George Groddeck
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imagenCapitulo 22. Carta Nº22.

 

 

Graças, querida amiga. Esta vez ha encontrado usted con rapidez un camino por donde penetrar en el problema. La historia de su pequeña Else, que viene en camisón a decir buenas noches a sus invitados de noche y que ante las palabras de la madre: “Deberías avergonzarte Else; no se viene en camisón cuando hay visita”, Else reacciona levantando el camisón para tener de verdad de qué avergonzarse, todo esto pega muy bien dentro de la seriedad y concentración de nuestra convivencia. Y Ernst, que ha hecho un agujero en la falda de su hermanita para poder ver siempre lo que ella tiene allí debajo, ilustra de manera acertadísima la costumbre de dejar en los escenarios un agujero por donde poder mirar. Quizá esto le hace comprender por qué yo relacioné el teatro con los fenómenos de la exhibición y del voyeurismo. El acto es verdaderamente un acto, un acto sexual.

Y aquí tiene usted a la vez mi respuesta a nuestra controversia acerca de la perversión múltiple del niño. Sigo en la afirmación de que esta multiperversión es una propiedad general que alcanza a todas las personas de todas las edades y no me dejo inducir a error al respecto ni siquiera por usted. Las dos perversiones del exhibicionismo y del voyeurismo se dan, sin lugar a duda, en todos los niños. Y no se me escapa en absoluto la importancia del hecho de que los niños hasta los tres años se ocupan con especial interés de estas perversiones. Volveré ocasionalmente sobre el asunto, pues de todas formas he de decirle a usted unas encarecidas palabras sobre que la naturaleza aprovecha los tres primeros años de la vida, de los que no guardamos ningún recuerdo, para hacer del niño un esclavo y un artista del amor. Pero lo que al niño le va bien no tiene por qué irle mal al mayor. No se puede poner en tela de juicio que al amante le gusta ver desnuda a la amada, y que no se muestra a sí mismo desnudo a disgusto, es más, que hay que ver en ello un síntoma inequívoco de enfermedad si es que no hace todo esto con placer. En relación con todo esto no hace falta que le diga la importancia que tiene el orinal. ¿Pero no es divertido que los eruditos, los jueces, las damas, durante el día, durante la seriedad del día, se olviden de lo que han hecho por la noche? E incluso a uno mismo, que se cree libre de prejuicios, no le pasa otra cosa que a los demás. La frase: “Lo que tú criticas es lo que tú haces”, es una verdad, una verdad hasta sus mínimos detalles. Nosotros todos, los humanos, nos comportamos de acuerdo al principio de aquel ladrón que, después de robar, es el primero en gritar a voz en cuello: “¡Detened al ladrón!”

Y otra cosa: La perversión no se limita al sentido de la vista. Sonará a demencial el que me ponga a hablar de un exhibicionismo auditivo y olfativo, de un voyeurismo del tacto y del gusto, pero, con todo, ellos es una realidad, y una realidad esencial. No solamente el muchacho, cuando mea, trata de hacerlo de modo que se oiga, con el fin de significar su masculinidad, el hombre mayor hace lo mismo en el juego amoroso. La curiosidad casi morbosa con que se aguza el oído para escuchar las palabras amorosas y los cálidos suspiros de la joven pareja en la habitación vecina del hotel, el ruido del agua al lavarse, el cerrar de la portezuela de la mesita de noche y el chisporroteante ruido de la caída del chorro de orina, son todas cosas que usted conoce por propia experiencia. La madres lo imitan con el “chis, chis” con que pretenden inducir a sus pequeños a la eyaculación de la orina, y nosotros, los médicos, nos valemos todos del ardid de dejar chorrear el grifo cuando vemos que el enfermo se avergüenza de utilizar el orinal en nuestra presencia. ¡Y qué papel más importante juega el tirar pedos en la vida del hombre! Usted no es la única, querida amiga, que se ríe al leer esta frase y acordarse de algún famoso bombardeo. Por cierto que ya cuento con que si usted le da a leer esta carta a su amiga Katinka, al ver esto volverá púdicamente la cabeza y rehusará seguir adelante, y con que el consejero señor Schwerleber(1), a quien ya ha mucho se le ha extraviado el humor por las inextricables y difícilmente lavables arrugas de su boca de charlatán, con gesto acusador, no podrá sino decir: ¡cerdo! Pero la ira, lo mismo que la risa, no hace sino demostrar que el sentimiento existe, que el exhibicionista del oído ha encontrado a un voyeurista de los sonidos.

