-frustraciones corporales, gozando así de una invulnerabilidad física y un ansiado estado de espiritualidad desencarnada, del que Laing nos dice: en pocas palabras, el cuerpo-yo no es un baluarte inexpugnable contra el ataque corrosivo de las dudas y las incertidumbres ontológicas: en sí mismo, no es baluarte contra la psicosis. Y a la inversa, la división en la experiencia del ser de uno, como si constara de partes encarnadas y no-encarnadas, no es un índice de psicosis latente al igual que la total encarnación no es garantía de cordura (3). Lo único, pues, que posee el individuo encarnado es un punto de partida integral, condición previa de una jerarquía de posibilidades distintas a las del afecto de psicosis, que opera con la realidad en función/sustentado en un dualismo cartesiano, yo-cuerpo, que torna al yo no-encarnado contemplador e hiperconsciente de todo lo realizado corporalmente, reduciéndose sus funciones a la observación, control y crítica de lo que su cuerpo hace-siente y a las operaciones que suelen juzgarse sólo “mentales”.

Extrapolando esto a una organización psíquica esquizoide, implicaría que el sujeto en tal condición se encierra en su propio ser, sin recurrir a una relación con otros, de tal suerte que parece ser en sí mismo todas las personas/objetos que le son precisos, lo que le aboca a una enorme desesperación y vivencia de futilidad, empobreciéndose cada vez más su universo psíquico, hasta llegar a sentirse vacío. No erige, pues, defensas contra la pérdida de una porción corporal, dirigiendo sus esfuerzos a preservar su yo, dado su profundo temor a su propia disolución, no-ser.

Ampliando y/o complementando todo lo anterior, ve la luz “El self y los otros” (1961), donde aborda los modos de experiencia y formas de acción interpersonal, analizando de los primeros la fantasía inconsciente, que conceptualiza a partir de ideas de S. Isaacs expuestas en “Naturaleza y función de la fantasía” (1952), como también de W. Bion, describiendo el vínculo del yo-otro como un inextricable nexo de incertidumbres, seudocertezas y malentendidos, en el que realidad-fantasía se funden y/o confunden, de tal suerte que el contacto que un sujeto establece ya con sí, ya con otros, es fingido, al tratar a éstos como objetos transicionales, parciales, “falsificando” aceptarlos como poseedores de unidad-ser personal. Con todo, debe señalarse el cambio laingiano conferido al ser/función de la fantasía, pues, si en “El self dividido” (1960) se la juzgaba un modo de experiencia mediante el que apercibir verdades subjetivas ignoradas/rechazadas, en “El self y los otros” se legitima su ser, aun cuando con ella el sujeto huya de la realidad que percibe-vivencia amenazante. En cuanto a la seguridad ontológica, que en “El self dividido” era equiparada a normalidad, en “El self y los otros” se concibe como una expresión de seudocordura, de falso ajuste-adecuación a la realidad convenida (8). Ya, en las formas de acción interpersonal, desarrolla el concepto de identidad complementaria, que sustenta en el saber psicoanalítico y el principio dialógico buberiano, haciéndonos ver cómo en distintas situaciones diádicas sus actores carecen de una genuina aprehensión de sí mismos y del otro, hallando cada yo un otro que ratifique su propia noción falsa de sí (falso yo) a la vez que confiera un viso de realidad a tal “engaño” compartido. Así, del paranoico afirma: (…) la persona paranoica experimenta no la ausencia de la presencia del otro, sino la ausencia de su propia presencia en cuanto otro para el otro. (…) El otro está ahí, pero ella no está ahí para la otra persona (3). Como otro ejemplo refiere la teoría del doble vínculo, en donde las atribuciones hacia sí y otros favorecen y/o socavan el desarrollo de un sentido-ser factible del yo, sumido ahora en la tenaz tarea de desentrañar el “significado oculto” de aquéllas, que, de consistir en atribuciones simultáneas contradictorias, provocarán imposiciones encubiertas.

