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imagenCapitulo 20. Carta Nº20.

 

 

En efecto, querida amiga, le prometo que hoy voy a dar fin a la historia de la pluma y la cadena de mi reloj.

Voy a intentar adivinar por qué se encontraba obstruido el canal derecho de mi nariz. Mi ello desea no oler algo o bien quiere deshacerse de alguna impresión olfativa. Este es mi caso particular. En muchas personas no viene al caso pensar en ocasiones como ésta en el olfato; bajo la presión de la prevención contra las enfermedades, que ahora ya es casi cosa de fanatismo, sobre todo por lo que a la tuberculosis se refiere, a toda una serie de personas se le ha metido la idea en la cabeza de que la nariz es fundamentalmente un órgano respiratorio por cuanto, para esta gente, respirar por la boca es tanto como tentar a Dios. Para otros es a su vez, y sin más, la nariz un símbolo fálico, y por todo eso es necesario mirar en cada caso cuál es la intención del Ello. Por lo que a mí respecta, ya me es de sobra conocido que, cuando algo en mi nariz no funciona bien, hay que ir a la búsqueda de qué es lo que no debo oler; y como en este caso es el canal derecho el que está obstruido, ha de encontrarse a mi derecha aquello que para mi constituye un mal olor. Pero, a pesar de todos mis esfuerzos, parece que no consigo descubrir nada que, a mi derecha, huela mal. Con todo, mi familiaridad en querer creer durante años en las intenciones del Ello me ha hecho espabilar y, así, estoy en posesión de muchos recursos que me permiten justificar jesuíticamente mi teoría. Así, por ejemplo, me digo ahora a mí mismo: Si no hay nada ahí que me huela mal en este momento, bien puede ser que haya, sin embargo, algo que me traiga a la memoria algún mal olor del pasado. Inmediatamente me viene a la memoria un aguafuerte de Hans am Ende que cuelga a mi derecha y representa una ribera pantanosa y un velero sobre aguas de bajo fondo. Venecia está de repente delante de mis ojos, aun cuando se muy bien que el aguafuertista ha tomado su motivo del mar del Norte; y de Venecia paso al león de San Marcos, y de aquí, a una cuchara de té que estuve usando hace unos minutos. Y de golpe, es como si supiera cuál es el olor que rehúyo. Cuando, hace ya muchos años, después de una grave pulmonía, me volví hidrópico, llegó a desarrollarse de tal manera mi olfato que no podía soportar el utilizar cucharas, pues, a pesar de haberlas limpiado cuidadosamente, mi olfato percibía lo que se había comido con ellas hacia horas o, incluso, días. Así pues, ¿será que lo que yo evito, lo que incluso evito como recuerdo, es aquella enfermedad renal? En efecto, pocas horas antes había logrado descifrar la enfermedad de una muchacha en la que tenía algo que ver un orinal maloliente. Pero a mí mismo el olor de la orina me es indiferente. Esto no puede ser. Pero, eso sí, la memoria me lleva a mis tiempos de colegio, a los urinarios públicos que había en la escuela y cuyo penetrante olor a amoniaco parece que percibo todavía. Y aquellos tiempos de colegio, su sola idea, me ponen aún hoy de mal humor. Pero recuerdo muy bien que por aquel entonces -tendría yo de doce a trece años- yo todavía tenía la costumbre de mear la cama y temía por eso muchísimo las burlas de los compañeros, que, por lo demás, casi nunca sufrí, y cuando se dio el caso fueron realmente leves. Aparecen pensamientos que me recuerdan apasionadas simpatías por éste y aquel amigo, simpatías cuyo componente genital fue reprimido, pero que no por eso dejaron de abrirse brecha a través de mi fantasía. El momento en que aprendí lo que era la masturbación, la fiebre del sarampión, en cuya ocasión caí por primera vez enfermo de los riñones, todo esto pasa vivamente por mi mente. Que Hans am Ende acabó siendo mi amigo de colegio y que a él también lo cogió el sarampión. Y detrás de todo esto se levanta, primero oscura, pero luego más clara, siempre más clara, la imagen de la madre. Yo era un hijo de mamá, un niño mimado, y la separación de mi madre, que el colegio supuso para mí, me hizo sufrir mucho.

