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pingreenEl Escrutador de Almas:

pingreenCapitulo 35. El príncipe rojo, bienvenida y despedida.

 

 

 

La mañana siguiente la pasó Tomás en cama. Se acostó con los ojos cerrados y a todas las preguntas daba respuestas breves y hoscas. Esto, sin ofrecer la menor explicación sobre lo que le había ocurrido. Sólo hasta ya tarde se levantó para vestirse y se fue, tan lacónico como había estado durante las últimas horas, con Lachmann a Belvedere para la comida de cacería del Príncipe Víctor.

Además de los dos amigos, el Príncipe y su ayudante Schmettau, estaban presentes otros tres señores: un capitán de marina von Lettow, que había sido invitado por primera vez; un señor von Hammerstein, Consejero del distrito del bosque de Ebers, hombre de mandíbula fuerte y bigote caído y rojizo; y finalmente un tal conde Dohna, en el que, para asombro de los dos amigos, reconocieron al viejo patriota del asunto del saludo de Mundete y el Emperador.

La comida transcurrió bastante aburrida. El Príncipe se había enojado con un guardabosques, lo que ocurría fácilmente por su temperamento, porque no le había dado una información rápida. En consecuencia, estaba taciturno y apenas si se animó cuando el oficial de Marina comenzó a contar de sus viajes. Cuando estaba en lo mejor de su narración, un criado trajo una copa antigua en forma de cornamenta de venado. El Príncipe dio un golpe en su vaso y dijo:

-En Belvedere es costumbre recibir a los nuevos invitados con una ceremonia de bienvenida; y, ya desde los tiempos del Elector Joaquín, se ofrecía a todo aquel que participaba en las bacanales de los hombres experimentados en la caza, esta copa llena de vino hasta el borde. ¡Bienvenidos pues, Gordo, bienvenido, Lettow, y tú, Grandulón! ¡Bebo a su salud! -se llevó la copa a los labios y le dio una probadita, luego se la pasó a su ayudante, que se le había aproximado. Schmettau dio un trago y prorrumpió en un “Ya se logró” con una sonrisa malvada en los labios, que fue acompañada por un potente tirón de bigote por parte del Consejero de distrito y una tosecita del conde Dohna. Después le pasó la cornamenta al que estaba junto a él, que era Lachmann. Éste se encontraba feliz por el honor de estar en la mesa del Príncipe y, así, con los ojos radiantes de alegría, alzó la copa y la sostuvo frente al Príncipe, luego se la llevó a los labios con la intención de apurarla hasta la última gota, como en los viejos tiempos de la hermandad estudiantil, costara lo que costara. El primer gran trago se deslizó por su garganta, pero de inmediato se precipitaron chorros de vino por las puntas de la cornamenta sobre sus ojos, su rostro y su ropa. Con un ¡puf, diablos! Apartó de sí la copa del truco y en su semiceguera trató de dar con una servilleta, y finalmente se levantó de un salto. Allí estaba chorreando y limpiándose la ropa.

-Pero, Gordo -le gritó el Príncipe-, ¿qué modales son esos? -era la broma obligada en las comidas de cacería y fue recibida con estentóreas risas por todos los invitados con experiencia.

-Ahora, Lettow -se dirigió entonces hacia el oficial de Marina-, demuéstrenos que la serpiente marina supera a la sanguijuela del doctor. Es un verdadero arte tomar, y el Gordo se ha vuelto tan burgués que ya no sabe más que aplicar lavativas y quizá haciendo eso también salpique.

-¡Eche la cabeza hacia atrás -le dijo el Consejero del distrito al señor von Lettow, que miraba la copa fijamente-, muy hacia atrás, entonces se puede tomar!

El marino la daba vueltas a la copa por todos lados y miraba ora al Príncipe, ora al Consejero, ora su nuevo uniforme.

Espere, le enseñaré cómo se hace -le gritó Schmettau, tomó la copa, se apoyó en el respaldo de la silla tanto como pudo, dejando caer la cabeza hacia atrás, y bebió. Tomás observó muy bien su mano izquierda, cuyo índice se posó en la segunda punta de la cornamenta.

-¡Alto! -vociferó el Príncipe-, eso no está permitido. Un hábil oficial de marina debe saber orientarse en la niebla más espesa. Adelante, Lettow.

