11 de octubre de 1916
George Groddeck
Biblioteca de Psicología Profunda.
Editorial Paidós. 1983.
La última vez llamé la atención sobre la relación entre padre e hijo. Hablé del amor infantil y del amor paterno, de donde se comprenderá que también hablemos de Dios padre, no sólo en la religión cristiana; también en otras religiones se representa a Dios como un padre. La relación padre/hijo difiere esencialmente de la relación madre/hijo. El sentimiento de que el padre es algo poderoso, fuerte, que suscita admiración, que es el juez dentro de la familia, el mayor de todos, a quien todo le pertenece y le obedece, este sentimiento, repito, es la primera y más fuerte impresión de la infancia, y por tanto decisiva. El padre es el ideal del niño, mucho más que la madre. Permanece algo más apartado; la relación no es tan estrecha, y por ello hay más espacio para representárselo como soberano, como amo. A ello hay que añadir además la silueta del hombre y su figura. Mientras que la madre es delicada y en ella las proporciones son más pequeñas y suaves, en el hombre la cosa es diferente; y también ella debe obedecer al hombre y le teme. En la casa todo se ordena con arreglo al padre tan pronto como aparece éste. El niño observa que apenas se oyen sus pasos, todo se vuelve diferente en la casa; también el hecho de que el padre camine y hable de manera distinta. Así su voz tan grave causa más impresión que la voz aguda de la madre. Su paso lento y la forma de abrir y cerrar las puertas son todas ellas impresiones auditivas que dejan una huella. La barba, igualmente, juega un papel para la vista, y en cuanto al tacto hay que señalar que el contacto de la mano del hombre es más vigoroso y más firme que el de la mano de la mujer. Además, la torpeza con que maneja al niño da cierta impresión de fuerza, y de ser un gigante tosco. El niño capta ciertas manifestaciones de la fuerza del padre. La manera de lavarse es diferente de la de la madre, así como el modo de andar por la habitación. En fin, advierte en el dormitorio de sus padres una serie de hechos que le causan impresión y van preparando su comparación con el caballo robusto. Esta es una comparación de gran importancia y nos permite toda una serie de esclarecimientos. Si nos imaginamos cómo accede el niño al conocimiento del caballo, la primera impresión podría ser ésta: es algo grande, algo enorme, que se ve desde abajo. La manera en que vuelve la cabeza el caballo o levanta una pata, todos los movimientos que hace poseen algo que suscita el asombro y la admiración del niño. Pero hay algo más, y es la relación de tamaño. Si un niño se pone junto a un caballo, mira directamente bajo el vientre de éste. Para ver al caballo en su totalidad, el niño habrá de retroceder y levantar la cabeza. En posición normal, sin embargo, la cabeza y los ojos se sitúan ligeramente por debajo del vientre del caballo. Y cuando llega el momento en que el caballo se pone a orinar, es un fenómeno sorprendente, espantoso, que produce un efecto tremendo en el niño. En general, los adultos fingen no ver cómo el caño se estira súbitamente y cómo brota el grueso chorro de agua que, el pequeño, el niño ha conocido en sí mismo. Es algo que subyuga la fantasía del niño y, en consecuencia, desempeña un papel muy importante en su vida. Por un lado es un fenómeno espantoso, pero por el otro es extraordinariamente atractivo e influye sobre la vida tanto de las personas sanas como de las enfermas. Así se llega a conclusiones sorprendentes. No es sólo la manera de orinar del caballo lo que atrae la atención del niño; ésta se conecta con otras experiencias, y se remonta al tiempo en que el niño estaba aún en el agua del cuerpo materno, y le remite al sentimiento de alivio al evacuar la vejiga, al placer de sentirse secado y al contacto de la mano humana. Más importante es, quizás, la observación que hacen los niños cuando ven a su padre y su madre. Es un error creer que los niños de uno o dos años no se percatan de nada; esto es falso. El niño observa inconscientemente; y aunque no lo parezca se percata, si tiene ocasión de ver desnudos a sus padres. El observa: “Papá tiene algo que mamá no tiene y además orina de una manera distinta que mamá”. Este hecho establece una diferencia importante, y causa una formidable impresión. Así es como se diferencian los sexos. La niña tiene en este sentido una sensación distinta de la del niño. A ambos les embarga el sentimiento de que el hombre es superior a la mujer, que es más completo que ésta. Y ya en este período se desarrolla en las niñas el extraño sentimiento de que sufren una carencia que sólo puede completar el hombre. Precisamente este fenómeno que se repite a diario una y otra vez, es decir, la manera de orinar, resulta