George Groddeck
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imagenCapitulo 21. Carta Nº21.

 

 

Usted se queja, amiga mía querida, de que no he cumplido mi promesa, es decir, de que aún no he conseguido dar fin a mi historia de la cadena del reloj. Jamás hubiese creído que usted fuera tan tonta como para creer en mis promesas. Mucha más razón tendría usted en echarme en cara que me pierdo en mis disertaciones, que no acabo lo que empiezo.

Hablé de represión de las sensaciones olfativas en el parto y no puse cuidado alguno en explicar cómo el niño, a pesar de las precauciones que se toman por ocultarlo, no deja de percibir el penetrante olor que despide lo que la puérpera expulsa, y que, por consiguiente, participa necesariamente en una experiencia del parto a través de sus órganos olfativos. Además, tampoco expliqué por qué se borra totalmente la sensación de tales olores de la memoria consciente.

¿Por qué acontece esto? En primer lugar, porque la madre, los padres, los mayores, prohíben al niño entender tales cosas. Tal vez no se lo prohíben de palabra y expresamente, pero el tono en lo que dicen, el timbre de las palabras, algún azoramiento o perplejidad notados por el niño, todo esto habla por sí solo. Es simplemente una fatalidad y un hecho que el hombre se avergüenza de haber sido engendrado. Por lo visto este hecho pone en peligro su vanidad, su imagen y semejanza divinas. ¡Le gustaría tanto ser engendrado como la Divinidad, ser Dios! Y esto precisamente porque, en el seno de su madre, se sintió como un Dios todopoderoso. Por eso inventa la filiación divina por el camino de la religión, se procura un Dios Padre e incrementa la represión de sus deseos incestuosos hasta que encuentra consuelo creyendo en la Virgen María y su Inmaculada Concepción o en algún ramo de la ciencia. Llama despectivamente actos animales a la concepción y al acto de engendrar para poder decir de sí mismo; yo no soy un animal, no tengo formas animales; soy, por consiguiente, hijo de Dios y por Dios he sido engendrado. Como todo esto a fin de cuentas no resulta, envuelve todos estos actos con el pseudosagrado velo del misterio, para cuya construcción, como un Judas, ha de traicionar a su amor. Hasta tal punto llega, que ni siquiera se avergüenza de manchar el instante de la humana copulación con una malsonante mentira, como si ese momento no fuese precisamente el cielo. El hombre quisiera ser cualquier cosa menos hombre.

La segunda razón, por la cual reprimimos el complejo olfativo en cuestión y así negamos nuestro auténtico adorno distintivo humano, la nariz -pues lo que nos diferencia de los animales es, en primero y último lugar, la nariz-, la segunda razón es que no soportamos el hecho de tener una madre. Bueno, usted debe comprender: si nos va bien y es como nosotros queremos que sea, entonces no dejamos de reconocerla como madre. Pero en cuanto nos acordamos que fue ella quien nos dio a luz, empezamos a odiarla. No queremos saber que ha sufrido por nosotros; nos resulta insoportable el saberlo. ¿O no ha visto usted el terror, el tormento de sus hijos cuando usted se ponía triste o, tal vez, lloraba? Por supuesto, a mi me es conocido que mi madre me dio a luz y hablo de ello como si fuese la cosa más natural del mundo. Pero mi corazón no lo reconoce, se opone al hecho y dice no. A veces se remueve en nuestro pecho como una piedra. Se trata de un recuerdo inconsciente en nuestra lucha por tomar aliento en el momento de nacer, dice nuestra omnisciencia y nuestra nesciencia. “No”, dice el espíritu del mal, “son tus pecados contra la madre que te ha traído al mundo, tus pecados mortales de ingratitud, de incestuosos deseos, de derramamiento de sangre, de asesinato. ¿has hecho alguna vez lo que debías para que te vaya bien y vivas largo tiempo sobre la tierra?” Su mano me acarició y me dio comida y bebida, y yo más de una vez la he odiado, la he odiado a menudo, pues ella me gobernaba; su piel me dio calor, y yo la he odiado, porque yo era demasiado débil como para renunciar a su calor y a los encantos de su suavidad, y porque, debido a eso, y contra mejor saber, le atribuí toda clase de arrugas y de ascos con el fin de escapar a la tentación, yo, Judas. Su boca me sonreía y hablaba, y yo frecuentemente la odié por haberme reñido; sus ojos me sonreían y hablaban, y yo los odié; sus pechos me alimentaban, y yo los mordí; habité dentro de su cuerpo, y acabé abriendo su vientre. ¡Parricida! Usted lo sabe y lo siente como yo: Todavía no ha vivido sobre esta tierra el hombre que no habría asesinado a su madre. Y por eso no queremos reconocer que ha sido la madre quien nos ha dado a luz. Lo creemos con los labios, pero no con el corazón. La sangre que derramamos clama al cielo, y nosotros huímos de ella, de los vapores de la sangre.