El capitán tomó la copa, adoptó la posición del ayudante exagerándola y luego comenzó a beber. De repente, aventó la cornamenta y se cayó de la silla tosiendo y riéndose, con la cara morada. Se había abierto una válvula en la punta de la que tomó, y el vino fluyó por su garganta en un grueso chorro. Y allí estaba él, en el suelo junto a Lachmann, que aún no acababa de limpiarse, intentando inútilmente detener con la servilleta el chorro que de la boca y la nariz caía sobre su uniforme. El coro de los iniciados se reía tan fuerte que parecía que el piso iba a caerse.

En los ojos del Príncipe Rojo centelleaba una alegría malsana. -Ahora te toca el turno, Grandulón -gritó-, tú tienes buen olfato para el trago. Pon cuidado y enséñanos lo que puedes embuchar(1). Porque él es de Bäuchlingen -le explicó al conde Dohna, pues temía que el efecto de su chiste pudiera perderse. Dohna asintió con la cabeza y se rió burlonamente en recuerdo de la tomada de pelo que le había hecho este paisano y con el presentimiento de venganza.

Tomás agarró la copa con indiferencia y la levantó a la altura de su boca, sin siquiera mirarla. Pero, de inmediato, presionó la segunda punta y sonrió satisfecho pues había visto bien que allí se regía y regulaba evidentemente el paso del vino. Ya iba a inclinar la cabeza hacia atrás, cuando sintió como si el Príncipe hubiera notado el movimiento de su dedo y se riera con más ganas. Eso lo confundió y, para su desgracia, cambió de táctica, pues quería actuar bien sobre seguro. Le hizo una seña al criado y le dijo: -Ayúdeme a inclinar la silla junto conmigo un poco hacia atrás, pero sosténgala bien, pues no soy muy liviano que digamos.

El criado miró al Príncipe y, cuando vio su movimiento de cabeza, hizo lo que se le había mandado.

-Esto es muy cómodo, dijo el pequeño gordito, al que el papá le había conseguido un rastrillo para hacerlo enflacar con ejercicio físico, y éste rastrillaba sentado. -Se sentó y bebió. Todos aguardaban el momento en que se pondría a escupir y toser, pero él bebió y bebió y...

-Rums -le gritó el Príncipe al criado y dejó caer su mano con una mirada imperativa, al instante Tomás se encontraba junto con la silla en el suelo todo bañado en vino.

-Usted es un buey y un bicho de mierda elevado veinticuatro veces al cuadrado -le espetó el Príncipe al criado tratando de contener la risa, éste acostumbrado como estaba a ese tipo de adulaciones, se hizo el asustado. Pero las palabras se perdieron en medio de la bulla, los aplausos y las patadas de los bebedores. Reinaba una alegría enloquecida.

-Ya están los tres bañados -gritó el Consejero y se bebió su copa, mientras que levantaba la otra mano.

-Y están espumeantes por dentro como la champaña -hizo burla el ayudante.

-Y son bienvenidos -concluyó el Príncipe.

La conversación se tornó trivial y alegra, también Lettow y Lachmann participaban. Sólo Tomás se quedó rígido en su silla y apenas si decía sí o no. De vez en cuando miraba su traje todo estropeado, pensaba en Ágata e iba urdiendo su venganza.

-Pues sí, Grandulón -se dirigió a él el Príncipe-, cuéntanos algo. ¿Qué tal te va con la cacería?

Tomás sonrió para sí, acarició lentamente la base de su copa con el pulgar y el índice y luego dijo: -Sólo una vez en mi vida me dediqué a la noble cacería y la bestia que atrapé era sanguinaria como los tigres y leones del señor von Lettow, y en cuanto a hedor se parecía a los zorros del Consejero de distrito. Y aunque el campo de mi especialidad es tan pequeño, puedo preciarme de decir que ningún mortal ha tenido mayores experiencias que yo en eso.

-Sí, sí -dijo el Consejero acariciándose el bigote-, en caso de que sea una bestia alemana.

-Es internacional -aclaró Tomás, y entonces intervino Lachmann en un tono elevado, pues ese tema le resultaba molesto, debido a ciertas peculiaridades extrañas del Príncipe, y quiso pasar rápido sobre la cuestión-: En otras palabras, se trata de tus amados enemigos rojos, pero creo que por el momento no hay mucho interés por eso.

-¿Por qué no? -preguntó el Príncipe-. La cacería es la cacería, y si el buen Grandulón puede decirnos, en verdad, algo nuevo sobre bestias rojas a nosotros los viejos experimentados...

