7 de marzo de 1917
George Groddeck
Biblioteca de Psicología Profunda.
Editorial Paidós. 1983.
La última vez hablé de la relación entre el médico y el enfermo, y sobre este punto quiero insistir hoy. Pues en esa relación se presentan dificultades importantes para el tratamiento.
La vida anterior del individuo y sus identificaciones con otras personas y con su médico pueden ser útiles. También he hablado ya de las cualidades del médico, que le permiten satisfacer al público; pero no quiero discutir ya más estas transferencias de amor al médico que efectúan hombres y mujeres; prefiero insistir en las resistencias, que las más de las veces no estriban en la cosa, sino en objetos que no se presentan fácilmente y son difíciles de hallar. Son las identificaciones de los enfermos con personas y acontecimientos de su vida. Puedo aclararlo con algunos ejemplos; hasta dispongo de una gran cantidad que puedo utilizar sin cometer indiscreción. Destaqué antes que una de las causas de mis impedimentos o embarazos es mi nombre de pila. Sirva de ilustración un ejemplo.
Tenía un enfermo al que traté durante años y cuyo restablecimiento, que al comienzo logré hasta cierto punto, luego se detuvo. Acudió entonces a otros médicos y finalmente volvió conmigo. Otra vez progresó y otra vez retrocedió, y así continuó durante algún tiempo. Por casualidad salió a luz que el elemento entorpecedor era el nombre Georg, porque el enfermo había leído en su infancia un libro que lo había impresionado fuertemente; se llamaba Robert el grumete. Un muchacho huye de la casa de sus padres para correr mundo. Lo incita a ello un amigo algo mayor, llamado Georg, quien le dice que consiga algún dinero para poder viajar hasta Hamburgo. Ambos rompen el cofre del padre, un honrado artesano; pero en lugar de tomar sólo el dinero para el viaje, Georg roba toda la fortuna del pobre viejo, sin que el amigo lo sepa, y se va con éste. Ocurre una gran desgracia. En Hamburgo, Georg se esfuma con el dinero, Robert se hace grumete y el asunto termina con el castigo de rigor y el heroísmo del muchacho. Se produce un nuevo encuentro entre Georg y Robert y aquél intenta nuevamente robar, emprende una tentativa de fuga y cae vencido. Esta historia había causado una impresión tan profunda, que el nombre de Georg debía quedar consiguientemente cargado. Cabe además añadir que yo desempeñaba un papel semejante en los pensamientos del enfermo: discusiones de contenido religioso y en parte político, y polémicas acerca de Nietzsche y la moral. Por aquel entonces yo no era tan prudente, ni tampoco conocía mucho sobre las particularidades anímicas de la gente. Muchas, pues, eran las cosas que se habían acumulado y que de algún modo influían. Un obstáculo era el simple nombre de pila. Por supuesto, no era el único, pero representaba todo un fundamento, y yo hube de reforzarlo con una peculiaridad en mi manera de hablar. A menudo empleaba la muletilla: “debo confesarle francamente”, o bien: “francamente”. Esto posibilitaba algunas conjeturas sobre mi carácter, y el enfermo se decía: puesto que este hombre suele decir “francamente”, entonces el resto del tiempo no siente la necesidad de ser franco; al contrario, miente. El enfermo no tomó conciencia de ello desde un primer momento y hasta le costó mucho lograrlo. De entrada no creyó en esas conexiones, sobre todo en la relación con el nombre. Pero el éxito demostró que era innegablemente exacto, ya que al nombre de Georg, así como ante ciertos y determinados giros en la conversación, se manifestaban graves síntomas de enfermedad, accesos de fiebre y escalofríos, inflamaciones en la garganta, síntomas tifóidicos, etcétera. Era uno de los casos más interesantes de enfermedad. Era una de las maneras de actuar relacionadas con el nombre de Georg.
