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pingreenEl Escrutador de Almas:

pingreenCapitulo 34. Las matemáticas como ciencia pura. Versos infantiles y el enigma de los pezones.

 

 

 

Cuando por la tarde llegaron los dos amigos, junto con Ágata, a la casa de la señora Nolde, encontraron las salas repletas ya de gente. El Consejero, como de costumbre cuando su señora hacía fiesta, no se quedaba allí. La señora Clara hizo un animado saludo con la cabeza tan pronto como divisó la enorme figura de Mundete en la puerta; caminó unos pasos hacia él, como si le diera una gran sorpresa verlo. Luego, intercambió las mismas cortesías descritas con Ágata, saludó amistosamente a Lachmann y se llevó a Tomás hacia el grupo de caballeros y damas, que antes había abandonado.

-Usted no podrá creerlo, Su Excelencia -se dirigió a un delgado caballero de levita negra, que se aburría de ver los sebosos promontorios de una judía vieja, sentada a su lado, quien le contaba las diversas proposiciones de matrimonio que había recibido su hija, mientras que, al mismo tiempo, saboreaba un plato de langosta con mayonesa-, pero aquí está el mismísimo señor Mundete, quien le podrá confirmar que ayer mi esposo de veras se encontraba en apuros y turbado.

Su Excelencia sonrió incrédulo. -El señor Consejero Nolde y turbado, ese es un magnífico cuento para el que pienso que se me agotó la fe, en los largos años que tengo de conocerlo.

-Si no lo hubiera visto con mis propios ojos -respondió vivaz la señora Nolde-, no creería que es posible; pero este señor -le dio un tirón a Tomás por la manga para que se acercara- lo logró. Y el efecto fue tan fuerte, que el sangriento Casimiro Nolde, por primera vez en su vida, no pudo dormir bien.

-De veras, me muero de curiosidad -se dejó oír la gruesa voz de la judía. Y como prueba de que su asombro era cierto, detuvo el tenedor con un trozo de langosta a un centímetro de la boca-. ¡Cuéntenos, por favor, señor Mundete!

-Sí, cuéntenos -le pidió también su vecina, una dama de aspecto muy decente y cabello canoso, que por su modo de expresarse, de vestir y por su porte dejaba ver su procedencia inglesa. Era la única de todas las señoras en la fiesta que había traído una labor manual consigo y cosía con vehemencia.

-La cuestión fue muy sencilla -comenzó Tomás-, sólo me tapé la nariz.

Un capitán de caballería de los húsares muy ancho de espaldas, que se encontraba detrás de Tomás, soltó una carcajada al oír estas palabras y traducirlas, obviamente, a su propia experiencia, a lo que Lady Friedländer sólo atinó a sumirse en su costura, mientras Clara Nolde se dio la vuelta asustada y dijo: -¡No, así no!

Tomás comenzó a narrar. -Intenté exponerle a mi viejo amigo Nolde que toda enfermedad tiene un objetivo, que se origina por ciertas fuerzas con propósitos muy específicos y él, como médico que es, naturalmente no lo creyó, porque resulta demasiado fácil. En ese mismo momento estornudó mi amigo Lachmann y me preguntó cuál era el objetivo de un catarro; yo le propuse la contrapregunta sobre cuáles eran las consecuencias de un catarro para la nariz. Entonces ocurrió algo prodigioso: Nolde es, como ustedes saben, miembro del Consejo de Medicina y una estrella de las más grandes en la ciencia; sin embargo, me dio una respuesta correcta -Tomás se detuvo por un instante y miró a su auditorio con curiosidad-. Sí, ustedes no parecen sentir esto como asombroso -dijo-, así no sé si en realidad debo seguir contando.

-Por supuesto -dijo la Lady-, siga usted contando tranquilamente, es asombroso.

-La nariz se tapa, dijo Casimiro Nolde, y yo me tapé la nariz, mirándolo fijamente y dije: “El que lo huele, ese lo tiene”.

En medio del pesado silencio resonó la clara risa de la señora Nolde. -¿No es precioso, querida? -le preguntó a la judía, que observaba suplicante a Su Excelencia, para leer en su rostro si debería estar indignada o contenta.