Todavía se me ocurre otra razón que nos lleva a reprimir los recuerdos de los olores de la puérpera y a aniquilar nuestro más noble sentido, el sentido del olfato; esta razón es el miedo a ser castrados. Comprendo que esto le aburra a usted, pero ¿qué vamos a hacer? Ya que usted quiere de todas formas enterarse de lo que yo pienso, he de repetirme. Pues la idea de la castración va por nuestra vida lo mismo que los sonidos del lenguaje. Lo mismo que la a y la b se repiten continuamente en el lenguaje, de la misma manera aparece continuamente este complejo y miedo de convertirnos en mujer. Y si usted junta los sonidos a y b tiene usted, por ejemplo, “ba” y se reirá seguramente de las bromas asociativas del inconsciente.

Pero ya va siendo hora que me ponga a completar un poco lo que he dicho respecto a las teorías del niño sobre los partos, si no, no vamos a salir nunca de este barullo. Ya le dije a usted que el niño sabe que, antes de venir al mundo, se está en el vientre de la madre. Cuanto más niño se es, mejor se sabe esto. Y de que no se olvide, de ellos se encarga, entre otras cosas, la Biblia cuando dice: Y el niño dio un salto de alegría en su vientre. A menudo se localiza el lugar donde el feto reside debajo del corazón, es decir, en el hueco del estómago. Y ello tiene que ver con nuestra costumbre de hablar y decir que la madre lleva al hijo debajo de su corazón. Cuénteselo usted alguna vez a su médico. Le puede ser muy útil en el diagnóstico y en el tratamiento, sobre todo si se trata de molestias en el estómago, molestias que pueden ir desde un simple malestar al cáncer. Y también a usted le será útil para conocer a su médico. ¿Qué se encoge de hombros y no le hace caso? Entonces búsquese a otro, pues el suyo está pasado de moda, por muy capaz que sea. Sé muy bien que no hay nada que le resulte a usted más desagradable que andar fuera de moda. A veces aparece también la idea de que el embarazo tiene lugar en el corazón mismo. Ya le hablé a usted de un caso tal, en el que esta idea desembocó en una enfermedad y dominó el campo hasta que el paciente se sometió al análisis. Las personas que esto creen durante su infancia se encuentran en una situación nada envidiable. Pues a esta idea absurda, que procede de las frases: “Te llevo en mi corazón” y “Tú, hijo de mi corazón”, se asocia de manera oscura y temible la conciencia de haber rasgado el corazón de la madre… Y también esto lo debería saber su médico: para sus pacientes cardiacos. Y para descubrir ya toda la locura de los niños, voy a agregar aún lo que sé por boca de enfermos de la vista, a saber, que existe también la idea del embarazo en los ojos -basta que usted piense en la palabra pupila-, y esto proviene del hecho de que la madre, alguna vez, llama a su hijo “niña de mis ojos”. ¿O proviene acaso la designación “niña” del hecho de ser esta teoría una cosa generalizada y haberse así decantado con este nombre en el lenguaje? No sé.