Pero con esto se acabó mi ciencia. Ya no sé más. Con todo, también en estos casos me ayudan las experiencias que he hecho, siempre tratando de salvar mi teoría sobre el Ello: donde se acaban las ideas, allí precisamente se encuentra la solución del enigma. Así pues, en la madre. Esto podría habérmelo muy bien imaginado ya, pues todo lo que está a la derecha tiene que ver con mi madre. Pero no logro acordarme, por más que lo intento, de haber percibido jamás algún mal olor de ella; es más, a ella no tengo ni siquiera asociado olor de ninguna clase.

Probaré fortuna con el nombre de Hans (Hans am Ende). Así se llamaba uno de mis hermanos mayores, al cual está muy unida toda mi vida de colegio. Y de repente se cuela delante de su nombre otro nombre: el nombre de Lina. Lina era mi hermana, la misma de quien le hable a usted cuando le conté lo de mis aficiones sádicas. Y de ahí procede también el olor que busco. Pero no se trata de un olor desagradable, sino más bien suave y adormecedor, inolvidable. Tendríamos una edad de once y doce años, y ya no consigo acordarme de aquella excitación, pero he topado alguna vez más con aquel olor, y desde entonces, ¡qué sobrecogedora es la impresión que produce sobre mí! A este recuerdo se le asocia inmediatamente otro, a saber, que Lina, poco tiempo después, me puso al corriente del secreto de la menstruación. Me hizo creer que estaba tísica, me enseño la sangre, se rió de mí al ver el susto que me llevé, y me explicó el sentido de la hemorragia.

Una vez llegado a este punto, desapareció la obstrucción de la nariz. Lo que ahora voy a agregar sirve únicamente a aclarar algo más los términos del asunto. En primer lugar se me ocurre el sentido en esta historia de Hans am Ende. Todos mis parientes han muerto; el último de todos, Hans: Hans am Ende(1). Con este hermano llevé a cabo el único viaje en velero de toda mi vida, lo cual se relaciona, naturalmente, con la vela del aguafuerte de am Ende.

Y ahora se aclaran las nieblas que oscurecen las relaciones del complejo con la imagen materna. Mi madre se llamaba lo mismo que mi hermana: Lina. Con esto crece mi admiración sobre el hecho de que no tengo ningún olor asociado a mi madre, mientras que en el caso de la hermana son muy fuertes, y así empiezan de nuevo mis malabarismos mentales.

Cuando dos perros se encuentran, el uno se pone a olfatear las partes del otro. Sin duda tratan de aclarar con la nariz si se son mutuamente simpáticos o no. Los que tienen humor se ríen de esta costumbre canina, y los que no lo tienen la encuentran falta de gusto. Y su humor de usted, ¿sigue en pie si le digo que entre los humanos acontece tres cuartos de lo mismo? Usted misma ha de saber por propia experiencia que una persona que huele mal ya puede tener todas las cualidades que quiera; en el fondo resulta antipática. Aunque, claro, aquí hay que tener en cuenta que lo que a uno le huele mal a otro le puede oler a rosas. Usted misma, como madre que es y acostumbrada a una observación penetrante, habrá visto que los niños juzgan los objetos y las personas por el olor que tienen. La ciencia hace como si la lengua y la boca fuesen la piedra en que se prueba lo que es agradable y lo que es desagradable, pero la ciencia afirma muchas cosas, y nosotros no tenemos por qué preocuparnos de ello. Yo mantengo la afirmación de que el hombre utiliza su nariz de una manera más intensiva y, si usted quiere, de peor gusto, para decidir lo que le va y lo que no le va.