-Nolde lo negó, en verdad, pero yo estoy convencido de que él se sabía culpable.

-No entendí del todo bien -se entremetió un hombrecito de pelo gris, ojos azul claro como de niño y voz aflautada, a quien llamaban profesor Labri- qué tiene que ver el origen del catarro con este verso, que, por cierto, me lo he encontrado en todas sus posibles variantes en el pueblo italiano, en especial en Sicilia y en la costa dálmata.

-En eso es superior el médico al matemático -dijo Su Excelencia con sequedad. Cuando él hablaba, su voz tenía un sonido tan uniforme como una cuchara golpeando las paredes de una cazuela de cobre-. Y aun la pesada atmósfera del Ministerio parece contener mayor fantasía que ocuparse de la más pura de todas las ciencias.

Labri lanzó una furiosa mirada de reojo al Ministro, colocó su mano sobre el pecho, como si lo hubieran herido en lo más íntimo, y comenzó a respirar con dificultad.

-Si le permiten decir una palabra sobre esta ciencia pura a un desdichado, que nunca obtuvo más que un cinco en el examen de matemáticas -intervino el capitán de caballería-; ciencia a la que debo, por cierto, mi carrera militar, pues me echaron del bachillerato por mi absoluta incapacidad para construir un triángulo. Ésa es mi expresión de asombro: ¿cómo puede soportar un ser humano ocuparse diariamente en las matemáticas? Cada medio año, más o menos, sueño que me pasan al pizarrón y tengo que resolver un problema muy intrincado. Este breve sueño me basta para que corra por mi frente el sudor del miedo.

En tanto que la Lady le sonrió al oficial y después, por alguna razón, se hundió en la cuenta de los puntos de su costura, la señora Landauer, la judía, se puso a dar explicaciones, probablemente para apartar de sí la sospecha de que tuviera algo que ver con el notorio genio de su marido para resolver cálculos muy complicados: -Hacer cuentas me parece de lo más monótono, es suficiente sumar y multiplicar, pero eso de restar y aun dividir...

-Usted siempre corta por lo sano -dijo el capitán y le recogió servicialmente el plato vacío.

Y el profesor le susurró a la anfitriona: -Dividir no es para ella, prefiere quedarse con todo.

-Para eso suma -respondió la señora Clara sonriente- cada año un par de kilos a su existencia de grasa y hay que dejarla; se ha multiplicado en diez hijos, por eso se le pueden perdonar algunas cosas.

La señora Landauer tenía la sensación de que estaban hablando de ella y, por eso, se dirigió al Ministro e intentó sacarle secretos de política.

-¿Y qué ocurre con la resta? -preguntó la Lady.

-Eso no lo sé.

Clara Nolde se preparó para irse. -Adelante, Tomás, dé la explicación -lo pellizcó en un brazo y se fue hacia otro grupo de sus invitados.

-Restar, sacar -comenzó Tomás-, poner a vaciar la barrica, con esto pueden conformarse todas las mujeres sin más ni más. La aversión contra la sustracción es una prueba de las contiendas espirituales que sostuvo en su interior la señora Landauer.

Como el Ministro odiaba las conversaciones sobre política y, además, dedujo por el movimiento de la mano de Labri, que el profesor había encerrado su rencor, a causa del ataque sufrido contra la ciencia pura, en su pecho para alimentarlo allí, hasta el momento de la siguiente consulta sobre el presupuesto del Ministerio de Cultura, decidió colocar la mano sobre el hombro de su contrincante y decirle: -Créame usted, señor profesor, nadie puede estar más convencido de la grandiosidad de su ciencia que yo; y el hecho de que no mata el espíritu, sino que lo vivifica, se comprueba diariamente por los progresos de la época contemporánea.

-Por mi parte espero, Excelencia -respondió el hombrecito e inclinó la cabeza, como imitando la dignidad ofendida de una reina en una obra de teatro-, suministrar tarde o temprano la demostración matemática -miró al Ministro a los ojos- de que la prosperidad del Estado y de nuestra cultura se basa en números y conclusiones lógicas.

