
Entretanto Ágata se había llevado a su cada vez más perplejo hermano. Al llegar a la calle él se quedó parado: -¿Qué sucedió?- preguntó.
-Te pusiste en ridículo -dijo Ágata sobresaltada y le colocó el sombrero, que a pesar de toda la prisa había logrado recoger-, a ti y a mí, nos pusiste en ridículo.
-Ri-ra-ta-plán, rataplán, en ridículo. Naturalmente. El auditorio se venía abajo con bombos y platillos. Estas mujeres se comportan como si tuvieran cinturones de castidad bien cerrados en lugar de tener almas. Pero eso sí, la gorda señora Wagner, esa de los brillantes, ésa sí me entendió. En día tan claro, se apresura ante todos los ojos a lo largo de la sala y toca la campana.
Ágata lo miró atónita. -¿Qué quieres decir con eso?
-Tú tienes los ojos y no ves, oídos y no oyes. Por supuesto que sabes lo que es una bóveda en la que se menea, de aquí para allá un badajo.
-En verdad que no te entiendo.
-El badajo fue el difunto Willen, y la campana, ésa fuiste tú. En la medida en que se movió el badajo convenientemente, fueron nueve meses…
-¡Augusto!
-…meses después lo comprobó el aullido de Albina.
Los lazos del sombrero de Ágata se erizaron de disgusto.
-¿No te da vergüenza?
-¿Yo? Se supone que dormí bastante bien esa noche.
-¡Augusto!
-¡Cielos, rayos y centellas! ¡Pesada carga, bombas y granadas, maldita porquería!
Ágata se tambaleaba lívida de miedo contra la pared.
-… me llamo Tomás.
-Sí, sí. Bueno. Tomás, ya estate quieto que la gente nos está mirando.
-Pero qué gentes, ni qué gentes, se trata de sonidos de campanas. Esa gorda tratante en vinos quería tener relaciones en público, como las reinas de los hunos o como Absalón con las setenta concubinas de su padre, y como ya no permitimos tales cosas a causa de la policía, ella me estampó absalónicamente al cogerme del copete y las otras setenta mujeres con los ojos desorbitados…
En ese momento se acercó el profesor Kietz.
-Me alegro de hallarlo todavía aquí, señor Mundete, su discurso estuvo simplemente magnífico. Eso de las clases para los muchachos y las muchachas en vías de prostitutas, perdón respetable señora, pero sólo puedo repetirlo, el discurso de su señor hermano estuvo simplemente…
-Espeluznante -interrumpió Ágata.
-Sí, quizá eso también, pero tal estudio de las importantes relaciones de la sexualidad humana no puede dañar a nadie, y en eso el señor Mundete tiene plena razón. Mediante los campanillazos, la señora Walter se ocupó de hacer inolvidables las palabras del orador.
Tomás resplandecía. -¡Te das cuenta, el hombre me entiende! Sí, él comprende el símbolo de la campana.
Kietz paró orejas. -¿El símbolo de la campana?
-Ay, ese es un chiste de mi hermano -Ágata se apoyaba confusa en un pie y luego en el otro.
-Usted hace hincapié en la campana y escuche: ¡resuena desde el campanario!
En efecto, en ese momento repicaba la campana de la iglesia católica.
El profesor miraba alternadamente a Tomás y a su atónita hermana.
-No acabo de entender lo que usted quiere decir.
-Las gentes decentes no pueden entenderlo -prorrumpió Ágata-. No debe usted poner atención en esos disparates que mi hermano está diciendo.
-¿Así que disparate? ¿Acaso no escuchas lo que dice el espíritu por boca de la campana? Tú misma eres una campana.
-De una vez por todas, no admito estas impertinencias, estas barbaridades.
-Sí, aquí la cuerda de la campana se tiene que quedar sin jalar.
-¡Augusto!
-Cielos, rayos y centellas.
Pesada carga, bombas y granadas, -interrumpió Lachmann que se unía a ellos.
-Maldita porquería -completó Tomás-. Luego, ¿todavía te acuerdas de mis cantos eclesiásticos de ya olvidados tiempos?
