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Conferencias

Vigesimoseptima Conferencia

21 de febrero de 1917

George Groddeck

Biblioteca de Psicología Profunda.

Editorial Paidós. 1983.

 

La última vez prometí dar una idea de la manera en que concibo la influencia y la acción de las pulsiones eróticas. Quiero hoy desarrollar mi conferencia a partir de una conversación con una dama a la que le parecía necesario hacerme observar que esto es sucio y que no comprendía cómo es posible reducir permanentemente la vida a semejantes cosas, que pertenecen a lo bestial. Ocurrió durante un paseo. Le pregunté cómo se había formado el camino por el que íbamos. La dama consideraba que era una vía de circulación: Verkehr, que también significa comercio. Le pregunté en qué tipo de comercio pensaba. La conversación siguió su curso y la dama se mantuvo en el punto de vista del principio de la utilidad, mientras que yo lo hice en el del principio del amor. La sitié en su reducto y por fin concedió que no le resultaba agradable elegir entre las dos pulsiones que gobiernan el mundo, es decir, la de hambre y la de amor, ¡precisamente la de hambre! En cierta medida le era desagradable, como mujer, desplazar al segundo plano la pulsión de amor y hacer pasar consiguientemente al primero la pulsión de hambre. El ser humano debe escoger entre ambos. El rechazo de la pulsión de amor, de la pulsión sexual, conduce a situaciones en las que hay que volverse comilón. No se puede proceder de otro modo, y se llega al resultado de que, si se quiere reprobar la pulsión de amor por bestial, no queda más salida que instituir como factor cultural la pulsión de glotonería, igualmente reprobada como bestial.

Fue muy instructivo encontrarme, como hombre, en la situación de acentuar frente a una mujer la vida afectiva, únicamente porque ella no podía decidirse a reconocer que Dios debe de tener sus razones para haber creado dos sexos y hacer que se reúnan merced a una fuerte pulsión. No cabe duda que el hambre desempeña un gran papel en el andar del mundo, pero tengo que desarrollar el modo en que concibo todas estas relaciones y cómo creo que deberían ser. Me agradaría retomar un aspecto que ya he mencionado. Me imagino, por ejemplo, que el fundamento de nuestra existencia es la familia que vive en una casa. No logro suponer que el ser humano haya construido la casa y la haya adecuado y arreglado para protegerse de la intemperie, para contar con un refugio. Se lo puede suponer, pero no me parece que este punto de vista tenga más fundamento que el que sostiene que la pulsión de amor ha incitado a los seres humanos a imitar la morada del niño en el cuerpo materno.

Padre, madre e hijo; hombre, mujer y niño: en torno de esto se mueve todo en la vida humana, y es innegable que nuestra vida moderna descansa, y siempre ha descansado, en ese fundamento. En cuanto a qué parte de la vida es la destinataria de nuestra decisión de asignarle mayor valor -si al padre o a la madre-, eso ya es otro asunto. La religión parece admitir que la mayor influencia hay que reconocérsela a la madre. La vida entera puede resumirse en lo siguiente: “fuera del cuerpo materno, hay que atravesar la vida para volver al seno de la tierra”. La tríada constituida por el padre, la madre y el hijo es un principio que se pone de manifiesto en la religión -en la Trinidad-, en los números, en el triángulo, en fórmulas geométricas y matemáticas, en el arte y la arquitectura, en la música y el ritmo; también en muchos otros tipos de cosas volvemos a encontrar ese trítono.