La Lady siguió cosiendo rápidamente su tela blanca, le disgustaba que las contiendas intelectuales degeneraran en disputas personales e intentó arreglar la cosa. -No se puede negar que las matemáticas, los números, son el principio básico de todas las cosas, pues en ellas subyace la posibilidad de la fantasía ordenada.

El profesor puso de nuevo la mano sobre el corazón, esta vez con una mirada lánguida: -Usted no sabe, Milady, cuán agradecido le estoy. Es sumamente extraño que alguien entienda que las matemáticas y el arte son el florecimiento más elevado de la fantasía humana; que entienda, también, de qué manera tan pura se ocupa la nobleza del pensamiento humano en los números y en la construcción. La matemática es en verdad la ciencia inmaculada.

Tomás se había alterado. -¡Ah, por favor! -vociferó, mientras buscaba algo en sus bolsillos y cambiaba inquieto de estar parado en un pie al otro-, ¿tiene alguien una hoja de papel? Necesito… Muchas gracias -sacó el lápiz que colgaba en su cadena del reloj, y del que acostumbraba afirmar que tenía en su casquillo el símbolo de toda vida, luego dibujó un gran cero en el papel y se lo puso al profesor debajo de la nariz-. ¿Es esto ciencia pura? -le preguntó.

Labri lo vio con temor, movió la cabeza y dijo: -No entiendo del todo. La matemática es pensamiento puro...

Tomás esbozó junto al primer cero un segundo, de modo que los círculos se tocaban.

-¿Y ahora? -volvió a preguntarle al profesor con una mirada aguda.

El profesor se puso desconfiado. Todo el círculo de los oyentes escuchaba con curiosidad, pues nadie comprendía lo que Mundete se proponía hacer. Labri respondió lento y titubeante: -Ahora son dos ceros.

-Sí, señor, el número 00 -el rostro de Tomás había adquirido una expresión de triunfo salvaje, como si después de larga espera hubiera caído en sus manos su enemigo mortal. Con una alegría diabólica, recordando todas las torturas de sus años de bachillerato, le dio la vuelta al papel hacia el ángulo derecho-. Y así es un 8, un número de cuidado(1) -volvió a girar el papel, de modo que el 8 quedó acostado, y trazó algunas líneas-, ahora pueden ver de qué se debe tener cuidado y lo que trae consigo la pureza de la ciencia.

El Capitán fue el primero en darse cuenta, riéndose tomó el papel de la mano de Mundete y se inclinó hacia Lady Friedländer para mostrarle el dibujo. Mientras tanto Tomás, radiante de felicidad, señalaba con el dedo en dirección del trasero ceñido, tenso y estirado del húsar y gritó: -Y el señor capitán de caballería traduce mi teoría a la práctica.

Lady Friedländer lo miró con ojos relampagueantes, había rasgado con su aguja rápidamente un gran 1 junto al ocho en tangente. -Y eso le pertenece, señor Mundete, a su ocho -dijo.

-Sólo hace falta la aplicación práctica -carraspeó Su Excelencia y echó una mirada al profesor Labri, que parecía querer inducirlo a los hechos.

Tomás se rió fuerte y con orgullo. -Todavía hay más ahí -dijo-, pues el cero es el círculo, y el círculo es la mujer. Vean ustedes, así -había tomado una segunda hoja de papel y pintó con precipitación un círculo-. ¿Entienden? ¿No? ¡Ah, sí, tengo que explicarlo mejor! Primero se es niña -dibujó un segundo círculo, concéntrico al primero-, luego mujer -surgió un tercer círculo con el borde dentado-. A esto le proporcionó nuestra Lady el uno, que por supuesto es masculino. Juntos el uno y el cero dan el diez, los meses lunares del embarazo, y eso se hace tres, el tercero en el círculo familiar, el hijo, y, así, de la niña se hace la mujer, de la mujer el círculo puro, la madre, un cero -de nueva cuenta pintó orgullosos un gran cero, le puso un punto grueso en el centro, luego un segundo círculo con punto, trazó dos tangentes y agitó el papel en el aire para dárselo a la Lady-: La madre amamantando.

Colocó una mano en el pecho, la otra en la espalda y esperó, en actitud victoriosa, el triunfo de su dibujo.