El paso del pedo a los fenómenos relacionados con el sentido del olfato es inmediato y sin problemas. Dejo a su arbitrio la actualización de los olores agradables y desagradables que proceden de las personas o que éstas mismas se procuran y paso en seguida a hacer algunas observaciones al respecto. En primer lugar, algo que se deduce de la frase precedente, a saber, que el percibir olores o dar origen a ellos es algo que no siempre exhibe un carácter positivamente sexual, de atracción. Pues también aquí vale la ley de los opuestos. A veces, a través del olor, se dan a conocer sentimientos de odio, desprecio o aversión. Usted habrá de concederme que el mal olor que el Ello se encarga de poner en la boca, manos, pies y genitales pone en movimiento sentimientos más poderosos que el buen olor. Usted me permitirá que, para explicarle las extrañas monerías de que el Ello es capaz, le recuerde a nuestra común amiga Wehler. Como usted sabe, tiene un cabello hermosísimo, tal vez el más hermoso que yo conozco. Pero yo ya estoy viendo la cara que usted pone. Ese hermoso cabello hiede como la peste. O, mejor dicho, hedía, pues, en la actualidad, ni la pituitaria más delicada tiene nada que objetar al perfume de ese cabello. Anni acabó con este pacto fatal entre hermoso y desagradable de una manera fácil y rápida desde el momento en que tomó conciencia de que su Ello era especialmente sensual y, por eso, le había dado una cabellera tan hermosa, lo mismo que acontece con los más sensuales de todos los sensuales, con los tísicos, que tienen cabellos, ojos y dientes hermosísimos. Sobre este Ello ha colocado la Naturaleza a otro Ello, de quien procede el mal olor, pues es un Ello moralista y cobarde que pretende neutralizar la atracción con la repulsa.

Otra cosa en este contexto. Usted dice siempre que gentes que no se desean huelen mutuamente mal. Yo mismo pude presenciar cómo usted trataba de hacerle patente de una manera palpable y real a su hijo a quien, como es natural en un niño de diez años, no le gustaba el agua, que debía lavarse y, para esto, le miraba cuello, manos y orejas. ¿Puedo permitirme preguntarle con qué frecuencia se lava usted el pelo? Y puedo asegurarle que sus cabellos tienen un perfume como de heno fresco. El Ello no tiene para nada en cuenta las ingenuas opiniones de los hombres. Hiede cuando quiere, y cuando le da la gana convierte la suciedad en buen olor. A veces me da la impresión que los hombres no se lavan porque detestan la suciedad, sino que, como Pilatos cuando condenó a Cristo, lo hacen para aparentar una limpieza que no poseen. La frase de aquel muchacho que dijo: “Yo no soy tan cerdo como para tener que lavarme todos los días”, no es una frase tan tonta. Con la aversión a la suciedad acontece como con la aversión a la caca y al pis. Uno se limpia con todo cuidado, tal vez hasta se lava, después de haberse aligerado sea de lo sólido o de lo líquido, y no se da cuenta que eso que él llama suciedad y de la que tiene a gala privarse lo lleva durante todo el día consigo en el vientre. ¡Oh, tú, letrina ambulante que te llamas hombre, cuanto más te manifiestas con nausea y aversión ante las heces y la orina, tanto más claramente delatas tu lascivia en estos terrenos, y cuanto más te lavas, mejor sé que sientes que tu alma está llena de inmundicia! ¿Pero por qué te tragas tus escupitajos si los escupitajos son asquerosos?

No quiero atormentarla a usted más con paradojas, sino más bien llamarle la atención sobre una extraña forma de exhibicionismo, el exhibicionismo ante uno mismo. Inmediatamente le viene a usted a la cabeza el espejo y, con él, el narcisismo -pues Narciso inventó el espejo- y la masturbación -y el espejo es un símbolo masturbatorio-, y si usted tiene cerebro de prestidigitador, como yo, piense que ante el espejo, también se pueden hacer muecas y así divertirse, y que, por consiguiente, la exhibición es en verdad ambigua, pudiendo ser atrayente o desagradable.

