George Groddeck
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imagenCapitulo 16. Carta Nº16.

 

 

¿Le resulta a usted demasiado confuso todo esto? A mí, también. Pero no hay nada que hacer; el Ello está siempre en movimiento y no tiene ni un segundo de descanso. Hay remolinos, y corrientes violentas, ahora se levanta una parte y luego la otra, empujando hacia la superficie. Precisamente ahora mismo, cuando iba a empezar la carta, intentaba descubrir lo que pasaba por mi interior. No pasé de las cosas de más calibre.

Aquí está lo que he encontrado. En la mano derecha tengo la pluma, con la izquierda juego con la cadena del reloj. La mirada está dirigida a la pared de enfrente, a un aguafuerte holandés que reproduce el cuadro de Rembrandt de la Circuncisión de Jesús. Los pies descansan sobre el suelo, pero el pie derecho sigue con el tacón el ritmo de una marcha que toca, abajo, la orquesta del balneario. A la vez oigo el chillido de una lechuza, la bocina de un coche y el paso del tranvía. No percibo ningún olor determinado, pero me doy cuenta de que el orificio derecho de mi nariz está un poco obstruido. Siento que me pica en la región de la espinilla de la pierna derecha y soy consciente de que tengo un grano rojo y redondo en el labio superior, a la derecha, más o menos a medio centímetro de la comisura de los labios. Estoy inquieto, y las puntas de los dedos están frías.

Permítame, querida amiga, que comience por el fin. Las puntas de los dedos están frías; esto dificulta la tarea de escribir, lo cual quiere decir: “Ten cuidado, no sea que escribas tonterías”. Y análogamente acontece con la inquietud. Robustece el requerimiento a proceder con cuidado. Mi Ello es de la opinión que debería ocuparme de otra cosa diferente de escribir. Lo que esto es, no lo sé aún. Por de pronto, tengo la impresión de que en el constreñimiento de los capilares de la punta de los dedos y en la intranquilidad se expresa el sentimiento: tu lectora no va a entender lo que tú le quieres decir. Tendrías que haberla preparado mejor, más metódicamente. Y, sin embargo…, ¡me atrevo a dar el salto!

El que yo juegue con la cadena del reloj le hará sonreír a usted. Usted conoce esta costumbre; a menudo me ha tomado el pelo por ello, pero jamás ha sabido lo que quiere decir. Es un símbolo masturbatorio, lo mismo que el jugar con el anillo, de que ya le hablé en una ocasión. Pero la cadena tiene sus peculiaridades. El anillo es un símbolo femenino, y el reloj, lo mismo que toda máquina, lo es también. Pero la cadena, a mi modo de ver, no lo es. Más bien simboliza algo que tiene lugar antes del acto sexual en sí, antes de empezar a jugar con el reloj. Mi mano izquierda le delata a usted que yo encuentro más placer en los preludios que proceden a la unión de hombre y mujer, en los besos, las caricias, en el desnudar, jugar, en una sensación de placer vivida para mí secretamente, en cosas que satisfacen especialmente al muchacho. Y usted sabe ya hace mucho tiempo que soy un muchacho, al menos por el lado izquierdo, que es el lado del amor, donde está el corazón. Lo que es de izquierdas es amor, lo que es de izquierdas está prohibido, es censurado por los mayores: no es lo derecho, es lo torcido. Y aquí tiene usted un punto más que contribuye a explicar la inquietud de que soy presa, el frío de la punta de los dedos. La mano derecha, la mano del trabajo, de la autoridad, del bien y del derecho se ha detenido en su actividad de escribir con seriedad y amenaza a la infantil mano izquierda, a la juguetona, y de derecha a izquierda vienen alteraciones e intranquilidad que desequilibran el centro de mando de la irrigación sanguínea y hacen que los dedos se hielen.

“Pero -la voz del Ello tranquiliza a la derecha, remolona, que representa mi madurez- no te ocupes del niño; como ves, juega con la cadena, no con el reloj”. De esta manera quiere decir la voz que el reloj significa el corazón, como en la balada del león. Esta voz encuentra malo el jugar con los corazones. A pesar de sus consuelos yo me siento realmente mal, e inmediatamente me relata también el Ello de la mano derecha cuán desechable es el proceder de la izquierda.

“Sólo hace falta que juegue un poco más con la cadena. La consecuencia será que el reloj se va a desprender, va a caer, y un corazón quedará destrozado”.

