23 de agosto de 1916
George Groddeck
Biblioteca de Psicología Profunda.
Editorial Paidós. 1983.
No pienso que haya realmente dos almas. En mi opinión, existe un ser humano que nos podemos representar cómo se quiera. Hoy deseo que consideremos lo siguiente: uno mismo no vive, sino que es vivido. Con el tiempo cada cual irá encontrando la manera de entender lo que digo, y de ello cada uno tiene el derecho de tomar lo que desee. El que quiera tratarse conmigo debe tener al menos una noción de lo que pienso. Por tanto, trataré de hacer comprensible mi manera de pensar.
Lo más importante en la vida humana es la infancia. Es una etapa difícil acerca de la cual sólo puedo proporcionar informes muy incompletos. Es necesario observar que todo lo que es el ser humano ha surgido de los tres primeros años de su infancia y que no sin razón se han borrado estos años de nuestra memoria, lo cual debe incitarnos a buscar las razones: ¿a qué se debe que esos tres años se hayan borrado por completo, hasta el punto de suponer que no son nada? Porque, a fin de cuentas, nos proporcionan todo lo que poseemos en nociones y representaciones, y como trabajo constituyen una realización que jamás se efectúa posteriormente. Tiene un sentido el que esos tres años se hayan borrado de nuestra memoria, pues el peso de su recuerdo no nos permitiría vivir. Si esos recuerdos no se hubieran apagado, nunca nos separaríamos de los padres, y nos sentiríamos aplastados por la conciencia de la pequeñez, por la conciencia de que existen otros seres que son superiores a nosotros. Hay que representarse el hecho de que en todos nosotros existe un niño. Lo esencial es el niño desde el nacimiento hasta los tres años. No nos damos cuenta de que el niño ya piensa antes de haber nacido, que es un ser vivo con impulsos que ya se manifiestan. El que ocurra así es un misterio, y se requiere mucho valor para abordarlo. En cada enfermo y en cada ser humano el niño hasta los tres años es el factor esencial de vida. En el curso del cuarto año es cuando sobreviene generalmente el gran corte que hace que se consoliden influencias externas, que el individuo ya no viva a partir de sí mismo, y que ordene su vida según el punto de vista de los adultos, a través de la historia, la moda y un sinfín de cosas más. Hasta los tres años, el niño vive como un ser soberano, independiente, atendido como un príncipe, como un ser que puede pensar como quiera. Desde el momento en que se inicia la educación, el niño es apartado de su camino, se le imponen hábitos que no han crecido con él, y son personas extrañas quienes se los imponen; los padres, los hermanos, las hermanas. Desde ese mismo instante comienzan los combates de la vida, y comienza también la tentativa de volver al estado infantil anterior.
Como adulto, uno nunca se encuentra en pleno centro de los acontecimientos; se mantiene por encima de ellos o se oculta debajo. Es interesante observar en estas relaciones la vinculación del niño con los padres. Pero ahí está en primer lugar la relación con la madre, que es decisiva, porque comienza antes del nacimiento y dura, si consideramos bien las cosas, hasta el fin de su vida. El ser humano nunca se libera de su madre; ella lo acompaña siempre, y a menudo de una manera que resulta favorable o desfavorable a la vida. Casi siempre ambas cosas a la vez. No en vano se da más importancia al amor entre la madre y el hijo. Pero no se trata en absoluto de una simple relación amorosa; no es tan sólo amor. Hay instantes en que la madre no ama al niño, en que le odia, en que desea que esté lejos, que muera. Y otro tanto le sucede al niño, porque la mayor parte de las veces la madre obstaculiza el libre desarrollo de su personalidad. Esto se explica a través de la oposición entre la vejez y la juventud. Ahí también actúa la relación entre el que manda y el que obedece. No es cierto que una madre ame siempre a su hijo, y a la inversa; del mismo modo que un hombre no ama siempre a la misma mujer. Es erróneo. La relación afectiva de los adultos se complica aun más por la mala literatura amorosa. Siempre se habla del amor entre la madre y el hijo como de ley natural. Y no es así. Estas presuntas leyes no existen. El amor entre la madre y el hijo es un sentimiento impreso con un extraordinario refinamiento. El niño descansa en el cuerpo materno en un estado en que se siente absolutamente protegido de toda preocupación, en que está seguro, en que reina una calma absoluta. Si se le incomoda, no tiene más que dar un golpe y todo vuelve al orden, por ejemplo cuando se producen falsos movimientos, cuando hay mal humor y aparece este deseo: ¡Si tan sólo pudiera desembarazarme de la criatura! Es un deseo muy comprensible. No parece cómodo llevar encima una carga de tres o cuatro kilos, y tampoco lo es tener que quedarse en casa, no poder andar a caballo, no bailar, y aun más ver en la calle cómo los muchachos la señalan con el dedo. En nuestros días, tener hijos es una vergüenza para algunas mujeres. Es un honor y una hazaña tenerlos, pero el estado de gravidez estigmatiza como una vergüenza. Esto aclara la doble relación de amor y odio entre la madre y el hijo.