Quiero recordar otra vez la leyenda de Edipo, que simboliza lo que ocurre en el alma del individuo humano, y me gustaría tomar de ella el enigma de la Esfinge. Se trata del hecho de que hay que expiar un parricidio y de que a una ciudad griega se ha enviado un monstruo que les plantea a todos los que llegan a ella un enigma: quienes no lo resuelven –que son todos- son muertos por la Esfinge. El enigma pregunta cuál es el ser que inicialmente anda en cuatro pies, después en dos y finalmente en tres. La interpretación dada por Edipo es ésta: el niño, el adulto y el anciano. Interpretando el tema de una manera diferente, se descubre que el ser de cuatro piernas es un Lingam; el de dos piernas, la mujer; y el de tres piernas, el hombre. Una segunda interpretación es la de que primeramente tenemos el Lingam, o sea, la reunión sexual de dos personas; luego, que la mujer tiene dos piernas, y en seguida se agrega el hijo para sumar tres. Esta interpretación no se ve con claridad en el mito; está velada. Pero halla eco en algunas representaciones de la religión hindú que ha desarrollado en alto grado el poder del amor sexual. Precisamente, el sistema de pensamiento más rico fue creado por el pueblo hindú, en cuyos templos siempre hay reproducciones del acto sexual. No puede impedirse uno dar rienda suelta a su pensamiento cuando comprueba que es el pueblo que con mayor decisión ubica en el centro de la religión la culminación del acto sexual el que ha alcanzado asimismo el pensamiento teórico más elevado. De una manera general, a mi modo de ver los pensamientos abstractos realmente profundos se derivan tanto de la pulsión sexual como del arte o del hecho de que dos seres humanos se besen. Cuando se consideran los fundamentos más simples de la vida, se observa, en primer lugar, en dos cosas que nos diferencian suficientemente de los animales: la verticalidad en el andar y el habla. Creo que la marcha vertical es una imitación de la erección y que sólo se ha podido constituir bajo el dominio de las pulsiones sexuales. Y que esto ejerce ciertamente influencia, bien se expresa en el hecho de que todo ser humano se vuelve aun más erecto cuando es de un temperamento exaltado. Esto es igualmente válido para el lenguaje. El habla es un medio de comunicación. Se puede pensar que hemos aprendido a hablar para conversar sobre productos alimenticios, etcétera; pues bien, yo creo que el ser humano ha llegado a hablar como consecuencia de sus afectos, que en todos los casos permiten que se los resuma en la gran noción de Eros, el amor. Cuando se estudia el habla de los humanos se encuentra una música que sólo desaparece entre los imbéciles, una modulación que deja traslucir el afecto y que en cierta medida simboliza una erección, un volverse duro y suave. Examinando estas cosas se puede llegar por otras vías a la conclusión de que los primeros fundamentos del habla son amorosos. Es ésta una idea que se presenta rápidamente cuando se hace la comparación con los animales, con los pájaros. El canto es un hijo de amor; bien lo sabe todo aquel que ha pasado un día de primavera o de verano comparando cómo los pájaros cantan en estas estaciones y enmudecen en invierno. Y al comparar las lenguas, los eruditos han quedado asombrados de que determinadas palabras se encuentren en todas ellas, no sólo en las indogermánicas. Hay, curiosamente, dos raíces que se hallan por doquier: “pa” y “ma”, expresiones para designar al padre y a la madre; es un hecho que da que pensar. Si se consideran los sonidos, encontramos una “a”, una “m” y una “p”. Veamos el sonido “a”: consiste en el hecho de haber en él una boca semiabierta, una boca con la que se besa; “m” es un sonido labial absolutamente suave, como “p” es un sonido labial absolutamente duro. No es una casualidad. Es la reunión de lo que es duro en el hombre y lo que es suave en la mujer, y la reunión de dos pares de labios. Son cosas que no han sido en absoluto aclaradas; todavía ni siquiera se las ha considerado, y las contadas personas que se han ocupado de ellas se han visto ridiculizadas como locos, hasta cierto punto con razón, porque teorías por el estilo suelen aparecer entre los enfermos mentales y porque en ellas encontramos asociaciones de ideas apoyadas en los mismos fundamentos. Para el profano, todo lo que dice el enfermo mental es absurdo. La imbecilidad existe, pero no forma parte de las enfermedades mentales. En el fondo, los enfermos mentales son seres muy inteligentes; todo enfermo mental desarrolla una inteligencia asombrosa, que una persona sana difícilmente puede seguir. Si lo hace, descubre que esas construcciones de pensamientos no son imbéciles, sino que contienen una belleza milagrosa, sólo que se las ha desplazado de sus fundamentos, y por eso la expresión “desatinado” (verrückt) se adecua perfectamente.