Toda una serie de recuerdos pasó, como un relámpago, por mi cabeza. Toda una serie de nombres de muchachas: Anna, Marienne, Liese y otras. A todas éstas pensé un día que con mis juegos las llegué a herir el corazón. Pero de repente me tranquilizo. Me consta, ahora que he llegado a penetrar un poco en las profundidades del alma de las muchachas, que el juego de por sí era hermoso, y que sólo se convirtió en un tormento para ellas porque yo mismo tomé en serio la aventura, porque yo mismo tenía una mala conciencia, y ellas se dieron cuenta de ello. El hombre, por suponer que debe avergonzarse por lo que hizo con la muchacha, se avergüenza realmente de ello; no por haber hecho mal, no, sino porque se espera de la chica una integridad moral que no tiene. Gracias a Dios que no la tiene. Pero por nada del mundo es más profundamente herida una persona que por tenerla por algo más noble y elevado de lo que en realidad es.

A pesar de esta autodefensa por lo que al juego con los corazones se refiere, sigue en pie el hecho de que no pongo mi pluma en movimiento, y yo trato de entender el fenómeno. Me vienen recuerdos, si usted los quiere llamar así. Me acuerdo de personas que sufrían contracciones espasmódicas de los dedos cuando querían escribir y a quienes yo he tenido bajo tratamiento. Independientemente unos de otros, me han dado muchos de ellos la siguiente explicación: “La pluma es el órgano sexual masculino; el papel representa el sexo receptor de la mujer; la tinta es el semen que se derrama como consecuencia del rápido y rítmico movimiento de la mano. Con otras palabras, el escribir es un coito en símbolos. Pero a la vez es un símbolo masturbatorio, un símbolo del acto sexual imaginado”. Que la explicación es correcta se desprende para mí del hecho de que los enfermos dejaron de serlo desde el momento en que descubrieron estas relaciones. ¿Puedo agregar aún un par de pensamientos lúdicos al caso? La escritura gótica es, para los que padecen la enfermedad descrita, más difícil, pues sus rasgos, y con ellos los movimientos de la mano, son más acusados, más duros, más entrecortados que en la escritura latina. La pluma gruesa es más fácil de utilizar que la fina, la cual representa más fácilmente al dedo o a un pene muy delgado que a uno gordo. El lápiz tiene la ventaja de que no da lugar a simbolizar la pérdida del semen. La máquina de escribir, la de que la mano no agarra directamente el pene, aun cuando no deja de tener un momento erótico en el teclado, en el más o menos rítmico movimiento de las teclas. Todo esto, pues, tiene que ver con los acontecimientos relacionados con quienes sufren contracciones espasmódicas de los dedos al escribir y van de la utilización de la pluma corriente, el lápiz y la escritura latina hasta la utilización de la máquina de escribir y, finalmente, hasta el proceso de dictar.

En todo ello no se ha mencionado el papel que puede jugar el tintero, objeto sobre el cual los síntomas no dejan de hablar su lenguaje. El tintero, con su bostezante interioridad cavernosa, que lleva a negras y oscuras profundidades, es un símbolo materno, representa el seno de la madre. Y, de repente, tenemos otra vez delante de nosotros el complejo de Edipo, la prohibición del incesto. Y luego entran en escena los diablillos de la escritura que trepan por el negro interior de la caverna e insinúan estrechas relaciones entre la idea de la madre y el reino del mal. Usted no se imagina, amiga queridísima, los saltos que es capaz de dar el Ello cuando le viene en gana. Cómo puede llegar a unir en comunidad la tierra, el cielo, el infierno, la orina y la pluma del enfermo, y cómo, por fin, acaba entonteciendo de tal modo el cerebro de un pobre doctor, que éste termina por creer que seno materno, tintero e infierno son parientes cercanos.

La historia tiene su continuación. De la pluma sale la tinta que fecunda el papel. Una vez escrito, lo doblo, lo meto en el sobre y lo confío al correo. Usted abre la carta, a la vez que se dibuja una amable sonrisa en sus labios; como es de esperar, el balanceo de su cabeza me delata que usted ha adivinado que lo que yo describía en todo este proceso era el embarazo y el nacimiento. Y luego le viene a usted a la mente que hay muchísimas personas a quienes se les tilda de perezosas para escribir y comprende por qué les resulta tan difícil. Todas estas personas tienen en su interior inconsciente un sentido muy desarrollado de lo simbólico, y todas ellas sufren las consecuencias de su temor al parto y al niño. Y como broche de oro, le viene a usted a la memoria nuestro común amigo Rallot, que antes de dar su carta al correo, la llevaba diez veces al buzón y diez veces de vuelta a su casa. Y ahora comprende usted cómo me fue posible, después de sólo media hora de hablar con él, librarlo no ya de su enfermedad, pero al menos de los síntomas. El conocimiento es una cosa muy buena, y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal.

