George Groddeck
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pingreenEl Escrutador de Almas:

pingreenCapitulo 33. Ágata reaparece.

 

 

 

En el camino de regreso del Palacio los dos amigos conversaban animadamente. Y como el tema de la plática no se había agotado aún, Tomás entró al cuarto de Lachmann. En el dintel se detuvo un segundo y, luego, se lanzó por el cuarto profiriendo un par de frases muy largas. Aliviado se sentó en un sillón, que estaba junto a la ventana, y se acomodó los faldones del saco, de modo que formaran como una especie de cubierta para el asiento; después, se agachó como para examinar el cojín del sillón y estuvo balanceándose inquieto de aquí para allá.

-¿Tienes prisa? -le preguntó Lachmann, un tanto sorprendido por las extrañas precauciones de su primo.

-¿No se nota? -se oyó otra pregunta como respuesta-. Bueno, así está bien, podemos seguir platicando. Entonces, yo afirmo que el concepto del pasado no se puede aplicar de ningún modo al ser más profundo del hombre y afirmo, también, que uno es y se comporta como niño siempre y sin cesar hasta la hora de la muerte.

-Y quieres darme la prueba más palpable en el cojín de mi sillón. De allí no obtendrás nada. Si quieres jugar al bebé, hazme el favor de practicar en otro lado.

-Pero no quiero hacer eso. Es algo mucho, mucho peor. Es…

-¡Ágata! -gritó Lachmann y se dirigió con los brazos abiertos hacia la señora Willen, que iba entrando. En consideración a los obstáculos contra las muestras amorosas, Ágata bajo los brazos e intentó imprimirle a una enternecida mirada para el hermano perdido y encontrado, toda la pena y toda la alegría, que eran capaces de reflejar los ojos de una mujer. De repente, rechazó al primo y se lanzó contra Tomás.

-¡Estás sentado sobre mi sombrero! -chilló ella y ahora sus ojos echaban chispas de verdadera indignación. Esto le dio fuerzas para jalar a Tomás, que estaba inmóvil y sonriendo burlonamente.

-Llegué a pensar -comenzó Tomás con una expresión muy seria y sin moverse de su asiento- que me había sentado encima de ti en forma de tu sombrero -se agachó de nuevo y contempló pensativo un pedacito de listón color violeta que se balanceaba entre sus faldones- pero parece que no lo puedo lograr, dada mi natural generosidad. Con esto te dejo en libertad y proseguiré la lucha con otros medios.

Ágata tomó el sombrero. -Eres un… -comenzó a decir, pero se interrumpió al ver a Lachmann levantar un dedo en señal de advertencia; mientras tanto iba intentando devolverle al sombrero, más menos, su forma original.

-Estoy tan contenta de haberlos encontrado, Ernesto. Cuando llegó tu carta diciendo que no irías, le telegrafié a tu ama de llaves, que, por cierto, es una persona muy fiel y sabe callar; sin embargo, como me contestó que te habían llamado para una consulta y no sabía a dónde, pensé entonces que andarías vagando por aquí, pues ¿quién iba a llamarte a ti para una consulta? Allá en casa la cuestión es desesperada, Albina… el sombrero va a quedar muy bien de nuevo, ¿no te parece? Si lo inclino un poquito hacia atrás, los listones… -Estaba frente al espejo, arreglándose los lazos.

-¿Qué le pasa a Albina? -preguntó bruscamente Tomás, cogiendo a Ágata por la muñeca.

-Está insoportable. Insolente, malcriada, hecha una furia en mi contra y, en cuanto me ve, pone una cara… Y, al mismo tiempo, se ve triste, enferma, parece un verdadero espantapájaros. Yo le digo que, si sigue así, un buen día Pablo se va y se busca otra.

Tomás la miró intensamente. -A ti, ¿no es cierto? ¿Eso es lo que quisieras?

Ágata volteó a ver a Lachmann, como para mostrarle lo loco que estaba su hermano.

Pero el primo alzó los hombros y dijo: -Las madres siempre tienen celos de sus hijas y se enamoran de sus yernos.