El nombre estaba muy cargado, y los George ingleses interferían: George III y George IV de Inglaterra, que no eran precisamente personas muy brillantes. De modo, pues, que Wilhelm y Georg desempeñaban un papel; Georg Wilhelm era uno de los electores prusianos, y no el de mayor prestigio. Además había un antepasado de este nombre que se había alzado con buena parte de la fortuna, y algo muy llamativo: una fantasía de salvación desempeñaba un gran papel; con mayor precisión, el hecho de salvar del peligro, de la agresión de unos golfos, a una joven. Es una variedad de la fantasía de San Jorge. Sin embargo, en vez de convertirse en un medio de auxilio, la fantasía de San Jorge se presentó como un nuevo obstáculo, porque el enfermo reivindicaba para él el nombre: era a la vez ángel y demonio. Me endilgó a mí las condiciones diabólicas, y quiso conservar para él las cualidades angélicas.
He hecho otras experiencias con este nombre. Los oyentes que saben griego conocen su significado; de él deriva el insulto de “rústico”. Cada vez que alguien estaba descontento de mí, en el primer plano aparecía mi índole campesina, rústica, y en la convalecencia sobrevenían algunas regresiones. Personas que deben adelgazar engordan cuando montan en cólera, o bien adelgazan si deben engordar. A veces esto dura trimestres y hasta decenios. Georg evoca fonéticamente a gehorchen (obedecer), lo que también representa un obstáculo. Hay muchas personas que se sienten atormentadas por la obediencia y detestan la palabra; las hay también que, precisamente frente a mí, sienten la necesidad de oponerse y quieren demostrarme con mi falta de éxito que soy un médico torpe. A la obediencia se vinculan las muy conocidas fantasías de golpes, que a veces se reprimen y se convierten en un noli me tangere; como quieren afirmarse nuevamente, exigen un gran esfuerzo del paciente y socavan así la dosis de fuerza, que no es precisamente abundante en un individuo enfermo. Recientemente ha aparecido, por fin, una nueva combinación; me refiero al escucha -horch- contenido en el nombre. A menudo hablo en voz muy alta, y otras veces lo hago quedamente; depende del humor, que a menudo no controlo. Hay instantes en los que mi voz se hace fortísima, lo que no resulta agradable a causa de lo delgado de los tabiques de los hoteles, de las pensiones y de esta casa. El horch de Georg aparece asimismo en cosas que es fácil comunicar públicamente. Algo más se me ha ocurrido, y es esta costumbre mía de sostenerme la cabeza cuando hablo mucho. Yo ya había comprobado a menudo que esta costumbre es desagradable hasta el extremo de complicar durante algún tiempo todo el tratamiento, o de volver inútil el día de tratamiento es cuestión. Es algo que también tiene que ver con los fantasmas de golpes. A los niños que se acodan de este modo en clase se les suele pegar en los codos o mandarlos al rincón, lo que no debe hacerse. El rostro se deforma y da el aspecto de una caricatura. Un médico que se convierte en una caricatura deja de tener influencia; ya no es una personalidad querida y respetada. En el caso de los maestros y los niños, el hecho de acodarse no es un signo de cansancio, como se suele afirmar. El niño apoya la mejilla en la mano y muestra: “quiero tener la mano contra la mejilla”. Pero por mejilla entiende la de abajo. Es el conocido desplazamiento del rostro al resto del cuerpo. Los niños no lo saben; es una acción inconsciente. Esto ilustra la curiosa manera que tiene el alma inconsciente de proceder con los niños.