Eso es muy amable de tu parte. Pero recordad las horas y cuidad los símbolos.
-Si tuvieran a bien explicarme, finalmente, el símbolo, pues no puedo encontrar nada particular en el repique -Kiets había alargado la cabeza hacia la altura, de manera que casi se le caía el sombrero, y miraba fijamente hacia el armazón de la campana.
Tomás lo agarró por el brazo, levantó su mano y señaló con el dedo extendido hacia lo alto. -¿Qué ve usted? -preguntó.
-Un campanario y un gallo encima de él.
-Sí, allí está él erguido y alto y muestra en el cielo la alegría, y debajo de él está la iglesia, la novia.
El profesor retrocedió dos pasos, abrió mucho los ojos y comenzó a murmurar: -Es increíble, es increíble, eso tengo que restregárselo en las narices al cura, es increíble.
Ágata estaba como petrificada y ni siquiera oyó lo que Lachmann le decía al oído: -Saca a tu hermano de aquí, si no va a suceder una desgracia.
-¿Increíble? -Prosiguió Tomás-, la verdad es siempre increíble. El seno de la iglesia…
Kietz se lanzó, de repente, a través de la plaza para ir al encuentro del sacerdote, con el que hacía un rato, había tenido una discusión en la taberna sobre la educación.
-Venga usted para acá, señor cura -dijo-, tiene usted que escuchar lo que el señor Mundete anda diciendo sobre la Iglesia -tomó del brazo al sacerdote y lo condujo hasta la banqueta, donde Tomás, violentamente estrujado por Lachmann y Ágata que intentaban apartarlo de allí, se abrió de brazos para soltarse. Lachmann dejó caer las manos. -Ya no puede hacerse nada. El cura no perdona las blasfemias ni a los locos.
Resignado se apoyó en el muro, cruzó los brazos e hizo como si toda la historia no le importara nada.
Ágata continuó agarrando a su hermano por el brazo y, mientras le rodaban las lágrimas por las mejillas, le gritó:
-Augusto, ya cálmate, ya cálmate.
En medio de las festivas inclinaciones con las que se consumó la presentación del cura Adam, Tomás estalló, pues se había interrumpido su discurso al marcharse el profesor y, por ello, sus mejillas se habían hinchado con inefables pensamientos, como si estuviera dispuesto a tocar la trompeta del juicio final: -El seno de la Iglesia recibe, mediante el bautismo, a las gentes como hijos de Dios. La Iglesia es la novia ideal, constante madre fecundadora de los creyentes. Desde la pila del agua bendita hasta el altar, bien visto, altar del amor, dice cada piedra, que sostiene y forma la bóveda sustentada en columnas, cada capilla, cada ventanal, el ábside, la cripta: aquí está la maternidad. El campanario lo señala, la campana lo anuncia, el dorado gallo cacarea el misterio del matrimonio al viento y tormenta. La configuración de la Iglesia, su estilo de construcción, su disposición, no son meras formaciones fortuitas ni invenciones del arte, menos aún formas lógicas del desarrollo histórico, como enseñan estetas triviales en libros chatos. De la manera que es la Iglesia, así debía ser; expresa de forma totalmente armónica lo que es. ¿No es así, señor cura?
Los pies de Kietz se habían colocado por sí mismos en la quinta posición del ballet, el derecho sobre el izquierdo, en la barba rojiza de la ligeramente inclinada cabeza jugaba una de sus manos metida en un guante amarillo claro y, mientras un brazo se apoyaba en el otro, sus ojos miraban mefistofélicos sobre los lentes en dirección del padre espiritual.
Éste, sin embargo, contestó amigablemente.
-Aproximadamente puede expresarse de esa manera, y todo el que entra en la casa de Dios siente que la concordancia entre la concepción y la forma de la Iglesia no se debe a la casualidad y que tampoco es la consecuencia de algún desarrollo humano; cuánto más lo sentiré yo, a quien diariamente se manifiesta de nuevo el misterio de la armonía de las formas de la construcción.
El profesor se dio la vuelta hacia Lachmann, que aún permanecía enojado junto a la pared y cuyo disgusto sólo de vez en cuando se daba a conocer, pues propinaba leves golpes con su bastón.