Lady Friedländer observó sonriente los garabatos de Mundete. -Para mí son dos anillos, así pues el símbolo del matrimonio.

-Lo que quiere decir, en caso de aceptar la interpretación del ocho del señor Mundete: “que lo compruebe el que se comprometa para siempre” -intervino el Ministro.

El viejo matemático había tomado, mientras tanto, la primera hoja con los círculos y la observaba con detenimiento: -Sus interpretaciones dan mucho que pensar -dijo-, pero usted no quiere afirmar en serio...

-Por el contrario, tengo mucho más que afirmar -lo interrumpió abruptamente Tomás-. Afirmo que las matemáticas como, por cierto, todo… -se detuvo de repente-. Vea usted por ejemplo el modo como usa su aguja Lady Friedländer, igual que todas las mujeres, con un gracioso movimiento del brazo de abajo hacia arriba, muy femenino, ajustado precisamente al destino de la mujer; todos los entes femeninos coserán del mismo modo, ambicionarán del mismo modo las alturas. El hombre por el contrario, cose de manera muy diferente, pues conduce la aguja en arcos aplanados hacia el frente. Hasta en el detalle más nimio determina Eros la vida de los humanos. Existen algunas sustancias espirituales… Se interrumpió otra vez, todos lo miraban atentos; El Capitán intentaba representarse gráficamente el modo como procedía un sastre; Labri había sacado un cuadernito y escribía; el Ministro tamborileaba en el respaldo de la silla, mientras chiflaba una marcha; la señora Landauer sostenía de nuevo su tenedor, esta vez con un bocado de pan, entre el plato y la boca. Sólo la Lady seguía trabajando tranquilamente. De repente, volvió a fluir el torrente de las palabras de Tomás.

-Todo es igual. El hilo se mete en el ojo de la aguja. Si conocen el cuento del juez y su tentativa de convencer a una mujer de que la violación es imposible. Ella tiene que ensartar el hilo en el ojo, mientras que él le mueve la aguja, hasta que ella se sienta en sus piernas acariciándolo y el ojo de la aguja se vuelve dócil. La aguja hace una perforación en la tela; la espada del oficial en el cuerpo de alguien; la pluma del Ministro se introduce en el tintero y el tenedor de la señora Landauer se dirige hacia la abertura de la boca. El hombre va directo… -En ese momento, se le acercó un criado y le ofreció café. Tomás cogió distraído una taza y continuó hablando en profusión, en la mano derecha tenía la taza, en la izquierda el plato-. Finalmente, languidece y se sienta, se desploma, se desmaya, se encuentra con los miembros sueltos. El hombre agarra la pelota, cuando está sentado, con las rodillas cerradas; la mujer, en cambio, las abre para atraparla. Caminar, hablar, comer. Y las matemáticas… -se levantó y apuntó con el brazo, donde tenía la taza de café, hacia Labri-. Sin ombligo no habría punto, sin piernas no habría líneas, ni ángulos sin los muslos, no habría triángulo sin el monte de Venus. El embarazo, la mujer es hiperbólica, pero el hombre suelta el chorro en un arco parabólico.

Se escuchó un grito, y la Lady se levantó espantada de su silla. En el ardor de la plática, Tomás había demostrado la parábola con la taza de café. Descubrió el rostro apenado de su hermana y, a la mitad del movimiento, quiso detener la taza. En el intento de desviar el chorro de su camino hacia el vestido blanco de la dama, se derramó el líquido también en su pecho; y allí estaba Tomás todo manchado y observando desconcertado el desastre que había ocasionado. Al poco rato, sintió que su hermana lo conducía suavemente. Se replegó en sí mismo y procuró, en vano, cerrar el smoking para tapar la mancha de café en el pecho. En la puerta los alcanzó Clara Nolde y los condujo al cuarto de los niños, el único lugar que no estaba invadido por las visitas. Un momento después, antes de que Ágata hubiera tenido tiempo de arreglar a su atónito hermano, o de que él hubiera podido escuchar el ininterrumpido y violento regaño de ella, ni mucho menos de dignarse contestarle, entró Clara con uno de sus vestidos en el brazo, acompañada por Lady Friedländer.