Ágata se hinchó como un pavo. -Naturalmente, ustedes son incapaces de apreciar los sentimientos de una madre. Pero no he venido aquí para dejar que ustedes, hombres, me digan groserías, sino para pedirles consejo. Ustedes no se imaginan lo malvada que es la niña. Simplemente, ya no la puedo aguantar -se sentó, con el sombrero balanceándose en su cabeza con los lazos a medio hacer, en el mismo sillón donde antes estaba Tomás, y cruzó los brazos sobre su pecho.

-Pues ¿Qué maldad le hiciste? -le preguntó Tomás, mientras Lachmann llevaba su silla junto a su vieja amiga.

-Le conseguí su ajuar, si le puedes llamar maldad a eso.

-Eso depende. ¿Le pediste también su opinión?.

-Corrí por todas las tiendas y le compré las cosas más lindas que se me ocurrieron, si a eso le llamas maldad. Y al regresar muerta de cansancio a casa, me senté y le diseñé la ropa y revisé catálogos, pero, sin duda, tú le llamas a eso maldad -Ágata iba acalorándose. Se anudaba los listones, los deshacía, los volvía a anudar. Estaba con la cabeza levantada hacia atrás-. ¿Que si le pedí su opinión a Albina? Por supuesto que lo hice. Ella está de acuerdo con todo -Ágata se quitó de repente el sombrero y lo puso sobre la mesa, junto a ella-. Es decir, ella me pidió que hiciera lo que me pareciera bien; pues a ella le daba lo mismo.

Lachmann la interrumpió aquí. -En otras palabras, la presionaste para que aceptara que tú arregles el nido de la joven pareja, como te gustaría a ti, si fueras a casarte con Ende...

Ágata levantó los hombros despectiva. -La niña no tiene otra cosa en la cabeza que “casarse rápido” y le da absolutamente lo mismo si le pregunto o no por cada detalle.

Yo sé lo que le gusta. Conozco a mi niña.

Tomás observó divertido a su hermana, lo que ocasionó que ella enterrara con fuerza el alfiler en el sombrero.

-Entonces, ¿son sólo estas diferencias por la ropa y los muebles, lo que te trajo hasta aquí? -preguntó Lachmann y le arrebató el sombrero con la orden-: ¡Permíteme! Y nosotros sólo tenemos que decidir si se elige cerezo o nogal.

-Ya me decidí por un roble -dijo Ágata, apoyando pensativa su cabeza en una mano.

Tomás, que entre tanto se paseaba de aquí para allá con las manos en la espalda, se detuvo para decir: -Tal vez lo más indicado para Albina sea el abedul. Pero no me extraña nada que hayas elegido una madera tan dura, en recuerdo a la falta de cualidades de tu señor Willen y de tus consiguientes privaciones. Sin embargo, Lachmann permanece fiel como buen soltero, que siente tanta inclinación por las cerezas gemelas como por el saco lleno de nueces.

Lachmann se removía incómodo en la silla, Tomás lo tenía molesto. Con todo eso -dijo-, no se responde a la pregunta sobre lo que pasó entre ustedes dos.

-Ya te lo dije. Albina quiere casarse pronto a toda costa, y eso es imposible a su edad. Él todavía no es nadie. Vicario... ¿qué es eso?

Tomás se había metido la mano en la bolsa del pantalón y tintineaba su dinero.

-Ahí tienes la respuesta del tío y mi respuesta de padrino no va a sonar muy diferente -dijo Lachmann animado-, y en algún momento tendrá deparado ese mojigato cara de borrego de Ende llegar a pastor.

Las rodillas de Ágata temblaban involuntariamente, se dejó caer en la silla y puso las manos sobre el regazo, con los codos muy separados.

Tomás picó al primo. -Mira cómo ascienden las fuerzas de un oscuro pasado y dominan a la gente. Quién hubiera pensado que a mi propia hermana, como moderna Dánae, se le brindaría la lluvia de oro, para echarla dentro de sí misma con manos suplicantes.

El gordo doctor le hizo un guiño y continuó: -Lo de la edad de Albina es una pura tontería. Su pecho y pelvis están bien formados, ¿y qué más necesita? y si, en realidad, su periodo no está en orden...

-¡Lachmann! -Ágata se había adelgazado de repente y sus manos estaban prendidas al mantel como si tuviera al primo agarrado por los pelos.