El estado de reposo del niño en el cuerpo materno desaparece de la memoria, pero permanece siempre impreso en la vida; sobre él se construyen una multitud de relaciones humanas, y en él se apoya el deseo de la muerte, el del reposo en la tumba y el del sueño. Este estado nos ha inspirado tales deseos. No es una gran cosa suponer que la curiosa representación de la vida después de la muerte, la creencia en la inmortalidad, se ha generado en nosotros durante la existencia prenatal. Esa vida en un estado de inactiva felicidad despierta el deseo de otro estado semejante. Tumba y residencia en el seno materno son el primer punto. El segundo viene dado por la relación del estado intrauterino con el baño. El niño se baña en agua en el cuerpo materno. Existe un período de vida en el agua, en estado agradable; gracias al agua, el niño está protegido de choques. A causa de ello queda una impresión que ha desaparecido de la memoria, pero permanece en las sensaciones del baño y que explica el amor generalizado al mar. El mar es la madre; la madre es para el ser humano como el mar. Ahí se fundamenta nuestra navegación, el comercio marítimo; toda la historia del mundo se construye sobre esto y se aclara con una nueva luz. En el baño, que aun tiene un alcance más profundo que el mar, no es sólo la sensación refrescante, sino que además se suma el recuerdo de los primeros años, cuando el niño es bañado por su madre. De este modo se hace intensa la impresión acentuándose con más fuerza el recuerdo satisfactorio del estado en el cuerpo materno. Todos los cuidados propios del baño, el hecho de reposar sobre la mano de la madre, de que se le seque, se le desvista, le quiten lo pañales, le acuesten limpio y seco, constituyen los recuerdos más hermosos del niño.
También en la cosecha y en la siembra, así como en la Iglesia, volvemos a encontrar la relación con la madre. En todo hallamos la misma simbología. Es importante el hecho de que las cosas no estén cerradas en sí mismas, de que el mar no sea sólo mar, sino también madre; de que la Iglesia no sea sólo Iglesia, sino también la madre: de que los pensamientos de eternidad sean la madre. El mundo está lleno de símbolos. Ese es también el significado de los diferentes mitos que giran en torno al asesinato de la madre, del padre y del hijo, y también del homicidio de los hermanos y de las hermanas. Son mitos que ilustran los sentimientos más profundos del ser humano y únicamente permiten que se sospeche de ellos cuando se los considera como símbolos, como cosas que nos entregan el reflejo de la vida. La leyenda de Medea no debe ser considerada sólo como una mera leyenda pues ha surgido de los sentimientos más hondos.