Pero en el sistema de los enfermos mentales se encuentran pensamientos que son, en rigor, repeticiones de los mitos y las religiones. Se puede establecer que en algunos sistemas de pensamiento de dementes, algunas veces rigurosamente consecuentes, se encuentran revelaciones que proceden de lo más hondo del alma de esos individuos y que concuerdan con las de la religión. Encontramos la religión de la madre, la religión que tiene en su centro el engendramiento y, a título de doble centro, la muerte, el hecho de regresar al seno materno de la tierra. Es clarísimo en las religiones que giran en torno del culto al sol, que parten del nacimiento del sol fuera del mar y de la desaparición del sol en el mar, ecos de las cuales se hallan en las leyendas de criaturas que duermen durante años en cavernas, simbolizados en la leyenda de Jonás en el vientre de la ballena y que son, evidentemente importantes en la leyenda de la resurrección del cristianismo. Si se considera lo que acabo de exponer, puede uno encogerse de hombros; pero no son ideas mías; son pensamientos que cabe desarrollar a partir de las profundidades de la psicología de los pueblos. Son pensamientos que resultan de la vida cotidiana.

He mencionado ya algunos aspectos de la vida cultural que se puede relacionar con el Lingam; he nombrado la religión, la filosofía, el arte, la técnica y el pensamiento humano en general. Tengo que plantearlo como una afirmación, y no puedo probarlo. Sólo puedo dar mi punto de vista. En otro tiempo me indignaba cuando la gente me decía que no es posible tomar como fundamento estas cosas feas, bestiales; hoy me río de ello, porque ahí se oculta el miedo al animal salvaje que podría arrastrar al hombre a cosas terribles. En toda persona existe la necesidad de libertad con respecto a la sociedad, y quienes siempre hablan de lo bestial en el ser humano tienen esta sensación: “en mí es muy grande la avidez de la pasión; tengo que tener cuidado de que las pasiones no me lleven a la ruina”. Ya es tiempo de que los hombres renuncien a ese miedo. La especie humana siente ahora temor de cosas que no valen la pena recordar y que traen a la memoria las frases de Nietzsche: “A nuestra época le falta algo, y ese algo es el crimen… Y la meta y el fin de esta guerra es arrojar de una buena vez al mundo, como alimento, una masa de crímenes…”.