Tomás dirigía su mirada hacia su amigo: -Puedo imaginarme que tú me quieres dar una golpiza. Ustedes los médicos nacieron para sádicos, para verdugos sanguinarios simbólicos, para desolladores y envenenadores, pero no pienses, viejo camarada, que vas a refrenar la incubación de pensamientos de Mundete mediante golpecitos de tu bastón. Desde hace mucho tiempo estoy embarazado de ellos, y retenerlos sería tan tonto como si tú pretendieras ponerle un tapón en la vagina a una parturienta.
Ágata intentaba jalarlo. -¡Qué vergüenza -gritó-, en plena calle tales cosas!
-¿Qué nunca has oído hablar de partos repentinos en plena calle o en los coches? La matriz no se preocupa porque ustedes estén vestidas de calle o en camisón. Y sin duda ocurrió que el señor cura, al que le echas esas miradas de odio, se hacía en los pantalones cuando era chico, pues eso también es un alumbramiento repentino.
El padre espiritual movió la cabeza sonriendo agridulcemente. La situación se volvió incómoda.
-¿Y no te das cuenta de la manera en que se atropellan las damas para salir de la escuela? ¿Qué otra cosa es una casa, si no un útero?
El padre Adam miró de soslayo a la parloteante multitud de mujeres, con la esperanza de encontrar un pretexto para salir huyendo. En ese momento se le acercó de nuevo Kietz y lo sujetó por la manga.
-La humanidad nunca hubiera arribado -continuó Tomás triunfante- a la idea de construir una casa, de no haber vista la seguridad del niño en el seno materno. No se inventó la casa para ser refugio contra la lluvia y la nieve, contra el animal y el enemigo, sino que Eros obligó a las gentes a ese invento. Es una simple imitación de los órganos de la procreación de las mujeres, ¿No es cierto, profesor Kietz? Surgieron por la fuerza, algo así como la cámara fotográfica es copia del ojo o los puentes de acero son copia de la estructura ósea. El lenguaje también conserva ese origen. Atrio, vestíbulo, así llamaban los romanos la entrada de la casa y nosotros aludimos con eso a la entrada de la mujer y un impluvio es aquí lo que entonces. La Iglesia…
… El padre Adam había logrado zafarse del apretón del profesor, pero Tomás agarró por el borde del saco al que intentaba huir.
-… no tiene en su estructura la claridad del templo judío, pues allí colocan entre el templo y el sanctasanctórum el velo, a través del cual sólo los altos sacerdotes…
-Allí va tu chinche, Tomás -Lachmann le arrebató la palabra y señaló a Keller-Caprese, que pasaba por ahí, intentando llegar a alguna cantina. El profético escéptico se detuvo a mitad de la oración y se apresuró a seguir, con largos pasos, a su vampiro, mientras que el cura, mirando el borde de su saco y sin decir una palabra, caminó hacia el lado derecho. También Kietz se despidió sin tardanza. Lachmann tomó por el brazo a su prima y la arrastró hasta la casa, Ágata estaba más muerta que viva.
Un cuarto de hora más tarde apareció allí también Tomás. No hacía caso de la mirada llena de reproches que le lanzaba su hermana, que hubiera puesto de rodillas a cualquiera; tan agobiado estaba con una santa indignación. Y antes de que Lachmann abriera la boca, quien con su cabeza erguida y sus manos puestas en la espalda, revelaba tan claramente, como antes con los golpes en el aire, lo que él deseaba en su interior, Tomás puso una tarjetita blanca en mitad de la mesa, se sentó frente a ella y, apoyando en ambos brazos la cabeza, se sumió en la contemplación del dibujo que estaba en la hojita. -Es cierto -dijo y dirigió su mirada primero a la hermana, luego al primo, y añadió-: ¿no es verdad? -Estas palabras, que se encontraban a varias leguas de distancia de lo que preocupaba a todos, le recordaron a Lachmann el estado en que se encontraba ese loco. Dio un paso al frente y vio a su amigo por encima de los hombros.