Dejando ya esto, pasaremos a los ensayos “Cordura, locura y familia”, vol. 1 (1964) (9) y “Razón y violencia. Una década de la filosofía de Sartre” (1950-1960) (en nuestra lengua traducido “Una década de pensamiento sartreano”) (1964) (10), en los que Laing comparte autoría en uno y otro con un colega diferente. Como ya preanuncia el subtítulo del primero, Familias de esquizofrénicos , en él se detallan ciertas entrevistas realizadas tras 5 años investigando a 11 familias con sujetos de tal condición psíquica, si bien la muestra total era de 25 familias. Se refieren en su introducción como limitaciones heurístico-metodológicas que las entrevistas fueran realizadas en consulta clínica y nunca en el hogar, como su registro magnetofónico y no audiovisual, señalándose las escasas interpretaciones, ya existencialistas, ya psicoanalíticas, de su contenido. Como criterios selectivos de la muestra figuraban: ser mujeres entre 15 y 40 años, diagnosticadas de esquizofrénicas por al menos dos psiquiatras y tratadas así por el personal; sin trastorno cerebral-psicocirugía alguna, de un C. I. “normal” y no más de 50 sesiones de TEC recibidas el año antes de que se iniciara tal estudio; mientras con las familias les interesaba saber si al menos uno de los padres vivía en UK, soslayando si la enferma era hija única, tenía hermanos ó no, vivía sola/en familia, etc. Y, aun contando con el diagnóstico emitido, para los fines de investigación se designaba esquizofrénico a la persona o su conducta y/o experiencia que se juzgara clínicamente expresión de presencia de “esquizofrenia”. Así pues, para tales autores, resultaba fallido concebir tal enfermedad como una realidad que sujeta y limita a quien la aqueja, cuya etiología cabe pensar genética (donde destaca la crítica laingiana a la teoría genética de la esquizofrenia de F. J. Kallman y E. Slater, que por razones de espacio no detallamos) (11), constitucional, endógena, exógena, orgánica, psicológica, o mezcla de todas ellas.

El proceder esquizofrénico, por tanto, sería juzgado desde esta óptica como una praxis social dentro del contenido del proceso-praxis que conforma el sistema familiar, y no como un conjunto de síntomas y signos aislados que alguien expresa dentro y fuera de tal sistema, reprobándose así el concepto de patología familiar, al extenderse con éste la ininteligibilidad de la conducta individual a la familiar grupal.

Tales conceptos, praxis y proceso-praxis, se inspiran en ideas sartreanas, tal como evidencia el trabajo “Razón y violencia”, incursión filosófica en que se expresa que existencialismo y marxismo tienen idéntico objeto, sólo que, si el primero busca al hombre dondequiera que se halle, el segundo ha absorbido a aquél en la idea. El ser humano, pues, no es incognoscible, sino desconocido. Aplicado esto al estar del psicótico implicaría que su conductas-experiencias en sí no significan nada, excepto si su praxis (acción) individuo-social está inserta en un proceso-praxis con otros.

Vinculado con ello, está la alienación, que para Sartre supone una negación de la libertad en su propio seno, distinguiendo aquél dos formas primarias alienantes: la alteración y la objetivación, lo que difiere de su concepción marxista, en la que la alienación comienza con la explotación. La existencia, por tanto, es en sí misma un perpetuo desequilibrio, una incesante producción del yo por el trabajo y la praxis, de la que un proyecto vital emana y es distinto de uno a otro sujeto.

Para entender aún más las tesis sartreanas expuestas, reproducimos lo que en una nota inserta en esta obra se expresa: Sartre ha sido criticado por mantener un falso dualismo objeto-sujeto, pero aquí es preciso advertir que lleva a cabo un estudio fenomenológico de una persona, y las experiencias de uno mismo como sujeto-para-sí y como objeto-para-otros exigen, por supuesto, una diferenciación lingüística que exprese el contraste fenomenológico en modos de autoexperiencia.

En clave también marxista, como es la representada por la lucha de clases, se culmina este ensayo aludiendo a la violencia, a la que se define como la acción de la libertad sobre la libertad, ya sea contra la necesidad de alienación, ya contra la propia libertad, ya contra la libertad de otro (10).

