Instituto de Desarrollo Psicológico Indepsi  
· Quienes somos · Contacto · Libro de Visitas · Sucripción Newsleter · Portal Principal -
Menu Indepsi
Presentación
Quienes Somos
Introducción
Marco Teórico
Profesionales
Formación
En Psicoterapia
Cursos
Talleres
Practicas Profesionales
Publicaciones
Correo de Psicoterapia
Revista de Bioanálisis
Libros y Ediciones
Artículos
Actividades
Atención Clínica
Reuniones Clínicas
Convenios
Red Gratuita
Correo de Psicoterapia
Anteriores
Newsletter   
Inscripción
Psicometría
Asesoría On Line
Asesoría Psiquiatras
Asesoría Psicólogos
Servicios Indepsi
 

Estadisticas

 

 
Artículos Clínicos:                                      

Amor, Transferencia y Locura (1)

 

Serapio J. Marcano D.

Resumen

El amor, al igual que las demás emociones básicas, se va estructurando particularmente en base a las cualidades de las funciones de los objetos que interactúan en los vínculos objetales. Algunas de esas experiencias no son integradas plenamente y van a ser motivo de una elaboración retroactiva con poder o eficacia patógena. Estas experiencias, junto a aquellas otras que si son integradas plenamente en un contexto significativo, configurarán las fantasías inconscientes, determinantes de las modalidades vinculares en los diversos momentos integrativos de la mente.

 

Luego de revisar la organización de las pulsiones, deseos, afectos, pensamientos, concepción témporo-espacial y mecanismos mentales en los diferentes niveles integrativos, se procede a examinar el concepto de transferencia, y particularmente del amor de transferencia, en las diferentes estructuras clínicas edípicas y narcisistas, una de cuyas manifestaciones es la locura pasional transferencial, que sería diferente de la transferencia psicótica, la cual adquiere cualidad delirante a nivel del pensamiento.

 

Amor. Estructuración mental. Fantasía inconsciente

El amor es un afecto o una emoción básica de los seres humanos que, por fines prácticos y expositivos, se le estudia separado de los otros afectos básicos, pero que en la realidad psíquica está indisolublemente ligado a los mismos en una constante interacción, y particularmente al otro afecto antitético que es el odio.

Estos afectos cabalgan sobre las vicisitudes de gratificación o frustración de las necesidades de los seres humanos desde el momento en que se inicia la vida de relación con otros seres humanos, siendo el primer objeto de relación la madre y más específicamente algunos aspectos de la madre, que los psicoanalistas conceptuamos como cualidades de la función materna con las cuales se establece fundamentalmente el vínculo. Estas cualidades son la capacidad de alimentar y cuidar, de hacer presencia, de dar calor, de proteger y que, además de servir de instrumentos para satisfacer las necesidades pulsionales, van a proporcionar un plus de placer sensual o de displacer, sensaciones que adquirirán una connotación afectiva amorosa o de odio de acuerdo a la gratificación o frustración de dichas necesidades y de la manera en que las mismas sean satisfechas o no por los objetos de la realidad exterior que sustentan la vida de estos seres humanos en formación. Es muy difícil definir con exactitud los modos en que el infante ha experimentado sus vínculos con los objetos de la realidad exterior y la manera en la cual dichos vínculos han sido internalizados y pasarán a formar parte de sus huellas mnémicas. Desde el psicoanálisis sólo los podemos inferir a través de sus reviviscencias durante la experiencia analítica y haciendo inferencias con la ayuda de una disciplina auxiliar como lo es la observación de bebés orientada psicoanalíticamente. Sobre las primarias vivencias se solaparán las nuevas experiencias, las cuales, a su vez, abrirán una ventana a la posibilidad de modificación de las primitivas experiencias, o serían una reproducción de las anteriores. Cuando las experiencias vividas son integradas en un contexto significativo, dichas experiencias se van estructurando en un proceso de significaciones cada vez más complejas y armónicas que configuran organizaciones y diferenciaciones mentales dentro del mundo interno que incluye a los objetos internos y su interacción con los objetos externos. Pero también tienen lugar otras experiencias que no son integradas plenamente en un contexto significativo en el momento de ser vividas, y cuyo prototipo lo constituyen las experiencias traumáticas, las cuales van a ser objeto de una elaboración retroactiva, según el decir de Freud (Nachträglichkeit en alemán, Après-coup en francés), y esa reorganización o reinscripción, que es experimentada, de vez en cuando, en función de nuevas condiciones, le confiere un sentido, e incluso un eficacia o un poder patógeno. (Freud, S. 1896).