-Mi tarjeta de visita -dijo Tomás y le echó a su primo una mirada provocativa. Ágata también se había acercado, y ambos gritaron con igual sorpresa: -¡Tarjeta de visita! Oye tú, eso está difícil de entender, en verdad parece más un jeroglífico.
-Eso me alegra -repuso Tomás-, el mundo es bastante difícil de comprender y nos propone muchos acertijos, pero trata de entender.
Ágata saco sus lentes de un estuche plateado que le colgaba del cinto, y se los puso con complicaciones, en tanto Tomás enojado comenzó a tamborilear con los dedos sobre la mesa; ella dijo finalmente: -Una cosa parece un hacha quebrada y la otra pasa por ser un globo, pero con todo y todo, no lo entiendo.
-¡Bravo!
-¡Es un puro disparate! -prosiguió ella venenosamente-, esa tarjeta no es una tarjeta de presentación. Vete a la papelería más cercana y haz que te impriman allí “Tomás Mundete”, así cualquier gente decente sabrá quién eres tú.
Tomás la miró con burla. -¿Acaso no te das cuenta que ahí se puede leer “Tomás Mundete”? -Se alegró al ver que la hermana hacía un nuevo intento para descubrir en el papel algunas letras-. En realidad, tendrías que volver a tus trastos de cocina, el mundo de Bäuchlingen te queda bien. Sí, y tú, hombre de la medicina deslumbrado anatómica, fisiológica, química y bacteriológicamente, tú tampoco puedes verlo, ¡tampoco tú puedes leer lo que está allí escrito con letras Keller-Caprese-mundetianas!
Con franco malestar, Lachmann golpeaba el suelo con la punta del pie derecho. -El globo es Mundete, pero esta hacha quebrada seguida por esa S…
-¡Y bueno!
-Supongo que significa Tomás.
-Supones, pero ¿cómo, mi amigo, cómo?
Lachmann alzó los hombros.
-Voy a explicarles, lo que ustedes tiene a bien llamar un hacha -y tú también puedes oír, Ágata-, no es un hacha, sino un tomahawk. Si se quita la última sílaba, y se añade una S, entonces tenemos: Tomás. ¿Qué te parece?
-¡Tonto!
-Lo ves, yo también. Exactamente por eso es tan genial, infantil, naif, primitivo, casi de una simpleza de la edad de piedra. Sí, y en el tomahawk, ¿no notas? -murmuró-. El nuevo mundo.
Lachmann asintió. -Y la paz -se apresuró a añadir.
Tomás lo miró inquisitivamente: -¿También tú tienes chinches? -preguntó.
-¿Sólo porque entiendo tu idioma? No. Estoy acostumbrado, acostumbrado por mi trabajo…
-Por favor, deja eso de tu trabajo. Tienes un oficio, sí, apestoso, que consiste en mantener la vida de las chinches, mantenerlas capaces de seguir chupando. Pues los enfermos son…
-Chinches -irrumpió Ágata-. Sí, y porque estás enfermo, pues tales tonterías y esas cosas tan vulgares, terribles, sólo las suelta uno cuando está enfermo, tienes que irte a la casa, a la cama -colocó el dedo con tal fuerza sobre el plato que parecía como si estuviera rematando a una de esas bestias rojas.
-Sí, naturalmente, a tu casa llena de chinches -se burló Tomás y luego se ensañó con ella, al ver cómo su dedo se iba encorvando y acortando, a causa del susto-. Y a la cama se arrastra también la chinche y, luego, tú intentarás quitarme los sucios espíritus con petróleo, hasta el punto de ahogarme con tantos santos óleos y hacerme negar a Dios, como tú y San Pedro.
Desaprobatoriamente, Ágata miró al silencioso Lachmann, que se hallaba sentado allí observando con cuidado y meciendo las puntas de los dedos de un lado a otro. Así obligado, se entrometió en la plática.
-¿Cómo es eso de que Ágata negó al Señor?
-Negó al bueno de Willen.
-Yo admití al bueno de Willen constantemente -gritó Ágata-, tú, sin embargo, no, a nadie.
-Yo no afirmaría eso, pero tú negaste a tu propio Willen, a tu marido, en la cara del gallo negaste su gallo, hace un momento en medio del mercado.