decisivo en todas las relaciones sexuales. Sobre él se construye el singular sentimiento de complemento recíproco entre el hombre y la mujer que es uno de los fundamentos de la existencia humana. Posteriormente se constituyen otras relaciones, y hay un hecho que nos muestra lo curiosas que son sus consecuencias, hecho que encontramos a menudo en la vida; existen muchas niñas que quieren ser niños, pero hay pocos niños que quieran ser niñas, y con mucho mayor frecuencia se le planteará a una misma niña el deseo de ser niño que a un muchacho lo contrario. Es algo que también tiene que ver con las respectivas maneras de orinar y con la observación que de la micción se realiza en la infancia. Que la forma masculina de orinar sea considerada muchas veces como una expresión de la fuerza y el poder, lo encontramos en un pasaje de la Biblia, concretamente del Antiguo Testamento. Se trata en él de la destrucción de las ciudades y de las conquistas del pueblo de Israel. La orden de aniquilar a la población masculina se formula en estos términos: “que todo aquel que pueda orinar contra el muro sea muerto”. El término pissen (orinar) fue elegido por Lutero, del alemán, para la representación onomatopéyica del ruido, pues en este idioma la palabra pissen imita el ruido de la orina. Lo que la Biblia quiere expresar con su frase es que la fuerza, la virilidad, merece la muerte; busca su expresión en esa manifestación. Al niño le ocurre lo mismo que al autor de la Biblia: observa que los distintos sexos, cuando van a orinar, adoptan distintas posturas, actúan de diferentes modos, y esto le sorprende. A ello se añade algo que el niño observa en sí mismo: por arriba le dan leche blanca y por abajo sale agua amarilla. La transformación de la leche en orina es importante también en otro contexto, pues ejerce una fuerte influencia en la aversión de numerosas personas a beber leche de vaca. Si el niño no descubre con rapidez que la leche y la orina son cosas diferentes, le asaltan extrañas ideas. Le da por confundir un buey con una vaca. La teta de la vaca adquiere para él un terrible parecido con los órganos sexuales del buey, y entonces surge la idea: la leche se vuelve orina. Esta aversión por la leche suele subsistir durante toda la vida, y a ella contribuye la nata que se forma sobre la leche una vez que ha hervido, y también el establo y su olor, y la tibieza y el recuerdo de la madre y la nodriza, todas cosas que ya no le permiten al niño disfrutar libremente de la leche de vaca. Hago aquí mención de esto a causa de la importancia que tiene la leche en la alimentación de los enfermos.
La niña tiene la sensación de ser imperfecta; esto es un hecho generalizado. Posteriormente aprende a estimar de nuevo la conciencia de ser muchacha y la dignidad de mujer, y se reconcilia con su suerte. Pero en la infancia, ella tiene la sensación de que algo le falta aunque tal vez crezca después. También el muchacho padece esta sensación, pero puede fundamentarla de otro modo. Se siente enfrentado al mismo hecho, y también tiene el correspondiente sentimiento: “lo mío será como lo de papá”. En la niña, sin embargo, este deseo se manifiesta de manera muy distinta. El acto de orinar desempeña un papel muy importante en los juegos de los niños; y también en los adultos. Si a un hombre que espera un hijo se le pregunta si prefiere niño o niña, casi siempre dirá: “niña”. Pero la mayor parte de las veces desea un muchacho. Una de las razones, que no se debe subestimar, es la manera de orinar del muchacho. Si tuviésemos el valor de interrogar a las mujeres para saber, si tuvieran un hijo, qué situación se imaginarían, a menudo la respuesta sería: que el hijo, varón, está extendido sobre la mesa cuando le cambian los pañales y que el arco de su orina se eleva hacia ella. Referidos a la micción hay una multitud de términos, casi siempre expresiones populares, que no se deberían reprimir ni evitar; los niños los conocen bien. Nos imaginamos que una jovencita bien educada no conoce los términos populares que aluden a este proceso. Pero las niñas conocen casi todas estas expresiones, porque son muy características y expresan bien aquello a lo que efectivamente se refieren. Siempre se abren camino en cualquier cabeza, por ingenua que ésta sea. Estas expresiones son causa de alarma y desconfianza sólo porque tememos reconocer que nos interesamos por ellas. La prueba de que estos términos siempre están en la conciencia de una niña es que, cuando ésta enloquece súbitamente, al momento brota un torrente de presuntas suciedades y expresiones “soeces”, aun cuando se la haya educado lo más pulcramente posible. Esta es la prueba de que en esa alma dormitaban palabras y acciones siempre ocultas, contenidas en lo más profundo.