Prosiguiendo nuestro recorrido analizando la producción intelectual laingiana, abordaremos ahora “Percepción interpersonal: una teoría de método e investigación” (1966) (12) (editado en castellano “Percepción interpersonal”), escrito elaborado junto a Phillipson y Lee, donde se propone una forma de investigar las díadas que incluya la interacción de ambos sujetos como su interexperiencia. Como instrumento propio para llevar a cabo tal labor aparece al final de esta obra el Método de la percepción interpersonal (MPI), una suerte de cuestionario autoadministrado compuesto de 60 temáticas, con respecto a cada una de las que deben contestarse 12 preguntas, lo que hace un total de 720, siendo el tiempo promedio para contestarlas 70 minutos. Relativas a situaciones vitales en una relación diádica, sus preguntas aparecen, a modo de propuesta, agrupadas en las siguientes 6 categorías: interdependencia y autonomía; interés afectuoso y apoyo; denigración y decepción; enfrentamientos: ataque/fuga; contradicciones y confusiones; y, negación extrema de la autonomía. Cada temática, a su vez, está subdivida en 3 secciones: A, B y C; A, en donde las preguntas a uno son directas, B en el que uno califica las respuestas que piensa daría el otro, y C donde uno juzga lo que el otro piensa que ese uno respondería, dándose en respuesta a cada pregunta: muy verdadera, ligeramente verdadera, muy falsa y ligeramente falsa. De existir una marcada dificultad para responder si una pregunta es cierta ó falsa, el sujeto, tras realizar un balance, y decantarse por una/otra opción, añadirá una marca en la última columna de la hoja de respuestas. En su construcción, como fuentes filosóficas de inspiración citan las ideas feuerbachianas (como la relativa al sinsentido de aludir a la categoría yo sin referir su complementaria tú), como las buberianas, schelerianas y husserlianas, mientras del saber psicológico como antecedente más cercano refieren la prueba usada por Dymond en 1949 para medir la aptitud empática, si bien arguyen que la estructura y procesos que intenta medir el MPI son más complejos que los de la prueba referida.

Sustentando su propuesta teórica-aplicada está la idea de que la conducta es función de la experiencia, estando tanto una como otra siempre asociadas a un algo/alguien distinto de uno mismo. La propia identidad sufre, así, alteraciones, en términos de los otros que yo llego a ser para los otros. Interiorizadas de nuevo por mí, tales identidades, se tornan multifacéticas metaidentidades de ese otro que yo infiero que yo soy para el otro, indicándose que esa multiplicidad de identidades en modo alguno es secundaria, ya se conciba ontológicamente, ya en relación causal y/o de importancia respecto a la propia identidad. A su vez nuestra experiencia del otro siempre implica la interpretación particular de su conducta, irrumpiendo ahí la dificultad de la visión distinta de mi experiencia que yo poseo de la que el otro tiene de mí, siendo aquí importante la vivencia/sensación de ser entendido y entender al otro, conjunción de la propia perspectiva con la homóloga del otro, espiral que llega a ser inacabable, determinando así el destino de la relación diádica (12).

Del siguiente escrito laingiano a analizar, “La política de la experiencia” y “El ave del paraíso” (1967) (13), señalar las dos versiones traducidas en castellano que existen, una publicada por la editorial Paidós (en que aparece como “Experiencia y alienación en la vida contemporánea”), y otra en Crítica, fiel a su título en inglés, que usamos aquí.

Como apertura, en su capítulo 1. Personas y experiencia, Laing nos enfrenta al grave problema de la incomunicación social (soledad existencial), que, entonces, como hoy, sufren las sociedades avanzadas, haciéndonos ver la ignorancia real (que el ser humano juzga ficticia), de la propia identidad (yo) y de la del otro (tú), que cabe alterar con la fenomenología social, a la que define como la ciencia de mi propia experiencia y de la de otros (22); un saber, pues, interesado por tu conducta y por la mía tal como yo la vivencio, y por la tuya-mía tal como tú lo haces. Con todo, deja claro que la relación experiencia-conducta no es similar a la de interno-externo, pues esto sería como decir que mi experiencia es intrapsíquica, presuponiendo así cierta psique que alberga mi experiencia, cuando mi psique es mi experiencia y viceversa mi experiencia mi psique. La experiencia de la negación también difiere de la negación de la experiencia, como la soledad del aislamiento perpetuo ó la esperanza momentánea de la desesperanza y desesperación permanente, de tal forma que el elemento de la negación está en cada relación y en cada experiencia de esa relación, distinguiendo dos formas de alienación, una normal y otra patológica, habitualmente identificable con lo acordado como locura.

