21 de marzo de 1917
George Groddeck
Biblioteca de Psicología Profunda.
Editorial Paidós. 1983.
La última vez me detuve en la relación que existe entre la muerte y los pensamientos de muerte que acompañan nuestra vida. Muchos de ustedes no me han comprendido. Quiero tratar de hacerme comprender mejor en este aspecto, y está de más decir que la idea de ser un criminal es, desde luego, insoportable, porque desde la infancia se nos ha acostumbrado a eliminar y reprimir los instintos criminales. Pero precisamente esta represión y esta voluntad de eliminación constituyen la mejor y más importante causa de enfermedad. Deseo ahora retomar el final de mi última charla, donde mencionaba todo aquello que evoca en nosotros la idea de muerte. El negro y el blanco -y la tercera noción de color: el gris- se encuentran íntimamente ligados con ideas de muerte. Es algo que va bastante lejos; y es sobre todo con la noción de negro que se vincula inmediatamente en la subconciencia el sentimiento de muerte; se lo puede comprobar en el sueño. Si soñando encontramos un color gris, negro o blanco, podemos estar seguros de que tiene que ver con una idea de suicidio o con un pensamiento de asesinar a alguien. Por supuesto, la dificultad reside en el hecho de que aún no he explicado con claridad qué entiendo por ideas de homicidio.
No es que pensemos concientemente eliminar a tal o cual persona; no se trata de eso. Más bien es el sentimiento de que hay alguien que incomoda y uno no quiere tenerlo cerca; esto ya es un pensamiento de muerte. Se lo puede demostrar en las declaraciones de la propia persona que tiene el sentimiento de incomodidad. Si siento que Fulano o Mengano me resulta desagradable, basta entonces dejarme llevar a una fantasía, que concluya en mí como en todo el mundo, con un asesinato. El individuo no lleva esa fantasía hasta el final; la idea de que la naturaleza lo haya marcado desde un principio como un criminal le resulta insoportable. Pero una vez que uno se ha familiarizado con la idea de que efectiva e incesantemente se encuentra la fantasía de querer envenenar o hacer añicos a cierta persona, o siquiera que le suceda una desgracia, entonces la idea pierde su espanto.
Lo que es común a todo el mundo no puede espantarnos. Y así como es absurdo sentir vergüenza por el hecho de tener que hacer las necesidades, así también es absurdo sentir vergüenza de que los seres humanos tengan índole criminal. Esto se vincula con el hecho de que tenemos dos sexos diferentes y de que en los seres humanos existe amor. Tomaré un ejemplo que acaso todos nosotros hemos vivido: el de la angustia. Cuando uno está angustiado, la angustia siempre tiene que ver, dejando aparte otras razones, con una idea de homicidio. A primera vista parece enigmático, pero voy un poco más lejos y agrego: cada vez que uno piensa en la muerte de alguien y considera esa eventualidad, detrás de ello se oculta un anhelo: ¡ojala estuviese muerto! Es un anhelo que no llega a la conciencia, pero está ahí. Tomemos, por ejemplo, el caso de una mujer, de una madre que anda de viaje y a la que de repente le asalta el pensamiento de que a su hijo podría ocurrirle algo. Se dice que es telepatía, pero yo no lo creo. La mujer piensa que podría ocurrirle algo porque lo desea, porque tiene el deseo: ¡si estuviese lejos! Esto no le impide quererlo ni ser una madre tierna y digna de elogio. El pensamiento prueba que está presente el deseo de que el hijo haya muerto, pero en ello se esconde también la idea de que puede resucitarlo porque es todopoderosa.
El sentimiento de omnipotencia acompaña siempre al ser humano. Siempre nos sentimos como personas todopoderosas, como personas que dan muerte y que reaniman a voluntad. Si alguien tiene miedo de que a uno de sus padres le ocurra un accidente ferroviario, ello oculta el deseo de que ojalá el accidente ocurra. Y si hoy en día sentimos por los aviadores un miedo tremendo, en éste se oculta el deseo de que ojalá una bomba elimine a tal o cual persona. La ansiedad de una madre por que su hijo regrese puntualmente a casa oculta el deseo: “ojalá no volviera más”. Y en la prohibición: “hija no vayas al bosque, te pueden violar” esconde el deseo de que ojalá la violen.