Otro signo de enfermedad, del cual trataremos en estas conferencias, se refiere a los símbolos no comprendidos de las impresiones táctiles, auditivas y visuales; querer educar a una niña en la ignorancia es ilusorio. Y en el caso de un muchacho los efectos son más espantosos todavía. ¿Por qué se actúa así? Aparentemente, para elevar el nivel de moralidad, para consolidar la moral. Pero no se lo logra, pues hablando en una forma sincera, no hay nada inmoral en sí mismo. Con una criatura se puede hablar de todo sin correr peligro; lo que cuenta es la manera como se hace. Existe la creencia de que con esa educación se mantiene la moral, pero las potencias que nos dominan y que nos han dado vida no se remiten sólo a las leyes morales inventadas por los hombres; se han levantado contra el vicio barreras tan grandes que nuestras reglas de moral y pudor se reducen a nada frente a ellas y sólo juegan el papel de pequeños obstáculos a lo sumo. Hay además una segunda razón para semejante educación, razón de la cual no se suele hablar, pero que yo necesito abordar, y es que en nuestros días tener una hija ignorante les causa un gran placer a nuestros hombres modernos. Pero se trata de un placer que está disminuyendo. En el siglo pasado sí existía esta corriente. Se ejercía y tenía el atractivo de imaginarse a dos seres que se encuentran en el lecho conyugal y son totalmente ignorantes. En esa época, que apenas ha transcurrido, se pensaba de una manera malsana: resultaban excitantes la ignorancia, la presunta ignorancia y la virginidad. Esto se traducía en los excesos más insensatos. Los siglos anteriores no conocían esto. Nuestros bisabuelos hubieran protestado al tener que vérselas con una joven ignorante; y hasta hubo épocas en que una virgen, una mujer intacta, no podía ser presentada como esposa al marido de ese modo: antes se la enviaba a un esclavo, quien debía desflorarla.
Todos estos ideales no son más que productos de una época. El ideal permanente es la noción de castidad, que no hay que confundir con la ignorancia ni con la tontería. Se puede ser ingenuo y casto y también sabio. Si a uno le han hecho artificialmente ignorante y además cierra su esfera afectiva, no es casto ni puro, sino llanamente hipócrita. Ha sido desnaturalizado y criado para que sólo vea una parte del mundo; de todos modos uno acaba viéndolo por sí mismo, pues no es posible ignorarlo ni evitarlo. Circunstancialmente cualquiera se puede proponer educar a un niño en la ignorancia total hasta los dieciséis o los dieciocho años; pero no se puede impedir que los niños miren a los perros. Cuesta creer en el papel que éstos representan en la vida de un niño, pues el perro es una figura que desempeña un rol importante en la sociedad europea y en sus condiciones de vida. Se para delante de un poste, levanta la pata y mea. El niño no puede dejar de verlo. Y en este contexto el perro es de nuevo el padre, al igual que el caballo. No encontraremos un niño que compare al perro con la madre. En efecto, el perro posee la voz grave del hombre, el carácter impetuoso, sorprendente. Las madres intentan asustar a sus hijos haciendo “guau-guau”, pero los niños no son tontos. El padre, sin embargo, sí tiene la característica de ponerse de golpe y porrazo a ladrar. Imparte órdenes de muy distinta manera que la madre. Su énfasis es mucho más intenso y más vivo, y de pronto ladra, como un perro. En algún momento se oye la voz del hombre, luego el niño se despierta porque el padre, repentinamente, gruñe, es ruidoso y tiene naturaleza de “guau-guau”. Muchas veces tiene barba y pelambre, cosa que la mujer no tiene; a lo cual hay que añadir las circunstancia de que el perro es el guardián de la casa, y el padre lo es también: es el protector. Todo esto dicho únicamente al pasar. Ahora vuelvo al hecho de que el padre orina de distinto modo que la madre, y con respecto a los términos populares que hacen referencia a ello me gustaría contarles una anécdota de Schweninger. Cuando él era estudiante en la clínica, el profesor interrogó a un enfermo: “¿Qué es lo que no marcha?” Respuesta: “No puedo fuentear ( brunzen )”. Y los estudiantes lanzaron una carcajada. Entonces el profesor dijo: “No entiendo de qué se ríen; con ello muestran que no tienen tanta sensibilidad lingüística como este hombre”. La palabra brunzen significa literalmente hacer una fuente. No hay término más característico y sencillo que éste para designar la manera en que el hombre elimina su agua. Esta historia es instructiva porque pone en primer plano lo más importante: la fuente. Al pasar ante una cañería de agua y observar el grifo, se advierte que es la imitación de un muchacho que expulsa su agua. Nunca se habría inventado