Ahondando en esto, pero focalizado en la experiencia terapéutica, afirma que la psicoterapia debe ser un intento obstinado de dos personas por recuperar la totalidad del ser humano a través del nexo terapéutico, siendo el paciente aceptado en el aquí y el ahora (lo que resuena a ideas rogersianas) y no cambiado (criticando aquí la terapia de conducta), pues así sólo perpetuaremos la enfermedad mental. El hombre, por tanto, para ser él mismo, debe alejarse de la normalidad, siendo la locura la que le permite estar-ser en adecuada sintonía con sí. La condición esquizofrénica la define pues como una suerte de estrategia especial creada por el sujeto para poder vivir una situación vital insoportable, generada en un sistema/contexto social, en nada atribuible a fallas aisladas, ya de carácter neurobiológico, ya psico(pato)lógico.

Corrosivo crítico social, Laing arremete también contra los poderes fácticos, y así contra la psiquiatría vigente, cuyos modelos de locura no comparte, especialmente el concebido acerca de la esquizofrenia, donde más que ser el proceso terapéutico un encuentro humano tecnificado, se torna un examen degradante para el otro, con el que se pretende domeñar/acomodar su voluntad, arrogándose para llevar a cabo tal tarea criterios técnicos y/o legales consensuados socialmente. Estar loco, insiste Laing, aun cuando se equipare tal término en nuestra cultura al de enfermo, resulta inapropiado, argumentando a favor de ello que la verdadera cordura ocasiona, de un modo u otro, la disolución del ego normal, de este falso yo perfectamente adaptado a nuestra realidad social alienada (...). Es erróneo, pues, pensar que la cordura consiste en la capacidad de adaptación a la realidad externa, mientras la locura su fracaso, representando la última para el pensamiento laingiano una suerte de viaje (metanoia) emprendido para remediar el terrible estado de alienación que denominamos normalidad (13).

Como foco de sus reflexiones, en sus dos siguientes trabajos, publicados ambos en 1969, uno por la editorial CBC de Toronto (“Las políticas de la familia”) (8) y el otro por la Tavistock de Londres (“Las políticas de la familia y otros ensayos”; del que existe versión traducida en castellano titulada “El cuestionamiento de la familia”) (14), está el sistema familiar, del que rescataremos algunas ideas vertidas en la segunda obra citada.

En ésta, la familia es definida como un conjunto de interrelaciones interiorizadas, en base a las cuales un sujeto desarrolla una estructura del grupo familiar fantaseada, merced a la que construye esquemas que gobiernan el modo en que desea, teme y percibe los sucesos externos, que también le provocan acciones/reacciones, ya en la fantasía, ya como ulteriores profecías autocumplidas. Igual sucede en el quehacer del terapeuta, que, desde el primer contacto con el/los paciente(s), actúa y a su vez influye en el/los otro(s), generando una matriz de reciprocidades que determinará el curso de la situación social psicoterapéutica iniciada y de las expectativas de sus participantes.

En tal contexto/sistema familiar, se advierte con facilidad, afirma Laing (14), la mayor-menor resistencia que sus miembros ofrecen para que se sepa qué les sucede, usando éstos complicadas estratagemas, paradojas y falsas atribuciones para combatir al intruso que “osa” adentrarse en su novela familiar pasada y presente, donde existen reglas que prohíben saber que existen ciertas reglas.

Ya en 1970, ve la luz “Nudos”, al que en su versión castellana se le ha añadido el subtítulo La trama de los sentimientos (15), donde Laing expone íntimos pensamientos y hondas reflexiones, más de tinte poético-filosófico que científico, acerca de temáticas vinculadas con el universo emocional de todo ser humano (amor, miedo, tristeza, etc.), despojándose aquí de su saber como psiquiatra para mostrarnos otra íntima faceta.