-La mejor manera -continuó Lachmann cruel y sin turbarse- de curar este tipo de clorosis, que no es raro entre las novias, es mediante una boda rápida.

-Eres muy frívolo, Ernesto -dijo Ágata, tomó su bolsa, la abrió, sacó sus guantes, los metió en la bolsa y la volvió a cerrar.

Tomás había seguido cuidadosamente sus movimientos. -Tú sí que confirmas esas posibilidades de que la boca no sepa lo que hace la mano. Y te acuerdas de que mamá solía decir: “los primeros niños vienen cuando quieren y los demás cuando deben”.

-Los hombres son siempre tan cínicos -dijo Ágata y añadió de inmediato-: Esta nueva moda de que los novios anden vagando solos por el bosque, de que hagan excursiones de todo el día en bicicleta o que, con el pretexto de que los invitan juntos a algún rancho, duerman bajo un mismo techo...

-¡Y Albina hace eso! -gritaron ambos hombres sorprendidos.

-¡Por supuesto que no! -respondió Ágata llena de grandeza-. Se lo he prohibido. Pero, exactamente por eso, está furiosa y me hace la vida insoportable. Y ahora te pido a ti, Ernesto, pues no se puede contar con mi hermano… -le lanzó a Tomás una mirada aniquiladora- que vengas conmigo a Bäuchlingen y le pongas a esa niña la cabeza en su lugar.

-¿Y tú te vienes para acá y dejas a Albina con su fraile Romeo sin vigilancia alguna? Lo encuentro muy lindo -Lachmann puso las manos en las rodillas y se agachó riéndose.

-Le di a la vieja Trude plenos poderes; por cierto, antes de que se me olvide, Tomás, de nuevo hay chinches por ahí. Albina durmió una noche en ese horrendo cuarto y le picaron. Ya había yo pensado que sucedería así. Las chinches son inextinguibles. Entonces, la Trude tiene orden de impedir todo encuentro entre esos dos.

Tomás saltó de la silla, agarró a su hermana por los hombros como si quisiera estrujarla, parecía que sus ojos se le iban a salir de la cara. -¿Qué? -aulló-, ¡se la dejaste encargada a la Trude, a esa bestia, a ese animal, a esa, a esa, a esa chinche! -como si esta palabra tuviera la virtud de extinguir en él un fuego interno, entró en calma, se dirigió al escritorio y redactó un telegrama. Mientras escribía le gritó a su hermana, quien había acercado su silla a la de Lachmann-: Mañana en la noche salgo para Bäuchlingen; hoy tengo que ir con la señora Clara, mañana con el Príncipe, pasado mañana estoy en casa. Creo que ustedes se vienen conmigo y festejaremos la boda en un par de semanas.

Ágata se sobresaltó: -Pero, Augusto, la cosa no puede ser tan de prisa.

Tomás se dio la vuelta hacia su hermana, la miró con una extraña sonrisa benevolente y dijo: -¿Por qué no puede ser, Ágata? Vamos a intentarlo. Comenzar una nueva vida allí, donde hace mucho tiempo fracasamos -se levantó y fue hacia su hermana con la mano extendida. Ella estaba allí sentada, muda, y las lágrimas le rodaban lentamente por las mejillas, le susurró entonces a Lachmann-: Ernesto, Ernesto, él es de nuevo el de antes.

Lachmann estaba con la cabeza apoyada en la silla, se había levantado los lentes y en su mirada podía distinguirse una actitud de preocupación, de estar al acecho, que sólo surgía en él cuando observaba empeorar una crisis. -Él quiere ir otra vez a cazar chinches -pensó- y esto tiene que estar relacionado, de algún modo, con Trude -antes de que hubiera concluido sus pensamientos, los dos hermanos se habían estrechado en un abrazo, es decir, Ágata se había lanzado al pecho de Tomás y lloraba. Tomás mantenía los brazos tendidos alrededor de Ágata, en una mano tenía el telegrama y con la otra se esforzaba por alcanzar el timbre, empujando a la hermana con la barriga paso a paso a través del cuarto. Al poco rato salió el telegrama para Bäuchlingen y todo se arregló.

 

 

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