Pero ya basta. La idea predominante es, en todo caso, la del embarazo en el vientre. Y si prescindo de las fantasías que hablan de reventar, de rajar el vientre, de nacer por el ombligo o bien de ser vomitado, la única opinión que le queda al niño es la del nacimiento por el ano. Ya le hablé a usted de esto, pero es necesario que se lo grabe profundamente en su memoria, pues sobre esta teoría descansan todos los estreñimientos, sobre ella se basa también el sentido del ahorro, el comercio, el cambio y el concepto de propiedad, y sobre ella descansa, finalmente, el sentido del orden…, y muchas cosas más. No se ría usted, querida, cuando digo estas cosas. A mí mismo me resultan monstruosas en el momento en que las digo, y, sin embargo, son ciertas. El Ello no se ocupa en absoluto de nuestra estética, de nuestra inteligencia y de nuestro pensar. El Ello tiene un pensar autónomo, propio de él mismo, y juega con los conceptos, de modo que toda razón parece loca. “Para mí -dice el Ello- el niño es lo mismo que el chorizo que tú, hijo del hombre, haces, y lo mismo que el dinero que tú posees; es más, había olvidado que también es lo mismo que el rabito que distingue al muchacho de la muchacha y que yo, por humorada y porque me dio la gana, puse delante, en lugar de hacer que saliera detrás. Por detrás dejo caer también un chorizo cada veinticuatro horas, lo castro, y por delante permito que lo conserven aquellos a quienes reconozco por homines, por hombres, mientras que a las demás personas se lo quito, las obligo a cortárselo, a arrancárselo, a raspárselo. Pues también necesito mujeres”

Todo esto lo he contado ya muchas veces. Pero la repetición ayuda a la memoria. Y ahora vamos a ver qué es lo que el niño piensa sobre el acto de concebir.

En primer lugar tenemos que dejar bien en claro cómo es que el niño encuentra ocasión y tiempo para reflexionar. El mundo exterior ofrece al cerebro del niño tantas cosas interesantes que la menor presión a estarse quieto la aprovecha para elaborar sus impresiones. Y ahora me permitirá usted que le traiga a la memoria el trono desde el que todo niño reina dentro de su casa. Hace tiempo que me vengo extrañando de que nadie haya hecho uso de su erudición para poner en claro la importancia del orinal, y esto es doblemente incomprensible si tenemos en cuenta que ya Busch llamó la atención al respecto en sus clásicos versos:

 

el hombre, víctima de su oscura presión,

se inventó la lujosa habitación.

En efecto, difícilmente podrá usted sobrevalorar la importancia de este recipiente que, durante toda la vida, se adapta a las dimensiones del cuerpo y sirve a procurar soledad con los propios pensamientos por el tiempo que uno buenamente quiera usarlo. Y sobre todo y en primer lugar, la diaria satisfacción de los primeros años de la vida.

No puedo contar las veces que espontáneamente, o bien obligado por alguna circunstancia, he podido ver cómo toda la familia, padres muy severos, madres muy pudorosas y niños muy bien educados se han puesto a observar cómo el pequeño se aligeraba de la carga de su vientre, penetrados de silenciosa devoción, sólo interrumpido una que otra vez por el consejo de alguien que le decía: “haz, mj, mj”. Y, si mal no recuerdo, era precisamente su pequeña Margarete quien se las arreglaba para verse en la necesidad cada vez que había visita en casa. Era maravilloso observar qué hábilmente sabía apretar sus vestidos, pantalones o lo que fuese, contra su cuerpo, para luego, de repente, dejar éste descubierto y así mostrar qué misteriosos tesoros poseía, y luego, una vez acabada la tarea, no olvidaba llamar la atención sobre sus partes traseras presentando graciosamente el culito.

Tales cosas son corrientes y molientes entre los niños. Y como no nos gusta reconocer como patrimonio común determinadas cosas, porque está feo, les inventamos nombres eruditos, pretendiendo así que se trata de inclinaciones enfermizas de las que nosotros estamos muy alejados. Así, por ejemplo, a esa tendencia que nos lleva a poner al descubierto nuestros secretos sexuales le hemos puesto el nombre de exhibicionismo. Contra ello no hay nada que decir. Pero, por lo visto, la medicina, la jurisprudencia, la teología y, lastimosamente también, la puta decente, se han asociado para decir que tiene que haber personas que sean exhibicionistas. Es decir, personas en las cuales la tendencia a exhibir las partes sexuales se ha potenciado hasta lo enfermizo. Permita usted que me oponga a ello. En realidad, en el caso de los exhibicionistas acontece lo mismo que con todos los “-istas”, por ejemplo, con los sadistas, masoquistas, fetichistas. En el fondo no se diferencian de nosotros los que nos llamamos sanos; la diferencia sólo consiste en el hecho de que nosotros únicamente dejamos salir a la superficie nuestras tendencias, nuestros “ismos”, nuestro exhibicionismo, cuando la moda lo permite, mientras que el “ista” no es moderno.