Seis años después, intitulados “Los hechos de la vida” (en castellano versionado como “Las cosas de la vida. Un ensayo sobre los sentimientos, la realidad y la fantasía”) (1976) (16) y “¿Me amas?” (1976) (17), aparecen estos dos trabajos laingianos, de los que en el primero se refieren remembranzas autobiográficas asociadas con la sexualidad, el nacer y la muerte, percibiéndose la gran curiosidad infantil de Laing, ahogada por los conflictos emocionales de sus progenitores, como por la atmósfera sociocultural y religiosa del zeitgeist y entorno familiar en que le tocó vivir. Asimismo refiere extractos de vivencias personales vinculadas con su propia percepción-visión de sí, de otros, en diferentes actividades cotidianas y/o profesionales, que analiza con distinto detalle. En cuanto al segundo, usando diálogos, expresados a modo de fábulas y viñetas con ecos bíblicos, como son “El regreso del hijo pródigo” (I) y (II), escenifica situaciones humanas como conflictivas paternofiliales, infidelidades/celos de pareja, ó el desgaste que ésta sufre con el transcurrir del tiempo. En sus palabras, mezcla agridulce de sentimientos encontrados, parece hablar de sí, como si de un catarsis personal se tratara (17).

Al año siguiente, en tono claramente intimista, se publica “Conversaciones con Adam y Natasha” (1977) (traducido al castellano como “Conversaciones con mis hijos”) (18), título para nosotros desacertado, desde que Laing ya tenía entonces ocho vástagos y sólo alude a los dos antes referidos en el texto original inglés. Basadas en experiencias personal-familiares acontecidas durante seis años (con Jutta y los hijos tenidos con ésta), y carentes de toda carga conceptual, Laing expresa en su introducción que, nuestra comprensión del ser adultos, sin contacto con el niño, resulta muy pobre, convencido que unos necesitan al otro (adulto) y viceversa, para crecer y ser mejores personas. Igualmente, como padre, siente en algún modo que sus niños crezcan, compartiendo con el lector una ternura y orgullo paternal no antes captado en sus trabajos (18).

Dos años más tarde, en 1979, será publicada la obra laingiana “Sonetos” (vertida al castellano como “Sonetos y aforismos”) (19), en la que destaca el papel crucial de la palabra en la historia del Hombre, exponiendo luego sus propios sonetos, que dedica a temáticas como el amor (donde hay un soneto a Jutta), la agresión, el envejecer, etc. La segunda parte, por el contrario, aglutina sentencias/aforismos filosóficos y bíblicos, de los que refiere el evangelio según San Marcos (cap. VIII: 27-30) ó el cántico de Zacarías.

En 1980, en tributo a F. Schumacher, Laing pronuncia la conferencia ¿Qué ocurre con la mente? (20), donde de nuevo alude al carácter inasible de la subjetividad, cuya existencia reivindica frente a posiciones positivistas, juzgándola una vía idónea para transitar del subjetivismo al objetivismo, despojándonos así con ello del primero.

Por último, en nuestro análisis del pensamiento laingiano recalaremos en “La voz de la experiencia” (1982) (21) y “Prudencia, locura y praxis sin sentido: la conformación como psiquiatra”, 1927-57 (en nuestra lengua aparecido “Razón, demencia y locura. La formación de un psiquiatra”, 1927-1957) (22). Dando inicio al primero, Laing refiere la inextricable dificultad para distinguir/separar la subjetividad-objetividad, aseverando que no hay nada más subjetivo que la objetividad ciega a su propia subjetividad. Si esto se aplica al hacer psicoterapéutico, continúa, resulta una tarea aún más imposible, ya que en salvaguarda de la objetividad acabaríamos cosificando al paciente. El hombre, en línea con asertos diltheyanos, constituye para Laing una unidad personal, no una cosa, transcurriendo su devenir vital en un mundo complejo/simbólico. El teleologismo de la conducta humana, al entender laingiano, impediría objetivar los actos conductuales de un sujeto, al ser imposible investigar separadamente los motivos/intenciones de forma objetiva del que los trama, esto es, de la persona (dinamizador vital) que los produce.