Tanto las experiencias plenamente integradas en un contexto significativo, como aquellas que no lo son, constituirán las fantasías inconscientes, las cuales van a determinar, en buena medida, las modalidades vinculares en las relaciones con los objetos de la realidad externa, bien sea en las formas más maduras de relación, como en las que configuran las llamadas estructuras clínicas, si aceptamos un criterio nosológico psicoanalítico para organizar dichas estructuras. Pero también dichas fantasías van a organizarse de diferente manera en los diversos momentos integradores de la mente humana que, desde ya debo aclarar, no siguen una dirección unívoca lineal, paralela al patrón de desarrollo biológico o neurofisiológico, aunque se solapan sobre él, sino que alternan momentos de progresión o regresión, o de mayor o menor integración y que, para fines teóricos, las diversas corrientes psicoanalíticas sistematizan desde diferentes vértices, dependiendo de sus intereses particulares. Así las fantasías correspondientes a cada uno de los diferentes bloques constitutivos de la estructuración psíquica contendrán una particular organización de las pulsiones, deseos, pensamientos, afectos, concepción del tiempo y del espacio y mecanismos mentales de las formaciones del inconsciente.

Se puede hipotetizar que en los niveles más primarios de funcionamiento de la mente no habría diferenciación entre el sujeto y el objeto, así como las experiencias afectivas y de placer o de displacer estarían indiferenciadas. A partir de allí se integrarían hacia un estado de placer y de displacer más específicos, conjuntamente con la diferenciación más elaborada de las imágenes “buenas” y ”malas” del sí mismo y del objeto hasta llegar a una integración de las cualidades y de los afectos “buenos” y “malos”, placenteros y displacenteros, dentro de un mismo sujeto y un mismo objeto. En la medida en que se avanza en la integración hay también una evolución en la dimensionalidad de la visión del mundo que pasa de un nivel de relación lineal en el cual no se distinguiría entre la distancia y el tiempo que, como dice Meltzer, (1.979): “no es un mundo conducente a la emocionalidad fuera de la forma más simple y polarizada” y en la cual “la gratificación no podría diferenciarse de la fusión con el objeto”, hasta un nivel donde el tiempo adquiere la dimensionalidad del proceso secundario tal como lo planteó Freud en “Los dos Principios del Funcionamiento Mental” (1.911) y en cuyo nivel, el tiempo, como un poderoso factor que nos viene desde el mundo exterior, ha adquirido una tendencia direccional propia, acompañado de una discriminación importante del sujeto y del objeto, que corre paralela a la transformación del predominio de los mecanismos de identificación proyectiva e identificación adhesiva, constituyentes principales de las identificaciones narcisísticas que encontramos en la base de múltiples trastornos psicopatológicos regresivos. Toma preeminencia entonces la identificación introyectiva como mecanismo mental, que va a dar lugar no sólo a esa mayor discriminación de sí mismo y del objeto sino también de los afectos y en donde tienen lugar la capacidad de espera vinculada a la oportunidad para la gratificación, predominando los sentimientos amorosos sobre los hostiles, que ahora son contenidos dentro del sujeto. Todas estas experiencias dadas en los diferentes niveles de integración del funcionamiento mental, van dejando una sucesión de inscripciones de signos en el inconsciente que constituyen las representaciones inconscientes de la pulsión las cuales están dispuestas en forma de fantasías, que a su vez son los escenarios imaginarios a los cuales se fija la pulsión y que pueden concebirse como verdaderas escenificaciones del deseo (Laplanche-Pontalis, 1974). La pulsión se diferencia del instinto en tanto que su objeto no está predeterminado biológicamente y que busca una satisfacción placentera más allá de la necesidad biológica y que el placer que procura se observa como componente parcial e incorporado al placer del amor sexual genital adulto y por eso en el Psicoanálisis hablamos de psicosexualidad en lugar de simplemente sexualidad.