Volviendo a las resistencias, destacaré que hay otra que me sorprendió muy tempranamente y cuya solución sólo pude hallar con el tiempo. Todo aquel que me conoce desde hace cierto tiempo sabe que se he tejido conmigo una novela en la que interviene un doctor Grobian (grosero, palurdo, zafio). Cuando alguien cae realmente enfermo, lo envía a otro médico, quien lo trata. Se trata de un libro venenoso, escrito por una persona que no me conoce y que ha obtenido su material de una de mis pacientes, un paciente que me veneraba y que me era muy afecta. Después de este acontecimiento ya no me preocupo por la dama; no tengo por qué hacerlo después de este golpe bajo. El doctor Grobian se caracteriza por el hecho de que siempre está jugando con la cadena de su reloj. Efectivamente, ésa es la razón de este acto vengativo. Jugar con la cadena del reloj es un acto sexual simbólico, y ahora ya no me sorprende en absoluto que alguien que ha llegado a la edad crítica se fastidie cuando ante sus ojos se ejecuta constantemente una acción amorosa y la persona que la ejecuta conserva, mientras tanto, el corazón frío. Ha sido algo instructivo para mí, porque contribuyó a esclarecer mi tratamiento y la manera como se constituyen algunas hostilidades. Gran número de desavenencias conyugales y de desacuerdos entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas y entre amigos se relacionan simplemente con pequeños hábitos, que demostraron ser insuperables y que finalmente condujeron a la ruptura.
Otra cosa que también ha tenido graves consecuencias y acerca de la cual no he llegado a resultado alguno es lo descuidado de mi modo de vestir, sobre todo el descuido de mi calzado. Detalles de esta índole permiten introducirse en los secretos del alma humana. A los pies se les concede importancia: y no sólo se presta atención a los de la mujer, sino también a los del hombre; a menudo son elementos decisivos. Incluso mi modo de andar les resulta desagradable a muchos, por su bamboleo y su falta de equilibrio, que le dice al enfermo: este hombre no tiene carácter, no es una persona firme. Se necesita haberme conocido algún tiempo para saber reconocer, en las cosas que comunico, el valor ético real. El pie humano es un símbolo erótico notabilísimo; para un gran número de personas significa lo más hermoso y sagrado. No es posible explicar cómo y por qué es así. Se pone de manifiesto ya en los lactantes, que se meten los dedos del pie en la boca y los chupan, fenómeno que debe basarse en una inclinación innata por los pies. Es difícil decir de qué modo se forma esa inclinación y cuáles son sus razones. Dentro del cuerpo materno, el niño ya actúa mucho con los pies. El pie humano posee un vigoroso valor simbólico, que también se manifiesta en que se lo concibe como símbolo del miembro viril. Y lo refuerza el hecho de que a menudo el pie femenino es considerado como sustituto del ausente órgano masculino. Confieso que las malas costumbres que tengo con las botas y mi modo de andar me han incomodado a menudo en mi trabajo y a veces han llevado a un fin catastrófico. Es frecuente que me ponga violento ante las resistencias, con lo que uno ya tiene perdida la partida. Cuando se ha producido un estallido de este tipo, la aspereza de la voz, la brutalidad y la crueldad han originado inhibiciones sin duda graves. Y hay otra cosa que últimamente me ha sorprendido: mi corbata. Tenemos la manera en que uno la anuda: cuelga un tanto. Esto por razones determinadas, les resulta agradable a muchas personas. En una oportunidad pude comprobar que la corbata despierta el recuerdo de una gran bolsa ventral colgante en la que se ha producido una hernia inguinal. Esta asociación actuó mucho tiempo como un obstáculo. La corbata presenta otra dificultad; me refiero a su color. Hay alguien que durante mucho tiempo no había podido habituarse a ese color. El tema sólo se presentó tras siete años de tratamiento, y ambos lo descubrimos. Los propios enfermos no lo saben. Pero no hay que tomarlo literalmente; a decir verdad, no se lo quieren confesar a sí mismos y les parece que una causa tan ínfima no tiene, en rigor, derecho a la existencia.