Esto último también le sucedería al saber psiquiátrico y a sus manos ejecutoras, plagadas de valores subjetivos, siendo así definida por Laing la psiquiatría objetiva un intento no objetivo de controlar los sucesos no objetivos a través de medios objetivos. Toda variación biológica, pues, a su entender, que correlacione con las variaciones experienciales juzgadas patológicas será considerada patológica sólo porque tales experiencias indeseables se calificaron patológicas, infiriéndose que sus correlativos biológicos sean también patológicos, tanto por una razón biológica objetiva como si no. Clasifica en base a ello las experiencias en tres categorías: metanoide (cuando son poco habituales y/o extrañas en forma y contenido), ectópica (si acontecen antes de nacer, tras morir ó bajo anestesia) y transgresiva (al traspasar los límites objetivos posibles), poseyendo muchas experiencias ingredientes de las tres categorías arriba mencionadas. De esas vivencias, se concentra en las prenatales intrauterinas, describiendo también otras vinculadas con la reencarnación-muerte, citando literatura médica y antropológica psicoanalítica relativa a ellas, que, cuestiona y/o le sirve de apoyo a sus propias ideas. La regresión, así, en cualquiera de sus formas, es para él una vía para encontrarse a sí mismo, para destruir la represión y no para preservarla, para deconstruir el propio self.

En conexión con esto, se interroga si puede valorarse un juicio biológico objetivo el que realiza un psiquiatra al emitir un diagnóstico y decidir acerca de la naturaleza de lo posible-imposible, al pensar Laing en su fallo final como producto más de presiones sociales que de juicio clínico, de una decisión política y no para proteger al sufriente.

De “Prudencia, locura y praxis sin sentido: la conformación como psiquiatra”, 1927-57 (1985), ensayo autobiográfico, poco cabe añadir, desde que la semblanza laingiana ha sido bien trazada en trabajos como el de J. Clay (1) ó el de A. Laing (7), uno de sus hijos, que matizan y/o enriquecen cuestiones referidas en el citado escrito.

 

Conclusiones

Como otras figuras pioneras en el abordaje-tratamiento de la psicosis, Laing también se comprometió genuinamente con el sujeto psicótico, del que enfatiza el rol que la familia desempeña en la génesis-desarrollo de su enfermedad mental, lo que ha sido juzgado como un desplazamiento/extensión en la etiopatogenia de tal desorden de la figura materna esquizofrenógena a la familia esquizofrenógena (23), valorándose asimismo su proceder-visión terapéutica de romántica (24).

Sea como fuere, desde la perspectiva laingiana, la condición esquizofrénica es concebida como:

 

1. Resultado de una extrema inseguridad ontológica;

2. Una adaptación a patrones comunicacionales anómalos/disfuncionales en la familia;

3. Un viaje interior (metanoia) a través del que sanar escisiones psíquicas, a las que describió en términos arquetípicos (de ahí que se la considere una interpretación neojungiana de la esquizofrenia), que obliga a quien la padece a retornar al estado de desarrollo previo a la emergencia del falso self, sin por ello equiparar la locura a un viaje con LSD como muchos de los detractores de Laing han hecho creer (25);

4. Como un trastorno al servicio de una función política: la de controlar socialmente al molesto, privándole de derechos-libertades, que se justifica por el bien colectivo (8, 26).

 

Asimismo, la obra laingiana señala los excesos del orden-estatus psiquiátrico imperante, frente al que propone una visión humanista-existencial, de la que en sus inicios aísla las ideas místico-religiosas, para luego conferirles relevancia (27). Bajo todo ello, a nuestro entender, late su propia novela familiar y destino psíquico, en el que destaca el trastorno límite de la personalidad que aquejaba, así como la propia ceguera psíquica que poseía al teorizar cómo las familias eran responsables (que no causantes) de los trastornos mentales de sus miembros, olvidando esto en las que él mismo creó, al actuar al margen de lo aprendido en su conceptualización-praxis clínica. Y, aun con los avances actuales en neurobiología-psicofarmacología e intervenciones/estrategias psicoterapéuticas, de vivir ahora, sería testigo de cómo el esquizofrénico es estigmatizado, y así su estar en el mundo, al ser noticia cuando comete un parricidio y/o actos violentos, y no en su cotidianeidad, de la que nada se alude a su estatus psíquico y/o falta-interrupción de medicación antipsicótica.