Cuando la necesidad es satisfecha, y queda la huella mnémica del objeto que produjo placer, surge el deseo, buscando satisfacción en la identidad de percepción, reproduciendo alucinatoriamente las percepciones que se han convertido en signos de esta satisfacción. Se dirige una demanda a un objeto buscando que el mismo provea dicha satisfacción, pero la misma es imposible de satisfacer, ya que es una demanda de amor que busca ser llenada de una vez por todas y crece en una relación espiralada sin fin. Se asemeja al juego infantil del Cuento del Gallo Pelón, el cual nunca termina. La demanda es de naturaleza absolutamente incondicional, en cambio el deseo introduce una condición absoluta al ligar la posibilidad de placer a una determinación estricta, cual es la de que el objeto presente una característica particular, como en el fetichismo. El deseo consiste en un mecanismo lingüístico mediante el cual se distorsionan y modifican ciertos elementos dentro de otros. Aparecen en los puntos de ruptura, distorsiones y opacidades en el discurso asociativo.

 

¿Qué son las Transferencias?

Se trata de un fenómeno general del funcionamiento de la mente, universal y espontáneo, que consiste en unir el pasado con el presente mediante un falso enlace que superpone los deseos pretéritos implícitos en las fantasías inconscientes y vinculadas a los objetos del pasado, sobre los objetos actuales, dándole a la conducta un sello irracional.

Como proceso psíquico presente en el tratamiento psicoanalítico empieza a ser desarrollado por Freud desde muy temprano en su producción teórica y lo continúa elaborando en muy diversos trabajos hasta el final de su obra en el “Esquema de Psicoanálisis” (1938).

Para Freud la transferencia en el análisis se produce cuando el deseo se aferra a un elemento muy particular que es la persona del analista, la cual es vaciada de significado, igual que los restos diurnos del sueño, y se le confiere una significación distinta a la original, con lo cual el deseo se disfraza para permanecer inconsciente.

La transferencia es la misma en el análisis que fuera de él. Por un lado es el más grande aliado del análisis y por otro es el mayor obstáculo. El análisis se hace gracias a la transferencia y a pesar de ella, como dice J. A. Miller (1979) parafraseando a Freud. Esto corresponde a los dos aspectos de la transferencia, uno es el de la repetición inconsciente, que es descrita por Freud como un estereotipo o cliché que se repite en forma constante en el decurso de la vida de una persona, dirigiéndose a la realidad buscando satisfacerse en una persona de dicha realidad externa, y en el análisis se dan todas las circunstancias para que el analista ocupe el lugar hacia donde se dirigirán esas demandas libidinales, que no son más que demandas de amor. En los niveles conscientes la búsqueda de ese objeto de la realidad es aplicada en forma racional, pero a nivel inconsciente, es una relación ilusoria, irracional, o imaginaria como diría Lacan.

El otro aspecto de la Transferencia es el de la resistencia, que es uno de los tres tipos de resistencias del Yo. La Transferencia puede ser positiva y negativa, desde el punto de vista de los afectos, y la positiva puede ser de afectos cariñosos, desexualizados o amorosos sexualizados. Estos últimos, junto con los negativos son los que se constituyen en resistencia al buscar satisfacción en lugar de recordar. Así por ejemplo, cuando una persona siente rechazo y hostilidad a todo lo que provenga del analista puede ser porque en el inconsciente el analista representa un figura parental intrusiva, que no permite la necesaria Narcisisación del infante, lo cual no excluye que el analista realmente se contraidentifique con estos objetos intrusivos. El analizante repite y el analista también, en lugar de recordar estos afectos, como un modelo vincular del pasado. La transferencia amable, o positiva amorosa sublimada es la que permite operar sobre el paciente por sugestión. Según Freud (1912), por sugestión debemos entender la forma de influenciar una persona mediante los fenómenos de transferencia posibles en su caso. La sugestión es en este caso, y no siempre, para Freud, igual que para Ferenczi (1909): “la creación artificial de condiciones donde la tendencia universal a la obediencia ciega y a la confianza incondicional, residuos del amor y del odio infantil-erótico hacia los padres, se transfiere a la persona del hipnotizador” (en este caso sería a la persona del analista). Están dadas así las condiciones, como dijimos antes, para que el analista, al ser objeto de transferencia, para el analizante, adquiera y concentre en sí, una nueva significación, el valor de síntoma, y surja la neurosis de transferencia.