Tomás se había quedado mirando fijamente su copa, en la que ascendían las burbujas de champaña, vio al Príncipe a los ojos y dijo: -Chinches.

El Príncipe Víctor se sobresaltó tanto que golpeó con su brazo la copa y la derramó.

Mientras el criado se apresuraba a arreglar el desperfecto y limpiaba las pequeñas gotas del uniforme de su señor, Lachmann volvió a hablar, antes de que alguien pudiera preguntar cualquier cosa sobre el extraño tema: -Es el término técnico para las muchachitas entre el Grandulón y yo. Chupan la sangre, y bien puedo suponer que los señores deben explicarse el color rojo después de experiencias de cuatro semanas.

-Y la pestilencia -se mofó Schmettau, que conocía bien a su señor para saber que ese comentario tendría un efecto conciliador en él.

Tomás hizo como si no supiera nada sobre la idiosincrasia de su anfitrión y dijo, levantando inofensivamente su mano contra Lachmann: -Olvidas lo principal. La “i” de chin es la de “ilusión” y la “e” de che es la de “centro”. La mujer es el centro de la ilusión, tiene el centro de la ilusión de los hombres.

-El centro apestoso, sangriento y chupador -el ayudante intentaba por todos los medios poner al Príncipe de buen humor, aun con el peligro de ofender al viejo conde Dohna, pues el Consejero no contaba, ya que en compañía de tan dignos señores no se sentía molesto y todos los demás eran solteros.

Dohna se tragó su coraje y para hacerlo más llevadero comenzó a molestar al señor Consejero, que estaba sentado junto a él, en su punto más sensible:

 

“Allí, donde mis ilusiones encuentran paz,

Vana ilusión se llama ese lugar”.

 

--Así es como dice el divino Wagner, ¿no es cierto, Hammerstein?

De inmediato se desató entre ambos un acalorado combate verbal con la consigna ora de Wagner, ora de Brahms, mientras que los otros, incluyendo al Príncipe, se ocupaban del tema de Tomás: las mujeres.

-De este centro -dijo Tomás, uniendo el pulgar y los otros dedos de su mano izquierda en un círculo, como si quisiera mostrar lo que pensaba- procedemos todos nosotros; anhelamos el sosiego en él durante toda nuestra vida; en él descansamos como si aún fuéramos dioses; con el más leve movimiento se pone a su servicio un mundo, el cosmos de la madre. De este centro surge el concepto de la monarquía y de la Iglesia, e incluso la idea de Dios cobra allí su origen.

Lachmann se removía inquieto en su silla de aquí para allá, mientras que el marino miraba al Príncipe sin entender para nada al orador.

-Tienes que explicarnos mejor lo que quieres decir. La filosofía prospera con mucha dificultad en el cerebro del soldado -dijo el Príncipe.

Tomás se inclinó sobre la mesa, los ojos le brillaban y las manos le temblaban. -Pienso que el mundo no sólo es regido por una fuerza, no, sino que es creado; creado a partir de ella misma. No hubiera creído que fuera tan difícil hacerse entender…bueno, quiero decir que hay algo que forma nuestra nariz, y el cabello de nuestra barba...

-Pienso lo mismo -gritó Schmettau-, y no soy ningún filósofo.

-Tal vez sea uno de los que beben en exceso -bromeó Lachmann. El vino comenzó a surtir sus efectos en todos.

-Déjenlo hablar -les advirtió el Príncipe y dio un golpe con un dedo sobre la mesa.

Tomás se tiró desesperado de los cabellos con ambas manos.

-Hablar, si yo pudiera hacerlo, pero eso está aquí -se golpeó con el puño en la frente-. Cómo puede uno hablar del todo, si no se es dios. Así que escuchen. ¡Lachmann, ayúdame! Dios mío, Dios mío. Bueno yo pienso… Yo pienso…, maldita vanidad, gran soberana, todo gira en torno al yo y al mío, pero yo tengo que poder, tengo que expresarlo, tengo que poder hacerlo comprensible.

-Ya se le pasó la mano -le murmuró Lachmann al Príncipe-, creo que debo deshacerme de él.

Antes de que el Príncipe Víctor pudiera contestar, Tomás ya se había serenado. Sus ojos llameantes estaban tranquilos y comenzó a hablar como en un salón de clases, mientras alzaba su copa y observaba las burbujas del vino.