-No entiendo qué quieres decir con eso de gallo -Ágata hablaba con los labios fruncidos y en su boca pequeña, cada sílaba sonaba hipócrita, dulce, extraña, como si estuviera hablando a través de un tubo. Estaba morada del esfuerzo.
-Si tú no te acuerdas, de inmediato, de lo que nosotros de niños llamábamos pollo y pájaro, entonces tendré que telegrafiar a nuestra nana para preguntarle.
Ágata no se atrevió a emitir ningún sonido más. Estaba allí de pie, con los labios entreabiertos y jadeante.
Lachmann había saltado temblando de furia: -¡No te entiendo! -le gritó a su amigo.
Tomás no hizo ningún gesto. -Ella tiene que irse a casa. Ella no comprende que el dorado gallito-veleta de la iglesia es la misma cosa que el dorado de los niños, o mejor dicho, ella no quiere comprenderlo. Mientras tanto, su hija se compromete y ella no se preocupa por ello. Pero ten cuidado, Ágata, pues también un gallo espiritual brinca de improviso en una canasta fresca.
Ágata calló abatida en una silla. Balbuceaba: -Vergonzoso, vergonzoso. -Lachmann había agarrado a Tomás por el cuello y lo zarandeaba, como si quisiera poner un clavo en una pared de piedra con el rostro de su primo. -De inmediato te retractas- gritaba entre jadeos y parecía sostener el horno para Ágata, por lo menos iba empujando al malhechor hacia la esquina del hornillo. Entonces, el asustado y medio estrangulado Tomás se arrojó con todo el peso de su gran cuerpo hacia atrás; el pequeño Lachmann se desplomó bajo el inesperado peso y, manoteando en el aire, se arrojó hacia atrás también, quedando sepultado bajo la masa carnosa de su primo.
Ágata saltó en esa dirección gritando: -¡Augusto!
-Cielos, rayos y centellas.
-¡Pesada carga! -sonó la voz de Lachmann medio ahogada debajo de él.
-¡Bombas y granadas! -irrumpió Ágata en un momento luminoso.
-¡Maldita porquería! -completó Tomás riéndose y se enderezó, mientras Lachmann intentaba en vano levantarse con los codos-. Siéntate en mis piernas, hermanita, así seremos Santa Ana entre los tres.
Lachmann logró levantarse gateando, con la ayuda de Ágata, y resoplaba con su redonda barriga. -Tienes una inadmisible panza, Tomás, debes ayunar.
Tomás siguió sentado con satisfacción en el suelo: -¿Panza? -preguntó perplejo-, ¿consideras esto una panza? Hace un rato les oíste a esas mujeres que estoy embarazado, embarazado espiritualmente.
- Ah -replicó Lachmann y se apretó la nariz-, entonces es uno de tus hijos espirituales, el que se acaba de hacer en los pañales.
-Naturalmente, ¿acaso no has escuchado el estallido con el que el mundo lo recibió? Y por cierto, fíjate tú, sabio doctor, una persona jamás engorda, sino que tiene nostalgia de bebés.
Ágata se estremecía de risa, pero logró contenerse y actuar con indignación moral. -Son ustedes un par de cochinitos. Tú Lachmann, bueno, pero de ti, Tomás, nunca lo hubiera esperado.
-Y yo hubiera esperado -se le enfrentó él y dijo con sobresalto -que finalmente leyeras la carta de Albina.
-Dios mío, casi se me había olvidado -Ágata dio un brinco y buscó su bolsa, que como de costumbre andaba perdida, esta vez se encontraba sobre la silla de Lachmann, y mientras ambos señores se sacudían mutuamente, ella leyó la carta, luego la dejó caer de repente, recogió abruptamente su sombrero de la mesa y se lo caló.
-¿Qué ocurre? -preguntó Lachmann con preocupación, mientras que Tomás levantó la carta y se puso a leerla.
-Tengo que irme de inmediato a Bäuchlingen -se ató caóticamente las cintas del sombrero-. Albina ya se comprometió en matrimonio.
-¿Qué?