Según la teoría lacaniana, el analista pasa entonces a ocupar el lugar del gran Otro, que escucha la demanda del paciente de buscar la verdad sobre sí mismo, sobre su identidad, sobre su deseo. El analista será ubicado como el Sujeto Supuesto Saber. Mantener esta relación ilusoria e imaginaria es lo que permite que el inconsciente empuje para manifestarse. El analista lo logra al no identificarse con este Sujeto Supuesto Saber, pues de lo contrario, si lo encarna, la experiencia analítica desencadena una psicosis alucinatoria crónica y que en la práctica lo observamos cuando el paciente nos dice que lo sabemos todo de él y por lo tanto no tiene que decirnos nada más. Además, si desde el lugar del analista recurrimos a cualquier saber para tapar esa abertura, lo que lograremos es cerrar el camino a través del cual el inconsciente buscaba expresarse. Pero esto también puede verse desde otra perspectiva, y es la siguiente: el sujeto, en el análisis, dirigirá al analista sus demandas mediante las cuales repetirá toda una serie de sucesos de su vida psíquica anterior y las vivirá no como experiencias del pasado sino como relación actual con la persona del analista. Las diversas estructuras se reeditan en esta relación. Las modalidades estructurales narcisísticas, donde predomina una relación dual, especular, imaginaria, buscan su propia imagen en la imagen del analista, que es la suya, y es la de otro, como en los comienzos de su desarrollo humano, identificándose con ella y poniendo en evidencia los elementos constitutivos del yo primitivo, con sus identificaciones imaginarias. La estructura edípica, en la cual predomina la relación triangular por la presencia de un tercero, con el predominio del lenguaje es simbólica y la identificación que se establece es simbólica, contiene en sí la ley del padre, los ideales y las aspiraciones dentro del Ideal del Yo y del Súper-Yo, heredero del Complejo de Edipo.

 

El Amor de Transferencia

En las páginas anteriores hemos ido mostrando como, desde el vértice psicoanalítico, el amor puede ser conceptualizado como un componente de los afectos que se hacen presentes en los vínculos humanos, en sus relaciones no sólo con los objetos de la realidad externa sino también con los de la realidad psíquica y que aparece en las diversas expresiones de las fantasías inconscientes las cuales revelan los diversos niveles de complejidad de integración de la mente humana. El amor, inextricablemente ligado al odio, aparece en las estructuras primitivas narcisísticas predominando las relaciones duales, especulares, de relaciones parciales sujeto-objeto, donde se ama predominantemente al otro que representa la imagen del sujeto dándole una esperanza ilusoria de completud, apareciendo el odio como efecto de la diferencia de ese otro con lo que de él se espera que sea. Ese otro representa al objeto parcial de la pulsión confundido con el sujeto mismo y que vendría a rellenar la falla de la separación. Ese objeto parcial es sucesivamente el pezón, las heces y luego el falo donde los significantes previos se trasmutan en los nuevos, lo cual corresponde a un proceso de duelo sucesivo, según una de las lecturas posibles de la teoría de las etapas freudianas. Todas estas demandas de amor a los objetos parciales y el deseo que busca satisfacción en la identidad de percepción, van a ser penetradas por la aparición de un tercero que desde un comienzo está presente a través de las normas de la cultura, pasando el objeto de la pulsión a constituirse en objeto total al aparecer la situación edípica. Dicho tercero se materializa en la imagen paterna que marca la Ley que prohíbe acceder al objeto del deseo. Introduce así al sujeto en el orden simbólico, en el lenguaje y en el simbolismo sociocultural, en oposición a lo imaginario no simbolizado. El amor aparece entonces dirigido a una otra persona que no es el objeto original de la pulsión sino otro objeto que, por desplazamiento simbolizará al objeto original.