la fuente si inicialmente no se hubiera observado esta fontana humana. En ella se basa la costumbre que tenemos de lavarnos, nuestro aseo y toda nuestra vida. Puede uno imaginarse lo que quiera, pero estoy convencido de que la razón más profunda es que algún espíritu humano tuvo, como en un relámpago, la idea: Voy a hacer de la mujer un hombre. La mujer es la fuente y el hombre es el manantial. Acuario, que es el hombre que vierte agua, está en el manantial; la ondina, y la sirena, en la fuente. Una fuente que fluye del seno de la tierra nunca es la imitación de un hombre, pero sí puede serlo un manantial que desagua mediante un tubo. Lo más interesante es que tanto enfermos como sanos sienten esta relación. Hay muchos enfermos que tienen dificultades con el grifo y la fuente; esto incumbe a la hidroterapia, fría y caliente, y a las dificultades para orinar. Pero también hay muchas personas que se encuentran reconfortadas cerca de una fuente. Asimismo quisiera poner de relieve lo siguiente: algo que también desempeña un gran papel en las personas sanas es la relación de la fuente, del chapoteo, con la vida amorosa. Cuando leemos un poema de amor, frecuentemente encontramos la fuente o el arroyo, y llegado el caso hay hasta una glorieta: fuente y arroyo, hombre y mujer. Pero también en la vida ordinaria esto desempeña un papel. Una pradera cruzada por un arroyo tiene para nosotros cierta atracción. Esa flor de los campos, el nomeolvides o hierbas de amor, juega su papel, y mucho más aun el torrente de un bosque que cae en cascada desde lo alto de una garganta: es el placer que obtenemos en la contemplación del ser humano. Todo el placer que nos proporciona la visión de la naturaleza proviene del hecho de que en ésta vemos la imagen del ser humano. La garganta es la mujer, los árboles y la pradera son el vello púbico, y lo que demuestra que esto es así es que al pasar junto a un arroyo, fácilmente se sienten ganas de orinar. La mayoría no repara en ello, pero no debemos sorprendernos.
Si una persona orina, la otra también sentirá ganas de hacer lo mismo. También ocurre ante el agua corriente, y no podemos ignorar todas estas cosas. Hay que llegar al fondo de ellas, sin que esto signifique que se corra el riesgo de llegar demasiado profundo, porque a fin de cuentas acabamos por detenernos ante el último misterio y no sabemos qué hacer. Pero al hombre hay que quitarle el temor que tiene de reconocerse en los procesos de la naturaleza. Espero que tales fenómenos hayan llegado a alcanzar alguna importancia en la mente de mis oyentes; en estas discusiones no es posible proceder sin herir el sentido del pudor. Hay que habituarse a ello, de otro modo no es posible progresar. No debo, pues, seguir adelante sin resaltar otro término que designa la acción de orinar: schiffen , que literalmente significa navegar. En la sociedad supuestamente culta no se emplea: contiene la representación del mástil y también la del miembro viril erecto, lo que resulta algo incómodo. Palabras como ésta adquieren una enorme importancia en la vida del enfermo; y llegado el caso, pueden provocar el mayor desorden imaginable en el ser humano y producir, por ejemplo, una epidemia de escarlatina, ya a la vez añadir algunos casos de nefritis. La sensibilidad al contagio también se revela ante palabras del mismo significado. Además quisiera comunicarles a ustedes una experiencia llevada a cabo por mí y que he visto confirmada en todos los enfermos: nadie contrae una enfermedad renal si no ha tenido desde su infancia una especial sensibilidad hacia todo aquello que tiene que ver con la orina. Esto atañe por lo tanto a las dolencias de la vejiga, que afectan de un modo particular a las mujeres. En los síntomas de vejez no se trata de que los órganos están “gastados”, sino que están cargados de pensamientos; y si uno tiene setenta años, pues igualmente hace setenta años que los órganos están cargados. Precisamente las dificultades que sufre el individuo enfermo y el de edad avanzada son las que me han llevado a la necesidad de tratar este tema de un modo tan concreto. Espero haber ayudado a superar esas dificultades y apelaré a la paciencia de ustedes para exponer otros temas que no son menos delicados.
El hecho de que el hombre sea un manantial aclara de una manera muy diferente la relación del niño, cuando crece, con el padre y la madre. De ahí deriva esencialmente que el niño adore más al padre que a la madre; tal vez no le ama más, pero le considera con mayor respeto y temor, aunque la madre haga más por él. Esa es la causa de que se hable del padre de la patria, de Dios padre, y finalmente también está en relación con algo que ocurre en la habitación de los niños.