Si no temiese cansarla a usted emprendería ahora una pequeña excursión por el campo de la grafología y le diría esto y lo de más allá sobre las letras. Tampoco voy a prometerle que ocasionalmente no vuelva sobre el tema. Por hoy quisiera únicamente recordarle que, cuando éramos niños, nos hubimos de pasar toda una hora escribiendo aes, oes y ues, y que, para soportarlo, tuvimos que imaginarnos toda clase de figuras y símbolos en esos grafismos. Trate usted de ser otra vez una niña; tal vez se le presentan a usted toda clase de pensamientos sobre el origen de la escritura, y luego la cuestión será si es usted más o menos tonta que nuestros sabios. Con sólo ciencia no ha logrado nadie aún acercarse al Ello… Pero, bueno, ya sabe que yo no tengo en gran estima a la ciencia.

Me vienen aún a la memoria un par de vivencias que tienen que ver con el complejo de la masturbación. Una vez tuve una discusión con una amiga -usted no la conoce, pero le garantizo que no pertenece al género de los tontos- porque no me quería creer que las enfermedades son creaciones del Ello, que son queridas y provocadas por el Ello. “Nerviosismo, histeria, esto lo concedo. ¿Pero también afecciones orgánicas?” “También afecciones orgánicas”, replique yo. Y antes de que me fuese dado comenzar con mi discurso preferido y decirle que la distinción entre nervioso y orgánico no es más que una autoacusación de los médicos que, con ella, quieren decir: “No sabemos mucho sobre los procesos químicos, físicos y biológicos de las enfermedades nerviosas; lo único que sabemos es que tales fenómenos se dan, aun cuando nuestras investigaciones no han podido descubrirlos; por eso utilizamos la expresión “nervioso” para delatar ante el público nuestra ignorancia, para vernos libres de tener que demostrar lo que no podemos”; antes que yo pudiese decir todo esto, digo, me espetó la pregunta: “¿También los accidentes?” “Sí, también los accidentes”.”Estoy curiosa -dijo ella entonces- por saber lo que mi Ello ha pretendido con provocar la fractura de mi brazo derecho”. “¿Recuerda todavía cómo tuvo lugar el accidente?” “Sin duda; fue en Berlín, en la Liepzigerstrasse. Yo tenía la intención de entrar en una tienda de ultramarinos, pero resbalé, caí y fracturé el brazo”. “¿Se acuerda usted qué es lo que pudo ver en aquel momento?” “Sí, una cesta de espárragos”. De repente mi contrincante se volvió pensativa. “Tal vez tiene usted razón”, dijo, y luego comenzó a narrarme una historia que no quiero detallar, pero en la que se trataba de la semejanza de los espárragos y el pene y de un deseo del que la accidentada estaba poseída. Una fantasía reprimida de carácter masturbatorio, ni más ni menos. La fractura del brazo no fue sino el intento logrado de sostener la tambaleante moral. A quien tiene un brazo roto fácilmente se le esfuma la concupiscencia.

Otra vivencia parece estar, en principio, muy lejos de todo lo que sea masturbación. Una mujer resbala sobre el asfalto helado, cae y se fractura también el brazo derecho. Afirma que en el momento que precedía al resbalón tuvo una visión: vio la figura de una dama, en vestido de calle, como la había visto en muchas ocasiones, pero debajo del sombrero no había una cabeza normal, sino una calavera. No es difícil imaginarse que esta visión encerraba un determinado deseo. Esa dama había sido un día su más íntima amiga, pero aquella amistad había acabado por convertirse en el odio más violento, odio que precisamente se acrecentó con el accidente. La suposición de que se trataba de una autopunición por intento de asesinato se confirmó en seguida, pues la paciente me contó haber tenido una visión semejante con otra mujer, y que en ese mismo momento dicha mujer murió. La fractura del brazo parecía, pues, suficientemente motivada incluso para un escéptico en estas cuestiones como yo. Pero el desarrollo que tomó luego el asunto me hizo cambiar de opinión. La fractura curó rápidamente, pero, sin embargo, de tiempo en tiempo y durante un espacio de tres años, la señora continuó sintiendo de vez en cuando dolores, dolores que ella justificaba con cambio de tiempo unas veces y otras con agotamiento y cansancio. Poco a poco fue apareciendo todo un complejo masturbatorio, en cuyo dominio se encontraban también las fantasías relacionadas con el asesinato. Lo masturbatorio le resultaba a la dama tan insoportable que prefería sacar a luz la visión del asesinato, cuidando que lo demás quedase en el inconsciente.