El amor que acompaña a estas relaciones de objeto, en los diversos componentes estructurales, puede cobrar una inusitada fuerza en la relación el analista, inundando todo el campo del análisis y en el cual el analista deja de ser tomado, por el analizante, como lo que realmente es: un analista que supuestamente sabe sobre el deseo del sujeto y pasa a ser el objeto del deseo.

Se puede decir que la irrupción violenta o precipitada, intensa, tenaz e irreducible que alcanza este tipo de demanda amorosa y que no cede ante aclaratoria racional alguna, se debe a que dichos impulsos están dirigidos desde el inconsciente a objetos arcaicos y evidencia en ello las condiciones imaginarias, propias del predominio de las organizaciones narcisísticas presentes en los diferentes niveles de integración mental y de las fantasías inconscientes concomitantes. Las erotizaciones del vínculo denotarán las relaciones de objeto parcial correspondientes a esos diferentes niveles y pondrán en evidencia la mayor o menor integración de los afectos, de las cualidades de los objetos y de los mecanismos mentales puestos en juego. Estos diferentes niveles corresponden a las varias formas de amor de transferencia que aparecen en las neurosis, la locura y la psicosis.

Es bueno aclarar que mi posición es la de que en todo individuo se organizan, dentro de su aparato psíquico las diversas estructuras en muy variadas proporciones, y que en un nivel de integración óptimo constituirían las modalidades de vinculación con predominio del eje edípico sobre el eje narcisístico, de lo simbólico sobre lo imaginario, y en el cual, como dice Liberman (1.976), la acción y la expresión de las ideas y la regulación de los afectos se combinan con el mayor grado de adecuación. Pero también pienso que cada ser humano presenta una organización estructural predominante la que eventualmente puede flejar y dar lugar a la aparición de otro tipo de estructuras de mayor o menor integración, apoyándonos, para plantear esto, en que “toda estructura tiene un lugar vacío que posibilita las permutaciones”. (Rabinovich, D. 1.977).

En los analizantes con predominio neurótico y en los cuales el conflicto edípico genital, con sus angustias de castración, es el que rige la escena transferencial, aparecen enamoramientos con diversos grados de intensidad pasional, en los cuales la idealización del objeto amoroso está dirigida a la persona del analista, disociada de las inclinaciones y expectativas sexuales respecto al mismo, las cuales van a ser dirigidas a otros objetos de la realidad externa que, debido a alguna característica particular, atraen hacia ellos los deseos eróticos correspondientes al progenitor deseado, en tanto que los afectos negativos son dirigidos hacia otros objetos que también tienen características que los ligan, de algún modo simbólico, con los objetos edípicos, y donde la rivalidad con el progenitor del mismo sexo puede adquirir características pasionales en las cuales aparece el odio al atribuirle la prohibición de la sexualidad, pero hacia los cuales también subyace una mezcla de admiración y celos por el lugar que este objeto ocupa al lado del objeto de amor, lugar que desea inconscientemente tomar en posesión y que a la vez teme, pues de quedarse atrapado allí no puede hacer la exogamia, añadiéndosele a dichos temores el correspondiente al de la castración.

Amar es, para el sujeto ubicado predominantemente en una posición narcisística, que el objeto se preste a proveer una ilusión de igualdad, de completud, de constancia, de no separación. Desde la posición del objeto marcado por la Ley que impone el reconocimiento de lo imposible de la completud, que impone asumir la renuncia, amar es desconfirmarle al sujeto esa expectativa de unión, es no sostener esas identificaciones y así procurar la identificación simbólica a través de la cual el sujeto incorpora la Ley que le impone aceptarse en falta. Pero cuando el amor adquiere un carácter pasional donde la intensidad del afecto y el apego al objeto ciegan completamente al sujeto, aparecen las más intensas sensaciones de éxtasis, o los sufrimientos más dolorosos que pueden eventualmente conducir hasta el suicidio y/o el homicidio cuando dicho amor es prohibido. En los actos pasionales estamos frente a la locura de transferencia, llamada también Psicosis transferencial por algunos, o ante la Transferencia psicótica del individuo psicótico. El lenguaje coloquial, igual que el contenido manifiesto del discurso de algunos analizantes nos muestra como con frecuencia llamamos locura a ciertos actos o pensamientos que se imponen dominando la razón, subvirtiéndola, al igual que a todo su funcionamiento psíquico. Allí el sujeto es actuado por esta pasión que lo aliena.