Tomás logró desprenderse de su hermana, quien de puntas le cepillaba con fuerza el smoking y dejaba brotar su enojo como si tuviera a un niño frente a ella. Tomás le dijo: -Deja de jugar a la mamá y el hijo -y se dirigió hacia la Lady. Riéndose, ella levantó un dedo y lo amenazó, mientras Tomás le hizo una reverencia, le beso la mano y le pidió perdón.

-No fue muy amable de su parte, señor Mundete, y yo no hubiera pensado que usted pudiera ser tan malvado.

Tomás retuvo su mano y se la acarició suavemente. -Fui malo y seré atento; quizá nos hagamos amigos y, entonces, agradezcamos el que yo haya sido malvado.

No, no te lo voy a hacer todo tan fácil -se entrometió Clara y jaló a Tomás, lanzándole una mirada de enojo a la Lady-. Los niños malos van a dar al rincón, antes de que puedan volver a hablar de ser atentos. Ponte allí, con la cara contra la pared, allí te quedas hasta que Milady se haya cambiado. Sí, sí, así le va a uno cuando es malcriado -les dijo a los dos niños, ya medio desvestidos, que contemplaban la extraña escena con los ojos desorbitados; el simpático tío altote, que ayer había retozado con ellos como nadie lo había hecho antes, era castigado contra la pared en el rincón.

-¿Y también una paliza? -preguntó con curiosidad el niño, mientras que la pequeña Elizabeth de tres años, se fue derechito hasta él, se puso de puntas y le dio una nalgada con su manita, a lo que Tomás respondió con un fuerte aullido.

Mientras tanto, Ágata se había hecho cargo del papel de doncella y había ayudado a la Lady a desvestirse. -Es inaudito cómo la ha puesto, Milady; deberías avergonzarte, Tomás. Un hombre ya grande como tú. Pero de seguro que no lo hizo intencionalmente. Sólo es torpe. Y… -se apresuró a ir hacia la luz para revisar el talle- creo que se podrán reparar los daños. Permítame que lo intente... Basta ya de tus necedades, Tomás, no se entiende ni lo que uno dice. Sí, y también la falda podría arreglarse. Pero está muy bien que reconozca de una buena vez lo que él hace. En esas horrendas cacerías contra los enemigos rojos acababa todo enlodado. Pero yo le aseguro, Lady Friedländer, que él es la mejor persona que existe bajo el sol.

-Lista -gritó Clara, que había vestido a la Lady, y con un fuerte ¡huy! Tomás se dio la vuelta. La pequeña Elizabeth se echó para atrás asustada y se hubiera caído indefectiblemente, de no haberla atrapado Tomás con rapidez. El susto fue suficiente para que se pusiera a llorar.

Con un raudo movimiento Tomás la levantó y la meció un poco de aquí para allá, mientras que Ágata le acariciaba su cabecita y, además, hacía como que cantaba:

 

Sana, sana, gatito,

cuatro patas tiene el gatito,

una larga cola tiene el gatito,

cuando te cases, todo estará completito.

 

Tomás le sacó la lengua y lanzó a la niña hacia arriba, de modo que esta daba gritos de júbilo; se la sentó sobre la espalda y se puso a galopar con ella por el cuarto. La niña aplaudía de felicidad. Y Tomás resoplaba como caballo, daba saltos, respingaba y, finalmente, deslizó poco a poco a la pequeña a la cama.

-A mí también, a mí también -exigió el muchachito, y Tomás lo dejó montar, sin hacer caso a las vívidas protestas de la madre, que deseaba que sus niños se pusieran rápido a rezar.

-Tú tienes que escuchar, Tomás -gritó Ágata muy enojada-. La señora Nolde desea regresar con sus visitas. Así es que estate quieto y pon a ese niño en el suelo.

-Ah, Clarita puede quedarse aquí -replicó Tomás-. La mamita me pertenece a mí, ¿no es cierto, muchacho?.

-No, no, me pertenece a mí -clamó el niño-, es mi mamá, es sólo mía, ni a ti, ni a la repugnante Elizabeth, ni a papá, es mía, para mí solo.