En primer lugar, el olor del seno materno y de la sangre que de él sale constituyen una de las primeras percepciones del hombre. Ya hice alusión a ella al tratar del significado e importancia del celo periódico. A esto le sucede una época en que la nariz del pequeño terrícola se utiliza fundamentalmente para oler su propia orina y su propia caca, presentándose también ocasionalmente olores agradables, como son los de la leche materna y los de los sobacos de la madre. Durante todo este tiempo, después del parto, la madre refresca los recuerdos de su propia lactancia, que le ofrecen la oportunidad de transferir al bebé el amor a sí misma. Los olores de los pañales, ha mucho tiempo olvidados, reaparecen ahora de nuevo. Además se ve obligada a respirar todos los olores que provienen de la cabeza y el cuerpo del lactante. Y esto dura bastante, pues el niño es pequeño y la madre grande; de modo que, al tratar con él, lo primero que percibe la madre son los cabellos de su cabecita y el olor de los cabellos de su cabecita, cosa que no deja de tener su importancia, pues precisamente los órganos del amor están profusamente rodeados de pelo. En lo que al niño respecta, hay cambio de campo. En los primeros años lo que él huele son los pies y las piernas, pues él es pequeño y los demás son grandes. Conserve usted esto bien en la memoria, querida mía, conserve usted bien en la memoria que los niños empiezan por conocer y amar las piernas de las personas. Es muy importante, aclara muchas cosas y nunca se tiene en cuenta. Y luego pasan años, muchos años, y si usted sumara todos los escasos momentos en que los perros se olfatean, vería que no se acercan ni con mucho a todo el tiempo, a todos los años que el niño pasa oliendo, casi de manera ininterrumpida, lo que ocurre por la región abdominal de los mayores. Y ello le resulta extraordinariamente agradable. Y hasta se lo encuentra romántico a todo esto. ¿Pues qué escritor que tenga verdaderamente sensibilidad dejará sin anotar la escena en que el muchacho -o el hombre- deja descansar su cabeza en el seno de la madre o de la amada? Lo que, despojado de su halo poético, no significa ni más ni menos que él mete la cabeza entre sus piernas. Esto suena a grosero, pero desentraña los orígenes del amor filial y del amor a la mujer. La naturaleza tiene caminos maravillosos que hacen llegar al hombre a la mujer. Y éste es un camino que todos recorremos.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con el hecho de que yo no poseo recuerdos asociados a la figura de mi madre? La cosa es suficientemente clara. Si el niño está realmente obligado por la diferencia de estatura a percibir con la nariz todo lo que acontece en el vientre de su madre, habrá de notar también los extraños cambios de olor que tienen lugar en la mujer cada cuatro semanas. Habrá de participar también de esta manera en las excitaciones de que es objeto la mujer durante el periodo.

Los vapores de la sangre llegarán hasta él y acrecentarán sus incestuosos deseos. Y como consecuencia de estas excitantes impresiones el niño será presa de toda clase de luchas interiores. A todo ello enlazan una variedad de oscuros y profundamente dolorosos desengaños acrecentados por el sufrimiento originado por el mal humor y los dolores de cabeza de la madre. ¿Es de extrañar que yo haya optado por tomar la escapatoria de reprimir?