A toda mujer le debe ocurrir. Una vez que ha tenido un hijo, se mira al espejo: Me he vuelto fea. Es terrible. Al segundo o al tercer hijo tal vez no se lo dice tan convencida, pero por un instante lo siente, y este instante puede llegar a ser decisivo. Toda mujer coqueta lo ha sentido muy hondamente, y he aquí que espera un segundo hijo, aunque no quiere tenerlo. Ni siquiera necesita recurrir a medio alguno; el simple deseo ya puede llegar a ser decisivo para la madre con respecto al niño que va a nacer. Si esto dura cierto tiempo, comienza a acostumbrarse a la idea, pero entonces otra idea surge: El hijo al que le he deseado mal va a ser anormal, seguramente. Pero viene al mundo un niño bien formado, y entonces piensa: “tal vez tendrá mal carácter, o lo voy a desatender; es preciso que esté doblemente atenta”. Se rodea al niño y se lo cría con un esmero y una ternura que no están bien; en esas condiciones, el niño habitualmente evoluciona mal, no logra despegarse de la madre. Tampoco ella quiere dejarlo, porque siempre tiene miedo de que pase algo terrible. Esto trae consecuencias para el desarrollo del niño, para su vida ulterior, para sus hijos y sus nietos. Si la madre supiera que es normal desear ver muerto a su hijo, entonces el asunto no adquiriría dimensiones tan tremendas. Si las madres no quisieran dar muerte a su hijo, éste no vendría al mundo, y por eso, justamente, nace. Y también por eso, la estrecha relación entre madre e hijo se rompe progresivamente. Otro tanto ocurre con respecto al niño; cuanto más crece dentro del cuerpo materno, más percibe: “Esto es demasiado estrecho”. Lo encuentra desagradable y quiere salir de allí. Tanto ella como él piensan: “¡si tan sólo estuviera desembarazada de él! ¡Si tan sólo estuviese afuera!” El nacimiento prematuro se produce cuando la separación del alma del niño respecto de la de la madre sobreviene demasiado pronto; por el contrario, el nacimiento se atrasa cuando la madre no quiere en modo alguno desembarazarse de la criatura. Sólo es necesario observar que en un primer momento no existe una relación sagrada; sólo la vida la vuelve sagrada. Pero tampoco esto altera en nada el hecho de que sobrevengan disensiones, que son necesarias, pues de lo contrario los niños no llegarían a ser autónomos. Por ello posteriormente tenemos también un proceso de desprendimiento o independización, que, de no ocurrir, determinará la doble consecuencia de que el niño nunca llegará a ser realmente autónomo y de que la madre jamás se liberará del sentimiento de responsabilidad. La relación entre hijos y padres ejerce una onerosa influencia y arroja una clara luz sobre los diferentes estados de enfermedad...
El período desde el primero hasta el tercer año de vida es el período en que se aprende a caminar y a hablar. Resulta imposible no reconocer cualidades y fuerzas espirituales a un ser capaz de llevar a cabo una hazaña tan formidable. A menudo se oye decir: ¡qué niño tan tonto, pero si no comprende nada! Comprende muy bien; ya conoce las diferencias que hay entre los sexos. ¿Por qué eliminárselas nuevamente? Para que se aferre durante toda la vida a una idea falsa, a la absurdidad de lo que es o no es conveniente, de lo que está bien o está mal, de lo que se puede saber o de lo que no se debe saber. El niño participa por sí mismo en el embarazo y en el nacimiento, asiste a todo lo que sucede en el dormitorio de los padres. Es un error fundamental creer que el niño no lo percibe: sólo está subyugado por impresiones como la del tamaño del padre, y éstas suscitan la sensación de omnipotencia. El padre es utilizado por el “ello” para implantar la idea de Dios en los seres humanos. Es necesario que el amor de los padres sea aniquilado, como se desprende de la existencia del mandamiento. “Honrarás a tu padre y a tu madre”. El autor de los mandamientos supuso que éste era el más difícil y que se necesita, por lo tanto, una recompensa como añadidura.
Nuestra educación moral es estúpida. Hemos establecido la propuesta de que el pueblo se vuelve depravado porque toda la familia cohabita en una sola habitación. ¿Cómo puede ser que el pueblo se corrompa sólo por eso? Todos los pueblos primitivos vivían así. Lo que según el pastor de la gran ciudad corrompe al pueblo, es usual en el campo; en el campo está bien, y la población campesina es nuestra mejor población. Estamos cargados de prejuicios.