-Yo ya te lo había dicho -dijo triunfante Tomás-, ¿y sabes donde fue la ceremonia de compromiso, Lachmann? En una capilla, en la capilla de María Auxiliadora. ¿No es eso contagio? Una jovencita, un sacerdote, una capilla, ¿no es, pues, comprensible que se comprometieran? Sí, apúrate, de lo contrario María ayudará demasiado -le gritó a su hermana, que salía corriendo de ahí-. Bueno, nos libramos de ella.
Lachmann sacó su reloj y, según su vieja costumbre, señaló el segundero y dijo: -Hoy en la noche no sale ningún tren, así que dentro de una media hora la tendremos de regreso.
-Sí que conoces mal a mi hermana. Se va a sentar en la sala de espera, cuidando la caja de su sombrero, y no se moverá de ese lugar a hasta que salga el tren. Desde hace mucho está privada del jueguito del tren, y por eso sería capaz de aguantar un par de horas de incomodidad, sí, con tal de ver el pu-pu -se paró en mitad de la habitación, dobló los brazos y se puso a imitar una locomotora, ch, ch, jadeando, avanzando con los brazos por el cuarto, de aquí para allá.
Lachmann seguía con el reloj en la mano y movía su gran cabeza de izquierda a derecha, persiguiendo con la mirada al niño crecidito.
-Si quieres hacer de guardavía -le dijo Tomás en plena carrera- tienes que conseguir una bandera roja.
Lachmann metió la mano que tenía libre al bolsillo y ondeó un gran pañuelo en alto.
-No, blanco no vale.
-Pues no tengo uno rojo.
-Mira, bien puedes sangrar un poquito de la nariz.
-¡Berlín, todos a bordo! -gritó Lachmann, luego se metió el pañuelo y el reloj a la bolsa, al tiempo que se levantaba-. Y por cierto, esa sería una idea de primera, si los dos nos fuéramos a Berlín.
-Sí, sí -dijo Tomás-, pero, dime ¿por qué es tan desagradable que sangre la nariz?
-Gotea, uno se ensucia, es incómodo.
-Qué superficial eres -lo increpó Tomás-. El que salga sangre de la nariz va contra la naturaleza. La nariz, órgano sobresaliente, es de exquisita masculinidad, el sangrado en cambio es de exquisita femineidad, así pues, el sangrado de la nariz es hermafrodita e innatural. Entonces, mañana podemos salir de viaje hacia Berlín. Te recomiendo, sin embargo, que de aquí a entonces hagas estudios sobre la locomotora, en la que se encierran secretos divinos. Con respecto a Ágata me quedo, como puedes darte cuenta, tranquilo; ya no va a regresar.
-Siendo un primo galante, voy a ir a la estación para alimentarla y darle de beber -Lachmann se colocó frente al espejo, ordenó su ropa, que se había descompuesto con la caída, luego se fue con estas palabras-: Podemos encontrarnos, en un cuarto de hora, en El León.
Tomás estuvo de acuerdo. Tenía ante sí la tarjeta de presentación y se dedicaba a garabatearla.
Ágata, en efecto, se encontraba sentada en la sala de espera, con una bolsa en el regazo, en la mano derecha el paraguas y cuidando con la izquierda la caja de su sombrero -por los ladrones -decía.
Cuando más tarde Lachmann le contaba a su primo la situación en que había descubierto a su hermana, éste se reía. -Eso se merecía mi hermana, toparse con un carterista. Sala de la estación, tren, equipaje de mano, carterista y la resuelta viuda no habría podido resistir a esa tentación.
Ni en El León, ni en ninguna otra parte se encontraron los dos representantes de la nueva época. Ágata partió en el tren y siguió siendo dueña -a pesar de todos los ladrones- de su bolsa, su paraguas y su sombrerera; partió sin ver a su hermano. El viaje de Lachmann a Berlín no se llevó a cabo. Tomás desapareció, dejando la tarjeta con un dibujo, que luego explicó como un caballo desbocado, mientras Lachmann afirmaba que se trataba de un burro con una alusión insolente. Y no fue sino muchas semanas después cuando Lachmann se vio inducido, por una carta, a volver a buscar al desaparecido amigo
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