Y con esto he llegado a constatar algo muy digno de consideración. De la cadena de mi reloj cuelga una pequeña calavera, regalo de mi querida amiga. Yo he pensado más de una vez que había acabado con el complejo masturbatorio, al menos por lo que a mi persona se refiere. Pero unos fenómenos tales como los de hoy, en que el juego con la cadena de mi reloj me obstaculiza el escribir, me llevan a considerar lo profundamente que él sigue arraigado en mi interior. La masturbación está castigada con la muerte. Esto resulta del hecho de que también se le llama onanismo, nombre que es digno de consideración ante todo por el hecho de estar relacionado con una muerte inmediata. La calavera de la cadena de mi reloj me previene, me repite insistentemente las advertencias a los que se masturban: que uno acaba enfermando, enloqueciendo, muriendo, si no se le pone coto al instinto.

El miedo a la masturbación ha calado muy profundamente en el alma humana. Ya le he contado por qué. Porque, antes de que ni siquiera le sea conocido algo del mundo al niño, antes de que éste sepa siquiera distinguir entre hombre y mujer, antes de saber lo que está cerca y lo que está lejos, cuando aún extiende la mano para agarrar los cuernos de la Luna y considera sus propios excrementos como un juguete, antes de todo esto ya la mano amenazadora de la madre intercepta todo juego placentero del niño con sus propios genitales.

Pero hay todavía otra relación entre muerte y placer venéreo que es más importante que el miedo, y que la capacidad simbolizadora del Ello se encarga de tramitar insistentemente.

Para el hombre inocente, el que todavía no está aquejado del mal del pensamiento, es la muerte la huida del alma que escapa fuera del cuerpo, la entrega de uno mismo, el abandono de este mundo. Ahora bien, ese morir, ese abandonar el mundo, esa entrega del Yo es algo que también acontece en determinados momentos de la vida. Acontece cuando el hombre se derrite de placer, cuando el gozo le hace perder los sentidos y la conciencia, cuando, como dice la voz popular, se pierde en el otro. Con otras palabras, que amor y muerte son iguales. Como usted sabe, los griegos le atribuían al Eros los mismos caracteres que a la muerte. En la mano del Eros ponían la antorcha elevada, derecha, viva; en manos de la muerte colocaban una antorcha caída, fláccida, muerta. La antorcha, un signo que al caracterizar a los dos los adecuaba. Y nosotros todos conocemos también esa ecuación. Para nosotros es también la erección la vida, la eyaculación transmisora de vida es el morir en paz, y la relajación, la muerte. Y según sea la constelación de nuestros sentimientos ante la idea de la muerte en la mujer aparecerá en nosotros la confianza de que estamos destinados al cielo de los bienaventurados o bien que nos hundiremos en la cloaca del infierno; pues cielo e infierno se derivan del morir del hombre en el abrazo del coito, de la entrega de su alma en el seno de la mujer, bien sea con la esperanza de la resurrección después de un espacio de tres veces tres meses en el niño, o bien con el miedo ante el inapagable fuego de la concupiscencia.

Muerte y amor son uno, no hay duda. Otra cosa es si todos y cada uno de los hombres llegan a ese verdadero morir, donde el hombre se pierde en la mujer y la mujer en el hombre. Yo no lo sé. De todas formas, en los medios culturales en que usted y yo nos movemos yo lo considero casi imposible de alcanzar y, en todo caso, se trata de vivencias tan raras que prefiero no hacer comentarios al respecto. Quizá son aquellas personas cuya fantasía consigue adecuar en el momento del coito a este y a la muerte aquellas que están en mejores condiciones de llegar a la muerte descrita. Y como resulta que se da el caso, a veces, de que la muerte verdadera sobreviene en el momento de máximo placer, nos es lícito suponer que en tales casos también se ha llegado a vivir la muerte simbólica, la muerte de amor. La nostalgia que al respecto se descubre en la música, la poesía y el lenguaje corriente es generalizada y nos da hincapié para seguir los hilos que unen la muerte y el amor, la tumba y la cuna, la madre y el hijo, la muerte y la resurrección.

Muy cerca de la muerte simbólica se encuentran aquellos a quienes les es dado vivir un ataque de histeria, lo cual es, a ojos vistas, una fantasía masturbatoria.

Pero con todo esto he perdido el sendero. Esperemos que usted no se pierda también, que tenga paciencia y que me permita, para la próxima, coger otra vez el hilo. Considero que tiene su importancia el que usted sepa todo lo que yo supongo asociado al hecho de dudar en escribir.

 

Cariñosamente, su

 

PATRIK TROLL

 

 

 

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