Pero andábamos por lo del olor y las letrinas, y si a usted le parece, nómbreme, por favor, a alguna de sus amigas que no mire sus heces… Por razones de salud, se entiende. Creo que, en esta operación, ninguna de ellas se tapa la nariz, y, posiblemente, hay algunas de entre ellas que, por la noche, en la cama, una vez que ha entrado ya en funciones la calefacción por aire, meten la cabeza debajo de las mantas para oler qué clase de leña se ha quemado. Quizá la una o la otra se pone a oler el dedo, supuesto que el papel utilizado para limpiar el lugar de los profundos sentimientos no fuese muy grueso. Y, créame usted, hay personas educadas que se meten los dedos en las narices cuando están solas, pues ningún agujero descansa hasta que se mete algo en él, y los orificios de la nariz no constituyen ninguna excepción.

¡Lo que podría yo contarle acerca de todas estas exhibiciones inconscientes a través de los gestos, de la voz, de las costumbres! “Buscad y encontraréis”, dice la Biblia. Pero también dice: “Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen”.

Es difícil retrotraer a la conciencia las relaciones del sentido del gusto con el eros inconsciente. Lo más fácil, dentro de todo, es ponerse a observar lo que los niños hacen con el chupete, pues está íntimamente relacionado con el acto de mamar. Si, partiendo de esta experiencia, nos esforzamos un poco, nos encontraremos con que no es demasiado raro dar con costumbres de personas que se aman que pueden muy bien ser interpretadas en relación con el sentido del gusto. Así, por ejemplo, estamos en este caso cuando alguien chupa el dedo de otro, cosa que se puede ver a menudo. Pero el hecho de que las caricias de este estilo se realizan en la intimidad prueba cuán grande es el aprecio que sentimos por estos placeres del gustar. Por muy moral que uno sea, el chupar los pechos, los labios, el cuello o cualquier parte de la piel acompaña a la realización del amor, y la lengua es para todo el mundo no solamente el órgano que sabe intercambiar maravillosamente la palabra “amor mío”, sino también órgano de placer. Sobre todo tengo la impresión de que esa tendencia a enseñar los pechos no es sino una incitación a gustarlos con la boca, si bien, como es natural, acompañada del estímulo a tocarlos y gozar de su vista, pues las funciones sensitivas tratan de asociarse. Y esto tiene como consecuencia el poder constatar un auténtica exhibición del Ello, a saber, la erección de los pezones, que tiene lugar de un manera completamente independiente de la voluntad de la más casta muchacha, y que, mientras goza de unas suavísimas cosquillas, se ríe de los eruditos y de usted, querida amiga, de usted que llama perversiones e inclinaciones antinaturales a lo que la misma naturaleza lleva a cabo. Le dejo para usted la tarea de concluir de la erección de los pezones femeninos a la erección masculina, aunque más tarde, por muy delicado que sea el tema, habré de volver sobre ello.

Pero aún he de señalar una cosa que pertenece al campo del erotismo gustativo, y son las comidas preferidas. La preferencia por lo dulce, lo agrio, lo amargo, lo graso, lo salado, por tal comida y tal bebida, así como el ofrecer comida, el obligar a comer, la manera de comer y de confeccionar un menú, todas estas cosas delatan inclinaciones de naturaleza muy singular. Reténgalo usted muy bien en la memoria y no lo olvide: es lo mismo el que uno coma con mucho gusto un asado de cero o le haga daño.