Esta locura pasional remonta sus orígenes a las tempranas relaciones madre-hijo, que los kleinianos califican como una psicosis infantil originaria y que André Green (1981) prefiere llamar locura original. En las mismas podemos observar la superposición inseparable de los cuidados maternos y la actividad erótica de seducción. En ella el niño, ya desde el embarazo, es para la madre lo que ella será para él: un objeto único e irremplazable, como lo será el objeto de deseo para el sujeto de pasión. Green recoge las palabras de Freud en el “Esquema del Psicoanálisis” (1938) citándolo: “En estas dos relaciones (cuidado y erotización) arraiga la significatividad única de la madre, que es incomparable y se fija inmutable para toda la vida como el primero y más intenso objeto de amor, como prototipo de todos los vínculos amorosos posteriores en ambos sexos.” A lo cual Green agrega: “si estas relaciones amorosas nos muestran en su pleno florecimiento esta breve locura, debemos suponer que se halla presente desde el origen y en principio en la madre y que acompaña, por tanto, todas las vicisitudes de ese Eros primordial. En la perversión, en la neurosis y hasta en las formas más elaboradas de sublimación.”

De acuerdo con lo que Green plantea, pensamos que el amor materno tiene por objeto favorecer en el niño la eclosión de la vida pulsional y hacérsela tolerable, sirviéndole de continente y espejo. Cuando la madre es excesivamente frustrante o excesivamente gratificante, se convierte en un objeto excitante pulsional que desborda las posibilidades del yo naciente de elaborar, de ligar e integrar dichas pulsiones, con lo cual la angustia de intrusión y de separación desbordan al yo, como podemos observar en los casos límite. Dichos desbordamientos conformarán situaciones traumáticas que no han sido registradas o representadas y que van a constituirse en diferentes núcleos dentro del self que al repetirse en la transferencia buscan ser registrados o representados. El efecto es similar al que observamos en las personas que han sido víctimas de incesto. Esto conforma la locura privada que se manifiesta cuando el sujeto pone en acto sus transferencias hacia el analista o hacia cualquier objeto significativo de la realidad externa. Estos pueden dar lugar, con sus actitudes, a la facilitación de estas transferencias, pero no es un requisito indispensable para que las mismas hagan su emergencia. En el análisis, una actividad interpretativa intrusiva o excesivamente distante de parte del analista, puede corresponder a elementos pulsionales que corresponden a la locura del objeto quien, al igual que el objeto original excitante, hace que no se logre la ligadura pulsional y que aparezca la locura amorosa. A tal actividad del analista la denomino “locura de contratransferencia” en la que el analista es el sujeto simétrico, no continente, no especular, al analizante. En cambio, si el analista es movilizado por la demanda pulsional del sujeto y en algunos momentos se siente desbordado y cae en actos intrusivos o de distancia y separación excesiva, pero se rescata de ellos, puede utilizarlos para entender dichos fenómenos, tanto en sí mismo como en el sujeto y devolverlos en una actitud que invite al analizante a unírsele en la interrogación de dichas transferencias y asumirlas como eventos a ser explicados dentro de una cadena de significaciones, lo que eventualmente permitiría posesionarse de los mismos, con la correspondiente disminución del sufrimiento y del goce que busca el placer absoluto.

La ayuda que brinda el objeto, como auxiliar del yo y como continente, en la lucha del sujeto contra las excitaciones pulsionales internas y externas, mantiene a la locura como algo privado. En estas locuras se conserva la relación del yo con la realidad, el pensamiento racional sigue intacto, pero la sensación de los analizantes, de los objetos de la realidad que lo rodea y del analista en su contratransferencia manifiesta, es que se trata de un funcionamiento loco, “fuera de sí”. Esta locura es un desorden afectivo, pasional, que elige un objeto parcial o total y se apega a él más o menos exclusivamente, reorganizando la percepción del mundo alrededor de él, convirtiéndolo en único e irremplazable.