Hace algunos años había por aquí un hombre que, a las seis de la mañana, iba de casa en casa, llamaba a la puerta y, cuando salía la criada, abría de repente su larga capa, que era lo único que llevaba puesto, y le presentaba a la asustada muchacha su miembro erecto, del cual llevaba colgado, para que se notase más, un pequeño farol. A esto se lo llamaba enfermizo, se lo llamaba exhibicionismo. Pero, ¿por qué no se dice lo mismo de los vestidos de baile, que enseñan lo suficiente, o del baile mismo, que es una representación del coito o, al menos, de auténtico erotismo? Por supuesto que hay fanáticos fariseos de la castidad que aseveran que se baila solamente por razones de movimiento. Creo que se me permitirá responder a este intento exagerado y unilateral por salvar la moral con un ataque igualmente unilateral y exagerado a la misma y afirmar que todo movimiento -bien se trate de andar, bailar o hacer esgrima- no existe sino en función del erotismo. Hoy día se llevan por desgracia los pantalones anchos, pero todavía no hace mucho que no se podían llevar más estrechos, de modo que los atributos de la masculinidad se podían apreciar muy bien, incluso desde lejos. Y los lansquenetes de la época de la Reforma llevaban remarcado el escroto, en dimensiones de consideración, y, además, encima cosían un trozo de madera, cuya punta envolvían con un trapo rojo. ¿Y hoy en día? El bastón y los cigarrillos hablan un lenguaje suficientemente claro. Observe usted qué es lo que hacen los que están empezando a fumar, observe usted la frecuencia con que realizan las chupadas. Observe usted como suben las damas al tren o a los carruajes y diga usted todavía que hay por qué hablar de lo enfermizo del exhibicionismo. Las mujeres hacen ganchillo, y esto es exhibición; los hombres montan a caballo, y esto es exhibición; la amada coge a su amado del brazo, y esto es exhibición; la novia lleva la corona de desposada y el velo, y esto es exhibición de la noche de bodas.

Usted se habrá dado ya cuenta de lo cercanos que están, desde mi punto de vista, la tendencia a exhibirse y el imperativo a simbolizar, pues me siento con derecho a considerar como exhibición el hacer ganchillo, por cuanto considero que la aguja, el miembro, se introduce en la malla, el agujero. El cabalgar es también una exhibición, por cuanto la identificación de mujer y caballo es algo profundamente arraigado en el inconsciente. Y no hace falta que diga que la corona de desposada representa la vagina y el velo el himen. El sentido de este entramado de exhibicionismo supongo que será claro para usted. Lo que yo quiero decir con todo ello es que no se puede hacer ninguna diferencia de principio entre lo sano y lo enfermo, que está totalmente al arbitrio de cada médico y de cada enfermo el considerar un fenómeno como patológico o no. Es necesario que el médico se haya dado perfectamente cuenta de este hecho. En caso contrario perderá el tiempo en rodeos, pretendiendo curar, y esto es un error, pues el curar no es cosa del médico, sino del Ello. Al médico sólo le compete aplicar un tratamiento. Podemos hablar otro día sobre esto. Hoy es otra cosa la que me preocupa.

Se da también una especie de equivalente opuesto al exhibicionismo: el voyeurismo. Por voyeurismo se entiende la tendencia a procurarse la contemplación de cosas relativas a lo sexual. Y también a esta tendencia se la ha honrado con atribuciones patológica inherentes al así llamado voyeurista. Esto, como ya he dicho, es cuestión de gustos. A mí no me caen nada bien las personas que pasan de largo ante el erotismo, como si para ellas no existiera; y tampoco creo en la autenticidad del movimiento de la presidenta del pensionado que coloca su paraguas, abierto, de modo que no pueda caer bajo su mirada la playa de bañistas. No hay duda alguna que estas dos tendencias, mostrarse y mirar, comprenden un campo muy amplio en la psicología del hombre y tienen su influjo sobre cosas humanas y demasiado humanas.

Imagínese usted que estas dos tendencias no se dan en la vida del hombre, ¿qué acontecería entonces? ¿Dónde quedaría el teatro y el levantarse del telón, la Iglesia y sus bodas, los jardines con sus flores y la casa con el adorno que le dan los cuadros y los muebles? Créame usted, a veces no sé si lo que debo hacer es reír o llorar. Y cuando estoy en este estado de ánimo mis ojos se vuelven más agudos y poco a poco me voy conformando con la idea de que estas cosas son, para mí, interesantes, y para usted, materia de entretenimiento.

 

 

PATRIK TROLL

 

 

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