-En una copa como ésta se refleja todo el mundo, se encuentra contenido en ella. Fue hecha de tierra, la energía del fuego yace allí, el agua y el viento la formaron, la luz juega con ella y hay corrientes eléctricas que giran sin interrupción en sus paredes. El trabajo humano de siglos, la inteligencia de cerebros ya descompuestos desde hace mucho habita allí y me habla, yo adoro lo que es indescriptible e incomprensible. Pero hay vías que ofrecen una perspectiva, momentos visionarios en los que se levanta el velo.

El ayudante extendió la servilleta sobre su propia cara y la dejó caer con una premeditada afectación, pero el Príncipe le hizo una presurosa señal con la mano, y Schmettau se desplomó muy sumiso en sí mismo, maldiciendo en su interior al hablador de Tomás.

-Lo notable de la vida humana -Tomás se expresaba seca y objetivamente como un profesor de aritmética- es que del semen humano y el óvulo siempre resulta un ser humano y no un perro o un caballo, sino un ser humano. Entonces, desde el inicio, hay una fuerza allí que es capaz de formar un par de ojos y de colocarlos bajo la frente, de crear los dedos y darles sensibilidad, de conformar una boca y dentro de ella una lengua. Si esta energía es capaz de eso, sería locura negar que construye fábricas, impone coronas, funda reinos y edifica castillos y cotos de caza -los miró a todos con dureza, como si les recomendara no contradecirlo. El capitán Lettow había sacado un cuaderno y dibujaba el perfil de Mundete con entusiasmo, mientras el Príncipe inclinado sobre el papel, intentaba ayudarlo dándole buenos consejos.

-Por ejemplo, el dibujo que de mí traza ese señor que está junto a su Alteza real… sí, sí, me refiero a usted, señor von Lettow, pero primero voy a sentarme correctamente, para que se vea bien mi nariz… bueno, este dibujo parece que es ejecutado por la mano de un hombre, pero en realidad es Eros mismo el que trabaja. La hoja de papel es la mujer, el lápiz el hombre…

-Y el dibujo es el hijo -completó riendo el Príncipe.

-Correcto, siga así, su Alteza real, y podremos esperar algo de usted. Su Excelencia Dohna, si no deja de estar cuchicheando con su vecino, me voy a ver en la necesidad de castigarlo de lo lindo. Tampoco yo entiendo cómo puede alguien ser tan desconsiderado e indolente para estar platicando, cuando tiene la oportunidad de ver, con las cortinas abiertas y total iluminación, un suceso tan interesante como el coito de dos amantes.

Estalló una carcajada atronadora para la que el Príncipe dio la señal.

-Ustedes son unos… En el guardarropa -se dirigió Tomás al criado- está mi bastón. Tráigamelo. Ustedes son una increíble banda de relajientos. Pero yo voy a enseñarles los tonos de la flauta. Con la flauta nos encontramos en el terreno de la música. Más claro que en la forma oblonga de este instrumento, que se coloca en la boca y se mete y se saca, no puede hablarnos la naturaleza.

-Tienes razón -bromeó el Príncipe-, es igual que si a media función uno prende la luz eléctrica para ver cómo se comporta la noviecita.

-Nada más está fingiendo -le susurró el Consejero a Tomás-, nunca ha tocado a una mujer.

-En la electricidad tienen ustedes pues... muchas gracias -se interrumpió, le quitó el bastón al criado, que sufría por parecer serio, y lo puso frente a sí en el plato-, la transición hacia la técnica. Pueden leer en todas las novelas que una corriente eléctrica atraviesa el cuerpo de él o de ella, cuando se tocan las manos por azar. Y luego el frotamiento. Si en el frotamiento y las caricias no manara por el cuerpo una especie de corriente eléctrica, no tendríamos máquinas dinamo-eléctricas, ni tranvías, ni luz eléctrica. Comer con el tenedor también se inventó sólo para estimular el apetito de los comensales, mediante la presentación de un excitante juego erótico; y así, sin más, es comprensible que la acción de hablar se haya originado sólo porque el todopoderoso Eros impele al órgano femenino de la boca a unirse con la lengua masculina. ¡Cómo se lame Schmettau los labios! Eso le queda. Pues continuemos.