En los consultorios podemos observar, si no nos asustamos, como asustó Ana O. a Breuer, o Dora a Freud, la emergencia de la locura amorosa en forma de transferencia y permitirles que se expresen y contenerlas para buscar su resignificación, en lugar de eludirlas al privilegiar las representaciones inconscientes o algunos componentes aislados de la fantasía inconsciente bien sea el estatuto del deseo, del objeto, de la escena o de la defensa, en lugar de reconocer la totalidad del fenómeno con la primacía del afecto sobre las representaciones y así mantener la transferencia dentro del análisis.

En los historiales clínicos de Freud vemos como, por ejemplo en el caso de Juanito éste es dominado por el amor hacia su madre, el cual lo vuelve “loco” en el mismo sentido en que un enamorado dice estar loco por su objeto de amor. ¿Cuántos objetos amorosos no se encuentran detrás de los síntomas fóbicos? Como el de hacerse acompañar para salir a la calle en el agorafóbico para protegerse de una compulsión sexual de seducción. En el caso del “Hombre de las Ratas”, que se vuelve loco en el intelecto al erotizar su pensamiento, el amor no aparece como el exponente de la locura, son las defensas: represión, desplazamiento y aislamiento, que transfieren la perversión que connota el deseo de sodomizar al objeto, al síntoma revelador de una perversión del pensamiento. Toda la transformación del pensamiento es de tal magnitud aquí que se parece al delirio, lo que llevó a que Freud dijera que tales fenómenos merecen el nombre de delirios. Cuando en un analizante de rasgos obsesivos observamos el uso del pensamiento, de las palabras, de la comunicación para transmitir y o explorar el estado afectivo en su relación con el analista, podemos decir que, salvando la distancia con el delirio del “Hombre de las Ratas”, estaremos ante el amor en la transferencia, que puede tomar giros pasionales al transformarse en compulsión a comprender o en la coerción interpretativa.

En el caso del “Hombre de los Lobos” nos muestra Freud los mecanismos fundamentales que se encuentran en los llamados hoy día desórdenes fronterizos o casos límites, que están en el clivaje entre la locura y la psicosis. Allí describe como mecanismo fundamental lo que en alemán se escribe como Verwerfung, que en castellano se ha traducido como Repudio y que Lacan tradujo como Forclusión, reconociendo en dicho mecanismo una modalidad de la represión en la estructura psicótica y que consiste, según Freud (1.894), en ”que el yo desestima la representación intolerable junto con su afecto, y se comporta como que si la representación nunca hubiese comparecido. Sólo en el momento en que se ha conseguido esto, la persona se encuentra en una psicosis que no admite otra clasificación que “confusión alucinatoria”. El repudio consiste, según Lacán, en no simbolizar lo que debió serlo (la castración): se trata de una “abolición simbólica”. Para Lacán lo repudiado reaparece en lo Real (en lo no simbolizado). Este repudio de la castración es diferente de la represión (Verdrangung) del neurótico, en el cual quedan reprimidos los aspectos perversos de la sexualidad y también es diferente del mecanismo de la Desmentida (Verleunung) que utiliza el perverso y mediante el cual el sujeto rehúsa reconocer la realidad de una percepción traumatizante, principalmente la ausencia de pene en la mujer (la madre).

En el “Hombre de los Lobos”, la locura reside en su bisexualidad, ligada a la fijación a la escena primaria y su rabia por ser excluido del goce de los padres. Su deseo es gozar por el ano como la madre, o por el pene como el padre, pero en ningún caso se evita la castración. Su rabia destructiva oscila hacia uno u otro progenitor. Su oscilación afectiva está entre los planos erótico y agresivo. Su psicosis se expresa a través del repudio deseando no querer saber nada de eso y en su doble funcionamiento afectivo e intelectual. En la lógica afectiva admite la coexistencia de los contrarios y la otra funciona sobre el principio del tercero excluido, coexistiendo con una psicosis latente donde la castración está forcluida, repudiada. Su locura, en la medida que funcione en ella la angustia de castración, sirve de barrera contra la eclosión de la psicosis y no se quede en el delirio.