El color de la corbata es amarillo. El amarillo es también el color de los celos, de la envidia, y además está todo el formidable complejo excretorio, y las dificultades con los huevos, con la yema y con el amarillo de la llama. Todo esto no son tonterías. Y lo curioso es que uno no se diga al instante: la falta está aquí y allí. Médico y enfermo siempre giran en torno de sí mismos, evasivos. Esto es lo que puedo decir acerca de mi persona. Y también están mis cabellos, que a menudo constituyen un obstáculo. La aversión por el corte de los cabellos me ha echado a perder no pocos éxitos. A uno le resulta molesto que yo tenga la cara completamente afeitada, pero antes, para otros, mi barba era un verdadero obstáculo y para otros lo era en cambio mi bigote. Yo sentía todas esas cosas con un cruel disgusto, y para los enfermos eran muy molestas. Pero son importantes. Si uno observa que las cosas no marchan, que surge un nuevo síntoma, o que un síntoma antiguo se agrava, entonces quiere decir que hay en mí algo que causa disgusto; qué es ello, lo que sigue lo mostrará. Mientras alguien esté en tratamiento conmigo y llevemos éste con toda seriedad, cualquier desplacer que el enfermo sienta frente al médico es peligroso para él, lo enferma aun más, y en ciertas circunstancias conduce a un fracaso. Sólo después de haber hablado francamente puede producirse un adelanto en la cura. Hay una serie infinita de cosas que no residen en mi persona, sino que provienen de habladurías sobre mí, de los rumores que circulan, de las causas de celos que pueden existir, o bien son dificultades derivadas de tratamientos anteriores. También pueden residir en la denominación de “médico” y “doctor”. En el caso de dos enfermos sensibles que me interesaban choqué con una inhibición. En uno de ellos era la palabra Arzt (médico, facultativo), que lo llevaba a pensar en Arsch (culo), y con ello se relacionaba la representación de que yo era un destripaterrones (Hansarsch), uno que no comprende nada.
Como tamaño descubrimiento me resultaba desagradable, comencé a hablar de doctor, cosa que al otro le pareció tonta, diciéndose, sin duda, que yo me vanagloriaba del título de “doctor” con el deseo de mostrarle que él era un necio y no tenía vela en este entierro. Se trata de cosas tan ocultas, que sólo gracias a la sinceridad y a la confianza de los enfermos se las puede captar. Luego viene a sumarse la palabra “imaginación”. La mayoría de los enfermos que tienen sensibilidad han sufrido tanto con estas palabras: “te lo imaginas”, o bien: “no finjas así”, que reaccionan con la más fuerte resistencia a todo este contexto de ideas. De una manera general, son palabras que evito; pero suele ocurrir que el simple hecho de decirle a alguien: “puede usted hacerlo”, cuando él ha dicho: “no puedo”, constituya un obstáculo. Es cierto que diciendo: “puede usted hacerlo”, yo alcancé grandes éxitos. Los tuve en el pasado, sí, aunque con un alto porcentaje de enfermos nada pude obtener de este modo; esto es, con ellos fracasé. Por tanto, me he vuelto más cauto y ahora sólo empleo prudentemente el acicate de la voluntad; sólo cuando estoy seguro de que el enfermo en cuestión no se verá perturbado en su complejo de imaginación. He aprendido a evitar curas violentas de esa índole, aunque sean tentadoras, porque tuve fracasos irreparables. Cuando se ha despertado en el enfermo la idea de que uno no cree que esté enfermo, entonces difícilmente cabe remediar la situación. Las más de las veces acuden a mí cuando ya han pasado por muchas manos. Lo cual suele hacer que piensen y sospechen, cuando simplemente digo: “usted debe”, o bien: “usted puede hacerlo”, que soy como los demás, y no me crean. Me sublevo contra esa opinión. Según mi experiencia, precisamente las personas acerca de las cuales por lo común se afirma que son débiles de voluntad y que se dejan llevar son las que han aplicado una voluntad enorme para imponer ciertas cosas. Ya se usaron sus fuerzas en la infancia para dominar algunas pulsiones que en otros eran poderosas. Si se toma a un individuo altamente dotado y se lo fuerza de una u otra manera a dominar el don de la fantasía, a superar, a calafatear esta pulsión, entonces ya no le queda la menor fuerza de resistencia para otra vida. Está tan terminado que no le quedan fuerzas ni para su salud, ni para ninguna otra cosa. Debe enfermarse, debe recurrir a este medio para poder salvarse de la vida. La vida se ha vuelto insoportable, porque le plantea exigencias que él no puede satisfacer. Cuando se consideran los códigos modernos de moralidad, debemos en verdad decirnos que sólo se los puede observar si uno es un bruto, una bestia, o decide embrutecerse. Y esto es lo que muestra la guerra, que ha terminado por hacer lícitos los mayores crímenes, imposibles de otro modo.