Tomás se puso pensativo y balanceó el bastón que tenía enfrente, de aquí para allá. -Para estas fuerzas -dijo cortando las palabras como si separara los pensamientos- no hay tiempo ni espacio. Todos somos niños, jugamos a la escuelita y ni siquiera sospechamos que todo esto es muy serio. Una cuestión como el matrimonio, por ejemplo. Nos reímos de los hindúes, que se casan a los dos años. Sin embargo, en el momento en que nos enamoramos no somos mucho mayores. Frente a nuestra elegida somos como niños, sentimos con el cálido ardor y el deseo de niños de dos años; percibimos un cierto parecido, quizá en el nombre o en los pies, lo que es común, con el primer objeto de nuestra pasión, la madre, y nos casamos con ella, pues ella se transforma para nosotros en la madre. Nos casamos con nuestra madre.

Excepto el Príncipe, que obviamente traía alguna intención y, por eso, seguía muy atento las palabras de Mundete, ya nadie estaba escuchando. El Consejero del distrito alcanzó a atrapar sólo la última frase, y como por su oficio tenía la costumbre de mostrar su elevada moralidad protestó.

-Aun la alegría de la embriaguez debería conocer ciertos límites. Tomar como objeto de burla algo tan sagrado, como la relación madre-hijo, eso me parece ir demasiado lejos.

-No encuentro en las palabras del Grandulón nada que justifique su indignación, señor Hammerstein -dijo el príncipe con rudeza.

El ruido de las conversaciones se acalló, y las siguientes frases de Tomás fueron escuchadas por todos.

-Por supuesto, se acuerda usted, señor von Hammerstein, de lo confundido que se pone cuando su señora esposa le da un discurso sobre el amor a la verdad, y si se mira luego en el espejo, le sale al encuentro un rostro como el que tenía de muchacho frente a su madre.

El conde Dohna asintió con vehemencia y se inclinó hacia el Príncipe para decirle: -En verdad, no es tonto este civil.

-Y -continuó Tomás- ya siendo adulto, ¿no ha mamado nunca del pecho de una mujer?

Todos se rieron y el ayudante le murmuró a Tomás: -La lechería de su esposa se agotó totalmente, le cuelga hasta por debajo del ombligo.

-La observación no es del todo estúpida -se declaró conforme el anciano-, todo aquel que procede a la carga contra una muchacha, lo primero que hace es desabotonarle la blusa; en cierta forma se convierte en un bebé que busca alimento.

Tomás prosiguió a toda vela. -Se demuestra que el hombre es un niño durante toda su vida tan pronto como está solo. Entonces toca con desenfado la trompeta infantil que Dios le dio, y cuando esto le ocurre frente a otras personas de inmediato pone cara de niño de ocho años, sea de ladino o de apenado. Las madres son niñas que juegan a las muñecas, eso lo comprueban todas las noches y todas las mañanas con sus caritas de niñas y sus movimientos al bañar y alimentar. Y el padre no es muy diferente, en cuanto se pone a jugar al caballito. Al pelearse, los hombres son niños, e igual sucede al reír, o cuando están enfermos. Diariamente aparecen todas las edades en uno. Miren a Lachmann, se rasca fuerte la cabeza, es una buena señal de su carácter.

Lachmann se quedó confundido, pues todas las miradas giraron hacia él, pero el Príncipe le hizo un gesto amable y brindó por él.

-¿Y quién de nosotros no se escarba la nariz cuando tiene oportunidad para ello y nadie se da cuenta?

Todos se rieron, menos su Excelencia Dohna, que levantó la nariz y respiró molesto por uno de sus orificios. Al marino le dio de repente tos, pues el humo de su cigarro se le había ido por otro conducto.

-¿Quién no dibuja lindas figuras con su chorro en las paredes de los excusados? -Tomás los observaba a todos triunfante-. Las Escrituras dicen: “Si no os hacéis como niños…”

-Haga el favor de dejar la Biblia en paz -le gritó con fuerza el viejo Conde, pero el Príncipe le colocó tranquilizador la mano sobre su brazo y le dijo:

-En mi casa reina la libertad de expresión.

-Pido disculpas, su Alteza real, pero esta combinación…

-Hiere su sensibilidad, ya lo sé. Pero eso no impide que tengamos libertad de expresión, o mejor dicho de locura.

Tomás miró penetrantemente al Conde: -Su Excelencia ya olvidó las épocas en que leía pasajes lúbricos de la Biblia para excitarse.

El golpe fue atinado, Dohna se puso lívido y guardó silencio.