Son cosas que se nos esconden; no concuerdan con nuestras concepciones morales. Pero yo no puedo tomar en cuenta la moral; debo hacer comprensible aquello que se puede reconocer y demostrar científicamente. Que esto concuerde o no con las leyes morales, para nuestras reuniones es indiferente. Nadie tiene que sentir miedo de que lo que estoy diciendo atente contra una moral. Sólo tiene que constituirse un punto de vista: todas estas maldades se encuentran en la idiosincrasia de la gente y se las expulsa de la vida por tal o cual razón, pero poseen su legitimidad, tal cual es legítimo utilizar un pañuelo. Así como en ciertas circunstancias se considera que sonarse es poco decoroso, así también la comunidad no tolera que se desee la muerte de alguien. Hubo un tiempo en que los seres humanos no estaban sometidos a estas leyes morales, un tiempo en que se sentían obligados a dar muerte a todo intruso extraño. Y hubo un tiempo en que el ser humano no contaba con otro recurso que su propia fuerza: no bien advertía a un extraño, ya tenía el pensamiento de que era un enemigo del que debía defenderse y al que tenía que eliminar. Estas cosas ya no se presentan con tanta claridad, pero están ahí.
Me agradaría hacer otra comparación; nos llevará a otro terreno. Existe un ley -que no es incuestionable- según la cual constitución de cada individuo se produce de acuerdo con los mismos principios que los de la constitución de todas las criaturas vivas. Estamos convencidos de que el ser humano tiene individualmente la misma historia que la especie humana en su totalidad. Supongamos que haya habido pequeñas criaturas originales a partir de las cuales se desarrollaron posteriormente los reinos vegetal y animal; entonces advertimos que el ser humano se constituye de una manera correspondiente, es decir, a partir del óvulo y se desarrolla de manera tal que pasa por los estadios del pez, del ave, del mamífero y, finalmente, del ser humano. Y en el campo psíquico sucede lo mismo que en el somático. Lo que nuestros primeros antepasados pensaban, incesantemente volvemos a pensarlo; por lo tanto, esos deseos primitivos que son el anhelo de venganza y muerte, de robo e incendio, etcétera, existen en toda persona; si no se afirman, es simplemente porque nuestras leyes se oponen a ello, lo que no termina de mostrar claramente todo el alcance del tema. Mediante palabras solamente, lo sé, no puedo convencer de que esos deseos existen. Por lo tanto ruego que se lo acepte como un dato y que se reflexione: “¿qué pasa si es cierto que tenemos índole criminal?, ¿cuál es la consecuencia?” La consecuencia, si hemos deseado la muerte a alguien, debe de ser mala conciencia; no se lo puede concebir de otro modo.
Tampoco nos podemos librar de la concepción de que la sangre llama a la sangre y de que existe la ley del talión. Es un pensamiento que está en los más hondo del ser humano, que se ha introducido en él de una manera misteriosa. Si le hemos deseado la muerte a alguien, por fuerza sentiremos a partir de ese momento miedo a nuestra propia muerte. Debemos aceptar la idea: lo que le he deseado a otro me puede suceder algún día. Esto no tiene por qué ser permanente. Supongamos que cerca de Leopoldsplatz pensé que mi hijo me resultaba incómodo. Supongo que mi hijo tiene un seguro de vida muy alto. Ando con problemas de dinero; cruzo Leopoldsplatz. He recibido una factura cuyo monto, muy elevado, no puedo pagar, pero que sin embargo debo pagar dentro de poco. Atravieso Leopoldsplatz y en ese momento surge en mi mente la idea: “si tu hijo muriera, entonces tendrías dinero”. Yo he tenido esta idea; es un ejemplo que tomo de mi vida.
Lo que tengo que agregar no está tomado de mi vida; me refiero a la angustia. Si se considera otra cosa, entonces se rechaza el pensamiento; se lo experimenta como espantoso, y él dormita adentro sin importunar. Al cabo de algunas semanas, la persona se entera de que el tranvía eléctrico ha aplastado a un niño, y entonces le vuelve el recuerdo de que es lo que le había deseado su hijo. Y así asoma la angustia. De dónde viene, no se sabe, no se lo puede saber, porque el pensamiento ha sido reprimido con tanta fuerza que no cabe localizarlo fácilmente. Sólo con la ayuda de alguien más o merced a un estudio intensivo de sí mismo, se puede dar con él y descubrir qué es lo que en verdad aterra.