Me agradaría destacar brevemente que es importante que todo enfermo se pregunte, cuando su estado se agrava: “¿qué es lo desagradable que ha pasado con mi médico?” Llego, así, a uno de los terrenos más importantes, el de la relación que existe entre el médico y la muerte, susceptible de explicar la resistencia contra el médico. Es una relación inmediatamente clara: nosotros somos los sepultureros, y las historias y bromas que corren a este respecto son innumerables. El médico cosecha para la muerte. En las más diversas danzas de muerte se encuentra frecuentemente al médico con los rasgos de la Parca. Recordemos sobre todo los Cuentos de Hoffmann, que se han representado en todos los escenarios del mundo, con el doctor Miraculus que representa a la muerte y al diablo, que tiene los ojos curiosamente pintados y que canta una música extrañamente excitante e inquietante. Es una impresión inolvidable la del doctor Miraculus surgiendo de todos los rincones y escondrijos con sus frasquitos de remedios, con los que juega como si fueran castañuelas, y forzando a la heroína a cantar hasta la muerte. Esa obra está llena de símbolos. Todavía faltan trabajos útiles sobre la simbólica del arte poético. Los siglos pasados procedieron de otra manera; basta pensar en toda la literatura simbólica que hay sobre el infierno de Dante.
Deseo agregar que este empleo del médico es completamente natural; a menudo proporciona la muerte. Casi toda familia aprende a conocerlo como el que trae la muerte. En los decesos ocurridos en la familia, tanto en los agradables como en los desagradables desempeña un papel. Memento mori no es una exhortación, pero esta forma de exhortación se apoya en un hecho. Hasta cierto grado se puede concebir toda nuestra vida como el deseo de esquivar a ese huésped inquietante y eliminar de nuestra conciencia el ruido de sus pasos. Hay que tomar conciencia plena de que la idea de la muerte nos acompaña ininterrumpidamente y compone la melodía de la vida. Esto, además de ser espantoso, tiene algo de apaciguador, de seductor, de atractivo. La muerte es el gran hechicero que tan pronto nos horripila y tan pronto nos fascina con sus seductoras metamorfosis. Hoy es demasiado tarde para extendernos acerca del papel decisivo de la conciencia de la muerte y del papel de los deseos y los pensamientos que en este caso actúan en nosotros. Solo querría mencionar el tema de la próxima reunión. Se relaciona con los singulares instintos a los que ya me he referido y con la guerra. La guerra ha mostrado que hay instintos criminales en todos los individuos, instintos únicamente domados por los códigos morales, pero que, puestos en libertad, se manifiestan en su forma más brutal y se colocan por sobre cualquier otra consideración, sin que el ser humano tenga la sensación de ser un criminal. En los períodos calmos, cuando la cultura sigue su camino, estos instintos también están presentes, pero no se manifiestan de una manera brutal; están reprimidos, y se los vivencia como una enorme vergüenza. Muchísimas enfermedades se originan en la vergüenza ante la idea: “Interiormente soy un criminal monstruoso. Si alguien sospechara lo que soy, ya no querría tener nada que ver conmigo”. Este gusano que carcome la conciencia es una de las fuentes más frecuentes de enfermedad.