-Repóngase usted -continuó animado Tomás-, tiene el valor de convertirse en un niño de trece años, saque por arte de magia los pasajes de Ezequiel, del relato de Ammon y su hermana -se interrumpió por un instante, tosió, se sonó y prosiguió-, de Susana y los viejos, del Cantar de los Cantares, de las hijas de Lot. Por lo menos uno de nosotros es honesto, juega con su anillo, tiene catorce años.

El capitán puso ambas manos sobre la mesa, de manera que el brillante en su mano izquierda resplandecía.

-¿Jugar con el anillo, qué significa eso? -dijo con voz gangosa el ayudante-, me resulta demasiado elevado.

-Usted tampoco está casado -respondió Tomás-, pues de otro modo sabría que el anillo de matrimonio no es un vínculo, como piensan las gentes, sino que representa la promesa solemne de la mujer de no meter nunca su anillo natural en un dedo extendido, a menos que sea el de su marido.

-Ésa es una brillante justificación de la doble moral -se burló el Consejero-; según eso, la mujer tiene que permanecer fiel y el hombre puede usar libremente su dedo, sea en realidad o simbólicamente.

-De lo que algunos hacen uso -volvió a inmiscuirse el ayudante y bebió a la salud del Consejero.

-Y por lo cual las mujeres le dicen al anillo de matrimonio el grillete de oro, una expresión que no es usada por los hombres, aunque también sientan el yugo -dijo Lettow pensativo, mirando su argolla.

-La victoria de la mujer, sin lugar a dudas -retomó la palabra Tomás-, allí se encuentra la natural sed de venganza del grupo inferior -Lettow se rió para sí-, el tormento, el infierno preparado para el mismo diablo.

-Te suplico, Grandulón -lo interrumpió el Príncipe-, deja las cosas de la Biblia en paz. Su Excelencia Dohna se impacienta

-se alegraba de poder tomarle el pelo al conde.

-El diablo y el infierno no tienen nada que ver con la Biblia -continuó Tomás sin inmutarse-. El charco de azufre, de donde brotan ardientes los rojos rostros de los clamorosos pecadores mientras los diablos atizan el fuego, recibe el hedor desde atrás, de las calderas mefíticas, y el amarillo viene por delante. Las cabezas de color rojo fosforescente se estiran en el ígneo infierno con sus húmedas tinieblas y el diablo es un tipo con patas de cabra, peludo, con cuernos y cola.

-¡Puf, diablo! -dijo sin querer Schmettau. Todos se rieron.

Tomás volvió a ponerse de repente muy pensativo. -Nos encontramos animados por fuerzas que desconocemos; hablamos sobre la libertad de la voluntad y ni siquiera podemos digerir un pedazo de pan con nuestra voluntad, todo ocurre sin que lo comprendamos. ¿Se acuerda usted todavía, Su Excelencia -se dirigió al conde Dohna, alargando su brazo por encima de la mesa casi hasta donde aquél estaba-, cómo dejé pasar al Emperador sin saludarlo?

De inmediato, el Príncipe se acomodó el cuello de la camisa y se alisó el uniforme.

Dohna fue levantando lentamente la cabeza hacia el interrogador: -¿Y eso qué?

-Yo no tengo nada en contra del Emperador, puede hacer sus niñerías como nosotros.

-¡Grandulón! -gritó el Príncipe amenazador.

-No me entra en la cabeza que el rey se muestre sin cetro y sin corona.

-Sería un tanto incómodo y sólo una diversión para los niños y la gente pueril -dijo el Príncipe tocando con los dedos sobre la mesa la marcha prusiana.

-Toda novia lleva la coronita y el velo como signos de su dignidad. Claramente, presenta frente a todos los ojos su intacta virginidad, orgullosa grita abiertamente: “hoy penetrará la cabeza del dios en mi coronita y romperá el delgado velo del himen”. El símbolo ennoblece a las personas, ennoblece cada acción, eleva sobre el bien y el mal. Una mujer que se desviste en la calle es despreciable, pero el símbolo del adorno de la novia impone profundo respeto, aun ése que anuncia la desnudez. Un rey debe llevar las insignias de su oficio, pues sin corona no es nadie -Tomás iba perdiendo cada vez más el dominio de sí mismo, vio encarnizadamente al Príncipe, inclinado por completo sobre la mesa y se agarró al mantel con fuerza-. Coronita y corona son la misma cosa. ¡Salve a ti con la corona del vencedor, soberano de la patria!¡No saben lo que es la corona del vencedor y la patria, la tierra donde domina el padre! -Levantó su dedo, su rostro se estremecía y su mandíbula inferior se pronunció hacia adelante-. El esplendor del trono produce deleite, todos lo sabemos.