Me he apartado demasiado de mi tema. Como se trata de la guerra, quiero mencionar varias cosas que se relacionan con ella: el arma, por ejemplo. Todo lo que existe en el mundo descansa en última instancia en un fundamento erótico; también el arma. Tuve un período muy instructivo para mí, cuando cuidaba soldados y estudiaba sus sueños; pude entonces comprobar que el ataque por retaguardia significa en el sueño una angustia homosexual y un deseo homosexual. Cabe vincularlo con una oculta inclinación, que se remonta a la infancia. He podido establecer que la trinchera significa en el sueño la mujer; la granada, el hombre; la gran Berta, una mujer encinta, y que los submarinos significan deslizar la mano bajo los vestidos, que el zeppelín es un símbolo notable del miembro viril, que las explosiones se relacionan con un deseo de nacer, que las trincheras llenas de agua están en relación con los nacimientos, que las imágenes de ataque y las de defensa formulan claramente en los sueños pasadas aventuras amorosas, que reaparecen muy antiguos recuerdos de la infancia y se simbolizan en las manifestaciones bélicas. Lo mismo ocurre durante la vigilia. Observando a esos soldados se pueden sacar conclusiones a partir de sus movimientos, del juego con la cadena del reloj, del brillo de los ojos, de la curiosa actitud ante el relato de pillajes. De una manera general, lo que sucede es que los soldados regresan silenciosos del frente y ya no hablan de estas cosas, tal como la gente no habla de sus aventuras sexuales. A mí, incluso, sólo después de largos meses me entregaron lo decisivo. Me contaron historias presuntamente espantosas de adulterios y de hijos pero la verdad es que los seres humanos callan sus fantasías más íntimas, más profundas, y se requiere mucho tiempo para lograr penetrar en lo hondo, en los procesos del erotismo de la piel, del ano, de los ojos, de las orejas, pese a que en estas cosas residen los fundamentos culturales propiamente dichos. Y ya que hablo, justamente, de las cosas más hondamente reprimidas, deseo detenerme en la agricultura. Se habla de la madre tierra desgarrada por el arado; no hay duda alguna de que éste ha salido inconscientemente de nuestra pulsión. La simiente que se siembra y la simiente masculina: una misma palabra para ambas. Hablamos del germen del ser humano y del germen del fruto. El campo donde sembramos pasa a ser una imagen de la vida humana. Pero además actúan otras cosas, y éstas nos acercan a lo que los seres se representan como poco decente; es lo que muestra el estiércol sobre el suelo roturado. A los seres les repugna tocar las heces, pero no comer ni digerir el trigo que crece por acción de ellas. Les repugnan sus excreciones, pero no les repugna comer una y otra vez, incesantemente, lo que evacuan de su cuerpo. Hay personas que no comen los frutos de los campos en los que se distribuye el abono, como si entre el estiércol animal y el humano hubiera alguna diferencia. No pienso negar que el rechazo de las heces ha representado grandes ventajas para la agricultura. No habríamos tenido la idea de los abonos químicos de la tierra si no hubiésemos procurado confinar en el secreto los actos de excreción humana. No habríamos pasado a los abonos artificiales si Dios no hubiese utilizado la falsa vergüenza para llevarnos adelante y hacernos recaer en la otra vertiente. Hemos llegado a alcanzar un nivel de producción como nunca se había conocido antes. Pero ahora la guerra muestra en cambio cómo el ser humano es recuperado de golpe por la naturaleza y se pliega a lo que la naturaleza dice: “poco importa lo que hayas inventado o dejado de inventar; si yo no quiero, de nada te sirven tus invenciones; si quiero, morirás de hambre; y si no quiero, no inventas absolutamente nada”.

No es con nuestra razón que inventamos algo, porque la razón es una consecuencia, una manifestación de la pulsión amorosa y de la pulsión de hambre. Cuando uno mira en una habitación en torno de sí mismo, encuentra cien mil cosas que pueden llevarlo a pensar durante años y años. Cuando se observa una alfombra y se estudia su dibujo, una hoja o una flor tejida por imitación, se puede deducir de ese fragmento todo un universo; al principio se encontrará el nacimiento, y la muerte al final. Si se toma un cuadro que cuelga sobre un muro, ¿por qué se le pone un marco alrededor? Un marco y adentro una imagen: es nuevamente la reunión de un hombre y una mujer, lo que el hindú llama Lingam. Si se considera un armario por ordenar, se hallará lo mismo. No ha sido creado por el hambre, sino por el amor; se lo ha inventado con arreglo al modelo de la preñez. Considérese más de cerca el armario: se verán la cerradura y la llave dentro de ésta, y los cajones. También la llave fue creada por nuestros impulsos oscuros, no por la razón… Una pulsión muy cruel ha inventado estas cosas que en verdad representan el acto sexual. Y otro tanto ocurre con nuestras lámparas. Un fuego que arda libremente no es lo que la familia necesita; es la pasión. Una antorcha es algo carente de orden. Cuando se desea algo culto, entonces se rodea la llama con un cilindro, con una campana, con cualquier cosa envolvente: la cultura crece en un cuerpo materno cualquiera. Engendramiento y muerte: ambos son la misma cosa, y en torno de estos dos fenómenos gira nuestro pensamiento; sobre estos fundamentos se construye nuestra existencia cotidiana. Y es igualmente el caso en los campos teóricos, generales; se lo encuentra asimismo en la práctica. Al salir de una casa se ve un jardín. Represéntese uno el jardín, y formarán parte de él unos cuantos enrejados de ramas, un camino y un cenador, todas cosas en las que el individuo humano nunca habría pensado si no hubiera existido la mujer, si no hubiera habido lo que Nietzsche llama jardín conyugal, si no se hubiera plantado el hijo, si el jardinero -el hombre- no trabajara el jardín. Nos lavamos, no por higiene: hemos llegado a hacerlo por ganas sexuales, porque estábamos habituados dentro del cuerpo materno a nadar en el agua, y porque de cuando en cuando necesitamos tener esa estimulación. No por razones de salud se han establecido los baños al aire libre, sino porque existe un atractivo en andar completamente desnudo, porque nos complacemos a nosotros mismos y porque en este placer se basa, en realidad, el mundo.