En los casos límites pueden surgir en la transferencia reacciones amorosas y de odio muy intensas, de carácter primitivo y abrumador, que adquieren cualidad delirante a nivel del pensamiento. Estas reacciones amorosas o locuras transferenciales, que como dijimos algunos llaman Psicosis transferenciales para diferenciarlas de las Transferencias psicóticas de los psicóticos, están basadas en una idealización del objeto como defensa ante la ansiedad persecutoria de que dicho objeto se transforme en intrusivo y excesivamente excitante. La envidia que genera dicho objeto idealizado desencadena ataques desvalorizantes al mismo. La erotización del vínculo es tan abrumadora que la palabra erotizada es equiparada a un contacto sexual intrusivo de tipo pregenital, de objeto parcial, lo que produce imposibilidad de establecer la escucha. Sin embargo no está totalmente perdida la prueba de realidad, como sí lo está en el psicótico que hace transferencias psicóticas dentro y fuera del encuadre terapéutico. En éstas es notorio la falta de discriminación entre el objeto original y la réplica, los cuales siempre tienen una connotación narcisística y de objeto parcial aunque las maneras en que se expresen las pulsiones sean a través del pene, objeto parcial, y, si hubiese contacto sexual, lo que el mismo contiene es la búsqueda de fusión simbiótica con el objeto. Recuerdo a un paciente esquizofrénico que pasaba las horas de sesiones sentado frente a mí con la mirada fija, casi sin pestañar, y con un torrente de saliva que le salía por la boca cual bebé babeado ante el objeto de deseo que, para el esquizofrénico, está en lo real no simbolizado.

Cabría preguntarse finalmente, si es posible hablar de amor en las transferencias psicóticas a menos que, tomando prestado un criterio de la antropología, digamos que el psicótico, que con su boca quiere tragarse al objeto, ama igual que el caníbal que se come a su objeto conquistado como expresión máxima del amor. El plano erótico amoroso y el destructivo coexisten fusionándose igual que el sujeto se fusiona y confunde con el objeto pasando a ser él.

 

Bibliografía

Ferenczi, S. (1909), “Introyección y transferencia”. En Sexo y Psicoanálisis , Bs. As. Hormé. 1959.

Freud, S. (1896), Cartas a Fliess, Nº- 52, Ob. Compl. T III. De. Biblioteca Nva., Madrid, 1968.

------ (1911), “ Los dos principios del funcionamiento mental”, Ob. Compl., Amorrortu Ed. T XII. 1980.

------ (1912), “ La Dinámica de la transferencia”, Ob. Compl., Amorrortu Ed. T XII. 1980.

------ (1938), “Esquema del Psicoanálisis “, Ob. Compl., Amorrortu Ed. T XXII. 1980.

Green, A. (1981), “ Pasiones y destinos de las pasiones”, en Rev. de Psicoanálisis, Editada por la Asociación Psicoanalítica Argentina. T.: XXXVIII, Nº 3, 1981.

Laplanche-Pontalis. (1974), “Diccionario de Psicoanálisis.” Ed. Labor, Barcelona, España.

Liberman, D. (1976), “Funciones del Yo y estilos comunicativos”, Cap. I, en “Lenguaje y Técnica Psicoanalítica”, Ed. Kargieman, Bs. As. 1976.

Meltzer, D. (1975), Exploraciones del autismo”, Paidós, Bs. As. , 1979.

Miller, J.A. (1979), “Cinco conferencias Caraqueñas”, Ed. Ateneo de Caracas, 1979.

Rabinovich, D. (1977), Seminario sobre J. Lacán, Caracas. Conferencias privadas. Mimeo.

 

1.- Conferencia dictada en el Ciclo de Conferencias “Clínica Psicoanalítica sobre el Amor”, en la Sociedad Psicoanalítica de Caracas, Venezuela. 1998.

 

En: http://www.spdecaracas.com.ve/download/cdt_292.doc

 

Inicio      Indice          

 

 

 
Buscar en toda la red

(c)Indepsi Homepage es propiedad del Instituto de Desarrollo Psicológico Indepsi 1998-2012