¿Quiere que le diga todavía algo sobre el sentido del tacto? Usted misma puede atar cabos al respecto, reflexionar sobre ello y hacer pruebas: el ofrecer la mano o los labios, las rodillas que se tocan o el pisar el pie debajo de la mesa. Pero hay casos que no se entienden tan fácilmente. Naturalmente, la intencionalidad erótica de la mano que te acaricia se comprende y se interpreta inmediatamente. Pero ¿qué habrá que decir de las manos frías? Manos frías, corazón caliente, dice la voz popular, y la voz popular raramente se equivoca. “Mira, estoy fría -dice la mano-; caliéntame, necesito amor”. Y detrás, el Ello espía ladina y socarronamente. “Este hombre me gusta -piensa-, pero quizá no le gusto yo a él. Veamos. No retrocede ante la frialdad de mi mano y la coge amorosamente con la suya; entonces todo irá bien. Permanece, por el contrario, inaccesible, frío como mi propia mano; entonces puede ser que me quiera, y sólo retrocede ante mi frialdad”. Y como el Ello es más refinado de lo que usted se cree, hace a veces que la mano, además de fría, también se ponga húmeda, lo cual es ya una auténtica prueba para el amor. Pues para coger con gusto una mano fría y húmeda hay que querer verdaderamente a su dueño. Esta mano exhibicionista pregona franca y abiertamente a los cuatro vientos: “¡Mira, incluso transida de frío, resumo humores de vida, tan ardiente es mi pasión! ¡Con qué oleadas de amor no te cubriré yo si me das un poco de calor!”
Como usted ve, queridísima, andamos ya por las capas profundas del erotismo inconsciente, por la interpretación de procesos fisiológicos, y con esto quisiera ocuparme todavía un momento.

Como ejemplo al alcance de la mano se me ocurren determinados fenómenos en la piel que me han dado mucho trabajo. Usted sabe que, como discípulo que soy de Schweninger, aun ahora vienen todavía a mi consulta enfermos de la piel, y entre ellos hay siempre algunos que padecen erupciones crónicas acompañadas de picores. Antes no prestaba atención cuando, haciendo referencia a una parte afectada de la piel, me decían que tenían la piel muy delicada. Ahora me consta que su eczema repite ininterrumpidamente esta su afirmación, sólo que el eczema habla de una manera más clara y describe en qué consiste la delicadeza de esa piel. Nos describe lo siguiente -a mí al menos me parece oírlo, y el éxito, por lo visto, me da la razón-: “Mira cómo mi piel anhela ser acariciada suavemente. Es tan maravilloso esto de ser acariciado, y mi nadie me lo hace. ¡Comprendedme, ayudadme! Cómo puedo expresar mejor mis deseos que con los arañazos que yo mismo me hago con mis propias uñas”. Esto es una auténtica exhibición en el terreno del sentido del tacto.

Así, pues, ya nos hemos entretenido con estas cosas por un espacio suficientemente largo, y, mientras tanto, nuestro pequeño, a quien dejamos sentado serio y pensativo sobre su pequeño trono, habrá terminado ya su tarea. Y yo quería hablarle a usted sobre las ideas que dominan la cabeza del niño en ese espacio de tiempo, pero no lo hice porque en realidad no es nada seguro, que, precisamente en esa postura, se ocupe con pensamientos que atañen al momento de concebir. Más tarde volveré sobre ello. Ahora, antes de que me despida de usted, tengo que decirle aún una cosa: el orinal -o el retrete, pues a fin de cuentas es lo mismo- es un mueble de una gran importancia, y hay muchas personas que se pasan con él tres cuartas partes de su vida. No en sentido literal, naturalmente, pero por la mañana se levantan con la idea: ¿haré hoy de vientre? Y pocas horas después de haber dado buen fin a tan difícil tarea comienzan de nuevo a pensar -y también a hablar, sobre todo durante la comida del mediodía-: ¿haré de vientre mañana? Es un mundo realmente divertido.

Reflexione usted un momento: al niño pequeño le gusta ir con el padre y con la madre y observar su secreta actividad. Cuando se hace mayor se busca compañeros para ir estudiando y descifrando más y más el enigma. Luego viene la pubertad, y de nuevo el retrete es testigo de las vivencias más profundas de estos años e incluso de toda su vida: la masturbación. Después del desarrollo comienza el entontecimiento del hombre, y éste empieza a contentarse con leer el periódico o instruirse en lugar de seguir tras las maravillas de la vida, hasta que, finalmente, aparece la senectud, y nos es raro que todo acabe con algún ataque sufrido en el retrete. Desde la cuna hasta la tumba.

 

Con los más cordiales saludos.

 

Siempre suyo,

 

PATRIK TROLL

 

Notas:

1.- El humor de la frase exige que se le aclare al lector que Schwerleber significa “hígado pesado”. (N. del T.).

 

 

 

 

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