En ciertas circunstancias, un hecho determinado puede angustiarnos sobremanera cuando antes hemos pensado que de esa manera habría que darle muerte a uno de los nuestros. Es un ejemplo típico de la manera en que surge la angustia. La vista de un tranvía eléctrico puede provocar este pensamiento, o bien un tren, o un coche, o una carroza fúnebre, o un aviso necrológico, en resumen un sinfín de cosas de las que nadie pensaría que pueden provocar la angustia. Creemos que sólo ante los peligros se siente miedo; pues bien, antes los peligros el ser humano no siente miedo: lo siente sólo si tiene mala conciencia. Un niño corre al borde del abismo y no siente miedo; solo lo siente a partir del momento en que tiene mala conciencia. Esta criminalidad que nos acompaña es asimismo interesante desde otro punto de vista. No sólo la angustia se constituye de ese modo y adquiere necesariamente una gran influencia sobre nuestro ser; hay otra cosa que también se despierta así: es la duda. Ya me he referido a la duda y dije que se vincula con la situación del niño entre la nodriza y la madre. Puedo ir más lejos y decir que también se relaciona con la situación frente a otras personas y con la pregunta: “¿debo tomar partido por papá o por mamá, por mi hermano o por mi hermana?” La causa de que la duda despierte precozmente está en otra pregunta “¿soy un ser humano o un monstruo?” Si se trata de un niño sensible que procura ser bueno y decente, es forzoso que dude de él mismo hasta el momento en que se le diga: está perfectamente dentro del orden de las cosas que tengas un alma de criminal.
Pero es algo que ni a un niño ni a un adulto se les dice jamás. Si uno no llega a ello gracias a sus propias observaciones, necesariamente debe dudar de su carácter y necesariamente, también, debe llegar a esta idea: “soy malo; mis acciones no están en orden. Se me elogia, sí; pero si la gente pudiera ver dentro de mí comprendería que soy muy distinto de lo que pretendo ser”.
Las nociones “bueno” y “malo” son falsas. El mal no actúa necesariamente siempre mal. “soy el espíritu de contradicción, que permanentemente quiere el mal y permanentemente crea el bien”. Estas palabras se aplican no sólo al diablo, sino también al ser humano. No está en nuestro poder que algo sea bueno o malo en sus consecuencias. Cuanto más se consideran las cosas, más se llega a la convicción de que hasta lo más abominable, lo peor que hay, es empleado por las fuerzas naturales para los mejores fines. Todas las cosas sirven para lo mejor cuando se ama a Dios, se dice todavía. Es otro asunto. Podemos ir más lejos y decir: tanto da que se crea en Dios y se lo ame o no; lo que ocurre, siempre ocurre razonablemente. Sólo puedo expresar mi convicción y querría exponer el sentido de la angustia y de la duda, así como la causa de que no tengamos que sentirnos oprimidos por la conciencia de ser criminales natos. Si suprimiéramos la duda del pensamiento, tendríamos la certidumbre absoluta; pero de este modo faltaría la fuerza motriz de la vida -la búsqueda- y a juzgar por las apariencias, toda aspiración dejaría de ser. Seríamos como personas saciadas, como personas que ya no necesitan tomarse el menor trabajo, pues todo estaría claro. Un estado semejante puede parecerles deseable a algunos, pero yo considero de una manera general, que sería inmovilidad absoluta. Cuando uno sabe algo, problema liquidado. Se lo tiene en la memoria como un peso y quizá también como una herramienta para continuar hurgando. En rigor, la fuerza que impulsa a realizar nuevos actos no es la certidumbre; ni la virtud ni las buenas cualidades impulsan adelante, ni tampoco a elevarse. Si desde la partida uno ya está en la altura, entonces para qué aspirar a llegar arriba. Y otro tanto ocurre con la angustia. La angustia nos ha desarrollado, nos ha conducido tanto a las construcciones sobre zampeados como a las construcciones de piedra, y a una comodidad cada vez mayor; nos ha llevado a amasar todo un tesoro de conocimientos, a construir máquinas, a rodearnos de medios de poder que deben hacerse cada vez más importante. También es una fuerza motriz. La duda y la angustia están siempre presentes y sin ellas las cosas no andarían. La duda y la angustia no son algo que haya que combatir: forman parte de la índole humana y poseen un sentido. Pero cuando son excesivas, si la angustia crece al infinito, si adquiere una dimensión que torna insoportable la vida, y si la duda nos acompaña por doquier, entonces es grave. El individuo las sufre y puede llegar a ser incapaz de realizar cosa alguna. Si se logra demostrar de dónde proviene la angustia que se ha apoderado de la persona y por qué ha adquirido tamañas dimensiones, y si además se descubre de dónde proviene la duda, entonces duda y angustia pierden parte de su poder y ambas entran dentro de límites que no actúan ya nocivamente y son, en verdad lo bastante poderosas para seguir actuando como fuerza motriz.