 

BIBLIOGRAFÍA:

(1) Clay, J. R. D. Laing. A Divided Self. London : Hodder and Stoughton , 1996.

(2) J. L. Fábregas y A. Calafat. Política de la psiquiatría (Charlando con Laing). Bilbao: Zero, 1976.

(3) R. D. Laing. El yo dividido. Un estudio sobre la salud y la enfermedad. México: Fondo de Cultura Económica, 1975.

(4) R. D. Laing. El yo y los otros. México: Fondo de Cultura Económica, 2ª ed, 1974.

(5) Roudinesco, E. y Plon, M. Diccionario de psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 1998.

(6) Mitchell, S. A, y Black, M. J. Más allá de Freud. Una historia del pensamiento psicoanalítico moderno. Barcelona: Herder Editorial, S. L, 2004.

(7) Laing, A. R. D. Laing. A Life. Sutton Publishing, UK : 2006, 2ª edition.

(8) Burston, D. The Wing of Madness. The Life and work of R. D. Laing. Cambridge , Massachusetts , and London , England : Harvard University Press, 1996.

(9) R. D. Laing y A. Esterson, Cordura, locura y familia. México: Fondo de Cultura Económica, 1980.

(10) R. D. Laing y D. G. Cooper, Razón y Violencia. Una década de pensamiento sartreano, Buenos Aires: Editorial Paidós, 1972.

(11) R. I. Evans. Conversaciones con R. D. Laing. Barcelona: Gedisa, 2ª ed., 1980.

(12) R. D. Laing, Phillipson, H, y A. Russell Lee, Percepción interpersonal. Buenos Aires: Amorrrortu editores, 1973.

(13) R. D. Laing. La política de la experiencia y El ave del paraíso. Barcelona: Crítica, 1978. (Aparecido también en 1973 en Buenos Aires, en Paidós, como Experiencia y alienación en la vida contemporánea).

(14) R. D. Laing. El cuestionamiento de la familia. Buenos Aires: Paidós, 1972.

(15) R. D. Laing. Nudos. Barcelona: Marbot Ediciones, 2008.

(16) R. D. Laing. Las cosas de la vida. Barcelona: Crítica, 1977.

(17) R. D. Laing. ¿Me amas?. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1979.

(18) R. D. Laing. Conversaciones con mis hijos. Barcelona: Critica, 3ª ed., 1980.

(19) R. D. Laing, Sonetos y aforismos. Barcelona: Crítica, 1982.

(20) R. D. Laing. ¿Qué ocurre con la mente?. En Para Schumacher. Madrid: H. Blume Ediciones, 1981, 19-47.

(21) R. D. Laing. La voz de la experiencia. Barcelona: Crítica, 1983.

(22) R. D. Laing. Razón, demencia y locura. La formación de un psiquiatra, 1927-1957. Barcelona : Crítica, 1987.

(23) E. Dolnick. Madness on the couch: blaming the victim in the Heyday of Psychoanalysis. New York : Simon & Schuster, 1998.

(24) Miller, G. R. D. Laing. Edinburgh : Edinburgh Review in association with Edinburgh University Press, reprinted in 2005 (First published in 2004).

(25) R. D. Laing. Los locos y los cuerdos. Barcelona: Crítica, 1980.

(26) R. Boyers y R. Orrill (comp.), Laing y la antipsiquiatría. Madrid: Alianza, 1978.

(27) J. Mitchell. Psicoanálisis y feminismo. Freud, Reich, Laing y las mujeres. Barcelona: Anagrama, 1982.

 

Referencia en la Red:

 

http://aen.es/index.php?option=com_docman&task=cat_view&gid=441&Itemid=50

 

Referencia Original: Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq., 2011; 31 (112), 679-691

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