-¡Ahí va tu alhajita! -Tomás se rió con Clara y aventó al niño en brazos de su madre.

-Pero, Tomás -Ágata se había puesto pálida-, si se te hubiera caído ese niño.

-Entonces, le cantaría también el versito con el que se consuelan las mamás en la caída de las caídas: cuando te cases, todo estará bien -se fue acercando a la hermana, con las manos en las bolsas del pantalón, balanceándose en las piernas, y le dijo con una mirada significativa:

 

Sana, sana, niña,

cuatro patas tenía tu gatito,

una larga cola tenía el gatito,

cuando te cases, el gatito estará completito.

 

-Eres un puerco asqueroso -dijo riendo Clara, mientras la Lady se volvió interrogante hacia Ágata, que sólo levantó los hombros despectivamente.

La señora Nolde estaba lavando a su hijo. La Lady se había dejado caer en un sillón, junto al que estaba Tomás, mientras que Ágata tenía a la muchachita en el regazo y la iba acabando de desvestir lentamente.

-¡Qué raro! -dijo Clara-, el diablillo siempre grita y se resiste, como si lo fuera uno a matar, y hoy está de lo más lindo.

-Él se presenta -respondió Tomás y cuando estaba a punto de explicar esas palabras poco claras, el muchacho se dio la vuelta y sonriendo pícaramente dijo-: Oye, tía Friedländer, ¿también tienes allí un rabito? -Al ver por todos lados cara serias con ojos alegres y con las palabras de Clara- ¡pero, Enrique! -comprobó que había dicho algo para gente grande, entonces intentó afianzar su éxito-. Elizabeth no tiene y mi mamá tampoco, pero papá tiene uno bien… -Clara procuró taparle la boca y entonces la palabra “grande” surgió medio apagada.

-¡Puf! -dijo la madre-, no te da vergüenza, eso no se dice -estaba enojada y utilizaba la toalla con poca delicadeza, a lo que el jovencito reaccionó con estridentes aullidos, y Elizabeth, a juzgar por su rostro, tenía ganas de acompañarlo en sus gritos. Aunque la madre conocía la fuerza del órgano de su vástago y sabía, con certeza, que ahora se oía todo lo que estaba ocurriendo ahí en todos los cuartos de ese piso, hizo el intento de acallar al niño con ayuda de sus manos maternales, en lo que por supuesto fracasó por completo. El chico logró zafarse y salió corriendo hacia la tía Friedländer, en cuyo regazo escondió la cabeza. La anciana señora le acariciaba el cabello y trataba de calmarlo. Tomás le echó una mirada irónica a su hermana, pues vio que ella empleaba igualmente todas sus artes de seducción para tapar la otra boca chillona.

La señora Clara estaba perpleja: en una mano tenía una bacinica para acabar definitivamente con los preparativos para dormir a su mayorcito, con la otra lo había cogido por un brazo y lo arrastraba, aunque esto no le importaba al muchacho en lo más mínimo. En este triste momento, fueron la salvación unos caramelos. Lady Friedländer los sacó de su bolsita como por arte de magia y les tapó la boca con ellos, primero a Enrique y luego a Elizabeth.

-Y ahora viene el más elevado de los sentimientos maternales, la fiesta del chorro -dijo Tomás riéndose y señaló a Clara, que, dando la espalda al público y parada con las piernas abiertas, le sostenía a su muchachito la bacinica.

El excitante ruido del líquido fue demasiado para Ágata, así que decidió cubrirlo. -Te comportas otra vez de manera increíble, Tomás -jalaba la silla de aquí para allá, pero el chapaleo continuaba.

-¿Cómo es eso? -respondió él-, yo sólo participo en el gran fenómeno del amor maternal e intento ahondar en las causas del curso del mundo. Encuentro simplemente magnífico que el muchacho convierta este indispensable negocio, por la inevitable participación de la mano materna, en una fuente de alegría. Estoy convencido de que la existencia de la humanidad estriba en este acontecimiento cotidiano.