Ahora bien, siempre es posible descubrir dónde se originan la angustia y la duda. Esto presupone mucha paciencia tanto en el enfermo como en el médico. Si ambos son pacientes el uno con el otro, y si no temen reanudar permanentemente la indagación, poco a poco llegarán a descubrir qué es lo que tanto ha afectado al alma para que ésta sufra a tal extremo de angustia y depresión. Los estados de malestar y los de depresión, la cólera y la irritación, todo ello forma parte de un único y mismo terreno. Descubrir a qué se deben la duda permanente y la angustia parece ser, en sí misma, una tarea difícil, pero no es más que una primera impresión. Cuando se ha examinado a muchas personas angustiadas y se les ha prestado suficiente atención, entonces es posible averiguar cuáles son las causas. Así se descubre rápidamente que existen en cada cual ciertas cosas que provocan duda, cosas que no le pertenecen individualmente, pero que son, en general, válidas. Requeriré la atención sobre esto: toda persona es hombre y mujer y lleva en sí componentes de ambos sexos. Como ambas partes están presentes, resulta que de pronto debe dudar si es hombre o mujer, y claro está que puede convencerse de que es hombre o mujer. Pero con esto no se elimina la duda ¿Es masculina o femenina esta cualidad? Sigue en pie la conciencia del ser doble, la conciencia de que se es hombre y mujer. Y como la gente es tan tonta que quiere ser completamente hombre o completamente mujer, no es sorprendente que la duda surja una y otra vez: ¿esto es viril o afeminado? Por que se quiere ser viril, pero no afeminado. Hasta la mujer quiere ser viril, pero no afeminada. El sexo femenino aspira siempre a algo que no posee: aspira a los caracteres sexuales externos del hombre. El hombre tiene una cantidad de rasgos afeminados; estos rasgos alimentan la duda que ya lo afligía cuando niño: “¿soy un muchacho o un niña?” Ya en la infancia había surgido el problema de la duda: “si soy un muchacho, ¿acaso sigo siéndolo?” Esto se halla en relación con el orgullo que experimenta el muchacho, quien tiene el sentimiento: “poseo algo que atestigua que soy un hombre, pero existe el peligro de que pueda perderlo, que pueda convertirme en mujer, que pueda perder esta muñeca, este hijo, este cetro soberano, este poder”. A menudo he dicho que esto se relaciona con ideas de onanismo; ahora agrego que el muchacho, debe tener, por lo demás, esta otra idea: “si no pongo cuidado, puedo convertirme en niña”. Se puede decir que un niño no piensa en este tipo de cosas. Así es, no piensa en ellas. Pero el muchacho tiene desde un primer momento el sentimiento del orgullo, y la niña tiene, de igual modo, la impresión de estar en desventaja y de tener que aspirar a algo que la naturaleza le ha negado. Si no fuera así no habría amor, y la especie humana no perviviría. La mujer busca el complemento, busca aquello que el hombre tiene y ella no: intenta atrapar ese colgajo. Y el hombre procura volverse femenino al ceder simbólicamente su miembro, prestándoselo por un tiempo; en cierta medida se halla, pues, castrado. Se castra en cada acto sexual, que lleva a una detumescencia, que hace que el hombre se desplome, que su masculinidad muera y que en cierta medida se vuelva mujer. Son cosas complicadas, pero de gran importancia, porque cabe descubrirlas fácilmente en todo ser humano. Despiertan, desde luego, la duda y la angustia de que pueda suceder algo que no está en orden. En el caso del muchacho, es el pensamiento de que se lo pueda privar de su ornamento; en el de la niña, que no lo obtenga en absoluto. Esta angustia acompaña al ser humano. Si se induce al enfermo a tener fe en las palabras del médico, en el sentido de que la duda y la angustia están en la naturaleza, ya se ha ganado mucho. Sólo hay que explicar con claridad: “una raíz de esta angustia es tu criminalidad; has deseado que murieran tu papá, tu mamá, tus hermanos y tus hermanas”. Hay que explicarlo hasta que el terror haya desaparecido de la mente. Todo anda bien una vez que se lo ha hecho comprensible.
Si se puede dar un ejemplo y fijar éste claramente, mejor; pero no es necesario para la cura. No hay para qué desempacar todos los detalles de la vida. No es un acontecimiento ni son nuestros actos los que nos hacen caer enfermos; nos enfermamos por los pensamientos, por los fantasmas, por los escrúpulos morales, por la lucha entre nuestra constitución innata y lo que se nos ha inculcado. Sufrimos del presunto desarrollo de la humanidad: no nos envanecemos y gozamos impunemente de progresos que nuestros antepasados no conocían. Tenemos que contar con eso. Podemos contar con la duda: “¿soy hombre o mujer?; ¿soy o no soy criminal?; ¿soy anormalmente perverso o no lo soy?” Todos los niños sienten tales pulsiones y las manifiestan de la más clara manera. Resulta injustificado creerse anormal. Pero en cambio nuestra civilización nos obliga a reprimir las pulsiones y considerarlas como si fuesen anormales; mientras no se nos diga que estamos en un error, tenemos que dudar. Podemos presuponer en todo ser humano la duda: “¿soy perverso, soy un monstruo o soy normal? La angustia o la depresión se desarrollan a partir de la duda. Y también deseo mencionar esto ¿soy homosexual o normal? Esta duda ha de estar ahí, aunque uno éste firmemente convencido, y, por mucho que nunca sienta inclinación por su propio sexo, lleva en su subconciencia el pensamiento: este ser me gusta, me excita.