¿Comprende usted lo que digo? Piense usted que hay personas que afirman no haber sabido nada de la menstruación hasta que llegaron a ser mayores. Si no me equivoco, ¿son muchas personas o son todas? ¿Dónde han dejado su nariz? ¿Y qué hay que pensar de la memoria del hombre si olvida, es más, tiene que olvidar, estas vivencias? Por una parte, uno se admira de que el hombre tenga tan poca capacidad para detectar las cosas. Pero, por otra, ¿qué sería de él si no bloquease su nariz con todas las fuerzas de su inconsciente? A ello le obliga la prohibición de los mayores de no enterarse de nada relacionado con lo sexual, a ello le obliga el pudor de la madre, que se desconcierta y sonroja cuando el niño le pregunta algo al respecto; pues nada hay más vergonzoso que la persona amada se avergüence de lo que uno mismo pregunta con toda inocencia y naturalidad. No es necesario que sean siempre palabras las que intimidan a los niños. Un movimiento involuntario, un gesto casi imperceptible, un segundo de perplejidad pueden tener un influjo incluso más profundo. ¿Pero cómo podría la madre evitar el que esa perplejidad se trasluciese? Es destino de la madre el herir a su propio hijo en su más profunda sensibilidad, es su fatalidad. Y la mejor buena voluntad, el mejor propósito, no cambian nada en este terreno. ¡Ay, querida amiga, es tanta la tragedia de esta vida que aún está en espera del escritor capaz de darle expresión! Y tal vez ese escritor no llegue nunca.

Uno se olvida de lo que es difícil de soportar, y de lo que uno no se olvida es porque no fue demasiado pesado para nosotros. Esta es una frase cuyo contenido debería usted sopesar detenidamente, pues tira muchas cosas por la borda que, entre los hombres, están a la orden del día. Olvidamos que estuvimos en el vientre de nuestra madre, que fuimos expulsados del Paraíso, y esto es terrible; pero también es terrible pensar que un día estuvimos en las tinieblas de una tumba. Olvidamos la hora en que vinimos al mundo, pues el miedo que pasamos a ahogarnos nos resultó insoportable. Olvidamos que hubo un día en que aprendimos a andar, pues el momento en que la mano de la madre nos dejó fue terrible, y la alegría de vernos por primera vez libres y autónomos tan sobrecogedora, que no podemos retener su recuerdo. ¿Cómo podríamos soportar el saber que durante meses y años meábamos y cagábamos pañales y pantalones? Piense en lo que le avergüenza a usted encontrar una mancha marrón en su ropa interior, piense usted en el terror y azoramiento que se apodera de usted cuando, en la calle, no puede ya retener por más tiempo dentro de su cuerpo lo que corresponde echar en el retrete. ¿Y qué vamos a hacer con el recuerdo de que había personas tan terriblemente fuertes que nos lanzaban con toda facilidad por los aires? ¿Qué nos reñían, nos castigaban y nos daban azotes sin que nosotros pudiésemos hacer nada en contrario, nosotros que ahora somos consejeros, doctores o, aunque nada más sea, estudiantes de bachillerato? No podemos soportar que esa persona que llamamos madre llegó un día en que nos rehusó dar la teta, esa persona que dice que tanto nos ama, que nos enseñó lo que es la masturbación y luego nos castigaba por ello. Y esto es poco. Lloraríamos por toda la eternidad si nos acordásemos de que tuvimos una madre que sentía y se preocupaba por nosotros y que ahora nos encontramos solos y sin madre… ¡por propia culpa!

No es más extraño que nos olvidemos de la menstruación tal como nuestro olfato nos la hizo conocer en la más tierna infancia o incluso también el haber visto la sangre, las vendas, el orinal, la experiencia del mal humor de la madre, de sus dolores de cabeza, de sus tratamientos ginecológicos, no es más extraño, digo, olvidarnos de todo esto que olvidarnos totalmente de la masturbación, de la masturbación de nuestros primeros años. Y al menos hay una razón común para explicar la existencia de estas dos grandes lagunas de nuestra memoria: el miedo a ser castrados. Usted recordará que yo he afirmado que nuestro miedo a ser castrados está relacionado con la masturbación y la prohibición que sobre ella pesa. Pero, sin embargo, el pensamiento de que determinadas partes sexuales pueden ser cortadas procede de la observación, en los años de la infancia, de la diferenciación sexual, pues cuando somos niños pensamos que es simplemente la herida que ha dejado la amputación del órgano masculino. La mujer es un hombre castrado. Esta idea se convierte en certeza al percibir las hemorragias por medio del olfato. Esas hemorragias nos atemorizan, pues despiertan la idea de que nosotros mismos seamos convertidos en mujeres. Con el fin de no traer a la memoria tales hemorragias hemos de mortificar nuestro olfato y borrar todo recuerdo olfativo relacionado con la sangre. Pero esto no lo conseguimos; lo que conseguimos es reprimir. Y de esta represión se aprovecha la vida para construir la prohibición de tener comercio carnal durante el periodo. Como la mujer víctima de hemorragia nos recuerda el reprimido complejo de castración, evitamos un nuevo contacto con la herida de la que sale sangre.