-¡Inaudito! -el conde Dohna quería saltar sobre él, pero el Príncipe lo contuvo y se mordió los labios.

-¿No les parece bien que el rey sea el hombre que simbolice al universo -les gritó Tomás-, a ustedes que se dicen ser leales al rey? La corona es la mujer, el cetro el hombre y la esfera real el niño, el súbdito, que es sostenido por la izquierda y que tiene que estar esperando el golpe -se incorporó y cogió su bastón, todo era burla en su postura y movimientos-. El Príncipe envuelto en blanco armiño cortado del pellejo del pueblo y harto con la púrpura de nuestra sangre. El rey sin su manto de púrpura es un insecto que chupa la sangre.

-¡Insolente! -El Príncipe se había levantado con tal fuerza que la mesa temblaba y corría el vino de las copas volcadas.

-El rey puede -gimió Tomás. Luchaba contra Lettow que intentaba alejarlo de la mesa, mientras que Schmettau lo había agarrado por el brazo izquierdo y le quebraba el bastón, y el conde le cogía la mano derecha y trataba de taparle la boca.

-Sin embargo, tu eres rojo sin ningún derecho, sin ningún derecho -Tomás dejaba salir las palabras en borbotones.

-Suéltenlo -gritaba el Príncipe, que se había colocado junto a la pared y temblaba de furia-. Suéltenlo. Wendland, Niemeyer, Krieger -balbuceó respirando con dificultad.

-Espantas a tus iguales. Haz poner las patas de tu cama en cubetas con agua, para que no veas lo que eres, para que tu ser íntimo no pueda arrastrarse hacia ti.

-Échenlo para afuera -vociferó el Príncipe enfurecido.

Tomás era llevado por los criados hacia la puerta y no se resistía. -¡Príncipe Rojo! -le gritó y se rió-. ¡Chinche! ¡Chinche!

-Y denle una patada en el trasero a ese canalla -ordenó el Príncipe.

-¡Alto! Quiero atender esa orden -dijo con alegría el ayudante y salió dando grandes brincos.

Otra vez se oyó desde afuera la funesta palabra: -¡Chinche! -Sonó con júbilo, luego todo quedó en silencio.

Lachmann se había levantado como todos de su asiento y estaba de pie, sin saber qué hacer. Durante la última media hora había estado sentado mudo, balanceándose de una nalga a otra, y por fin había colocado las manos juntas sobre la mesa, haciendo girar incesantemente los pulgares. Un profundo disgusto se apoderó de él y se hacía más perceptible mientras la situación se iba poniendo más crítica. Hubiera querido echarse a llorar de no haber sido un hombre ya tan grande. Cuando los criados agarraron y echaron a su amigo, lo dominó un furor desmedido, según él contra Tomás, sobre sí mismo en realidad. Desde su lugar podía ver el techo de una pequeña capilla en el que brillaba una veleta dorada en forma de gallo. -Antes de que cante el gallo -le pasó la frase por la cabeza y dándose una vuelta brusca se dirigió a la puerta.

-Gordo -le gritó el Príncipe-, ¿A dónde vas, Gordo?

Lachmann continuó caminando. Pero sus pasos se hicieron más lentos cuando oyó los de su Alteza real tras él, entonces se detuvo.

-Deja al tipo que se vaya, no se merece otra cosa -le dijo el Príncipe, lo tomó por el brazo y lo jaló de nuevo a la mesa; y cuando vio que Lachmann seguía con la mirada perdida, añadió-: La cosa no está tan mal, ni de su parte, ni de la mía. Ya nos volveremos a soportar. Ven, para el enojo se impone el vino, vamos a beber.

Lachmann estaba ebrio de Príncipe y se sentó de nuevo a la mesa..

 

Notas:

1.- “Lo que puedes embuchar” es traducción de was du bäuchlings kannst. Bäuchlings significa literalmente “en el vientre”, “en el estómago” o “de bruces”. De ahí el chiste del Príncipe, que relaciona la expresión de “embuchar” (bäuchlings) con el nombre de la ciudad de origen de Tomás: Bäuchlingen, que, si tuviera traducción, sería: “tragadero”. (N. del T.).

 

 

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