Entonces sobreviene la duda: “¿acaso está en orden?, tal vez soy un perverso, y mi lugar esta en la cárcel”. Es un hecho, una causa de angustia y duda, y simplemente, pues, tenemos que explicarlo; además contribuye el éxito del tratamiento si se lo logra explicar con un ejemplo. El individuo humano comprende lo que ha experimentado por sí mismo. Mientas sólo se trate de exposición o de explicación, no lo cree. He escogido cosas aisladas, porque son comprensibles y el médico las conoce bien.
Algo más: el niño, el ser humano, siente angustia porque se encuentra entre dos seres, porque tiene un padre y una madre, y porque ambos le piden que los quiera. El niño debe de hallarse siempre en la duda. Hasta se le pide explícitamente que quiera a uno más que al otro. Cuando reflexiona, llega a este resultado: “los quiero por igual”. O bien: “no los quiero nada”. La duda resulta de esta situación entre dos seres que están igualmente cerca de un ser. Al niño se lo fuerza a tomar partido, y lo toma. La chiquilla tomará partido por el padre; y el varón por la madre. Esto sólo se produce en cierto grado, pues durante la pubertad intervienen cambios: surgen algunos obstáculos que imposibilitan la preferencia por el padre o por la madre. Un enjambre de cosas resultan de otras: la nodriza desempeña un papel peligroso; también puede ser la niñera, o tal vez el biberón, que está más cerca del niño que el padre y la madre y que a menudo influye en su vida interior. No se excluye que el bebedor haya sido un niño alimentado a biberón, ni que el deseo de beber se pueda relacionar con el cariño al biberón, lo cual no quiere decir que todos los niños alimentados a biberón se conviertan en bebedores. Pero en el decurso de la vida hay una infinidad de otras cosas que continúan alimentando la duda y la angustia. Y un papel muy especial lo desempeñan las representaciones religiosas. También entre el diablo y Dios existe una dualidad, así como entre el bien y el mal, hay una escisión. Para elevarse sobre el bien y el mal y para abolir al diablo se necesita una libertad de espíritu y de corazón que nadie alcanza; debemos creer en un Dios bueno y malvado: son cosas dadas, y para que esto conduzca a una angustia permanente, a la neurosis de angustia, a las manifestaciones enfermizas, habitualmente se necesitan elementos personales de determinación difíciles de descubrir. Hay en este sentido un medio infalible; consiste en preguntarse: “¿con que fin tengo esta neurosis de angustia?”, “¿Qué logro con ella?”, “¿Qué utilidad tiene para mí mi enfermedad?” Porque toda enfermedad posee un significado y una meta; es una medida de protección cuyo sentido es asegurar a la persona contra algo aun más terrible que su neumonía, su cáncer, su duda maníaca o su neurosis de angustia.
Resulta difícil averiguar con qué finalidad se refugia uno en la enfermedad, pero la finalidad existe, y mi tratamiento se vería facilitado si se quisiera considera la idea de que el hecho de que yo tenga tal o cual mal posee un sentido. El enfermo de hoy se encoleriza contra ello, sólo porque se le dice de afuera “te lo estás imaginando y exageras; no estás tan enfermos”. Y si yo le digo que con su enfermedad persigue un fin él entiende: “el doctor me dice que soy un simulador.” Mas grave aun es en la guerra, porque entonces el hombre cree que se lo toma por un gallina. Aunque se tenga cuarenta grados de fiebre o se sufra de tifus, también hay un finalidad; es una enfermedad creada con toda intención, y ésta simplemente no se halla en la conciencia del enfermo: si el enfermo supiera por qué tiene esa enfermedad, estaría ya casi del todo curado. El propósito del tratamiento es descubrir: “¿Por qué he enfermado?”.
Hoy quise poner de relieve que algunas cosas se dan de entrada en el tratamiento y que sólo hay que saber manejarlas. Entre ellas descubrir qué objeto tiene la enfermedad.
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