Hoy he hablado de la comunidad que existe entre el hombre, la mujer y el hijo; pero ésta es una reunión que existe en todo ser humano. En cada uno de nosotros está permanentemente la mezcla de hombre y mujer; en cada uno de nosotros existe esta unión; en cada uno de nosotros se producen incesantemente nacimientos. Un niño que se desarrolla a partir de la germinación de un óvulo es lo mismo que las películas que se separan de nuestra piel: las células de la piel se dividen y se constituyen nuevas células hijas. No es tan sólo el impulso hacia el otro sexo, hacia otra persona, lo que crea la cultura; es, en primer lugar, el hecho de que el ser humano se ama a sí mismo, porque en sí mismo representa un mundo, porque es un microcosmos. Y de este modo regreso a lo que tan a menudo he sugerido, es decir, que el amor de una persona hacia otra es únicamente la consecuencia del hecho de amarse a sí mismo. Es impensable que una persona experimente placer en otra; debe experimentarlo en ella misma. Sólo podemos sentir lo que está dentro de nosotros mismos. Distinguir entre altruismo y egoísmo es absurdo. La vida humana tiende al egoísmo, y es falso ubicar el amor al prójimo por sobre el amor a sí mismo, como también lo es buscarle a la conducta humana otra fuente que las órdenes que se encuentran en nosotros mismos. Está absolutamente justificado decir que el cielo está en nosotros, y no afuera. Cuando uno continúa describiéndose esas cosas y las persigue, recibe de ellas inspiración para toda su vida. En mi juventud había momentos en que me aburría, pero cuanto más envejezco, más me asombro de la belleza de la vida y de las revelaciones que concede. Todo ser humano que ama a otro adopta su olor; hasta ahora nunca había yo prestado atención a esto. Es un hecho que se me presentó esta tarde, como una revelación. También puede ser un error. Tal vez no adopta el olor, sino que únicamente ama a aquellos seres que tienen un olor parecido al de él mismo. A quien no huele como uno mismo no se lo puede amar. Los olores del individuo cambian como su apariencia, su expresión, su órgano, etcétera. ¡Y todavía los seres humanos pronuncian discursos sobre el amor inmutable! Se debería comprender de una buena vez que es una mentira desvergonzada; si no lo fuera, la vida se detendría en ese mismo instante: habría que ser una bestia obtusa para amar siempre a un mismo ser humano. Se habla de amor simulado; no es cierto. Los seres advierten cuando un sentimiento es verdadero o falso; no les conviene decirse con todas las letras: “esta persona me quiere embaucar”. Pero muy bien que lo advierten. Los puntos de vista que quieren hacer del ser humano un objeto inmutable son mortales; por fuerza lo aniquilan. Así como éste oscila permanentemente en sus disposiciones para con su prójimo, así también puede un día deshacerlo, y otro arrojarlo a la cárcel, y otro alimentarlo o colmarlo de regalos. Por una herencia, algunos desean incluso la muerte de los hermanos y las hermanas. Hay quien quiere que el marido esté lejos, y uno puede llegar a decirse: “ojalá mi mujer se fuera al diablo; así yo podría unirme a otra”. Es humano. La próxima vez insistiré en mi tema, del que me he apartado. Sólo quería proteger a mis oyentes contra la idea de que hay algo sucio. Todo es puro para quien es puro. O si se quiere: todo es sucio para quien es sucio.

 

 

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