Aquí hay un segundo complejo reprimido que interviene en el asunto, y que también tiene que ver con el sentido del olfato, a saber, el complejo de embarazo y parto.

¿Recuerda usted que yo le pregunté una vez a ver si usted había notado algo de los embarazos y partos de su madre? Usted acababa de hacer una visita a su cuñada Lisbeth, que había dado a luz, y todavía estaba muy reciente en su memoria ese inequívoco olor de la cama de la puérpera. No, me contestó usted; jamás. Incluso la venida de su hermano menor la sorprendió a usted, aun cuando, con los quince años que usted ya tenía, estaba sexualmente informada. ¿Cómo es posible que un niño no se de cuenta que la madre va engordando de día en día? ¿Como es posible que un niño crea en la cigüeña?

Ninguna de las dos cosas es posible. Los niños saben que proceden del vientre de la madre; pero son obligados, por sí mismos y por los mayores, a creer en la fábula de la cigüeña. Los niños se dan perfecta cuenta de que la madre va engordando, de que, de repente, le sobrevienen los dolores, de que trae un hijo al mundo, pierde sangre y, al levantarse, está otra vez delgada y normal. Los niños se dan cuenta cada vez que la madre queda encinta, y el parto no les sorprende. Pero todos estos conocimientos son reprimidos.

Si usted es capaz de imaginarse toda la fuerza que es necesaria para dar de lado a todos estos conocimientos le resultará ya un poco más claro lo que yo quiero decir cuando afirmo que el reprimir es la ocupación más importante de la vida. Pues lo mismo que yo he apuntado aquí con relación a nacimiento y embarazo acontece en cada minuto de la vida con otros complejos. Usted no puede ni siquiera poner los pies en un aposento sin, a la vez, poner en movimiento el mecanismo de la represión, sin apartar de la conciencia la percepción de determinados muebles, adornos, colores, formas. Usted no puede leer una sola letra, mirar un solo rostro, sin estar, de continuo, reprimiendo, sin apartar de la conciencia recuerdos, fantasías, símbolos, sentimientos, odio, amor, desprecio, vergüenza, ternura… Y ahora, querida, piense usted en lo siguiente: lo que se reprime no se aniquila, permanece, sólo que está arrinconado, pero algún día volverá a presentarse, aunque no pueda verse totalmente a la luz del sol y brillar en su rojo natural, sino, tal vez, aparecer de color negro. La represión interviene de continuo en la conformación de los fenómenos. Lo que ahora es para el ojo un cuadro de Rembrandt es reprimido y aparece en el mismo momento en forma de entretenimiento con la cadena del reloj, como una vesícula en el labio, como disertación sobre el complejo de castración, como fundación de un imperio, declaración de amor, riña, cansancio, hambre repentina, abrazos o manchas de tinta. El reprimir opera revolucionariamente, crea y aniquila culturas, inventa la Biblia y el cuento de la cigüeña. Y la visión de los secretos de la represión saca de tal manera de quicio el pensar que uno se ve obligado a cerrar los ojos y olvidar que existen represiones.

 

 

PATRIK TROLL

Notas:

1.- Para entender mejor la frase téngase en cuenta que Hans am Ende significa “Hans al fin”. (N. del T.).

 

 

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