-No digas tonterías -le dijo Ágata furiosa, mientras intentaba proteger su vestido de los pegajosos dedos de Elizabeth, lo que ocasionó que su mejilla fuera acariciada y recibiera una costra de saliva infantil y caramelo.

Tomás alzó sus hombros en una expresión de profundo desprecio. -Naturalmente, tú no entiendes nada de eso -dijo-, pero tiene un profundo significado el que la suciedad se acumule en el órgano del amor y que sea la madre la que tiene que limpiarlo. Tú no entiendes absolutamente nada, ni siquiera sabes por qué te largaste de Bäuchlingen.

Ágata tomó las dos manitas de la niña y se las juntó. -Quería pedirte consejo, pues resulta imposible dejar a los novios pasear solos por el bosque, pero tú, tú… -Por su furia, no pudo hallar las palabras.

-¿Consejo? ¡Ja, ja! -Tomás se acercó a su hermana y la vio con una mirada penetrante-. Esos paseos por el bosque, tomados de la mano, con besos callados y roces furtivos del pecho y el cuerpo, con bienaventurada tentación y desafortunada pena, son el sueño de todas las mujeres; y ya que a ti, tras los bocadillos con otros, te fue negado esto con el buen Willen, no le permites a Albina...

Ágata puso a la pequeña con tanta fuerza en el suelo que se hubiera echado a llorar otra vez, de no ser porque su madre la recogió para llevársela a lavarse. -Eres un… -y de repente se dulcificó-: Tal vez tienes razón. No lo había pensado antes.

-Durante los días de la boda te surgirán otras luces en tu corazón de madre -le dijo Tomás ufano y se inclinó hacia el niño, que quería darle las buenas noches-, sé muy sincera.

Lady Friedländer se rió y miró a Clara con un aire comprensivo, mientras Ágata abría y cerraba su bolsa de mal humor. El niño trotaba riendo feliz por el cuarto, corrió de nuevo hacia la Lady, se presentó y volvió a preguntarle: -¿Tú no tienes, tía?

Tomás levantó al pillo risueño, se lo puso en los hombros y le hizo un gesto a la desesperada Clara, luego dijo:

 

Bastón y sombrero

le quedan bien

y tiene el ánimo feliz,

pero la mamá llora y llora...

 

-Hay un gran sentido en el juego infantil -de golpe lanzó al muchacho a su cama y se rió de modo que retumbaba.

Entonces, todos se agruparon alrededor de Elizabeth, a quien su mamá secaba sentada sobre la cómoda. Seria los miró a uno y a otro y recibió con dignidad los homenajes de su séquito. De repente, se levantó su camisón y dijo: Aquí me picó algo y aquí me picó algo -primero tocó ligeramente su pezón derecho y luego el izquierdo.

Todos se rieron, pero de inmediato enmudeció la alegría, pues vieron preocupados a Tomás, que se tambaleaba lívido y le escurría un sudor frío por la frente.

Ágata voló hacia él y sostuvo al semidesmayado en sus brazos. -¿Qué te pasa? -le preguntó temblando de miedo.

Él la miró medio inconsciente, logró emitir la palabra: -Albina -y se dejó guiar hacia una silla. Rechazó con impaciencia todas las preguntas y las ayudas-. Sólo un momentito -pidió. Estuvo sentado un buen rato, viendo hacia el horizonte.

-¿Son las chinches? -le preguntó Ágata, que buscando la causa del accidente había dado con la palabra “picar”.

Tomás movió la cabeza, luego levantó el brazo, señaló lentamente hacia el pecho de la hermana y dijo: -Allí, tú ya sabes -después de un rato preguntó encarecidamente-: ¿te acuerdas todavía de mamá? Yo la veo claramente ante mí, cómo te amamantaba. Entonces, yo te tenía mucha envidia y puedo aun sentir el olor peculiar de la leche. Y más tarde tú, ¿te acuerdas? ¿En las matas de rododendros? Y Albina… -Dejó de hablar de repente, se levantó y se despidió sin decir otra palabra. Nunca se pudo averiguar cuál fue el caso entre Albina y él.

 

Notas:

1.- En alemán, “acht” es ocho y cuidado, lo que permite el juego de palabras y números. (N. del T.).

 

 

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